Veintiún nombres para salvar unos Juegos Olímpicos que agonizaban

Simone Biles en los Juegos Olímpicos de Tokio Foto Cordon Press
Simone Biles en los Juegos Olímpicos de Tokio Foto: Cordon Press.

Sinceramente, yo no daba un duro. Bueno, un duro quizá sí, pero no mucho más. Los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, en pleno repunte de coronavirus en la capital japonesa y con deportistas venidos de las cuatro esquinas del mundo, pintaban mal, pero sobrevivieron. A duras penas, con unas audiencias televisivas más bien bajas, con ausencia de público en las gradas y demasiados grandes nombres pasando demasiados apuros, pero sobrevivieron de pie y nos entretuvieron durante dos semanas, que es de lo que se trata. 

Fueron unos Juegos especiales en muchos sentidos, de entrada, por la repentina importancia de la salud mental, foco inesperado de todos los debates, probablemente necesarios. Fueron, también, al menos en España, unos Juegos casi clandestinos, con el peor horario posible: una combinación entre el decalaje horario ya propio con Japón y los intereses de la NBC estadounidense. Los amantes de la natación tuvieron que madrugar durante diez días, la final de baloncesto se disputó a las cuatro de la mañana… 

En cualquier caso, y aunque no pasarán a la historia por su excelencia, tampoco se los recordará por lo contrario. Hubo narrativas, hubo héroes y hubo malvados, que es todo lo que le pedimos a un evento deportivo de este calibre. Repasemos (casi) todo lo sucedido haciendo un resumen de los protagonistas más destacados:

1. Para mí, el gran nombre de estos Juegos ha sido el de Ariarne Titmus. La australiana de veinte años, que ya había derrotado a Katie Ledecky en los pasados Mundiales, consiguió batir a la imbatible en los 200 y los 400 metros libres. Aunque son las dos distancias que peor se le dan a Ledecky, la hazaña es sensacional y pasó de puntillas por la prensa deportiva española. En general, la natación femenina australiana dio una auténtica exhibición en Tokio: a las victorias de Titmus —que hizo sufrir a Ledecky incluso en los 800— hay que sumarle los tres oros de Kayle McKeown, intratable en las pruebas de espalda.

2. Sin salir de la piscina, hay que mencionar a Caeleb Dressel, otra estrella que me parece que no recibió la atención que merecía. Aunque se dejó un par de medallas en los extraños relevos mixtos y los 4×200 libres, donde ni siquiera participó en la final, Dressel consiguió cinco medallas de oro, dominando por completo la velocidad tanto en crol como en mariposa. Para llegar a los números de Phelps necesitaría lanzarse a competir en estilos cuanto antes, algo que no está demasiado claro. En cualquier caso, a los veinticinco años, no parece probable que veamos una versión tan dominadora en París 2024.

3. Es curioso que la deportista de la que más se haya hablado en estos Juegos apenas haya participado en ellos. Se trata, cómo no, de Simone Biles, quien, aun así, se llevó a casa dos medallas en las únicas dos finales en las que participó. Lo de Biles se veía venir desde la clasificación. En un deporte dado a la exageración de las reacciones, a Biles se la veía tensa, ausente, incómoda. Alrededor de su decisión de no defender sus medallas de Río, se montó un debate algo pueril en los razonamientos. El éxito de Biles no era dar ejemplo. El éxito era puramente individual: demostrarse a sí misma que podía rendirse y no pasaba nada. En mi condición de obsesivo-compulsivo que lleva tomando ansiolíticos más de veinte años, solo puedo alegrarme por ella. No es nada fácil y desde luego no es algo que uno decida.

4. Los Juegos Olímpicos son muchos, pero sobre todo son dos: natación y atletismo. Por eso, en el calendario siempre se procura solaparlos lo menos posible (un fin de semana en este caso). La gran protagonista de esta edición sobre la pista ha sido sin duda la jamaicana Elaine Thompson, como ya lo fue en Río de Janeiro hace cinco años. No solo es que volviera a ganar los 100 y los 200 metros lisos sino que lo hizo con una suficiencia que solo le recordábamos a la fallecida Florence Griffith. Su marca de 21.53 queda como la segunda de la historia, por delante incluso de las de Marion Jones en su época de BALCO. Lejos quedan aún los 21.34 de Griffith en Seúl 88. Y lejos van a quedar al menos otros treinta y tres años, probablemente.

5. Sí hubo récord mundial en los 400 metros vallas. Un récord estratosférico en una carrera impensable. El noruego Karstem Warholm se convirtió en el primer humano en bajar de los 46 segundos. Correr 400 metros en 46 segundos es una barbaridad de por sí, pero hacerlo mientras vas saltando obstáculos es una marcianada. El segundo clasificado, Rai Benjamin, también batió la antigua marca mundial. A dos centésimas se quedó el tercero, el brasileño Alison Dos Santos. Por cierto, dicho récord también era de Warholm.

6. Como esto va por oleadas, Noruega también se bañó de oro con Jakob Ingebritsen, que se consolida como «el hermano bueno». Ingebritsen tiene veinte años, pero lleva ganando grandes competiciones desde los dieciocho, cuando fue campeón de Europa de 1.500 y 5.000. Esta vez no quiso doblar y se centró en la que más seguro se encuentra. No solo ganó el oro con contundencia, sino que lo hizo en una carrera rapidísima que le valió el récord olímpico, con 3.28.32. En unas pruebas dadas a la longevidad, el noruego tiene un futuro arrollador por delante a poco que no pague el pato de haber empezado tan joven. Tampoco se avistan grandes rivales en la distancia.

7. La juventud fue también el denominador común del equipo español de atletismo, que estuvo de sobresaliente. Aunque la única medalla se la llevara la gallega Ana Peleteiro en triple salto, el rendimiento de Eusebio Cáceres, Adel Mechaal, Mo Katir, Adrián Ben, Álvaro Martín, Asier Martínez, Ayam Lamdassem, Diego García Carrera, Marc Tur o María Pérez fue extraordinario. Hay ahí una generación que va a dar mucha guerra y, al fin y al cabo, eso es lo que pedimos: emoción, competitividad, esfuerzo. Con el tiempo, quedan en la memoria las actuaciones y no tanto los resultados.

8. Ya que estamos con España nos quedamos en España, y empezamos con algunos nombres de figuras que se encontraron con problemas de salud y no pudieron rendir a su nivel: Mireia Belmonte amagó con un cuarto puesto en los 400 estilos, pero se vino abajo en las pruebas de fondo, con un hombro maltrecho durante todo el ciclo olímpico. Lydia Valentín, tres veces medallista, tuvo que participar en una prueba por encima de su peso y con molestias en la cadera. Jon Rahm, gran favorito en la prueba de golf, no pudo ni viajar a Tokio por un test positivo en coronavirus al salir de Estados Unidos. Por último, la gran esperanza del atletismo español, el vallista Orlando Ortega, se lesionó en un entrenamiento previo a las clasificatorias. Así dice adiós una generación que —excepto Rahm— probablemente no llegue a París 2024.

9. Ahora bien, el relevo está ahí. A la medalla de turno de veteranos como Saúl Craviotto o Maialen Chourraut, hay que añadir verdaderas sorpresas deportivas y mediáticas. El primer día, la alcalaína Adriana Cerezo, de diecisiete años, se quedó a ocho segundos del oro en la modalidad de taekwondo. El penúltimo, fue el cacereño Alberto Ginés, de dieciocho años, el que sorprendió a todo un país ganando la prueba de escalada. Son dos chicos abiertos, simpáticos, representantes de su tiempo y que conectan con una generación que empieza a acercarse a los Juegos y al deporte, en ocasiones con cierto recelo, como si fuera cosa de otros.

10. No podemos dejar el atletismo sin mencionar a la holandesa Sifan Hassam. Busquen en YouTube su primera carrera en Tokio: las clasificatorias de los 1500 metros. Justo al pasar por meta para dar la última vuelta, Hassam tropieza y se cae. A tomar por saco los 1500, a tomar por saco el triplete con los 5000 y los 10 000, una hazaña histórica. En vez de lamentarse, la atleta nacida en Etiopía se levanta como puede, acelera, adelanta a trece rivales, gana su serie, gana los 5000, gana los 10 000… y queda tercera en la final de 1500. Una hazaña histórica.

11. Breve repaso a los deportes de equipo, empezando por el baloncesto. Kevin Durant se llevó el MVP y Estados Unidos ganó el oro tras un inicio espantoso a todos los niveles. Ahora bien, pocas actuaciones individuales como las de Luka Doncic en el primer partido del torneo (anotó 48 puntos, solo por debajo de los 55 de Oscar Schmidt Becerra en Seúl 88) y en las semifinales ante Francia (triple-doble con opción para Eslovenia de plantarse en una final olímpica en el último segundo). De ponerle una pega, más allá de la lesión en la muñeca izquierda que condicionó buena parte del último cuarto de dicha semifinal y el partido por el bronce entero, a Doncic habría que recordarle que con talento acaba no bastando a largo plazo. Que lo de las fiestas y los cubatas está bien y es lógico, pero que en algún momento tendrá que relajarse, comportarse como un profesional, centrarse en el juego y dejar de protestar todo el rato a los árbitros. En ese momento, será verdaderamente imparable.

12. El fútbol olímpico pasó sin pena ni gloria, con varios partidos aburridísimos, incluidas las dos semifinales y la final. De destacar algún nombre, habrá que elegir el de Dani Alves, no tanto por su rendimiento en Tokio sino por lo excelso de su palmarés a los treinta y ocho años. Alves suma este oro olímpico a las tres Champions, dos Europa League, seis ligas españolas, dos ligas francesas, una italiana, dos Copas América y un sinfín de trofeos de menor pedigrí. El equipo español se llevó la plata, pero supo a poco entre la afición. La misma afición que jaleaba quintos puestos en otras disciplinas. El fútbol es lo que tiene.

13. Las «hidroguerreras» —manda huevos— del waterpolo y los «hispanos» del balonmano —qué necesidad— consiguieron meritorias y muy jaleadas medallas. En el primer caso, las estadounidenses fueron muy superiores, un auténtico «dream team» del agua —yo también sé hacer el ridículo con mis apodos— y en el segundo, Dinamarca fue demasiado, como viene siendo habitual. La selección de Mikkel Hansen se quedaría a las puertas de repetir oro olímpico después de haber defendido este mismo año el centro mundial. A un paso de la Suecia de los años noventa, la Croacia de los 2000 o la Francia del largo período RichardsonKarabatic, que, con una nueva victoria, va ya para más de dos décadas.

14. Habría que hacer algo con los deportes que dependen de jueces, pero no sé muy bien el qué. Algo que facilitara la comprensión del espectador y que le diera pistas al menos de quién va ganando en cada momento. Las acusaciones de «robo» proliferaron tanto en la gimnasia rítmica —cómo protestaron las rusas— como en el boxeo, sobre todo en los dos combates de los españoles, en los que se acusó de tongo a dos jueces marroquíes que pasaban por ahí. También se insinuó que a Sandra Sánchez le iban a levantar el oro en karate porque competía con una japonesa, pero no fue así. El problema es que, para el común de los mortales, distinguir qué diferencia el oro de la plata o, incluso, del décimo puesto, es imposible.

15. Por cierto, que he dicho «las rusas» antes como si Rusia hubiera competido en estos Juegos Olímpicos cuando todos sabemos que no ha sido así. Debido al demostrado dopaje de Estado vinculado a los Juegos de Invierno de Sochi 2014, Rusia tiene prohibida su participación en cualquier competición olímpica. Sí puede participar el Comité Olímpico Ruso, que son los mismos menos el guardia Fermín. Cuando ganan algo, ponen el himno olímpico y ondean una bandera con cinco aros. Hasta veinte veces sucedió esto, para un total de setenta y una medallas, solo por detrás de China y Estados Unidos. 

16. El único que sacó este tema a relucir con total franqueza y provocando una evidente tensión fue el nadador estadounidense Ryan Murphy, derrotado en los 200 metros espalda por el ruso Evgeny Rylov. Un Murphy consternado salió a rueda de prensa a decir que el deporte no estaba limpio y recordar lo que habían hecho los rusos en el pasado. Cuando salió Rylov a continuación, la polémica estaba servida y los periodistas se cebaron, pero el campeón prefirió no meterse en más jardines y Murphy tampoco tenía pruebas para insistir más que las vagas referencias a «miembros de la Federación Internacional» que le habrían dicho cosas. ¿Qué cosas? Cosas feas, supongo.

17. La que lio Novak Djokovic. Madre mía. Fue decir que manejaba la presión como nadie y empezar a perder los papeles de forma estrepitosa. Es cierto que a Djokovic le esperaba mucha gente y que los niveles de odio hacia su persona sobrepasaron todo lo saludable… pero también es cierto que no puedes presumir de lo que careces y que el espectáculo fue deplorable: con 6-1, 3-2 y saque en semifinales contra Alexander Zverev, ganó uno de los diez siguientes juegos. En el partido por el bronce ante Pablo Carreño-Busta, tiró la raqueta dos veces con furia: una contra las gradas y otra contra la red ante la mirada atónita de un recogepelotas. Hablamos de un hombre que fue descalificado hace tan solo un año por darle un raquetazo a una juez de línea. Lo que me niego es a hacer debates morales de esto. Djokovic es un bocazas, pero siempre lo ha sido. Punto. No veo cómo le convierte eso en mejor o peor jugador.

18. La primera «gran prueba» de los Juegos fue, como viene siendo habitual, la carrera en ruta de ciclismo. Hay años mejores y años peores y este fue excelente. Un recorrido duro, unos corredores de primerísimo nivel, un excelente campeón en Richard Carapaz… y un espectáculo individual de esfuerzo y resistencia por parte del belga Wout van Aert. A van Aert le criticaban mucho en la televisión que tirara todo el rato cada vez que alguien se escapaba, pero no le quedaba otra. Al final, su táctica tuvo recompensa con una medalla de plata, probablemente lo máximo a lo que podía aspirar en un circuito así. Ojalá más gente como Wout van Aert en el ciclismo y en el deporte en general.

19. Por cierto, sensaciones agridulces para Países Bajos —lo que cuesta acostumbrarse— en esta disciplina. Annemiek van Vleuten no se enteró de que había una austríaca escapada y levantó los brazos como campeona al pasar la línea en segunda posición. Para quien no sepa mucho de ciclismo femenino, comentar tan solo que la selección holandesa llegó con cinco de las mejores corredoras del mundo y casi se va de vacío por no saber contar cuánta gente se escapa y cuánta gente se queda en el pelotón. Van Vleuten lo arregló ganando cómodamente la contrarreloj a los pocos días. Menos suerte tuvo el carismático Mathieu van der Poel, que se cayó a las primeras de cambio en la prueba de mountain bike porque no se había enterado de un cambio en el circuito. Al menos, eso sirvió para que el español David Valero consiguiera una medalla.

20. San Marino consiguió tres medallas olímpicas. No está mal para un país de treinta y cuatro mil habitantes que no había conseguido ni una sola medalla en toda su historia. De hecho, solo habían llevado a cinco participantes, así que el éxito es rotundo. Aún mayor fue el de Fiyi: hasta veintiséis de los treinta y dos representantes del país oceánico volvieron con medalla. El truco es que trece eran del equipo de rugby masculino y otros trece del equipo de rugby femenino.

21. Hablando de países que se han lucido en estos Juegos, es inevitable referirse a Italia. Vaya primavera-verano para el país transalpino: primero, Eurovisión; luego, la Eurocopa; Wimbledon se les escapó por un pelo y ahora cuarenta medallas en unos Juegos Olímpicos, incluida la de oro en los cien metros lisos, cortesía de Lamont Marcell Jacobs, nacido en la ciudad fronteriza de El Paso, pero criado a la orilla del lago Garda por su madre. Por si eso fuera poco, los italianos se llevaron también el relevo de velocidad, en parte gracias al desastre protagonizado una vez más por Estados Unidos, que fueron descalificados en las eliminatorias. Por mucho esfuerzo que uno ponga en odiar deportivamente a Italia, acaba siendo imposible. Si no nos va bien a nosotros, que les vaya bien a ellos. 

En fin, se acabó una fiesta algo sosa, pero fiesta al fin y al cabo y eso le deja siempre a uno un poso de melancolía, de oportunidad perdida, incluso. Nos vemos, en cualquier caso, en tres años, en París 2024, los Juegos que deberían consolidar el cambio generacional en más de una disciplina. Algo me dice, además,  que en términos puramente patrióticos nos vamos a llevar más de una alegría.