The Suicide Squad: así, sí

The Suicide Squad
The Suicide Squad. Imagen: Warner Bros.

Humor chorra, vísceras y personajes delirantes: esto es lo que ha hecho falta para que servidor volviese a disfrutar de una película de superhéroes desde hace, no sé, años. Contra todo pronóstico, la nueva encarnación cinematográfica del Escuadrón Suicida es un ejercicio de escapismo gamberro que podría decirse está en la línea de Deadpool o Guardianes de la Galaxia, solo que es bastante más cafre. The Suicide Squad se parece al resultado que imagino si una serie como The Boys hubiese sido retocada por el Sam Raimi de los años ochenta. Es decir, una comedia violenta y pueril, pero extrañamente entrañable. Y ya que menciono Guardianes de la Galaxia: si usted tiene hijos pequeños, no se le ocurra llevarlos a ver esta nueva The Suicide Squad ni aunque oiga por ahí es que una película cómica, porque los niveles de violencia insensata y gore gratuito son inesperadamente altos.

En otro momento quizá hubiese apreciado menos una película que, en sí misma, no es memorable. The Suicide Squad es divertida, es descarada y es simpática, pero no va a pasar a los anales del séptimo arte (aunque supera con mucho, pero con mucho, a la Suicide Squad de 2016). Sin embargo, en pleno 2021, después de que la blandísima Black Widow haya mostrado señales de agotamiento de la fórmula, y teniendo (yo al menos) la leve sensación de que el reinado de los superhéroes ya huele a naftalina, The Suicide Squad es un pequeño regalo para quienes deseamos que el género se tome menos en serio a sí mismo. Esta película es básicamente una burla del propio género de los superhéroes, aunque la burla no va todo lo lejos que podría haber ido, quizá porque se pensó que eso hubiese sido demasiado arriesgado. Al parecer, el guion se ha servido de personajes extraños que aparecieron en oscuros cómics de hace décadas; exceptuando a Harley Quinn, que ya es bastante famosa, la conjunción de «superhéroes» parece salida de una oferta descuento. Tenemos desde un tipo cuyo poder consiste en tirar confeti de colores hasta un villano con bombillas en la cabeza, pasando por un tiburón con déficits intelectuales al que pone voz Sylvester Stallone, o una comadreja psicótica cuyo curriculum vitae como «superhéroe» consiste en haber asesinado a veintisiete niños (sí, ha leído usted bien).

La película es un festival de ocurrencias deliciosamente estúpidas; baste decir que transcurre en una ficticia república bananera llamada ¡Corto Maltese! Y, como ven, hay algunas barbaridades que han sido incluidas con mucha habilidad y que, sorprendentemente, no han roto el espíritu desenfadado del film. De hecho, los únicos momentos en que la película decae son aquellos en que intenta ajustarse a la fórmula convencional de los superhéroes actuales —incluyendo unas pequeñas dosis de drama—, porque realmente son la comedia y la violencia deliberadamente descerebrada las que le confieren su encanto al film. Por fortuna, los momentos de pretender parecer una película normal son los menos. Para que se hagan una idea, The Suicide Squad termina con la típica lucha contra el «monstruo final» que solemos ver en Marvel y DC, pero aquí ese monstruo es una gigantesca estrella de mar tamaño Godzilla, capaz de controlar a la gente mediante pequeñas estrellitas de mar que, como las crías del xenomorfo de Alien, se aferran a los rostros humanos. Vamos, que el desenlace de The Suicide Squad, lejos de parecerse a los clímax típicos de DC o Marvel, parece más propio de alguna delirante película de ciencia ficción de los años cincuenta. Y eso se agradece mucho, ¡menos Thanos y más estrellas de mar!

Esta clase de película que apuesta por un aire gamberro podría haber funcionado mucho peor de no ser porque el director James Gunn ha sabido mantener a los actores en el registro adecuado, sin histrionismos (excepto, claro, los imprescindibles de Margot Robbie cuando encarna a la locatis de Harley Quinn). Un ejemplo: Idris Elba, que en los blockbusters suele dar la impresión de estar en el plató para cobrar el cheque y poco más, aparece particularmente entregado en The Suicide Squad, y hasta tiene momentos de una vis cómica que no recuerdo haberle visto antes. Es curioso ver cómo el Idris Elba de The Suicide Squad, pese a estar en una película de claro espíritu vodevilesco, resulta mucho más convincente que el Elba de Prometheus, La torre oscura o Thor. En cuanto a Margot Robbie, está espléndida, como de costumbre en ella. Es una pena que vaya a dejar atrás el personaje de Harley Quinn —no sé quién demonios la puede sustituir—, pero ya sabemos que esta mujer seguirá regalándonos interpretaciones extraordinarias en otro tipo de películas. Y hablemos de Viola Davis: esta película no tiene suficiente Viola Davis. Nada me haría más feliz que una serie en la que, durante toda una temporada, Viola Davis encarnase al personaje de Amanda Waller tal y como la encarna en este largometraje, donde parece más hastiada del mundo que nunca. Davis no solo tiene un carisma apabullante, sino que apenas necesita mover un músculo para merendarse cada una de sus escasas secuencias. En la anterior película del escuadrón suicida, Viola Davis y Margot Robbie también eran lo mejor; la diferencia es en aquella película ellas eran prácticamente lo único bueno.

The Suicide Squad es la película de DC Films que más me ha divertido en muchísimo tiempo: quizá es que soy un poco cretino, pero si usted es también un poco cretino/a, se lo pasará muy bien con esta cinta. No voy a decir que es el humor más inteligente que he visto en mi vida, pero es un humor efectivo porque no pretende vender una imagen de falsa sofisticación, y, de manera bastante refrescante, tampoco aspira a llegar a toda la familia (insisto: mantengan a los niños alejados de esto). Por descontado, The Suicide Squad horrorizará a quienes esperen ver la enésima historia épica del bien contra el mal; aunque la estrella de mar gigante es bastante épica, recuerda más al monstruoso hombre de marshmallow de Cazafantasmas que a Thanos. Supongo que también horrorizará a quienes firmaron peticiones ante la ONU para que se estrenase el Snyder Cut de La Liga de la Justicia, porque alguien que defienda entusiásticamente el concepto de los superhéroes como ficción adulta podría soliviantarse ante una película que es básicamente una sentida oda a la inmadurez intrínseca del propio concepto de superhéroe. Para mí, sin embargo, y aunque The Suicide Squad no es perfecta ni mucho menos (de hecho, tiene partes mejorables), está en la senda de lo que considero mi ideal de película de superhéroes: una combinación de acción, comedia, y cero pretensiones. Y, qué demonios, sale Harley Quinn matando gente con una coreografía digna del Bolshói… ¡eso debería ser estímulo suficiente!