Covadonga is not Spain

Don Pelayo en Covadonga por Luis de Madrazo, 1855
Don Pelayo en Covadonga, por Luis de Madrazo, 1855.

La cordillera Cantábrica, para aquellos que la hayan visitado alguna vez, suele ser un paraje encantador. Para el turismo sin duda, pero algo menos para la vida cotidiana si uno es mínimamente urbanita. Regiones abruptas y de economía pastoril, a comienzos del siglo VIII muchos de sus dispersos habitantes se agrupaban en organizaciones poco más que tribales, con retoques romanos, y desconocían los placeres de las sociedades jerarquizadas, el urbanismo o los grandes señoríos agrícolas con sus relaciones de servidumbre. Un panorama poco atractivo para los invasores musulmanes, sin autoridad visible con quien pactar su dominio en una zona geográficamente no muy agradable para ellos; encajada entre el Atlántico y las llanuras yermas y agrestes del valle del Duero, el clima húmedo de las montañas cantábricas no era muy del gusto de los ocupantes beréberes, que se conformaron con establecer algunas guarniciones al norte del río desde donde cobrar impuestos o repartir esporádicas collejas. Así, las crónicas musulmanas hablan de pasada de choques armados con exiguos grupos de montañeses, a los que llaman «asnos salvajes». Entre ellos el de un tal Pelagius, formado por unos treinta guerreros, barbudo arriba, barbudo abajo.

Mientras tanto, hacia el oriente, en los Pirineos se da un escenario similar —zonas montañosas de población agropastoril romanizada a medias—, pero que en realidad es algo distinto. Tras el éxito arrollador de la conquista, los victoriosos nómadas tratarán de hacer lo que venían haciendo desde que salieron de Arabia: continuar las campañas de saqueo. Los musulmanes, siempre en movimiento, lanzarán sus ataques a través de la cordillera pirenaica… para toparse con la superpotencia europea del momento: el Imperio carolingio. La estrepitosa derrota de Poitiers en 732 marca el final de la expansión islámica; a partir de ese momento, los Pirineos se convierten en la zona de fricción de dos potencias mundiales. Empotrados entre carolingios y musulmanes, los habitantes de la zona pactarán o guerrearán a conveniencia para mantener un difícil equilibrio. Estamos hablando de zonas cercanas al valle del Ebro que, a diferencia del Duero, es en aquella época una zona muy fértil rebosante de población hispanogoda. Allí la presencia islámica no será precisamente pequeña.

Se impone pues para los musulmanes un cambio de política y arraigar definitivamente en la península. Esto implica proceder al reparto de las tierras, ahora ya sí para su explotación y no el simple cobro de un impuesto. Los árabes procedieron a dejar a los beréberes —a quienes menospreciaban— las peores zonas, entre las que se encontraban las del valle del Duero; con una bajísima densidad de población, contaba con unas cuantas aldeas, las antiguas villae romanas desmanteladas y apenas un par de «ciudades» de consideración (no más de unos cientos de habitantes en un recinto romano semiabandonado). Así que enseguida estallaron las sublevaciones, y los beréberes desmantelaron las guarniciones y las abandonaron, bajando a Córdoba a protestar espada en mano.

Esto dio un respiro a nuestros amigos astures. Poquito a poco, algunos campesinos-pastores montañeses empezaron a asomar el morro fuera de las alturas, y pequeños grupos de población ocuparon zonas del valle del Duero. Mientras tanto, en los Pirineos, el emperador Carlomagno decidió crear una zona tapón militarizada entre su reino y el Ebro, a cargo de condes designados por él, para evitar ver aparecer más cordobeses por sus tierras. Y así, de esta forma tan humilde y tan poco gloriosa, es como comienza la mal llamada Reconquista. Y ya está. Entonces, ¿qué pasa con esos miles de cristianos visigodos que, según nuestros profes del cole, corrieron a refugiarse en las montañas? ¿Y lo de la cueva de Covadonga, la Reconquista, el gran Pelayo y todo eso de la cruzada contra el infiel y en última instancia, la propia «idea de España»?

Pues sencillamente, que la mayor parte de todas esas creencias es falsa. Se trata de un mito puro y duro, fabricado a posteriori. La inmensa mayoría de los cristianos hispanogodos se quedó dónde estaba, en el antiguo reino de Toledo y actual Al-Ándalus. Tanto es así que la máxima autoridad eclesiástica siguió siendo el arzobispado de Toledo durante un par de siglos más. Nadie, excepto algunos personajes del bando nobiliario perdedor en las guerras internas visigodas o los que ya poseían condados en el norte, se refugió allí. El reino de Asturias, posteriormente reino de León, el nacimiento de la involuntaria «reconquista», son productos fundamentalmente astures. Los condados de los valles pirenaicos no estaban pensados para expandirse hacia el sur; se trataba de zonas de control militar, en manos de condes francos o autóctonos. La responsabilidad de la primera extensión de los reinos cristianos del norte, de la España medieval, y de lo que vendría después, recae en esos montañeses medio asilvestrados con exceso de vello y fuerte olor corporal. Muy probablemente, el legendario Pelayo no fue sino un pequeño caudillo cantábrico, y sus hombres ofrecieron la misma resistencia a las tropas musulmanas que sus antepasados habían ofrecido a las de Leovigildo.

¿Qué es lo que hace que esta gente de las montañas, que durante siglos no ha bajado al valle más que a robar o saquear esporádicamente, se instale en las zonas abandonadas por los invasores? Al colapsar el Imperio romano, y después, con la crisis del reino visigodo, el poder del Estado desaparece, dando paso a multitud de mustios poderes locales. Cada uno de estos, ya sean duques (dux), condes (comes), magnates, obispos, clérigos, propietarios de tierras o bandas de matones con espada, tratarán de imponer su dominio a la masa de población rural que tienen a mano en la medida de sus posibilidades. Pero esta desarticulación del Estado no es solo política, sino también económica: las ciudades pierden su papel recaudatorio y comercial, los circuitos internacionales de exportación desaparecen, y el modelo económico pasa a ser de tipo local y autárquico. Cada región produce lo necesario para sobrevivir y punto. Así que estos personajes de mayor o menor importancia tratarán de erigirse en el mandamás de un territorio y controlar la producción de los campos, las aldeas, los rebaños, los hornos alfareros, herrerías o molinos de los alrededores. Hablando en plata, desde el siglo VI al IX robarán, extorsionarán, amenazarán, intimidarán y agredirán a quien haga falta —generalmente, a las comunidades campesinas— para dominar una zona concreta. Esto es, de forma resumida, lo que en finolis se llama «proceso de feudalización». Que ya había comenzado por todo el reino de Toledo y si bien se verá interrumpido por la imposición de un nuevo gran estado centralizador, el emirato de Córdoba, en el norte continuará como si tal cosa, eso sí, a menor escala.

Porque en el fondo, los montañeses astures, cántabros o vascones no son los mismos que aquellos a los que Augusto procedió a hinchar a guantazos en el siglo I d. C. Muy lenta y parcialmente se han romanizado y han recibido también influencias germánicas, las suficientes como para que sus poderes locales traten de abusar de ellos de forma similar al resto de la península. Las humildes gentes que bajan a repoblar el valle lo hacen, por tanto, huyendo de la presión de los señores. Solo así se explica que precisamente ahora se produzca este desplazamiento, y que haya grupos de personas que prefieran vivir en una zona más peligrosa, —al estar expuesta a razzias islámicas—, que en la seguridad de las montañas. Esta primera expansión, libre, espontánea y privada se ve seguida por una segunda: detrás de ellos vienen las elites del reino a proceder a su encuadramiento político-social y tomar posesión oficial del territorio que cultivan sus súbditos. A ver si os pensabais que ibais a escapar tan fácilmente. En el Pirineo ocurre exactamente lo mismo, pero la expansión es más lenta y tardía, porque los montañeses y sus señores se encuentran las zonas del valle del Ebro densamente ocupadas.

¿Cómo marida esta realidad tan sosa con el flamante mito reconquistador y sus fanfarrias patrióticas? Pues básicamente, por una necesidad que a lo largo de los tiempos ha tenido cualquier elite, sobre todo las recién llegadas que se alzan con el poder en un momento dado: la de legitimarse. Una vez establecido el dominio sobre cualquier población, territorio o recursos, sobre todo si se ha hecho de manera poco ortodoxa (llámenle ilegal o irregular si quieren), como es el caso que nos ocupa, las clases dirigentes proceden a buscar la forma de otorgarse a sí mismas un presunto derecho a hacer lo que han hecho, que generalmente se ubica en un remoto pasado, si puede estar relacionado con el Imperio romano, mucho mejor. Esta mecánica se ha empleado desde siempre y aún se usa hoy día; de hecho, es la base del nacionalismo.

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Mapa de España en la Edad Media durante la ocupación musulmana. Imagen: Enciclopedia Ilustrada Segui. (Ken Welsh / Design Pics)

La propia Asturias no había constituido reino hasta principios del siglo VIII; se considera a Pelayo el primer rey… ¿de dónde sale su autoridad? Posiblemente fuese elegido por alguna asamblea de nobles al estilo germánico. O igual ni siquiera eso, quizá alguno de sus sucesores, al proclamarse rey, remontó a Pelayo el origen de la corona. Los reyes astures necesitaban legitimar esta «novedad» de alguna forma, esgrimir un motivo inapelable a los ojos de sus inferiores. Por supuesto, no toda la aristocracia aceptó este estado de cosas, y los primeros aspirantes tuvieron que reducir a los rebeldes o a otros posibles candidatos a leche limpia. Pero la nobleza también necesitaba legitimar el robo generalizado que cometía, encontrar su propia legalidad. Aceptar al rey y su derecho a perpetuar a su estirpe en el poder, suponía legitimarse ellos mismos y al contrario: el rey, reconociendo a la nobleza que le es fiel, le otorga legitimidad. El espaldarazo definitivo en este sentido lo darán, siglo y medio después de la olvidadísima escaramuza de Covadonga, unos personajes absolutamente trascendentales. Les presento a los autores intelectuales del mondongo: los clérigos mozárabes leoneses del siglo IX.

Córdoba, 850. Los cristianos son tolerados en Al Ándalus, pero hete aquí que el pujante desarrollo cultural árabe y su política de inmersión cultural va a ir arrinconando la herencia hispanogoda; cada vez más cristianos adoptan el árabe, leen libros árabes y hasta se visten como ellos. Eulogio, un obispo un poquito conservador, brama airado contra este estado de cosas y llama a los cristianos a la desobediencia. Los anima a blasfemar en público contra Mahoma y Alá, lo que supone condena a muerte automática: son los mártires de Córdoba. El emir, espantado, reúne a los próceres de la Iglesia y les pide que ordenen a Eulogio detener esa barbaridad. Este se resiste a hacer caso al arzobispo de Toledo, así que el emir se enfada bastante y la cosa acaba con un buen puñado de ejecuciones (entre ellas la de Eulogio, pero a cambio hoy en día es santo) y la huida de los recalcitrantes a los reinos del norte, donde se instalarán en la nueva capital astur, la ciudad de León. Bien por haberse rebelado contra el poder del emir, por sentir amenazado su modo de vida o porque no quieren pagar impuestos, los refugiados mozárabes abundarán por el reino durante el siglo IX, entre ellos los mencionados clérigos.

El prestigio de estos monjes leoneses es enorme, al fin y al cabo, no son solo eclesiásticos ilustrados, sino que ellos sí descienden de los visigodos auténticos y, por tanto, pueden otorgar esa buscada legitimidad. Cosa que harán encantados a cambio de arrimar la cebolleta al poder; en esta época es cuando empiezan a aparecer las crónicas, como la Rotense o la Albeldense, donde se glosan las grandes victorias imaginarias de los sucesores instantáneos de los visigodos. Pelayo pasa a ser un noble godo, Covadonga una gran batalla, se mencionan unas cuantas victorias inventadas, apariciones de santos, providencias divinas… todas bien conocidas por quienes iban al cole durante la dictadura y el posfranquismo, tomadas como verdaderas sin discusión posible. La realidad es que hasta mediado el siglo IX y desde 718, supuesta fecha de la supuesta batalla, ninguna fuente cristiana habla de nada de esto y la única mención a Pelayo es musulmana. Por último, gracias a este pack de invenciones neovisigóticas, los reyes asturleoneses «heredarán» no solo el derecho a gobernar lo que ya tienen, sino de rebote un etéreo derecho y deber de expulsar a los musulmanes (esos infieles sinvergüenzas que han echado a los pobrecitos monjes de Córdoba) de España.

¿Qué cosa es esto de España? ¿Es un pájaro, es un avión, es Superman? ¿Existe desde siempre, como creían los historiadores de los yugos y las flechas? Para desgracia de nacionalistas periféricos, que se cuidan muy mucho de enterrarlas, las menciones a «Espanna» o «las Espannas» no son raras en los textos medievales y se pueden rastrear al menos hasta san Isidoro, obispo en el siglo VI. ¿Quiere decir esto que los antiguos ya «se sentían» españoles o que tenían en mente fundar una nación unificada llamada España? ¿Que los de la sotana y el alzacuellos estaban en lo cierto y España es una unidad de destino universal? No, en absoluto. España es sencillamente otra idea de legitimidad.

Los visigodos ocuparon a lo largo del siglo V el territorio que el emperador romano Diocleciano englobó en la «diócesis de las Hispanias», así en plural, porque incluía las provincias Bética, Tarraconense, Lusitania y Tingitania. Es decir; toda la península ibérica y la actual Marruecos —vean cuán resistentes son estas ideas, que hasta el siglo XX aún se consideraba que era zona natural de expansión hispana—. Pero esta ocupación no es completa: pasa más de un siglo hasta que Leovigildo tiene aproximadamente derrotados o sumisos a suevos, vascones, bizantinos, cordobeses y rebeldes diversos. El monarca necesita legitimar su derecho a someter toda la península a los visigodos (poder otorgado por el emperador romano), y por eso el título real lleva inherente un dominio sobre Hispania/Espanna, fabricado por «intelectuales del régimen» como Isidoro. Este es el que hereda en el siglo IX el rey de Asturias, Alfonso III, concedido y consagrado por los monjes exiliados y que a lo largo de toda la Edad Media se irán pasando en cadena prácticamente todas las casas reales de todos los reinos peninsulares, por matrimonio o descendencia, para hacerlo valer cuando les rote, cuando puedan o cuando llegue el momento. Por ello en unos cuantos textos medievales no se les cae la cantinela de la boca; la «idea de España» representa ese hipotético derecho a dominar toda la península, y resurge cada vez que parece que un poder está en disposición o en condiciones de imponerse por encima del resto (Sancho el Mayor, el intento fallido de matrimonio-unificación entre Alfonso y Urraca…). Finalmente, es la legitimidad abstracta que Isabel y Fernando harán valer cuando unifiquen en sus personas sus reinos, porque es algo que nadie está en condiciones de refutar (nadie de los que cuentan, es decir, nobleza e Iglesia), que es lo bueno de las cosas abstractas.

Los condados pirenaicos en principio no necesitaban fabricarse una legitimidad, puesto que se la otorgaba el emperador carolingio, descendiente oficial y autorizado del Imperio romano —de manos del papa—, por lo que allí el ideal neovisigótico no tuvo ninguna repercusión. Pero al irse el imperio carolingio a la porra irán por libre. En el caso catalán, tras la unificación en 1137 de Aragón y Cataluña, ahora ya hecha Principado y no revuelto de condados, las casas reales y la nobleza se irán contagiando la matraca y extendiendo su derecho a conquistar tierras que sus tatarabuelos no habían olido en su puñetera vida. No es una casualidad que en el siglo XII aparezcan sospechosamente otras «Covadongas» como San Juan de la Peña, relatos míticos calcados del asturiano y utilizados por la nobleza para imponer derechos adquiridos por su cara bonita (en el caso navarro, el derecho a elegir al rey) o lo que es lo mismo, por el poder de sus rentas y su ejército personal. Es por esta continuidad legitimista de siglos que, cuando los Reyes Católicos comienzan a vertebrar un estado sobre esta idea, no pilla a absolutamente nadie por sorpresa allá por finales del siglo XV.

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La batalla de Las Navas de Tolosa (1212). (DP)