Naranja, ciruela y cerillas: yo sé dónde vive Syd Barrett

Syd Barrett
Syd Barrett, 1966. Fotografía: Getty.

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Soy —mas qué soy nadie sabe ni a nadie le interesa— mis amigos me dejaron como un recuerdo inútil que solo se alimenta de su propia desdicha, de mis penas que surgen y se van, sin más, y para nada, ejército en marcha hacia el olvido, sombras confusamente mezcladas a los pálidos mudos, convulsivos, escalofríos de algo parecido al amor, y pese a todo soy, y vivo como vapor en el cristal, que borrarán seguro cuando llegue el día. 

John Clare, I am, 1848.1

Dicen que te vieron subirte por las paredes de una finca en Formentera. Que allí dejaste las marcas de las uñas. Dicen que te saltaste los controles de seguridad en el aeropuerto, corriste a la explanada de aterrizaje y, tras saludar al avión como si fuese un taxi, te colgaste de su ala rumbo a Ibiza. Que te vieron paseando por King’s Road con un vestido de chica, luciendo tres pantalones uno encima del otro, o eso tal vez fue saliendo de Harrods, cuando un amigo se encontró contigo; tú estabas comprando chocolatinas, y saliste por pies dejando tiradas las bolsas. Algunos aseguran que durante unos días te mantuvieron a base de LSD encerrado en un armario y que algo parecido hiciste tú con tu novia de entonces, si no fue peor. Juran que mezclaste un tubo de brillantina con una ampolla de barbitúrico, y vieron cómo te lo echabas por la cara antes de salir a tocar.

Dicen que estuviste años recluido en un apartamento de Chelsea, que encargabas a tus amigos comprar objetos muy caros y al poco tiempo te desprendías de ellos, pero no les permitías entrar a visitarte. Tus antiguos compañeros, que tienen uno de los grupos más famosos y rentables de la historia del rock, pero irónicamente sin otros datos más interesantes que tú mismo, los Mason, Waters & Wright (en serio, ¿no suena a firma de aparejadores?), siguen repitiendo una y otra vez que te presentaste por sorpresa en el estudio justo —qué coincidencia— cuando estaban a punto de grabar esa canción grandilocuente pero sin duda sincera que habían compuesto pensando en ti, para ese elepé todo lleno de referencias a tu persona, sobre el concepto que ellos, músicos-arquitectos de bloques, funciones y distribuciones, habían desarrollado acerca de la locura. Pero, sobre todo, aunque eso no lo dicen, hablaban de su comportamiento pasivo-agresivo contigo y su sentimiento de culpa tras sustituirte por otro, pero sin avisarte ni decirte una palabra al respecto, aunque durante meses asistieran a tu decimonovena crisis nerviosa y te vieran romperte en mil pedazos. Que juran que al principio no te reconocieron porque estabas muy cambiado y hacías cosas raras, pero después se echaron a llorar. Bueno, Mason dice que no lloró, y yo eso sí que me lo creo. 

Muchos afirman que antes de ese año, 1975, ya habías renegado de tu apodo, «Syd», porque odiabas la disciplina de ser músico de pop-rock (y cualquier otra responsabilidad), y que cuando saliste por fin de aquel apartamento de Chelsea y volviste a Cambridge, convertido de nuevo en Roger Keith Barrett, decidido a regresar al lugar imposible de tu infancia y los sueños previos al apagón, no lo hiciste conduciendo tu Mini, sino caminando los ochenta kilómetros. Otros dicen que sí te vieron dar esa caminata, pero haciendo el pino y cantando una de tus canciones. Naturalmente, aseguran que fue «Scream Thy Last Scream». No podía ser otra.

Apuesto a que nunca supiste que en 1976 un chaval de Hackney se puso el mismo apodo para aporrear el bajo en un grupo punk, antes de terminar sus días, este sí, como deben hacer las leyendas del rock: matando a la novia y suicidándose. Pero tú no querías hacer un gesto de estrella del espectáculo; es que sencillamente no querías volver a ser Syd Barrett nunca más. Con un año en el tinglado, ya habías tenido más que suficiente. Tras el breve intento de carrera en solitario entre 1969-1970, que es tan prometedor, pero en algunos momentos insoportable de escuchar por la tristeza y desespero que transmite, el mundo no aceptó esta negativa radical, este volverse loco tras volverse loco y no volver. Tu decisión enajenada, pero irrevocable, de no dar otra entrevista, no componer ni tocar, no hacer una gira, ni participar en ningún documental, concurso o comeback de viejas glorias era, ya no de locos, sino de idiotas, pensaban los que piensan.

A tu pesar, y ajeno a tu deseo o a lo que fuese que pasaba por tu cabeza, a medida que la marca «Pink Floyd» se hacía cada vez más grande y se convertía en un fenómeno universal que sobrepasaba a sus componentes, enfrentados en un pleito legal tan aburrido como ellos, tu sombra se hizo enorme, tapando varias veces la superficie de la cara oculta de la luna, e iluminando, brillante, con su ausencia, a varias generaciones de músicos durante décadas, entre la nueva ola (Teardrop Explodes y Julian Cope, XTC, The Jam, The Only Ones, The Damned, Wire…), el postpunk (Siouxsie and The Banshees, The Cure, The Church, This Mortal Coil, Bauhaus, Scientists…), el noise y el indie (REM, Smashing Pumpkings, Teenage Fanclub, Spacemen 3, The Jesus and Mary Chain, Spiritualized y el sonido del sello Creation…) el brit-pop, el tecno y el ruidismo experimental (Blur, Psychic TV…) hasta el día de hoy (MGMT, Temples…), sin ser tú consciente de nada, que apenas escuchabas discos ni veías la tele. Con tu silencio, reforzabas aún más tu obra como artista, pero desentendiéndote de cualquier diálogo o interpretación posible con el público, la crítica o el experto: ya fuese porque te habías disociado de la realidad, habías abrazado la otredad o porque no pudiste volver de donde te adentraste cuando eras tan joven como para resituarte en un presente que no era el tuyo.

En 1981, cuando Dan Treacey, otro artista de la dimensión paralela, te rindió su bello homenaje con Television Personalities, una muchedumbre de fans, jipis, freaks, gente curiosa, ávida de las cosas de los famosos, periodistas curiosos de las Noticias del Mundo y la prensa especializada, ya había empezado a husmear a tu alrededor, intentando, no averiguar nada, porque nada había que averiguar, sino simplemente molestarte para su diversión y morbo, hurgando en la herida de tu vida desdichada, hasta tus últimos días, pero ahora filmados y emitidos desde internet, en una caza vergonzosa al pirado que, eso no lo dicen, pero seguro que te trastornó tanto o más que la célebre ingesta de drogas, alcohol, comida basura y tabaco. Tú, que habías creado tu personaje a partir de los cuentos infantiles, las baladas inglesas y la poesía romántica, que lo mezclaste todo —deprisa y alegremente, sin mirar y sin medir el peligro— con un coctel luminoso de blues, folk británico, raga y música experimental, fuiste elevado a un limbo incierto: en lugar de las puertas del panteón de los roqueros caídos, a la de tu casa, donde pintabas y hacías bricolaje, mientras eras sistemáticamente vigilado, acosado y molestado. Porque tú no estabas muerto ni habías tenido un final apoteósico: en realidad, Syd Barrett ya había desaparecido, pero tú no, tú solo habías renunciado a ser. Y eso, aparte de imperdonable, era incomprensible. Uno se mata de sobredosis, se pega un tiro y deja un bonito cadáver, dicen los expertos; incluso está la opción B: seguir tu carrera de músico hasta los ochenta años, con mayor o menor ridículo, pero no se sume abruptamente en el silencio y muta en otro: de artista adolescente, de talento arrollador y belleza asombrosa en autista amenazador, calvo y con sobrepeso, de cierto parecido con Aleister Crowley, que pasea en bici y cultiva el jardín. Y en medio, una etapa de transición terrorífica. O eso dicen.

Porque otra cosa no, pero de ti han dicho de todo. Grabaste un disco con Pink Floyd, una canción en el segundo, publicaste con gran esfuerzo dos elepés en solitario, y luego, cuando estabas, pero en realidad ya no estabas, salió otro con el resto de las grabaciones de 1966-1969, que la EMI y tus antiguos compañeros aseguraron durante años que no existían. Solo con eso, mejor dicho, ya solo con el primer elepé de Pink Floyd, que es contigo otro grupo diferente a lo que fueron inmediatamente después, se creó un mito comparable a los de otros artistas, con carreras de treinta discos y cuarenta años en la carretera.

Dice Robyn Hitchcock, otro de tus brillantes alumnos, en el documental La historia de Syd Barrett y Pink Floyd, que de haber continuado con el grupo y seguir ese curso de los acontecimientos, hoy serías una estrella tipo Emerson, Lake & Palmer. Que sí, que son unos pedazo de músicos, pero no, no son tú. Porque tú no dominabas mucho la guitarra, pero tenías una imaginación portentosa y una visión sinestésica del sonido. También hiciste, hay que reconocerlo, mucha apropiación cultural, como hicieron todos los de tu época, y les copiaste acordes a Robert Johnson, Memphis Minnie y Bo Diddley, así como birlaste ideas a Ray Davies, Roger McGuinn, Brian Wilson y Dylan. Eras capaz de componer con la mayor facilidad del mundo canciones increíbles, por lo buenas y sencillas, y a la vez desarrollar improvisaciones que dejaban patidifuso al público que acudía a veros al Marquee o al UFO. Bueno, veros es un decir, porque en realidad apenas te atisbaban, encorvado sobre la guitarra o sentado con ella en tu regazo. Eso era lo que más te gustaba, tocar la Fender con los parches plateados que le habías pegado, y con ellos deslumbrar a la gente que bailaba, oculto tras el show de colorines de las diapositivas que proyectaban encima de vosotros.

Siguiendo a grupos de música experimental, como AMM, convertiste un grupo que venía, como todos, de hacer rhythm and blues, en un sofisticado cuarteto experimental (que no podían soportar ni los paisanos de fuera de Londres ni los hipsters de la City). Transformaste la guitarra en un objeto de arte, como tus lienzos, para hacer con ella algo más que solos, por ejemplo, practicar slide espacial con tu mechero Zippo, un cuchillo de mantequilla o un cojinete de bolas metálicas, y conseguir esa reverberación alucinante de la máquina de delay a la que la enchufaste, sonido del más allá que hasta entonces solo se podía encontrar en el rock de los cincuenta, en los discos de los Shadows y en los escenarios de los músicos tras la estela de John Cage. Porque tú también eras pintor y no precisamente mediocre, pero ya que no te dejaron olvidar que habías sido Syd Barrett, destruías (casi) todo lo que pintabas.

No solo tú, pero casi, inventaste el sonido psicodélico en las islas británicas. Fuiste el primer cantante pop en entonar con pulcro acento británico y combinar estrofas de limerick, haciendo juegos de palabras graciosos o sin sentido, marcar mucho las vocales y jugar con las onomatopeyas, como un Edward Lear de 1966 o un pícaro cantante de music hall. Te divertía contar historias de personajes excéntricos y ambientarlas en la naturaleza donde creciste: el ambiente bucólico, pero también amenazador, de los fríos pantanos de Cambridge, paisaje embrujado del este de Inglaterra y sus mitos precristianos, con animales parlantes y personajes fabulosos (espantapájaros, gnomos, hadas y faunos… como recién salidos de un cuento de Kenneth Grahame o Beatrix Potter): «The Gnome», «Lucifer Sam»… Tus letras hablaban de cosas sencillas pero sorprendentes, por el acercamiento tan espontáneo, casi infantil; incluías recuerdos de la infancia —de tu padre, el médico que murió cuando eras muy pequeño («Take Up Thy Stethescope And Walk»), la feria que visitabas con tu madre y hermanos y de los teatrillos que montabas con marionetas («Clowns and Jugglers», «Matilda Mother»)—.

Combinabas versos de la poesía clásica, por ejemplo, de Percy Shelley o John Keats sobre el espacio y las estrellas, con imágenes de los cómics de Dan Dare y la serie Quatermass («Astronomy Domine»), y hablabas de las partidas de Go e I-Ching con las que te gustaba pasar el rato y buscar tu camino («Chapter 24», «Dominoes»); de gestos cotidianos, como montar en bici («Bike») o hacer la compra («Apples and Oranges»), pero con un giro inesperado en el final de la historia o en los sonidos, en el color y la textura de las cosas, producto del consumo de píldoras morning glory, porros y anfetas. O eso dicen. Las canciones de amor tampoco se regían por el esquema chico-chica habitual, sino que sugerían sentimientos más ambiguos, casi fantasmales. Como tu propia imagen, entre beatnik y poeta gótico, con un glamur intangible, nunca visto antes en un roquero («See Emily Play», «Baby Lemonade», «Milky Way», «Flaming»). Antes de que te volvieras loco (o eso dicen) eras una persona muy amable y extremadamente educada, buen chico de buena familia, pero sé que aborrecías el primer disco de un debutante llamado David Bowie, y no pudiste disimularlo en una entrevista para la radio. Aquella canción suya, «The Gnome», te debió de parecer, además de una copia descarada de tu estilo, una chufla. Imposible saber si te hubiera interesado más adelante: antes de sumirte en el olvido de todos y de ti mismo, sabemos que declaraste tu amor por Marc Bolan y Slade

Kevin Ayers, que te apreciaba, y cuyos intereses y los de sus compañeros en Canterbury coincidían más contigo que los de los arquitectos de muros, te dedicó una canción que, sin ser tan campanuda como «Shine On You Crazy Diamond», es un precioso y bien humorado homenaje:

Eres la persona más extraordinaria, escribes las canciones más peculiares. Te conocí una mañana, nadando, mientras yo navegaba. ¿Verdad que fue el encuentro más increíble? Rodeados por aquellos monstruos de las profundidades, me contaste una historia muy graciosa y me quedé dormido. ¡Menudo sueño que tuve! Nos fuimos de viaje por el país, y después de viajar tanto, me entró hambre. Tú me regalaste tu único bocadillo. «¡Qué amable eres!», te dije, ¿no es la sensación más increíble? Sí, todo fue como lo cuento. Eres la persona más extraordinaria con la que jamás he soñado. 

«Oh! Wot a Dream» (Bananamour, 1974).

Yo sé dónde vive Syd Barrett. En las canciones que compuso durante apenas seis meses, entre 1966 y 1967, pletórico y en estado de gracia. En la mayor parte de este repertorio no se encuentran sombras del artista atormentado ni del espectro doliente en que, dicen, se convirtió. Solo hay celebraciones vitales, juegos adolescentes, pero sí, ciertas pistas lúgubres sobre un estado de indefensión, de quedar sobrepasado por el negocio, ser abandonado por sus compañeros y, por fin, abrazar la oscuridad con estos versos deslumbrantes:

Es terriblemente considerado por vuestra parte pensar en mí ahora

Y en correspondencia, me siento obligado a dejar claro que ya no estoy aquí

Y que nunca imaginé que la luna pudiera ser tan grande y traicionera

Y que os agradezco que me tirarais los zapatos viejos

Y en su lugar, me trajerais aquí vestido de rojo

Me pregunto quién estará escribiendo esta canción

Me da igual si el sol no brilla

Y si nada me pertenece

Me da igual si me pongo nervioso con vosotros 

Haré lo que me gusta en el invierno

Y qué si el mar no es verde y me gusta la reina

¿Qué es exactamente un sueño?

¿Y qué es una broma?

«Jugband Blues» (A Saucerful of Secrets, 1968)


(1) Traducción de Leopoldo María Panero, en Narciso en el acorde último de las flautas (Visor, 1979).