Ciencias o letras: una mala elección

DP.

A edad muy temprana, las/os jóvenes estudiantes tienen que elegir entre «ciencias» y «letras». Previamente tuvieron que escoger —en la escasa medida de lo posible— entre ser niños o niñas (no me refiero, obviamente, al sexo biológico sino al rol de género), y antes incluso de que nacieran, el orden establecido determinó si serían ricos o pobres. De entre estas y otras dicotomías difíciles de afrontar, la elección entre ciencias y letras parece la más libre; pero en realidad no suele serlo, y ello por al menos dos razones.

La primera es que para la mayoría resulta muy difícil considerar una tercera opción, o tan siquiera concebirla. Ser «de ciencias» o «de letras» se considera tan natural e inevitable como ser chico o chica, y no ser ni una cosa ni otra, o ambas a la vez, es tan «raro» —en ambos sentidos del término— como ser asexual, bisexual o hermafrodita, y plantea análogos problemas de adaptación, tal vez menos dramáticos, pero igualmente decisivos para el desarrollo de la personalidad. Y la segunda razón es que, desde la más tierna infancia, la familia, la escuela y otras circunstancias personales orientan insistentemente a niños y niñas en un sentido u otro. El condicionamiento no es tan fuerte como en el caso de la elección de género, ni se apoya en signos externos tan evidentes y supuestamente determinantes; pero las/os adolescentes suelen tener muy claro, o así lo creen, si «lo suyo» son las ciencias o las letras, si «se les dan bien» las temibles matemáticas —el pensamiento cuantitativo— o han sucumbido a la aritmofobia que unos planes de estudio lamentables inducen en un amplio sector de la población. Y esta fragmentación precoz de la mente y de la sociedad es una de las mayores taras de nuestra cultura. Elegir entre ciencias y letras es una mala elección, porque el fallo está en el mero hecho de decantarse por una de las dos ramas con exclusión de la otra.

Ciencia y literatura 

En su sentido más amplio, tanto «ciencia» como «literatura» son términos que abarcan casi todo lo relativo al saber, y que por tanto vendrían a significar lo mismo. Etimológicamente, ciencia es sinónimo de conocimiento, y la literatura incluye todo lo escrito, que es casi todo lo pensado. Sin embargo, en su acepción coloquial se han convertido en términos poco menos que antitéticos, y este divorcio entre «ciencias» y «letras» perjudica a ambos hemisferios culturales. Nuestra inconexa cultura es como un cerebro con el cuerpo calloso atrofiado. Aunque, a riesgo de desatar las iras de algunas gentes «de letras», hay que señalar que la situación no es simétrica. La ciencia avanza cada vez más deprisa, mientras que la literatura convencional está cada vez más estancada (puede parecer la opinión triunfalista de un científico, pero en realidad es el lamento de un escritor, puesto que hace muchos años que dedico más tiempo a la literatura que a las matemáticas).

La literatura rara vez se ocupa de la ciencia o tan siquiera se preocupa por ella, que, para no quedar excluida del universo literario, ha tenido que refugiarse en el dorado gueto de la ciencia ficción. Porque la literatura convencional, salvo rarísimas excepciones, no solo no incorpora los temas brindados por la ciencia, sino ni siquiera la nueva sensibilidad, la nueva visión del mundo que se desprende de los deslumbrantes logros científicos del último siglo. Lo que equivale a decir que, en más de un aspecto, muchos escritores actuales siguen atascados en el siglo XIX. Esperemos que los paladines de esa «tercera cultura» augurada por C. P. Snow en su ya clásico ensayo Las dos culturas acudan al rescate. Porque, parafraseando a Bernard Shaw (que decía que la juventud es un tesoro demasiado valioso para dejarlo en manos de unos niños), la literatura es demasiado importante para dejarla —solo— en manos de la gente de letras.

Literatura y ciencia

Pocas personas saben que no se descubrió el cero, clave de los sistemas de numeración posicionales, hasta el siglo V o VI de nuestra era, y menos aún son conscientes de la sutileza e importancia de este descubrimiento —o invento— trascendental. Aunque hay evidencias anteriores de un signo gráfico equiparable al cero tanto en Mesoamérica como en India, no empezó a utilizarse de forma operativa hasta hace unos mil quinientos años. Y no se extendió por Europa hasta el siglo XIII, gracias al Liber Abaci de Leonardo de Pisa, más conocido como Fibonacci, que aprendió de los árabes el sistema de numeración que estos habían importado de India. Cuesta creer que los grandes matemáticos de la antigüedad, como Euclides (cuya perfecta geometría se sigue enseñando tal como él la formuló) o el mismísimo Arquímedes (que se adelantó en dos mil años al cálculo infinitesimal y determinó el valor de pi con extraordinaria precisión), no conocieran el cero ni dispusieran de un sistema de numeración eficaz.

El sistema posicional decimal no se suele explicar adecuadamente, y sus algoritmos computacionales se aprenden de memoria, con lo que la mayoría de quienes creen «saber» las cuatro operaciones son, en el mejor de los casos, calculadoras mecánicas lentas y defectuosas. Y aunque resulte paradójico, este es un problema básicamente literario. El ser humano se constituye como tal mediante el lenguaje, y aprender es, ante todo, aprender a hablar. Y en las culturas no ágrafas, que en la actualidad son prácticamente todas, este aprendizaje básico se prolonga y consolida en la lectura y la escritura. Por lo tanto, enseñar es, en última instancia, enseñar a utilizar el lenguaje, es decir, a hablar —y a escuchar— correctamente, a leer de forma comprensiva y a escribir de forma comprensible. Y esto vale tanto para la enseñanza de la literatura o la historia como para la de las matemáticas o la física.

Tanto los individuos como los pueblos, en su infancia, aprenden mediante relatos. Por eso todas las culturas, en sus orígenes, expresan y transmiten su visión del mundo mediante mitos. Y por eso los niños quieren que se les cuenten esos «pequeños mitos» que son los cuentos maravillosos siempre de la misma manera: porque para ellos no constituyen un mero entretenimiento, sino también una forma de poner orden en su mente y de interpretar la realidad. Al oír contar los cuentos una y otra vez, los niños consolidan su aprendizaje lingüístico, a la vez que adquieren seguridad en el manejo de la información. Y por eso la enseñanza de cualquier materia, en sus primeras etapas, tendría que basarse fundamentalmente en los relatos. El «cuento de las cuentas» debería figurar entre las primeras historias narradas a las niñas y niños de corta edad, junto a Pulgarcito o Caperucita Roja, para conjurar el miedo a perderse en el bosque de los números.

Toda articulación del conocimiento es, en alguna medida, una narración. La literatura relata, la ciencia relaciona, y no en vano ambos verbos tienen la misma etimología. Es lamentable que la presencia de la ciencia en la literatura sea tan escasa; pero no es menos lamentable (en realidad es la otra cara de la moneda) que lo literario-narrativo esté tan ausente de la enseñanza y la divulgación de la ciencia, y que tan pocos profesores y divulgadores sean conscientes de que, también con las materias científicas, de lo que se trata es, en última instancia, de enseñar a leer. Y a gozar de la lectura.