Futur antérieur: historia ligera del niputaideaismo (1)

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Cráneo humano frente a cráneo neandertal del Cleveland Museum of Natural History. Imagen: CC. niputaideaismo

El conocimiento científico depende de la imaginación para crear, a partir de datos experimentales, las grandes generalizaciones. Para adivinar los maravillosos y simples, pero muy extraños, patrones que esconden en su interior, y luego experimentar con el objetivo de comprobar de nuevo si nuestra conjetura era correcta.

(Richard Feynman, científico galardonado con el Nobel de física en 1965).

Algunos de los grandes descubrimientos científicos han sido hechos por hombres que buscaban verificar teorías bastante erróneas sobre la naturaleza de las cosas.

(Aldous Huxley, escritor).

Mi teoría científica favorita es que los anillos de Saturno están compuestos exclusivamente por el equipaje extraviado en los aeropuertos.

(Mark Russell, comediante).

Futur antérieur

En 2002, el Museo Romano de Lausana-Vidy alojó entre sus paredes la exposición Futur antérieur: trésors archéologiques du XXIe siècle après J.C., una propuesta que andaba lejos de ser una exhibición normal y corriente. De hecho, ni siquiera estaba basada en sucesos reales, como uno presupone de todo lo que reside en los museos, porque Futur antérieur en realidad centraba su encanto en una idea ficticia, loquísima y maravillosa: viajar hasta un año 4002 donde los únicos objetos del siglo XXI que han sobrevivido han sido aquellos que fueron fabricados con metal, tierra o vidrio. Un futuro muy lejano donde el plástico y la celulosa se han descompuesto por completo y donde toda la memoria visual o escrita de nuestra época se ha desintegrado. Sobre ese escenario, la muestra imaginaba a los arqueólogos del año 4002 desenterrando cuidadosamente los cachivaches más mundanos de nuestra vida, para analizarlos con serio rigor científico y, aquí viene lo bueno, acabar interpretando erróneamente qué coño fueron dichos objetos o qué significaron para nosotros. 

Futur antérieur quería demostrar que la ciencia y sus hipótesis caminan siempre acompañadas de la imperfección y el error. Que a menudo las teorías más sesudas tan solo eran micciones apuntando a tiestos situados cuatro calles más abajo. La ocurrencia resultó ser tan jugosa y llamativa como para generar nuevas versiones homónimas de la expo durante años posteriores. Y en todas ellas, los visitantes se reían con las divertidas, y ficticias, suposiciones que los arqueólogos del siglo XLI realizaban al examinar los bártulos de nuestra era: enanos de jardín observados como efigies de importantes sacerdotes, las placas base de ordenadores identificadas como mapas tridimensionales de ciudades actuales, el cañón de un fusil imaginado como instrumental médico o deportistas cuyas poses de victoria se comparaban con imagen de Jesucristo crucificado. Futur antérieur era una divertida celebración de la metedura de pata como parte indispensable del proceso científico.

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Cartel de la exposición Futur antérieur. El texto anunciaba que se celebraría «Del 11 de octubre de 4002 al 21 de abril de 4003». Imagen: Musée Romain de Lausanne-Vidy.

Lo hermoso es que estos equívocos no se limitan a ser un mero gag cómico en una muestra de ficción, sino que toda nuestra historia está salpicada de situaciones similares. De teorías que en su momento parecían lógicas y se destaparon como tontadas fabulosas. De tropas enteras de científicos, historiadores y eruditos demostrando un envidiable nivel de niputaideaismo. De mucha gente, con cara muy seria y bata muy blanca, metiendo la pata hasta la ingle al enarbolar hipótesis y estudios deliciosamente disparatados. Y también de un montón de datos y hechos que, por culpa de haber sido pervertidos y mutados por la cultura popular durante años, mucha gente asume como ciertos cuando verdaderamente no podían ir más desencaminados. El niputaideaismo en toda su hermosa gama de variantes.

Paleontología 101

Una de las principales características de los fósiles de dinosaurio es que, en esencia, siempre han estado ahí, enterraditos en la roca durante siglos, descansando apaciblemente bajo los pies de miles de generaciones. Gracias a ello, a lo largo de nuestra historia, diferentes civilizaciones han acabado tropezándose por accidente con huesos de aspecto exótico cuando se dedicaban a desenterrar cualquier otra cosa, y a partir de ahí se han comenzado a tejer teorías curiosas sobre la naturaleza de los inesperados hallazgos.

Los antiguos griegos localizaron esqueletos de protoceraptor cretácico mientras minaban yacimientos de oro y, como todavía no se había estrenado Parque Jurásico, asumieron que aquellas testas con pico pertenecían a esos grifos mitológicos que en las leyendas se dedicaban a proteger los metales preciosos. Es bastante probable que esos mismos griegos también descubrieran en algún momento dado los restos del deinotherium, un ser que vendría a ser el boceto del elefante actual, e ideasen a partir de ellos el conocido mito del cíclope, esa criatura con una sola focal en la testa. Porque el cráneo del mentado dinoterio luce un hueco frontal para la trompa, algo que asemeja su calavera a lo que podría ser la cabezota de un gigante muy feo con un solo ojo.

En la China medieval, los restos fosilizados de diversos dinosaurios fueron tomados por huesos de dragones extintos. Despojos óseos draconianos que en ocasiones eran tallados como ornamentos o triturados para elaborar medicamentos y mejunjes afrodisiacos, porque del dragón en China se aprovecha hasta el (fosilizado) rabo. Los indios norteamericanos residieron en terrenos otrora habitados por pterosaurios, unas criaturas cretácicas aladas que dejaron sus restos por ahí tirados. Al encontrar aquellas osamentas de aves gigantescas en la zona, los indios asumieron que pertenecieron al legendario Pájaro de trueno, aquel ser sobrenatural que su cultura adoraba y tallaba en los tótems. Entretanto, las comunidades occidentales más religiosas elaboraron una explicación propia para justificar la aparición de tanto hueso de bicho desconocido: según los hooligans de la biblia, aquellos cadáveres de seres extraños fosilizados pertenecieron a todos esos animales que no pillaron el billete a tiempo para subir al arca de Noé cuando se aproximaba el diluvio universal.

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Cayo Plinio Secuno, a.k.a. Plinio el Viejo. Imagen: DP.

Plinio el Viejo, naturalista y militar romano del siglo I, confeccionó a lo largo de su vida una colosal obra titulada Historia natural. Diez volúmenes en latín que reunían los conocimientos disponibles en la época sobre la vida, el universo y todo lo demás. Historia natural dedicaba sus páginas a la biología, la botánica o la geografía, pero también a las matemáticas, la arquitectura y las artes. Fue una de las primeras enciclopedias conocidas y la Wikipedia del momento para científicos, eruditos y exploradores.

Pese a su fama de certera, Historia natural contenía alegres meteduras de gamba paleontológicas, propulsadas por las fantasías de su tiempo: Plinio etiquetó erróneamente los dientes de tiburón como «lenguas de serpiente de piedra» al observarlos del revés, y también alabó las bondades de las bufonitas o piedras de sapo, unas gemas mágicas supuestamente capaces de combatir el veneno, que en teoría se extraían de la cabeza de los sapos, esos animales famosos por excretar joyas por la frente. Pero dichas piedras sapo tenían poco de alhaja batracia y mucho de animal prehistórico: se trataba en realidad de los dientes fosilizados del lepidotes, un pez extinto que en su momento navegó el jurásico y el cretácico.   

Cuando la humanidad comenzó a desenterrar a sus propios antepasados prehistóricos la puntería de las divagaciones tampoco se afinó demasiado: uno de los primeros esqueletos completos de neandertal exhumados fue el de un macho con la mandíbula inferior atrofiada, la columna dorsal curvada y una prominente joroba. Se asumió de entrada que aquel despropósito de protopersona era el aspecto del neandertal medio, y de este modo se popularizó la imagen del troglodita como una persona encorvada, que caminaba arrastrando los nudillos por el suelo y tenía cara de sufrir mucho a la hora de contar más allá del número dos.

Más adelante, se descubrió que dichos huesos pertenecían a un neandertal de más de sesenta años que padecía artritis y degeneración ósea, y que por tanto no era tan representativo de sus colegas de generación como se había supuesto en principio. Al desenterrar los esqueletos de otros neandertales se observó que aquellos no ofrecían una silueta tan cavernícola como la que, hasta hoy, se había instalado en la conciencia colectiva.

Las percepciones de los hobbies prehistóricos también han acarreado ligeras malinterpretaciones por culpa de no repensar los hallazgos en su momento. Es habitual representar a los cavernícolas pintarrajeando paredes siempre en lo profundo de sus cuevas, pero lo cierto es que los ramalazos artísticos de esos trogloditas no se limitaban a la decoración de interiores. Porque se ha asumido erróneamente que las cavernas eran los únicos lienzos posibles para las pinturas rupestres, cuando en realidad esos garabatos en cuevas son tan solo los que han sobrevivido por estar a cubierto y refugiados de la intemperie. Lo más probable es que el hombre prehistórico se haya dedicado a pintarrajear todos los muros de la zona por la que acostumbraba a trotar a la luz del día, porque el sentido común dicta que le sería más cómodo pintar a la luz del sol.

Historia 101

Dibujar postales de épocas pasadas ignorando la inevitable erosión no es un problema que se encuentre limitado a la prehistoria. Las estampas contemporáneas de la Roma y la Grecia antiguas siempre muestran, tanto en campos educativos como de ficción, a las estatuas y los monumentos de dichas eras esculpidos en un mármol de blanco impoluto. Una percepción errónea, porque en su concepción muchas de aquellas tallas se crearon empapadas de colores mucho más vivarachos, ya que tanto griegos como romanos acostumbraban a pintarlas con pigmentaciones llamativas, que se borrarían con el paso de los siglos.

Según el profesor y estudioso Vinzenz Brinkmann, es probable que la idea popular de dichas piezas como obras puramente blancas fuera inducida por Leonardo da Vinci y otros artistas del Renacimiento. Gente que habría realizado un whitewashing a las estatuas por razones en principio desconocidas, pero que podrían estar relacionadas con alejar dichas obras de la colorida tradición de las efigies cristianas, o con establecer ciertas distancias entre los terrenos de la escultura y la pintura.

A partir del Renacimiento, muchos artistas posteriores sí que comenzaron a apostaron por la piedra desnuda como envoltorio final porque quedaba más elegante: Miguel Ángel nunca le puso un pincel encima a su famoso David en pelotas. Por su parte, Brinkmann se ha dedicado a proyectar rayos ultravioleta sobre las estatuas clásicas griegas, descubriendo con ello los patrones y los colores originales desaparecidos. Lo gracioso es que, contemplando los resultados, las figuras dan la impresión de salir ganando mucho cuando están sin colorear.

La idea general de la Roma antigua también se instala sobre una gran colección de errores intensificados por películas, series, novelas y cómics. Porque en tiempos de bonanza romana ni las togas eran tan trending como se suele mencionar, ni las embarcaciones utilizaban habitualmente esclavos para darle al remo, ni las orgías a la hora del vermú eran algo frecuente, ni los romanos disponían de salas donde vomitar e ir haciendo hueco para más comida, ni Nerón sacó la lira para tocar el solo de «Free Bird» mientras ardía Roma.

Ni siquiera es cierto que los romanos se saludaran entre sí alzando el brazo con la palma de la manita extendida, al estilo de los miembros de las SS o de los nostálgicos de nuestra Españita. No existen pruebas sobre el uso de un saludo similar en Roma, y la confusión existente posiblemente haya surgido de tomarse en serio el gesto con el que el pintor Jacques-Louis David retrató a los protagonistas del cuadro Juramento de los Horacios en el año 1786, una fecha bastante alejada del apogeo del Imperio romano.

El asunto de los gladiadores también tiene mucho de fanfarria embellecida con los años. Según la historiadora Mary Beard, especializada en derribar mitos sobre la Roma vetusta, los gladiadores raramente luchaban a muerte entre sí, y lo más probable es que en lugar de lidiar con tigres y leones lo hicieran contra jabalíes u otros animales salvajes más manejables que tuviesen a mano. A pesar de ello, Beard siempre ha aclarado que se lo pasó bien en el cine al sentarse ante Gladiator.

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Juramento de los Horacios. Jacques-Louis David (1784).

Egipto también se las trae. Y, más concretamente, sus pirámides. Inicialmente, los historiadores asumieron que aquellas estructuras habían sido levantadas tirando de mano de obra esclava. Una suposición, carente de base más allá de las divagaciones de Heródoto y una confusa mención en la Biblia, que sería descartada recientemente al desenterrar evidencias de que los currantes no portaban muchos grilletes. Porque, como corroboró a finales de los noventa el arqueólogo Mark Lehner, en las inmediaciones de las pirámides se han localizado tanto montones de papeleo burocrático y contratos como instalaciones cómodas para albergar a los jornaleros que construían la pirámide, restos óseos de comidas generosas, utensilios de cocina y hasta grafitis tallados en algunos muros por los obreros que rezan cosas como «Los borrachos de Micerino» o «Los amigos de la Jufu gang». Cosas que no suenan muy de esclavos. 

En lo que respecta a la moda antigua en general, existe un concepto que a estas alturas parece imposible de erradicar del imaginario popular: la representación de griegos, romanos y egipcios portando brazaletes de cuero y metal. Un complemento que ninguno de ellos calzaba en la vida diaria. El gazapo surgió en el Renacimiento, cuando los artistas malinterpretaron los brazaletes de las armaduras romanas segmentadas, creyendo que eran muñequeras de uso habitual, y comenzaron a pincelarlos en todos los cuadros protagonizados por señores antiguos. Cuando se descubrió lo inexacto de aquellos retratos, se optó por seguir dibujando muñequeras sobre el reparto, porque la audiencia se había acostumbrado tanto a ellas como para que ya formasen parte de sus expectativas al contemplar a un griego, un romano o un egipcio en los cuadros o, más adelante, en las películas.

La Edad Media es otro cantar (medieval), por tratarse de una era moldeada en nuestra imaginación como una etapa oscura, repleta de incultura, supersticiones, barbarismos y gente en harapos cubierta de mugre de los pies a la cabeza con pintas de figurantes de Los caballeros de la mesa cuadrada de los Monty Python. Pero dicha percepción de la Edad Media no es una imagen certera, sino que tiene mucho de fabricación instaurada por escritores de siglos posteriores. Gente que pintaba el Medievo mucho peor de lo que realmente había sido para tirarse más flores a sí mismos como adalides de lo intelectual.

De este modo, los renacentistas primero y los miembros de la Ilustración mucho tiempo después, se dedicaron a darle mala fama a la época, asentando una falsa idea que en Hollywood, y en el mundo del espectáculo en general, se encargaron de extender. Los historiadores actuales reniegan del concepto de «años oscuros» para referirse a la Edad Media en su totalidad, y, si acaso, acotan esa oscuridad a su primera etapa, porque el Medievo abarca mil añazos y en tanto tiempo está claro que ocurrió de todo. La Edad Media europea fue mucho menos sucia y más colorida de lo que se cree, con avances significativos en la ciencia y una mentalidad que aceptaba empaparse de otras culturas en terrenos como lo arquitectónico. La subsistencia era jodida por entonces, pero la esperanza de vida media era más alta de lo que se suele afirmar, al menos si uno superaba la etapa infante, que era donde existían más bajas. Otros elementos clásicos de las ficciones como los cinturones de castidad, o las doncellas de hierro para torturar a la gente, tienen más de mito que de artefactos medievales reales a los que alguien diera uso por entonces. Para empezar, porque fueron inventados mucho tiempo después.

Genética 101

La ciencia previa al siglo XX andaba escasa de medios y, por esa misma razón, sobrada de una montaña de teorías locas que fueron enunciadas con la ilusión de que alguna hiciese sonar flautas. Durante un par de centurias, desde los mil seiscientos hasta los mil ochocientos, la mentalidad europea apostó fuerte por la teoría de la «impresión maternal». O lo que es lo mismo: la idea de que los pensamientos de una mujer embarazada moldeaban el aspecto, la personalidad y la lozanía del feto que estaban gestando. De este modo se creía que, y esto no es coña porque lo apunta la Enciclopedia Británica, «una mujer embarazada que fuese sorprendida por una rana podría grabar esa impresión en el cuerpo de su futuro hijo. Es decir, que el cuerpo del niño podría manifestar evidencias físicas de aquel suceso en forma de dedos palmeados o una cabeza de rana». O también la afirmación de que «una mujer que mirase de manera obsesiva el retrato de Cristo podría acabar dando a luz a un bebé con barba». 

Así ocurría que cualquier defecto congénito hallado en un recién nacido se le achacaba alegremente a su madre, acusándola de ser una zumbada incapaz de tener la mente tan en calma como para jugar una partida de ajedrez contra Gozer el Gozeriano. A la vera del siglo XIX, la sociedad abandonó el concepto de impresión maternal, y comenzó a amarrarse a otros que parecían más coherentes. Durante aquella época, el biólogo alemán August Weismann acuñó el término «telegonía» para referirse a una nueva hipótesis donde se defendía que la descendencia de una pareja de seres vivos podía adquirir rasgos y caracteres no solo del macho que hubiese fecundado a la hembra, sino también de cualquier otro macho que hubiese fornicado anteriormente con dicha madre. Poco después, lord Moron (nombre artístico del George Douglas), aseguró que, tras hacer de Celestina en la cuadra entre su yegua y varios caballos, había obtenido un potrillo que demostraba esa teoría al contener rasgos de los diversos amantes equinos de su progenitora. Poco después, filósofos y pensadores tan ilustres como Arthur Schopenhauer o Herbert Spencer respaldaron la telegonía porque les sonaba plausible. Pero a aquellas alturas, Weismann había desechado la idea, considerándola insostenible, y la yegua de Moron se había cansado de dar explicaciones.

(Continúa aquí)

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August Weismann, mirándote con cara de cuestionar a tu madre. Imagen: DP.