The Crown ha muerto, larga vida a The Crown

The Crown. Imagen: Netflix.

El 22 de agosto de 1954, los monarcas de toda Europa y sus hijos mayores de quince años se dieron cita en el puerto de Nápoles y embarcaron juntos en el Agamemnon, un crucero que les llevó durante trece días por el mar Egeo y las islas griegas. Eran ciento cuatro pasajeros en total, todos monarcas reinantes, reyes y reinas en el exilio y jefes y jefas de linajes depuestos de su trono, como los de Francia, Italia y España. Fue una reunión inaudita, un acontecimiento como no se recuerda otro en las crónicas de sociedad. Si las monarquías hubieran regresado aquel día por arte de magia a todos los territorios del mundo, los pasajeros de aquel barco habrían sido los soberanos de un tercio del planeta.

El objetivo oficial del viaje, organizado por la reina Federica de Grecia y costeado por la corona griega, era promocionar el Egeo como destino del turismo marítimo. El verdadero propósito del Agamemnon, sin embargo, era recomponer los lazos entre las dinastías europeas, muy maltrechos tras la Segunda Guerra Mundial, y promover conexiones sentimentales entre los herederos de las casas reales. Allí se conocieron, sin ir más lejos, el entonces infante Juan Carlos y la propia hija de Federica, Sofía, que contaban ambos dieciséis años.

El filósofo Roland Barthes habló sobre el Agamemnon en su Mitologías de 1957, un clásico de la semiología donde disecciona algunos procesos de mitificación que tienen lugar en nuestro tiempo al calor del cine, la televisión y otros medios de comunicación de masas. Barthes nos cuenta que, lo mismo que los reyes del mundo parecieron modernizarse todos de golpe aquella mañana en el puerto de Nápoles, también lo hicieron los reporteros que cubrieron el evento durante las dos semanas siguientes. Era la primera vez que los monarcas se reunían en número semejante con ocasión de algo que no fuese una boda, una coronación o un funeral de Estado. No iban a completar ninguna liturgia, nadie llevaría joyas históricas ni valiosísimas tiaras, no había indumentarias cargadas de simbolismo que requiriesen una pormenorizada decodificación, pero la prensa se adaptó enseguida a la nueva situación que comportaban todas aquellas carencias. Ahora se insistiría en la humanidad rasa de los personajes, se informaría con machaconería sobre su condición de personas corrientes y molientes. Seres humanos haciendo cosas propias de seres humanos, esa era la noticia a bordo del Agamemnon. Se trataba, a decir de Barthes, de una nueva forma de deificación. Lo que vino a decir fue esto:

Los gestos neutros de la vida cotidiana en el Agamemnon cobran carácter de exorbitante audacia, como esas fantasías creativas donde la naturaleza transgrede sus reinos: ¡los reyes se afeitan solos! Este rasgo fue comentado por nuestra gran prensa como un acto de singularidad increíble, como si, con él, los reyes aceptaran arriesgar toda su realeza y en ese acto afirmaran su fe en la naturaleza indestructible de la misma […]. Otra manifestación democrática: levantarse a las seis de la mañana. Esto informa, por antífrasis, sobre un ideal de la vida cotidiana: llevar puños, hacerse afeitar por un siervo, levantarse tarde. Al renunciar a esos privilegios, los reyes los elevan aún más en el cielo del sueño; su sacrificio […] coloca en la eternidad esos signos de la dicha cotidiana.

La patología de tal entretenimiento es grave; uno se divierte con una contradicción cuando se suponen muy alejados los términos de esta. Dicho de otro modo, los reyes son de una esencia sobrehumana y cuando toman temporalmente ciertas formas de vida democrática, solo puede tratarse de una encarnación contra natura, posible, únicamente, por condescendencia. Mostrar que los reyes son capaces de prosaísmo es reconocer que esa situación les resulta tan natural como el angelismo al común de los mortales; es verificar que el rey sigue siéndolo por derecho divino.

Si se cuenta usted entre los espectadores de The Crown, la serie de Netflix en la que se recrean los azares de la familia real británica, sabrá que el estreno de la cuarta temporada ha levantado una polvareda terrible en Reino Unido. El problema, dicen, es la verosimilitud. Es una serie tan verosímil, tan verosímil, con unos escenarios tan realistas, tan realistas y unos personajes tan humanos, tan humanos, que se corre el riesgo de que muchos espectadores la confundan con la propia realidad. Hasta el ministro de cultura británico, Oliver Dowden, ha pedido públicamente a Netflix que incorpore una cartela al inicio de cada episodio indicando que se trata de una serie de ficción. Roland Barthes, tan aficionado a salpimentar sus ensayos con unas gotitas de venenito, decía en su Mitologías que «nuestra prensa semanal es la sede de una verdadera magistratura de la conciencia y del consejo, como en los más bellos tiempos de los jesuitas». Tiembla uno de pensar qué diría hoy, si viviera, sobre ciertos ministros de cultura.

El Agamemnon no apareció en la primera temporada de The Crown, cuando le correspondía hacerlo cronológicamente. Hay una buena razón: todos los linajes reales europeos respondieron a la invitación de Federica de Grecia excepto los Windsor (aunque Felipe de Edimburgo, el marido de la Isabel II, emparenta directamente con la familia real griega, Grecia y Reino Unido se disputaban entonces el control de Chipre y aquel conflicto no se resolvió hasta varios años más tarde). Lo que sí apareció retratado en la serie fue la filmación de Royal Family, un documental televisivo producido por la BBC en 1968 que explotaba este nuevo tratamiento de la realeza que puso de moda el Agamemnon y del que la familia real británica no había disfrutado hasta entonces sencillamente porque no habían formado parte de aquella expedición. Fue en el cuarto capítulo de la tercera temporada.

A diferencia de lo que ocurrió con los pasajeros del barco griego, los Windsor no salieron favorecidos en aquel retrato, o eso fue lo que ellos mismos consideraron. Se emitió por primera vez en junio de 1969 y fue visto por la friolera de treinta millones de personas, pero la corona acabó pidiendo que no se repusiera en televisión y se arrogó los derechos de emisión del documental, que lleva requisado desde entonces. Se dijeron muchas cosas acerca de la pieza, pero quizá todas pueden resumirse en aquello que le reprochó David Attemborough, entonces director de programación de BBC 2, al director del documental, Richard Cawnston: «Estás matando a la monarquía con la película esa que estás haciendo. Esa institución depende del misticismo y del jefe tribal en su choza. Si algún miembro de la tribu consigue echar un vistazo dentro de la choza todo el sistema de jefatura tribal se ve dañado y, al final, la propia tribu se desintegra».

En otras palabras: era un espectáculo demasiado verosímil, con escenarios demasiado realistas y personajes demasiado humanos. Era eso mismo que ahora es The Crown.

¿Es cierto, entonces, que la humanidad neutraliza a la majestad, como decía Attemborough? ¿Es cierto eso mismo que nos explicaba el exrey Eduardo VIII en la propia The Crown a colación de la coronación de su sobrina? ¿Acaso se equivocaba tanto Roland Barthes cuando decía exactamente lo contrario, que dispensar a los reyes el mismo trato que a los mortales mientras se les permite seguir siendo reyes es una forma terrible, quizá la peor, de someterse al vasallaje? A nosotros no nos lo parece. Insistir en la normalidad de los monarcas, presentar como noticia que ellos también hacen pis y caca, que no desaparecen de la existencia cuando se les deja de mirar, como si fuesen partículas cuánticas, constituye una afirmación: que todo eso, lo normal para nosotros, es extraordinario para ellos, aunque vivan sometidos igualmente a ello. Y que acatar el régimen de lo obligatorio comporta, en su caso, cierto grado de heroicidad moral.

Tiene usted que ver The Crown, eso puede tenerlo claro. Es una serie soberbia, un verdadero hito en la historia misma de la televisión. Oro puro y nada más. Ni siquiera vemos necesario puntuarla pormenorizadamente en las distintas disciplinas cinematográficas que existen; para qué, si The Crown es excelente en todas. Si le duele que sus picotazos y pellizquitos de monja acaben cimentando todavía más la mitificación de los reyes ingleses, aunque sea de forma un tanto abstracta, tenga presente lo evidente: que no podría ser de otra manera. Una serie sobre los Windsor solamente podría ser buena poniéndolos a caer de un burro, como hace The Crown cumplidamente, y eso, mientras los propios reyes existan, solo tendrá el efecto de encumbrarlos todavía más, como advertía Barthes. Si no le gustan a usted los reyes, el problema que tiene no es The Crown y ni siquiera lo son los reyes. El problema que tiene usted es que siete de cada diez británicos, que es una barbaridad de gente, se confiesan monárquicos y dicen estar encantados con la idea de tener un dios encarnado viviendo en el palacio de Buckingham. Y si le extraña que luego sean ellos los que más disfrutan crucificándolo, eso es que no ha leído usted la Biblia atentamente.