«Lo bonito de irse es volver». Una conversación entre Javier Solana y Ángeles González-Sinde

Javier Solana y Ángeles González-Sinde

Se sientan a conversar sobre todo aquello que tienen en común, pero ¿qué podrían tener en común precisamente ellos dos? Uno es un licenciado en Física y la otra es licenciada en Filología Clásica. Uno empezó su carrera como científico, la otra lo hizo como guionista de cine y televisión. Cuando ella nació, él tenía veintitrés años. ¿Qué podrían tener en común dos personas como ellos, a quienes separan tantos mundos de distancia? La más evidente: que los dos han desempeñado el cargo de ministro de Cultura. Pero intuimos que hay más. Por eso los hemos reunido en la cafetería del Reina Sofía y les hemos pedido que hagan como si no estuviésemos aquí. Que se tomen un café tranquilamente, sin prisas, como si no hubiera un micrófono grabándolos. A ver qué pasa.

Javier Solana (Madrid, 1942) fue ministro de Cultura entre 1982 y 1988 y ocupó varias carteras ministeriales más antes de convertirse en secretario general de la OTAN y alto representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores. Actualmente imparte clases en la universidad y escribe piezas de opinión en medios de comunicación.

Ángeles González-Sinde (Madrid, 1965) fue presidenta de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España y ministra de Cultura entre 2009 y 2011. Actualmente es presidenta del Patronato del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. 

A. G. S. Tú tuviste una beca Fulbright. ¿Dónde fuiste?

J. S. Yo tuve una de las primeras becas del programa Fulbright en España, de hecho, y se lo debo al hecho de que hablaba inglés. Y si hablaba inglés, curiosamente, era porque me habían expulsado de la universidad.

A. G. S. Te expulsaron por la política, imagino.

J. S. Sí, sí, por supuesto. En el último año de la carrera de Física. Después de eso me fui a Inglaterra a fregar platos y a aprender inglés y luego regresé a España y solicité la beca Fulbright con un nivel de inglés relativamente alto. Y me la dieron. Mi objetivo era estudiar con Nicolás Cabrera, hijo de Blas Cabrera, uno de los grandes científicos que tuvo la República. Por aquel entonces Nicolás Cabrera estaba exiliado todavía, vivía en Estados Unidos. Era director del Departamento de Física de la Universidad de Virginia. Fui con una beca Fulbright de un año, pero al final me quedé casi cinco años allí.

A. G. S. ¿Y qué especialidad de la física era la tuya?

J. S. Física teórica, aunque no me dedicaba exclusivamente a las partículas elementales y al mundo de lo pequeño. En mi caso me dediqué a estudiar el problema de los muchos cuerpos, que es algo que se suele asociar a lo macroscópico, pero que puede llegar a ser un problema también en la escala cuántica. Después fue cuando se abrieron las universidades autónomas de Madrid y Barcelona, que es algo, recordemos, que empezó en tiempos de Franco, y las universidades emprendieron una especie de sondeo para localizar a la gente que estaba fuera de España. A Nicolás le ofrecieron que dirigiera el Departamento de Física de la Universidad Autónoma de Madrid. Lo dudó mucho, lo hablamos mucho, yo le di mi opinión, y al final decidió venirse, y yo me volví a España con él. Tuve la suerte de dar con el profesor con el que soñaba trabajar, irme a buscarlo a Estados Unidos y acabar trayéndomelo [risas]. Tú también tuviste la beca Fulbright, ¿no?

A. G. S. Sí. Yo fui a Los Ángeles y estudié en el American Film Institute. Estuve tres años allí. ¿Has vuelto a Virginia después de aquello?

J. S. Sí. La Universidad de Virginia tiene un campus maravilloso, uno de los más bonitos que he conocido en mi vida. Está en Charlottesville, una ciudad que se ha hecho tristemente famosa durante la era Trump por los enfrentamientos que tuvieron lugar en ella. Charlottesville está en la línea divisoria de la guerra civil americana y eso es algo que resuena hasta el mismísimo día de hoy. Yo allí viví situaciones como no poder ir al cuarto de baño con un negro. Eso lo he vivido yo, lo he visto con mis propios ojos.

A. G. S. Yo estudié COU en Misisipi y la high school a la que fui llevaba integrada solo diez años. Es decir, que hasta el año 1973 no se integró el sistema de educación pública en Misisipi. Es algo que mucha gente pasa por alto o que ignora totalmente: que el apartheid siguió existiendo hasta un siglo después de la guerra civil americana. A veces tenemos tan presente eso de las dos Españas que olvidamos que en Estados Unidos existen dos Estados Unidos.

J. S. Lo estamos viendo todavía.

Javier Solana y Ángeles González-Sinde

A. G. S. Hay una canción de Sabina que dice: «Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver», pero yo no sé si estoy de acuerdo. Yo disfruto mucho cada vez que vuelvo a visitar Los Ángeles. A mí sí me gusta volver a los lugares en los que he sido feliz o volver a hacer aquello que me hace feliz. Cuando salí del Ministerio de Cultura, el guionista y director Joaquín Oristrell me dijo una frase que no olvidaré nunca: «Lo bonito de irse es volver». Se refería a la profesión, claro, al cine. Y tenía razón. Para mí retomar mi profesión en el cine también fue algo bonito, aunque fuese duro.

J. S. Ah, ¿sí?

A. G. S. Sí, pero no me refiero a la salida del gobierno en sí. Yo salí del gobierno porque se había acabado el mandato y habíamos perdido las elecciones. No fue un cese, que debe de ser una experiencia distinta, quizá más amarga. Después de que acabase nuestro mandato tuve que acometer una especie de travesía por el desierto, ya que la ley establece dos años de incompatibilidad para quienes hemos formado parte de un gobierno. Cuando volví a trabajar como guionista llevaba seis años fuera de la profesión: tres años de ministerio, dos de incompatibilidad y uno más que me tomó volver a encontrar trabajo. Lo hice a través de la tele, escribiendo diálogos en Amar es para siempre, una serie diaria, a un ritmo muy intenso, un guion a la semana. En todo caso, es difícil volver a llevar una vida normal y volver a reubicarse en tu entorno natural, sea el que sea, después de una experiencia en el gobierno. Cuando regresas ya no eres la misma persona. La experiencia de haber estado en política y de haber formado parte de un gobierno hace que tu concepto del mundo, la propia visión que se tiene de las cosas, de la sociedad y del país, sea más amplia, más profunda. Por una parte, te libras de grandes responsabilidades, y eso se vive con alivio, lógicamente, pero por otra sufres cierta impotencia. Tienes mucha experiencia y un conocimiento muy amplio de la materia, y nadie parece quererlo, al menos en mi caso.

J. S. ¿Y por qué no escribes sobre eso? ¡Tienes un punto de vista privilegiado!

A. G. S. Eso me lo dicen mucho [risas]. Y cada vez que me dicen «escribe algo sobre política», yo siempre pienso que los personajes interesantes en una historia sobre política no son quienes ocupan los grandes cargos, sino los secundarios. Me llenan de curiosidad las historias que podrían contar los escoltas, por ejemplo. O el fotógrafo de la Casa Real, que sería un personaje estupendo… Los suyos sí son puntos de vista fascinantes. Piensa en esa persona que se dedica a las labores de limpieza en el Museo del Prado y que ve todos los días Las meninas para ella sola. ¿No es ese el mejor personaje para una historia?

J. S. Cierto.

A. G. S. En el mundo del cine hay una figura que a mí siempre me ha llamado mucho la atención: el doble de luces. Un doble de luces es alguien que se dedica a posar en los decorados de un rodaje para que los técnicos de luces iluminen la escena. Mientras el actor descansa o se encuentra trabajando en otra parte, el doble de luces ocupa su lugar y no hace nada, sencillamente se queda quieto o recorre el decorado y recrea las posiciones que ocupará el actor durante la toma. Es un trabajo muy interesante. Ocupa un lugar que no es el suyo, y de él solo se espera que guarde silencio y no se mueva demasiado, y creo que eso ofrece una perspectiva privilegiada para observar, para escuchar y para aprender. A mí, en cierto modo, me gustaría haber sido la doble de luces de Javier Solana. Creo que habría aprendido mucho.

J. S. En el Prado hay un cuadro, El lavatorio de Tintoretto, en el que vemos a Jesús lavando los pies de un discípulo y los pies están exactamente en una esquina del cuadro, en la parte más alejada del centro de la imagen. No fue un descuido, el artista los puso ahí a propósito. A veces el verdadero protagonista de algo no debe estar en el centro, sino en los márgenes. 

A. G. S. Exacto. Sí es cierto que la experiencia directa del gobierno te hace conocer mejor al ser humano, aunque la razón es muy sencilla: tienes mucho contacto con personas muy diferentes, algo que es menos habitual en un trabajo ordinario. En ese sentido, la política es distinta: tu trabajo es exponerte al contacto con un espectro de personas muy amplio. No hay muchas otras profesiones en las que estés sometido constantemente al escrutinio o acaso a la falta de intimidad. No hablo de la intimidad personal, que también, sino a la mera intimidad profesional, a carecer de ella en reuniones y cosas así. También aprendes mucho sobre ti mismo, ya que te ves en situaciones en las que jamás pensarías que te ibas a encontrar. Aprendes a improvisar, aprendes a contenerte y a reflexionar mejor. En mi caso fue un aprendizaje lento, y cuando lo aprendí plenamente se había acabado la legislatura. Me habría venido bien otro mandato. Siempre dicen que el primero pasa muy rápido. Cuando dominas la materia, se acaba la legislatura.

En todo caso, a mí no me gusta transmitir una idea negativa de la política. Me parece que es algo dañino para la sociedad, para el país y para la confianza de los ciudadanos. La política necesita la participación ciudadana, necesita que tomen parte en ella sectores cada vez más amplios de la población. Si propagamos una visión negativa de la política, si transmitimos esta idea de que es corrupta e interesada, no estamos ayudando. La política atrae poco, y no debería ser así.

J. S. La política es una actividad apasionante. A mí me atrapó, desde luego.

A. G. S. Lo es, y, sin embargo, cada vez atrae menos a la gente valiosa. En parte porque parece que te lo juegas todo a una carta, como si carecieras de las posibilidades de maniobra y rectificación de otros ámbitos profesionales. Los políticos hoy son trapecistas en el aire y ¿quién quiere ese riesgo constante? Intuyo que tiene que ver con la propia velocidad a la que nos comunicamos hoy en día. Hace unas décadas, el ritmo era más pausado. Hoy, en cambio, se deja poco espacio a la clase política para la reflexión. En parte lo impedimos nosotros mismos, cuando reaccionamos visceralmente en las redes, en los medios ante las iniciativas políticas. Esa forma de crítica vociferante y acelerada frustra proyectos antes incluso de que nazcan.

J. S. A los políticos se les debe permitir rectificar, no cabe duda. Mira: una de las primeras decisiones que tomamos en el primer gobierno de Felipe González fue hacer gratuitas las visitas a los museos. En su momento movió muchos aplausos, fue algo que se vivió con cierto entusiasmo, pero poco después nos dimos cuenta de que una decisión como esa, por bonita que fuera, no era la mejor. Las visitas a los museos subieron, lógicamente, pero las cajas de los propios museos empezaron a vaciarse a un ritmo mayor del que habíamos imaginado. Habría sido un error por nuestra parte no actuar, no tener el coraje de decir: «Debemos rectificar porque no supimos anticipar todas las consecuencias».

Es algo que ocurre muchísimo en política. A fin de cuentas, estamos jugando con algo muy complejo: la propia sociedad. La sociedad no es algo de naturaleza lineal, reacciona de forma impredecible, y muchas veces es imposible anticipar cómo va a hacerlo. Es algo que debe tenerse en cuenta. Ocurre en la ciencia, si me permites llevar el ejemplo a mi terreno. En ciencia se puede repetir un experimento o afinarlo si no sale bien a la primera. Debemos dejar cierto espacio en la política para testar las medidas y rectificarlas, si es preciso hacerlo, y no correr a decir inmediatamente «acierto» o «error», porque eso son cosas que se ven solo después de un plazo de tiempo. 

Javier Solana y Ángeles González-Sinde

A. G. S. En el cine pasa igual, y ahora me llevo yo el ejemplo a mi terreno. En el cine americano de alto presupuesto hay algo llamado reshoots. Después de rodar una película, cuando están montándola en las salas de edición, si una escena no funciona, vuelven a organizar todo el tinglado que es un rodaje y la ruedan de nuevo. Hay una parte del presupuesto dedicada a repetir lo que salió mal o lo que falta. A veces me da envidia, porque esas segundas oportunidades no podemos permitírnoslas en la mayoría de producciones españolas ni europeas. Aquí lanzarse a producir comporta un riesgo mayor.

J. S. En política, lo imprescindible no es acertar a la primera, sino garantizar que encontramos la mejor manera de invertir los recursos públicos. Yo, después de todo lo que he vivido en política, pienso que proteger el valor del recurso público es algo absolutamente fundamental. Los bienes públicos globales es lo que tenemos que defender, particularmente en un momento como el que vivimos.

A. G. S. Aquella medida de la que hablas, no obstante, sí tuvo una parte positiva, al menos yo lo recuerdo así. Yo debía ser una adolescente por aquel entonces, y recuerdo la publicidad de la gratuidad de los museos y el efecto que tenía: te sentías invitado, sentías que el museo también era tuyo. Y gente que no se acercaba los museos lo empezó a hacer a raíz de aquello. Lo importante con los museos no es ir; es volver. Es un problema que el arte sigue teniendo hoy en día, particularmente el arte contemporáneo. Mucha gente piensa: «No es para mí, no entiendo de eso, cómo voy a ir yo a ese lugar». Ese periodo de gratuidad de los museos contribuyó a derribar prejuicios y a que todo el mundo se sintiera partícipe en una etapa tan particular en que parecía que estrenábamos todo, también la cultura. Siempre he pensado que aquella época, cuando tú mismo y Jorge Semprún pasasteis por el Ministerio de Cultura, tuvo que ser apasionante.

J. S. Yo me enteré en el Teatro de la Zarzuela de que Semprún iba a ser el siguiente ministro de Cultura. Durante el descanso en la representación, recibí una llamada del presidente del Gobierno en el despacho del director del teatro. Me dijo: «Llama a Jorge y sondéalo». Yo era ministro de Cultura y portavoz del Gobierno, pero entonces ya sabía que iba a salir del Ministerio y que me iba a ocupar de Educación. Así que llamé a Jorge y le dije: «Jorge, ¿tienes pasaporte español? Pues cógete un avión y vente, que Felipe González tiene interés en hablar contigo». Y vino y se quedó [risas]. Jorge era un tipo extraordinario.

A. G. S. Yo os conocí a la vez a Jorge y a ti, no sé si lo recuerdas.

J. S. Ah, ¿sí? Yo recuerdo varios encuentros contigo, pero creo que los estoy desordenando en mi cabeza [risas].

A. G. S. Fue en un acto celebrado en la Biblioteca Nacional al que acudisteis los dos, Jorge y tú. Me dije: tengo que ir. De hecho, aquel día era la inauguración de LIBER, que aquel año tocaba en Barcelona, y creo que se enfadaron un poco conmigo porque fui por la mañana, pero no me quedé al acto que tenía lugar por la tarde para poder ir corriendo a aquel evento en la Biblioteca Nacional. Piensa que, para mí, los ministros de Cultura por excelencia habían sido los que tomaron parte en los gobiernos de Felipe González: tú mismo, Jorge Semprún, Jordi Solé Tura y Carmen Alborch. De hecho, cuando llegué al cargo, yo no cambié prácticamente nada en el despacho, como los cuadros, que los había elegido Solé Tura; es que ni la tapicería de los sofás. Carmen Alborch se pasó por allí pocas semanas después de mi toma de posesión y me dijo: «Huy, estos sofás, esta tapicería, ¡pero si esto lo puse yo!». Imagínate si llevaban años allí.

J. S. Y después de aquello nos vimos varias veces más.

A. G. S. Cuando una es ministra, a veces tiene que recurrir a la sabiduría de sus predecesores en el cargo, cosa que yo hice contigo y también con Carmen Alborch, por ejemplo. Y una vez, no sé si lo recuerdas, nos encontramos incluso en el tren de cercanías volviendo a casa.

J. S. ¡Es verdad!

A. G. S. Fue una carambola increíble. Salgo de trabajar, voy a la estación, me monto en el tren, miro a la persona que está sentada enfrente y digo: «¡Pero si es Javier Solana!».

J. S. Recuerdo con mucho cariño el encuentro que tuvimos poco después de que yo regresase a España. Yo salí de la vida política nacional, pero después tuve una segunda vida política internacional. Me he pasado casi treinta años en puestos de responsabilidad tanto en España como fuera de España; prácticamente vivía montado en un avión. Y cuando todo eso acabó, volví a España y me entrevisté con el presidente del Gobierno, que era José Luis Rodríguez Zapatero. Me ofrecieron algún cargo, pero lo que dije fue: «Lo único que me interesaría ser es patrono del Museo del Prado». Y así ocurrió, siendo tú entonces la ministra de Cultura.

A. G. S. Es verdad.

J. S. Poco después iba a quedar vacante la presidencia del patronato y me preguntaste si me interesaría ocupar ese cargo. Aunque respondí que sí, aquello nunca llegó a ponerse en marcha, ya que el presidente del Gobierno convocó las elecciones poco después.

A. G. S. Así fue. Por higiene democrática, por prudencia, no hicimos nombramientos después de convocar elecciones, durante los últimos meses de la legislatura. Debe decirse que otros partidos no han respetado esta misma costumbre, pero a nosotros nos pareció que no era ni prudente ni elegante.

J. S. Recuerdo que un día me dijiste, con cierta incredulidad: «¿De verdad, Javier, que quieres ser presidente del patronato del Prado? ¿No querrías serlo mejor del Reina Sofía? Ahí es donde está todo lo que se mueve. El Prado es estático». Y yo, que también fui ministro de Cultura en su momento, te respondí: «Mira, he tratado tanto con artistas vivos que prefiero tratar con esta otra clase de artistas, los que ya no pueden pedirme cosas» [risas].

A. G. S. No quisiste ser presidente del patronato de este museo [el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, donde tiene lugar el encuentro] y, al final, mira, he acabado siéndolo yo.

J. S. ¡Y eso que este museo se inauguró estando yo en el Gobierno! Aunque este lugar en el que estamos ahora mismo no existía. Y tengo que decir que la transformación física del edificio no fue nada sencilla. El museo era, fundamentalmente, el hospital [el Hospital San Carlos, institución que albergaba originalmente el edificio que hoy ocupa el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, N. del E.]. Transformar un contenedor de camas en un contenedor de arte fue un proceso complejo y muy largo, aunque también muy interesante. Ahora es un museo más grande y mucho más rico en contenido que el que yo inauguré.

A. G. S. Las estructuras crecen si tienen una buena simiente. El museo estaba preparado para crecer y convertirse en lo que es ahora, y la transformación no se detiene. El director del museo está constantemente echando el ojo a nuevos edificios y nuevos espacios. Tened cuidado en el Prado, que el día menos pensado cruzamos la calle y nos quedamos con unas cuantas salas.

Javier Solana y Ángeles González-Sinde