¿Cuál es el personaje más odioso de las series de televisión?

El mundo es un lugar imperfecto. Injusto, incluso. Usted está ahí, tranquilamente, viendo su serie favorita. Que sí, que lo sé yo, que es algo muy de ahora, no ponga cara de leer a Dostoievski antes de irse a la cama porque ya no cuela. Y eso, que quiere relajarse, olvidar su trabajo, al jefe, humos y cláxones. Entonces aparece él. O ella, que hay para todos los gustos. Ese, ese personaje. Precisamente. Con la rabia que me da, con el odio que tengo ahí dentro, todo, todito reservado. Qué desespero, oigan. Luego usted pregunta a sus amistades (si aún conserva alguna) y, mira, es que a mí me cae bien, lo veo tierno, lo encuentro amable, si lo miras así de costado hasta parece tener carisma. Y, en fin… que sí pero no. O no, pero sí. Usted lo sabe… tiene la razón de su parte. No hay quien aguante esa presencia, es que es verlo en pantalla y dan ganas de mandarlo todo a tomar vientos. 

En fin, que los encuentra en cada serie, escondidos por rincones remotos de las tramas. A veces, incluso, haciendo de protagonistas, porque quienes escriben son seres sin alma que se alimentan de la tristeza y el dolor ajenos. Al menos cuando tienen para comer, vaya. Y eso, el protagonismo, es lo peor, porque se te revuelven las tripas al verlo. Pero en fin… inspiremos, respiremos, digamos doce veces ommmm. Y escojamos, entre tanta inmundicia, al personaje más odioso de todos los que pueblan nuestra fauna televisiva.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)


Ted Mosby (Cómo conocí a vuestra madre)

Ted Mosby

Cómo conocí a vuestra madre (remake de Friends con menos hombreras y un personaje ausente, seguramente muerto o algo peor) tiene cierto dudoso mérito: hacer una teleserie plagada de tipos que no nos podrían interesar menos. Pijillos con pinta de entrepreneurs en una Nueva York que, amigos, está muy, muy lejos de su pueblo, ese al que escapan para ver a la familia. Créanme. De entre ellos destaca, por su estolidez, exceso de glucosa y, en general, actitud boba ante la vida, una figura. Ted Mosby. El de la madre y eso. En fin, dechado de virtudes. Postadolescente con eterno síndrome de Peter Pan, egoísta, inmaduro, flipadete narcisista que pasa por encima de todo y de todos para perseguir movidas muy raras que solo existen en su cabeza. Produce tanto rechazo que, a veces, pienso si no será un efecto buscado deliberadamente por los guionistas, una especie de experimento final, un «no hay cojones» a la americana. Si es así, mi enhorabuena.


Lisa Simpson (Los Simpson)

Lisa Simpson

Lisa es la relamida respuesta de Springfield a una pregunta que nadie ha hecho (Ned Flanders dixit). Concebida como contrapunto positivo a los restos disfuncionales de su familia, Lisa acaba estomagando un poco bastante gracias a su perfección, su moralidad y, en general, su visión favorable dentro de las tramas. Vamos, que todo el tiempo tienes ganas de que la pifie, por pura mala uva. Sí, es un sentimiento muy a lo dueño de tienda de cómics, pero qué le vamos a hacer. Especial mención a cuando Lisa demuestra muy poca clase denigrando continuamente a parientes directos con palabras como «fracasados» o «cortos». Una ruptura flagrante de las buenas costumbres, pues todo el mundo sabe que esas conversaciones se tienen durante la cena de Nochebuena, para dar ambientillo. Ah, también hizo que se perdiera un cerdo asado, obligando a un público no vegano a comer ensalada. Y bien sabido es que no conquistas nada / con una ensalada.


Seiya (Caballeros del Zodiaco)

seiya

Puede que Caballeros del Zodiaco (Saint Seiya, si usted es moderno o hikikomori) sea el momento de máxima intensidad para la juventud de mi generación. Bueno, eso y las mammachicho, ustedes me entienden. Pero Caballeros del Zodiaco antes. Con estos dibujos animados te divertías y además podías aprender un montón de cosas, como las constelaciones del cielo y que si un amigo tuyo se pasaba tomando el sol debías hacerle agujeros en siete puntos vitales para que no muriese. O algo así. Vamos, que molaba, molaba todo. Era una serie muy cool, solo que entonces nadie decía cool, y si lo hubiera dicho le hubiesen pegado una paliza después de clase. El problema, como ocurre frecuentemente con el anime, era su insufrible protagonista, Seiya. Un dechado de virtudes (las virtudes siempre vienen en dechados, como las sequías en pertinaces). Amistad, espíritu de superación, honradez, incluso algo que podríamos llamar bondad intrínseca. Reléanlo de seguido. Un coñazo, vaya. Máxime cuando los otros personajes estaban perfectamente delineados como tipos acojonantes. Shiryu, por ejemplo, era alguien con tendencia a dejarse ciego a sí mismo a la mínima, Ikki calzaba mala hostia y resentimiento, Hyoga arrastraba complejo de Edipo con intensidad máxima. Ah, y Shun pasaba por allí. En medio de esto la figura de Seiya empequeñecía como Ibrahimovic ante un partido grande. Pero es que encima siempre acababa ganando, y el golpe definitivo era suyo, y todo se resolvía gracias a él. Asco supremo. Al menos terminaba con el cuerpo molido a golpes.


El niño de Alf (Alf)

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Fíjense cómo será la cosa que ni de su nombre nos acordamos. El éxito de Alf solo se puede explicar por una cosa: eran los años ochenta y la farlopa reinaba sin discusión. En ese contexto lo mismo puedes escribir, no sé, It, que perder varios millones en Bolsa o patrocinar un equipo ciclista. En fin, si hasta Mötley Crüe andaba triunfando por esos mundos de Dios. Dejémoslo claro: a Alf solo pueden salvarlo dos cosas: la nostalgia y esa decadencia cañí de Max Wright, que acabó siendo más creepy que el comegatos. Ah, y el final, el final que, de tan malo, hasta resulta bueno. Mención aparte para el niño, una adorable criatura repeinada, con cara de pan y jerséis horrísonos (estilo Bill Cosby predenuncias) cuyo cometido era, únicamente, molestar. A ver, igual tenía dos o tres líneas de diálogo, pero sobre todo molestaba. En un capítulo se disfrazaba de espárrago. Esta memoria, bien empleada, le podría a usted conseguir un puesto en Saber y ganar, o quizá una plaza como notario. Pero no, tú te acuerdas de cuando el niño de Alf se disfrazó de espárrago. Tenía hasta canción. El espárrago, digo. Sudores fríos.


Jon Snow (Juego de tronos)

Jon snow

A Jon Snow hay una pelirroja espabilada que se lo deja bien claro desde el principio. Que no sabes nada, pazguato. Pero él, de natural obtuso, hace oídos sordos y se va metiendo cada vez más en un callejón sin salida. Veamos… es comprensible que ser bastardo marque tu infancia y posadolescencia, yo eso no se lo niego. Pero de ahí a convertirte en un sieso que va de aquí para allá dejándose mecer por los acontecimientos… miren, eso ya no. Oye, tampoco te pedimos que te conviertas en Juan de Austria, Jon Snow de mi vida, pero un cierto garbo, una miaja de prestancia. Que por toda España hay gente que se apellida «Expósito» y tampoco se hunde la sociedad, coño. Pues eso, que nuestro inexpresivo preferido es una hoja a la que mece el viento por todo Westeros. Amante de no tomar decisiones, Jon Snow es de los de «si tal ya lo haré mañana», hasta que se encuentra que mañana llegó y tiene que cargarse a su tía después de refocilar alegremente con ella (lo que es también muy Habsburgo, miren ustedes). Tiene bien merecido su final, cuando es desterrado a un bosque turolense.


Oliver Atom (Campeones)

Oliver atom

Tú tienes un padre ausente (seguramente pescando ballenas en alta mar) y bastante afición por la pelotita. Entonces fichas a Romario como entrenador privado (privado de privar, no de que sea solo para ti) y te conviertes en un campeón de la hostia. El progenitor, orgulloso, puede escuchar la retransmisión de tus partidos en mitad del Pacífico, pese a estar aun en categoría alevín. Y más cosas. Todos los tópicos y chistes que se podían hacer sobre Campeones se han hecho ya, pero curiosamente pocos iban dirigidos al repelente protagonista. En fin, entiendo que manga y anime tienen una narrativa particular, una donde el héroe es muy, muy héroe… pero es que no puedo con ello. Oliver Atom provoca de todo menos simpatía. Otro de los personajes, Tom Baker, es también bastante azucarado, pero más en plan Andrés Iniesta, de pasar por ahí sin hacer ruido. Pero Oliver no. Oliver sale a jugar hasta con doce balas en el cuerpo, porque es un puto egoísta y piensa que todo depende de él. Narcisista de manual, por mucho que nos lo quieran vender. Y ambición ciega. Si hasta le quitó a Julian Ross la última ilusión de su vida. Que se muere, Oliver, que se está muriendo el chaval, hostias. Y nada, jódete, a montar el contraataque. Otro día les hablo de Mark Lenders. Y de su preparador personal, que también era un borrachín. Curiosa coincidencia. Reflexionen sobre ella.


Pete Campbell (Mad Men)

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Es joven, trepa y ultraliberal. A veces uno se extraña de que no lo haya fichado ese partido en el que todos ustedes están pensando. Si, ya sé que es un personaje de ficción, pero cosas peores se han visto. En fin, que Pete Campbell tiene un problema.: comparte oficina y planos con el cacho de testosterona más grande que haya parido la ficción moderna. Y eso abruma, claro. Supongo que la función de Pete es que podamos tener asco a alguno de los innumerables hijosdeputa que pueblan Mad Men. Pero asco de verdad, a espuertas, sin medida. Si los otros son adorables canallitas (al menos en la lectura superficial) Campbell no esconde nada y se deja la piel (y parte del pelo) en mostrarnos las cosas como son. Da grima de la gorda. Además, todos tenemos algún Pete Campbell entre nuestros conocidos. Y sí, son como en la serie, solo que con un punto más cuñado y lamparones de sudor por las axilas.


Jessie Spano (Salvados por la campana)

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Precuela no reconocida de la muy underrated Showgirls, Salvados por la campana es una de esas series que gana mucho con los años. Tú la veías ahí, en tu pubescencia, y oye… resultona. Había cosas simples, y la mecánica era tirando a repetitiva pero, en fin. Con un bocata de Nocilla y eso habías echado la tarde. Luego reflexionabas, años más tarde (cuando leías a Loriga, y Bret Easton Ellis, y eras un gilipollas de primera creyéndose nihilista) y la cosa ya no se sostenía por ningún lado. Pero eso, mejoraba después. Al conocer la intrahistoria. Lo contó en un libro Screech, que era ese amigo feo que hay en todos los grupos (y si el tuyo no tenía amigo feo, lo siento: eras tú). Drogas, sexo, jovenzuelos desbocados vendiéndose al mejor postor, farlopa y tríos como en una celebración de la Champions. Ese tono. El mismo Screech (que tendrá nombre, pero para mí siempre va a ser Screech) acabó grabando porno y entrando en la cárcel por un quítame allá ese cuchillo. Ya ven, sic transit gloria mundi. Ah, en la serie el personaje más insoportable no era él, sino Jessie Spano, una chica altísima, rubísima, rizosísima y bastante insufrible que pretendía ser empollona en mitad de aquella explosión hormonal. Y no cuela, joder, no cuela. Especie de Pepito Grillo, como una voz en off especialmente irritante, las intervenciones de Spano se asemejaban bastante a pasar los incisivos por una pizarra apretando muy fuerte. Han sentido el escalofrío, ¿verdad?. Su vida al salir del insti se torció bastante, y acabó de bailarina descocada en Las Vegas, pero esa es otra historia. Supongo.


Alex Krycek (Expediente X)

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Con Krycek no pasa, aparentemente, nada malo. Un peón más para la trama de X-Files, que andaba bastante reducida en cuanto a piezas. El problema es cuando la cosa empieza a complicarse. Así, porque sí, porque es más fácil abrir narraciones que discurrir por la senda ya prescrita. Más cómodo, vaya. Y ahí siempre aparecía Krycek. Que si al principio soy bueno, pero luego soy malo, pero en realidad un espía. Que si se me pone la mirada oscura, esos ojos negros, / esos ojos negros / no los quiero ver llorar. Y claro, te acabas perdiendo. Digámoslo claro, el problema de Krycek es que se convierte en un deus ex machina con patas, porque como nunca sabes a quién ayuda o para quién trabaja (la CIA, el FBI, el NWO, los hombrecillos grises, los hombrecillos verdes, Sauron, Florentino Pérez) pues nos vale para todo. ¿Tienes dificultades para seguir con un arco argumental? No pasa nada, hombre, aquí llega nuestro salvador, nuestro «lo hizo un mago» particular. Años más tarde J. J. Abrams (que aprendió mucho, bueno y malo, de X-Files) hará lo propio con Lando Calrissian, porque ya no se respeta nada, joder, nada.


Jack Shephard (Perdidos)

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Lost… ay, Lost. Qué tiempos aquellos, amigos. La primera serie realmente viral. La primera, también, que jugaba alegremente con los fans a través de la red, planteando misterios, recogiendo vías de opinión, sembrando carnaza. La emoción cuando algún amiguete te pasaba una temporada entera, que antes no era tan fácil acceder a este tipo de cosas. Devorarla, reflexionar, compartir ideas. Al menos al principio, vaya, porque el asunto empezó a desinflarse brutalmente. Una isla con más densidad de población que varias provincias españolas, giros de guion genialoides que escondían la inanidad más absoluta y caminos acelerados hacia ese final, que todos temían tan lamentable como finalmente fue. Vamos, que a J. J. le quedó un ensayo genial antes de perpetrar la última de Star Wars. No ayudaba en Lost el escaso carisma de su protagonista, quien a la postre sería eje de la trama (hasta el final… joder, es que el final…). El doctor Jack Shephard se limitaba a estar por allí, poner cara de cansado y/o enfadado, aportar dosis de liderazgo no solicitadas y, en general, dar grimilla. Que fuese contrapunto para cualquier otro rol importante (Locke, Sawyer) mediante la sutil estrategia (ejem) de marcar hasta el extremo las diferencias entre ellos no ayudaba, claro. A estas alturas ustedes ya han visto que los personajes perfectos no son santo de mi devoción.


El reparto completo de Al salir de clase

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Esto es difícil… a ver, cómo podría explicarlo. No es que todos los personajes de Al salir de clase (los siete u ocho mil) cayesen mal, sino que todos ellos, en algún momento, han despertado bastante repulsa. Epítome de las telenovelas para púberes que empiezan a echar pelo, Al salir de clase fue un milagro de caspa y malos guiones que campó por Telecinco (hábitat adecuado para ello) durante varios años. Según cuenta la leyenda, sus tramas eran escogidas al azar en una máquina tragaperras, entre coleto y coleto de solysombra, así que tampoco esperen ustedes sofisticación y sutileza. No, no, aquí vamos a lo loco. Tenemos (pongamos por ejemplo) cinco elementos del sexo femenino y cinco del masculino… bien, pues apareemos a todos con todos (en rigurosos turnos, no se nos vaya a enfadar el clero), y dejemos dos o tres como villanos. Y vayamos rotando, ojo. Así que eso. Te perdías un par de capítulos de Al salir de clase (porque, no sé, tenías examen de latín y echabas dos tardes apuntando en el diccionario, con letra pequeñita, las putas declinaciones) y al volver el mundo había cambiado, y los héroes eran felones, y los felones reyes (como en la España del XIX). Así que, bueno… digamos que cogías asco a todos, aunque en un orden estricto.