Normal People

Normal People.
Normal People. Imagen: Element Pictures.

«¿Por qué, si el amor es lo contrario a la guerra, es una guerra en sí?», se preguntó una vez Benito Pérez Galdós. La Real Academia Española define «amor» como «sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesitar y busca el encuentro y unión con otro». ¿Necesitamos el amor de otros por nuestra propia insuficiencia? ¿Por qué hemos crecido pensando que el lenguaje bélico en nuestras relaciones lo convierte directamente en lo «normal»?

Todos nos hemos visto reflejados alguna vez en una novela romántica. El amor es un sentimiento general. Un encuesta del año 2017 del INE indicaba que 11.3 millones de españoles están unidos por este afecto. Los restantes 35 millones y pico de españoles se aferran al género romántico como última esperanza. Una relación así quiero yo. Siempre con final feliz, por favor.

En los noventa se establecieron unos estándares románticos bastante básicos. Pretty Woman se convirtió en una de las películas más taquilleras de la historia. Una historia basada en el romanticismo de la prostitución y el «príncipe azul» que la salva. La pobre mujer que se enamora del gran magnate.

El Dario de Noah fue una de las primeras películas de este género que cautivó a mi generación. Un Ryan Gosling bastante más remilgado que de costumbre nos sometía a ciento veintitrés minutos de cursilería desmedida. Una amor de verano soñado por todos los jóvenes que visionaban el monstruo que había creado Nick Cassavetes. Basada una vez más en los tópicos de la comedia romántica, estaba llamado a ser un clásico. Aquel beso bajo la lluvia ha quedado estampado en la retina de los pobres ingenuos espectadores que soñaban con aquella relación de los lejanos años cuarenta.

Los amores de verano terminan por todo tipo de razones, pero al fin y al cabo todos tienen algo en común: son estrellas fugaces. Un espectacular momento de luz celestial, una efímera luz de la eternidad que en un instante se va.

Duke (James Garner)

Han pasado diecisiete años de la historia que caló hondo en millones de personas. Demasiados años para que la evolución de este tipo de género fuese innegable. Y evolucionó. Los espectadores demandaban un poco más del género. Cansados de las historias con final feliz y meros problemas insignificantes a los que se anclaban para crear una historia mortífera e infumable.

El 26 de abril de 2020 se estrenaba en el Reino Unido un drama romántico muy milenial. Normal People es el reflejo de una generación estancada entre la adolescencia y el mundo adulto. Con una majestuosa Daisy Edgar-Jones enfrascada en el papel de joven incomprendida y un Paul Mascal sumergido en el torbellino de la pubertad y todo lo que ello conlleva.

José Ramón Alonso hacía un recorrido trascendental en «El cerebro enamorado» por las fases del amor y la importancia de la química cerebral para entender distintos comportamientos a la hora de afrontar este desdichado sentimiento. Desde el enamoramiento (primera fase) hasta la estabilización (cuarta fase). En Normal People los protagonistas transitan por estas facetas sin comprender que está ocurriendo. El biólogo español también explica la razón científico de ese «amor tóxico» que vemos repetidas veces en la serie: «¿Y si somos rechazados? La respuesta más común es amar aún más intensamente, la razón parece ser que en ese trágico momento del rechazo los circuitos cerebrales asociados a ese sentimiento pasional incrementan su actividad neuronal y no hay el refuerzo positivo y adormecedor que se produce durante el orgasmo».

Marianne (Daisy-Edgar Jones) y Connell (Paul Mescal), son dos jóvenes irlandeses que viven su primer amor como un imposible. Él, deportista de éxito en el instituto; popular, atractivo y rodeado de amigos superficiales. Ella, la inteligente de la clase; solitaria, independiente y con una actitud descontenta ante la vida. El planteamiento de la historia adaptada de Sally Rooney nos teletransporta a nuestros años de adolescencia donde nos dábamos de bruces con las carencias emocionales.

La historia aborda numerosos temas: los conflictos de identidad, la inseguridad, la incertidumbre del futuro, la salud mental… todo un viaje por los problemas del presente. Ambos se sumergen en una cárcel mental en la que la soledad y los pensamientos intrusivos se apoderan de ambos. Normal People juega con el dilema de la identidad. Cómo nos vemos a nosotros mismos y cómo nos ven los demás. Quiénes somos y qué queremos. 

En estos últimos años hemos podido disfrutar del auge de un tipo de contenido visual acorde a la sociedad en la que vivimos. Por fin se tratan los temas que los jóvenes sufren a diario en los institutos. Desde la gran obra maestra Euphoria (Sam Levinson), pasando por Moxie (Amy Poehler) y la serie revelación Normal People. El éxito se basa en el realismo. ¿Qué está pasando con los jóvenes? ¿Por qué no se enamoran? ¿Por qué no se comprometen? Vamos a contarlo.

La serie irlandesa es un profundo viaje al epicentro de los sentimientos. Desenmascara la inmadurez, el paso del instituto a la universidad, la sinceridad y la confianza. Doce episodios donde no nos alejamos de los protagonistas de los dos protagonistas. Es su historia. La historia de Connell y Marianne. Contada de una manera íntima y entrañable.

Explicaba Ben Travers (periodista IndieWire) en una crítica su sentimiento hacia Normal People: «Teniendo en cuenta el profundo viaje dentro de la vida temprana de Marianne y Connell, solo sería apropiado volver a ellos cuando sean una década más viejos, tal vez más sabios y, ciertamente, todavía se atraigan el uno al otro. Después de todo, es posible que se haya hecho antes, pero no se ha dicho así».

La clave del éxito radica en exactamente eso. Tener la sensación de estar sumergida en una historia de amor que ya has vivido en otras ocasiones, pero que jamás ha sido contada de esta manera. Es imposible no sentirse reflejado en alguna escena de toda la serie. Connell y Marianne evidencian lo que significa en la vida real enamorarse y los impedimentos que se dan. Esta vez, no hay final feliz. O a lo mejor este era el final feliz que nos merecíamos.