Instrucciones para reservar habitación en el universo paralelo

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Skyline del universo paralelo y real. Ilustración: Pedro Torrijos.

El Gran Hotel. Diseñado por Antonio Gaudí. Construido en 1908.

(«Over There». Fringe. SE02 EP22/23)

1. Elija destino y medio de transporte

Lleva ya un tiempo guardando días libres, agrupando moscosos y ahorrando lo que ha podido para tomarse esta semana de vacaciones. Un paquete de tabaco que dura como tres, una carretera nacional en lugar de la autopista, lentejas en tupper que le han permitido conservar esos ocho euros día tras día, aun a costa de una dieta demasiado rica en hierro; todo ha sumado y ahora no piensa escatimar. Se lo merece.

¿Bríndisi en barco? Puede ser, pero quizá es muy cerca. ¿El Raj británico en una casa de vapor? Exótico sí, pero el elefante mecánico traquetea demasiado y es incómodo. ¿Un viaje por el Índico en el Nautilus? No sé, no sé, la humedad acaba siendo un fastidio y se mete en los huesos. Ya sé, ¿y si visita usted los Estados Unidos en dirigible?

Claro que sí. Los Estados Unidos de América. El país de las barras y las cuarenta y ocho estrellas; del segundo presidente de raza negra tras Martin Luther King; del rock y los cómics de superhéroes; del baloncesto de la NBA y los rascacielos.

Le hubiera gustado visitar el Golden Gate, pero el Gran Terremoto del 71 se llevó San Francisco y gran parte de California al fondo del mar; además, la costa oeste sigue siendo un lugar peligroso. ¿Y en el este? En Stone’s Hill se encuentra el precioso monumento en memoria de Impey Barbicane y los héroes del primer viaje a la Luna de 1865, sin embargo, el resto de la Florida es bastante aburrido. En Boston podría asistir a un partido de los Celtics, pero con la mitad de la ciudad bajo la cuarentena del ámbar apenas queda nada más por ver. ¿Washington y el nuevo edificio de la Casa Blanca, construido sobre las ruinas que dejaron los ataques del 11S? Demasiada policía y demasiada seguridad.

¿A quién quiere engañar? Usted ya lo tiene decidido; va a ir a la ciudad que nunca duerme, a la ciudad de los Dodgers, de los velocípedos y del Empire State Building. El lugar donde se levanta el único edificio que Antoni Gaudí construyó fuera de España. 

Sí, va a ir a Manhatan.

2. Elija hotel y tome el dirigible

Le recuerdo que si quiere alojarse en el Gran Hotel de Manhatan debe reservar con varias semanas de antelación. No en vano, el edificio es, como su nombre inicial indicaba —Hotel Atracción—, un verdadero reclamo para una ciudad que no está precisamente escasa de ellos.

Tras el éxito que supuso la inauguración de la Sagrada Familia en 1906, Gaudí quería seguir explorando las posibilidades de esa arquitectura orgánica que abanderaba y que, según él, contaba con las formas regladas —superficies curvas generadas a partir de rectas— como elemento primario de construcción: «Los paraboloides, hiperboloides y helicoides, variando constantemente la incidencia de la luz, tienen una riqueza propia de matices, que hacen innecesaria la ornamentación y hasta el modelaje». Estas superficies, junto con la catenaria funicular, aparecen con claridad en varias obras de Gaudí, como la bóveda hiperboloide de la propia Sagrada Familia o el desván de arcos parabólicos de la Casa Milà de 1910.

Pero Gaudí necesitaba algo más, necesitaba demostrar la verdadera capacidad de su investigación estructural. Enseñar al mundo que, si se querían levantar edificios de gran altura, la solución no podía ser la de la acumulación de plantas con esqueleto metálico que sostenía el Flatiron Building (Daniel Burnham, 1902, ochenta y siete metros) o el Park Row Building (R. H. Robertson, 1899, ciento diecinueve metros) y que estaban empezando a conformar la imagen de la Nueva York de principios del siglo XX. Por eso, cuando se canceló el proyecto del Parc Güell en 1907, el arquitecto catalán aceptó gustosamente el encargo de dos inversores estadounidenses para construir un hotel de trescientos sesenta metros de altura. 

Sería un edificio como no había otro y emplearía lo que él consideraba como la verdadera honradez estructural: el respeto por las formas que originaban las propias cargas. Sería un peculiar rascacielos.

Así pues, y junto a uno de sus ayudantes, el escultor Joan Matamala, proyectó un edificio que enseñaría la arquitectura de Gaudí al mundo y se convertiría en el techo de Manhatan hasta que se erigieron las Torres Gemelas en 1970. Y pese a que su construcción se preveía superior a siete años, fue diseñado y levantado en tiempo récord; encomendado en enero de 1908, el Hotel Attraction abrió sus puertas para celebrar con una gran fiesta la Navidad de ese mismo año.

Acuda entonces al aeródromo más cercano y coja el dirigible a Nueva York. El viaje dura más de un día y la aeronave tendrá que repostar en la isla de Lincoln —aunque todo el mundo la siga llamando isla Misteriosa—, pero desde que los aviones fueron prohibidos tras el 11S es el medio más rápido para cruzar el Atlántico. 

3. Aterrice en Manhatan y disfrute de su estancia en el Gran Hotel

    Como seguramente conoce, los vuelos internacionales toman tierra en la azotea de la Torre Sur del World Trade Center, estando reservado el Observation Deck del Empire State para los trayectos domésticos. Mirando por la ventana de su asiento, habrá visto la broncínea figura de la Estatua de la Libertad y el ámbar de similar color que cubre el Madison Square Garden; y ahora se pregunta, según se acerca lentamente a los formidables prismas de acero blanco, qué habría sido de las Torres Gemelas si los pasajeros del American 11 y el United 175 no hubiesen podido desviar los aviones y estrellarlos en el océano.

    Una vez haya descendido por los turbo-ascensores y ponga el pie en el suelo de Manhatan, dirija su mirada hacia el noreste; allí verá la silueta paraboloide del Gran Hotel —como fue rebautizado en los años 30— situado a poco más de un kilómetro del WTC. Puede tomar un taxi o, si el peso de su maleta se lo permite, dar un paseo de quince minutos por Liberty Street hasta Broadway y de ahí a la derecha por Park Row hasta el número 8 de Spruce Street.

    Posiblemente se pregunte, viendo los bloques que le rodean, por qué el edificio de Gaudí no creó escuela en Nueva York, por qué el skyline de la ciudad está dominado por construcciones esencialmente prismáticas. Bueno, quizá lo averigüe cuando llegue al hotel y lo conozca un poco mejor.

    Lo primero que le va a sorprender, incluso antes de entrar, es su fachada. Un polícromo mosaico, que va desde el verde de la base hasta el gris y el rojo de las alturas superiores, recubre toda la envolvente del edificio, tanto en el edificio central como en los ocho cuerpos laterales, más bajos, que se le adosan. Una cúpula de vidrio coloreado en la cúspide sobre la que se levanta la estrella de fuego —símbolo del mundo natural pero onírico, del mundo feérico— rematan la construcción.

    Porque Gaudí no quería trasladar su profunda fe católica al Nuevo Mundo. Conocedor del inherente pragmatismo que era base de la cultura social americana, concibió su edificio como una suerte de homenaje al humanismo. Adelantándose en casi veinte años a las experiencias del expresionismo alemán —al menos en concepto— planteaba el hotel como una suerte de catedral cívica, como una catedral laica.

    Pero sí, como una catedral. Y créame, lo podrá comprobar en su interior.

    Gaudí se hizo valer de la provechosa experiencia que, en el proyecto de la iglesia de la Colonia Güell, le había proporcionado el empleo de la maqueta polifunicular. Porque Gaudí, que era un gran estudioso de la geometría y de la ingeniería, confiaba en la curva catenaria como elemento definidor de la estructura y de la forma de sus obras. De igual manera, y al considerarse a sí mismo no como un arquitecto, sino como el último maestro de obra medieval, apenas empleaba el dibujo como herramienta de proyecto, sino que prefería las maquetas y los modelos tridimensionales. No trabajaba sobre geometría plana sino sobre geometría espacial.

    La maqueta polifunicular era un ingenioso sistema para simular las cargas reales que iba a tener el edificio y definir, en último caso, su forma. Del plano de una planta colgaba un sistema de cordeles sujeto en los puntos sustentantes —pilares, columnas, muros— del dibujo. De esos cordeles pendían una serie de pesos proporcionales a los esfuerzos que iba a soportar el edificio, lo cual creaba una forma en las cuerdas. Una catenaria como la de los puentes colgantes, pero tridimensional. Gaudí tomaba entonces una fotografía de la maqueta y, tras revelarla, le daba la vuelta y dibujaba sobre ella la estructura e incluso la envolvente del edificio.

    Para Gaudí, la forma perfecta de un edificio era la forma de sus cargas. Y pensaba aprovechar la ocasión que se le brindaba para poner en práctica esta máxima.

    El problema es que para que las cargas de un edificio resulten en una curva catenaria o un paraboloide, es necesario que dichas cargas sean esencialmente continuas y no acumulativas. Es decir, que se distribuyan en un único espacio, como la nave de una iglesia; y esto no se lleva demasiado bien con la lógica de un rascacielos. Y le explicaré; los rascacielos nacen de la necesidad de aprovechar lo máximo posible el suelo del downtown urbano, totalmente colmatado y cuyo precio era demasiado caro. Así, y pese al sobrecoste que supone construir un edificio en altura, el aumento del metro cuadrado edificado en múltiples plantas convierte al rascacielos en una solución económicamente viable: cuantas más plantas, más metros cuadrados habitables y más barato es, proporcionalmente, el precio del suelo. De esta manera, un edificio de cien metros de altura debería contar con al menos treinta plantas, uno de doscientos tendrá sesenta y uno de trescientos sesenta metros será económicamente rentable cuando no baje de cien o ciento veinte plantas.

    Sin embargo, y como podrá comprobar, el Gran Hotel de Gaudí, que ocupa más de dieciséis mil metros cuadrados de suelo, tiene tan solo trece plantas destinadas a habitaciones en sus cuerpos anexos. Y lo que le resultará incluso menos comprensible económicamente, cuenta con únicamente diez plantas en su edificio central; todas ellas públicas y todas ellas catedralicias. 

    Porque como ya le he dicho, Gaudí intentó hacer casar su convicción en el uso de la superficie reglada y la curva catenaria con la construcción de un edificio de gran altura. El resultado final es, sin embargo, discutible.

    Al acercarse al edificio habrá visto que los cuerpos adyacentes, aún con una silueta general de forma paraboloide, tienen la fachada ondulada como la de sus inmuebles residenciales de Barcelona. Como la casa Batlló o la Pedrera. Es allí donde se encuentran las habitaciones del hotel y donde Gaudí tuvo que batallar contra la contradicción que se le planteaba.

    Cuando llegue a su habitación advertirá que la altura de la misma es de unos tres metros, una altura convencional. Porque los cuerpos adyacentes son esencialmente convencionales, porque la acumulación de plantas produce cargas verticales y, por tanto, la inclinación paraboloide de la fachada no responde a los verdaderos esfuerzos. El cerramiento no es portante y Gaudí lo aprovecha para ejecutar esa sobrefachada ondulada que nos dice, precisamente —y esto es algo que al arquitecto le horrorizaría admitir—, que la forma del paraboloide no es estructural. Es así porque Gaudí quiso que fuese así, no porque lo dictase ningún modelo ni ninguna maqueta de cargas.

    Comprobará, por el contrario, que el volumen central es completamente diferente. Allí, Gaudí pudo aplicar tanto su convencida búsqueda formal y estructural, como ese concepto de catedral cívica que quería para el edificio. 

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    Sección transversal del hotel. Dibujo de Joan Matamala.

    Desde el lobby en la planta baja, de diecisiete metros de altura libre, donde se encuentra la recepción del hotel y que se destina entre otras cosas a museo del edificio. Allí verá las maquetas que usó Gaudí en el diseño, fotografías de la construcción y los planos del propio arquitecto y de Joan Matamala que este último recopiló en 1956 para su libro Cuando el Nuevo Continente llamaba a Gaudí (1908-1911). Más arriba podrá reservar mesa en alguno de los cinco salones; cinco restaurantes decorados con motivos alegóricos de cada uno de los cinco continentes y situados en cada una de las cinco plantas, de seis metros de altura, que van desde la primera a la quinta. En la sexta planta, y ya a la mitad del edificio, podrá disfrutar de la noche neoyorkina en su sala de fiestas. Visitará las exposiciones de la séptima planta y le recomiendo que, si las fechas le coinciden, asista a un concierto en el auditorio de la octava.

    Pero sobre todo no se pierda la novena planta, la verdadera joya del Gran Hotel: la sala Homenaje a América que, con una altura libre de ciento veinticinco metros, ocupa prácticamente un tercio del edificio. Allí accederá al mirador circular, sostenido por ocho columnas de basalto, que le ofrece una visión general de la sala. Desde esa posición privilegiada, podrá contemplar cómo la luz coloreada por las vidrieras del cerramiento baña la réplica de la Estatua de la Libertad que, como una virgen laica de diez metros de altura, se erige en el centro del espacio.

    Y aquí sí, aquí ya no hay cuerpos adyacentes ni plantas que soportar. El cerramiento, desnudo de ondulaciones, es estructural. El paraboloide responde a las cargas de un espacio único, y además es extraordinariamente eficaz contra el empuje horizontal del viento, que es un esfuerzo determinante en los rascacielos.

    Una vez haya visitado la última planta y disfrutado de las magníficas vistas de la ciudad que le brinda el mirador y la galería exterior, podrá dar por concluida su estancia en el Gran Hotel.

    Pero aún le queda la última noche. Una vez de vuelta a su cama, se ha tumbado boca arriba con los brazos cruzados tras la nuca y lleva un buen rato pensando. Ve exagerado que un hotel de tales dimensiones cuente con tan poca superficie destinada a habitaciones. Posiblemente comprenda en ese momento por qué la experiencia del edificio de Gaudí no se repitió en Nueva York ni en ningún otro rascacielos; si para conseguir una superficie reglada y una curva catenaria en una construcción de gran altura los espacios deben tener tal magnitud, entonces, y pese al continuo flujo de visitantes y turistas, es casi imposible que el edificio amortice el coste de su construcción y el precio del suelo sobre el que se levanta.

    Y tendrá usted razón. El Hotel Attraction llevó a la ruina a sus dueños hasta el punto de que el estado de Nueva York tuvo que comprar el edificio a finales de los años 30 para evitar su demolición; le cambió el nombre por el de Gran Hotel y asumió que la condición del mismo nunca sería la de la rentabilidad económica sino la del símbolo y el reclamo urbano. Es probable que el estado de Nueva York jamás recupere la inversión del Gran Hotel, pero todo sea por conservar el único rascacielos que construyó Gaudí. El único edificio verdaderamente modernista que se levanta al otro lado del Atlántico.

    4. Regrese a casa

    Habrá recogido su ropa y la habrá colocado en la maleta junto con algún souvenir —acaso un tebeo de Red Lantern o una moneda de dólar con la efigie de Nixon—, después pague en recepción y una vez haya cruzado la puerta del hotel y caminado unos pasos, dese la vuelta y contemple una última vez la silueta multicolor del edificio. Haga un par de buenas fotografías o intente fijar esa imagen en su memoria, porque después tendrá que regresar a su casa.

    Y quizá su casa se encuentre en un universo paralelo. Un universo al otro lado de estas páginas. 

    Un universo donde los dirigibles dejaron de volar hace más de cincuenta años. Donde no hay ninguna isla Misteriosa en medio del océano Atlántico. Donde el primer hombre que llegó a la luna no lo hizo en 1865 sino en 1969 y se llamaba Neil Armstrong.

    Un universo donde los Estados Unidos son cincuenta. Donde se puede vivir en Boston y en California y donde los Dodgers juegan en Los Ángeles desde el 57.

    Y un universo en cuyo Manhattan —un Manhattan escrito con doble t ya no se levantan las Torres Gemelas y el Hotel Atracción de Antoni Gaudí no pasó de ser un proyecto que nunca llegaría a construirse.

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