Shyamalanazo (2)

Shyamalan
Estas caras representan las cinco reacciones más habituales entre los espectadores de El incidente. Imagen: 20th Century Fox.

(Viene de la primera parte)

De jóvenes acuáticas, plantas de exterior, superproducciones y una visita

Tras El bosque, que fue recibida con esputos por la audiencia pero aun así recaudó más de doscientos cincuenta millones de dólares, M. Night Shyamalan había apalabrado encargarse de la dirección de La vida de Pi. La adaptación de un libro de Yann Martel al que el realizador le tenía cariño por estar protagonizado por un chico de Puducherry, paisano suyo, vamos. Pero tras meditarlo, Shyamalan se bajó del bote renunciando al proyecto por culpa de los shyamalazos previos que lucía en su currículo: «Tenía mis reservas sobre dirigirla, porque el libro tiene una especie de twist ending. Y me preocupaba que el poner mi nombre en la película estropease la experiencia para todos», aseguraría el hombre. La vida de Pi acabó cayendo en manos de Ang Lee mientras Shyamalan encarrilaba todos sus esfuerzos e ilusiones en su nueva ocurrencia: La joven del agua.

La preproducción de La joven del agua (2006) supuso un drama para Shyamalan. Los ejecutivos de Disney, que financiaron sus anteriores películas, recibieron el guion y aseguraron «no entender nada». Ante dicha afirmación, y a pesar de que Disney estaba dispuesta a poner pasta en el asunto, Shyamalan se pilló un rebote importante y decidió llevar a su criatura hasta la competencia, Warner Bros, mientras se cagaba en la casa de Mickey Mouse. Poco después, en el libro The Man Who Heard Voices: Or, How M. Night Shyamalan Risked His Career on a Fairy Tale de Michael Bamberger, Shyamalan aprovechó para cebarse públicamente con Disney: «Esa empresa ya no valoraba el individualismo, ni a los luchadores». Y también arremetió desde aquellas mismas páginas contra una de las mandamases de la multinacional, Nina Jacobson, que había cuestionado su libreto: «Fui testigo de la decadencia de su visión creativa con mis propios y sorprendidos ojos. Ella no quería directores iconoclastas, solo directores que ganasen dinero». Lo gracioso de todo esto es que en Disney no andaban nada, pero nada, desencaminados.

Shyamalan
La joven del agua. Imagen: Warner Bros.

En La joven del agua, el encargado de unos apartamentos (Paul Giamatti) se topaba con una ninfa (Bryce Dallas Howard) en la piscina de la urbanización y, junto a ella, decidía salvar el futuro de la humanidad, reclutando a una serie de personajes predestinados para dicha tarea y lidiando con criaturas sobrenaturales. No sonaba mal, hasta que se descubría que en la pantalla nada funcionaba: la trama se inventaba sus propias normas pero aquellas no tenían gracia, el escenario y los protagonistas eran aburridos, la película se hacía spoilers a sí misma y en general todo carecía del espíritu de cuento fantástico que se pretendía.

Para rematar, la película contenía un par de decisiones cuestionables que demostraban que el creador lo que tenía era el ego en buena forma. Porque Shyamalan se reservó para sí mismo el papel de un secundario importante, un escritor cuya obra estaba destinada a cambiar el mundo, ahí es nada. Pero también porque al indio-americano se le ocurrió burlarse por adelantado de los juicios ajenos del modo más torpe posible: ideando el personaje de un insoportable crítico de cine que la palmaba de manera lamentable, narrando en voz alta lo tópico de su propia escena de muerte. Es bonito destacar que tanto el papel de Shyamalan como el rol del crítico de cine fueron cuestionados, y etiquetados como tontorrones, por aquellos ejecutivos de Disney de cuyo consejo había huido el cineasta.

La joven del agua no contenía un twist ending, rompiendo la fórmula autoimpuesta de su creador, y estaba basada en un cuento que el director se había inventado para entretener a sus hijas por la noche. Este último detalle era significativo, porque planteaba dudas sobre la capacidad del hombre para juzgar si sus ocurrencias merecían trasladarse a la gran pantalla. Y también porque hace temer que cualquier día al tío le dará por adaptar hasta sus stories del Instagram. La joven del agua pinchó a lo bestia, la gente pasó de largo, los críticos la apedrearon y no recaudó ni lo que había costado rodarla.

Shyamalan
Un lobo seto de La joven del agua. En su cabeza era espectacular. Imagen: Warner Bros.

Dos años más tarde, Shyamalan reapareció con un inquietante tráiler bajo el brazo, el avance de su nueva ocurrencia: la historia de cómo la humanidad se enfrentaba a extraña epidemia que provocaba que la gente se suicidase sin motivo aparente. El concepto era tan jugoso y la promoción tan eficaz como para que el pueblo recuperase la fe en el realizador y algunos comenzasen a anunciar aquello como su verdadero regreso triunfal.

Pero fue justamente lo contrario, porque aquella película era El incidente. Y cualquiera que haya visto El incidente sabe que es algo difícil de digerir sin tomársela a guasa. La historia tenía un arranque brillante y con mucho potencial, hitchcockiano e inquietante, y carecía de final sorpresa made in Shyamalan. Pero cuando la trama decidía revelar su premisa principal, una ecovenganza botánica, aquello resultaba tan tremendamente chorras como para que a la propia cinta le fuese imposible no caer en el ridículo.

El pitorreo fue universal, porque eso es lo que ocurre cuando un relato se cree solemne siendo tonto de base. En el fondo, hasta a los directores más competentes les resultaría difícil crear tensión con un prado maligno, lo mires como lo mires. Zooey Deschanel y Mark Wahlberg protagonizaban el film. La primera es lo único bonito que tiene la película, y el segundo tuvo muchas preguntas durante el rodaje: en las imágenes tras las cámaras se le puede ver cuestionando la lógica del guion: «¿Por qué tenemos que llamar a la puerta de una casa deshabitada? ¿Qué nos hace pensar que hay comida ahí?», le espeta a Shyamalan antes de rodar una escena. Años más tarde, Walhberg descalificaría el film con saña sin cortarse demasiado: « […] una película mala en la que yo había participado […] No quiero decir de qué película se trataba… vale, era El incidente. A la mierda. Esa era. Los putos árboles, tío. Las plantas. A tomar por culo. No puedes echarme la culpa de no querer intentar interpretar a un profesor de ciencias».

El incidente no tardó en adquirir mala fama, tanto como para que su director reconociese que no había pillado el tono correcto, y para que los ejecutivos de la Fox, sabedores del cachondeo que existía con la película, modificasen la estrategia de ventas del DVD, centrando la promoción en las muertes del film y regateando el tema de las plantitas de las que todo el mundo se burlaba.

Este tráiler es mejor y más dinámico que toda la película. Y te ahorra la vergüenza ajena.

Tras El incidente, Shyamalan optó por dejar de lado las ideas propias y subirse al carro de Hollywood. Aceptó escribir y dirigir Airbender: el último guerrero, una cinta de acción real que supondría el inicio de una trilogía basada en la serie de dibujos de Nickelodeon titulada Avatar: la leyenda de Aang. Los productores del film decidieron dejar fuera la palabra «Avatar» para evitar confusiones con la tontería aquella de James Cameron. Shyamalan se declaró un gran admirador del programa original. Los creadores de La leyenda de Aang (Michael Dante DiMartino y Bryan Konietzko) explicaron que estaban encantados con lo de tener al indio escribiendo y comandando la adaptación. Y los numerosos fans del programa se echaron a temblar.

Resultó que, por una vez, los fanboys hooligans no estaban demasiado equivocados y cuando la cinta llegó a los cines la cosa salió regular tirando a muy mal: los críticos la apalearon con saña (luce un 5 sobre 100 de nota media en Rotten Tomatoes, algo que es todo un logro), la opinión popular la acusó de whitewashing,  DiMartino y Konietzko confesaron que en realidad ellos habían deseado muy fuerte que aquello no saliese adelante, y algunos actores como Dev Patel renegaron de la cinta. Rogert Ebert escribió sobre ella: «Airbender: el último guerrero es una experiencia agonizante en todas las categorías que se me ocurren y en otras que aún esperan ser inventadas». Que la superproducción condensara veinte capítulos, la primera temporada entera de la serie, en una hora y media de metraje a lo mejor también tenía algo que ver en todo lo anterior, pero es que el realizador aseguraba ser incapaz de dirigir historias que durasen más de noventa minutos.

Airbender recaudó trescientos millones, pero ni aun así resultó rentable por culpa de haber costado un gritón de dólares entre su presupuesto inflado y su marketing loco. Ante tanta tormenta de mierda, las secuelas se cancelaron y Shyamalan se excusó diciendo que aquel no era su rollo. Curiosamente, Netflix anunciaría en 2018 que andaba cocinando una serie de acción real basada en Avatar: la leyenda de Aang, sin whitewashing y con los creadores del show al volante. Dos años más tarde, y para sorpresa de absolutamente nadie, DiMartino y Konietzko se bajaron en marcha de dicha producción alegando que madre mía aquello apuntaba a tragedia y tampoco querían tener nada que ver con la catástrofe.

Shyamalan
Veinte capítulos en noventa minutos. Airbender, la película winzip. Imagen: Paramount Pictures.

Unos pocos meses después del batacazo de Airbender, Shyamalan volvió a colarse en las carteleras, pero de manera encubierta, desde la barrera y a modo de productor e ideólogo. Ocurría que el hombre tenía firmado un contrato con cierta compañía, Media Rights Capital, para producir, pero no dirigir, una película al año durante tres años. Y como las tres cintas estarían basadas en las movidas que rondasen por la inquieta cabecita de Shyamalan, alguien decidió llamar a esa franquicia The Night Chronicles.

La primera de dichas películas sería La trampa del mal, la historia de un grupo de cinco personas atrapadas en un ascensor donde crece la sospecha de que uno de ellos sea el mismísimo diablo, disfrazado y divirtiéndose un rato, cuando empiezan a sucederse muertes horribles e inexplicables. La trampa del mal fue dirigida por John Erick Dowdle y se basaba en una historia concebida por Shyamalan, un relato que en el fondo era una fotocopia de los Diez negritos de Agatha Christie en versión sobrenatural. El film se promocionó inicialmente anunciando la implicación del creador con un «De la mente de M. Night Shyamalan» a modo de subtítulo en el cartel oficial. Pero los publicistas no tardaron en descubrir que aquel nombre era un repelente del público mayoritario, que ya andaba hastiado con las últimas ocurrencias del indio-americano, y decidieron reencauzar las campañas publicitarias sin darle bombo a la participación del papá de El incidente.

No salió mal, La trampa del mal costó solo diez millones y recaudó seis veces más, pero la pretendida serie The Night Chronicles no alumbraría más entregas. Supuestamente, la segunda película nunca filmada de aquellas Night Chronicles versaría sobre los miembros de un jurado deliberando durante un juicio en torno a un hecho sobrenatural. Y la tercera Night Chronicles hubiese sido una nueva versión de cierto guion que el realizador había escrito como secuela de El protegido. Uno que años más tarde volvería a reciclar para otra película con personalidad múltiple.

A continuación, Shyamalan decidió embarcarse en un proyecto familiar. Concretamente, en el de la familia de otro. Algunos padres cuando quieren pasar más tiempo con sus hijos se los llevan al parque durante los fines de semana, o echan unas pachangas al FIFA en la consola. Will Smith, en cambio, se monta una superproducción de ciencia ficción postapocalíptica de ciento treinta millones de dólares junto a su hijo, Jade Smith, y contrata a Shyamalan como director de toda esa fanfarria nepotista.

Así nació la décima película del realizador indio: After Earth, una aventura ideada por Smith Padre para que Smith Hijo se luciera y afianzara senda como estrella de cine. Spoiler: no funcionó, porque el retoño del príncipe de Bel-Air era un desagüe de carisma, y porque la aventura en general tampoco era gran cosa. Shyamalan en esta ocasión no tenía tanto la culpa, aquella historia había sido ideada por el actor y el director se limitó a adecentar un poco el libreto sin meterle mucha mano. El detalle llamativo es que el tráiler promocional de After Earth ya evitaba a propósito mencionar que había sido dirigida por Shyamalan, algo que no había ocurrido desde el bombazo de El sexto sentido, porque la propia distribuidora temía que, dada la mala fama del hombre, aquello volviese a espantar al público.

Un detalle curioso de After Earth es que a Will Smith no le sentó nada bien el costalazo en la taquilla porque escondía unos planes megalomanícos tras la cinta: su idea era construir a partir de ella un gigantesco universo propio al estilo del Marvel Cinematic Universe. Y ya había planeado desarrollar en aquel mundo postapocalíptico varias secuelas, series de televisión, dibujos animados, webisodios, videojuegos, tebeos, parques de atracciones, documentales, proyectos educativos junto a la NASA e incluso una línea de perfumes. Todo eso se perdió, lágrimas en la lluvia, pero en el fondo sabemos que salimos ganando con menos Jaden Smith con cara de intensito en nuestras vidas.

Hastiado y desencantado con las superproducciones, Shyamalan anunció que haría piña de nuevo con Bruce Willis para filmar un drama titulado Labor of Love. Una historia que el realizador había vendido a la Fox en el 93, protagonizada por un librero viudo que recorría a patita todo Estados Unidos para honrar a su fenecida mujer. Sonaba a tostón con mucho trekking, aunque al guion se le puede echar un ojo por internet y no parece terrible, pero aquello no llegó a solidificarse y Willis pudo seguir rodando las horribles películas baratas con espíritu direct-to-video, bodrios donde cobra un pastón por salir cinco minutos, que va filmando a granel en los últimos años.

Shyamalan
Nepotismo: The Movie. After Earth. Imagen: Sony Pictures.

En 2015, un desencantado Shyamalan ejecutó su plan B: pidió un préstamo de cinco millones de dólares, poniendo su casoplón como garantía, y filmó en secreto una cinta titulada La visita, con la esperanza de venderla a posteriori. Shyamalan editó lo rodado y lo paseó por Hollywood en busca de comprador, pero aquel primer montaje se pasaba de indie y tenía un tono de cine de autor tan marcado como para ser rechazado por todos los grandes estudios. Un segundo montaje fue descartado por el propio director cuando se dio cuenta de que con él había parido una comedia.

Finalmente, don Night decidió equilibrar el asunto y ensambló de nuevo el filme como un relato de horror con toques de comedia. Aquello llamó la atención de los chavales de Universal Pictures, quienes se hicieron con los derechos de distribución. Y también convenció a un Jason Blum a inyectar pasta en el asunto, permitiendo que su famosa compañía Blumhouse (responsables de Paranormal Activity, The Purge o Insidious) figurase en los créditos. Esto último era una jugarreta cuestionable de cara a la promoción, porque los tráilers hacían creer que La visita había sido facturada bajo el techo Blum, cuando en realidad el pobre Shyamalan se había arriesgado a filmar sin ayudas, hipotecando su chabola y despidiéndose de sus uñas en el proceso. Una treta similar a lo que ocurre hoy en el mundo del streaming: un buen puñado de las películas que la gente cree producidas por Netflix realmente son obras que la plataforma ha comprado, cuando ya estaban finiquitadas, para distribuirlas y engordar así el catálogo.

Shyamalan
La visita. Imagen: Universal Pictures.

La visita se estrenó en ese 2015 y relataba la estancia de una chica adolescente y su hermano pequeño, Olivia DeJonge y Ed Oxenbould, en la casa de unos abuelos maternos a quienes acababan de conocer. La historia se presentó tirando del recurso narrativo del metraje encontrado (found footage), y utilizaba como excusa para ello el rodaje de un documental casero, grabado por la pareja de hermanos, sobre sus tiernos abuelitos.

Ocurría que, por supuesto, aquellos ancianos tenían poco de tiernos y mucho de maracas psicópatas. La visita salió maja, sabía saltear el terror y los sustos con puntuales momentos cómicos, era competente y demostraba que su creador funcionaba mejor en modo low-cost, alejado de las demandas de superproducciones. La cinta devolvió al público algo de confianza en el director y, lo más importante para lo que nos toca, también trajo de vuelta el twist ending porque la cabra siempre ha gustado de trotar hacia los montes.

Entretanto, en una pared de la oficina de Shyamalan está colgada una lista con los nombres de todos los ejecutivos que rechazaron comprar La visita cuando él intentaba venderla desesperadamente. Según el realizador, la mayoría de las personas listadas ahí han acabado perdiendo el puesto. Y todo esto suena a resquemor y desquite, pero cuando algún entrevistador le pregunta por ello, Shyamalan trata de darle la vuelta al asunto y pretender que se ha sacudido todo la inquina de encima: «Esa lista significó muchas cosas para mí. En principio fue lo obvio, un “Te lo dije”. Luego se transformó en otra cosa y después, cuando los nombres de la lista comenzaron a desaparecer del negocio uno detrás de otro, dejé de aferrarme a ese sentimiento de “Te lo dije”. Observar esto como si estuvieras tratando de obtener aprobación no es saludable. No hay nada de malo en las personas de esa lista. Mi trabajo es inspirarlos». Listas del rencor aparte, La visita también generó noventa y ocho millones, casi veinte veces más de lo que había costado, y Shyamalan parecía de nuevo un negocio rentable.

(Continúa aquí)