Joan Didion, la escritora de los instantes normales

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Joan Didion in memoriam
Joan Didion. Foto: Cordon Press.

Joan Didion (1934-2021) nació en Sacramento, en el oeste, y falleció el ayer en el extremo opuesto, en Nueva York, en vísperas de Nochebuena, a causa de la enfermedad de Parkinson, según adelantó su editorial, Knopf, a The New York Times. Toda su vida transcurrió entre bandazos, a veces geográficos, en ocasiones emocionales. En medio, quedan libros y crónicas que hicieron de ella una de las periodistas más innovadoras y fascinantes, dueñas de una prosa distante, poderosa, pulcra, fría, y sin embargo conmovedora. John Leonard, uno de sus editores, sostenía que sus frases «vienen hacia ti, si no en emboscada, sí como unos haikús enanos, como picahielos láser, con la fuerza de las olas».

Los cambios de ciudad, de estado, incluso los simples cambios de domicilio, dentro de una misma ciudad, fueron una tónica. En su casa, en los años sesenta y setenta, cuando hacía de reportera de una forma más regular, había una lista pegada con cinta adhesiva al interior de la puerta del armario, con todo lo que debía incluir su maleta para salir pitando a trabajar: dos faldas, dos camisetas, leotardos, un jersey, dos pares de zapatos, medias, sujetador, camisón, batín, pantuflas, cigarrillos y bourbon, así como una bolsa con champú, cepillo y pasta de dientes, jabón, maquinilla, desodorante, medicinas, támpax, crema facial, polvos y loción infantil. Para llevar en la mano, un chal de mohair, máquina de escribir, dos cuadernos pautados y bolígrafos, fichero y llaves de casa. «La lista me permitía hacer el equipaje sin tener que pensar y sin importar qué clase de artículo fuera a escribir», señalaba en El álbum blanco (1979). En la lista había una omisión significativa, un artículo «que me hacía falta pero que no tuve nunca: un reloj de pulsera». No lo precisaba de día, sino de noche. En otras palabras, tenía consigo todo lo imprescindible, pero no sabía qué hora era. «Esto podría ser una parábola, bien de mi vida como reportera durante aquella época o bien de la época misma».

Su madre era una ama de casa y su padre pertenecía al cuerpo aéreo de Estados Unidos. Durante su infancia se mudaron constantemente de una base militar a otra. No fue hasta que cumplió diez años que se establecieron de nuevo en el Valle de Sacramento. Equivalía, según ella, a la verdadera California, mucho más que Los Ángeles o San Francisco, aunque cuando Didion empezó a darse cuenta era ya un lugar decadente. «Mi infancia estuvo impregnada de la convicción de que ya hacía mucho que habíamos dejado atrás nuestros mejores tiempos», escribió en Arrastrarse hacia Berlín, su primer libro de no ficción, que recoge algunas de sus piezas periodísticas. 

Idealizaba Sacramento, pero sus fantasías literarias no rechazaron Manhattan. Uno de sus pasatiempos favoritos en las bases militares era leer Vogue. Esta «solía tener un concurso para estudiantes universitarios que ofrecía un viaje a Nueva York, y mi madre me lo señaló como algo que podía ganar cuando tuviera la edad suficiente», cuenta a Tracy Daugherty en la biografía que esta le dedica en The Last Love Song (2015).

A los diez años ya había empezado a escribir historias. «Pero yo no quería ser escritora. Yo quería ser actriz. No me di cuenta entonces de que es el mismo impulso. Es fantasía. Es representación. La única diferencia es que un escritor lo puede hacer a solas», declaró en 1977 para The Paris Review. Pronto irrumpiría en su vida Ernest Hemingway. A los doce años acudía a la biblioteca local con una nota de su madre que la autorizaba a «echar un vistazo a los libros para adultos». Un día leyó el primer párrafo de Adiós a las armas, y lo escribió en una Olivetti Lettera 22. «Hemingway me enseñó cómo funcionan las oraciones. Las suyas eran perfectas, oraciones muy directas, ríos suaves, agua clara sobre granito». A partir de entonces, Didion experimentó siempre la necesidad de tomar notas. «La gente que toma notas en cuadernos íntimos es una especie distinta, gente solitaria y reticente que siempre está cambiando la disposición de las cosas». Creía que los cuadernos delataban a sus dueños, porque al apuntar lo que veían al final se manifestaba «el implacable yo». 

Cuando llegó la hora, se presentó al concurso de Vogue. Los finalistas eran evaluados automáticamente por su potencial como empleados de las publicaciones de Condé Nast. Para entonces estaba loca por salir de California. «Nunca fui una gran fan de las personas que no salen de casa». Salir y marcharse «simplemente parece parte de tu deber en la vida». El 15 de mayo de 1956 escuchó por la radio que había ganado el primer premio. Pasó del Departamento de Inglés de la Universidad de Berkeley, por la que se había licenciado, a trabajar en la revista en una transición «tan antinatural que cuando el departamento de personal me preguntó qué idiomas hablaba con fluidez, solo se me vino a la cabeza el inglés medieval», confesó en Noches azules (2011). Jessica Daves, editora en jefe de la revista, le ofreció un puesto de cuarenta y cinco dólares a la semana. Cuando llegó, permaneció tres días con fiebre en una habitación de hotel, hablando por teléfono con «el chico que sabía que no iba a casarme en la primavera. Le dije que solo me iba a quedar seis meses, y desde mi ventana se veía el puente de Brooklyn. Pero resultó que el puente era el Triborough y que me quedé ocho años», escribió en Arrastrarse hacia Belén

Trabajó duro. Aprendió a detectar «los adjetivos que sobraban y los verbos que no funcionaban». Se las arregló para engañar al departamento de promoción «haciéndole creer que era razonable esperar solo un anuncio cada dos semanas de un redactor publicitario», según Daugherty. Pero por entonces Didion creía «en las posibilidades», y todavía tenía la sensación de que en Nueva York en cualquier momento iba a pasar algo extraordinario. «Nada era irrevocable; todo estaba a mi alcance». No era una simple ciudad, «era una noción infinitamente romántica, el nexo misterioso de todo el amor y el dinero y el poder, la esencia reluciente y caduca del sueño mismo». Los horarios de Vogue le dieron tiempo para ser freelance en otras revistas, e incluso escribir su primera novela por las noches, cuyas páginas iba colgando en las paredes del apartamento. En dos años, ascendió de copywriter a editora asociada en Vogue, escribiendo sobre casas de campo, diseñadores de ropa y otras personalidades, y al cabo también sobre libros y cine. 

Entretanto, se hizo con el pulso de la ciudad. En una de las muchas fiestas a las que acudía, en 1958 conoció a John Gregory Dunne, que escribía para el semanario Time. «Este es el tipo con el que deberías casarte», le dijo el también periodista Noel Parmentel al presentarlos, bromeando. Nada, sin embargo, la apartaba de su carrera. En 1962, en una columna de Esquire, se decía que «Joan Didion, la escritora y editora de Vogue extraordinariamente brillante… a los veinteséis años, es una de las pequeñas criaturas más formidables que se han escuchado en la tierra desde la joven Mary McCarthy». Al año siguiente, tras ser rechazada por doce editores, publicó su novela Run River, desapercibida para la crítica. Y al poco, se casó con Dunne. A finales de noviembre de 1963 entró en Ransohoff, la misma tienda que Hitchock había elegido para una escena clave de Vértigo, a comprar su vestido de novia. No contenta con eso, el 30 de enero de 1964 la boda se celebró en la iglesia de San Juan Bautista, de cuyo campanario salta el personaje que interpreta Jimmy Stweart en Vértigo. «Se pasó toda la ceremonia llevando gafas de sol», contaría años después Dunne, que estuvo a su lado casi cuarenta años. Leyó cada borrador de artículo y libro que Didion escribió hasta su muerte. «Como los dos éramos escritores y los dos trabajábamos en casa, nuestras jornadas enteras estaban pobladas por la voz del otro», destacó ella en El año del pensamiento mágico.

Pero un día algo se rompió entre Didion y Nueva York. «Descubrí que no todas las promesas se iban a cumplir». Añoraba los ríos de California y que el sol se pusiese sobre la costa. El cine y Hollywood, así como sus celebridades y el glamur la atraían cada vez más. Ella y Dunne necesitaban dinero, y «una de las cosas que nos hizo ir a Los Ángeles fue que tuvimos la loca idea de que podíamos escribir para la televisión». Didion «es una de las escritoras más inteligentes que conozco en términos de dinero. Ella y Greg no podían ganar lo suficiente de sus libros para vivir de la manera que ellos querían vivir, y ellos querían vivir bien», aseguraba el escritor Dan Wakefield.

Llegaban a Los Ángeles deseosos de explorar la ciudad. No se perdían una fiesta. «Joan y John eran fackers estelares. Podían acudir a cuatro fiestas en una noche», contaba el escritor Josh Greenfeld, amigo de la pareja en aquellos años. Con el tiempo, por su casa desfilaron estrellas como Janis Joplin, Harrison Ford, Brian de Palma, Martin Scorsese o Steven Spielberg. Didion empezó a escribir para The Saturday Evening Post, una revista poco conocida, y la razón de que su trabajo en esa época no tuviese la fama que sí acapararon Tom Wolfe o Gay Talese gracias a sus crónicas publicadas en Esquire.

En 1966, el matrimonio adoptó a una niña, a la que llamó Quintana Roo. «Tengo un bebé precioso en el Hospital Saint John’s de Santa Mónica —les dijo un médico un día de marzo—. Necesito saber si lo quieren». Cuando tenía un mes de edad, los desahuciaron. «En el alquiler había una cláusula que especificaba que nada de niños», y durante los siguientes meses vivieron en una casa que pertenecía a la viuda de Herman Mankiewicz. Dejó lo que había en la casa tal como estaba, a excepción de un objeto: el Óscar que le habían dado a Mankiewicz por el guion de Ciudadano Kane. «Montaréis fiestas, la gente se emborrachará y jugará con él», les dijo, mientras lo guardaba.

Ese mismo año, Didion publicó una de sus crónicas más célebres, sobre Lucille Miller, una mujer acusada de matar a su marido dentro de un Volskswagen Escarabajo para hacerse con el dinero del seguro. Estructurada como una novela negra, dosificaba la información, sin anticipar nada. En 1968 incluyó el trabajo en Arrastrarse hacia Belén, su primera colección de textos sobre California, entre los que también se encontraba su cobertura del movimiento hippie en San Francisco. Sus lectores se hicieron devotos de una Didion que estaba presente en muchas de sus crónicas, a menudo como observadora imparcial. The New York Times recibió el libro como «una muestra de la mejor prosa hoy en este país». Dan Wakefield, el autor de la reseña, empezaba diciendo que «Joan Didion es una de las escritoras más talentosas y menos celebradas de mi generación». Bret Easton Ellis, años después, la citó como la autora más importante que había leído, y una de sus grandes influencias. «No hice otra cosa que plagiarla descaradamente en Menos que cero». 

Lili Anolik, en el perfil que cuarenta años después le dedicó a la autora en Vanity Fair, admitía que la prosa era excelente, «directa y práctica, pero lírica, poética e hipnótica», al cabo de la cual se demostraba, sin embargo, que «el triunfo de Arrastrarse hacia Belén es Joan Didion, es decir, el personaje central de un libro que niega que el centro exista». Fuese como fuera, ella hizo evolucionar el género del ‘ensayo personal’, en el que la autora está presente en lo que relata o analiza, y «la experiencia subjetiva discurre paralelamente a las circunstancias objetivas», provocando «una eficaz identificación con los lectores», señaló el escritor Eduardo Lago. Didion se sumergía en la realidad que pretendía retratar. Buscaba detalles, buceaba en la vida cotidiana de las personas, en el espacio en el que vivían y trabajaban, entrevistaba a los amigos y familiares de los protagonistas. Escuchaba y observaba. Buscaba la exactitud. 

En 1969 empezó a escribir para Life, y tres años después inició su colaboración con The New York Review of Books. En 1970 publicó su segunda novela, Según venga el juego, protagonizada paro una actriz treintañera, a la deriva, con una carrera estancada y eclipsada por su marido, un prestigioso director de Hollywood. En esta ápoca, junto con Dunne, Didion escribió varios guiones, entre ellos los de The Panic in Needle Park (1971), una adaptación de su novela Según venga el juego (1972) y A Star is Born (1976). Su siguiente libro, El álbum blanco, se publicó en 1979. En él se reivindicó definitivamente como la gran cronista del oeste. Su fama se disparó, y en 1968 Los Angeles Times la nombró mujer del año. Todo ello tuvo un precio: su salud física y mental se deterioró. Le diagnosticaron esclerosis múltiple. «Lleve una vida sencilla. Aunque eso tampoco cambia nada, que nosotros sepamos», le dijo el médico. Años después, cuando ya existían las resonancias magnéticas, otro neurólogo descartó que la padeciese.

En 1988, después de haber publicado dos novelas más, y sus libros sobre sus viajes a Salvador y Miami, volvieron a cambiar California por Nueva York, ciudad a la que dedicaría Después de Henry (1992). En Manhattan «no tenía que conducir para salir a cenar. No era probable que se originase un incendio en la maleta, y no iba a ver una serpiente en la piscina», bromeaba para explicar la mudanza. Aunque por esas fechas, accedió a escribir «Carta desde Los Ángeles» para The New Yorker, y durante una época tuvo que volar a menudo a California. Ese año cubrió por primera vez unas elecciones presidenciales, y repitió en 1992, adentrándose por primera vez en los reportajes políticos. Volvería a hacerlo en 2004.

Sus ensayos sobre la política y los gobiernos estadounidenses se recopilarían en Political Fictions, en 2001, y en 2003 volvió a tomar California como objeto de ensayo en Where I Was From. Ese año iba a ser terrible para ella. Quintana cayó gravemente enferma, y el 30 de diciembre, al regreso del hospital, donde su hija se encontraba en coma, Dunne se desplomó de un ataque al corazón en casa y murió. A Didion la impresionó lo que llamó «el instante normal», es decir, la naturaleza fútil de todo lo que había precedido al momento de la muerte. «Cuando tenemos delante un desastre repentino, siempre nos fijamos en lo anodinas que eran las circunstancias en las que ha tenido lugar lo impensable». El año del pensamiento mágico es un libro sobre la pérdida, el dolor, el duelo, con cuya escritura Didion se defendió a su manera de la locura. La muerte de Dunne trastornó su mente y canceló «la normalidad de la vida» durante un año, en el que a menudo pensaba que él aún podía volver. «Que me lo devolvieran fue durante aquellos meses mi objetivo oculto, un truco de magia». Con el libro obtuvo el National Book Award, el National Book Critics Circle Award y fue finalista del Pulitzer. Lleno de frases cortas y sobrias, pero terriblemente convincentes, que capturan la angustia, la soledad, el miedo, la fragilidad de su autora, la obra conectó con miles de lectores en todo el mundo, que vieron en el dolor de Didion un dolor universal. 

Dos meses antes de su publicación, falleció su hija Quintana. La vida volvió a cambiar para ella «en un instante. Un instante normal». Sus editores le propusieron detener la impresión y añadir un capítulo final, si así lo quería. Didion lo desechó. Eran dolores diferentes. En 2012, en una continuación del duelo y la pérdida ya cultivados, publicó Noches azules, dedicado a la muerte de su hija a los treinta y nueve años. «Ya no me daba miedo morirme», confesó en el libro, de hecho, «lo que me daba miedo era no morirme, me daba miedo sufrir una lesión en el cerebro y sobrevivir». En sus últimas obras, con su voz desnuda, sin anestesia, Didion «opera sobre sí misma y proyecta la memoria invulnerable de ambos fantasmas —hija y marido— sobre la pantalla de su propia y crepuscular fragilidad, consciente todo el tiempo de que su tiempo se acaba», como señalaba hace unos años Rodrigo Fresán. Escribir sobre su dolor fue la forma de mantener la cordura y «pagar el billete de vuelta al mundo real». Después de todo, como había escrito cincuenta años atrás, al comienzo de El álbum blanco, «nos contamos historias a nosotros mismos para poder vivir».

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