The Irishman: brindemos por Scorsese, De Niro y Pesci

The Irishman. Imagen: Netflix.

Una película de Martin Scorsese es un acontecimiento. Después, cada película será más o menos buena, pero él es uno de los maestros vivos del séptimo arte. Y la clase de cineasta que, pese a su ya larga carrera, nunca ha bajado la guardia por completo. Uno siempre espera cosas de su trabajo. Siempre hay algo interesante que ver. Incluso dentro de los títulos considerados menores. Pues bien, El irlandés no es un título menor.

Creo que casi todo el mundo coincide en señalar un quinteto de películas clásicas que encapsulan la grandeza de este cineasta: Malas calles, Taxi Driver, Toro salvaje, Uno de los nuestros y Casino. Con esas cinco, cualquier persona puede hacerse una buena idea de cuáles son los recursos y talentos de Scorsese. Pero en casi todas sus películas, incluso en aquellas que podemos considerar no tan insignes, hay detalles que rescatar. Al contrario que un Francis Ford Coppola, Scorsese nunca ha perdido el control de su carrera. Y eso no solo incluye el aspecto creativo, sino también el económico. El cine es un arte costoso y los cineastas establecidos —por más que acostumbren a quejarse, sobre todo en Europa— están en una posición privilegiada por el mero hecho de poder contar con recursos y contactos que les permitan dirigir, lo cual, como empleo, no está nada mal.

Pero esa posición privilegiada no es intocable. En una industria que maneja un producto tan costoso los errores pueden terminar pagándose. La carrera de Coppola, por ejemplo, entró en barrena por culpa de las deudas que terminaron forzándolo a realizar películas prácticamente independientes; esa carrera renqueante terminó cercenada en el 2012 con el estreno de Twixt, un largometraje que nadie entendió y que hizo que quedase expulsado de la primera división del negocio (si no lo estaba ya a esas alturas), aunque eso no es ninguna vergüenza, sino una jubilación forzosa que suela llegar tarde o temprano: le pasó a Orson Welles, le pasó a Billy Wilder, y le pasó a Kurosawa, que pudo retornar a una espléndida vejez como director, pero no sin estar a punto de suicidarse cuando pensaba que había perdido su trabajo.

A Scorsese no le ha sucedido como a Coppola porque ha aguantado el tirón combinando muy hábilmente, cuando lo ha necesitado, la comercialidad con las características narrativas que asociamos a su figura. Dicho de otra manera: ha sabido seguir siendo él mismo cediendo lo justo para vender, pero sin venderse por completo manufacturando subproductos indignos. Entre las concesiones tenemos el haber visto en sus películas al inútil de Leonardo DiCaprio, el peor actor para el que la gente ha pedido el Óscar (quien quiera ver, que vea). Nada nuevo, es lo mismo que hizo Spielberg usando como gancho taquillero a otro redomado incapaz, Tom Cruise (también autor de sonrojos memorables). Pero puedo entender que si un actor garantiza cierta taquilla, se lo contrate. Y más por parte de directores que ya hace mucho que dejaron de estar «de moda» y necesitan que nuevas generaciones les continúen prestando atención. Ninguna crítica por mi parte, al contrario: admiro y respeto mucho que esos directores hayan sabido mantener sus respectivas personalidades en mitad de un negocio tan complicado. Scorsese ha trabajado con Leonardo Retardo, de acuerdo, pero no por ello ha dejado de hacer un cine muy personal. No en vano a Scorsese se le han dedicado canciones, aunque algunas quizá le aterren porque parecen escritas por un fan psicótico (eso sí, en el videoclip sale nuestra querida bola, y con alas)

La noticia, con todo, fue que Scorsese retornaba al estilo y temática por el que es más célebre: una historia de mafiosos hilada mediante la narración biográfica de un personaje concreto. Esto es, que Scorsese iba a volver al estilo de Uno de los nuestros y Casino. Al final, ha sido así solo en parte. Veamos: el argumento de El irlandés se centra en la vida de Frank Sheeran (Robert De Niro), un pistolero «irlandés» que trabajó para un jefe de la mafia italoamericana, Russel Bufalino (Joe Pesci). Hacia el final de su vida, Sheeran desveló, aunque hay quien no se lo creyó, el hasta entonces irresoluble misterio de la desaparición de Jimmy Hoffa (Al Pacino), el sindicalista más famoso en los Estados Unidos de los años sesenta.

Para narrar esto, Scorsese no solo iba a contar reunirse con varios de sus actores fetiche como Robert De Niro, Joe Pesci o Harvey Keitel. También con otros que de antemano prometían encajar de maravilla, como Al Pacino, Bobby Cannavale (que interpretó a Gyp Rosseti en Boardwalk Empire y al inefable Richie Finestra que era lo mejor de Vinyl), Stephen Graham (al que vimos en This is England y encarnando a un carismático Al Capone en Boardwalk Empire) o Domenick Lombardozzi (el que hizo de Herc, aquel poli mastuerzo de The Wire). Deducirán de la lista de nombres que la película es eminentemente masculina y no hay un papel entregado al lucimiento de una actriz como sucedió —para sorpresa de muchos, incluido yo— con Sharon Stone en Casino. Pero hasta los breves papeles femeninos han contado con actrices que parecían completamente idóneas ya antes de verlas en acción, como Kathrine Narducci (Charmaine Bucco en Los Soprano) o Anna Paquin (ya saben, aquella niña que ganó el Óscar por su trabajo en El piano y que terminó siendo, en efecto, una excelente actriz adulta).

Empecemos por la pregunta principal: ¿responde la película a las expectativas? La respuesta es que sí. Con un asterisco: que nadie espere algo tan arrollador como Uno de los nuestros o Casino, que fueron como el heavy metal del cine. Ese ritmo frenético y excitante ya no está ahí. Hablamos de un director de setenta y siete años trabajando con protagonistas que también van camino de ser octogenarios, así que era de esperar que levantasen el pie del acelerador. Casino duraba tres horas y uno ni se enteraba. El irlandés dura tres horas y media y sí que se nota. Pero aclaro que, aunque no pasa volando, tampoco aburre. En absoluto. Es más pausada o, como suele decirse, más crepuscular. Funciona de otra manera. Sobre el papel parece el mismo tipo de película, pero en la práctica no lo es.

El primer tercio es quizá el más inconsistente; en términos relativos, claro. El arranque se alarga un poco más de lo debido, al menos en mi modesta opinión, aunque admito que lo digo con tibieza. El argumento es un tanto difícil de seguir por momentos, pero esto no sorprende porque ya sabíamos que con Scorsese y sus ensaladas de mafiosos esto era casi de esperar. Nada de esto importa demasiado, porque lo que sí hay en el primer acto son secuencias que nos recuerdan por qué Scorsese es tratado con reverencia en el mundo del cine. Quizá se tarda en arrancar, pero a la media hora de película Scorsese te mete en su bolsillo con una conversación entre De Niro, Keitel y Joe Pesci. Una simple conversación en una mesa donde nadie levanta el tono de voz ni por un momento. No hay música ni ningún sonido estridente, ni tiros, ni nada. Pero la tensión se puede cortar con un cuchillo. Pese a que, insisto, los tres implicados están hablando con el mismo tono suave y civilizado que emplearían en una iglesia. En esto juega un papel importantísimo el trabajo de los actores y Scorsese es un gran director de actores. En este tipo de película el argumento es lo de menos, porque realmente se consigue que los intérpretes expresen en pantalla lo que hay en juego por más que no hayamos perdido algún detalle de la trama entre tanto apellido italiano y tanto apodo callejero. Este tipo de escenas, donde Scorsese y el reparto brillan de verdad, empezarán a abundar más cuanto la película más avance. No hay mucha acción, lo que es lógico porque, como se ve en una secuencia en la que De Niro propina una paliza a un tipo, a ciertas edades ya no se está para según qué cosas. Pero las escenas que capturan al espectador mediante meros diálogos no escasean.

Los largometrajes, generalizando, suelen constar de tres partes; en este caso hay cuatro: los tres actos normales más una especie de epílogo de media hora. No vamos a hacer realmente spoilers porque lo único a desvelar, que Jimmy Hoffa terminó «desapareciendo» (esto es, que al personaje de Pacino lo matan) es un hecho histórico de simple cultura general. Aun así, si usted no quiere saber nada y a estas alturas todavía no la ha visto, pase al siguiente párrafo, aunque insisto, aquí los spoilers son lo de menos. En el primer acto de la historia, Frank Sheeran (De Niro) se hace amigo o más bien subordinado del mafioso Russel Bufalino (Joe Pesci) y del sindicalista Jimmy Hoffa (Al Pacino). En el segundo acto, el personaje de Pacino empieza a volverse incómodo para los mafiosos debido a su orgullo incontrolable y a su incapacidad para entender en qué clase de mundo se mueve. En el tercer acto tenemos un desenlace cantado: Pacino termina de cavar su propia tumba y De Niro se encuentra de repente en una encrucijada entre su amistad con Pacino y su lealtad a Pesci. De nuevo, no hay spoiler: como sabemos desde el minuto uno que De Niro sobrevive, sabemos que se pone de parte de Pesci, traicionando a Pacino. En el epílogo, vemos a un anciano De Niro tratando de darle un sentido a su pasado y al hecho de que cometió una seria traición para sobrevivir.

The Irishman. Imagen: Netflix.

Aunque toda la película es de calidad, el tercer acto es, con mucho, el mejor. Todas las tensiones acumuladas entre los personajes, que en los anteriores actos eran mostradas con intermitencia, empiezan a teñir cada secuencia con una atmósfera apocalíptica. Si todo el metraje hubiese estado al nivel de ese tercer acto, quizá hablaríamos de una obra maestra en vez de una fantástica película. Pero esto lo digo más como elogio de Scorsese que como censura: ha llegado a alcanzar ese nivel. Aquí hay momentos que en El lobo de Wall Street, por ejemplo, no veíamos. Y aquella era una buena película y muy eficaz, pero El irlandés destila sabiduría, no solo eficacia. El cine de Scorsese casi siempre se ha basado más en la intensidad que en la estructura (son famosos, por ejemplo, sus fallos de continuidad, ¡y a nadie le importa, por descontado!). El irlandés contiene esos momentos de intensidad que uno espera de él. Pero intensidad de verdad, no intensidad circense con el puñetero Di Caprio gritando para que se vea que no sabe actuar. Con esto quiero decir que un menor ritmo no equivale a una menor intensidad. Con menos revoluciones se puede llegar más lejos.

En el tercer acto es cuando se confirma lo que ya habíamos comprobado en los dos primeros: que los actores están a un magnífico nivel, prácticamente sin excepción. Scorsese ha limado cualquier atisbo de sobreactuación salvo con Pacino, aunque en su caso era necesario no limarla porque su personaje es un cantamañanas. Aun así, Pacino evita caer en la autoparodia, peligro que no siempre ha esquivado en el pasado. Consigue meterse en la piel de un Hoffa convertido en bufón y sumido en una pueril ceguera. En cuanto a Joe Pesci, trasciende el estereotipo de gánster descerebrado y violento para interpretar a un mafioso completamente opuesto, un jefe inteligente, calculador y diplomático que nunca dice una palabra más alta que la otra. El desempeño de Pesci es sencillamente extraordinario, demostrando que su rango es mucho más amplio de lo que mucha gente podría creer. Y Robert De Niro, bueno, le había visto tantas interpretaciones mediocres, malas o desganadas a lo largo de los años que no sabía qué versión de De Niro nos íbamos a encontrar aquí. Y bueno, el señor De Niro ha decidido ponerse el gorro de mago para demostrar a generaciones enteras de actores por qué goza de un prestigio mayestático en la profesión. Hay un momento en que hace cierta llamada telefónica y se pone a balbucear y es la clase de cosa ante la que el resto de actores solo pueden sentarse a mirar y aprender. Pero esa es una secuencia, hay otras muchas en las que, sin que mueva un músculo de cara ni apenas pronuncie palabra, captamos perfectamente lo que está sintiendo su personaje. Los únicos problemas son los retoques digitales de su rostro y el desconcertante cambio de color de ojos, pero no se preocupe usted: De Niro consigue que al final nos olvidemos incluso de eso.

Antes decía que El irlandés es una película muy masculina y eso implica que algunos de los diálogos más tensos suceden en voz baja porque hay un subtexto de «si me tocas las narices, te mato». Un subtexto que sobreentienden todos los personajes excepto el de Pacino, el único que no sabe moverse en ese registro y el único que no respeta esa especie de diplomacia mafiosa. Ese subtexto hace innecesarios los aspavientos, pero requiere que los actores sean capaces de transmitir pensamientos con recursos mínimos para que sus personajes no parezcan caricaturas. Todos los actores lo consiguen, pero sobre todo De Niro, cuyo personaje no puede decir en voz alta lo que siente ni dejar siquiera que otros lo noten. Pero el público sí lo nota. Y Pesci, que sirve de ancla para el espectador en cada secuencia donde aparece.

En el apartado interpretativo, mi único pero es achacable a las necesidades del propio argumento: Anna Paquin ha sido infrautilizada. No se lo censuro a Scorsese. Entiendo que el personaje de Paquin, una de las hijas del Irlandés, es meramente circunstancial. De hecho, durante casi todo el metraje la vemos interpretada por una niña o una adolescente y no por la propia Paquin. Pero la actriz está fantástica en las pocas escenas donde tiene oportunidad de demostrarlo y lo hace al modo De Niro, con pocas palabras y gestos mínimos. Con miradas, básicamente. Así que, asumiendo que su papel es bastante secundario, no deja de ser una lástima que haya carecido de algo más de juego.

Resumiendo, El irlandés es un gran Scorsese con un De Niro sublime, un Joe Pesci magistral y un reparto casi invariablemente intachable. No es, insisto, Uno de los nuestros. Es más como una ópera que como una sinfonía. Quizá le sobra algún pasaje aquí y allá, aunque supongo que podría contestarse que sin esos pasajes no funcionarían igual de bien los demás pasajes. Y desde luego la narración va y viene más de la cuenta en según qué momentos. Pero este es un comentario menor. La película, sí, es larga, pero contiene tanta sabiduría cinematográfica —ncluyendo el talento de Scorsese para exprimir el talento de sus actores— que sus grandes momentos compensan el largo metraje y los ocasionales desajustes en el ritmo. Quizá lo más sorprendente es cómo Scorsese le ha dado la vuelta a lo que se espera de él, usando los mismos ingredientes de siempre para componer un plato distinto que, siendo un negativo fotográfico de lo que esperábamos, sabe muy bien. El mejor elogio que pueda hacer, aunque es un elogio muy subjetivo, es que la película dura tres horas y media, pero volví a verla después de no mucho tiempo. Habrá a quien se le haya atragantado; no es mi caso. Ni, creo, será el caso de cualquier fan del cine de Scorsese porque el espíritu de este director está ahí, por todas partes.

Vamos, que El irlandés deja claro por qué Scorsese es quien es y por qué De Niro es quien es, y por qué ambos han trabajado tanto con Pesci. Realmente, a estas alturas, era imposible pedir más de esta reunión.

The Irishman. Imagen: Netflix.