Reivindicación del pensamiento único: la cantante calva y la paloma de Kant

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Las facultades mentales en una ilustración del segundo tomo de De supernaturali, naturali,
praeternaturali et contranaturali microcosmi historia, in tractatus tres distributa de Robert
Fludd, 1619-1621. Imagen: Wellcome Collection (CC).

Llamar «pensamiento único» al discurso dominante resulta, más que equívoco, contradictorio, y el hecho de que esta denominación se haya vuelto de uso común es un motivo más para ponerla en cuestión.

En puridad, la expresión «pensamiento único» es un pleonasmo: el pensamiento, literalmente entendido como la potencia y el acto de pensar, como la herramienta y la tarea cognoscitiva de los seres racionales, es básicamente único. Por eso, cuando su objeto está bien definido y claramente delimitado, el resultado del pensamiento también es único: solo hay una física, plenamente aceptada por todos los científicos del mundo, por más que los especialistas puedan discutir sobre determinadas cuestiones aún por dilucidar o sobre las implicaciones filosóficas de la mecánica cuántica; y aunque se suele hablar de distintas geometrías en apariencia incompatibles (la euclidiana y las no euclidianas), no son más que ramas divergentes —pero de ningún modo contradictorias, sino complementarias— de un mismo tronco matemático.

En terrenos más imprecisos que las disciplinas científicas propiamente dichas, es lógico y deseable que haya distintas escuelas y teorías; pero la forma correcta de razonar sigue siendo una y la misma para todos. Y lo que en la actualidad intentan hacer los poderes establecidos —con la ayuda de posmodernos, «nuevos filósofos» y relativistas culturales— es precisamente romper la unidad —en el doble sentido de unión y unicidad— del pensamiento imponiendo un pensamiento múltiple y disperso; un pensamiento «débil», en cuanto que fragmentario, puesto que en todas las luchas —y la de la razón contra la barbarie es la madre de todas las batallas— la fuerza deriva de la unión.

La verdad es revolucionaria, y como los medios de comunicación alternativos hacen cada vez más difícil la ocultación sistemática —sistémica— de la verdad, el poder, sin renunciar por completo a la oscuridad y el silencio, está optando, cada vez más, por la estrategia complementaria: la del deslumbramiento y el ruido. Si no puedes ocultar la verdad, fragméntala y revuelve sus trozos en el molino/caleidoscopio mediático, e interpreta cada fragmento de una manera, de varias maneras distintas e incluso contradictorias, con lo que, además, darás una imagen de tolerancia y pluralismo. Porque la verdad solo es revolucionaria cuando es toda la verdad y nada más que la verdad; cuando el poder la trocea, la muele, la criba y la adereza para su consumo masivo, el alimento de la mente se convierte en comida basura, como cuando el trigo se convierte en bollería industrial.

Hay que reconocerle al relativismo cultural el mérito de haber impugnado el eurocentrismo que durante siglos ha dominado la cultura occidental. Y las críticas posmodernas al marxismo y otros supuestos discursos totalizadores eran —y siguen siendo— necesarias. Pero los relativistas y los posmodernos, en su compulsivo —y a menudo tendencioso— afán de renovación y limpieza, han tirado al bebé junto con el agua de la bañera; tras lavarle la cara a los proyectos emancipatorios del siglo XIX y principios del XX, los han defenestrado (solo simbólicamente, por suerte) y han proclamado el fin de la historia, que equivale al fin del pensamiento (historia = relato = relación = reflexión; si el relato se vuelve definitivo e inmutable, cesa la reflexión).

Mediante una perversa metonimia —el poder es un poeta malo, en ambos sentidos del adjetivo— el discurso dominante confunde la deseable multiplicidad de ideas con un desestructurante pensamiento múltiple para el que todo vale y nada tiene valor. La vieja máxima «divide y vencerás» no solo es aplicable a los ejércitos u otros grupos humanos, sino también a las ideas y los valores, a los sistemas éticos y conceptuales. Fragmenta la realidad, fragmenta el pensamiento mismo, y con sus trozos podrás hacer lo que quieras. Y para esa tarea de deconstrucción del mundo y de la mente, el poder cuenta con la complicidad de legiones de «intelectuales» y «comunicadores» que no solo han encontrado en el pensamiento múltiple una confortable forma de vida, sino también un lenitivo para su mala conciencia y una coartada para su cobardía.

Pensamiento discreto

¿Qué pensaríamos de alguien que aceptara las dos premisas de un silogismo y negara su conclusión? Alguien que dijera, por ejemplo: «Todos los hombres son mortales; Sócrates es un hombre; pero Sócrates no es mortal». Pensaríamos que, una de tres: o está loco, o es un discapacitado mental, o nos está tomando el pelo. Pues bien, cualquier persona decente suscribiría la siguiente premisa mayor: «Para secundar a un dictador sanguinario hay que ser un canalla», y, sin embargo, muchos no admitirían la inevitable conclusión del silogismo, o no se atreverían a formularla en voz alta, si en la premisa menor figurara el nombre de un rey o de un papa.

Y aunque en muchos casos este tipo de cogitus interruptus responda a una estrategia deliberada, cuesta creer que todos los que incurren en tal mutilación del pensamiento sean locos, farsantes o descerebrados. La explicación de este alarmante fenómeno hay que buscarla, al menos en parte, en la imagen fragmentada, discontinua —discreta, en el sentido fisicomatemático del término— que de la realidad nos ofrecen los grandes medios de comunicación. El videoclip y el spot publicitario son los paradigmas de la comunicación moderna (o posmoderna), comprimida y sincopada, veloz y efímera. La información se recibe en ráfagas dispersas e inconexas; los eslóganes y las consignas sustituyen a la reflexión ética y política… En consecuencia, el pensamiento mismo tiende a fragmentarse, a perder unidad y coherencia, y la presión social —cuando no la represión pura y dura— hace el resto: los dos sentidos del término discreción —discontinuidad y prudencia— confluyen y se refuerzan mutuamente, actúan de forma sinérgica como inhibidores de la razón.

Los sofistas de ayer tenían que tomarse el trabajo de construir elaborados razonamientos falsos que pudieran pasar por verdaderos; los de hoy lo tienen más fácil: basta con fragmentar los razonamientos verdaderos para construir una gran mentira a base de medias verdades.

Pensamiento circular

Un viejo chascarrillo italiano con el que se solía entretener a los niños decía así: un arriero se detiene a comer en una posada y toma pan, vino y tocino. A la hora de pagar, el posadero le pide una lira por el pan, una lira por el vino y una lira por el tocino. El arriero pone un par de monedas sobre la mesa y se dispone a marcharse. «Aquí solo hay dos liras», dice el posadero. «Pues claro: una lira por el pan y otra por el vino», replica el arriero. «¿Y el tocino?», pregunta el posadero. «Pues eso: una lira por el tocino y otra por el pan», responde el arriero. «¿Y el vino?». «Pues eso: una lira por el vino y otra por el tocino». Y así sucesiva e indefinidamente.

El pensamiento, en cuanto que verbal, es una línea que se desarrolla en el tiempo, como el propio lenguaje, como la música; es un camino que recorremos —que hacemos— paso a paso. En cada momento estamos en un tramo del camino, no lo abarcamos todo a la vez. Si el recorrido es tan corto como el del chascarrillo del arriero, solo alguien muy obtuso sería incapaz de verlo en su totalidad; pero cuando el camino silogístico es largo y enrevesado, es fácil despistarse, e incluso no darse cuenta de que la línea argumental se ha cerrado sobre sí misma y estamos andando en círculos.

Los políticos no paran de decirnos que su programa es el mejor porque nos traerá mayor bienestar. ¿Y por qué nos traerá mayor bienestar? Porque es el mejor programa político. La publicidad repite sin cesar que para ser felices tenemos que comprar un automóvil potente. ¿Por qué? Porque la felicidad pasa por tener un automóvil potente, como se desprende de los anuncios de automóviles. Fulanita sale en la tele porque es famosa. ¿Y por qué es famosa? Porque sale en la tele…

Huelga señalar que la verdadera cuestión de fondo, la pregunta que hemos de hacernos ante la amplísima difusión del pensamiento circular, es: ¿cómo se explica que millones de personas caigan una y otra vez en una trampa tan burda? Y nada más adecuado que buscar la explicación de tamaña absurdidad en el teatro del absurdo: como dice Ionesco en La cantante calva: «Se coge un círculo, se lo acaricia y se convierte en un círculo vicioso». Haz que tu vida discurra mecánicamente en círculos acariciados por la costumbre, refúgiate en la repetición sistemática —sistémica— de una rutina tranquilizadora, y tu pensamiento se viciará cuanto sea necesario para adaptarse a esa existencia cíclica, cerrada sobre sí misma.

Pensamiento insignificante

Quienes ingenuamente creyeron que entre Darwin, Marx y Freud lo habían explicado todo se merecían el vapuleo antidogmático y antirreduccionista de los posmodernos. Pero, en su desmedido afán relativizador, los supuestos cazadores de dogmas acabaron mordiéndose la cola y, en última instancia, autodevorándose. Si todo es relativo, también lo es el relativismo, luego no todo es relativo…

Una de las más conocidas manifestaciones —o formulaciones— de la Weltanschauung posmoderna es el «pensamiento débil» propugnado por el filósofo italiano Gianni Vattimo. La fórmula es atractiva y despierta inmediatamente nuestras simpatías, nuestra tendencia a ponernos al lado del débil frente al fuerte, al que es fácil identificar con la prepotencia y la agresividad. Pero no hay que confundir la fuerza, que es la capacidad de mover o modificar algo, con el abuso de dicha capacidad. De hecho, el pensamiento más «fuerte» en sentido literal (es decir, el más operativo) del que disponemos es el pensamiento científico, que es a la vez el menos impositivo, el menos dogmático; la ciencia no pretende enunciar verdades absolutas y definitivas, sino solo conclusiones provisionales; nos propone modelos parciales continuamente sometidos a revisión, y en ello reside su enorme fuerza transformadora. Nada que ver con las teorías sociopolíticas o psicológicas que pretenden explicarlo todo a partir de unos cuantos principios generales o en función de una fórmula lapidaria, teorías que los posmodernos y los relativistas culturales han criticado con sobrada razón.

Con razón, pero, en general, sin medida ni autocrítica, cayendo a menudo en el error contrario: como no es posible explicarlo todo, no se puede explicar nada; como el pensamiento no es omnipotente, es impotente; como durante mucho tiempo nos han impuesto formas de pensar rígidas y coercitivas, no hay que aceptar ninguna disciplina mental. La consigna implícita (y a veces explícita: Vattimo lo ha expresado en alguna ocasión con estas mismas palabras) de algunos destacados intelectuales posmodernos es: «Quiero poder pensar una cosa y su contraria». Y la fórmula, una vez más, es atractiva, sugiere una envidiable situación de libertad mental absoluta. Pero es la misma libertad vacía —la libertad del vacío— que reclama la paloma de Kant al quejarse de que el aire frena su vuelo.

Porque, en última instancia, ¿qué significa «pensar una cosa y su contraria»? Si nos referimos a contemplar todas las posibilidades y a emparejar cada tesis con su antítesis, no hemos inventado nada nuevo: es la vieja dialéctica de Hegel, directamente inspirada en el método científico y en la mayéutica socrática. Y si por «pensar una cosa y su contraria» entendemos pensar a la vez que dos más dos son cuatro y que dos más dos no son cuatro, entonces no estamos diciendo nada, la formulación carece de sentido; es literalmente «insignificante», puesto que no tiene ningún significado operativo, o tan siquiera propositivo.

Al igual que los surrealistas (también ellos hijos pródigos de Marx y de Freud), algunos posmodernos pretenden librarse de todas las ataduras, de todas las reglas; pero, al contrario que los surrealistas, no quieren admitir que eso solo es posible en el inaprensible mundo de los sueños, en un paraíso trivial y regresivo en el que el pensamiento confunde la independencia con la incontinencia y, para poder creerse libre de decirlo todo, acaba por no decir nada.

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