Theodore Roosevelt: la criatura más extraña

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Theodore Roosevelt
Fotografía: Cordon Press.

Son las siete de la mañana y un grupo de turistas cruza el puente que une Virginia y Washington, la capital americana. Asomándose a la barandilla —y con cierta cara de sorpresa— observan lo que parece ser una boya que sube y baja, y poco a poco va acercándose a la orilla. La boya, que resulta ser un corpulento hombre desnudo, sale del agua helada y corre hacia su toalla para secarse. Es el mes de diciembre de 1901 y el viento no perdona. Tras vestirse, Theodore Roosevelt emprende el camino de vuelta hacia la Casa Blanca. 

Esta clase de comportamiento sorprende tanto a políticos locales como a dignatarios extranjeros. A los cuarenta y un años, Theodore Roosevelt es el presidente más joven de la historia de los Estados Unidos, pero según los periódicos también «la criatura más extraña que jamás haya habitado la Casa Blanca». Y no les falta razón. Además de nadar desnudo en el río Potomac en pleno invierno, a Teddy —un apodo que no soporta pero que quizá por ese motivo nunca se logrará quitar de encima— también le encanta galopar a caballo por el parque Rock Creek mientras dispara a pedruscos y ramas con su revólver, pegarse con varas de bambú con su buen amigo y secretario de la Guerra Elihu Root, o pasarse horas debajo de un árbol observando las diferentes especies de pájaro que lo habitan.

A los que conocen bien al presidente todo esto les parece natural. Cecil Spring Rice, diplomático británico y confidant de Roosevelt, le dice una vez a un visitante que «debe usted recordar siempre que el Presidente tiene unos seis años», y la descripción es apropiada tanto en la diversidad de sus intereses como en la energía que les dedica. Es un personaje que encandila y aterroriza por igual, lo cual hace prácticamente imposible resumir de forma estructurada sus logros y fracasos. Sin apenas meternos en su carrera política podríamos hablar de su faceta como escritor —fue autor de unos treinta y cinco libros—, como cazador —su expedición a África acabó enviando más de diez mil piezas al Museo Smithsonian de Historia Natural que los pobres operarios tardaron más de ocho años en catalogar—, o como explorador —en Brasil el río Roosevelt no se llama así honoris causa, sino porque el presidente estuvo allí recorriéndolo y cartografiándolo—. El de Teddy es uno de esos raros casos en los que la persona llega a eclipsar al presidente, lo cual es decir mucho, porque este Roosevelt es uno de los cuatro presidentes que se ganó un puesto en el monte Rushmore.

Así que quizá lo más apropiado sea centrarse en los elementos que definen su carácter, los que le convierten en un tipo fascinante —y completamente insoportable para muchos—. El primero y más característico es una energía y curiosidad intelectual que brota a borbotones en todo lo que hace. Los visitantes que llegan a la Casa Blanca no ocultan su desasosiego. Saben que si van a comer el «loco» Roosevelt les obligará a emprender una caminata de varias horas nada más acabar —si tiene tiempo y le gusta la compañía—, y si van a cenar les tocará escuchar una de sus interminables clases magistrales sobre el tema que le interesa esa semana —el presidente suele dedicar unas tres o cuatro horas a leer cada día—. El segundo es un idealismo y obsesión por la justicia que a menudo roza lo naíf. En ocasiones le lleva a actos nobles, como el invitar a cenar a Booker Washington a la Casa Blanca, el primer afroamericano en hacerlo. Pero en otras le conduce a la cabezonería, como en la obsesión por controlar al que será su sucesor, William Howard Taft. El tercer elemento es un amor indiscutible por lo americano, un nacionalismo que siempre guía sus decisiones políticas.

El resultado de esta combinación es a menudo impredecible. Si se toman sus acciones en diferentes momentos, incluso puede llegar a parecer que estamos hablando de personas distintas. Roosevelt se ofendería y argumentaría que hay un hilo conductor muy claro en todo lo que hace. Y quizá tenga razón, si uno hurga lo suficiente. Pero lo bueno de estas aparentes contradicciones es que tanto el progresista como el conservador moderno pueden encontrar puntos o políticas que admirar. Lo malo, evidentemente, es que lo opuesto también es cierto.

El nacionalismo e idealismo del presidente, por ejemplo, lo lleva a menudo a los brazos de la facción imperialista del Partido Republicano. Durante la guerra contra España dimite de su puesto de vicesecretario en el Departamento de la Marina para dirigir un regimiento de voluntarios que carga contra (y toma) las posiciones españolas en la batalla de San Juan. Su opinión sobre España y las repúblicas latinoamericanas nunca es buena, y las relaciones con los países de su hemisferio tienen sus más y sus menos. Roosevelt choca contra Colombia durante las negociaciones del Canal de Panamá y la posterior escisión del istmo, que Estados Unidos apoya con poca discreción. Pero también acude a defender a Venezuela ante una amenaza de invasión por parte de la Alemania de Guillermo II. Durante Roosevelt, la Doctrina Monroe —evitar la intervención de potencias europeas en las Américas— pasa de algo pasivo a una especie de justificación para intervenir en el resto de países de la zona. 

Pero estas mismas obsesiones sobre el rol de Estados Unidos en el mundo también le hacen defensor del famoso melting pot y de la inmigración. «No podemos», dice, «permitirnos considerar si (el inmigrante) es católico o protestante, judío o gentil, (…) japonés, escandinavo o magyar». Su postura es que cada individuo vale lo que sea capaz de aportar. Esto es algo que va en consonancia con su obsesión por la superación individual, y que quizá tenga que ver con su infancia. El Roosevelt adulto de los seis años metafóricos no se parece en nada al Roosevelt niño, que tuvo que superar con abundante (y «¡vigoroso!») ejercicio físico sus perennes enfermedades y ataques de asma. El presidente también aplica esta postura a sus políticas sobre la discriminación racial.  A pesar de que se le acusa de no hacer mucho para acabar con las leyes Jim Crow y garantizar el voto a los afroamericanos, también coloca a numerosos afroamericanos en puestos federales y critica —a menudo ferozmente— los linchamientos, granjeándose el odio de los sureños.

Quizá su legado más curioso —y el menos conocido— es el de su ecologismo. Los meses que pasó en las Dakotas de joven, viviendo con rancheros, cazando pumas y admirando el paisaje siniestro e impresionante de las Badlands, le marcan. También queda para la historia el episodio un tanto surrealista de su persecución —y arresto— de tres ladrones que le habían robado un bote. Trató tan bien a los delincuentes que uno de ellos le envió una carta diciendo que «si en algún momento pasaba por la zona», no se olvidara de pasar por la prisión para tomar un café. Sus meses en el Medio Oeste, sus veranos en los bosques de Nueva Inglaterra, y su amor por todo pájaro y mamífero —amor que también incluía el cazarlos y disecarlos para su posterior «estudio»— se vieron reflejados en un apoyo acérrimo al movimiento conservacionista. Roosevelt insiste en que «es vandalismo el destruir o permitir la destrucción de lo que es bello en la naturaleza, sea un acantilado, un bosque, o un animal». Durante sus años se funda el servicio forestal y se protegen más de novecientos treinta mil kilómetros cuadrados de espacios naturales, una superficie que supone casi el doble del territorio español.

Todas estas contradicciones y obsesiones que le hacían un icono de masas —el nombre inglés del osito de peluche, Teddy Bear, se lo debemos a una ocasión en que Roosevelt se negó a disparar a un oso herido— acaban por llevarle a un encontronazo frontal con el Partido Republicano. Es algo que tenía que pasar en algún momento, porque la visión de Roosevelt, siempre sui generis, había ido evolucionando hacia posturas un tanto radicales. Cuando accede a la presidencia tras el asesinato de McKinley, la vieja guardia ya se queja de que «ahora ese dichoso cowboy sea presidente». Cuando decide no volver a presentarse en 1908, consigue asegurarse de que su delfín Taft —un jurista de gran talla tanto intelectual como física— le suceda, quedando satisfechos tanto Roosevelt (porque está convencido de que Taft le consultará todo) como la vieja guardia (que está encantada de ver desaparecer al «mesías loco»). Pero Taft le decepciona, y cuando llegan las elecciones de 1912 Teddy está en guerra abierta con su partido. Tras ganar varias primarias, la maquinaria del partido maniobra para impedir que obtenga la nominación y asegurarse de que Taft pueda presentarse a la reelección. Y, en un giro muy rooseveltiano, decide abandonar a los republicanos y unirse al Partido Progresista.

Este último intento de volver a la política nacional, aunque infructuoso —Roosevelt perdió las elecciones ante el demócrata Woodrow Wilson, pero quedó segundo—, dice mucho de su evolución ideológica. Roosevelt siempre había pertenecido al ala reformista de los republicanos, y mientras era presidente su campaña contra los monopolios empresariales ya había causado unos cuantos toques de atención —los republicanos seguían siendo el partido preferido de los grandes empresarios del norte, al fin y al cabo—. Libre de esa necesidad de equilibrar intereses, su plataforma electoral toma giros muy radicales para la época. El manifiesto progresista incluye el germen de un estado del bienestar, con políticas como la creación de seguros nacionales de salud y desempleo o la jornada de ocho horas. También incluye algo que ninguno de los dos grandes partidos se atrevía a apoyar: el sufragio femenino. Este paquete ideológico —que él llama Nuevo Nacionalismo— defiende abiertamente «la supremacía del trabajo frente el capital», tanto en términos políticos como filosóficos (algo que, argumenta Roosevelt, ya defendía Lincoln).

Además de los giros ideológicos, esta campaña presidencial también nos deja el acontecimiento que mejor resume a Teddy, y que de no haber sido documentado ampliamente parecería ser leyenda. Cuando se dispone a dar un discurso en Milwaukee, el tabernero John Schrank le dispara al pecho con un revólver, causando confusión en la sala. Tras un pequeño forcejeo, los asistentes reducen al asaltante. La gente intenta acercarse a Roosevelt temiéndose lo peor. Pero el presidente se toca el pecho, comprueba que no tose sangre, y concluye que la bala no se ha alojado en sus pulmones. Satisfecho, anuncia a la sala  lo siguiente: «No sé si son conscientes de que me acaban de pegar un tiro, pero hace falta más que eso para acabar con un alce». Entre aplausos y vítores —y, asumo, caras de incredulidad— prosiguió su discurso, que duró una hora y media. A Teddy le había salvado precisamente su incurable verborrea. La bala no llegó a penetrar la caja torácica porque antes había tenido que atravesar las cincuenta páginas de papel del discurso que llevaba preparado en el bolsillo de la chaqueta.

Los últimos años del «alce» presidencial —bull moose en inglés, apodo que se ganó merecidamente tras el atentado— estuvieron plagados de tragedia. Su última gran aventura, una peligrosa expedición al Amazonas que casi lo mata, le deja con veinte quilos menos y fiebres tropicales recurrentes, pero también con la satisfacción de haber recorrido mil kilómetros de río inexplorado. Ya debilitado, publica un libro detallando el viaje. La tragedia final ocurrirá un par de años más tarde. Su hijo Quentin participa como piloto en la Primera Guerra Mundial y es derribado, algo de lo que Teddy no llega a recuperarse. Unos meses después, en la Noche de Reyes de 1919, un coágulo de sangre acaba con su vida. Al escuchar la noticia, un antiguo adversario escribe: «La muerte tuvo que pillar a Roosevelt durmiendo, porque si hubiera estado despierto habría habido pelea». 

Un amigo me comentó hace un tiempo que le gustaba más Roosevelt como persona (o personaje) que como presidente. Puede que tenga razón. ¿Fue Roosevelt el presidente más excepcional? Si hablamos de impacto, seguramente no. Un pariente suyo —mucho más conocido— a menudo supera al primer Roosevelt en las tablas de historiadores. Pero si hablamos de excepcional en términos de poco habitual, es difícil de negar. Quizá por ello muchos dicen que Roosevelt es el presidente que más se ha acercado al arquetipo americano. Sus contradicciones y su estatus de rara avis de campeonato son únicos. Era descendiente de los primeros colonizadores holandeses —siempre insistió en que se pronunciaba «rousa-felt», no «rus-velt»— y miembro de la aristocracia neoyorquina, pero también cowboy sin tapujos y enfant terrible de la sociedad en la que creció. Nadie dudaba de su —a menudo abrumadora— curiosidad e inteligencia, pero tampoco de su idealismo naíf. Fue ecologista convencido e imperialista habitual, elitista y radical progresista. Quizá la mejor metáfora de su presidencia es que fuera la primera del nuevo siglo. La historia de Roosevelt es casi un preludio del rol que le tocaría a Estados Unidos jugar en el siglo XX —the american century al fin y al cabo—.

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One Comment

  1. Teddy Roosevelt fue uno de los promotores de un cambio de reglas del football (jugó en la universidad). El cambio más notable fue la introducción del pase hacia delante con la mano (hasta ese momento solo se podía pasar con la mano hacia atrás, como en el rugby)

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