¿Dónde está el amor?

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La asunción de la Virgen, de Tiziano. amor

En respuesta al artículo de Carlo Frabetti 

Creer en la asunción de la Virgen (la idea de que María, la madre de Jesucristo, está en el cielo en cuerpo y alma a pesar de haber fallecido hace casi dos mil años) no es lo más difícil para la mente un católico.

Casi todos los días vemos en los medios de comunicación y en el móvil imágenes de niños que sufren. Atrapados en conflictos armados o a causa de enfermedades graves, criaturas de corta edad son víctimas de mutilaciones, intensos dolores y angustias insoportables. Sufrimientos tan inaceptables que cualquier adulto en su lugar desearía que derivasen en la muerte inmediata para dejar de padecer semejante martirio. Ante injusticias de tal tamaño ¿Cómo aceptar que existe un Dios (todopoderoso y esencialmente bueno) que contempla y permite, sin mover un solo dedo, dicho sufrimiento?

Trescientos años antes del nacimiento de Cristo, Epicuro, uno de los principales filósofos griegos, se planteó una paradoja: «¿Qué hace Dios frente al mal? Si Dios quiere eliminar el mal y no puede, entonces no es Dios porque es impotente. Si Dios puede eliminar el mal y no quiere, entonces es malvado, con lo que tampoco es Dios».

Esta paradoja se sigue utilizando en la actualidad para demostrar la no existencia de Dios. Los intelectuales ateos saben que este es uno de los puntos flacos del entramado de la fe católica. Cuando además se trata del padecimiento de inocentes, los argumentos de la religión son pocos y débiles. Los teólogos de la Iglesia católica suelen esgrimir como defensa la teoría del libre albedrío (potestad del ser humano para actuar sin limitaciones o intervenciones de la divinidad), pero dicha creencia se queda corta como pretexto ante la gravedad del sufrimiento del inocente.

Siendo estas dos (además de la resurrección de Cristo) las inconsistencias más llamativas del catolicismo, no son las únicas. La fe cristiana está poblada de incoherencias y de dogmas imposibles de entender. Quien pertrechado solo con la razón se adentre en las Sagradas Escrituras encontrará sus textos plagados de enseñanzas que desafían la lógica humana. Como cuando san Pablo dice: «Por eso me complazco en la debilidad; en los insultos, privaciones, persecuciones y en las angustias que sufro por amor a Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte». (2 Corintios 12:10).

Algunos ejemplos más: en la parábola del hijo pródigo (Lucas 15: 11-32) podemos entender que el padre perdone al hijo golfo que vuelve a casa arrepentido, eso es fácil. Pero sin embargo nos escandaliza la injusticia que comete con el otro hijo, el que ha trabajado a su lado sin pedir nada, cuando, sin avisarle y para celebrar la fiesta de bienvenida de su hermano el bala perdida, sacrifica el cordero cebado que el hijo bueno tenía reservado para comerlo con sus amigos. En la historia de Marta y María de Betania (Lucas 10:38-42), nos parece injusta la bronca que la primera de las hermanas recibe de Jesús. Marta pide al Señor (invitado a comer en casa de las dos) que riña a su hermana porque, en lugar de ayudarle con la casa y los preparativos de la comida, se ha echado indolente a los pies del invitado para escucharle. Jesús le dice: «Marta, Marta, estas agobiada por todas las cosas que tienes en la cabeza. Tu hermana María ha elegido la mejor parte y nadie se la quitará». Esta lectura se suele utilizar como defensa del valor de la oración y sobre ese asunto pocas anécdotas tan valiosas como la siguiente: cuando la madre Teresa fundó en 1950 la congregación de las Misioneras de la Caridad en Calcuta (India), tuvo que pedir visado de residencia para un grupo de religiosas extranjeras. Las autoridades hindúes preguntaron por la actividad a que se iban a dedicar esas monjas. La madre Teresa explicó que la mitad venían a cuidar de los pobres y de los leprosos y que la otra mitad venían a rezar. El funcionario hindú le respondió que le daba visado para las que se dedicarían a las labores sanitarias y sociales, pero que no se lo concedía para las que solo venían a orar. La respuesta de la superiora de la orden fue tajante: «Si no me da el visado para las que rezan, ahórrese el permiso de residencia para las otras. Sin la energía y la fuerza que la oración nos proporciona nuestra misión de cuidado de los débiles es imposible». La lógica matemática de una mente humana concluye lo siguiente: si veinte monjas curan enfermos y otras veinte rezan, ¿no sería mejor que las cuarenta se dedicaran a sanar leprosos? Si la situación sanitaria en Calcuta era tan deplorable en 1950, si los infectados se morían a miles en las calles, no parece muy inteligente perder el tiempo rezando.

Todas estas cuestiones, vistas desde el inicio de la tercera década del siglo XXI, no tienen lógica. Son tantos los problemas prácticos que hoy tenemos que resolver, que la fe se vuelve, a la luz mayoría de las mentes humanas, una superstición propia de personas incultas cuando no una absoluta pérdida de tiempo.

¿Sirve para algo la fe?

Fe y razón cada una por su lado

Con la separación de los cristianos que provocó la reforma protestante del siglo XVI en Europa se inició un proceso de secularización (pérdida progresiva de la influencia de la Iglesia y lo religioso sobre la vida civil). Los avances de la ciencia y el progreso ayudaron a que el ser humano se sintiera más autónomo y menos necesitado del visto bueno de la autoridad religiosa. Fruto de esta secularización fue la progresiva separación entre fe y razón. En 1844, Karl Marx acusó a la religión de ser el «opio del pueblo» y añadió que era necesario «abolir la religión entendida como felicidad ilusoria para que el pueblo pudiera alcanzar su felicidad real». Dos décadas después, un Nietzsche muy joven —con solo veintidós años— le dijo a su hermana Elisabeth: «Arriesga, emprende nuevos caminos. Hazlo con la inseguridad de quien procede autónomamente». Y añadió: «Aquí se dividen los caminos del hombre; si quieres alcanzar paz en el alma y felicidad, cree; pero si quieres ser discípula de la verdad, indaga». De este modo el cristianismo quedaba reducido a una creencia que apaciguaba al ser humano, pero le quitaba la libertad, el deseo de conocer y la capacidad de progresar. 

La situación de la religión ha empeorado en los últimos sesenta años. Empeñada en prohibir y en hablar del pecado, del demonio y del infierno, la Iglesia católica ha perdido la batalla de la libertad ante la opinión pública. Si hiciéramos una encuesta, la mayor parte de los entrevistados opinarían que la religión oprime y la razón libera.  

¿Para qué la fe?

Han transcurrido cinco siglos y el progreso y la ciencia han conseguido que la vida del ser humano sea mucho más cómoda y segura. Los avances tecnológicos y la investigación médica y farmacéutica han alargado considerablemente el número de años que vivimos. Podemos felicitarnos por cómo nuestra existencia ha mejorado en todos los aspectos. ¿En todos? ¿Y nuestro equilibrio emocional? Nunca como ahora se han consumido tantos ansiolíticos. En los países desarrollados el tanto por ciento de personas con estrés o ansiedad es el más alto de la historia. ¿Qué ocurre? Supuestamente el triunfo de la razón nos iba a traer la felicidad y el bienestar tanto material como psicológico. La realidad es que el ser humano se siente incompleto, herido, insatisfecho. Necesitamos una respuesta. Los filósofos griegos anteriores a Cristo y las religiones orientales «solucionaron» el problema reduciendo o atenuando el deseo. Pero esa solución no es más que un parche, el malestar continúa saliendo por entre las costuras. En el siglo XXI ya nos ha dado tiempo para comprobar que la ciencia y el progreso son insuficientes para completarnos y para curar nuestra herida. Hoy sabemos que la tecnología y las redes sociales contribuyen a fomentar el narcisismo y, en lugar de conectarnos con el otro, nos aíslan y nos hacen más egocéntricos. Como veremos más adelante, de ese mirarnos el ombligo en exceso vienen la mayoría de nuestros males.

¿Y si hubiéramos hecho a la fe y a la razón caminar de la mano? En el siglo XVII, el científico Blaise Pascal ya había dicho algo que hoy cobra mucha fuerza: «La función suprema de la razón es mostrarle al ser humano que algunas cosas están más allá de la razón». Pero entonces no se hizo mucho caso a Pascal.

Hay soluciones más allá de la razón. La fe puede ser fuente de liberación. Sí, pero no se alarmen, no hay que iniciarse en ningún mundo esotérico ni adentrarse en una cuarta dimensión; la respuesta está mucho más cerca, la tenemos delante de nuestras narices.

La oscuridad como fuente de luz

Igual que no se puede decir que «estoy un poco embarazada», tampoco es correcta la expresión «tengo poca fe». Se tiene fe o no se tiene fe. Y es así porque la duda es inseparable de la fe. Lo que se llamó en su día «fe del carbonero» para designar una fe de primera categoría en la que no hay lugar para la vacilación, no es real. Debido a que los que creemos somos humanos, no hay fe absoluta e inquebrantable. 

La madre Teresa de Calcuta, canonizada como santa por el papa Francisco en 2016, vivió una experiencia personal traumática y transformadora. Recién cumplidos los cincuenta y cuando llevaba de religiosa más de treinta años, perdió la fe en Dios. Esta situación se prolongó durante varios años. Una crisis tan profunda le sobrevino en plena expansión de su misión con los pobres en la India. En 1961, diez años después de iniciar su trabajo en la India, la madre Teresa invitó al padre Neuner a dirigir un retiro espiritual con las Misionera de la Caridad (congregación fundada por ella) en Calcuta. La superiora, que estaba pasando por un grave momento personal, se sinceró en privado con el sacerdote austriaco. Este le pidió que pusiera por escrito sus sentimientos y cavilaciones. Así lo hizo. Cuando Teresa le entregó los folios manuscritos le pidió que le prometiera que los quemaría nada más leerlos. La profundidad y sinceridad de lo revelado por la monja impresionó al cura y lo llevó a incumplir su promesa de destruir las cuartillas. Así se expresó entonces la madre Teresa:

Las tinieblas son tan profundas que realmente no veo —ni con mi mente ni con mi razón—. El lugar de Dios en mi alma está vacío. No hay Dios en mí. Cuando el dolor de esta ansia es tan grande, yo simplemente deseo y deseo a Dios. Entonces es cuando siento que Él no me quiere, que no está allí. El cielo y las almas son solo palabras que no significan nada para mí. 

Una acusación habitual contra los cristianos es que obran con bondad solo para obtener el premio, para alcanzar la vida eterna. En este caso que nos ocupa está fuera de duda que la madre Teresa de Calcuta siguió levantándose a las cuatro de la mañana para cuidar de los leprosos no por ganar el cielo (había perdido la fe), sino por amor a esos enfermos. Esa incapacidad de creer en Dios durante años hizo sufrir enormemente a la religiosa. Durante todo ese tiempo, mantuvo correspondencia con el sacerdote. Al final, después de muchas dudas y de pasar por largas temporadas de «oscuridad», la hermana Teresa entendió que su falta de fe y el sufrimiento que le generaba eran los medios que Dios ponía en su camino para identificarse con el dolor que sentían los pobres y enfermos con los que trabajaba; dolor que era el resultado de sentirse despreciados, rechazados y, sobre todo, abandonados por Dios.

La madre Teresa encontró a Dios en los débiles, en los necesitados. Fue en el amor donde la religiosa encontró su fe.

¿Dónde está el amor?

La única definición de la divinidad que se contiene en el Evangelio es la que dice «Dios es amor». En 2003, Black Eyed Peas, la banda estadounidense de hip hop, publicó la canción «Where Is The Love?». El tema llegó al número uno en varios países del mundo y vendió más de diez millones de copias. La letra de la canción describe la sociedad en que vivimos los que habitamos en las grandes ciudades de todo el mundo; una sociedad caótica donde la violencia, la droga, el racismo y la marginación son el día a día. Black Eyed Peas denunciaban que solo queramos ganar dinero, que no cumplamos lo que predicamos, que el egoísmo nos ha marcado la dirección equivocada y se preguntan de forma reiterada dónde está el amor.

El problema real no es desterrar a Dios de la mente del ser humano, lo grave es expulsar a Dios de nuestro corazón. Y eso ocurre cuando el prestigio, el dinero, el sexo u otros ídolos sustituyen a Dios/amor como objetivo principal de la vida de la persona. 

Como dice Maslow, una de las necesidades principales del ser humano es la de filiación. A diferencia de la mayoría de los animales, nacemos indefensos y es a través de nuestros congéneres como aprendemos la palabra y ponemos en marcha la inteligencia. Primero gracias al contacto con la madre, y luego por la interrelación con otras personas, crecemos en sensibilidad y desarrollamos nuestras emociones. El amor al otro, al prójimo, es la esencia de la naturaleza humana. Pero dentro de la mente del ser humano el EGO (el enemigo a batir) conspira para que nuestra mejor versión (la que ama al prójimo como prioridad) no llegue a realizarse. Y para ello intriga en favor de que nuestros propios proyectos e intereses se pongan por delante de los objetivos de los demás. Ahí comienza el egoísmo y la expulsión de Dios/amor de nuestros corazones.

La humildad como lupa para ver la realidad

Una leyenda medieval cuyo protagonismo se atribuyó a san Agustín de Hipona cuenta que iba el santo paseando por una playa mientras meditaba sobre la naturaleza de Dios. Procuraba encontrar un sentido al misterio de la Santísima Trinidad (Dios como uno y trino a la vez: Padre, Hijo y Espíritu Santo). En medio de sus preocupaciones, se fijó en que un niño corría hacia el mar y con sus manos llenas volvía a la arena donde echaba el agua en un pequeño agujero. El niño repitió la operación varias veces. El pensador le preguntó qué estaba haciendo y el crío respondió que estaba sacando toda el agua del mar para meterla en aquel hoyo. El santo, entre risas, le dijo que eso era absurdo, una pérdida de tiempo. El niño dejó su tarea y mirando con descaro al santo le espetó: «Más difícil es que tú, con la pequeñez de tu mente, seas capaz de resolver el misterio de la Trinidad».

En el Evangelio (Mateo 11:25) se dice: «En aquel tiempo, dijo Jesús: Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños». No es la única ocasión en que en los Evangelios se llama al cristiano a tener una fe simple y confiada, como la de un niño.

El ser humano, acostumbrado a razonar, tiende a analizar intelectualmente los asuntos de la fe. Y los evangelios ya nos avisan de que no es una postura muy práctica. Por eso, María de Nazaret, madre de Jesús, que ya estaba acostumbrada a aceptar ideas y decisiones que se escapaban a su mente, asimilaba lo que no entendía de su hijo guardándolo en su corazón, no en su mente (Lucas 2: 49-52). 

Como le ocurrió a la madre Teresa de Calcuta, a Dios se le encuentra en el amor y eso, al conectarnos con nuestra esencia, nos humaniza. La fe en Dios no es más (ni menos) que la fe en el amor. Uno de los ingredientes fundamentales del amor es la admiración. No hay admiración sin humildad. Un ego descontrolado nos impide amar y encontrar esa fe (confianza) que nos libera de prejuicios, miedos y autocompasión. Cuando la fe infunde humildad en la mente del cristiano y lo libera del ego, permite al ser humano ver la realidad con mayor clarividencia. El narcisista pierde contacto con la verdad y el humilde la tiene más cerca. La fe como fuente de humildad y cimentada por el amor nos abre los ojos a una realidad más amplia y más nítida. Aunque parezca un contrasentido, creer de forma coherente en el amor —y de paso en asuntos de poca aplicación en la vida diaria (como la asunción de la Virgen y la Santísima Trinidad)— nos puede traer el beneficio práctico de percibir con más precisión lo que nos ocurre hoy, mañana y pasado. 

Postfacio

Quedan para el final los importantes asuntos del aborto, la eutanasia y la homosexualidad porque no son dogmas de fe y sobre ellos la razón se sobra y se basta para alcanzar un entendimiento. Además, en el caso de que fe y razón concurran en la misma persona, lo habitual es que ambas lleguen a la misma conclusión a la hora de hacer un juicio moral sobre los tres temas. Sobre la homosexualidad es necesario puntualizar que no es condenada ni criticada por Jesús en ninguno de los Evangelios. Cualquier cristiano entiende o debe entender por ello que tan sana y tan natural (y tan bendecida por Dios) es la homosexualidad como la heterosexualidad. 


Fuentes: 

Madre Teresa. Ven, sé mi luz. Las cartas privadas. (Booket, Planeta, 2017).

La madre Teresa de Calcuta. Retrato personal. Leo Maasburg. (Palabra, 2018).

¿Dónde está Dios? Julián Carrón. (Encuentro, 2018).

Biografía de la Luz. Pablo D’Ors. (Galaxia Gutenberg, 2021).

Lumen fidei. Encíclica. Papa Francisco (2013).

«¿Por qué los cristianos creen que la fe es mejor que la duda?». Artículo de Peter Wehner (The New York Times, 31 de diciembre de 2017).