Mundo Battiato, una parada en Villa Grazia (y 2)

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Franco Battiato Antonello Nusca
Franco Battiato. Fotografía de Antonello Nusca.

(Viene de la primera parte)

4.

Desde el exterior Villa Grazia no permite muchos encuadres que permitan verla por dentro. Hay que recrearla más bien tal y como aparece fugazmente en los videoclips que Franco Battiato rodó en el jardín y en estancias interiores. Lo hizo muchas veces acompañado de Manlio Sgalambro, el filósofo de la aspereza llevadera, con quien tantos años compartió amistad, creatividad y reconocimiento mutuo.

En la cañera y guitarrera «Strani giorni» («Días extraños»), del disco L’imboscatta (1996), aparecen imágenes chocantes y amalgamadas de la actualidad de entonces. Se mezclan con fotogramas de películas, imágenes documentales y otras secuencias rápidas e inconexas de lectura metafórica. Aparece Battiato de pie en las zonas ajardinadas. También lo vemos jugando al billar o sentado junto a sus cuadros (pintados por su alter ego Süphan Barzani). Se ven chispeantes pantallas de ordenador y aguadas con dibujos de derviches. De forma fugaz, aparece también la erupción de lava de un volcán, probablemente el Etna. La canción comienza con esta frase en inglés (con el ya citado y muy pétreo inglés battiatiano): «In nineteen forty five I came to this plaaaaaanet». En efecto, Franco Battiato llegó a este planeta, bajo el signo de aries, un 23 de marzo de 1945, cuando la Segunda Guerra Mundial, uno de cuyos teatros principales había sido Sicilia precisamente, aún no había terminado. En «Strani giorni» la acompaña la británica Nicola Walker Smith, haciendo dúo y puliendo la lengua de Shakespeare.

En otro videoclip, lo que podríamos considerar como un rapto de canción protesta y un aliño también de ciencia existencialista, se halla en «Ermeneutica» (del disco Dieci stratagemmi, 2004). Vemos a Battiato en el estudio de grabación de la casa. Otra imagen lo capta leyendo un libro de Manlio Sgalambro, De mundo pessimo, mientras el propio Sgalambro aparece en su aula como profesor de la Universidad de Catania, adonde acuden, como si fueran alumnos, el propio Battiato y la cantante que lo acompaña en la canción.

Por otra parte, uno de los estribillos más pegadizos en sus conciertos en Italia hacen referencia al eje horizontal de la materia y al eje vertical del espíritu: «La linea orizzontale ci spienge verso la materia, / quella verticale verso lo spirito». Se recoge en la canción homónima del disco Inneres Auge (2009). Su título, escrito en alemán, remite al llamado misteriosamente como el tercer ojo, que se alcanza cuando el meditador, tras domeñar el caótico magma interior, halla por fin un estado superior de consciencia. La letra contiene calderilla de ironía política (alude a la rocambolesca era Berlusconi), pero también hay referencias al misticismo interior, que apela al «inneres auge», lo que permite disolver las miserias de la traviesa horizontal de la vida: la realidad.

De nuevo aparecen aquí Battiato, con cierto aura de escritor de libros de autoayuda, y Sgalambro, quien canta al inicio con voz electrónica. Al final el músico se balancea en una hamaca del jardín, bajo árboles y palmeras. Vemos de nuevo las estancias interiores de la casa, con puertas y ventanas de cristales pintados, parecidos a los de las sacristías, que podrían formar parte de la capilla de Villa Grazia (fue aquí donde se celebró el íntimo funeral por el descanso de su alma 18 de mayo de 2021).

Hay más videoclips y pasajes de películas y documentales dirigidos por Battiato que remiten al lugar donde estamos: Villa Grazia. Pero hemos de seguir adelante.

5.

Por el documental Le Nostre Anime (2016) sabemos cómo discurría el día a día de Franco Battiato en su residencia, de la que apenas salió ya en los últimos años. En especial se hace alusión al recogimiento físico que envolvía al cenobítico Battiato en su habitación. Se levantaba entre las 3.30 y las 4 de la madrugada. Solía quedarse a solas en el vacío de su cuarto, una hora o dos, según el día. Hacia las 6 de la mañana comenzaba el espectáculo del mundo: el alba. A las 7.15, el desayuno. Después, el tiempo dedicado a la lectura. Si optaba por la pintura, convertido en Süphan Barzani, las horas discurrían sin unidad de tiempo mortal.

Sería un error considerar que Villa Grazia se convirtió con los años en un castillete donde el artista, cual misántropo, halló refugio a salvo del mundo. No hubo egolatría ni reclusión interior llevada por la antipatía. No ocurría, aquí en Milo, lo que sí le pasó en aquellos años oscuros de finales de los 60 y muy primeros 70, en las nieblas del norte milanés, donde el neófito Battiato vivió imbuido en una especie de delirio creativo poco o nada aireado, del que saldrá su primera canción, titulada «La torre» (especie de oda pagada y vana a la juventud). Como Hölderlin, como Montaigne, el veinteañero Battiato decidió recluirse herméticamente con la casi única compañía del sintetizador VSC3. Se entregó de tal modo a la investigación creadora y psicodélica que sufriría, como reconocerá después, algún que otro desequilibrio psicológico.

Villa Grazia, como decimos, viene a ser otra suerte de reclusión, pero mucho más feliz, donde cierto estado de ausencia le permitía no obstante estar presente, y donde la alegría de la vida germinaba en el espíritu, igual que en las plantas del jardín, lo mismo que en los tomates del huertecillo aledaño.

A sus sesenta y nueve años dio permiso para que esta misma revista, Jot Down, por medio de Irene Hdez. Velasco, le hiciese una entrevista. Por entonces, siete años antes de su muerte, Battiato estaba dándole vueltas a su documental Atravesando il Bardo (el bardo es una palabra del budismo tibetano que remite a lo que espiritualmente sería un «estado intermedio» o cierto «estado de transición»). Por su cabeza rondaba ya la idea de la parca: «Estoy en silencio, apartado, precisamente porque he decidido una vía mística y sé lo que sucede después de la muerte».

«¿Y qué sucede cuando uno muere?». La pregunta de Irene es la que todo preguntón y preguntona le habría hecho de inmediato. Battiato le respondió cual monje tibetano: «Cuando uno muere la tierra se disuelve en agua, el agua en fuego, el fuego en el aire, el aire en el espacio y, en el espacio, es donde llega la conciencia, nuestra conciencia».

En la entrevista, Battiato luce para la ocasión cierta prestancia sutil, la de un dandi. Chaqueta y pantalón de vestir, camisa blanca, pañuelo al cuello y deportivas tipo runner. Habla de su picoteo espiritual y animista entre religiones, sin olvido del singularísimo maestro Gurdjieff y su teoría del Cuarto Camino, que lo llevará a estudiarlo y conocerlo durante unos años maravillosos. El método Gurdjieff, aseguró entonces, le hizo cambiar de signo zodiacal: dejó de ser aries.

Su idea de Dios era heteróclita, insondable, como la iridiscencia de luz que envuelve al significado de la propia palabra: Dios. «Dios es amor puro, y antes de llegar a él hace falta verdaderamente mucha, mucha paciencia», le dirá a la periodista. En «I’m that» del álbum Dieci stratagemmi, canción trufada de espiritualidad, Battiato acaba diciendo en la letra que solo es un músico, no un musulmán, ni un hindú, ni un budista, ni un cristiano. La contradicción fue una constante en su carrera.

Periodista y músico conversan también sobre Italia, pues el número de Jot Down de aquel entonces (diciembre de 2014) es un especial dedicado al país transalpino. Pero la charla va y viene de nuevo por los lares evanescentes del espíritu. Battiato habla de reencarnación, a la que se alude en Atravesando el Bardo. Dice que en cuarenta y nueve días, los cuales divididos de siete en siete son exactamente siete, hay gente que por el modo en que ha vivido ni siquiera entra en el Bardo, sino que va a algún que otro reino interior. Puede convertirse en un perro (¿como doña Grazia?), en una serpiente o en un conejo. Añade que cuando uno consigue completar este camino de siete fases y llega al último escalón, esto significa que no vuelve al planeta donde ha estado. O si vuelve a él, es porque decide volver y a dónde volver, en qué útero entrar, lo que ciertos budistas llaman «rinpoche».

A la pregunta de dónde o en qué le gustaría reencarnarse, el artista responde con una battiatada sacada de su repertorio más genuino: «Esto no lo sé, sinceramente. Solo sé que estoy mejorando en los últimos tiempos». Ambos recuerdan, entre risas, que el propio dalái Lama había dicho que le gustaría reencarnarse en la propia Italia.

En otro punto añade: «He atravesado diferentes muertes en los últimos tiempos. Me estoy acercando. Y es interesante esta cosa».

6.

La «cosa», en fin, le llegó en la ya citada y luctuosa fecha del 18 de mayo de 2021. A medida que empeoraba su estado, bajo la decadencia neurológica, solía hablar por teléfono con su amigo Guidalberto Bormolini, el sacerdote católico que, al verlo en fotos, nos ha sorprendido por su pelambre entrecana y por sus barbas de pope del monte Athos. Será él quien, de hecho, oficiará el íntimo funeral en la capilla de Villa Grazia.

Hace menos de un mes (y justo aquí donde nos hallamos ahora), salía por una de las puertas de la casa el coche fúnebre que transportaba el ataúd de Franco Battiato. Tras los cristales se veían ramos de rosas blancas y amarillas. En las rejas y sobre los muros rosados de Villa Grazia los vecinos habían dejado velas, flores y carteles en los que se leía una frase de «La cura» («E guarirai da tutte le malattie», «Y curarás de todas las enfermedades»), así como un sentido «Ciao Franco». «La cura» es considerada como una de las canciones más bellas de todo tiempo compuestas en Italia. La pura esencia battiatiana se halla en sus melifluas estrofas, ideadas por Battiato y Sgalambro: «Superaré las corrientes gravitacionales, el espacio y la luz para no hacerte envejecer».

Al modo común siciliano, como en tantas iglesias de pueblos y ciudades de la isla, se pusieron varias esquelas mortuorias que recordaban al ilustre finado de Milo: «Comune di Milo. Lutto Cittadino FRANCO BATTIATO».

El coche fúnebre salió de la casa con la parsimonia debida. Lo hizo en dirección contraria a donde teníamos aparcado el coche, con vistas a la costa. Giró a la derecha y subió por una ligera cuesta, camino de su incineración en Milo. Invitados y familiares permanecían asomados a la calle desde el interior de Villa Grazia. Quién sabe ahora si las lagartijas, en aquel justo momento, estaban cruzando la calle sin que nadie se percatara de su presencia, en recuerdo de «Giubbe rosa». Periodistas, carabineros, personal de la funeraria, vecinos y fans del cantante (la mayoría de cierta edad), acompañaron al féretro con aplausos y algún que otro grito comedido: «¡Grande!»

Hemos leído mucho tiempo después que, al parecer, Villa Grazia podría convertirse en una casa-museo dedicada al artista. Su sobrina, llamada Grazia como la matriarca (hija de su hermano mayor Michele), es la albacea y heredera de la obra battiatiana. Veremos si su legado se respeta adecuadamente y no sufre desviaciones dolorosas y agraviantes, algo que hoy por hoy se nos antoja improbable.

En nuestro adiós a Villa Grazia no visitamos el pueblito de Milo, sino que bajamos directos hasta Giarre-Riposto, en dirección a la costa y a la autopista hacia Catania y Siracusa, nuestra siguiente parada en Sicilia. Días antes, en el apartamento de Palermo que habíamos alquilado, escuchamos casualmente algunas canciones de Franco Battiato. Era la hora del desayuno y procedían de otra casa vecina. Todo ocurrió con agradable espontaneidad. Luego, en el popular cruce de Quattro Canti, escuchamos también sus melodías y canciones a través de los habituales músicos ambulantes. No nos gustó demasiado tanta recurrencia, pues nos parecía, quizá tontamente, que era como una suerte de profanación.

Por la autopista hacia Catania, cuyo paseo marítimo lleva ahora el nombre de Franco Battiato, pusimos la única música posible en ese momento en el coche. Ya en Siracusa, bajo un calor aplastante, compramos en una librería la biografía del cantante escrita por Aldo Nove, aparecida aquí en Italia un año antes de su muerte. La librería estaba muy cerca del aparatoso santuario modernista de Nuestra Señora de las Lágrimas, que domina Siracusa y cuyo cono de hormigón armado de ciento tres metros de altura se ve desde los predios milenarios del teatro griego.

Entramos al santuario como quien se adentraba en la inmensidad diáfana de una nave interplanetaria, tarareando para la ocasión la «Vía Láctea» de Battiato. Se nos disculpará la ridiculez. Nos pusimos bajo la gran cúpula cónica, por cuyos huecos se colaban haces de luz diurna que invitaban a descifrar misterios insondables. Nos pareció que eran como corrientes gravitacionales, mecánicas divinas fuera de la lógica circular de los hombres. Deben entendernos. Hacía menos de un mes que había fallecido nuestro divo, «Il Nostro», como lo llama Eduardo Laporte en su libro. Todo o casi todo tenía ya una doble lectura, natural y críptica, presente y regenerada. La vida misma.

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