Contrabando o muerte 

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Contrabando o muerte
DP.

En Vilardevós (Ourense), durante muchos años, todos los vecinos eran contrabandistas porque todos eran pobres. En la misma línea, todos los ricos eran también contrabandistas. La civilización, a medida que avanza, favorece esa clase de incoherencias, comunes a todos los negocios oscuros. En aquel municipio, arrinconado contra la frontera portuguesa, todos hacían lo mismo. Solo existía esa forma de vida, que te ayudaba a ser pobre, si todavía no eras ni eso, y te apoyaba en tus sueños de volverte más rico, si en alguna medida ya lo eras. En todos los casos, el contrabando era una necesidad, o un vicio. Podías elegir ser otra cosa, a cambio de que siempre fueses contrabandista. No convenía tener sueños: no se cumplirían. Dentro de ese cercado que te impedía rebasarlos, todo se parecía mucho a aquel fugaz diálogo de Henry Fonda en My Darling Clementin, cuando le pregunta a su amigo: «Mac, ¿nunca has estado enamorado?». Mac es rotundo: «No. He sido camarero toda mi vida».

En la disyuntiva «contrabando o muerte», en Vilardevós todos elegían lo primero. La muerte no te daba de comer. Ni siquiera te permitía ser un pobre de medio pelo. Así que todos se volvían contrabandistas. Esa monotonía no estaba exenta de vértigo. De hecho, elegir el contrabando sobre la opción de la muerte —también muy respetable—, significaba a veces morir antes; y en otro país, aunque a pocos metros de tu casa. En la frontera seca —por contraposición a la raya que en otros municipios gallegos marca el río Miño— se jugaba con fuego cada noche, entre rutas imposibles y nevadas, por caminos que ni siquiera existían y hubo que inventar. Hoy está todo señalizado, bien cuidado, y apenas nieva. Hasta morir se ha puesto más difícil. Casi consigues tener la sensación de que las viejas rutas del contrabando eran, en resumidas cuentas, rutas para senderistas con GPS. Y que nadie moría en ellas, solo se arañaba las piernas. Sin embargo, entonces todo era horrible, penoso y feliz. Dependía de si eras rico o pobre. 

En todo caso, ser contrabandista te permitía estar vivo. Los días transcurrían lenta y plácidamente entre penurias y noches a cero grados, pero era porque, en esencia, aquel contrabando era la suma de frío y búsqueda del fuego, siempre a tientas, tratando de adivinar si en los próximos minutos seguirías con vida. En la frontera todo lo grave y bello sucedía en la oscuridad. Pero incluso esa oscuridad daba luz: los buenos contrabandistas no necesitaban ojos, conocían cada metro de sierra. Podían llamar a las piedras por su nombre, incluso acertar su edad. Cuando eres contrabandista, y huyes de la muerte a oscuras, ese tipo de conocimientos pueden salvarte la vida.

***

Entretanto, la Guardia Civil vigilaba para que se cumpliese la legalidad, pero a su estilo, facilitando el contrabando. No en vano, en los primeros años de la posguerra, incluso mucho después, la legalidad era un capricho que aún estaba en pañales. Mirar en otra dirección le proporcionaba a los guardias más beneficios que si actuasen como freno. Bastantes obstáculos pone ya la vida. Entre el final de la guerra y los estertores de la dictadura, existió en aquel paraje de montaña una bella armonía entre ley y crimen. Dentro de los márgenes del municipio, el contrabando funcionaba, en una escala humana, como una gran máquina de hierro, pero afectiva; cruel, pero comprensiva. Todos los vecinos tenían un remo, y todos bogaban en la misma dirección, apartando cucarachas. Nadie deseaba pasar penalidades, si podía evitarlo. Después de todo, nunca es la vida tan emocionante como cuando avanzas arrinconando bichos repugnantes, con la esperanza de encontrar tras ellos un milagro. 

El funcionamiento engrasado de la máquina exigía que, de vez en cuando, pareciese que no funcionaba engrasadamente. Algunas cosas solo pueden ir bien a condición de que vayan un poco mal. La imperfección, la posibilidad de un error esporádico, posee más credibilidad que la excelencia. Eso obligaba a la Guardia Civil a decomisar un cargamento periódicamente, para mantener las formas. No se trataba tanto de tomarla con los contrabandistas, que al fin y al cabo eran todos los vecinos, como de lavarse la cara ante los mandos, y de que los propios guardias pudiesen también ejercer el contrabando. Por esa razón las aprehensiones se resolvían casi siempre sin reo. Guardia Civil y contrabandistas eran una orquesta que ensayaba cada nota desafinada.

Julio Santamarina ingresó en la Guardia Civil en los años 50, y en los 60 estuvo destinado en dos de los tres cuarteles que había en Vilardevós. Hoy solo resiste uno en pie, abandonado y lleno de ratas, pero mucho más pequeñas que cuando estaba habitado. Los guardias eran tan pobres como el que más. A Julio lo conocí cuando ya se había retirado. Su vida era tan penosa como cabía suponer, para aquellos años y para aquel lugar, si no eras un pez ni gordo ni mediano. «Salíamos de patrulla a las ocho de la tarde y no regresábamos hasta las seis de la mañana. Naturalmente, siempre andando. Llovía, helaba, nevaba, daba igual en qué estación del año estuviésemos. En aquellos años, como es fácil imaginar, no teníamos vehículo. Cuando al fin dispusimos de uno, no teníamos gasolina. En el año 1967 yo cobraba tres mil pesetas al mes. Necesitábamos el contrabando como cualquier otro vecino». 

En los treinta y seis kilómetros de frontera que Vilardevós comparte con Portugal, existieron tres grandes rutas para pasar el contrabando, que atravesaban montañas agrestes y, proponiendo caras conocidas y noches rotas en varios trozos, a veces también traiciones necesarias. A lo largo de cincuenta años, el negocio tuvo apenas seis peces gordos: tres curas, el alcalde, el secretario del Ayuntamiento y el juez de paz. Se trataba de una simbiosis perfecta de poder y podredumbre. Oscuramente, sus tentáculos se extendían más allá del municipio. En realidad, cubrían toda la provincia, penetrando en los despachos gubernamentales. No hay gobierno, por altas que estén sus oficinas, que no tenga bajos fondos. Francamente: si la maquinaria del contrabando en aquel paraje fronterizo funcionaba como un reloj era porque existía armonía y el poder se corrompía pacíficamente. Nada une tanto como un buen negocio a medias, y suficientemente sucio. 

En los años 80 conocí a Benito Sánchez y Ramón Núñez. Entonces, el contrabando ya solo era una anécdota verbal, o estaba a punto de serlo con la desaparición de las fronteras europeas. Trabajaban en el Ayuntamiento, y durante años habían sido testigos de los tejemanejes del secretario. Cuando les pedí que me contaran uno, para saber por dónde iban los tiros, me hablaron de una solitaria llamada telefónica en los años 70. Era invierno, se les caían los mocos con el frío y sonó el teléfono, mientras fuera no paraba de nevar. Cogió Benito. Era de la oficina del gobernador militar, que quería hablar con el secretario. Benito le pasó el teléfono, como si fuese una bomba a punto de explotar. El asunto tenía que ver con el contrabando. La cara del secretario, y el tono, permitían intuir la gravedad.

Primero intercambiaron silencios, gestos, pero la conversación se caldeó poco a poco, hasta que hubo más que palabras. Benito y Ramón se miraban entre ellos, y escuchaban. En un momento dado, les llegaron los gritos del gobernador, que se exasperaba e insultaba al secretario, haciendo referencia a sus cortas piernas. En efecto, el secretario padecía una malformación de nacimiento, que había limitado el crecimiento de sus extremidades ostensiblemente. Apenas medían cuarenta centímetros. En ese instante, el secretario explotó: «Sí, tengo las piernas cortas. Y fíjese lo que le digo, gobernador: ahora mismo estoy sentado en una silla que del culo al suelo tiene cincuenta centímetros, y las piernas me cuelgan. Pero los cojones me arrastran, fíjese. No vuelva a molestarme». Y colgó. «Mañana lo fusilan», pensó Benito. Pero no ocurrió nada especial. Los contrabandistas que pasaban por la mesa del secretario del Ayuntamiento, pasaban después por el despacho del gobernador. A esa clase de tentáculos me refiero. Eran, entre unas cosas y otras, los bellos años 60 y 70, y la armonía resultaba perfecta, como una chimenea y su fuego.

***

A la sombra de los peces gordos estaban los peces medianos, los peces pequeños, y la comida para peces, que eran los cientos de personas —un municipio entero— yendo de un lado a otro de la raya cada noche. Era una orquesta caótica, pero bien dirigida. Hace algunos años conocí también a Amable Rodríguez. Entonces él tenía ochenta y cuatro. Le pregunté a qué había dedicado su vida, por preguntar algo. Era un pez mediano. Le gustaba andar a su aire. No le gustaba que le diesen órdenes, así que trabajaba para él. No había más que verlo hablar y gesticular para concluir que dignificó el negocio. Todavía no lo hemos dicho, pero el primer contrabando, incluso el segundo, era un contrabando «sano». Ponía comida y abrigo donde solo había ratas. Después de la guerra, era más de lo que se podía soñar: un gabán y un plato caliente. 

Amable había vivido de cerca todas las etapas del estraperlo, que, en el fondo, es una historia sobre el progreso y el desplazamiento, además de sobre la vida y la muerte, y el frío y el hambre. «Primero traficabas usando tu espalda. Después traficabas con un burro. Y por último, cuando llegó al mercado, y podías permitírtelo, te comprabas una furgoneta. Yo me quedé en el burro». Amable empezó a cargar azúcar a la espalda antes incluso de acabar la guerra. «Lo recogías en Portugal, en sacos de cincuenta kilos, cruzabas la frontera, y aún recorrías veinte kilómetros para distribuirlo. Por esas laderas que ves ahí», decía, y señalaba con nostalgia hacia el horizonte: grandes árboles, pendientes, piedras con nombre y apellidos, el cielo raso… Si tenías suerte, y no morías, o te mataban, ganabas entre dos y cinco pesetas. En aquellos días el lumbago fue un trastorno muy familiar, casi querido. Se alivió cuando los contrabandistas pudieron darse el lujo de los animales. «En mi aldea, algunas noches se movilizaban hasta cien burros, todos en pos de la frontera», en silencio, como apaches. 

Todo empezó con el hambre, que en el caso de los ricos se manifestaba como hartura, que, como todo el mundo sabe, produce más hambre. A fin de saciarla, los vecinos empezaron a cruzar la frontera, acabada la guerra, para hacerse con artículos de primera necesidad, para la pura supervivencia de la población: centeno, trigo, azúcar, sardinas en lata, ganado, almendras, bacalao. Te encontrabas en un país extranjero, de noche, con caras a las que a lo mejor no veías en semanas, pese a ser vecinos de toda la vida. A veces incluso primos carnales. La frontera era un reencuentro, un hervidero, un club social para la familia y amigos, pero en otro país. Aquellos hombres y mujeres estaban predestinados a su único destino. «Fui a dar con una trompeta, estudié y toqué», resumió en una frase Miles Davis su vida. Esta gente no era muy distinta, en el sentido de que adivinaron su camino: nacieron en la frontera, la cruzaron y así sobrevivieron. El contrabando proporcionó aplomo a todo el municipio. En esa medida, se pudo pasar a mercancías más serias, que dejaban mayores beneficios. Cuando al fin eso ocurrió, los pobres pudieron darse el lujo de mantener su estatus de pobreza, mientras que los ricos progresaron y se volvieron todavía más ricos. 

Contrabando o muerte
DP.

Había llegado el contrabando de café. El mundo ya se estaba preparando para no sobrevivir al mediodía sin tomarse una taza. Mientras escasease, pero la humanidad suspirase por él, la frontera sería fértil, de modo que los pobres pudiesen seguir siéndolo, y otro tanto los ricos. Hace veinticinco años conocí también a Nisio Álvarez. Era el chófer del autobús en el que iba al instituto. En sus mejores días, durante la década de los 60, movía cinco toneladas de mercancía cada mes. No tenía jefe. Era un outsider, operando al margen de las redes de los peces gordos. En términos cuantitativos era un pez mediano, ligeramente grueso, pero que se manchaba las manos, como los peces pequeños.

El nuevo maná llegó durante un cambio de paradigma decisivo en los medios de transporte, cuando se dio el salto de la espalda al burro. Nisio debe tanto al autobús de pasajeros con el que distribuía el café, como a los burros con los que previamente atravesaba la frontera. Aquellos animales eran, en cierto sentido, como de la familia. O no. Eran la familia. «No teníamos que hablar para según qué cosas. Eran como personas. Nos bastaba mirarnos para entendernos. Al caer la noche, yo los sacaba del establo, les decía “vamos”, y ellos iban. Solos, eh. Cruzaban la frontera, se dirigían a la casa de mi contacto en Xixirei (Portugal), y allí les cargaban el café. Después, regresaban a España tranquilamente, solos otra vez. En caso de que apareciese la Guardia Civil, nunca había reo». Sencillo, como todo lo complejo. La segunda fase, cuando cargaba el café en el autobús, para su distribución a terceros, tampoco estaba exenta de riesgos. «Alguna vez tuve que atropellar a un guardia civil, pero sin consecuencias mortales», confesaba. No podía sobornarlos a todos, y a los que sobornaba no podía sobornarlos todo el tiempo, así que eso generaba situaciones incómodas. En enero de 1966, de hecho, se presentaron en su casa tres unidades de la Guardia Civil. «Ese día tenía seis mil quinientos kilos de café repartidos por distintas habitaciones. No tenía escapatoria. Estaba acorralado, ya me veía en la cárcel. Pero entonces, antes de que empezase el registro, se me ocurrió una idea, a la desesperada. Le pedí a mi suegra que, cuando entrasen los agentes, fingiese una ataque de ansiedad. Lo bordó. Se tiró al suelo, se retorció, gritó, una barbaridad. Le dije al sargento que estaba al mando: “Esta señora tiene ochenta y nueve años, así que si le ocurre algo lo hago a usted responsable”. No sé cómo, pero retrocedieron y se fueron».

Aquel era el tipo de riesgo personal, si la suerte no estaba de tu parte, que asumías si eras un outsider. En el fondo, la mayor diferencia entre un pez gordo y uno mediano residía en que el segundo algunas veces quedaba expuesto a la ley. No le ocurría eso al secretario del Ayuntamiento, ni al alcalde, ni al juez de paz, ni a los tres curas del municipio, que no solo podían darse la tranquilidad de guardar el contrabando en las sacristías, o los panteones, sino también pedir a las fuerzas del orden que de vez en cuando velasen la mercancía. 

El clero se había adaptado a la «maquinaria» con gran naturalidad. En muchos sentidos, incluso fueron pioneros. Suya fue la idea de crear, en los años 50, una banca para favorecer el juego ilegal. La red se extendió a todo el oriente de Galicia, penetrando incluso en Castilla-León. En esa misma década introdujeron el condón. Al calor del café y el cobre, la frontera había abierto el paso a otros contrabandos, de todo tipo: cuchillas de afeitar, brocas, piedras para mecheros, sierras, jabón, penicilina. «En una de esas, también prostitutas», evoca Ramón Núñez. Definitivamente, el municipio había despertado al comercio. En cierto modo, la frontera era un olmo que daba peras. Peras de todo tipo, como la gonorrea, que impactó con gran ánimo. Al punto que los curas decidieron actuar. Así es como comenzaron a atravesar la frontera los primeros preservativos. Ramón los recuerda como el primer día, como si todavía quedase alguno perdido en las mesillas de noche. «Tenían la gran ventaja de que se podían utilizar varias veces. Se lavaban, se les daba la vuelta y se colgaban en una bodega fresca, para que no se resecasen. Conozco casos de compañeros que se los prestaban unos a otros. “Oye, déjamelo esta noche, que tal y que cual”. Fue un gran contrabando. Costaba siete duros cada uno. Pero a lo mejor uno trabajaba quince o veinte noches». 

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El vehículo revolucionó el contrabando. A cambio, el contrabando inventó el doble fondo, que revolucionó el vehículo. José Escudero, al que conocí ya como cartero —hace de eso treinta años—, cuando se había retirado del contrabando, era el hombre de confianza del juez de paz, que, como el cargo sugiere, era un pez gordo. «Yo me encargaba de los asuntos delicados». Pronunciaba asuntos delicados en cursiva. Cuando su jefe decidió trabajar a lo grande, al por mayor, se hizo con un Austin de cuarta mano. No era lo que se entiende por cómodo, pero se defendía bien en la montaña. Tenía doble piso. Eso era tan o más importante que la caja de cambios. En cada viaje podía mover tres toneladas de cobre. «En una ocasión cargamos tres mil quienientos kilos, ocultos bajo castañas. Antes de llegar a Ourense, nos detuvo una pareja de la Guardia Civil. No teníamos de mano a todos los agentes de la provincia, naturalmente, y me preguntaron qué llevaba. “Castañas”, respondí. “Pues vamos a inspeccionar esa mercancía”, dijo uno, con mal gesto. “Inspeccionen lo que quieran”, dije. Ya estaba preparado para saltar por un terraplén y matarme, si hacía falta. Tuve suerte y se quedaron tranquilos al ver castañas. Me multaron por no pitar en la curva. Les dije que no tenía un duro, y me quitaron la multa de la curva y me pusieron una más pequeña por llevar suelto el guardabarros. Qué bonito era el contrabando». 

José Escudero supo retirarse a tiempo. En cuanto la mercancía empezó a ser humana, se hizo cartero. «No me gustaba el contrabando que hablaba». Eso comenzó a suceder en los 70. De pronto, las cosas se pusieron feas en Portugal, y sus ciudadanos huían desesperados a Francia, escapando de los reclutamientos de la dictadura para surtir las necesidades del ejército en Angola. Fue el principio del fin. Nunca más el contrabando volvió a ser heroico y digno. Y faltaban por llegar las divisas, el tabaco y las armas de fuego.

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