En un regne dins la mar

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Izquierda: El árbol de la ciencia en Arbor Scientiae, de Ramon Llull (ed. 1635). Derecha: Descripción anatómica de Llull en Practica Compendiosa Artis Raymundi Lulli, de Bernardo de Lavinheta (ed. 1523).

Cuando se acerca el solsticio de invierno, ocurre en la catedral de Palma un efecto matemático-astronómico de extraordinaria belleza: la luz cruza la nave de la catedral y se proyecta en la pared interior de la fachada principal, debajo del rosetón, formando así uno doble. Es un efecto que dura apenas unos minutos, y que en la isla se conoce como «ocho de luz». Según se ha explicado, el templo tiene una orientación especial, de 120 grados al sureste, de manera que al salir la luz por el horizonte hacia el mar atraviesa simultáneamente los dos rosetones del templo.

La orientación es la base del fenómeno descrito. Pocas catedrales o iglesias están orientadas así, solo las que quieren señalar el nacimiento del Sol en el solsticio de invierno. El espectáculo es prueba del heliocentrismo, que se rige por los movimientos de traslación y rotación, y la inclinación del eje de la Tierra, lo que da lugar a las estaciones, y a la salida y puesta del sol. Lo más curioso de todo ello es que esta demostración heliocéntrica es anterior a las teorías de Galileo Galilei. El fenómeno invita a pensar que los constructores de la catedral poseían conocimientos astronómicos muy avanzados. 

La construcción del templo se gestó al albor de la conquista de la isla por el rey Jaime I, movido por el deseo de poseer un regne dins la mar. Cuentan los cronistas que, una noche, cuando los miembros de la expedición ya divisaban tierras mallorquinas, se levantó un fuerte temporal. El monarca, arrodillado en la popa de su galera, pidió a la madre de Dios que los salvara. La tradición añade que Jaime I, durante aquellos trágicos momentos, hizo el voto solemne de construir un templo dedicado a Santa María. Era 1229. 

En la expedición que conquistó Mallorca en diciembre de ese mismo año participó activamente Ramon Amat Llull, casado con Isabel d’Erill. Como recompensa, el matrimonio recibió algunas propiedades en la isla. En 1232 nació su hijo, Ramon Llull. 

Durante las tres primeras décadas de su existencia, Llull hizo la vida que era esperable en alguien de su estamento: como miembro de la corte del infante Jaime de Mallorca, tuvo responsabilidades en la administración. Se casó y tuvo hijos. Cumplidos los treinta años, su vida dio un giro radical. Decidió que debía consagrarse a la causa de Jesucristo y dedicó nueve años a formarse para escribir y convertir a los infieles. 

Entre los conocimientos que se esforzó por adquirir destaca un dominio asombroso del árabe. Entonces escribió el extensísimo Libro de contemplación, redactado primero en árabe y después en vulgar. En aquel tiempo, Mallorca era un crisol de cultura judía, musulmana y cristiana. Llull, decidido a que su obra fuera universal, escribió en tres lenguas. En latín, porque era la lengua oficial de toda la cristiandad; en árabe, para intentar cristianizar el norte de África; y en vulgar, para que lo leyeran sus paisanos mallorquines. 

Llull vivió otra experiencia radical: la iluminación de Randa. En 1274, estando en oración en el monte de Randa (Mallorca), tuvo una intuición genial que interpretó como un don divino. Concibió su Arte, un medio para demostrar, con argumentos lógicos, los artículos de la fe. 

El método de conocimiento inventado por Llull, conocido como Ars Combinatoria, representa un complejo mecanismo de figuras geométricas y símbolos que combinan letras y conceptos, y se anuncia como un nuevo saber con pretensiones universales. El uso de este mecanismo, que proponía la unidad de los diferentes saberes de la época, tenía que conseguir, mediante la razón, la demostración y el diálogo y la paz entre las religiones. Llull buscó un modelo complejo de realidad en el que, como en una gran red, estuvieran implicados el mundo, el ser humano y Dios.

La ambición de Llull resulta simple hoy, pero, para su época, era revolucionaria: generar nuevos pensamientos verdaderos a partir de enunciados simples considerados verdaderos. Su mecanismo estaba compuesto por varios discos concéntricos que, al girarse, permitían varias combinaciones. Así pues, cada disco se dividía en una serie de conceptos que, al combinarse, construían proposiciones coherentes e incontestables. 

Algunos siglos después, el diseño fue duramente criticado por Martin Gardner, quien le dedicó todo un capítulo de su libro Logic Machines and Diagrams, en el que estudia máquinas y diagramas lógicos. Haciendo una lectura positiva del capítulo, se puede decir que, para Gardner, el método de Llull puede ser útil como regla nemotécnica, como ayuda para generar ideas, pero sin aplicación para el avance de la ciencia. Demoledor. 

Llull fue un científico en el sentido medieval, para quien el conocimiento se adquiría a través del estudio de los libros. No fue un científico en el sentido actual: no se interesó por la experimentación, ni por la comparación cuantitativa entre sus ideas y la realidad, y le interesó más lo teológico que lo matemático. Fue, en definitiva, un científico pregalileico.

Su importancia es innegable y, sin embargo, su obra ha sido relativamente desconocida. Durante siglos fue rechazado, además de falsificado. El curso mismo de los estudios sobre Llull es una larga historia de fraude y error. No es hasta el siglo XX cuando la posteridad de Llull adquiere un cariz científico y académico. 

Cuando aparecen los primeros manuales de historia sobre ciencia medieval a principios del siglo XX, el nombre de Llull ocupa un lugar entre los filósofos más destacados del siglo XIII: Tomás de Aquino, Alberto Magno, Roger Bacon… Sin embargo, hay que esperar hasta la segunda mitad del siglo XX para que se llegue a explicar en qué medida el pensamiento luliano se insiere en el contexto intelectual de sus días, y para que la crítica perfile el valor de la lógica luliana. 

Fue en Formentor donde, en 1960, Sebastián Garcías Palau organizó el I Congreso Internacional de Lulismo, dando origen a los estudios lulianos. Desde entonces, se considera a Llull uno de los fundadores de la metafísica de los tiempos del Renacimiento, y las aportaciones de historiadores han sido fundamentales para documentar el perfil del personaje. 

A pesar de su dimensión universal, el interés por el hombre y su trabajo se ha desarrollado principalmente en el contexto geográfico de unos pueblos que hablan la misma lengua. El asunto de la lengua, en España, es controvertido. 

La lengua de Llull es conocida como catalán, más que balear. La razón de esta denominación se encuentra en las circunstancias sociales e históricas que llevaron a las élites catalanas a lograr una superioridad económica con respecto a las baleares y valencianas, y su especial empeño en que su habla se denominara lengua y asumiera la formación de una literatura común. No es un fenómeno aislado. Si estudiamos la historia moderna de las varias hablas, o dialectos, que por semejanza y unidad constituyen lo que llamamos lengua, ha habido alguna que, por razones arbitrarias, ha adquirido un prestigio especial. Razones como la superioridad social y económica de sus hablantes, o su cultivo por parte de grandes autores. Es así como se consigue que el prestigio del dialecto se extienda hasta el punto de ser designado con el nombre general de la lengua. 

Llull viajó por buena parte de Europa, e incluso llegó a la orilla oriental del Mediterráneo. Estuvo en la isla de Chipre, en el reino de Armenia Menor o Cilicia, y también es posible que visitara Jerusalén. Hizo tres estancias en el norte de África para discutir sobre cuestiones de fe con sabios musulmanes, y escribió varios tratados teológicos dirigidos a las autoridades tunecinas. Cuando hizo la última de estas estancias, era un anciano. 

Su muerte, cumplidos los ochenta años, es todavía un poco misteriosa, ya que se desconoce si murió en Túnez, en la nave en la que regresaba delante de las costas mallorquinas, o bien una vez llegado a la isla. En el siglo XIV, la esperanza de vida era de treinta años. 

El interior de la catedral de Santa María de Palma destaca por ser un espacio unitario y diáfano, con un alzado dividido en arcadas apuntadas sobre pilares octogonales. Dos veces al año, durante casi ocho minutos, podemos ver el «ocho de luz»: la unión de dos mundos para buscar el equilibrio entre ellos, el mundo material y el espiritual, que tan incansablemente buscó Llull.