Mank: no hay obra maestra sin un buen guion

Mank. Imagen: Netflix.

El anuncio de una nueva película de David Fincher siempre suena bien. Y aún suena mejor si la temática es el viejo Hollywood en blanco y negro. Cuando los cineastas homenajean al cine pueden ocurrir grandes cosas. Aún recuerdo cuando vi Ed Wood y tuve la extraña sensación de salir encantado de la proyección de un largometraje del maestro de la muñequería, Tim Burton (aunque, por otros motivos, también salí encantado de la proyección de Mars Attacks). Esta nueva película, Mank, gira en torno a la creación de Ciudadano Kane. Si no ha visto Ciudadano Kane, véala. Después lea una pocas líneas sobre William Randolph Hearst, el personaje que inspiró el personaje de Charles Foster Kane, y sobre su entonces pareja, la actriz Marion Davies. Y después de esto vea Mank, porque hacerlo al revés no tiene sentido.

No me considero exactamente un «fan» de Fincher. No es uno de mis cineastas favoritos, pero sí me gusta cómo dirige y en prácticamente todas sus películas veo decisiones interesantes o sorprendentes. Y hablo exclusivamente de la dirección, porque la mitad de las veces me gusta más su estilo como director que las historias que elige contar. Como película en conjunto, me entusiasma Zodiac, de la que no solo me fascina su argumento, sino que me parece su mejor película: la más fluida, la mejor construida y la que tiene un ritmo más adecuado para lo que se cuenta. En su momento me gustaron Seven, The Game, La red social. Otras películas de Fincher también están bien dirigidas pero cuentan historias que me interesan menos, como El club de la lucha y El curioso caso de Benjamin Button. Pero bueno, como individuo que se pone al frente de un rodaje, Fincher rara vez falla. Es lo mismo que me sucede con Wes Anderson, por citar otro ejemplo conocido: no me interesan todas sus historias, pero su estilo como director es siempre interesante. El estilo Fincher siempre está ahí y es un estilo que me agrada. Me parece carente de grandes defectos. Aunque, por lo general, también me parece carente de ese plus que tienen los Kubricks y Coppolas y Billys Wilder de este mundo.

Sobre el papel, Mank tenía todas las papeletas para ganarme. Siempre supuse que el estilo de Fincher encajaría bien con una recreación del viejo Hollywood, y las imágenes de avance reforzaban esa esperanza. Al final, Mank me ha ganado en unos aspectos, pero en otros me ha dejado más frío de lo que esperaba. Pero no es desdeñable; de hecho, es una película digna de análisis. Por seguir con la dicotomía entre la manera en que una historia es dirigida y la historia en sí misma, diré que Mank es absolutamente fascinante en la parte técnica. Es un prodigio visual, pero Fincher ha volcado todo un arsenal —y casi diría un tesoro— de recursos cinematográficos en un argumento que no lo justifica. Como he leído a algún crítico (creo que británico), «no sé por qué Fincher pensó que esta historia merecía la pena ser contada». Ojo, la historia no es mala, ni es estúpida: es tenue.

En lo técnico, repito, Mank es una absoluta delicia. La imitación del aspecto visual de películas de los años treinta y cuarenta ha sido elaborada con tanto amor que por momentos llega a resultar abrumadora: el omnipresente tono níquel, los brillos, las aureolas, los reflejos, la leve nubosidad. Todos esos pequeños defectos de imagen que el aséptico cine moderno evita como la peste, pero que Fincher ha perseguido con minuciosidad de artesano. Un diez. Por no hablar de la ambientación, que es absolutamente espectacular. Pero espectacular en todos los sentidos: por lo magníficamente bien hecha que está, y porque es un espectáculo constante para la vista. Si tiene usted afición por la edad dorada de Hollywood, sepa que puede contemplar esta película hasta con el sonido apagado y disfrutar del viaje al pasado. Mank es una experiencia visual que no debe perderse. También la música de Trent Reznor y Atticus Ross está muy bien; aunque la banda sonora sufre por momentos del efecto uncanny valley, porque es música que capta bien pero no del todo el espíritu de la música de aquellos años (ya perdonarán que me ponga tiquismiquis con eso). En cualquier caso, con Trent Reznor me pasa como con Fincher: me gustan mucho algunas de las cosas que ha hecho (a un fan declarado de los Young Gods tenía que gustarle esto por narices), pero incluso cuando no me llega, capto la magnitud de su talento. Por resumir el apartado de la imagen: como recreación moderna-pero-no-demasiado del aparataje audiovisual del cine plateado de los treinta y cuarenta, Mank es posiblemente lo más apabullante que puede concebirse hoy en día, al menos dentro de lo que puede hacerse con técnicas digitales.

Otro apartado brillante es de las interpretaciones. Gary Oldman está fantástico interpretando a Herman J. Mankiewitz, guionista de Ciudadano Kane. Supongo que ya lo habré comentado: Gary Oldman me sobraba (y me sobra) en muchas de sus antiguas películas, pero lleva unos años en que me parece otro. En especial desde su excepcional trabajo en Darkest Hour. Aquí es el protagonista absoluto y defiende esa posición con más sabiduría que magia. Cuentan que Mankiewitz era en persona un tipo increíblemente ingenioso, pero eso no se traduce mucho en los diálogos porque no hay nada más difícil de imitar que el ingenio. La mejor frase de Oldman en esta película es una que Mankiewitz realmente pronunció ante testigos después de vomitar, durante una borrachera en una cena social (aunque no en la cena que se muestra en pantalla): «Al menos ha salido el vino blanco junto al pescado». Esta clase de deliciosos toques no se repiten a menudo y el ingenio del Mankiewitz-Oldman es más previsible, pero no culpo a la película por ello, y supongo que muchas de las mejores ocurrencias del auténtico Makiewitz se perdieron en la amnesia de la bohemia, y que las que quedaron no eran necesariamente las mejores.

En fin, Oldman está bien, pero varias escenas se las roba Amanda Seyfried, que se apropia del personaje de Marion Davies hasta el punto en que cuando la película está acabando uno ya se ha olvidado de que está viendo a Amanda Seyfried. Físicamente, la actriz no se parece mucho al personaje original (aunque la caracterización es sensacional), pero Seyfried consigue captar a la perfección ese leve filo que a Davies se le veía en algunas películas, y en particular su manera de clavar la mirada. Otra de las interpretaciones que más me ha gustado es la de Tom Pelphey como Joseph L. Mankiewitz, el hermano del protagonista de esta película, y el cineasta que, después de los hechos narrados aquí, terminó haciéndose más célebre que él. Tom Burke está bien como Orson Welles; tampoco se le parece y desde luego no puede reproducir la poderosísima presencia del original, pero además de aportar la voz, Burke consigue forjar un retrato más que aceptable, y eso no era nada fácil porque se me ocurren pocas personas menos fotocopiables que Orson Welles. Hablando de presencia, el siempre aterrador Charles Dance encarna a William Randolph Hearst; si ha visto usted Juego de Tronos es posible que termine viendo a Tywin Lannister. Pues bien, no se sienta mal, porque Hearst era como la encarnación de Tywin Lannister en el mundo real, así que la sensación de estar viendo a Tywin sería muy indicada.

Vamos con la historia. El problema de Mank es, para mi gusto, que el argumento no cuenta gran cosa. Eso no tendría por qué constituir un problema, ¿no? Muchas películas no cuentan gran cosa pero funcionan. Mank, sin embargo, es una película que utiliza recursos cinematográficos desarrollados para contar un tipo de historia mucho más intensa. Imita recursos de la propia Ciudadano Kane, en especial. Pero Ciudadano Kane contaba una historia grandiosa que requería una parafernalia grandilocuente. Se centraba en un personaje y hacía un análisis íntimo de su evolución psicológica, pero nadie puede decir sin reírse que Ciudadano Kane es una película «intimista». Es una epopeya que tiene tanto de intimista como un terremoto. Uno de los grandes logros de Orson Welles consistió en entender que la biografía de un magnate del periodismo podía ser contada en el mismo registro de grandilocuencia audiovisual que una historia bíblica o que la vida de Cleopatra. Charles Foster Kane no fue Moisés o Julio César, pero en Ciudadano Kane llega a parecerlo. Vean ustedes cualquier película anterior a Ciudadano Kane cuyo argumento trate sobre periodistas, empresarios o políticos. No se le parecen. Pero vean películas sobre Jesucristo hechas antes de Ciudadano Kane: esas se le parecen mucho más.

Lo que Mank cuenta sobre el guionista Herman Mankiewitz no justifica la aproximación grandilocuente (en sí misma, sensacional) del estilo audiovisual que David Fincher hereda de Ciudadano Kane. Es como un guisado hecho con las mejores verduras del mercado, pero donde solo encontramos dos pedacitos de carne. El estilo audiovisual de Mank es el que se usaría para sumergirnos en una sensaciones colosales que no están presentes en la historia. Consigue su propósito de hacernos simpatizar con el protagonista, pero el conflicto central es bastante pedestre: Herman Mankiewitz acepta escribir el guion de Ciudadano Kane renunciando a que su nombre aparezca como autor. Cuando después se da cuenta de que es lo mejor que ha escrito, cambia de idea y le pide a Orson Welles que incluya su nombre en los créditos. Welles, que pretendía figurar como único autor del guion, se enfada, pero accede (esto no es spoiler, todo el mundo sabe que ambos figuran como guionistas). Y eso es todo. Ese es el conflicto central. En el cine hay una cuestión importante que es la de proporción entre forma y fondo. Si la forma es grandilocuente y el fondo es de perspectiva reducida, se produce un desajuste que afecta a las emociones del espectador. Mank es bellísima en lo visual, pero la historia entre Mankiewitz y Welles no daba mucho más que para una secuencia en un despacho.

El que Fincher haya optado por convertir la autoría del guion de Ciudadano Kane en el conflicto central de una película se explica bien, creo yo, por el hecho de que adapta un guion de su difunto padre Jack Fincher, un periodista y escritor que murió sin ver cumplido el sueño de ver materializados dos de sus trabajos para cine. Uno era este guion de Mank, película para la que David Fincher no consiguió financiación antes de que su padre muriese. Y otro centrado en la vida del magnate Howard Hughes estuvo a punto de ser adaptado nada menos que por Martin Scorsese, hasta que este decidió rodar la misma historia usando un guion de John Logan. Y Jack Fincher se fue de este mundo con el disgusto. El argumento de Mank es una defensa del guionista cuyo talento y aportación se ven eclipsados por otras personas, y simpatizo mucho con las ganas que David Fincher tenía de usar un guion que no solamente fue escrito por su padre, sino que además sirve para reivindicarlo, para glosar esa figura del guionista al que se deja de lado. Pero Jack Fincher era su padre, no el nuestro. Entiendo por qué a David Fincher le importa la historia, pero no veo por qué debería importarnos a los espectadores. Y el guion tiene otros problemas. El alcoholismo de Mankiewitz, la relación disfuncional con su mujer y sus (en pantalla inexistentes) hijos, o el que William Randolph Hearst se sintiera insultado por Ciudadano Kane, son conflictos tratados de manera igualmente superficial. La película dedica casi todos sus esfuerzos a justificarse a sí misma. Si recuerdan La ley del silencio, Elia Kazan la rodó para justificar su cuestionable actitud en la era de la persecución ideológica del cabronazo de Joseph McCarthy, con mucha más capacidad para convertir un asunto personal del director en una historia poderosa que trascendía lo personal y se volvía universal, aplicable a muchas otras situaciones que no eran la del propio Kazan.

De hecho, el conflicto central de Mank daba para tan poco que el guion tuvo que añadir muchas cosas inventadas. Por ejemplo (y en este párrafo va algún SPOILER sobre cosas que aparecen en la película pero no sucedieron en realidad): se sabe que Herman Mankiewitz visitó con frecuencia la mansión de William Randolph Hearst. Sin embargo, a nadie le consta que mantuviese una estrecha amistad con Hearst o con Marion Davies. Era uno de tantos invitados. Y tampoco le consta a nadie que Mank osara decirle las verdades a Hearst en su propia cara. Y ojo, no me parece del todo mal que el guion invente, porque el cine es ficción incluso cuando pretende ser biográfico o histórico. Una película no es un ensayo. El medio audiovisual y el medio escrito no funcionan igual, motivo por el que el guionista no es considerado el autor de un largometraje. Y es el motivo por el que una película histórica rara vez funciona sin las debidas manipulaciones o añadiduras. No creo que inventar o tergiversar, cuando se hace bien, reste calidad a una obra artística de ficción, sino que se la añade. El problema de Mank es que las invenciones añadidas, exceptuando esas secuencias finales de la cena con Hearst y el diálogo con Welles, no aportan mucho al conflicto central. La película pasa buena parte de su metraje en la categoría del anecdotario inconexo.

Ya que estamos con las invenciones, no me resisto a comentar que lo que Mank dice sobre la autoría de Ciudadano Kane es básicamente una tontería de la que quizá Jack Fincher no era muy consciente, pero de la que su hijo David Fincher —director de cine— sí lo es. La idea de que el mérito de Ciudadano Kane recae sobre todo en Herman Mankiewitz no tiene mucho sentido. De acuerdo, el guion de Ciudadano Kane es excepcional sin duda, pero suceden varias cosas. Primero, que sin la revolucionaria dirección de Orson Welles es muy posible que hoy nadie estuviese hablando ya de esa película. Segundo, es incierto que Welles se anotase injustamente el tanto de coescribir un guion al que no aportó nada; hace ya años que se demostró que existen copias del guion donde Welles hizo extensivos (y sustanciales) retoques de su puño y letra, incluyendo varias escenas nuevas que Mankiewitz no había escrito en la primera versión. En tercer lugar, gente que participó en aquella producción dejó claro que, una vez Mankiewitz fue incluido como guionista en los créditos y Welles vio eso plasmado por escrito, no solamente lo aceptó sino que dibujó una flecha para indicar al estudio que el nombre de Mankiewitz debía aparecer antes que el suyo propio. En otras palabras: la tesis de la película Mank es un revisionismo absurdo. Lo comento casi como off topic porque ojo, insisto en que esto no tiene importancia a la hora de juzgar la calidad artística o narrativa de la película. Pero no se tomen al pie de la letra lo que se cuenta en Mank. Las invenciones son, como poco, la mitad del argumento. Y las pocas escenas clave son ficticias.

El problema no es que se invente, sino que se haga sin un propósito artístico. La ideología, la moral o la historiografía no son arte. Y el problema de Mank reside en que la película inventa para defender una tesis histórica, y no para mejorar la carga dramática (salvando el par de secuencias comentadas). Como consecuencia, se queda a medias en lo narrativo. Y es una lástima porque todo lo demás es de primer nivel. Puestos a inventar, hubiese funcionado mucho mejor si el empeño de dejar mal a Orson Welles hubiese sido llevado al extremo y la película hubiese volcado todos sus esfuerzos en dejarlo mal de verdad, desarrollando el conflicto entre Mankiewitz y Welles, y reconstruyendo a Welles como un auténtico villano (y no como en cierta escena, como un niño enfadadito). Es posible que Jack Fincher no se atreviese a ir tan lejos por el riesgo de que su argumento pareciera ficticio, pero es que parece ficticio de todos modos. Cualquiera que lea un poco sobre el asunto sabe que Orson Welles también se jugó su incipiente carrera con Ciudadano Kane y pretender que Mankiewitz fue el único valiente es absurdo. Otra posibilidad hubiese sido la de centrarlo todo en el conflicto entre Makiewitz y Hearst, aprovechando (como Mank hace a medias) la figura mediadora de Marion Davis. Esto sí hubiese sido más fácil teniendo en cuenta que Hearst era idóneo para construir en torno a él un villano. Cuando terminé de ver Mank, imaginé todo ese talento cinematográfico aplicado a una lucha sin cuartel entre los creadores de Ciudadano Kane —famosos, pero desprovistos de poder— y el poderoso Hearst. Eso sí hubiese sido una epopeya que encajase con el estilo de la película. En resumen: no era tan buena idea imitar el estilo de Ciudadano Kane para que la idea central de la película sea una pequeña pelea burocrática que, para colmo, se resuelve de la manera más inocua imaginable.

En esta película tenemos al David Fincher quizá más inspirado visualmente de toda su carrera, pero contrapesado por el deslavazado guion de su padre. Al menos se demuestra una de las tesis: sin un buen guion, es casi imposible parir una obra maestra. Con David Fincher tras la cámara, Mank es una carta de amor al cine de los cuarenta, manuscrita con una sensacional caligrafía sobre el mejor y más perfumado papel, pero que no dice nada. Aun sí, merece la pena verla. Es un festín para las retinas nostálgicas. Y pueden pasar años antes que alguien se plantee siquiera hacer algo parecido a esta fastuosa recreación del Hollywood clásico.