La bronca de Jeremy Clarkson contra la asepsia

Jeremy Clarkson
Jeremy Clarkson. Foto: Cordon Press.

Con la madurez vienen la autorregulación, el comedimiento y la sabiduría. La persona madura se erige moralmente incólume, responsabilizándose ante las derivaciones de sus actos sin interponer excusas. El paso de los años nos enseña a evitar la espontaneidad y la provocación, enemigos ambos del estado de apacible rutina que una persona adulta necesita tanto como el café mañanero o un retrete cerca de la cama.

Eso es, por lo menos, lo que comúnmente se dice. No es el caso de Jeremy Clarkson.

Periodista y escritor, mayormente conocido por ser el copresentador de Top Gear, las barbaridades que salen de su boca no han disminuido a lo largo del tiempo; más bien lo contrario. Valga como prueba de ello la declaración de Clarkson en un programa de la BBC hace poco más de dos años, cuando dijo que se debería ejecutar a los funcionarios en huelga enfrente de sus familias, una declaración que le costaría más de veinte mil quejas a la BBC.

Los funcionarios son solo uno de los colectivos a los que Clarkson nunca ha demostrado un especial cariño. Hay varios más, como los políticos, los ecologistas, los ciclistas, los alemanes o los usuarios de caravanas.

Al conducir el Chevrolet Corvette Z06: «Este coche es como el herpes. Es muy divertido cogerlo, pero no tan divertido vivir con él».

Cuando en 2009 llamó al primer ministro británico Gordon Brown «idiota escocés con un solo ojo», la avalancha de quejas que recibió lo obligaron a disculparse. Por decirlo de alguna manera. Su respuesta fue: «No tengo nada en contra de los escoceses y, por supuesto, me arrepiento de cualquier comentario que haya podido ofender a los minusválidos. Pero en lo que respecta a lo de “idiota”, no hay posibilidad alguna de que pida perdón por ello». Por suerte para los laboristas, hay para Clarkson algo peor que su exlíder:

En una lista de las cinco cosas más asquerosas del mundo, pondría la política exterior de los Estados Unidos en el quinto lugar. El sidaen el cuarto. El programa nuclear de Irán en el número tres. Gordon Brown, segundo, y la caja de cambios de Maserati en el primer lugar. Es así de horrible.

No fue la única vez en que estuviera en el punto de mira (de tenerla) de los minusválidos; en 2006, su compañero de programa Richard Hammond se estrelló yendo a 463 kms/h, sufriendo varias lesiones cerebrales. Cuando al fin volvió a Top Gear, Clarkson le preguntó: «¿Eres ya deficiente mental?» y su compinche, James May, le pasó un pañuelo por si se pusiera a babear. No le hizo mucha gracia a la asociación benéfica de traumas cerebrales Headway, que interpuso una queja formal que terminó con una disculpa de la BBC, la cadena que a pesar de todo siempre ha dado la cara por Clarkson y compañía.

Cuando su compañero Richard Hammond dijo en Top Gear que los mexicanos son «perezosos, inútiles y flatulentos», Clarkson pronosticó que México no se iba a quejar acerca de tan degradante estereotipo porque «el embajador mexicano en el Reino Unido debe estar en estos momentos durmiendo frente al televisor». Pero se equivocó: aparentemente, llegaron a recibir unas doscientas quejas por minuto desde México, y Clarkson desde su columna echó más gasolina al fuego: «México no tiene un equipo olímpico porque todos los que pueden correr, saltar o nadar han cruzado ya la frontera».

Quiso coincidir esto con una futura próxima visita de Nick Clegg, a la sazón viceprimer ministro británico, a México, por lo que el Gobierno instó a la BBC a pedir disculpas urgentemente antes de que estallara un conflicto diplomático, aunque quizá llegó un poco tarde, puesto que el embajador mexicano en Londres —al que, de haber estado durmiendo frente al televisor, alguien había puesto al corriente— ya se había puesto en contacto a su vez con la emisora británica para exigir un descargo, que nunca llegaría por parte de los presentadores, que aplicarían su máxima de dejar que el tiempo y el silencio se disculpen por ellos.

Nunca he entendido el carril bus: ¿porqué la gente pobre debería tener derecho a ir más rápido que yo?

Pero si hay un colectivo que haya sufrido el vipéreo discurso de Jezza, ese es el de los ecologistas, unos de los más férreos enemigos de Top Gear, programa al que acusan de carecer de cualquier clase de respeto al entorno, como si se tratara de una orgía de estridentes motores, olor a gasolina, goma quemada y secreciones intracorporales de adrenalina al volante de un vehículo potente en exceso. Vaya, dicho así no suena tan mal. El caso es que Clarkson a su vez definiría a los ecologistas como un subproducto mezcla de sindicalistas viejos y lesbianas antinucleares. Enemigo de las energías renovables, diría que los molinos de viento serían descritos en el futuro como «un recordatorio del tiempo en el que la humanidad perdió el juicio y decidió que el viento, las olas y las rodajas de tofu podrían de algún modo generar electricidad suficiente para el planeta entero».

Todos sabemos que los coches pequeños son buenos para nosotros. Pero también lo es el aceite de hígado de bacalao. Y correr.

Otros de sus favoritos en cuanto se trata de soltar lastre son los ciclistas, esos «intrusos en los dominios de los vehículos motorizados que no pagan impuesto de circulación y por lo tanto no tienen derecho a estar en la carretera. Algunos de ellos incluso creen que van lo suficientemente rápido como para no suponer una obstrucción. Demuéstrales que están equivocados atropellándolos». Esta declaración le valió una acusación por incitar al odio y a la violencia. No es que le importara ni decidiera suavizar su discurso:

El otro día estaba leyendo The Mirror cuando me topé con una carta de un lector que escribió, «Estaba yendo en mi bici al trabajo cuando apareció un Ferrari rojo y frenó a mi lado. Desde la ventana, Jeremy Clarkson me gritó “Cómprate un coche”, aceleró y se fue». Lo que en realidad dije fue «Cómprate un coche, nazi comehojas con cabeza de cascarón».

En uno de sus episodios más célebres, los tres presentadores de Top Gear viajaron a Estados Unidos, donde compraron tres coches de segunda mano para conducirlos desde Florida hasta Nueva Orleans. Al llegar a Alabama, los guionistas les propusieron un reto: no debían ser disparados ni arrestados en su paso por el estado, pero conseguirían puntos extra si lograban que uno de los otros presentadores sí fuera disparado o arrestado. Para ello, debían «decorar» los coches de sus compañeros para causar la máxima conmoción posible en uno de los estados más retrógrados, homófobos, creyentes, estúpidos y en definitiva, redneck, de Norteamérica.

Así, los tres se pusieron manos a la obra y pintaron proclamas en el coche ajeno que iban desde «el country y el western son basura» hasta «Hillary for president», pasando por «soy bisexual» o «la Nascar da asco». Al echar a rodar por la carretera, no tardaron en llegar las increpaciones y claxonazos por parte de otros conductores, pero el problema grave llegó cuando tuvieron que parar a repostar. La dueña de la gasolinera acudió a recibirlos en persona preguntándoles a gritos si eran maricas, y poco después un grupo de rednecks empezaría a apedrear el equipo de grabación. Tuvieron que salir por patas, esconderse en un vericueto y limpiar las proclamas de los coches a la desesperada, usando camisetas usadas y cocacola, si querían salir vivos de ese estado, algo que finalmente lograron y dio a Clarkson dos reflexiones. En primer lugar, valorar la posibilidad de que en ciertas partes de EE. UU. los humanos hayan empezado a aparearse con plantas, y la segunda, una recomendación para los espectadores: «No-vayáis-a-América».

Decirle a la gente en una fiesta que conduces un Nissan Almera es como decirles que tienes el virus del ébola y que estás a punto de estornudar.

No solo contra los estadounidenses tiene prejuicios nuestro hombre. Los tiene contra todo el mundo. En octubre de 1998, por ejemplo, la BBC recibió una queja formal proveniente de Hyundai respecto a una serie de comentarios «intolerantes y racistas» pronunciados por Clarkson en el Birmingham Motor Show. Según parece, Clarkson recibía a los visitantes frente al stand de la marca coreana diciéndoles que las personas que trabajaban ahí habían estado comiendo perro y que el diseñador del Hyundai XG probablemente se hubiera comido un cocker spaniel para almorzar.

Cuando en BMW sacaron un Mini para el salón del automóvil de Tokyo al que denominaron «quintaesencialmente británico» y cuya única novedad era tener un juego de té integrado, ya debían de saber a qué estaban jugando. Así, Clarkson recomendó a BMW una serie de modificaciones para hacer sus coches «quintaesencialmente germánicos». Sugirió cambiar los intermitentes por un brazo que subiera y bajara haciendo el saludo nazi, o sustituir el GPS convencional por uno que solo indique cómo ir hacia Polonia. Ya en otro programa, tras criticar un coche alemán, animó a los germanos a dirigir cualquier queja que pudieron tener vía correo, a la «calle Perdisteis la Guerra, número 1945». Pero al César lo que es del César: Jeremy es un admirador de los coches alemanes, casi siempre conduce un Mercedes y no le importa reconocer que «la única persona que se veía bien en un descapotable de cuatro plazas era Adolf Hitler».

Su visita a Rumanía con Hammond y May, conduciendo tres superdeportivos, les granjeó más bien pocos amigos. Clarkson diría del país que está «lleno de bueyes y gente apedreando gitanos. Venir aquí en un coche que cuesta 168 000 libras es como aparecer en Sudán en un traje hecho enteramente de comida». Sus chistes sobre gitanos y el retrato general del país como un pastizal tercermundista patria de Borat y destino de mafiosos rusos le valieron a la BBC infinidad de quejas e incluso la página del Daily Telegraph (que no pinta nada en esto pero pasaba por ahí) fue hackeada por un grupo de gitanos hartos de que los traten de rumanos. O al revés.

Quizá lo que mejor caracterice al personaje sea un diálogo a tres bandas entre Clarkson, Hammond y May, tras entrevistar a Margaret Calvert, diseñadora gráfica que junto a un reducido grupo de cuatro o cinco personas, diseñó la mayor parte de las señales de tráfico británicas entre los cincuenta y los sesenta.

Jeremy Clarkson: «Estaba pensando: si decidieran cambiar todas las señales de tráfico hoy día, ¿cuántas personas emplearía este Gobierno?».

James May: «Un millón. Necesitarían cinco mil personas solo para decidir cómo debería lucir la niña pequeña en la señal de la escuela».

Jeremy Clarkson: «Oh, claro, ¿debería llevar un burka?, ¿debería llevar un turbante?… 

Richard Hammond: «Y luego está el hombre de la señal de obras, que es claramente un hombre, ¡y eso no es correcto!».

«La velocidad nunca ha matado a nadie; es detenerte de repente lo que sí lo hace».

En marzo de 2015, Jeremy Clarkson fue despedido por la BBC por agredir a un productor de Top Gear.