El lamento del cornudo

Celebración de la Orden de los Cornudos ante el trono de su majestad, la Infidelidad (1815). DP.
Celebración de la Orden de los Cornudos ante el trono de su majestad, la Infidelidad (1815). DP.

Me llamo Igor Charikin y puedo apostar cualquier cantidad de dinero a que ninguno de ustedes habrá tenido hasta hoy noticias de mí. Soy un discreto y casi anónimo funcionario de nivel medio ―medio alto, si desean precisión― del gobierno de mi país; tenía un futuro prometedor en Moscú, pero hube de renunciar a él, o al menos posponerlo sin fecha fija, al solicitar mi traslado a Kazán, la capital del álgido Tatarstán, una ciudad histórica y esteparia donde el Volga tuerce al sur. Lo hice por motivos conyugales, pero esto tampoco les dirá nada. Ya se lo he dicho: soy un hombre mediocre, sin fama.

No así mi mujer, convertida en una celebridad mundial, aunque bajo nombre falso, por boca y pluma de un conocido escritor alemán, un hombre que a sus cualidades literarias, que son indiscutibles, no suma la discreción ni la prudencia ni la piedad ni el recato ante la vergüenza ajena; un hombre que no duda en utilizar el dolor de los otros para trabajarse la gloria y la fortuna.

El escritor en cuestión es don Thomas Mann y mi mujer es la que, inopinada y desgraciadamente para mí, acabó convertida en un personaje central de La montaña mágica, extraordinaria novela mal que me pese. El señor Mann le cambió el apellido y de Claudia Charikina pasó a ser Madame Chauchat. Si el señor Mann no fuera homosexual, habría pensado que se enamoró de ella y que decidió vejarla al verse rechazado. ¿Chauchat? ¿¡CHAUCHAT!? ¿Cree el señor Mann que en Rusia no hablamos francés? Chaud chat? ¿Gato caliente? O aún peor, en femenino, chaude chatte, ¡panojita caliente! ¿Cómo se ha atrevido, señor Mann?

Ya solo con estas aviesas deformaciones demuestra Mann ora su rencor hacia mi mujer ora su desdén por los rusos, por las mujeres y por todo lo que se interponga en su camino hacia el Parnaso. Habría esperado más probidad de alguien que siempre se ha esforzado por proyectar una imagen de burgués razonable, atildado y comedido.

Mi pobre Claudia, así retratada y maltratada, expuesta al escarnio (sí, también al deseo y la admiración, no se me oculta) del mundo. Si mi mujer era ―y lo era― una zorra desorejada, un sublime ejemplo de lo que los relamidos franceses llamarían débauche eslava, lo era reservadamente, en privado o, a lo sumo, en círculos pequeños. Es verdad que su conducta (que fue estudiada por dos prestigiosos psicólogos a los que la llevé y que entre otros episodios innombrables incluye su participación en un espectáculo de cabaret con un burro) no es de las que pueden mantenerse ocultas por mucho tiempo, y de hecho fue lo que me obligó a salir de Moscú e irme, con Claudia a mi lado, naturalmente, al lejano Tatarstán, huyendo de escándalos. (El señor Mann también disfrazó mi destino, para sentirse moralmente menos abyecto, supongo, y dijo en su novela que vivíamos en Daguestán, a orillas del gran Caspio. Para los europeos occidentales lo mismo da un tan que otro, sospecho).

No sé cómo pudo el señor Mann saber tanto de ella, porque admito que la retrata con un acierto casi sobrenatural: sus ojos rasgados (como cortes en la masa del pan, según unos; como puñaladas en un tomate, según otros), su nuca, sus brazos, sus ademanes y su nonchalance natural. Siempre, siempre dejaba batirse las puertas con estrépito, como bien se cuenta en la novela; nunca, nunca (en la vida real, acoto) corrigió ese desagradable hábito a pesar de mis cien admoniciones, reconvenciones y amenazas. Todo inútil. ¡Ah, con mi Claudia todo era inútil!

Pero eso, a fin de cuentas, son rasgos externos, fácilmente observables por un ojo entrenado, como se supone que es el de todo escritor competente. ¿Qué es, a fin de cuentas, un escritor competente sino un voyeur con criterio, un mirón incansable, un peeping-tom masturbador? Es eso y nada más. C’est tout.

Lo remarcable es el fino retrato psicológico que supo hacer de mi mujer. Sí, déjenme subrayarlo, MI mujer.

Mis averiguaciones, a las que por otro lado no dediqué demasiado tiempo, indican que Thomas Mann y Claudia coincidieron algunos días en el sanatorio suizo de marras, de cumbres borrascosas. Me imagino que llegó a hablar con ella y supo bucear en su alma y en su agitada cabecita eslava. Después decidió escribir su gran obra y allí, arteramente, le contó al mundo entero su adulterio con ese tal Castorp, quien en verdad no era nada más que un… ¿cómo dicen ustedes?… ah sí, un mindundi, un don Nadie de Hamburgo.

¿Que no queda del todo claro si al final hubo adulterio consumado, verdadero comercio carnal? Pero en qué mundo viven quienes así cloquean. Claro que lo hubo. También lo hubo, y de la especie más repugnante, con ese asqueroso viejo holandés, el tal Peeperkorn. La sola idea de mi mujer desnuda metida bajo las mantas con semejante puerco vocinglero me revuelve las tripas. Pues bien, tampoco quiso Herr Mann recatarse de contarlo. ¡Canalla!

He pensado mucho sobre nuestro triste destino. Me refiero al destino de los cornudos de mujeres que alcanzan la celebridad literaria. Somos fantasmas, vaporosos comparsas invisibles, solo mencionados para que exista un contrapunto, una referencia que suscite enseguida la imagen del escarnio y del ridículo. No estoy solo en esta cofradía del oprobio. Cerca, muy cerca (pero no he de entrar en este asunto) tengo el caso de Alekséi Karenin. Sí, Karenin: el marido de Anna, burlado contumazmente hasta la crueldad. ¿Y por qué? Por ser aburrido y tener las orejas de soplillo. El conde Tolstói lo deja bien claro, al regodearse en cómo su mujer, tras haber conocido en un tren a quien será su amante ilícito, ve al apearse, no la figura conyugal de Alekséi, no al padre de sus hijos, no al proveedor de su sustento… sino sus orejas de soplillo. Fue necesaria la aparición demoniaca del apetito sexual por otro hombre para que ella, en súbita y desesperada busca de pretextos para la infamia que ya tramaba, fuera a fijarse en ese rasgo físico, que ―aunque algo ridículo, lo sé― no pasa de ser una nadería. En un tren empezó Anna su traición y bajo las ruedas de un tren terminó con su vida de adúltera, eternamente insatisfecha, mientras su marido había de soportar la pesada testuz hasta la muerte.

Pero no todos los cornudos literarios han tenido que sufrir el mismo desdén, el mismo trato desconsiderado y hasta cruel que fue mi sino. Charles Bovary, otro doliente, fue mejor tratado por el señor Flaubert y lejos de exhibirlo como un ser anónimo, invisible y ridículo, se ocupa algo de él, incluso con consideración y afecto o, al menos, con amagos de comprensión. Al final de la novela hasta tuvo sus pocas páginas de gloria y al lector le es dado explorar su alma o su psique:

…de pronto volvió a entrar Charles. Necesitaba estar subiendo continuamente la escalera. Se sentía empujado por una especie de hechizo.

Se colocaba frente a Emma para verla mejor, y se hundía en aquella contemplación que, a fuerza de ser profunda, casi había dejado de ser dolorosa.

Sin embargo Madame Bovary ha inoculado en mí una oscura sospecha: que la presencia de los cornudos en una novela donde las protagonistas son ellas y sus amantes pueda causar un empobrecimiento de la literatura. Madame Bovary es una novela grandiosa hasta que muere Emma. Las páginas que siguen hasta el final, por fortuna pocas, resultan grotescas y decepcionantes porque el señor Flaubert, inexplicablemente, pierde el control de la historia. Tal vez los cornudos debamos resignarnos al anonimato, a rumiar nuestro rencor en la oscuridad de algún salón con las persianas bajadas. Por el bien de la literatura.

En otra soberbia novela, La Regenta, el señor Alas, de seudónimo regocijante y sonoro, evitó la trampa de confraternizar con el cornudo de su historia, el vituperado Víctor Quintanar, un risible burlado incapaz de hacer nada contra su burlador, a pesar de haber tenido la ocasión de escopetearlo mientras saltaba el muro de su jardín en una escena clásica del cornerío.

Me temo, ¡ay!, que comparto una característica personal con esos tres grandes cornudos: Karenin, Charles Bovary y Víctor Quintanar: la sosería. Y es que las mujeres no perdonan que se las aburra.

Sin embargo, y aunque conozco bien la naturaleza pasional y desenfrenada de mi mujer, mi Claudia, y sé ―¡porque he sufrido el dolor infernal de verlo con mis propios ojos!― hasta qué grado de envilecimiento y lujuria animal es capaz de dejarse arrastrar, no puedo odiarla. Me pasa como a ese otro grandísimo cornudo y compatriota mío, Alexánder Herzen (no se dejen  engañar por el apellido: era ruso hasta el colodrillo). Cuando llegué al cuarto volumen de El pasado y las ideas, sus memorias, se me heló el corazón. ¡Que estremecedora profundidad en su descripción de lo que le pasa por la cabeza, el corazón y el estómago al descubrir el adulterio de su mujer! Lean sin demora ese volumen, si quieren entenderme. 

Esas páginas son el largo mugido literario de un buey dolientísimo, en las que se retuerce de rabia y dolor ante los incomprensibles (pobre iluso) cuernos que su amadísima Natalia le puso con un poetastro alemán al que hospedaban en su casa. Pero como tantos de nosotros, se contorsiona psicológica y moralmente para dejarla a salvo (engañada, seducida con vileza, «ella-no-quería» ―¡iluso, iluso mil veces―) y descargar su rabia contra el ofensor, al que despedaza con talento, página tras página, cuchillada tras cuchillada. Vean a lo que me refiero, y esto es solo el comienzo:

Él no tenía ese carácter sencillo y abierto, ese total «abandon» […] que en los rusos acompaña casi invariablemente al talento. Era reservado y furtivo,  asustadizo ante la gente, y gustaba de divertirse a escondidas; tenía una especie de afeminamiento, de ausencia de masculinidad, un penoso apego a las fruslerías, a los pequeños lujos, y un desaforado y rücksichlos egoísmo, hasta un punto que rozaba la ingenuidad y el  cinismo

Quien quiera saber cómo me he sentido yo durante muchos años de mi vida, y más aún tras la publicación de la obra del señor Mann, que lea esos pasajes de Herzen, gran cornudo entre los cornudos. Los cuernos de un ruso tienen una consistencia especial, un je ne sais quoi que resulta terrible hasta para el más frío observador. La escena de la conversación en la que ella le confiesa su relación con Herwegh y que él prolonga con su interrogatorio, en una masoquista busca de detalles hirientes es un prodigio literario:

Ella estaba destrozada. Siguió un silencio. Pasó media hora y entonces quise beber mi cáliz de amarguras hasta las heces y empecé a hacerle peguntas. Ella las respondió. Me sentí desgarrado y los celos, los deseos de venganza y el amour-propre herido me emborracharon…

Voy a detener aquí la reproducción de ese increíble texto. El dolor me lo impone. Un dolor que en realidad me acompaña siempre, pero que la aparición de la novela lo multiplicó. La admirable piedad, el amor casi filial que Herr Mann muestra por el mindundi Castorp al final de la novela, haciendo que el narrador se despida de él en unos párrafos literariamente emotivos y maravillosos, no se extendió a mi bella Claudia, que tras haber brillado en gran cantidad de páginas, desaparece como si no hubiera existido, dejando al lector con la imagen de su belleza y de su adulterio, de su infidelidad y su desprecio hacia mí, su anónimo, despreciado, vulgar, amantísimo y pobre marido.