La (lenta) caída del Imperio romano

Imperio romano
The Course of Empire – Destruction (La vida del Imperio – Destrucción), Thomas Cole, 1836.

Un 4 de septiembre, el último emperador Rómulo Augústulo, que todavía era un adolescente, fue depuesto por el general bárbaro Odoacro. Así, de un día para el otro, desapareció el Imperio romano de Occidente.

En los libros está grabada a fuego la cifra de aquel año: 476. Con el paso de los siglos, el recuerdo de esa fecha inspiró a literatos y artistas, quienes imaginaron una estampa catastrófica: hordas de bárbaros brutales paseándose por el Imperio, quemando, saqueando, derramando sangre y convirtiendo en ruinas el impresionante legado de siglos de civilización. ¿Cómo, sino mediante una tormenta de violencia y horror, podía haber desaparecido el imperio más influyente de la historia?

La imagen era poderosa, como lo son todas las epopeyas trágicas, pero también constituía una fabricación que mezclaba sucesos de varias épocas. Era verdad que el Imperio romano de Occidente había sufrido invasiones y saqueos. Pero el año 476, el de su final, no se pareció a aquellos cataclismos. En las crónicas de aquel tiempo no quedó reflejado un hundimiento traumático y repentino del Imperio, sino un desmantelamiento metódico que no afectó a muchos de los elementos familiares que determinaban la vida cotidiana de sus habitantes. A partir del 476 dejó de haber un emperador como figura aglutinadora, sí, pero hubo un papa que empezaría a desempeñar ese papel de manera vicaria, representando a quien el pueblo percibía como el sustituto perfeccionado de los antiguos emperadores: Jesucristo. Ya no había gobernadores en las provincias, y sus lugares los ocuparon unos reyes bárbaros que no eran invasores entregados a la rapiña, sino antiguos vecinos que durante siglos habían habitado las fronteras del Imperio, admirándolo, asimilando su religión y parte de su cultura, incluso haciendo carrera en las legiones, primero como mercenarios y después como generales.

El propio Odoacro, responsable de la disolución del Imperio, había sido un poder fáctico en la esfera militar romana; cuando destituyó al último emperador occidental no se estaba rebelando, no pretendía crear un reino por completo independiente, y proclamó su lealtad al emperador oriental, Zenón, pues la otra mitad del Imperio, con capital en Constantinopla, continuaba intacta. En la práctica, la lealtad de Odoacro significaba poco, pues el Imperio había permanecido dividido en dos mitades por lo difícil de controlar toda su extensión desde una única capital. Odoacro no iba a estar bajo el control efectivo de Constantinopla. Aun así, su actitud demostraba que los nuevos reyes bárbaros germánicos eran muy distintos de aquellos otros bárbaros que en ocasiones habían venido desde más lejos y no habían sentido el mismo respeto por la civilización romana, como los hunos de Atila

Salvo excepciones, las instituciones que habían regulado la vida cotidiana de los ciudadanos continuaron funcionando tal como lo habían hecho hasta el día anterior al fin del Imperio, ya fuese adoptando nuevos nombres o siendo asimiladas por otras instituciones de rango superior. Cuando Rómulo Augústulo dejó su trono, el mundo romano no se desplomó hecho ruinas. Semejante maquinaria social y política no podía desaparecer en un día, ni en un año, ni siquiera en un siglo. Podría decirse que, culturalmente, los europeos del Mediterráneo aún vivimos en los rescoldos de ese mundo romano, porque es evidente que las herencias culturales tardan mucho más tiempo en desaparecer que las estructuras políticas y administrativas. La institución religiosa principal del Imperio continúa existiendo hoy y todavía tiene su sede en Roma. El derecho romano ha continuado siendo estudiado y, en lo posible, adaptado a nuevas circunstancias. Media Europa habla derivados del latín o tiene en sus lenguas «bárbaras» muchas palabras y construcciones con origen en el latín. Todo esto es cierto. Pero, aunque las antiguas estructuras administrativas hoy ya no existen, sí continuaron vivas durante décadas e incluso siglos.

La estampa de columnas cayendo y edificios en llamas fue una fantasía posterior. Cuando los gobernantes germánicos se encontraron con el timón de las tierras que habían pertenecido a Roma, intentaron mantener, al menos en lo posible, el statu quo en los niveles medios y bajos de la antigua administración imperial. Contaron con la colaboración de la Iglesia católica, la única institución que permanecía intacta en todos los territorios ahora separados; las ciudades ya no eran regidas por los duoviri, alcaldes del sistema imperial, pero la gestión de los servicios públicos fue asimilada por los obispos. Estos llevaban ya tiempo siendo cargos tan políticos como religiosos y conocían bien la maquinaria administrativa. Por ejemplo: desde la conversión al cristianismo del emperador Constantino, a los obispos se les había permitido usar instrumentos creados para la conveniencia del Estado, como el sistema postal, lo cual era un raro privilegio. 

El cambio en la esfera militar tampoco fue dramático, aunque algunas anécdotas parezcan indicar lo contrario. En lo administrativo, el ejército imperial quedó disuelto con tanta rapidez que se decía que algunos legionarios supieron del fin del Imperio cuando pretendieron cobrar su más reciente salario y se encontraron con que ya no había quien se hiciera responsable de los pagos. En la práctica, no obstante, el statu quo militar había cambiado poco. Un escritor de la época, Flavio Vegecio, ya había lamentado en su obra De re militari el pobre estado de lo que antaño había sido la maquinaria militar más antigua del mundo. El ejército llevaba mucho tiempo siendo «imperial» de manera más nominal que efectiva y las legiones romanas, si es que aún se les podía llamar así, habían estado actuando según los intereses de los generales bárbaros que las habían dirigido sobre el terreno o de quienes habían comprado sus servicios en momentos determinados. De hecho, el Imperio occidental llevaba mucho tiempo poniendo de manifiesto su extrema debilidad militar. La ciudad de Roma había sido saqueada tres veces en menos de cien años: por los galos en el año 387, por los visigodos en el 410 y por los vándalos en el 455, además de sufrir un exitoso asedio a manos del germano Ricimero en el año 472. Mediolanum, Milán, la había sustituido como capital imperial de facto en el año 286, pero, también vulnerable ante los ataques bárbaros, el año 402 cedió el papel de centro político a Rávena. Estos cambios de capitalidad ilustran que, en los dos siglos anteriores a su final, el Imperio occidental no había tenido un centro neurálgico indiscutible porque, entre otras cosas, no había sido capaz de defenderse.

El Imperio murió de ineficacia y fue «invadido» porque ya no quedaba en su sistema político nativo quien pudiese hacerse cargo de él, al menos no como unidad. Su caída, para los ciudadanos de a pie, no constituyó un trastorno político muy distinto a los que se habían vivido en otros periodos de inestabilidad. Es más, podría decirse que el final del Imperio fue mucho menos perturbador que otros acontecimientos del pasado. El Imperio había vivido guerras civiles, asesinatos de emperadores, invasiones, pillajes y toda clase de desórdenes. Cuando dejó de haber un emperador, las minorías germánicas resultaron ser gobernantes soportables, no necesariamente peores que los líderes nativos del pasado. Lo mismo iba a suceder con las minorías musulmanas que invadieron Hispania. El populum Romanum continuó viviendo bajo los nuevos gobernantes germánicos o musulmanes de manera no muy distinta a como había vivido bajo los emperadores. Los ciudadanos continuaron hablando sus respectivas formas populares de latín, que irían mutando hasta convertirse en nuevos idiomas. Siguieron rezándole al Mesías crucificado, con la complicidad de los germanos o la tolerancia de los andalusíes. La Antigüedad se iba a transformar en la Edad Media sin que la gente corriente se diese cuenta; dado que casi toda la población era pobre y el objetivo común consistía en sobrevivir un año más, los grandes cambios importaban menos que los cambios locales.

Imperio romano
The Favourites of the Emperor Honorius (Las favoritas del emperador Honorio), John William Waterhouse, 1883.

El fin del Imperio fue simplemente un hito más dentro de un proceso de transformación que ya llevaba tiempo en marcha. Las causas del proceso eran diversas. Además de la germanización que había debilitado al ejército, la economía había tocado techo al decrecer el ritmo de las victorias militares. Roma, pese a sus asombrosos logros civiles y administrativos, nunca había conseguido desarrollar una economía capaz de afrontar los malos tiempos. Sin un concepto de estabilidad presupuestaria, se había confiado en el aluvión centrípeto de riquezas procedentes de la explotación de recursos en las tierras conquistadas. Un ejemplo: los habitantes de la ciudad de Roma habían basado su alimentación en el trigo que llegaba desde el norte de África, hasta el punto de que hacía varios siglos que la capital no podía abastecerse del campo italiano. Perder el control de un territorio conquistado significaba perder una insustituible fuente de recursos básicos que, de repente, ya no estaban disponibles en los mercados. Cuando Roma perdió sus graneros de las provincias africanas, muchos habitantes tuvieron que marcharse porque ya no había qué comer. Lo mismo sucedía con los impuestos y el comercio, también fundamentados en la explotación colonial. La falta de liquidez había llevado al Imperio a recurrir a la devaluación de su moneda, con la consiguiente inflación, la pérdida de confianza de prestamistas e inversores y el repentino aumento de los impuestos al ciudadano. Ante la escasez de alimentos, la caída de la actividad comercial y la presión fiscal, los habitantes de las ciudades habían empezado a mudarse al ámbito rural, prefiriendo pagar impuestos razonables a gobernantes locales que verse obligados a financiar una monstruosa maquinaria imperial que ya no ofrecía protección ni oportunidades de enriquecimiento. Antes de que el Imperio desapareciese, la progresiva deriva hacia el feudalismo ya se había puesto en marcha.

En tiempos anteriores, el orgullo nacional de los romanos quizá hubiese sido un factor determinante, pero cuando cayó el Imperio muchos ciudadanos habían perdido el vínculo emocional con la antaño tan querida idea de Roma como potencia dominante. Los motivos de orgullo cívico eran cada vez menos. Y no ya por la corrupción, que había sido endémica desde los tiempos de la República. A fin de cuentas, la queja sobre la decadencia moral de Roma era tan antigua como los propios romanos. Pero los de Occidente habían podido ver cómo el Imperio oriental se les había adelantado en todo: era cada vez más rico y esplendoroso, con redes comerciales extensas y rentables, una cultura grecolatina que continuaba en auge y un ejército fuerte que varias veces consiguió desanimar a los invasores asiáticos (quienes, por lo general, terminaban desviándose para atacar el más débil e indefenso Imperio occidental). Los habitantes del Imperio oriental, de hecho, ya llevaban tiempo considerándose la flor y nata de los romanos. Su capital inexpugnable, Constantinopla, parecía ser el nuevo centro del mundo. 

Cerca del final, los romanos occidentales ya no se sentían superiores. Además, su antiguo concepto de orden social ya no estaba vigente. El cristianismo quizá era consolador en el ámbito individual, pero paralizaba el carácter pragmático de los romanos. No era la filosofía más idónea para que el Imperio sobreviviese a una crisis profunda, porque las instituciones políticas habían evolucionado de acuerdo con una filosofía muy distinta. La antigua religión olímpica, de corte comunitario, y la moralidad cívica habían demostrado ser flexibles bajo los requerimientos de muchas circunstancias. Pero habían sido sustituidas por una nueva religión más individualista y una moralidad espiritual en la que ya no jugaba un papel importante el concepto de ciudadanía romana. Ya no era importante cumplir una moral como ciudadano de Roma, sino como creyente. El cristianismo, al contrario que la religión olímpica tradicional, era dogmático; afirmaba hablar de lo ultramundano, pero en realidad se inmiscuía en los asuntos civiles sin ofrecer capacidad de maniobra. El ascenso de un clero cada vez más influyente entorpecía el equilibrio entre poderes, ya de por sí difícil. El compás ético del romano, antes dirigido por la noción de comunidad política, había sido trastocado y el pragmatismo había cedido su lugar al misticismo.

Mirando una secuencia de mapas, puede producirse la impresión de que el Imperio occidental fue, en efecto, hecho añicos en un solo año. En realidad, su desmantelamiento tenía que producirse tarde o temprano como resultado más de una metamorfosis —unida, sí, a un estrepitoso declive— que a un acto de destrucción fulgurante. Como sucede con algunos grandes campeones deportivos, Roma había crecido y brillado gracias a un impulso voraz, al deseo de vencer y prevalecer, pero esa misma inmodestia se convirtió en un problema cuando dejaron de llegar las victorias. El Imperio oriental aún existiría durante siglos, pero el occidental, el originario, el que se había levantado desde la nadería de un pequeño reino agrícola, siempre había portado en sus genes la semilla de la grandeza, y no pudo sobrevivir cuando la grandeza empezó a pertenecer al pasado. Roma, pese a lo que siempre había creído sobre sí misma, nunca fue capaz de vivir de los recuerdos.