Aguilar y Guerrero, mantenerse fiel o adaptarse

Pintura Doña Marina o Malinche
Doña Marina. The Granger Collection, New York. Fotografía: Cordon Press

Uno de los debates más vivos de nuestro tiempo tiene que ver con la identidad y la tradición, ya sea individual o colectiva; con tolerar costumbres ajenas o esperar que otros se adapten a las propias; con la forma, en definitiva, de convivir unos con otros. Quizá no sea simplemente una cuestión de moda del momento y nos acompañe para siempre, porque siempre ha estado ahí y lo que ocurría antes era únicamente que se empleaban otras palabras para hablar de lo mismo. Gerónimo de Aguilar y Gonzalo Guerrero fueron dos personajes de vidas fascinantes, probablemente no quisiéramos calzar sus zapatos viendo las muchas calamidades por las que pasaron, aunque también pudieron decir al terminar sus días, a la manera de aquel androide, que vieron cosas que nosotros no creeríamos. Sus trayectorias fueron excepcionales pero sus estrategias para afrontarlas tienen al mismo tiempo algo de arquetípico, siendo uno fiel a su tradición y el otro capaz de aculturarse. Son dos formas de vivir, de convivir, que a ambos les funcionaron y quizá no sea posible distinguir de forma categórica cuál es mejor, pero al menos sí podremos conocerlas con algo más de detalle. A ello vamos.

Las llamadas Crónicas de Indias, ese compendio de obras que relatan cada detalle de la conquista de América a veces escritas por sus mismos protagonistas, están escritas en un castellano antiguo simpático aunque a veces arduo y tienden a menudo a perderse en mil detalles dada la ambición enciclopédica que las impulsa, pero también cuentan con fragmentos que en comparación convierten El Señor de los Anillos o Juego de tronos en algo parecido al BOE. Lo que narran no sufre la limitación propia de la ficción de necesitar parecer verosímil o coherente, y la manera en que lo dicen es tan franca y ajena a nuestra sensibilidad moral contemporánea… que te tienes que reír. Como en la descripción de los misteriosos animales que podían encontrarse en América hecha por fray Diego de Landa, que terminaba cada una con un «muy bueno de comer». Ahí, a lo importante, ¿por qué los documentales de animales de nuestro tiempo nunca nos cuentan qué tal saben?, ¿eh? O cuando describe el primer contacto con templos paganos de las tropas de Hernán Cortés en la isla de Mujeres: «el edificio era de piedra, de que se espantaron, y que hallaron algunas cosas de oro y las tomaron». Que el espanto ante la herejía no nos impida ni un segundo estar a lo que hay que estar. Y qué decir de aquella otra anécdota de Francisco Cervantes de Salazar sobre un desdichado español al que los indios arrearon tal garrotazo en la cabeza que lo convirtieron desde entonces en el tonto del pueblo, que acudía a sus casas por las noches en busca de comida y estos «holgábanse con él, porque era gracioso». Un cronista a la altura de Gila. Pues bien, tanto la Relación de las cosas de Yucatán, de fray Diego de Landa, la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo, como la Crónica de la Nueva España, de Francisco Cervantes de Salazar, cuentan las aventuras de nuestros dos protagonistas. Aunque no exactamente de la misma forma, así que a partir de esos tres relatos intentaremos elaborar uno conjunto.

De Gerónimo de Aguilar sabemos que nació en Écija en 1489 e inició una carrera eclesiástica antes de partir al Nuevo Mundo. Gonzalo Guerrero, por su parte, nació en torno a 1470 en Palos de la Frontera y llegó a participar en la conquista de Granada. El destino los unió en una carabela con dirección a Santo Domingo en 1511, cuando sufrió un fatal naufragio al que solo sobrevivieron entre trece y veinte personas a bordo de una barca. Navegaron a la deriva durante trece o catorce días en los que tuvieron que beber su propia orina y terminaron muriendo en torno a la mitad de ellos, hasta que recalaron en la costa de Yucatán. En realidad, ahí es donde empezarían sus desgracias. Fueron capturados por una tribu de salvajes llamados calachiones por Bernal Díaz, que sacrificaron a varios de ellos a sus dioses y luego organizaron un banquete, con sus restos como plato principal. A los demás los mantuvieron cautivos «para que, estando más gordos, para otra fiesta que venía, solemnizásemos con nuestras carnes su banquete». Previendo qué les tenían destinado, una noche rompieron la jaula y huyeron, quedando solamente con vida Aguilar y Guerrero, que fueron a dar con un cacique enemigo del anterior y que por tanto estuvo dispuesto a perdonarles la vida. Era Aquincuz, gobernador de Jamancona, quien los tomó desde entonces por esclavos. Fue a partir de ese momento cuando cada uno optó por un camino diferente.

Aguilar aceptó su nueva condición con humildad y obediencia, siempre solícito a cualquier encargo que se le ordenase. No obstante, conservaba un libro de horas que le permitió seguir siendo fiel a la tradición cristiana. Veía su situación como una prueba de fe y, si ya había sido devoto en su juventud en España, ahora con más razón debía serlo rodeado de infieles. A su amo le divertía particularmente su voto de castidad, así que cierta noche lo envió a pescar haciéndole acompañar de una joven india de gran atractivo… pero dejemos que sea Francisco Cervantes de Salazar quien continúe la historia:

… la cual había sido industriada del señor para que provocase y atraxese a su amor a Aguilar; dióle una hamaca en que ambos durmiesen. Llegados a la costa, esperando tiempo para entrar a pescar, que había de ser antes que amanesciese, colgando la hamaca de dos árboles, la india se echó en ella y llamó a Aguilar para que durmiesen juntos; él fue tan sufrido, modesto y templado, que haciendo cerca del agua lumbre, se acostó sobre el arena; la india unas veces lo llamaba, otras le decía que no era hombre, porque quería más estar al frío que abrazado y abrigado con ella; él, aunque estuvo vacilando, muchas veces, al cabo se determinó de vencer a su sensualidad y cumplir lo que a Dios había prometido, que era de no llegar a mujer infiel, por que le librase del captiverio en que estaba.

Al día siguiente la joven fue interrogada y al comprobar la firme voluntad de Aguilar su señor le tuvo en mejor estima, dedicándole a mejores tareas. Guerrero, por su parte, fue regalado mientras tanto a un cacique vecino, quien pronto se benefició de sus amplios conocimientos militares. Gracias a esas técnicas que habían sido depuradas por siglos de batallas en suelo europeo, Guerrero proporcionó a su tribu importantes victorias enseñándoles entre otras cosas a construir bastiones y atacar en formación. Pero, y aquí llega la clave fundamental que lo distingue de Aguilar, para consolidar su creciente estatus social nuestro protagonista se mostró dispuesto a aculturarse. Adoptó sus costumbres, ritos y creencias, siendo capaz incluso de someterse a las mutilaciones y tatuajes con que los guerreros del lugar demostraban su arrojo y tolerancia al dolor. El proceso culminó tomando en matrimonio a la princesa local, Zazil Há, con la que tuvo varios hijos. Unió así para siempre su destino al de la sociedad que lo había adoptado.

Hernán Cortés Pizarro. Ken Welsh Designs. Fotografía: Cordon Press

Ocho años después de aquel naufragio, en 1519, Hernán Cortés desembarcó en la isla de Cozumel, mostrando desde el primer momento la astucia diplomática que tantos éxitos le proporcionaría desde entonces. Parte de sus tropas se le habían adelantado saqueando un poblado indio que encontraron, cosa que irritó sobremanera a Cortés, quien les ordenó restituir lo robado y además entregó diversos regalos a los nativos. Gracias a este gesto pudo enterarse por boca de ellos de que había dos españoles en la región desde hacía varios años. No es difícil imaginar cómo se le iluminarían los ojos al enterarse: si se uniesen a su expedición de conquista dispondría de una valiosísima información estratégica sobre el enemigo, sobre sus puntos débiles y fuertes, y además con su labor de traductores harían posibles negociaciones y alianzas usando a unas tribus contra otras. Así que mandó a dos indios con regalos para los captores y una carta para los dos españoles, que según Diego de Landa decía lo siguiente:

«Nobles señores: yo partí de Cuba con once navíos de armada y quinientos españoles, y llegué aquí, a Cozumil, de donde os escribo esta carta. Los de esta isla me han certificado que hay en esa tierra cinco o seis hombres barbados y en todo a nosotros muy semejables. No me saben decir otras señas, mas por estas conjeturo y tengo por cierto que sois españoles. Yo y estos hidalgos que conmigo vienen a poblar y descubrir estas tierras, os rogamos mucho que dentro de seis días que recibiereis esta, os vengáis para nosotros sin poner otra dilación ni excusa. Si viniereis, conoceremos y gratificaremos la buena obra que de vosotros recibirá esta armada. Un bergantín envío para que vengáis en él, y dos naos para seguridad».

Humilde y servicial como siempre, en cuanto Aguilar la leyó solicitó permiso a su señor para volver con los suyos, a lo que este accedió. Entonces, según nos cuenta Bernal Díaz del Castillo caminó cinco leguas para llegar al pueblo donde residía Gonzalo Guerrero para leerle la carta. Para su sorpresa —y no tanto nuestra, conociendo la vida que había adoptado— le respondió:

«Hermano Aguilar, yo soy casado y tengo tres hijos, y tiénenme por cacique y capitán cuando hay guerras. Id vos con Dios, que yo tengo labrada la cara y horadadas las orejas. Qué dirán de mí cuando me vean esos españoles ir de esta manera. Y ya veis estos mis hijitos cuán bonitos son». Y asimismo la india mujer del Gonzalo habló a Aguilar en su lengua muy enojada, y le dijo: «¡Mira con qué viene este esclavo a llamar a mi marido; íos vos y no curéis de más pláticas!».

Resulta curioso el tono de la mujer por lo muy familiar que resulta, casi podemos imaginarla agitando la mano en el aire amenazando con un guantazo… Pero lo fundamental está en la elección de comunidad por parte de Gonzalo: había ido ya demasiado lejos en su proceso de aculturación como para echarse atrás. Él ya era un indio. Así que Aguilar partió en camino del bergantín y las naos, que estuvieron esperándole varios días y al ver que no llegaba partieron sin él de regreso a Cozumel, junto al resto de la expedición. Quiso la suerte que, apenas zarparan, un barco presentase problemas y hubiera de regresar. Fue entonces cuando se encontraron con Aguilar y aquí las versiones dadas por cada uno de los cronistas difieren. Según Landa, él les preguntó si eran cristianos y ante la respuesta afirmativa lloró de placer y puestas las rodillas en tierra dio gracias a Dios y preguntó a los españoles si era miércoles. Según Bernal, nada más verlos «el español, mal mascado y peor pronunciado, dijo: ¡Dios y Santa María y Sevilla!» y corrió a abrazarlos. Por su parte, Salazar añade: «Hízole Cortés muchos regalos y caricias, conosciendo la nescesidad que tenía de su persona,para entender a los indios que iba a conquistar». Ocho años había permanecido Aguilar en tierra extraña, obedeciendo todo aquello que le mandaban, pero sin traicionar lo que en su fuero íntimo consideraba como su verdadera identidad, su grupo de pertenencia. Aquel con el que ahora por fin regresaba.

La expedición partió de Cozumel y poco después Hernán Cortés se casó con la indígena Malinche, o doña Marina. Ella conocía la lengua azteca y también la maya del Yucatán, mientras que Aguilar había aprendido durante esos años la lengua maya, de manera que mediante una doble traducción ahora Cortés podía entenderse con todos aquellos que se encontró a su paso. Esto supuso una ventaja tan extraordinaria que difícilmente puede exagerarse. Tengamos en cuenta que el estado mexica contaba con unos veinte millones de habitantes y Cortés tenía a su mando a unos soldados que, por bien armados que estuvieran, apenas llegaban a quinientos. De forma que fue vital la negociación con las tribus sometidas a dicho imperio para que unieran sus fuerzas al conquistador español. Por tanto, Aguilar acabó adquiriendo una enorme influencia histórica como broche a tan exótica peripecia vital. Guerrero, por su parte, continuó viviendo con los suyos y se convertiría en un formidable líder militar que combatiría durante años a los invasores españoles, hasta que durante una batalla en el año 1536 finalmente resultó muerto de un arcabuzazo. Con el paso de los años sería titulado por las generaciones venideras como «padre del mestizaje» y uno de los estados actuales de México, Quintana Roo, lo menciona en su himno:

Esta tierra que mira al oriente

cuna fue del primer mestizaje

que nació del amor sin ultraje

de Gonzalo Guerrero y Za’asil