Tolkien y los antivacunas

Tolkien y los antivacunas
Imagen: New Line Cinema.

La primera vez que uno se pone delante de un antivacunas se da cuenta de una cosa inquietante.

Es un ser humano.

No echa humo, no tiene la piel verde y no muestra colmillos afilados.

No muerde.

No es un orco.

Es un reflejo de nosotros mismos.

La vida en espejo.

Puede que el mismo número de virtudes y defectos.

Para colmo, como si todo lo anterior no fuera suficiente, los antivacunas incluso quieren lo mejor para sus hijos. Buscan un bien para ellos aunque no logran conseguirlo. En muchos casos son nuestra némesis pero solo en una cosa: las vacunas. En realidad, a veces no son ni nuestra némesis, son individuos que dudan y nos hacen preguntas. Están entre nosotros. Gente en muchos casos con formación e información. ¿Qué debemos hacer ante esa duda? Porque nosotros, los provacunas, somos más listos y mejores, ¿no? Se nos hace un regalo de suficiencia para poder tejer fronteras. Ellos ahí, nosotros, los buenos, aquí. Donde brilla el sol y todo es lógico. La noche para ellos, ya estamos los demás para enseñarles la luz. 

Pero recuerde el espejo.

No es tan sencillo.

La primera vez que tuve delante a un padre antivacunas no supe qué hacer. En cambio, de forma intuitiva, sí supe cómo reaccionar. Me enfadé, por supuesto. Llevé al terreno de la ignorancia y la maldad todos sus argumentos y señalé a su hija (era una niña de menos de dos años). Lancé amenazas de enfermedades terribles sobre ella. Como Saruman en una mala tarde. Le puse una condena sobre los hombros. Ante mi reacción el padre tomó a su hija de la mano y se la llevó del box en el que estábamos. Como resultado de mi actitud cero vacunas puestas y cero posibilidad de recuperar a esa niña para que recibiera las mínimas necesarias. Parece que aún veo humear a ese padre mientras lanzaba fuego por los ojos y se iba volando tras desplegar las alas.

En los últimos meses la palabra antivacunas se ha hecho frontón contra el que lanzar todo tipo de juicios. También se ha puesto a su sombra a muchos de los que dudan. Es simple hacer eso y deriva en cierto gozo que nos hace sentir mejores. Con la mierda de tiempos que vivimos sabernos en el lado bueno es una herramienta que tranquiliza. Pero no es tan sencillo. En el ámbito de las letras o el de las redes sociales resulta muy fácil convertir a los que dudan en enemigos. Como hizo Tolkien con los orcos, podemos dibujar en ellos lo que queramos. La cuestión es que son el mal y nosotros vamos a presumir de jinetes de Rohan llegando a tiempo. El problema radica en que pocos van tener delante a los que dudan. Reírse de Miguel Bosé da retuits que van al ombligo, pero sentarse delante del que tiene a Bill Gates por enemigo ya es otra cosa. De amantes bandidos todos hemos tenido un poco, aunque ahora lo que se lleve sea disimularlo. Está claro que nos gusta cambiar de vez en cuando de canción para que encaje en lo que se espera de nosotros.

A esto se ha sumado una cantidad ingente de información sobre las nuevas vacunas. Se ha confundido eficacia con efectividad y se han hecho noticia eventos secundarios sobre ella que no eran más que casualidad. Es como si hubiéramos estado al tiempo aplaudiendo y lanzando piedras sobre nuestro tejado. «Esta vacuna parece excelente, pero fíjate esta residencia en la que se han contagiado aunque no estaba estructurada aún la inmunidad». Se ha llenado todo de palabras de expertos en un virus que cumple un año entre nosotros. Hay una tormenta que empapa de consejos sobre cómo hablar con la gente que duda, el problema es que los que escriben o hablan probablemente no han charlado nunca con gente que duda. La paradoja del que no sabe decir «no lo sé» en lugar de asumir que cuando muchos dicen pocos suenan. Se genera un estruendo que quizá da tiempo en los medios pero que se aleja de lo que importa. Como la orquesta que al no tocar para nuestros oídos se convierte en ruido. La oímos, es música, pero no aporta nada e incluso nos molesta.

El resultado de todo ello ha mezclado a los que dudan con los que no quieren oír. Y entre los primeros ya hay gente en la que ha calado además un mensaje equivocado que divide a las vacunas en mejores o peores. Como si hubiera algo peor que adquirir la inmunidad mediante la infección por el coronavirus y sufrir una enfermedad que en determinadas personas es final y en otras deja una hipoteca de secuelas. ¿Eso por qué ha ocurrido? ¿Por qué el objetivo no es dejar que las vacunas se defiendan con sus resultados? ¿Por qué los que orbitamos alrededor no nos dedicamos solo a mostrarlos? Hay que ser sinceros, como Galadriel con Frodo diciéndole que quizá no se va a controlar si tiene cerca el Anillo Único. Galadriel es valiente en su debilidad, es tiempo de que lo seamos nosotros en nuestra ignorancia.

Las dudas vacunales no son algo nuevo. Dudar sobre lo que recomienda un sanitario es tan viejo que si esto fuera la historia de la Tierra Media lo leeríamos en el Silmarillion. Sobre vacunas y dudas destaco un trabajo liderado por un pediatra amigo, Roi Piñeiro. Su grupo tuvo la feliz idea de iniciar una consulta solo para padres que dudaban o no querían vacunar a sus hijos. Venían llenos de información errónea y ellos les iban quitando pétalos a esas dudas como el que juega con margaritas. De cada diez niños ocho no tenían ninguna vacuna administrada a los dos años de vida. En esos primeros años es cuando se «arma» el sistema inmunitario, eran niños naif para enfermedades tan perversas como el sarampión. El resultado de ese esfuerzo, que básicamente consistió en poner la oreja, tener tiempo y responder con tranquilidad y argumentos, fue lograr que nueve de cada diez padres vacunaran a sus hijos. La mitad de ellos con todas las vacunas. Ellos no fueron Saruman, no amenazaron, y dejaron que los hechos y la seguridad de lo que explicaban hicieran el trabajo. De alguna manera se dieron cuenta de que el espejo no existe y puede que hasta nosotros estemos al otro lado en algún momento y no lo sepamos.

De vez en cuando me acuerdo de aquella niña y de su padre. Me pregunto qué habrá sido de ellos y qué pensaran estos días en los que un solo virus se ha hecho Sauron. Espero que no se acuerden de aquel pediatra joven que lanzó proclamas oscuras sobre lo que iba a pasarles. Para defender las vacunas usé las armas equivocadas. Les escribí un tuit en el aire que tuvo por único «me gusta» mi propio ego. Espero que ese error no sea una cicatriz que ya no repara mientras giro el espejo para observarme. Y pienso que la normalidad era nuestra Comarca y las vacunas, que se defenderán solas, serán sin duda nuestro Gandalf.


Bibliografía

Roi Piñeiro Pérez, Diego Hernández Martín, Miguel Ángel Carro Rodríguez, et al. Vaccination counselling: The meeting point is possible. An Pediatr (Barc). 2017 Jun;86(6):314-320. doi: 10.1016/j.anpedi.2016.06.004.