Futuro Imperfecto #3: Semana laboral de cuatro días

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semana laboral de cuatro días
«Nunca trabajes». Guy Debord, 1953.

Posibilidad o pura quimera. La pandemia ha vuelto a abrir el debate sobre si sería posible trabajar un día menos y establecer la semana laboral de cuatro días. Como argumentos a favor están las ventajas medioambientales por menor número de desplazamientos de los trabajadores, aumento de su productividad, beneficio a la economía de consumo por más tiempo de ocio disponible, y más puestos de trabajo para paliar el paro estructural.

Una encuesta asegura que cuatro de cada diez empresas españolas estudiarán su implantación, mientras que la mayoría, casi el 60 %, lo considera inviable, tanto desde el aspecto económico como desde el operativo. Como prueba, los Presupuestos Generales del Estado 2022 dedicarán una ayuda experimental para ciento sesenta empresas, que afectará a tres mil trabajadores, a fin de estudiar las consecuencias de su puesta en práctica.

El debate no es nuevo, arrancó a finales de los noventa, pero ahora regresa potenciado por The Great Resignation y el Tang Ping, versiones occidental y china del deseo de trabajar menos horas incluso a costa de perder poder adquisitivo.

Los especialistas en tecnología afirman no solo que esta semana es posible, sino que pronto no quedará otra opción. Porque a medida que la inteligencia artificial y la robotización, ya implantadas, se extiendan, se irá reduciendo la necesidad de mano de obra humana. No será una desaparición de trabajos concretos, como se ha anunciado, sino más bien un aumento exponencial de productividad que permitirá abordar igual carga con menos empleados.

El proceso se entiende a la perfección considerando lo conseguido este verano por la inteligencia artificial Deep Mind londinense. En muy poco tiempo ha podido calcular cómo se pliegan las proteínas humanas según las secuencias de sus aminoácidos. Esto, que suena a chino, resuelve una paradoja establecida en 1969 por Cyrus Levinthal, según la cual haría falta más tiempo que todo el que ya ha transcurrido desde el inicio del universo para predecir todas las configuraciones posibles de una proteína. O lo que es lo mismo, convierte en minutos los años que antes necesitaban los investigadores para desarrollar nuevos medicamentos. Y eso puede significar una próxima cura de enfermedades hoy intratables como el alzhéimer.

La base de datos creada por Deep Mind ya está disponible con libre acceso para los científicos, y se prevé que en pocos años asistamos a una revolución sin precedentes en el campo de la biología. Pero, y aquí viene lo fundamental, esta revolución no se producirá si esa información de la IA no es manejada por personas con tanta capacidad como los cuatro premios Nobel que sintetizaron la insulina, asegurando la vida de los diabéticos. No se erradica al profesional, pero al librarle de tareas tediosas o de alto coste se reduce el número necesario para hacer un trabajo. Ahí es donde encajará la semana de cuatro días.

¿Hablamos de un futuro muy lejano, o de campos tan especializados como la investigación científica? Lo cierto es que no. Según los tecnólogos, estamos transitando como sonámbulos por una realidad laboral que ya está cambiando bajo nuestros pies. Hoy es noticia que KFC abra un local en Moscú atendido por un solo humano, el gerente, con todo el resto automatizado, o que la primera pizzería totalmente robotizada ya opere en Francia. Mañana, si los costes compensan, puede ser lo común.

Las predicciones más pesimistas aseguran que cuando acabe esta implantación el 80 % de los trabajadores no serán necesarios. Asistidos por las máquinas, bastará con un par de profesionales donde antes se necesitaban diez. Pero incluso ese porcentaje puede ser optimista, y ahí tenemos el puerto de Qingdao en China, operando la carga, descarga, y traslado de contenedores sin absolutamente ningún humano en las grúas y vehículos.

Mientras, el perro robot baila

Hablando de robotización, los Rolling Stones han celebrado el cuarenta aniversario de su canción «Start Me Up», —de Tatto You, 1981—, con el videoclip Spot Me Up, donde tres perros robots de Boston Dinamics bailan y se mueven imitando a Mick Jagger, Keith Richards y Ronnie Wood. La habilidad y la simpatía de los bichos se suma a las decenas de vídeos promovidos por la compañía para poner en valor la capacidad de movimiento de sus robots. Pero también para despojarles de la imagen negativa y amenazadora que resumió magistralmente el capítulo «Metalhead» de la serie Black Mirror.

Y es que cruzarte con uno de estos perros sigue siendo una experiencia inquietante. No hay más que ver cómo reaccionan los ciudadanos en los parques de Singapur, donde se incorporaron para tareas de vigilancia a raíz de la pandemia. Era cuestión de tiempo convertirlos en un arma, y ya ha ocurrido.

El fabricante de armas S.W.O.R.D. ha creado SPUR, un rifle automático pensado para operarse a distancia montado sobre un perro robot. Por si quedan dudas, en sus especificaciones aclara que puede usar munición OTAN. Equivalente a un francotirador, puede alcanzar objetivos con precisión hasta a 1.2 kilómetros de distancia, tanto de día como de noche.

Y ese perro sería aún más mortífero con esta una nueva ametralladora encima, que puede identificar objetivos, clasificarlos y abatirlos sin intervención humana. Corrige además la imprecisión del tirador, humano o máquina, cuando está en movimiento.

Un arma similar a estas dos fue usada por el Mossad israelí para acabar con la vida del científico Mohsen Fakhrizadeh, padre del programa nuclear iraní. En un minuto, y con una ametralladora operada por un francotirador a 1.6 kilómetros de distancia, ubicada en una furgoneta aparcada en la calle, dispararon a su vehículo desde una bocacalle. Hacía días que el equipo operativo había abandonado Irán. La operación resultó tan innovadora que la forma real en que se produjo tardó en creerse, atribuyéndola a un bulo periodístico al que se dio incluso nombre, «teoría del robot asesino». El relato de todo aquello casi parece una novela corta de John le Carré.

Robots e IA van a constituir el armamento dominante de las nuevas guerras, lo que lleva a pensar en Terminator, en la IA que lo enviaba, Skynet, y en la conclusión a que llevaba la película. La inteligencia artificial, cuando opera sin supervisión humana, acaba volviéndose contra la humanidad. Estamos lejos de eso, pero relativamente cerca de El informe de la minoría de Phillip K. Dick o su equivalente cinematográfico Minority Report de Spielberg. El pasado 21 de octubre la OTAN desveló su primera estrategia de IA militar, y lo que puede conseguir con GIDE3 —acrónimo de Experimento 3 de Dominio de la Información Global—: predecir los movimientos del enemigo con días de antelación.

GIDE3 no es la única arma de IA operando. La «Golden Horde», Horda Dorada, —sí, han tomado el nombre de Hellboy—, combina un conjunto de armas que operan solas y en equipo. Misiles, cañones, y la fuerza aérea Skyborg —vehículos no tripulados operados por inteligencia artificial—. Pueden coordinarse, reorganizarse durante las batallas y atacar juntas en tiempo real sin intervención humana.

Pero Estados Unidos no lleva la delantera. En su último informe de contrainteligencia admiten abiertamente que por talento y empuje China podría superarlos con facilidad en el dominio de las IA. Y la Unión Europea, por su part,e ha advertido reiteradamente que los sistemas autónomos letales deben estar sujetos al control humano, pero quién sabe si eso es una garantía en el continente de nacimiento de Adolf Hitler.

España avanzará en la creación de una Agencia Española de Supervisión de la Inteligencia Artificial. Es otra exigencia para aprobar los PGE, pero no será un mal paso dado que muchos algoritmos ya participan en nuestras vidas, también en España, como expliqué ampliamente en un Futuro Imperfecto anterior. Esto nos colocará además en la órbita UE, marcando una diferencia fundamental respecto a Reino Unido, que va a eliminar la necesidad de que humanos supervisen las decisiones de los algoritmos. Se oponen así a la corriente mayoritaria mundial en estos momentos, y a cambio nos ofrecen un laboratorio de observación. A ver qué tal les va con eso.

Miedo, metaverso y pop sueco virtual

Continúa el temor a que una digitalización avanzada convierta el espacio público en un área hipervigilada. Una empresa ha empezado a registrar y analizar los ruidos de las calles para avisar a la policía si escuchan algo sospechoso. A Tom Morello —músico y personaje del videojuego Guitar Hero III: Legends of Rock— le horroriza el reconocimiento palmar. De las palmas de las manos, como método de reconocimiento biométrico para acceder a los conciertos de música. Y pide a Amazon, su creadora, en una carta abierta que no lo emplee. Porque este método puede ser, según él, tan invasivo como el reconocimiento facial.

De Meta se está hablando mucho, y muy poco de esta posible derivada espacial de su actividad: su red de satélites destinada a proporcionar señal de internet dirigirá los resultados de forma exclusiva a su compañía. Funcionará como un internet dentro de internet para que el usuario haga todas sus compras, trabajo, redes sociales, etc. en Meta. Con o sin metaverso virtual, ese es el negocio.

Aunque mi favorito de este mes son sin duda los Abbatares. El regreso de los suecos ABBA después de cuarenta años separados se producirá en una gira mundial de conciertos… donde no estarán ellos. Ni ningún humano sustituyéndoles. En lugar de eso sus avatares, proyectados en realidad virtual, mucho más jóvenes, atractivos e irreales. Para los que, eso sí, han grabado los bailes e interpretación de sus canciones. Conciertos reales con música enlatada y músicos de videojuego. Y luego nos reímos de las ideas metavérsicas de Zuckerberg.

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2 Comentarios

  1. Gracias por todo extraño cuando era semanal aún así me alegra que seguimos contando cosas que pasan desapercibidas en otros medios

  2. Hace dos o tres años escuché decir a alguien en la tele, que la medicina estaba dedicando más presupuesto a la investigación de productos vigorizantes masculinos o a métodos para el aumento de pecho femenino, que a la del tratamiento y cura del Alzheimer.
    Lo cual significará que dentro de un tiempo, muchas personas de la tercera edad andarán por los pasillos de los geriátricos con erectos miembros viriles y turgentes pechos de tamaño descomunal, sin que hacer con ellos.
    Me gustaría pensar que la IA nos salvará de nosotros mismos, pero como supongo que está creada a nuestra imagen y semejanza, difícil lo veo.
    Ojalá evolucione por sí misma para mejor.
    La solución, en unos pocos lustros.

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