Abismación e ingravidez

abismación
DP. abismación

No hay en la naturaleza pasión de una impaciencia tan demoníaca como la de quien, estremecido al borde de un abismo, piensa arrojarse a él.

(Edgar Allan Poe, El demonio de la perversidad).

¿Cómo rasgar un día

de aquella jaula hermética

el sello azul y al cielo interminable

salir donde los astros son ya música

y el cuerpo sombra vagarosa y leve?

(Nicolás Guillén, Sputnik 57).

Lo que los franceses denominan l’appel du vide —y algunos psicólogos, menos poéticamente, high place phenomenon— ha sido objeto de numerosos estudios e interpretaciones. ¿Por qué una persona sin intenciones suicidas siente de pronto el impulso de saltar al vacío?

Algunos opinan que, paradójicamente, este impulso manifiesta el deseo de vivir: contemplar la posibilidad del salto es una manera de recordar que estamos a salvo y que la hipotética caída es pura fantasía (algo así como cuando vemos una película de terror desde la seguridad de una butaca). Otros piensan que es una señal de alarma para que extrememos las precauciones en una situación de peligro, y que la advertencia de que caer depende de lo que hagamos se puede confundir con el impulso de lanzarse al vacío; dicho de otro modo, es como un «experimento mental» espontáneo que nos enfrenta a la posibilidad de la caída precisamente para que la evitemos.

Hablando de experimentos mentales, Einstein, cuyos famosos Gedankenexperiment revolucionaron la física, empezó a concebir la teoría general de la relatividad imaginándose a sí mismo encerrado en un ascensor que subía con un movimiento uniformemente acelerado y luego bajaba en caída libre (la teoría especial tuvo un origen más poético: se imaginó persiguiendo un rayo de luz). La aceleración simula la gravedad donde no la hay y la caída instaura la ingravidez en el tiránico reino de la gravedad. Y la relación entre caída e ingravidez tal vez podría brindarnos otra explicación —sin menoscabo de las anteriores— del paradójico «fenómeno de los lugares altos».

Solo llevamos seis o siete millones de años caminando erguidos, y todavía no nos hemos adaptado plenamente a la posición vertical y la bipedestación, lo que explica, entre otras cosas, que la lumbalgia afecte en algún momento de su vida al 85 % de la población y que el dolor de espalda sea una de las principales causas de absentismo laboral y de discapacidad a nivel mundial. Nos cuesta permanecer de pie más de dos horas seguidas, e incluso estando sentados nos pesa el cuerpo. Las fantasías de vuelo o el placer de flotar en el agua expresan el deseo de salir de la jaula hermética de la gravedad, y el impulso de saltar al vacío podría responder al mismo afán de ligereza.

Y para quienes no puedan o no quieran practicar paracaidismo, puénting o natación, hay otras formas más sencillas y accesibles de olvidarse del cuerpo pesante, como el cine, la televisión o la lectura. Sobre todo, la lectura, que permite prescindir incluso del oído y de casi toda la vista, que queda relegada a la mínima función de introducir una cadena de signos en el cerebro. No es casual que asociemos el cine con una cómoda butaca, la televisión con un amplio sofá y la lectura con un sillón confortable o un mullido colchón (leer en la cama es, para muchos, el máximo placer): para salir del cuerpo hay que dejarlo bien aparcado.

La ensoñación asistida de la lectura es lo más parecido a un viaje astral que se puede conseguir sin ayuda química. Y si cualquier texto interesante nos permite emular el vuelo inmóvil de los chamanes, hay un tipo de literatura que va un paso más allá, un tipo de libro en el que, más que sumergirnos, nos hundimos gozosamente (E naufragar m’è dolce in questo mare, que diría Leopardi).

En 1893, André Gide escribía en su Journal:

J’aime assez qu’en une œuvre d’art on retrouve ainsi transposé, à l’échelle des personnages, le sujet même de cette œuvre par comparaison avec ce procédé du blason qui consiste, dans le premier, à mettre le second en abîme.

Este breve párrafo es el origen de la expresión mise en abîme (escrito más frecuentemente mise en abyme) referida al recurso narrativo consistente en trasladar «a la escala de los personajes» el tema general de una obra, ya sea literaria, pictórica o de otro tipo. En el contexto de la reflexión de Gide, à l’echelle des personnages debe entenderse como «en cuanto a subtrama», de forma similar a cuando en un escudo heráldico se coloca el escusón (el propio escudo a menor escala) «en abismo», es decir, en el punto central en el que se cortan las diagonales del rectángulo imaginario en el que está inscrito dicho escudo.

En última instancia, estamos hablando de fractales; solo que los fractales matemáticos se prolongan hasta el infinito, manteniéndose semejantes a sí mismos a todas las escalas, mientras que la naturaleza o el arte solo pueden asomarse a este abismo de repeticiones sin fin, ya que, en la práctica, la capacidad de miniaturización se agota en pocos pasos. Las barbas de una pluma son a su vez miniplumas cuyas minibarbas son microplumas; pero ya no podemos seguir avanzando, es decir, descendiendo. Y lo mismo ocurre con la popular lata de cacao Droste de principios del siglo XX, en la que se ve a una niñera con una bandeja sobre la que hay una lata en la que se ve a la niñera con una bandeja sobre la que hay una lata en la que se ve a la niñera… En la práctica, solo es posible repetir tres veces la imagen de la niñera a una escala cada vez menor; pero es suficiente para transmitirnos el vértigo de una recursión sin fin. No es un ejemplo elegido al azar, pues la puesta en abismo se denomina también «efecto Droste» en honor de la famosa marca de cacao holandesa.

Tal vez el más ilustre ejemplo de abismación literaria (citado por el propio Gide en su texto inaugural) sea Hamlet, en cuyo acto III unos cómicos itinerantes, aleccionados por el propio príncipe, escenifican en la corte de Elsinor un conflicto muy similar al que protagonizan los personajes de la tragedia shakespeariana. Y Edgar Allan Poe, que aborda/afronta directamente la atracción del abismo en El demonio de la perversidad, riza el rizo del recurso al despertar en el lector la sospecha de que la propia vida del autor es el relato primero del que su obra literaria —tanto narrativa como poética— es un trasunto abismal (sospecha que se confirma plenamente al conocer la desventurada biografía de Poe).

Pero si hay una novela que lleva al límite —y más allá del límite— el efecto Droste y nos hace caer —gozosamente— en un pozo sin fondo, es el memorable Manuscrito encontrado en Zaragoza, de Jan Potocki. No parece casual que su edición más reciente en castellano (magnífica edición, por cierto) sea la de Acantilado, cuyo logotipo es una zambullida vertical que, en consonancia con el nombre de la editorial, nos invita a buscar la ingravidez de la abismación en la lectura.

Una novela, la de Potocki, cuya propia historia no es menos laberíntica y misteriosa que la historia que narra, y cuyo autor no desentonaría entre sus bizarros e insólitos personajes. Pero ese es otro artículo.