La ruleta rusa

Publicado por y Carlos Pena
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Foto: Cordon Press.

Podría argumentarse que la ruleta rusa es un juego de azar razonable. Después de todo, las apuestas son altas y el jugador que gana puede embolsarse, sin más esfuerzo que apretar un gatillo, cantidades astronómicas. Y, si se piensa bien, las posibilidades de ganar son muy altas: nada menos que del ochenta por ciento para un revólver de cinco balas. Poco cuesta imaginarse un panfleto de propaganda promocionando el juego que rece así: «La inmensa mayoría de los jugadores que prueban vuelve a casa con millones, y solo hay que lamentar desgracias en un pequeño porcentaje de los casos».

Caramba, no tan pequeño, argumentará alguien. Después de todo, 20 % es un caso de cada cinco. Pero es probabilidad nos parecería muy aceptable si, en lugar de llevarnos un tiro en la sien, la consecuencia fuera, digamos, un buen bofetón. ¿Quién no arriesgaría un sopapo por llevarse una cartera llena de billetes?

Cuando evaluamos riesgos, hay siempre dos componentes. La probabilidad de que el dado arroje un resultado «negativo» (es decir, que nos toque la bala en el revólver) y la consecuencia de ese resultado negativo (no es lo mismo un tiro que una bofetada). Esa es la razón por la que mucha gente tiene miedo a volar en avión, o a las centrales nucleares: en ambos casos, el riesgo de accidente es muy pequeño, pero las consecuencias, en caso de que se dé, son muy grandes. En el otro extremo de la balanza, nadie pierde el sueño por un catarro: está casi garantizado que vamos a coger al menos uno al año, pero la cosa no pasa de moquear un par de días. 

Mientras escribimos estas líneas, el día de Reyes del año 2022, sabemos que la variante ómicron del infausto SARS-CoV-2, se está expandiendo en todo el mundo y en particular en España. La velocidad de subida de la curva (que ya predijimos) es todo lo espectacular que puede esperarse del comportamiento exponencial al que el coronavirus nos ha acostumbrado, solo que esta vez estamos batiendo todos los récords. Las cifras oficiales de contagios están al nivel de los 150 000 al día; y sin duda subestiman los casos, dado el alto número de asintomáticos y de autotest. Algo inevitable, por otra parte, ya que la atención primaria está colapsada, muchos ciudadanos optan por el test de antígenos y, en caso de resultar positivos, pasan la enfermedad en casa, sin notificarla a un sistema saturado. La realidad es que la cifra de contagios real probablemente se acerque al medio millón al día.

¿Qué medidas se han tomado? En la práctica, al margen de la campaña de vacunación, ninguna, con unas pocas excepciones (Cataluña es una de las pocas comunidades que intenta aplicar restricciones razonablemente severas). En cuanto a la tercera dosis, ya avisamos de que se podría haber ido más rápido y, como ya es de rigor, nos ha tocado el rol de Casandra en un país que no escarmienta. Con la tercera dosis hemos asistido al mismo espectáculo que ya nos ofrecieron algunos «expertos» y no pocos medios con las mascarillas: durante meses no hacían falta, luego resultaron ser la medida más eficaz de todas (vacuna aparte) para protegerse del virus. También, durante semanas, hemos leído y escuchado doctas opiniones que ninguneaban la tercera dosis (a pesar de las evidencias de que funcionaba en Israel, por ejemplo), hasta que de repente, ya sí que sí. Tarde, claro. Como siempre.

Eso sí, se ha aprobado la medida más peregrina del mundo. Si algo sabemos todos, a día de hoy, es que el virus se contagia primordialmente por el aire, en forma de aerosoles. Que ese contagio se da, sobre todo, en espacios cerrados que permiten a los aerosoles sobrevivir en suspensión. A estas alturas todos sabemos que el virus se propaga en los espacios cerrados de restaurantes, bares y discotecas; mucho menos en las terrazas de esos mismos restaurantes y bares; poco en piscinas y centros deportivos (donde, que sepamos, no se han dado aún macrobrotes); y casi nada, en términos prácticos, al aire libre, a menos de que se trate de aglomeraciones sin distancia interpersonal. De ahí que imponer de nuevo la mascarilla de forma genérica en espacios abiertos sea una medida inútil, injustificada y que demuestra, sobre todo, la falta de consideración de los gobernantes hacia los ciudadanos. Lo malo no es ya que no les preocupe nuestro bienestar, sino que nos tomen por tontos.

Por otra parte, en estas Navidades no se han suspendido fiestas (ni siquiera las uvas en Sol), y en muchas comunidades no se ha impuesto ningún tipo de restricción a las celebraciones. El argumento que se esgrime es que la ómicron es menos dañina que otras variantes (lo que sabemos seguro es que afecta menos letalmente a los vacunados, que no es lo mismo), y por tanto no vale la pena perjudicar la economía para intentar contenerla. 

¿Es un argumento razonable? Habría que echar las cuentas. Digamos que el número de hospitalizaciones decrece por un factor 10 en el caso de vacunados (esto implicaría que la reducción es del 90 %; de hecho los datos apuntan a un poco menos, del orden del 75 %). Claramente, si la propagación de ómicron fuera similar a la de las primeras variantes, la apuesta tendría bastante sentido: vendría a ser como jugar a la ruleta rusa con una bala en un tambor de cincuenta disparos. Pero si la propagación de ómicron es un factor 10 mayor que la de las anteriores variantes (como podría ser muy bien el caso), entonces el símil sería jugar con un revolver de cincuenta tiros, pero con diez disparos por cada jugador en lugar de uno solo.

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Nuevos casos confirmados, por millón de habitantes en España, Francia, Italia y Reino Unido. Son cifras que hay que coger con pinzas, debido a la saturación más o menos generalizada de los sistemas de atención primaria y salud pública. Aun así vale la pena observar que la curva en España ya ha rebasado a la de Italia, y se acerca a la de Francia y el Reino Unido. Obsérvese el rapidisímo crecimiento exponencial, que ya ha multiplicado por casi un factor 3 los picos anteriores.

Peor: los datos de hospitalizaciones en países que nos llevan delantera, como el Reino Unido, llevan días sin ser especialmente tranquilizadores, y apuntan a que, al final, vamos a pagar un precio elevado por la actual política de laissez faire. De hecho, basta fijarse en este gráfico, en el que se ve que acabamos de superar la tasa británica de hospitalizaciones:

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Número de hospitalizaciones diarias por millón de habitantes (media móvil a una semana), contabilizadas por Our World in Data, para España, Francia, Italia y Reino Unido. Hay que destacar el crecimiento exponencial de las curvas. Todos los países superan ya las cifras de la ola de verano, y se encaminan hacia las cotas del pasado invierno. Recuérdese que las curvas de hospitalizaciones siguen las de casos con, grosso modo, una semana de retardo.

O en este otro, en que (a falta de datos del Reino Unido, que no están disponibles), vemos un comportamiento similar para los hospitalizados graves:

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Número de ingresos en UCI diarios por millón de habitantes (media móvil a una semana), contabilizadas por Our World in Data, para España, Francia e Italia. Recuérdese que las curvas de ingresos en UCI siguen las de casos con, grosso modo, unas dos semanas de retardo.

Lo mínimo que se merecía la ciudadanía es que alguien nos hubiera explicado sobre qué basde se ha tomado la decisión de que la nueva estrategia frente al virus sea la de que el cada uno se busque la vida. En lugar de eso, nos dicen que debemos ponernos la mascarilla por la calle y quitárnosla en el bar.

Pero además, la semana que viene, nos vamos a enfrentar a la vuelta (de tuerca) al cole. Hasta ahora, el ciudadano tenía, al menos, alguna opción a título personal: podía escoger no frecuentar bares y restaurantes, limitar reuniones familiares, cuidar distancia social, todas esas medidas de las que estamos tan hartos pero que han salvado tantas vidas. Sin embargo, el lunes que viene todos los menores de dieciséis años tendrán que ir, obligatoriamente, a clase; y enfrentarse a una desinversión cronificada en nuestro propio futuro que, increíblemente, no ha sido revertida por la pandemia. En las aulas, los chavales están en grupos de veinte, treinta o más, porque las ratios han vuelto a sus habituales niveles vergonzosos tras el respiro (en algunas comunidades) del curso pasado. La ventilación, más aún en invierno, no está garantizada, porque los centros siguen sin contar con sistemas apropiados o con algún mísero medidor de CO2. Son muchas horas para mantener distancia, para que no se le baje a alguien la mascarilla (a pesar de que los sufridos y admirables peques han demostrado un sentido medio de la responsabilidad sistemáticamente mayor el de los adultos). Se ha argumentado que, en olas anteriores, el nivel de contagios y macro brotes en los colegios fue pequeño. Pero es que esta variante es, de manera efectiva, tan contagiosa como la varicela. Y si algo se sabe de enfermedades como la varicela es que, cuando aparece en una clase, se contagia todo el mundo que no lo ha pasado.

Y eso es exactamente lo que va a pasar. A lo largo del mes de enero se van a contagiar en masa grandes cantidades de peques que aún no han pasado la ómicron. Y, junto a ellos, muchos docentes. Y sus familias, que tienen tantos boletos de contagiarse como ellos. Y esas familias incluyen a personas de más edad, o con patologías que pueden complicarse con la infección.

¿Lo hemos pensado bien? ¿Dónde están los cálculos, los modelos que avalan esa decisión? Dice la ministra que «prudencia sí, alarmismo ninguno». Que hay que «tensar los protocolos». Pero, ¿dónde está la prudencia? ¿Dónde están las bajadas de las ratios, la vuelta temporal a la no presencialidad allí donde haga menos daño? ¿Dónde están todas las medidas razonables que, para ser llevadas a cabo de forma también razonable, requieren inversión y esfuerzo de las administraciones? Otros países cercanos sí están optando por reducir la presencialidad, al menos en parte y al menos por algunas semanas. No ir al bar, o no reunirse con los amigos, es optativo, pero las familias no pueden escoger que sus niños se queden en casa. Más aún: muchas no pueden permitírselo, en parte porque nunca se han llegado a apoyar decisivamente medidas como la flexibilidad laboral generalizada o las bajas asociadas a confinamientos y conciliación, con argumentos cortoplacistas que ignoran el impacto, aún mayor, de que la población enferme de manera masiva.

La opción que han elegido nuestras administraciones es imponer que la mayoría de los menores de edad se contagie, y que con ellos lo hagan sus familias. Y para ello se usa el argumento de que la enfermedad «ya no es grave» (el revólver tiene cincuenta recámaras y una sola bala), olvidando, muy convenientemente, que cuando los contagios se cuentan por millones a la semana, estamos jugando a la ruleta rusa una y otra vez.

No cabe duda de que la mayor parte de las infecciones serán poco graves; al menos a corto plazo, porque otra de las espadas de Damocles sobre nuestro futuro, más allá de las muertes, es el impacto de los efectos secundarios a largo plazo. El infame «long COVID» ha demostrado que puede llegar a ser muy pernicioso, incluso en personas jóvenes, y aún tardaremos años en entender sus consecuencias en la población.

Esperemos que sea verdad que la actual variante (y las futuras que vengan) sean poco graves en población vacunada y sobre todo en jóvenes y niños. Y esperemos, sobre todo, que la ruleta rusa no empiece a cebarse vidas entre los más pequeños, como ya lo ha hecho entre los más mayores. 

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