Antineutrinos, antivacunas y AstraZeneca

Vacuna AstraZeneca
Vacuna AstraZeneca. Foto: Cordon Press.

La parte del universo que entendemos es un inmenso océano de luz, generada en la aniquilación entre materia y antimateria que ocurrió casi inmediatamente después del Big Bang. Los átomos que forman las galaxias y nuestros cuerpos son los pocos náufragos de materia que sobrevivieron a aquel cataclismo, que lleva aparejado un gran misterio: el Big Bang produjo materia y antimateria en cantidades casi idénticas, pero mantuvo una sutil desproporción de una parte en diez mil millones.

Si el neutrino fuera su propia antipartícula, podría desintegrarse tanto en materia como antimateria; y, si hubiera tenido a bien favorecer ligerísimamente a la primera en ese universo primigenio, esto sería suficiente para inyectar la pequeña asimetría que rompió el perfecto equilibrio original. Sin ese agente doble, el océano de luz no contendría ningún náufrago: le debemos nuestra existencia.

Cierto es que la deuda con el neutrino no le quitará el sueño a la mayoría de los habitantes del planeta, ocupados, como estamos, en sobrevivir a la pandemia. Tras un año de sufrimiento, deberíamos estar viendo luz al final del túnel. Hay en el mundo ya numerosas vacunas que han pasado con éxito las fases de pruebas y podrían aplicarse a destajo, como de hecho se ha hecho en algunos países, incluyendo Reino Unido, Estados Unidos e Israel.

Como todos sabemos, en la Unión Europea vamos lentos. Y la reciente decisión de suspender la administración de la vacuna de AstraZeneca tras la observación de algunos casos de trombosis venosa no hace sino ralentizar más las cosas. ¿Está justificado?

Para demostrar si el neutrino es su propia antipartícula, uno de los autores de este artículo dirige un experimento, llamado NEXT en el Laboratorio Subterráneo de Canfranc. En ese experimento buscamos una rara desintegración del xenón, llamada desintegración doble beta sin neutrinos. El xenón es un gas noble, perfectamente estable, pero uno de sus isótopos (es decir,  uno de las variantes del xenón, químicamente idénticas pero con diferente número de neutrones en su núcleo atómico), el llamado Xe-136, puede sufrir una desintegración rara, llamada desintegración doble beta (bb), en la que el xenón se transmuta en bario y emite dos electrones y dos neutrinos. Pero además, si el neutrino es su propia antipartícula, los neutrinos que se emitirían normalmente en bb se aniquilan (lo hacen, de hecho, antes de formarse, echando mano de un truco cuántico) y tenemos la desintegración doble beta sin neutrinos (bb0n).

Las dos reacciones son muy parecidas. En ambas, el experimento NEXT detecta dos electrones, que aparecen en el aparato como una especie de gusano de cabeza doble (ver figura 1.a) y se diferencia bien del «ruido de fondo» que introduce la radioactividad ambiental y que resulta en un solo electrón, el cual se observa como «un gusano de una cabeza» (figura 1.b).

Figura 1a.

Figura 1b.

Pero entonces, ¿cómo separamos bb de bb0n?  Lo hacemos sumando la energía de los dos electrones. En el primer caso, esa energía es un continuo (hay sucesos donde los dos electrones tiene muy poca energía y otros donde tienen bastante y unos pocos donde tienen mucha). En el segundo caso, los electrones siempre tienen la misma energía, que además es más alta que la de los electrones de bb (Figura 2).

Figura 2.

La receta, entonces, es simple. Buscamos sucesos con dos electrones (figura 1.a) y pedimos que su energía sea alta, correspondiente al pico de la figura 2. Si encontramos ese tipo de sucesos podemos demostrar que el neutrino es su propia antipartícula.

Y en principio no parece tan difícil, porque la energía de los sucesos ββ es en promedio mucho menor que la de los ββ0ν, que además medimos con muy buena precisión. Entonces, ¿por qué llevamos diez años de I+D+i y tenemos por delante otros diez, si hay suerte, para hacer un descubrimiento?

Por una razón muy sencilla. Por cada suceso de ββ0ν esperamos entre 10 y 100 millones de sucesos ββ.

El problema de todo experimento que tiene que tratar con cantidades ingentes de ruido de fondo es que, si el ruido supera a la señal por muchos órdenes de magnitud, siempre hay algún evento raro que se las compone para posar como señal. Así, si examinamos sucesos ββ al azar, la mayoría de ellos tienen una energía modesta o baja. Pero, si por otra parte, diseñamos un experimento para encontrar ββ0ν, entonces nuestro análisis ignora los sucesos normales y busca solo electrones de muy alta energía. Dado que hay 100 millones más de sucesos ββ que de sucesos ββ0ν, es muy probable que uno de los primeros se cuele en la ventana donde buscamos los segundos. Es decir, en nuestro estudio aparecen sucesos ββ que parecen ββ0ν y que son rarísimos (uno en 10 o 100 millones) porque estamos sesgando el estudio para que aparezcan. Por otra parte, los que trabajamos en esto ya sabemos lo que esperarnos, así que sustraemos ese ruido de fondo, que sabemos calcular, para ver si, después de quitarlo, aún hay alguna señal. Por ahora, en NEXT, no hemos encontrado ninguna, pero somos pacientes y no desesperamos.

La Agencia Europea de Medicamentos anunció el 11 de marzo que EudraVigilance, el sistema europeo de monitorización de reacciones adversas a medicinas autorizadas o sujetas a estudio clínico en el Espacio Económico Europeo, había recibido 30 notificaciones de problemas relacionados con trombos, incluidos eventos tromboembólicos, entre los 5 millones de personas que habían recibido la vacuna de la COVID-19 de AstraZeneca. Cuatro días más tarde, el Instituto Paul-Ehrlich (IPE) de Alemania (la institución pública encargada de supervisar vacunas y biomedicinas en ese país) refirió 7 casos de trombosis de los senos venosos cerebrales, asociados además a una disminución del nivel de plaquetas en sangre, sobre 1.6 millones de personas vacunadas. En este último informe se advierte del conocimiento de nuevos casos respecto a la evaluación del 11 de marzo, que da lugar a lo que se describe como «una acumulación notable» (eine auffällige Häufung).

El tipo de trombosis del que habla el IPE, cuya tasa de mortalidad es de alrededor del 9 %, es poco frecuente: se estima que normalmente aparecen, en promedio, unos 3-4 casos por millón de adultos al año. Suele afectar más a mujeres, especialmente entre los 20 y los 30 años de edad, y hay indicios de que esto podría estar relacionado con raros efectos adversos de anticonceptivos. Por lo tanto, la «acumulación notable» de la que habla el IPE se refiere a que el número de casos que, normalmente, se esperaría en todo un año ha ocurrido en pocos meses, y de manera correlacionada con la administración de la vacuna.

Veamos la analogía con el experimento NEXT. En condiciones normales, la frecuencia de estas trombosis es de 4 por millón y año. Este sería el ruido de fondo. La «señal» se corresponde a 6 casos por millón (con alta estadística) en los datos de EudraVigilance y a menos de 5 por millón en el caso de IPE. Ocurre, eso sí, que estos casos se acumulan en unos pocos meses y no a lo largo de un año, pero por otra parte, no hay que olvidar que estamos sesgando la muestra, ya que estos sistemas están buscando «sucesos que parecen señal», esto es posibles casos de patologías asociadas a la vacuna. Así que es bien posible que la acumulación aparente de casos ocurra debido a este sesgo.

Los datos de EudraVigilance y de IPE se corresponden a un periodo de, aproximadamente, dos meses. Por tanto, en un año podríamos tener 6 veces más, o unos 30 casos por millón y año, de los cuales hay que sustraer el ruido de fondo (4 por millón y año). Nos quedan pues 26 casos. De esos, el 9 % puede ser fatal, lo que nos lleva a menos de 3 muertes asociadas a la vacuna por millón de personas que la reciben y año.

Las estimaciones más recientes de la tasa de mortalidad real por COVID-19 hablan de que la misma depende de la edad de los infectados de manera exponencial: para una persona de 40 años la probabilidad de morir al contraer la enfermedad es menor del uno por mil, pero ya es de casi el dos por mil para las de 50, el 8 por mil para las de 60, casi el 2 % para los de 70, y un aterrador 10 % a los 80 años. En España, el exceso de mortalidad durante el año de pandemia ha sido de entre 1800 y 2000 personas por millón de habitantes, y la cifra oficial de muertes por la enfermedad (la diferencia es probablemente debida, sobre todo, a la masacre indocumentada en las residencias de ancianos durante la primera ola) es algo inferior a 1600 por millón. Si nos restringimos a la población menor de 55 años —la que ha estado recibiendo hasta ahora la vacuna de AstraZeneca— la mortalidad ha estado alrededor de 30 por millón.

Ahora bien, 30 por millón supera por un factor 10 los 3 por millón que arroja nuestro simple cálculo anterior. El coste en vidas de no poner la vacuna de AstraZeneca, incluso si se demostrara ese efecto secundario adverso al nivel que hemos calculado, es muy superior al de seguir poniéndola. Literalmente, nos estamos cortando la cabeza para curarnos la jaqueca.

Pero además, el análisis que hemos hecho podría ser muy pesimista. Recordemos de nuevo los electrones de ββ que aparecen como candidatos a ββ0ν. La razón de ello es que nuestro análisis busca exactamente sucesos ββ0ν, sesgando toda la muestra en la dirección de esa búsqueda.

Imagine ahora el lector que la vacuna de AstraZeneca tiene la capacidad de precipitar la trombosis en personas con propensión a ella, que habrían podido sufrir la enfermedad a lo largo del año, mientras que tiene un efecto despreciable en personas que no tienen esa predisposición. En ese caso, el sesgo haría que estuviéramos observando 4 o 5 casos en dos meses, que, de no haber terciado la vacuna, se habrían repartido a lo largo del año, pero se habrían acabado por producir en todo caso. La sustracción del ruido de fondo daría en ese escenario una señal que se aproxima a 0.

No estamos abogando aquí en contra de monitorizar los posibles efectos negativos de la vacuna, ni poniendo en tela de juicio el excelente trabajo de los profesionales que se dedican a ello. Estamos argumentando que la señal es muy débil, las correlaciones poco conocidas y el ruido de fondo nada despreciable. En esas condiciones es muy difícil establecer de manera fiable el efecto. Pero esa incertidumbre no puede ser el detonante para detener un programa de vacunación, desde luego no, si el argumento es salvar vidas. Como hemos mostrado más arriba, se pierden muchas más por detener la vacunación.

Aún peor. Como ya hemos repetido muchas veces, cuando se sesga para encontrar señal, el ruido de fondo inventa impostores. En el orden de unos pocos casos por millón, pueden aparecer complicaciones imprevistas en otras vacunas, quizás en todas las vacunas. Y esto nos lleva al doble rasero que en Europa impone la presión de los grupos antivacunas. Podemos tolerar del orden de 1600 muertes por millón de personas debidas a la COVID-19 (una tragedia descomunal, que está acabando con las vidas de nuestros mayores y a la que nos hemos insensibilizado totalmente); ¿pero no del orden de 3 muertes por millón (aquí los datos son mucho más confusos y especulativos, la cifra podría ser algo mayor, pero también mucho menor) debidas a la vacuna?

A diferencia de nuestro universo, en la que la batalla cósmica fue ganada de forma pírrica pero decisiva por la materia, nuestra sociedad está dividida entre los que están a favor de las vacunas y los que están en contra. La nuestra es una sociedad de vacunas y antivacunas. Recordemos que los antivacunas ya se oponían a la que acabó con la viruela (salvando cientos de millones de vidas) y a muchas otras. Recordemos que las vacunas han salvado miles de millones de vidas desde el descubrimiento del doctor Jenner. Oponerse a ellas recuerda a lo que la antimateria gusta de hacer con la materia. Aniquilarla.