Manual de caza de seres extraordinarios

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seres extraordinarios
Ilustración: Diego Cuevas.

Digo que ha sido pública fama en todo el pueblo que en este jardín se han visto ciertas visiones o fantasmas que han espantado a algunas personas. Y aunque pierda alguna cosa de mi buena reputación no dejaré de confesar que soy tan medroso que antes me aventuraría a matarme con un hombre que me tuviese muy gran ventaja en fuerzas y en armas, que no hallarme solo en algún lugar temeroso y donde pudiese suceder alguna cosa de espanto.

(Antonio de Torquemada,  Jardín de flores curiosas).

Intenté advertir del peligro a un hombre de los que encaran por costumbre la mañana atornillándose la boina a la cabeza y masticando un roble, a un agricultor de áspero carácter cuya experiencia con la psique femenina parecía profundizar únicamente hasta la altura del codo a la hora de asistir el  parto de un ternero. Y le expliqué claramente que en lo recóndito del bosque, junto al arroyo, se encontraba una joven esforzándose en acicalarse el pelo, ser muy rubia y estar muy desnuda, dejando bien claro que debido a su naturaleza feérica haría cosas muy feas a todo aquel que se acercase. 

Para mi sorpresa echó a correr en la dirección contraria a la que me esperaba.

(Anónimo, Manual de caza de seres extraordinarios).

Lo legendario normalmente suele tomarse muy mal que alguien venga a imponerle algún tipo de contacto con la realidad. Y por eso mismo la presente guía, una versión rescatada, reducida y actualizada de un texto anónimo (Manual de caza de seres extraordinarios) de origen incierto, tiene más de advertencia que de vademécum de lo arcano: se recomienda que en la práctica el lector ignore todas las instrucciones aquí escritas y olvide lo de perseguir seres fantásticos para darle vidilla al Instagram. 

En Asturias, la mitología fantástica ha vivido cómodamente hasta nuestros días tumbada boca arriba sobre camas de musgo, entre bosques frondosos y bajo el refugio de un legado oral que se ha propagado de manera centenaria. A fin de cuentas, el mundo mágico en general siempre ha sobrevivido, mantiendo una salud envidiable, gracias a ignorar por completo las leyes lógicas, biológicas y científicas que dictan y aseguran con firmeza que es imposible que exista.

Serena

El termino sirena suele venir acompañado de la representación mental de una simpática chavala pisciforme con las curvas de Daryl Hannah haciéndole carantoñas a Forrest Gump, o de una adolescente lo suficientemente creativa como para considerar que un par de conchas componen un vestuario ideal y con un círculo de amigos que incluye a un cangrejo tocando los bongos. Ideas románticas y evocadoras alejadas de la infernal y monstruosa aberración de la naturaleza que sería el contemplar a una fémina cuyo cuerpo hubiese decidido a medio camino que en realidad lo que siempre había querido ser era una merluza. 

La sirena original no era de vestir escamas, el arte griego primigenio la dibuja como un ave con cabeza de mujer o con variables del cóctel mujer/pájaro. Un ser de garras afiladas, pose amenazadora y modales sociales reprobables, que se permitía robar a los pajarillos el don del canto melodioso para camelar marineros. En la catedral de Oviedo es posible encontrar representaciones artísticas de las sirenas aladas, en uno de sus capiteles (ala norte, capitel 19) y en dos de las misericordias de la antigua sillería del coro.

El texto De Monstruis (s. VI) insinuaba por primera vez la variante acuática de aquellas sirenas y más adelante el best seller Liber Monstrorum (s. VII-VIII) dejaba bien claro que la funcionalidad de su fisionomía desde el ombligo hacía abajo era meramente náutica. La catedral de Vetusta también acoge a este tipo de sirena con cola, lo hace en cuatro tallas de sus misericordias y en el capitel 9 del ala sur. Incluso Colón, en uno de sus diarios de navegación, aseguraba haber avistado a un trío de sirenas circulando por el carril derecho durante sus viajes a las Américas. Primas hermanas de la sirena con plumas (de hecho las lenguas de origen latino utilizan el mismo nombre para denominar a ambas) las sirenas marinas llegaron de algún modo hasta las costas cantábricas conservando sus modales mediterráneos, adquiriendo el nombre de serenes y con ganas de retozar con los nativos. 

La población de Luarca, una villa costera abrazada por el mar y coronada por un faro de vida longeva (data de 1862) y alegre escalera de caracol, se presenta como uno de los históricos puntos calientes del tráfico de serenes en caso de que el viajero esté interesado en un posible punto de avistamiento de dichas criaturas. Luarca es para una serena como Italia para un estudiante de Erasmus con las hormonas en ebullición nivel pogo. Una de las historias más recordadas de la región narra cómo una serena tiró la caña a un barco vikingo para acabar encandilando a su capitán, un hombre tan obcecado que, a base de insistir y de manera inexplicable, consiguió dejarla encinta para después abandonarla. La serena despechada se desentendió del hijo de ambos dejándolo a su suerte sobre una roca cercana, y el crio besó la fama local cuando, tras ser rescatado por unas fornidas gaviotas, decidió ponerse el nombre artístico de Gavilueto, partir de la ciudad con el propósito de dividir árabes en porciones más pequeñas y conquistar portuguesas. 

Trasgu

Antes de que Roald Dahl inventara el vocablo gremlin, y mucho antes de que Steven Spielberg y Joe Dante lo convirtieran en estrella de Hollywood vendida en un bazar chino, los campesinos asturianos descubrieron por su cuenta la amabilidad de los duendes caseros. El trasgu es un pequeño ser de aspecto humano, siempre y cuando considerásemos que el humano de referencia es alguien cuya vida transcurre en un polígono: es pequeño, cojo, feo, arrugado, viste gorro, blusa colorada y textos como el Del folklore asturiano de Aurelio de Llano no confirman si tenía el detalle de cubrirse adecuadamente las bondades: «Nadie se ha fijado si gasta o no pantalones y si anda calzado o descalzo». Uno de sus rasgos más llamativos y populares es un enorme agujero en la mano izquierda. Su principal ocupación parece consistir en cometer todo tipo de travesuras dirigidas a los inquilinos de las moradas: llamar a las puertas para a continuación esconderse, causar estruendo por las noches, reubicar los muebles de la casas, soltar el ganado de la cuadra y en esencia dedicar su existencia mágica a la noble disciplina de tocar mucho los cojones. 

Los habitantes del palacio de Rozadiella, una edificación nobiliaria asturiana de los albores del Barroco situada en Tineo, padecieron las putadillas del trasgu hasta el punto de hacer las maletas y mudar de techo para descubrir que el duende también tenía intención de acompañarles en el traslado. En una casa de Villabolle (Grandas de Salime) cierta familia sufrió insomnio durante meses por culpa de un trasgu ocioso que jugaba a los bolos en el desván, acostumbrando a gritar las puntuaciones de sus tiradas a voces. En esencia, la mejor forma de plantar un cebo para invocar a un trasgu es irse a vivir a cualquier parte de la geografía asturiana y esperar pacientemente a que empiecen a ocurrir cosas raras. Es por ello que, pese a lo apetitosa que puede parecer la idea para los fetichistas de capturar a un enano feo sin pantalones, la mayor parte de consejos para hacer frente a un trasgu no están relacionados con darle caza, sino con conseguir que éste permanezca lo más lejos posible de uno. Las tretas más utilizadas para deshacerse de este tipo de duende suelen adoptar la forma de apuestas retorcidas; retarle a que traiga agua en un canasto de mimbre, a que lave una piel negra hasta volverla blanca o a que transporte media copa de linaza en su mano izquierda (que, recordemos, tiene un área circular que está libre de mano). Tareas imposibles de completar que provocan que el trasgu, un ser cuya naturaleza gusta de estos juegos y de lucir orgullo, decida irse por la puerta antes de verse vencido o incapaz.

Xana

Les xanes tienen la agradable apariencia de jóvenes zagalas de cabelleras largas y rubias. Son muy de aparecer desnudas cerca del agua para alegría de los campesinos o, las más pudorosas y amigas de la enagua, vestidas con largas sayas blancas. Su quehacer nocturno se limita a peinarse las melenas con utensilios fabricados en oro y tienen por costumbre tontear con los pastores desprevenidos a quienes en ocasiones toman por maridos bajo una serie de condiciones férreas y muy locas que de ser incumplidas conducirían a un inmediato divorcio feérico. Curiosamente, les xanes no pueden dar de mamar a sus hijos. Y además, parecen no entender del todo el mecanismo de un biberón, pues su solución para el asunto del amamantamiento consiste en colarse en los pueblos cercanos e intercambiar el niño con el de alguna madre de camada lactante, para que sea la despreocupada campesina quien se encargue de cebar al hijo de la ninfa.

Esta xana, top-model del ámbito rural, aparece en los alrededores de fuentes por las noches y en las mañanas del día de San Juan. Sitúa su morada en diversas cuevas de la geografía norteña y por lo general tiene un patrimonio de utensilios de oro tan pomposo como poco útil para alguien que vive en una caverna. Si el avezado lector decide atreverse a entrar en sus dominios puede probar suerte recorriendo el desfiladero de las Xanas, una agraciada ruta de tres horas a través de una senda excavada en la montaña que une los concejos de Santo Adriano, Quirós y Proaza (se comenzó a construir en los años 50 como vía de comunicación entre los municipios pero el proyecto no se finalizó), cuyo desfiladero llega a alcanzar una profundidad de noventa metros y es cruzado por el arroyo de las Xanas, donde presumiblemente, y si las palabras no engañan, debería de haber como mínimo un par de ellas. En caso de no toparlas, y de haberse quedado el caminante con hambre, la propia ruta desemboca en el célebre restaurante Casa Generosa, donde los fogones llevan varias decenas de años en marcha cociendo platos tradicionales.

Cuélebre

Emparentado con los linajes draconianos clásicos el cuélebre es una serpiente de un tamaño envidiable (entre los veinte y los treinta metros dependiendo de lo impresionable del testigo) que en algún momento de su evolución se pone Pokémon y decide desarrollar alas de murciélago. Posee un apetito voraz, siendo capaz de deglutir el ganado, pero también a los agricultores a cargo del ganado y a cualquier otra cosa que quepa dentro de una culebra con las dimensiones de un tranvía.

En una gran cantidad de localidades a lo largo de la región se tiene constancia de avistamientos de cuélebres, entre los que destaca el acontecido en Felechosa en 1965. El año en el que la propia Guardia Civil organizó una, bastante festiva, redada a modo de cacería de la criatura que culminó en la barra de un bar. O el de Zalón, concejo de Allande, donde la vida apacible de los lugareños fue aterrorizada por un cuélebre que adquirió la costumbre de colarse por un agujero situado en una de las paredes de la iglesia (hoy en día aún visible) para montarse un bufet libre a base de devorar cadáveres de los monjes allí enterrados. 

El momento ideal para dar caza al espécimen es la noche de San Juan, durante la cual el cuélebre permanece amodorrado y con las defensas bajas. Y el instrumental recomendable para afrontar un cara a cara contra una de estas bestias se compone de hogazas de pan rellenas con alfileres, ensaladas de hojas de guadaña y piedras al rojo vivo. Objetos que educadamente hay que depositar en su garganta por ser ésta el único punto vulnerable que posee el animal, ya que el resto de su cuerpo está recubierto de unas escamas tan gruesas como para ser capaces de frenar el disparo de un arma de fuego.

Nuberu

Versión campesina de los superpoderes presentes en el mito de Zeus o en el germánico Wotan. El nuberu es un anciano encabronado que ejerce de señor de las tormentas y sigue las tendencias de moda vigentes en la brujería de la Tierra Media: gigantesca figura, larga barba blanca, báculo místico, sombrero de ala ancha y túnica zarrapastrosa de piel de cabra. En los extraños casos en los que esta criatura mágica decide descender a la tierra, lo hace adoptando la figura de un hombre barbudo, pequeño y oscuro, con aspecto de mendigo. Se cuenta en Piloña que un nuberu cayó sobre los campos y, auxiliado por un amable local, regresó a los cielos trepando por la humareda de una fogata como si ésta fuese un rocódromo. Y se menciona también que ese mismo nuberu, años más tarde y a modo de compensación, transportaría a su salvador en una carrera por los aires con el objetivo de frenar una boda como si se tratase de una revisión mágico-campestre de la tropelía de Ben Braddock en el desenlace de El graduado. Ocurre que la principal afición de este ser fantástico es sobrevolar las tierras cabalgando un nubarrón cual Goku rústico, provocando y reconduciendo tanto lluvias como tormentas y ametrallando a los campesinos con piedras de granizo del tamaño de un puño, rocas heladas en las que introduce un pelo de cabra a modo de pilosa rúbrica.

Teniendo en cuenta lo poco saludable de tener que lidiar con alguien que es capaz de meterte un relámpago a través de ambas nalgas, capturar algún nuberu es algo que es mejor reservar para la ficción. Lo más cerca que el aventurero estará de someterlo será en la segunda fase del genial videojuego Maldita Castilla de Locomalito, donde un nuberu ejerce de pixelado Final Boss. Aun así, existen algunos métodos clásicos para alejarlo o minimizar sus daños: haciendo resonar campanas de bronce, un sonido que aborrece, es posible espantarlo, y enterrando navajas, cuchillas y hachas con el filo apuntando al cielo se consigue que el tajo corte la nube amenazadora en dos y disipe el peligro.

Siendo el radio de acción tan extenso y la vida de los nuberus tan movida y acelerada la mejor opción para el avistamiento de estos seres consiste en asomarse a los cielos desde algún eminente punto de observación. El mirador de Ordiales, situado en los Picos de Europa a una altura de 1691 metros, es un sitio idóneo. El visitante más aventurero puede incluso iniciar la ruta hacia el mirador desde el santuario de Covadonga, repostar en el restaurante El Huerto del Ermitaño, y hacer turismo histórico contemplando la basílica de Santa María la Real de Covadonga, la Santa Cueva y un lugar donde se ha producido otro hecho extraordinariamente mágico ignorado inexplicablemente: el epitafio tallado en la tumba de don Pelayo. Aquel texto que reza: «AQVI YACE EL SEÑOR REY DON PELAIO, ELLETO EL AÑO DE 716 QUE EN ESTA MILAGROSA CUEBA COMENZO LA RESTAVRACION DE ESPAÑA BENCIDOS LOS MOROS; FALLECIO AÑO 737 Y ACOMPAÑA SS M/gEr Y ErMANA». O lo que es lo mismo, el primer SMS analfabeto de la historia de la humanidad, escrito siglos antes de que se inventara el teléfono móvil.

De otros seres

Si bien los mencionados anteriormente son algunos de los más conocidos habitantes mágicos de la provincia, no son ellos los únicos que la pueblan. El papón es un ser de enorme papada, vientre hinchado y la fea costumbre de devorar niños a mordiscos, alguien que inexplicablemente no trabaja en Intereconomía, sino que sirve de aderezo para condimentar terroríficas nanas cantadas a los niños más escandalosos, escondiéndose en sus pesadillas a lo largo de todo el territorio astur. El basilisco tiene familia griega y nace de un huevo puesto por un gallo e incubado en las deposiciones del ganado. Y al crecer adopta la forma de un gallo con cola de serpiente y el curioso talento de ser capaz de matar con la mirada. El busgosu es un hombre con cuernos y patas de cabra al estilo del sátiro clásico, que además de secuestrar doncellas y abanderar erecciones ha hecho de los bosques asturianos occidentales su reinado verde. El diañu burlón, otro diablillo travieso con la capacidad de cambiar de forma a voluntad, es a menudo confundido con el trasgu por divertirse ejerciendo perrerías entre los incautos. El sumicio, los ventolines y los espumeros, son duendes que, respectivamente, se dedican a hacer desaparecer objetos, a transportar suspiros por el aire o a vestirse con algas, basura, y otros frutos del mar. 

Y entre los muchos seres extraordinarios restantes, cuya enumeración sería demasiado extensa para esta pequeña lista, existe la obligación de destacar a la temida güestia. Una Santa Compaña asturiana que comparte los rasgos característicos de cualquier manada de jóvenes buscando un after la madrugada de un domingo: está formada por una procesión fantasmal cuyos integrantes enarbolan huesos humanos llameantes a modo de antorchas, sus miembros entonan canticos («Andai de día que la noche ye mía») de carácter antisocial, son poco compresivos con la esperanza de vida de los desafortunados paseantes que encuentran en su gira nocturna, y caminan comandados por el más sereno y menos espiritual cofrade del grupo. Un desgraciado que ejerce de cabeza visible de estas majorettes del inframundo tras haber sido poseído por una maldición ancestral.  

Los seres legendarios suelen construir la descripción más certera de cualquier región. Son leyendas imperecederas que durante años, y gracias al pueblo, han sobrevivido a los numerosos intentos por vetar su existencia: los cristianos, esa religión que parte de una zombificación y que intenta convencernos de que una virgen puede quedarse embarazada porque se lo dice un pájaro, intentaron atribuir un santo a cada uno de los lagos de las tierras asturianas para minimizar las creencias paganas y los mitos fantásticos asociados a los mismos. Y las plumas del Siglo de Oro (Cervantes, Lope de Vega, Calderón o Tirso de Molina) se taparon los oídos y canturrearon a voces los greatest hits musicales de la época para ignorar deliberadamente en su escritos la presencia de seres de naturaleza extraordinaria, porque consideraban que todas aquellas historias eran propias de gente ignorante. 

Lo que no tenían en cuenta es que la gente ignorante es, en la mayoría de los casos, extremadamente sabia.


Bibliografía

Jardín de flores curiosas (Antonio de Torquemada, 1568), Manual de caza de seres extraordinarios (A. Smithee, ¿¿??), Del folklore asturiano, mitos, supersticiones y costumbres (Aurelio de Llano, 1922), La mitología asturiana (Constantino Cabal, 1972), Asturias y la mar (J. Casariego, 1976), Mitología asturiana (Elviro Martínez, 1998), Mitología asturiana (Alberto Álvarez Peña,2005).

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4 Comentarios

  1. Un tema absolutamente desconocido para mi, que, a través de esta fantástica lectura me ha enganchado. Enhorabuena por esta magnífica redacción.

  2. Por poner un pero de nada, creo que el dicho ye «Andai de día que la nueche ye mía». Que noche, también. Pero nueche, meyor.
    Muy chulo el artículo.

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