Dulag-205: o el infierno o el infierno

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Dulag-205:
Prisioneros de guerra soviéticos en un campo alemán. (DP)

Aunque la II Guerra Mundial, desde el punto de vista histórico, esté trillada y perfectamente explicada y queden pocos flecos por resolver, todavía hay algunas zonas oscuras en lo relativo a los archivos sobre la represión de la Unión Soviética. Si bien algunos, como los de la República Democrática Alemana han tenido amplio acceso, y en otros, como en los de Georgia y Ucrania, se aprobaron leyes en la década pasada para permitir abrirlos, queda la parte del león, que es el que estaba en Moscú. Los de NKVD, KGB y justicia militar tienen un acceso muy restringido, especialmente a investigadores occidentales. 

Esa niebla nos la encontramos en un episodio de la batalla de Stalingrado, el campo de concentración Dulag-205. La información más detallada sobre ese centro la aportó en inglés Frank Ellis, profesor de la Universidad de Leeds y prejubilado por una serie de declaraciones y artículos en torno al racismo (denunció movimientos antiblancos y se mostró de acuerdo con que hay diferencias intelectuales según el color de la piel). En su investigación, consideró el caso de este campo como una de las principales cuestiones sin resolver de la citada batalla. Quizá porque se refiera a uno de los aspectos más polémicos: los hiwis. Con este calificativo, abreviatura de hilfswillige, los alemanes se referían a los prisioneros soviéticos que se convertían en colaboracionistas de las SS y prestaban servicio junto a las fuerzas alemanas en las zonas ocupadas de la URSS. 

A veces, convertirse en un hiwi estaba motivado por el deseo de supervivencia tras caer en manos de los nazis, en otras venía precedido de una deserción del Ejército Rojo. Está documentado que el trato que se daba en sus filas a los soldados podía ser tan extremadamente cruel como el del enemigo, especialmente en frentes con necesidades tan acuciantes como Stalingrado, y muchos preferían intentar pasarse al enemigo que seguir bajo sus mandos. En principio, las instrucciones de Hitler eran no aceptar la ayuda de estos desertores, pero luego se les incorporó por razones pragmáticas. De hecho, después de la batalla del Kursk, cuando Himmler formó el Ejército Ruso de Liberación, en él se alistaron fundamentalmente hiwis

El profesor Ellis consultó los archivos del IV Ejército alemán y cifró el número de estos voluntarios soviéticos en la Wehrmacht en unos treinta mil. Al final de la guerra, aunque cayeran en manos estadounidenses, inglesas o francesas, eran entregados a la URSS donde la mayoría fueron ejecutados sumariamente o enviados al gulag por traidores después de severos interrogatorios del NKVD o la SMERSH, una unidad especial de contrainteligencia que se encargó de filtrar a los soldados recuperados de los campos de concentración nazis. Muy pocos lograron eludir este destino ocultando su nacionalidad o fingiendo otra para evitar la deportación. 

Todo esto está documentado, sin embargo, el punto oscuro al que nos referimos está en aquellos soldados soviéticos atrapados por los alemanes, pero a los que la inteligencia nazi consideró «poco confiables» o todavía con lealtades al régimen soviético como para convertirse en hiwis. Estos son los que fueron a parar al Dulag-205. Un campo que se convirtió en uno de los descubrimientos más espeluznantes que realizó el Ejército Rojo cuando inició su contraofensiva hasta Berlín. Los propios oficiales responsables del lugar, cuando fueron interrogados, pusieron de manifiesto la existencia de un régimen criminal de hambre, palizas y trabajos forzados impuestos a estos prisioneros, pero es un campo de exterminio olvidado. Las conclusiones de la investigación de Ellis, precisamente, se fundamentaron en las confesiones de estos oficiales alemanes. 

En El III Reich en guerra (Península, 2017) de Richard J. Evans, hay extractos del diario de Nikolai Moskvin, un comisario político soviético que, oculto en los bosques al perder su unidad, se encontró con un grupo de soldados del Ejército Rojo que habían logrado escapar de un campo de prisioneros alemán. Todos los soldados soviéticos tenían miedo a que les atraparan los nazis y no dejaban de imaginarse cómo sería ser su prisioneros, pero estos prófugos le dijeron: «La realidad es peor de cuanto nadie pudiera imaginarse». A otro testigo, Zygmunt Klukowski, de la resistencia polaca, le quedó claro cómo era el trato que recibían ya en octubre del 41 cuando se cruzó con una columna de quince mil prisioneros soviéticos: 

Todos parecían esqueletos, no más que sombras de seres humanos avanzando a duras penas. En mi vida había visto nada igual. Los hombres se desplomaban por las calles; los más fuertes tiraban de otros sosteniéndolos del brazo. Parecían animales hambrientos, no personas. Se peleaban por unos restos de manzana en la cuneta sin prestar atención a los alemanes, que les pegaban con porras de goma. Algunos se santiguaban y arrodillaban implorando comida. Los soldados encargados de la vigilancia les pegaban sin compasión. No solo golpeaban a los prisioneros, sino también a la gente que al pasar por allí intentara darles algo de comida. Tras el paso de la macabra unidad, algunos carros tirados por caballos transportaban a prisioneros incapaces de caminar.

De hecho, la mayoría murió antes de ingresar en los campos. Según los informes alemanes, entre el veinticinco y el setenta por ciento de los prisioneros fallecía durante el traslado. Los campos no eran mejores. Muchos simplemente eran espacios abiertos en mitad de la nada rodeados con una alambrada. No tenían ningún saneamiento y nadie se había preocupado del suministro de agua, alimentos o medicinas.

La palabra Dulag deriva de Durchgangslager, campo de tránsito. El Dulag-205 fue levantado a quinientos metros del pueblo Alekseevka, en el distrito de Stalingrado, por unidades Eixsatzgruppen (escuadrones de ejecución itinerantes) y de las SS, las encargadas de la lucha antipartisana. Desde el primer día, este centro fue una colonia de castigo, los prisioneros soviéticos nunca recibieron el trato de los angloamericanos. Y he aquí la cuestión. Uno de los motivos era porque no gozaban de ninguna protección legal ni apoyo de los diplomáticos soviéticos. Una vez capturados por los alemanes, también eran abandonados por la URSS. 

Eso es lo que nos lleva a plantearnos el dilema que tuvo que pasarle por la mente a estos prisioneros. Aunque hubieran desertado o sido capturados por los alemanes, una vez en este campo, donde solo les esperaba morir de hambre, frío o agotamiento, si lograban escapar, no tenían dónde ir. La SMERSH tenía en su documento fundacional la misión de filtrarles. De entrada, todos eran sospechosos. Al menos, hasta que se les pudiera interrogar satisfactoriamente, se daba por hecho que habían sido captados por la inteligencia alemana o tenían algo que ocultar. Lo cual es normal en una guerra, pero el contexto general iba en su contra más de lo razonable. Hubo dos órdenes de Stalin que resultaron capitales en toda esta cuestión. La 270 del 16 de agosto de 1941 y la 227 del 28 de julio de 1942, tras la caída de Rostov, que coincidían con el lema Ni shagu nazad (ni un paso atrás), es decir, se exigía la ejecución sumaria de los que hicieran cundir el pánico, desertores y, lo más grave, unidades en retirada. En estas dos últimas categorías entraba todo prisionero.

Las situaciones que se le planteaban a aquellos soldaos eran muchas veces dilemas entre muerte o muerte, infierno o infierno. Así lo pinta John Hellbeck en Stalingrado: La ciudad que derrotó al Tercer Reich (Galaxia Gutenberg, 2018)

La inexperiencia de los reclutas conducía a retiradas a consecuencia del pánico, especialmente durante los primeros meses de la guerra, lo que llevó a los comandantes soviéticos a tomar medidas drásticas. Siguiendo un método aplicado durante la guerra civil y de nuevo en la Guerra de Invierno, desplegaron escuadrones de bloqueo con la orden de disparar a los soldados renuentes al combate a los que no se podía convencer de otra manera. La orden n.º 270, emitida por Stalin en agosto de 1941, declaraba a cada soldado rojo que fuera capturado vivo traidor a su país. Los miembros de la familia de los soldados prisioneros veían recortadas sus prestaciones; las esposas de los oficiales cautivos a menudo eran enviadas a campos de trabajo.

El 31 de enero de 1943, el Ejército Rojo se encontró a todos estos prisioneros salidos de la batalla de Stalingrado, o sus restos, en el aludido campo. Inmediatamente, capturó a los responsables del Dulag-205: el coronel Rudolf Körpert, comandante adjunto del campo, Hauptmann Carl Frister, su ayudante Otto Mäder, el oficial encargado de los trabajos Hauptmann Kurt Wohlfarth, el jefe de seguridad del campamento, Rotmeister Fritz Müsenthin, y el responsable de la construcción del campo, Hauptmann Richard Seidlitz. Se calcula que bajo su custodia murieron tres mil soldados soviéticos. En los documentos de su arresto, decía: «Durante un largo periodo de tiempo, a los prisioneros militares soviéticos ubicados en el Dulag-205 no se les dio alimento ninguno, lo que obligó a los presos a comerse los cadáveres de sus compañeros». 

Dentro del campo, los internos dormían en barracones subterráneos de sesenta por tres metros. Metieron ciento cincuenta en cada uno. En diciembre de 1942, las instalaciones, concebidas para albergar a mil doscientos reclusos, ya tenían tres mil cuatrocientos. Körpert reconoció que desde esa fecha empezaron a escasear las raciones y se desencadenó «una verdadera hambruna». La tasa de mortalidad por inanición fue de cincuenta prisioneros por día. En este mismo interrogatorio, el coronel también admitió que controlaban a los presos a tiros y con perros. El interrogador soviético preguntó: «¿Qué párrafo de la Convención de Ginebra prevé el método de “establecer el orden” entre prisioneros militares hambrientos con ayuda de perros?». En general, los internos testimoniaron tratos de extraordinaria brutalidad y el canibalismo fue confirmado por todos los que sobrevivieron. Había casos concretos como el de un interno que pidió permiso a un soldado alemán para hacer sus necesidades y, cuando se puso en cuclillas, el otro aprovechó para volarle la cabeza de un disparo. Se disparaba a los prisioneros bajo cualquier pretexto. Según citas literales de estos interrogatorios: 

En todas las circunstancias, los alemanes disparaban a los prisioneros sin ninguna advertencia. Todos los días disparaban a personas por haberse retrasado en el trabajo o a la vuelta, a veces era por romper filas (…) Cuando fuimos conducidos desde el campamento de Alekseevka hasta la aldea de Karpovka, varios oficiales alemanes mataron a tiros a unos prisioneros porque, mientras trabajábamos, fuimos bombardeados por tropas soviéticas y varios reclusos se pusieron a cubierto. Cuando cesó el ataque, salieron de sus trincheras y les dispararon en el acto. Otros tres prisioneros fueron fusilados trabajando en el vertedero por fumar.

En el campo, los prisioneros eran alimentados con carne de caballo, independientemente del estado de la carne (…) apenas se daba agua a los prisioneros (…) en los refugios no podíamos descansar, dormíamos de pie y sentados. No había espacio para todos. Había muchos piojos en los refugios, como resultado de las mordeduras, los prisioneros tenían costras y heridas por el cuerpo. No había duchas, en los cinco meses que estuve en el campo no me lavé ni una sola vez. En estas condiciones inhumanas, morían entre diez y quince personas cada día, y a finales de diciembre y principios de enero del 43, la tasa era de entre veinte y treinta, por hambre, frío, degradación y crueldad.

En noviembre de 1942, mientras trabajaba en una carretera que conducía a Gumrak, a tres kilómetros del campo, un grupo de prisioneros de aproximadamente cincuenta o sesenta estaba nivelando y despejando el camino. Uno, cuyo nombre no conozco, cayó colapsado por el cansancio y agotamiento, ya no podía más. El guardia trató de obligarle a ponerse en pie, pero no se podía levantar. Entonces le ametralló y ordenó que lo enterraran a un costado de la carretera.

Otros centros de detención fueron igualmente crueles, como el de Lipovsky, del que existe el testimonio de Vasili Petrovich Projvatilov, secretario del PCUS en Stalingrado: 

Los aldeanos se sentían particularmente indignados por el campo de prisioneros de guerra. En Lipovsky hay una granja de cerdos junto a un pequeño río. Casi todas las granjas habían ardido. La granja de cabras, la de ovejas y la de cerdos eran las únicas que quedaban en pie, y las habían rodeado con una alambrada de púas y utilizado para albergar a los prisioneros de guerra. Les alimentaban con paja de centeno. El día antes de que yo llegara había habido un entierro. Veintitrés oficiales rusos tenían los pies congelados. Los alemanes no podían llevárselos y les cubrieron con paja en una pocilga y les prendieron fuego.

Y en Polonia: 

Estaba compuesto por doce bloques en cada uno de los cuales se alojaban entre mil quinientos y dos mil prisioneros. Los guardias alemanes utilizaban a los presos para hacer prácticas de tiro, y les lanzaban sus perros cruzándose apuestas a propósito de qué perro provocaría las heridas más terribles. Los prisioneros estaban famélicos. Cuando uno de ellos moría, los otros se arrojaban sobre el cadáver y lo devoraban.

Sobre el canibalismo, paradójicamente, el testimonio más aclaratorio fue el del propio Körpert. Explicó que el 15 de diciembre de 1942 aparecieron cadáveres a los que les faltaban partes del cuerpo que habían sido seccionadas, sobre todo el corazón, el hígado, pulmones y las mejillas, a otros se les había abierto el cráneo y extraído el cerebro. No fue un caso aislado, estos episodios fueron cada vez más frecuentes hasta hacerse cotidianos. En las declaraciones del Ejército Rojo también figuraba el hallazgo de cadáveres en estas condiciones. 

Dulag-205:
DP.

El problema de esos supervivientes es que también, como se ha explicado, eran sospechosos a ojos de sus compatriotas. En sus interrogatorios no solo se intentó reunir pruebas contra Körpert y sus oficiales, también se indagó en las condiciones en las que los prisioneros habían sido atrapados. Sin embargo, por mucho que los soviéticos invocaran los acuerdos internacionales, la URSS se había adherido a la convención para aliviar la suerte de los heridos y enfermos de los ejércitos en campaña, del 26 de marzo de 1932, pero no a la convención sobre el tratamiento de los prisioneros de guerra. De hecho, ese fue el argumento que emplearon los nazis para eximirse de la responsabilidad. Ellis considera que la negativa de Stalin a ratificar los convenios internacionales sobre trato de prisioneros si sirvió para algo fue para aumentar la animosidad de los alemanes hacia ellos. Si a las autoridades soviéticas no les importaban las condiciones en las que se encontraban sus prisioneros, difícilmente eso le iba a importar a los nazis. En total, se estima que de 5,7 millones de prisioneros soviéticos en manos alemanas, murieron 3,3.

En 1944, durante el juicio a la plana mayor del Dulag-205, los subordinados de Körpert intentaron salvarse aludiendo la obediencia debida. Seidlitz incluso llegó a decir que su opinión no era tenida en cuenta. Mäder fue más allá y le echó la culpa a Von Paulus, se consideraba también una víctima por haber sido destinado a ese campo y haber tenido que presenciar con gran «tormento espiritual» la condición de los prisioneros soviéticos. Todos fueron condenados y ejecutados el 13 de octubre de 1944. En la sentencia del tribunal no había ninguna referencia a la violación de los convenios internacionales. Para Ellis, eso permite especular sobre su conocimiento de que no habían sido ratificados por la URSS. Obviamente, en su bando la situación había sido similar. Según las cifras de Jochen Hellbeck, en julio de 1943, tres cuartas partes del total de prisioneros alemanes en manos soviéticas había muerto. 

La suerte de los soldados liberados durante la guerra fue desigual. A algunos se les dio uso inmediato enviándolos al frente. Tras un breve interrogatorio, se les informaba que haber caído prisioneros era un crimen cuyo castigo legal era la pena capital. Sin embargo, se les dejó la posibilidad de redimirse en primera línea. Según el comandante Alexander Georgievich Yegorov: «Les decíamos “la única forma en que puedes darle la vuelta a esta situación es con tu propia sangre”. Entonces empuñaban sus armas con gran alegría, y nosotros les advertíamos de que al mínimo indicio de pánico, de cobardía, o de intento de rendirse, aunque solo fuera por parte de uno o dos de ellos, tendría como consecuencia que los fusiláramos a todos. A veces conseguimos grandes cosas de ellos». 

Los alemanes también acabaron pensando pragmáticamente. Llegado un momento, empezaron a alimentar a estos prisioneros con el fin de que sirvieran para realizar trabajos forzados o en fábricas. El problema es que, tras la contienda, nada mejoró. Los que habían sido hechos prisioneros, bajo las leyes soviéticas, eran traidores y sufrieron una fuerte represión. De entrada, la mayoría fueron al gulag. Tras la muerte de Stalin, el propio mariscal Georgi Zhukov intentó que dejaran de estar discriminados, pero no lo consiguió. Formalmente, no fueron rehabilitados hasta 1994.

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