Víktor Pankrashkin: la cara más triste del final de la URSS

Publicado por y Marc Bret
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Viktor Pankrashkin
Viktor Pankrashkin en el Eurobasket 83. (DP)

El siglo XX fue especialmente convulso en Rusia. El país anduvo sumido de manera casi constante en revoluciones, contrarrevoluciones, purgas internas, guerras y cambios de régimen que afectaron profundamente las vidas de sus ciudadanos. La excepción vino durante la etapa en la que Leonid Brézhnev lideró la URSS. Su antecesor, Jrushchov, había intentado poner en marcha unas (tímidas) reformas e incluso llegó a denunciar el culto a la personalidad de Stalin. Brézhnev no tenía tales aspiraciones: era partidario de la ortodoxia soviética de los pies a la cabeza y, por suerte, tan mediocre como aburrido.

Si bien el aparato represor del sistema siguió funcionando, este se volvió más sutil y ese periodo es ahora conocido como el del «estancamiento Brézhneviano» (1964-1982), que a la postre llevaría al colapso de la URSS. Sin embargo, muchos de los que la vivieron recuerdan esa etapa con cariño, como un oasis de tranquilidad en medio de los grandes cambios anteriores y posteriores. Nuestro ¿héroe? ¿antihéroe?, Víktor Pankrashkin, nació el 10 de diciembre de 1957 en Lyublino, una zona residencial en los alrededores de Moscú, así que tuvo la doble suerte de crecer cerca de la capital y en esa apacible época. Durante sus años estudiantiles destacó jugando al voleibol. Además de su altura, gracias a unos brazos inusualmente largos se convirtió en un bloqueador temible, algo que le sería útil más tarde en el deporte de la canasta. 

Tras finalizar sus estudios lo reclutó el ejército, siendo destinado a la región de Lvov (oeste de Ucrania). Una vez allí, uno de los entrenadores deportivos, probablemente impresionado por su estatura y envergadura, le propuso probar suerte en el baloncesto. Pese a que apenas había jugado anteriormente, no tardó en tener minutos en el SKA de Lvov de la segunda división soviética. Su rápida progresión no pasó desapercibida y, en 1977, fue traspasado a otro equipo del ejército, el SKA de Riga. En la capital letona disputó la máxima competición de la URSS, si bien el equipo iba justo de talento y terminó undécimo, cayendo a la segunda división. Tras otra temporada en Riga, fue nada menos que el TSKA de Moscú el que se interesó por sus servicios. El histórico club de la capital, vinculado al Ejército Rojo, era sin duda alguna el mejor de la URSS y se había impuesto en nada menos que dieciocho de los últimos veinte títulos nacionales, en gran parte gracias a las enormes (y no siempre éticas) ventajas de las que disponía a la hora de reclutar a los mejores talentos de la vasta Unión Soviética.

Si bien no todos los jugadores recibían el interés del TSKA con los brazos abiertos, para Pankrashkin, que apenas había empezado a jugar unos pocos años antes, significaba un enorme salto cualitativo, además de la nada desdeñable oportunidad de volver a su ciudad natal por la puerta grande. Así, en 1979 regresaba a Moscú, dónde se encontraría con talentos de la talla de Stanislas Yeremin, Anatoly Myshkin, el recién llegado Sergei Tarakanov o el legendario Sergei Belov, este en su última temporada en activo. Aunque el club del Ejército Rojo dominaba la competición con mano de hierro, lo cierto es que en la pintura andaban algo escasos de efectivos. Zharmukhamedov era un buen interior que había sido internacional durante muchos años, pero contaba ya con treinta y cinco años, mientras que Víktor Petrakov no pasaba de ser un pívot correcto; insuficiente arsenal para enfrentarse a la temible pareja del Stroitel de Kiev, los jóvenes pero ya consagrados Belostenny y Tkachenko. En lo que sería una constante en su carrera, recurrieron a Pankrashkin como la alternativa mejor posicionada cuando las mejores opciones no estaban disponibles, lo que no quiere decir que el moscovita no tuviese cualidades válidas. 

Llegamos al TSKA al mismo tiempo. Llegué de Leningrado con mis cosas y recuerdo ver a Víktor en la sala de entrenamiento. No recuerdo a otro jugador como él, era torpe, y tenía una nariz que comparábamos con uno de los miembros del grupo italiano Ricchi e Poveri. Sin embargo, durante la sesión, en una ocasión pensaba que iba a anotar fácil y me colocó un tapón. Y poco después, otro. Estaba claro que tenía un talento natural para ello. Tenía los brazos largos y tocaba el aro solo poniéndose de puntillas. Era un pívot absolutamente atípico, lanzaba triples con seguridad. Era el tipo de jugador discreto necesario en todo equipo. (Sergei Tarakanov)

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Pankrashkin, con la barriguita esa que tenía, pues bueno, tenía un buen tirito, pero a la hora de las hostias debajo del tablero era menos propenso, no le iba tanto. (Juan Domingo de la Cruz)

Dada la falta de centímetros en el TSKA, Pankrashkin logró ganarse un sitio en la rotación y, en esa misma temporada (79/80) se proclamó campeón de la URSS. La selección todavía le quedaba lejos, pero en el TSKA seguiría coleccionando entorchados nacionales. Sin embargo, en la temporada 1982-83 un fenómeno empezaba a asolar las canchas soviéticas: el lituano Arvydas Sabonis. A pesar de tener tan solo dieciocho años, su meteórica progresión catapultó al Zalgiris de Kaunas hasta la élite y a ser capaz de plantar cara al mismísimo TSKA. Arvydas le pasó por encima a Pankrashkin en las victorias lituanas de los primeros duelos entre ambos equipos esa temporada, lo que propició que un desesperado TSKA utilizase oscuras artimañas para hacerse con los servicios de Vladimir Tkachenko.

Pese al obvio impacto que la llegada del pívot ucraniano tuvo en sus minutos, Pankrashkin siguió manteniendo un rol importante en el equipo, probablemente más acorde con su nivel, y el TSKA ganó el título liguero de nuevo tras una final muy disputada ante el Zalgiris. Cuando Tkachenko causó baja para el Eurobasket de Nantes 1983, Pankrashkin terminó entrando en la selección de una manera similar a la que llegó a Moscú: de rebote y sin hacer ruido. En Francia su presencia pasó casi desapercibida, ya que Gomelsky solo le dio minutos esporádicos en la primera fase y no llegó a saltar a cancha en la inesperada derrota ante España en semifinales, pero Víktor se había postulado como un recambio razonable cuando algún miembro del poderoso triunvirato de hombres altos de la URSS tuviese algún problema. 

La vuelta de Tkachenko le apartó de la selección y, con la entrada de las talentosas generaciones del 63 y el 64, parecía que su carrera internacional iba a quedar en flor de un día. Así, Pankrashin seguiría las próximas cuatro temporadas en el TSKA mientras los Sabonis, Tkachenko, Belostenny y el joven Volkov copaban las posiciones interiores de la CCCP. Sin embargo, una vez más, las circunstancias externas terminaron por favorecerle. Sabonis se lesionó de gravedad durante la preparación para el Eurobasket de Grecia 1987, a la vez que Belostenny había sido sancionado y tenía prohibido salir de la URSS. El seleccionador Gomelsky tuvo que recurrir a Vitya para completar el maltrecho juego interior y este cumplió, actuando como suplente de un ya algo achacoso Tkachenko al que los árbitros machacaban a faltas sin piedad.

Pankrashkin incluso tuvo el momento de gloria que a veces la fortuna ofrece a los esforzados secundarios (¿verdad, Kambouris?), anotando un dos más uno en el último minuto del encuentro de la fase de grupos ante Grecia, que a la postre daría la victoria a su equipo. Sin embargo, su buen desempeño ante los anfitriones en la final (ocho puntos) no fue suficiente para evitar la gesta de los locales. Como curiosidad, en ese torneo también era convocado por primera vez el joven ucraniano Valery Goborov, compañero de Pankrashkin en el TSKA y al que unía una profunda amistad. 

Los medios estadounidenses destacaron a Marciulionis y a Volkov como jugadores con inmediato potencial NBA, y también se fijaron en Pankrashkin, al que bautizaron como el hombre con el físico menos privilegiado de la historia del baloncesto.

Su mayor momento de gloria le llegó en los Juegos Olímpicos de Seúl 1988, cuando la suerte le sonrió de nuevo. Pese a que Sabonis se incorporó en el último segundo, un Tkachenko cada vez más mermado a nivel físico se quedó fuera del equipo, y Pankrashkin acudió a la cita olímpica como jugador número doce. Pese a que apenas saltó a cancha, Vitya se colgó la medalla de oro, a la postre la última de la URSS en el deporte de la canasta. Un compañero suyo en el TSKA, el escolta Aleksandr Gusev, le recuerda: 

Estoy seguro de que en 1988 Alexander Gomelsky incluyó a Víktor en el equipo olímpico en mayor medida para que consolidara al equipo fuera de la cancha, Pankrashkin no tenía igual en esto. Aunque apenas participó en los encuentros, se merecía la medalla de oro.

Pese a que Pankrashkin no era particularmente conocido por cuidarse (fumaba y bebía en exceso), todavía jugaría un año más en el TSKA. Sin embargo, en septiembre de 1989 ocurrió un suceso a la postre decisivo en su vida: su amigo del alma Valery Goborov falleció en un accidente de coche. Fue un duro golpe anímico del que Pankrashkin ya no se recuperaría. Pese a la apertura de fronteras, Víktor se quedó en la URSS y jugó un par de temporadas en el Urartu de Yerevan y en Tula. Al poco de dejar el deporte su salud empezó a ir a peor. Su mujer, Olga Pankrashkina, lo recuerda: 

La enfermedad se manifestó por primera vez en 1986. Vitya de repente se sintió mal, con fiebre alta y falta de fuerzas durante varios días. El médico con el que contactamos le envió al hospital. El análisis de la muestra pulmonar confirmó el terrible diagnóstico: tuberculosis. Fue tratado durante mucho tiempo y la enfermedad retrocedió. Volvió a la acción y participó en el Campeonato de Europa de 1987 en Grecia.

La enfermedad había vuelto y esta vez a Pankrashkin no le quedaban fuerzas para luchar. Los ofrecimientos de ayuda económica para tratamiento médico de Volkov y Sabonis fueron en vano, el ya exjugador los rechazó. El 24 de julio de 1993 Vitya perecía en su apartamento en Moscú. Hoy en día, al igual que mientras estaba con vida, nadie tiene una mala palabra sobre él: 

Pankrashkin nunca fue un enemigo de nadie, mantenía buenas relaciones con todos sus rivales. Es una pena que ya no esté, los años 90 lo rompieron: la tuberculosis es una enfermedad completamente anormal para el mundo moderno. Su amigo cercano Valery Goborov murió repentinamente y Víktor dejó de luchar, diciendo: «Valery me está esperando allí».(Sergei Tarakanov)

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Pankrashkin y Goborov. Dos amigos, dos trágicos destinos… Durante las concentraciones con la selección siempre compartían habitación. Pankrashkin ayudó mucho a Goborov. Eran muy similares en su naturaleza, en la manera de entender la vida. (Igors Miglinieks) 

Cada vez que se cumple una nueva década del triunfo en Seul 88 los integrantes del equipo se reúnen para celebrarlo. En septiembre de 2018 se juntaron de nuevo y, como siempre, dedicaron un brindis a los que ya no están: Aleksandr Gomelsky, Valery Goborov, Oleksandr Belostenny y, claro está, Víktor Pankrashkin. 

Descanse en paz. 

Marc Bret y Nacho Morejón son los autores del libro El Gigante Rojo. Historia del Baloncesto Soviético, un recorrido extenso y profusamente documentado por los entresijos del deporte de la canasta en la siempre opaca URSS.

Viktor Pankrashkin
Viktor Pankrashkin en u mayor momento de Gloria, el oro en Seúl 88. (DP)
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11 Comentarios

  1. Estupendo artículo, muchas gracias! Si viste baloncesto durante los 80 es imposible no acordarse de Pankraskin, con su cara de perro tristón y su “peculiar” físico. Sin embargo desconocía la parte de su estrecha amistad con el malogrado Goborov y su trágico destino.

  2. De los baloncestistas de la URSS siempre me gusta saber que a pesar de la desintegración del país, mantuvieron lazos de amistad. Sabonis y Tkachenko. O que Volkov (ucraniano) y Sabonis (lituano) querían pagarle a Pankrashkin (ruso) el tratamiento. Es lo “normal” pero no es lo “normal”…

  3. Siempre recordaré a Pankrashkin por su pinta de larguirucho oficinista y por el tapón que le puso Alfonso del Corral en el antiguo pabellón del Real Madrid. Magnífico artículo.

  4. La URSS tuvo en el siglo XX su mejor momento. Un estado prácticamente perfecto con unos avances políticos y sociales impresionantes. Para quien discrepe de esto muestro un ejemplo bien claro: el resultado más importante de la segunda guerra mundial fue que Berlín quedó dividido en dos por un muro. Hacia el Este, la libertad de un Sistema Comunista Organizado y Pacifista que significó un Avance Social y Tecnológico Espectacular. Hacia el Oeste, el capitalismo más ferreo y dictatorial que crearía sociedades dominadas por unos pocos ricos. Desgraciadamente, en 1989 los americanos engañarían a la URSS (nación hoy desaparecida, pero simplemente en hibernación, esperando un Nuevo y Glorioso Renacer) provocando la caida del muro de Berlín, con la consiguiente invasión capitalista de las naciones del Este.

      • No hay modo irónico. Lo que digo es la verdad. El nivel de vida en la zona comunista alemana era infinitamente superior a la zona capitalista. Eso está más que demostrado: a nadie le faltaba trabajo, alimentación, vivienda o sanidad. La educación y preparación de los jóvenes bajo el sistema comunista era extraordinaria y de la Europa del Este salieron los profesionales mejor preparados del mundo, especialmente en los años 70 y 80. Doctores excelentes, físicos de altas energías extraodinarios, ingenieros extraordinarios. Desgraciadamente todo se fue al agujero cuando los americanos hundieron la economía comunista al caer el Muro de Berlín. Tengo que decir que fueron grandísimos tiempos los de la URSS. Y aunque hoy mismo existe esa nueva esperanza de que esa URSS vuelva a renacer, acabando con el ultraderechismo que tanto daño está causando, es muy probable que el capitalismo americano hunda esta esperanza con sanciones, bloqueos y acoso comercial.

          • Si ucrania no estuviese lleno de nazis que intentan destruir Rusia, todo esto no estaría pasando. Occidente está cometiendo un error inmenso no apoyando a Vladimir Putin, uno de los mejores estrategas mundiales. Eso es algo que Occidente pagará caro, tristemente. De modo que dejen la propaganda de los USA para los americanos.

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