Lo último de Woody Allen no vale gran cosa

Woody Allen durante el rodaje de Love and Death, 1974. Fotografía: Getty.
Woody Allen durante el rodaje de Love and Death, 1974. Fotografía: Getty.

Las últimas películas de Woody Allen no valen gran cosa. Alguien pronunció por primera vez esta frase hará unos cuarenta años. Como otras grandes frases inmortales —«No eres tú, soy yo» o «Este es el peor gobierno que hemos tenido», por citar un par de ejemplos—, lo de que lo último de Woody Allen no vale gran cosa ha venido utilizándose casi año tras año, generación tras generación, sin perder su utilidad. Se repite cada vez que Allen estrena un filme que no llega a ser sensacional. La frase mantiene plena vigencia y tal vez sobreviva al propio Allen. No me extrañaría que el siglo próximo, allá por la vigésima pandemia, siga aliviando cuarentenas. Funciona muy bien para iniciar charlas tontas. En cuanto uno la cuelga en la red, un montón de gente se muestra de acuerdo. Es reconfortante.

Yo me inicié en el mantra en 1978 o 1979, después de ver Interiores. Qué estafa. No aparecía Allen tartajeando ni haciendo monerías. No había ni una sola carcajada. ¡Queríamos otra vez Annie Hall! Pasé un rato angustioso en el cine. Me permito revelar que mi hábito de desmayarme en la sala oscura había comenzado poco antes, mientras asistía a la proyección de Gritos y susurros. Sí, en aquello de los cristales y la vagina. Temí hasta los créditos finales que el homenaje de Allen a Ingmar Bergman incluyera alguna escena de ese tipo, con la consiguiente lipotimia de un servidor de usted. Pero no. Hasta en eso me defraudó Interiores. Este hombre, pensé, ya no es lo que era. (Nota: Interiores es en realidad bastante buena).

Luego se estrenó Manhattan. Todos babeamos. Durante una temporada, el póster de Manhattan se unió al Guernica de Picasso como elemento decorativo fundamental en los domicilios progresistas. Como aún no habíamos accedido a la civilización, nadie enarcó una ceja ante el hecho de que el personaje interpretado por Woody Allen se enamorara de un personaje femenino de diecisiete años. Eran tiempos oscuros, en los que se podía leer Lolita en el transporte público sin necesidad de forrar el libro.

En 1980 resonó un universal bufido de indignación. Woody Allen filmó una película en la que parecía ironizar sobre su público. Ese que ya entonces decía que las buenas películas de Allen eran las de antes, las que hacían reír. Stardust Memories, disculpen la afrenta, es una obra maestra. Dos obras maestras, en realidad, si tenemos en cuenta que en el reparto figura Charlotte Rampling. No voy a comparar Stardust Memories con su modelo, , de Federico Fellini, por respeto a los espíritus delicados. Me limito a decir que Stardust Memories es mejor. Adiós, querido cinéfilo clásico que abandonas aquí el texto. Una cosita: ojo con dónde tiras la revista, es pesada y puede hacer daño a alguien.

Los años en que Woody Allen trabajó con Mia Farrow como actriz protagonista (1981-1992) son en general considerados una edad de oro. Zelig, Septiembre, La rosa púrpura de El Cairo, Días de radio, Hannah y sus hermanas, etcétera, embobaron a casi todos, salvo a unos cuantos cascarrabias que seguíamos añorando Bananas. Hacia finales del siglo XX, pudimos repetir tranquilos lo de que las últimas películas de Allen no valían gran cosa: trabajos como Poderosa Afrodita, Celebrity o Desmontando a Harry marcaban un cierto declive.

Conviene aquí un paréntesis. No hay muchos directores cinematográficos que hayan mantenido de forma duradera un ritmo de producción de tipo industrial; son pocos los que, firmando una película cada año, logran un buen nivel medio; y son poquísimos los que con ese ritmo de trabajo pueden exhibir unas cuantas piezas magistrales. Como esto no va de teología, descartemos a Dios: John Ford está por encima de las miserias humanas. Alfred Hitchcock podría representar el mejor ejemplo de tipo prolífico y brillante. Billy Wilder no es tan prolífico como Hitchcock ni tan brillante con la cámara, pero es aún más divertido y creó unos cuantos personajes más humanos que usted y que yo.

Woody Allen suele decir de sí mismo que es un escritor al que le gusta dirigir (de forma «perezosa e indisciplinada») porque le obliga a salir de casa y le permite relacionarse con actrices guapas. También dice que nunca rodó una gran película, por lo que mejor no hacerle demasiado caso.

Es cierto, sin embargo, que su registro resulta limitado o, por decirlo de forma positiva, muy concreto. Su vocación consiste en reproducir una y otra vez sus sueños de infancia, hechos de grandes apartamentos en Manhattan, dinero ilimitado, elegancia, clase y música de los años cuarenta. Y fabrica miniaturas, pequeños objetos preciosos como los huevos de Fabergé o los cuentos de Jorge Luis Borges. El adjetivo grandioso no va con él. Incluso sus películas más maravillosas son por definición obras menores.

Sigamos. A principios de este siglo, Woody Allen estaba más o menos acabado. Entonces estrenó Match Point, primera pieza de su trilogía británica, y fue descubierto con grandes aplausos por una nueva generación. Esa nueva generación, y las anteriores, unieron sus voces en el viejo coro —«Sus últimas películas no valen gran cosa»— en cuanto vieron El sueño de Casandra y Vicky Cristina Barcelona, tan flojitas ellas. Allen le tomó gusto a la cosa de rodar en el extranjero, siempre que se tratara de ciudades hermosas y lo alojaran en hoteles superlativos. Para él, París eran el Ritz o el Bristol y unas cuantas copas de Romanée-Conti. Muchos pensamos entonces que funcionaría ya hasta su muerte como Winston Churchill después de 1945: un héroe anciano que viajaba de gorra en grandes yates y explotaba sus glorias pasadas en el extranjero ante audiencias embelesadas.

A Woody Allen, sin embargo, en 2011 le salió una exquisitez suprema como Midnight in Paris. Y en 2013, con setenta y ocho años y —supuestamente— en plena decadencia, estrenó Blue Jasmine.

Este es un hombre que, a tenor de su biografía, elige sus parejas sin fijarse mucho y muestra un cierto recelo ante la condición femenina. Su primera esposa, Harlene Rosen, lo demandó por burlarse de ella en sus chistes. La segunda, Louise Lasser, hija única, padre y madre suicidas, era inteligente, hermosa y muy, muy propensa a las crisis nerviosas. Su tercera pareja fue la suprema Diane Keaton, alguien a quien cualquiera prestaría la máxima atención: el caso es que Allen tardó años en enterarse de su bulimia. Le siguió Mia Farrow, de quien no diré nada para evitarme problemas. Y finalmente Soon-Yi Previn, hija adoptiva de Mia Farrow. Todo un poco desconcertante. El caso es que, de forma un poco paradójica, Woody Allen ha creado una larga serie de maravillosos personajes femeninos y ha hecho ganar Óscares a un montón de sus actrices. La Cate Blanchett de Blue Jasmine se llevó, por supuesto, el suyo.

Como las últimas películas de Woody Allen no valen gran cosa, fui a ver Un día lluvioso en Nueva York en cuanto se estrenó en Buenos Aires. Antes hablábamos de miniaturas y de cuentos. Esta película sería algo todavía más diminuto, un cuento en miniatura, con los viejos temas de siempre —Manhattan, el azar, los hombres mayores y las chicas jóvenes— y el punto de aparente esquizofrenia que ha ido agrandándose con los años: el actor protagonista, Timothée Chalamet, tiene veinticuatro años y presta su voz a Woody Allen, que tiene en ese momento ochenta y cuatro. Suena rarísimo. Casi todo resulta extraño en esa película. ¿Cuánto tiempo hacía que no veíamos a un personaje no criminal fumando en una habitación de hotel? A Allen debe de parecerle normal. En su época se hacía.

Al día siguiente volví a ver Un día lluvioso en Nueva York y volví a salir con una sonrisa.

Es lo que suele pasar con las últimas películas de Woody Allen: no valen gran cosa.