Cuadernos de delicada locura (y 2)

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Cuadernos de delicada locura
Patricia Highsmith. (Cordon)

Literatura, cuadernos escritos a mano, enfermedad mental y redención. Esto es la segunda parte de «Cuadernos de dlicada locura (1)».

Susan Sontag tenía diecisiete años cuando se casó con Philip Rieff, su profesor de sociología en la universidad. Rieff era once años mayor que Sontag.

El 3 de enero de 1951, Susan Sontag anotó en su diario: 

Me caso con Philip con plena conciencia + temor a mi voluntad de autodestrucción.

4 de septiembre de 1956 reflexiona en otro de sus cuadernos: 

El que haya inventado el matrimonio es un ingenioso torturador. Es una institución comprometida con el embotamiento de los sentidos. El propósito del matrimonio es la repetición. Su mayor aspiración es la creación de mutuas y sólidas dependencias. Las peleas al final se vuelven inútiles, a menos que siempre se esté preparado para actuar en consecuencia —es decir, poner fin al matrimonio. Así que, después del primer año, se dejan de «hacer las paces» tras las peleas —solo, uno se vuelve a sumir en un silencio enfadado, que pasa al silencio cotidiano y, entonces, se reanuda otra vez.

La unión solo duró ocho años. 

El escritor David Rieff, hijo de Susan Sontag, sabía que en el casi centenar de cuadernos que su madre fue apilando en el vestidor de su dormitorio se contenían sus diarios. La escritora falleció de mielodisplasia en 2004 sin tomar una decisión sobre qué hace con sus dietarios. Sin tener muy claro si su madre quería que fueran publicados, Rieff aceptó ocuparse de su edición. Prefería ser él quien lo hiciera, aunque sabía que en el proceso no lo iba a pasar precisamente bien. En el prólogo al primer tomo (Mondadori, 2010), el dedicado a los Diarios tempranos 1947-1964, escribe Rieff: «El criterio de selección (de las entradas que se incluyen) fue determinado en parte por mi impresión de que la crudeza y el retrato sin retoques que estos materiales presentan de una Susan Sontag joven, que de modo consciente y con determinación acometió la creación de una identidad que deseaba, era el aspecto más deseable de los diarios».

19 de noviembre de 1959, a los veintiséis años:

La llegada del orgasmo ha cambiado mi vida. Estoy liberada, pero no hay que decirlo así. Más importante: me ha cerrado […] La sexualidad es el paradigma. Antes mi sexualidad era horizontal, una línea infinita con posibles infinitas subdivisiones. Ahora es vertical; sube y se acaba, o nada. El orgasmo concentra. Deseo escribir. La llegada del orgasmo no es la salvación sino, además, el nacimiento de mi ego. 

El 31 de diciembre de 1957 (con veinticuatro años) anota Sontag:

Es superficial entender el diario como mero receptor de pensamientos secretos propios —como un confidente sordo mudo y analfabeto. En el diario no solo me expreso de un modo más palmario que con cualquier otra persona; me creo a mí misma. […] Con un poco de construcción del ego saldré adelante con la confianza de que yo (yo) tiene algo que decir, que debe ser dicho. 

Mi YO es enclenque, precavido, demasiado cuerdo. Los buenos escritores son estruendosamente egoístas, hasta el extremo de la fatuidad. Los cuerdos, los críticos, los corrigen —pero su cordura es un parásito de la facultad creativa del genio.

Más adelante en el prólogo, David Rieff se duele: «En sus diarios destaca su sensación de fracaso, su incapacidad para el amor e incluso para el eros. Se sentía tan incómoda con su cuerpo como tranquila con su mente». Rieff recuerda una anécdota que le contó su madre: Siendo muy joven, Sontag asistió a una representación de la obra dramática Medea en un anfiteatro del sur del Peloponeso (Grecia). La escritora recordaba emocionada cómo, cuando Medea está a punto de matar a sus hijos, algunos espectadores comenzaron a gritar: «¡No, Medea, no lo hagas!». Rieff añade que, leyendo los diarios de su madre, como a aquellos espectadores griegos, le daban ganar de gritar: «No lo hagas» o «No seas tan severa contigo misma» o «No te vanaglories tanto» o «Ten cuidado con ella, no te quiere».

El 24 de diciembre de 1959 reflexiona:

Mi deseo de escribir está relacionado con mi homosexualidad. Necesito la identidad como un arma, para igualarla al arma con que la sociedad me amenaza. Comienzo a percatarme de cuánto remordimiento siento por ser lesbiana. Serlo me hace sentir más vulnerable, aumenta mi deseo de ocultarme, de ser invisible —que he sentido siempre de todos modos.

El 14 de agosto del 1960 se mortifica:

[En mayúsculas en el cuaderno] NO DEBERÍA INTENTAR HACER EL AMOR CUANDO ESTOY CANSADA. SIEMPRE DEBERÍA SABER CUÁNDO ESTOY CANSADA. PERO NO LO SÉ. ME MIENTO A MÍ MISMA. AÚN NO CONOZCO MIS VERDADEROS SENTIMIENTOS. (¿Todavía?)

Y el 5 de marzo de 1961, intenta aclararse:

Subordino el sexo al sentimiento —en el acto mismo del amor. Me asusta la impersonalidad del sexo: quiero que me hablen, me abracen etc. El sexo como agresividad, maldad. Me dio miedo. Atajo: no llamar sexo al sexo. Llamarlo una investigación (no una experiencia, ni una demostración de amor) en el cuerpo de otra persona. Cada vez se aprende algo nuevo. La mayoría de los estadounidenses comienzan a hacer el amor como si se arrojaran por una ventana con los ojos cerrados.

David Rieff resume que lo que queda en los diarios de su madre es «el dolor y la ambición. Estos diarios fluctúan entre ambos».

VI 

Algún día quiero escribir sobre una chica que lleva a su madre (o a su tía, o a su tutora) a la cama, accede a hacerle caso en todo […], le prepara amablemente una taza de leche caliente, le promete que no volverá a hablar con su novio nunca más y, entonces, con una sonrisa en el rostro, clava las tijeras en el pecho de la madre y las gira.

La autora de novela negra Patricia Highsmith escribió esto en su diario cuando tenía veintiún años. No se trataba de un ejercicio de estilo ni de un posible argumento para las novelas que décadas después la harían mundialmente famosa. La relación con su madre, Mary, era mala o muy mala. Pat y Mary pasaban del amor al odio con una facilidad asombrosa. Así fue hasta el fallecimiento de Mary, que vivió hasta los noventa y cinco años. En una carta que en 1972 la madre mandó a su hija desde su residencia de ancianos de Texas le dice que en las fotos de la contraportada de sus novelas se parecía a Drácula y que en Estados Unidos sus libros estaban olvidados. No consta que Highsmith le respondiera, pero sí lo que escribió poco después en su diario sobre ella: «Es un vegetal inerte, un tubo inservible, una cloaca que por un lado devora mi dinero y por el otro expulsa mierda». En una carta con fecha 12 de septiembre de 1974, la escritora cuenta a su primo Dan Coates cómo en un hotel de Paris, cuando dos periodistas acudieron para entrevistarla, su madre (en su ausencia) pasó más de cinco minutos tratando de convencerlos de que ella era su hija. En otra entrada de su diario se pregunta si «estaré enamorada de mi madre». Las relaciones amorosas que Highsmith mantuvo con numerosas mujeres mayores que ella y el hecho que la madre intentara suplantar a la hija constituyen un rico material psicológico digno de analizar. 

Highsmith nunca autorizó una biografía mientras vivió. Cuando la escritora falleció en 1995, dieciocho diarios y treinta y ocho cuadernos fueron encontrados en un armario. Más de ocho mil páginas llenas de anotaciones, garabatos, correcciones, croquis, listas de multitud de cosas e ideas (útiles e inútiles), poemas, fobias y reflexiones sobre ella y los demás. 

Patricia Highsmith utilizó sus novelas para ocultar su vida y sus diarios y cuadernos para reflejarla y ordenarla. En sus diarios llevaba el registro de su día a día y los cuadernos le servían para procesar y transformar sus experiencias para aprovecharlas como materia prima para los argumentos de sus novelas. En la entrada del diario de 18 de agosto de 1953 anota: «Lynn llamó a las 12. Ella siempre bebe un Martini, yo también. Visitamos a Ellen, de cuya casa tengo la llave. Nos tumbamos en la cama. Y eso fue todo». En sus obras de ficción, sin embargo, hace lo posible por confundir al lector mezclando datos reales en su trama. Sirva como ejemplo que las direcciones donde residen los asesinos de sus novelas son las mismas en las que la escritora o sus amantes vivieron, sea en Estados Unidos, Francia, Inglaterra o Suiza.

En 1952, Highsmith publicó The Price of Salt, una historia de amor lésbico entre una mujer madura y una jovencita. La firmó con seudónimo (solo en 1990 se volvió a publicar con el título Carol y con el verdadero nombre de su autora). Como contraste, en 1945, en uno de sus cuadernos, dibuja una tabla con varias columnas en las que clasifica y puntúa a las ocho amantes (mujeres) que había tenido hasta entonces. Las identifica con las iniciales de su nombre y apellidos y en las columnas a la derecha detalla diferentes características como el color de su pelo, la diferencia de su edad con la suya, la duración de la relación y el motivo de la ruptura. 

En 2009, Joan Schenkar publicó The Talented Miss Highsmit», una muy documentada biografía sobre la escritora tejana. Schenkar fue la primera estudiosa de la autora en tener acceso a sus diarios y cuadernos y con base en ellos, en sus cartas y en sus novelas, hizo un análisis pormenorizado de su vida y de su trayectoria profesional. Destaca Schenkar cómo la escritora usó la escritura a mano para mirar de cerca su precaria estabilidad emocional. De puertas afuera Highsmith era agresiva y desagradable. En su mente el diálogo interior era otra cosa. En la página treinta y siete de la edición en español (Circe, 2010) destaca dos frases de sendas cartas (una de 1964 y otra de 1968): «Creo que tengo algunas tendencias esquizoides que hay que observar» y «Me asusta la locura que tengo dentro, muy cerca de la superficie». En uno de sus primeros cuadernos, cuando tenía poco más de veinte años, anotó: «Qué delicada locura hay en mí. Llega cuando llega el atardecer. Es tan extraña como el estremecerse de una hoja en un árbol, cuando no hay viento». 

Durante su vida, Highsmith inventó treinta y ocho nombres falsos y con ellos mandó cartas a los periódicos para quejarse de temas políticos. La mayoría de las veces, las cartas criticaban el Estado de Israel y a los judíos. Como escribe Schenkar, «para Pat todos los adultos esconden un secreto y todo el mundo —incluida ella misma— es un falsificador». Dada esta opinión sobre sus congéneres y conociendo su miedo a perder la cordura, la escritura de sus diarios y cuadernos —aunque en algún caso falsificara fechas, lugares y hechos— fueron su método para poner orden en su vida (su orden) y mantener mínimamente el equilibrio emocional.

Cuadernos de delicada locura
Lista de amantes en los cuadernos de Patricia Highsmith. (DP)

VII 

Hace cuarenta años, en Oralidad y escritura, Walter J. Ong (sacerdote jesuita e historiador cultural) demostraba la superioridad de la escritura sobre la palabra hablada: «En la escritura, las palabras, una vez “articuladas”, plasmadas en la superficie, pueden eliminarse, borrarse, cambiarse. No existe ningún equivalente de esto en una producción oral, ninguna manera de borrar una palabra pronunciada: las correcciones no eliminan un desacierto o un error. Mediante la separación del conocedor y lo conocido, la escritura posibilita una introspección cada vez más articulada, lo cual abre la psique como nunca antes, no sólo frente al mundo objetivo externo sino también ante el yo interior, al cual se contrapone el mundo objetivo».

Desde hace dos décadas se discuten nuevas teorías sobre mente y cognición. Estas nuevas investigaciones contemplan la mente como un ente que podría expandirse más allá de las fronteras del cráneo. En «Extendida Mente», artículo para la revista Investigación y ciencia, el biólogo Emiliano Bruner (investigador responsable del grupo de paleoneurobiología del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana, CENIEH) afirma: «La teoría de la mente extendida incluye el cuerpo y el ambiente en el mecanismo cognitivo, un ambiente que en su definición abarca la cultura y, por supuesto, la tecnología. Según esta perspectiva, la cognición (la “mente”) no sería el producto del cerebro, sino un proceso que surge de la interacción entre cerebro, cuerpo y herramientas».

El mismo Bruner, esta vez en compañía de la filóloga Carmen Cremades, en «Scripta Manibus», un artículo en Jot Down,  explica cómo esta nueva manera de ver la mente ayuda a entender con más profundidad los efectos positivos de la escritura a mano:

La escritura manual traza un camino sobre la cartografía mental que permite hilar un discurso al tiempo que se escribe. Del mismo modo, ante el papel en blanco, no es que el pensamiento se plasme tal y como fue concebido: el texto no es una simple copia, una foto, del pensamiento mental. El acto de escribir se retroalimenta con el acto de pensar. Escribir es pensar en voz alta. El mecanismo de la escritura activa el engranaje del pensamiento. En muchas ocasiones, coger el boli y deslizarlo por el desierto de papel crea una conexión cerebro-mano que permite que el discurso fluya de un modo que solo pensando o solo hablando no es posible. El movimiento de los garabatos sobre el papel funciona como una dinamo que da vida al propio pensamiento y lo hace fluir de tal modo que se revela aquello que se ocultaba en la mente a nivel inconsciente y se hace no solo consciente, sino físico.


Fuentes

Guion de Seven, 1995.

Susan Sontag, Renacida, Diarios tempranos, 1947-1964 (Literatura Mondadori, 2011).

Notebooks, Tennessee Williams. (Yale University Press, 2006).

Memorias, Tennessee Williams. (Bruguera Ensayo, 2008).

Diario 1887-1910. André Gide (DEBOLSILLO, 2021).

Diario 1911-1925. André Gide (DEBOLSILLO, 2021).

Her Diaries and Notebooks, Patricia Highsmith, (Weidenfeld & Nicolson, 2021).

Patricia Highsmith, biografía, Joan Schenkar, (Circe, 2010).

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