‘Piscinas’. Unas palabras en recuerdo de Joan Margarit

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Joan Margarit piscinas
Joan Margarit, 2019. Fotografía: David Zorrakino / Getty.

Los niños conocen una verdad muy simple que olvidan con los años: las piscinas, en su apariencia de claridad y transparencia, custodian los secretos de la vida. Son los niños, detenidos en esa parte de la vida donde se hace pie, la infancia, armados con manguitos y flotadores, los que miran recelosos a unos adultos que habitan esa parte más profunda donde se desdibujan las baldosas y el agua se hace más densa y más oscura. Unos adultos que no parecen añorar las defensas y el flotador, que no traslucen el miedo de vivir en un mundo sin certezas.

Pero estoy dando rodeos. Yo quería hablar de un poema que dice así:

No le temía al agua, sino a ti,
era tu miedo lo que yo temía,
y este lugar profundo donde desaparecen las baldosas.
Me arrastraste hacia allí, recuerdo aún
la fuerza de tus brazos obligándome,
mientras trataba de abrazarme a ti.
Aprendí a nadar, pero más tarde,
y olvidé muchos años aquel día.
Ahora que ya nunca nadarás,
veo a mis pies el agua azul, inmóvil.
Comprendo que eras tú quien se abrazaba
a mí para cruzar aquellos días.

La experiencia nos dice que son los niños los que se agarran temerosos a sus padres. Los poemas, sin embargo, cuentan otra cosa, y así, «Piscina», incluido en el libro Estació de França (1999), me enseñó cómo se tejen los afectos y cómo cambian estos a lo largo de la vida, en ese trayecto de la infancia a la vejez en una piscina en la que también es necesario aprender a nadar de vuelta.

En algún lugar leí, o en muchos, que la poesía salva la vida, y siempre hay que huir de esas frases grandilocuentes y pomposas. Solo que, en ocasiones, no sé si la poesía, pero ciertos poetas, sí te la salvan y ese es Joan Margarit para mí, desde la parte profunda de la vida dando directrices que son versos, que son las vigas y estructuras que apuntalan con exactitud lo que por su naturaleza no puede apuntalarse. 

***

Nacido en Sanaüja (Lleida) en 1938, era arquitecto de profesión y catedrático de Cálculo de Estructuras de la Escola Tècnica Superior d’Arquitectura de Barcelona. Poeta de la posguerra, se empapó del frío y la melancolía de un país a la deriva. La poesía, en su caso, surge de la pérdida, de golpes que no le ahorró la vida, sin que jamás hiciera de la tristeza un muro tras el que parapetarse. Lo educó su abuela analfabeta, y lo hizo en un finísimo catalán, el idioma con el que descubrió el mundo. Un episodio que lo marcó fue un día cuando, al escucharle hablar en catalán, un guardia le dio un coscorrón: «¡Habla en cristiano!», le espetó, y a pesar de que trataron de vetarle aquel idioma no lo consiguieron. Pese a que empezó a escribir poesía en español, con los años, al notar algo no del todo natural en su expresión, regresó a su lengua materna, el catalán —Margarit no traduce directamente de una lengua a la otra, sino que vuelve a escribir el poema— y es autor de poemarios en ambas lenguas, una convivencia idiomática que ha durado todos estos años.

Ha escrito más de treinta libros de poesía, de entre los que destacan, en mi opinión, además del ya mencionado Estació de França, Joana (2002), Cálculo de estructuras (2005), Casa de misericordia (2007) o Amar es dónde (2015). También publicó unas memorias, Para tener casa hay que ganar la guerra (2018), que no son exactamente unas memorias, sino más bien un intento de acercarse en prosa poética a su infancia y juventud, la voluntad de revisitar sus casas y hogares para comprender cómo sus recuerdos habían influido en sus poemas. Lo que me lleva a una frase de Louise Bourgeois: «La arquitectura tiene que ser un objeto de nuestra memoria. Cuando evocamos, cuando conjuramos la memoria para hacerla más clara, apilamos asociaciones de la misma manera que apilamos ladrillos para construir un edificio. La memoria es una forma de arquitectura». Es la memoria la que hila su obra, es desde ahí, desde el recuerdo, como hila las perlas del collar. Porque el collar no son las perlas, es el hilo.

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Su poesía nace para mí de la mirada sencilla y la intuición clarividente sobre la vida. Es su oficio, el de arquitecto, el que le posibilita entrar en la poesía desde un ángulo privilegiado, entendiéndola desde la exactitud con sentencias como: «Ninguna lógica puede salvar / el abismo que se abre entre decir / te quiero y no decirlo».

No es casualidad que su disciplina, la del cálculo de estructuras, sea la que trata de dilucidar cuáles son las fuerzas que pueden soportar el peso, la que pone los cimientos y los mimbres. Se definía a sí mismo como «el poeta que hace casas», y bien sabe que los andamiajes que evitan el hundimiento y que logran que algo se sostenga son a menudo eso que no se ve, que la solidez procede a veces de lo invisible, de la estructura, de esos mimbres imperceptibles que trenzan la vida.

Su poesía es como un cable a tierra, el recordatorio de que para construir hace falta primero pensar en los cimientos, trazar las líneas de lo posible y prever esas grietas, las pérdidas, por las que, a pesar de que se filtra la luz, también se nos escurre la vida. 

«Es posible que no haya más memoria que la de las heridas», contaba Czesław Miłosz y es de esas cicatrices, de las que deja la pérdida, de donde nacen algunos de los mejores poemarios de Margarit. Somos también lo que perdemos y la pérdida le llegó pronto al poeta, que vio morir de niño a su hermana de meningitis. Más tarde conoció bien la soledad, la angustia de perder lo que uno más quiere, y de sus cuatro hijos, murieron dos: Anna, recién nacida, y Joana, que padecía el síndrome de Rubinstein-Taybi, deficiencia psíquica y física, y cuyos últimos meses de vida inspiraron ese doloroso poemario, Joana, un libro sobre aquello que un padre jamás querría jamás escribir, la muerte de un hijo: 

Joana iba asustada hacia el quirófano
en nuestra compañía.
Cuando entró nos quedamos a esperar
en la salita mal iluminada junto a los ascensores.
Cuentan que en un intento
de salvarse le dijo te quiero al cirujano […]
A las once, mirábamos
las gotas de la lluvia en el cristal
como si resbalaran por la noche.
La noche era una hoja de guadaña. 

Exactitud y amor, eso es lo que anida en la poesía de Margarit.

***

Joan Margarit recibió el Premio Cervantes en 2019 y para entonces estaba ya gravemente enfermo. Él, que no creía en la vida después de la muerte, pasó los meses de la pandemia escribiendo, y serán sus versos, en un libro inédito que publicará Visor, los que nos hablarán como si aún estuviera, ahora que ya no está. En una entrevista en el ABC Cultural, decía al respecto de la muerte: «Dejemos de hablar de la muerte como de un personaje. Hábleme del fin de la vida, que es lo que es. Hay un poema en Amar es dónde que dice que si Durero volviera a grabar el esqueleto con la guadaña hoy día grabaría una calle estrecha y oscura con una ventana encendida al fondo».

Durante años tuve el teléfono de Joan Margarit anotado en una agenda para una entrevista que nunca se llegó a concretar. Murió el año pasado en su casa de Sant Just Desvern y pensé justo en eso, en la ventana encendida al fondo, palabras que resplandecen como si fueran el camino que atraviesa la oscuridad. Pero también pensé que ocurre a veces que una deja las cosas para más tarde y lamenta, como ahora, que Margarit esté ya fuera de alcance, encerrado en esos versos de «Piscina» que me parecen premonitorios, esos que dicen «Ahora que ya nunca nadarás». Aunque quizá me quedo mejor con los versos finales del poema: nos queda su poesía y podemos abrazarnos a ella para cruzar estos días. 

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2 Comentarios

  1. Un poeta entrañable. Nadando en sus versos uno se olvida que el agua será siempre fría. Gracias por recordarlo.

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