Algo sobrevalorado

Ser inglés implica, tradicionalmente, gozar de un paladar ecuménico. La sociedad inglesa es capaz de consumir cosas como la Marmite (una pasta de levadura con sabor a salitre y pescado podrido), las bangers (salchichas de cerdo que en realidad son de pan), las beans on toast (tostada con judías de lata), las jellied eels (anguilas convertidas en mermelada) o el spotted dick (pudin de sebo), y seguir viviendo como si nada. Lo que se come en los cuarteles del ejército británico está pensado, supongo, para estimular la combatividad por la vía digestiva, aunque a mí me daría ganas de rendirme sin condiciones. No hablemos de lo que se ingiere en los siniestros y carísimos internados para chicos de clase alta. Nos estamos refiriendo, en resumen, a paladares sin escrúpulos. Pues bien, esa gente con garganta de teflón inventó el gin & tonic en sus posesiones indias para ingerir quinina de una forma soportable. No agradable, solo soportable.

Resulta que hoy el gin & tonic se ha convertido en una bebida universal. Es el pelotazo de los que no beben, el recurso de quienes no saben qué tomar, el pequeño jardín botánico de quienes aprecian que en su vaso floten cositas no identificables, el signo de identidad de las sobremesas cacofónicas, el factor común de las borracheras tontas.

Volvamos al origen del artefacto. Un señor llamado Johann Jacob Schweppe patentó en 1811 un sistema para introducir burbujas de dióxido de carbono (ese que propicia el efecto invernadero y el calentamiento climático) en cualquier líquido. Muchos años más tarde, en 1873, la compañía que había fundado en Londres, Schweppes, decidió introducir quinina en un refresco de agua carbonatada con esencias cítricas. El imperio estaba en su apogeo, las posesiones indias eran gigantescas (lo que hoy constituyen India, Pakistán, Myanmar-Birmania y Bangladesh), muchísimos funcionarios y aventureros se afincaban en aquel territorio y había que combatir el paludismo. El refresco con quinina, hoy denominado agua tónica, se hizo popular en el Raj victoriano porque suavizaba la obligatoria toma del medicamento. Como el sabor no era nada del otro jueves, surgió el hábito de mezclarlo con ginebra. Y ya está. A nadie se le ocurrió que se tratara de una exquisitez.

La ginebra era entonces el alcohol más barato. Era lo que podían permitirse los matarifes y las prostitutas de Whitechapel, el barrio más pobre de Londres. Disfrazar una ginebra infame con agua tónica tampoco parecía mala idea.

Ya no se encuentran ginebras infames en los abrevaderos occidentales. Las hay normalitas, buenas y excelentes. Por supuesto, con una buena ginebra es posible hacer muchas cosas. Puede beberse a palo seco o mezclarse con lima en un gimlet, pero hay mejores opciones: la perfección de un dry martini, la desfachatez de un negroni, la frivolidad de un gin-fizz o, si uno desea despertarse al día siguiente como Gregorio Samsa, un French 75. Puede hacerse casi cualquier cosa, menos arruinarla con agua tónica.

¿Por qué el gin&tonic ha alcanzado tanta popularidad? Aventuro unas cuantas hipótesis. Una: nos inquieta la epidemia de paludismo en nuestro barrio, y tomamos precauciones. Dos: carecemos de criterio. Tres: estudiamos en un internado inglés, luego servimos en el ejército británico y a estas alturas todo nos da igual. La primera resulta bastante absurda. La tercera, bastante improbable. Nos queda la segunda.

En serio: ¿a alguien le gusta realmente el gin&tonic? No me vengan con que es un buen aperitivo. Para eso están el fino o la manzanilla, el champán, un whiskey ahumado (el óptimo es el Talisker, rebosante de turba y sal) con un poco de agua o incluso el Campari. Tampoco es digestivo. Ningún alcohol fuerte contribuye a digerir. Mejor otra vez el champán, o un dedalín de amaro italiano, o un vino oloroso, o un Chartreuse verde rebajado con agua, o, pasando de tonterías y yendo al placer, un buen whiskey, afilado (Caol Ila) o robusto (Lagavulin), o un aguardiente, o incluso (lamento tener que escribir esto) un carpetovetónico «cubata» a la manera vasca.

Llega ese momento incierto del día, ya no tarde, todavía no noche, y el gin&tonic parece propicio. A hora confusa, bebida confusa. Yo mismo caigo a veces en la tentación. Luego, cuando apuro ese último trago decididamente horrible (todos los gin&tonic mueren de forma ignominiosa, convertidos en un brebaje entre amargo e insustancial, como merecen), me arrepiento. Cualquier cosa habría sido mejor. Lo ideal, en la hora confusa, en el tránsito entre el trabajo y el descanso, es para mí la transparencia severa de un dry martini. Pero también valen una cerveza, un vino, un tequila. O un vaso de agua.

Si se trata de farra nocturna, eviten las bebidas gaseosas y azucaradas como la tónica. Tragos de buen alcohol, agua abundante y amanecerán casi intactos.

Hagan lo que les parezca. Pero antes de pedir el próximo gin&tonic pregúntense si de verdad les apetece o se trata simplemente de pereza mental. Si les apetece, adelante. Recomiendo que acompañen el gin&tonic de tostaditas untadas con Marmite. Seguro que les gustan.