‘Morbius’: bailar en el spider-verso

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Morbius. Imagen Sony Pictures.
Morbius. Imagen Sony Pictures.

Morbius podría haber sido una buena película, qué duda cabe. En realidad, toda mala película encierra en su interior una película potencial mucho mejor. Cualquier idea, en las manos adecuadas, puede convertirse en una obra estimable o incluso brillante, no importa lo absurda o inviable que pueda parecer en un primer momento. El género de superhéroes es buen ejemplo de ello: ya sea en la viñeta o en la pantalla, hay autores que han conseguido hacer funcionar las ocurrencias más peregrinas (¿un árbol y un mapache como héroes galácticos?), mientras otros se hundían al tratar de dar forma a un material mucho más solemne y verosímil.

Así las cosas, lo cierto es que el film de Daniel Espinosa ni siquiera tiene una premisa especialmente disparatada, y la mezcla de mitología vampírica y superheroísmo ya ha dado un puñado de títulos interesantes: sin necesidad siquiera de salir de Marvel, ahí están los crossovers entre La tumba de Drácula y los X-Men o el Doctor Extraño; o la notable Blade II, de Guillermo del Toro. Vamos, que a priori era más fácil esto que hacer una «comedia romántica con simbionte alienígena». Al final, lo único que separa a Morbius de la grandeza son las decisiones de todos y cada uno de sus responsables.

Empezando por la redacción del guion, no hay un solo eslabón de la cadena creativa donde se pueda atisbar un mínimo de oficio o, siquiera, de sensatez. El relato avanza a trompicones, tan preocupado de pasar al siguiente «nudo de acción» (¡malditos manuales de guion!) que se olvida por completo de insuflar vida y verdad a unos personajes definidos tan solo por el lugar que ocupan en la trama. La rica iconografía del universo de Spider-Man queda tan desvaída como en su compañera de franquicia Venom; y tampoco el imaginario vampírico encuentra su lugar en la cinta, por más que cite en vano el sacrosanto nombre de Friedrich Wilhelm Murnau.

La puesta en escena es insulsa, y apenas hay un puñado de planos donde se aprecie voluntad compositiva (siempre más esteticista que significante, como buena deudora de Matrix). Un poco de bullet-time por aquí, una cámara lenta por allá, y todas las set pieces de acción quedan rápidamente despachadas. Todo ello envuelto en una dirección de fotografía que pasaría sin pena ni gloria (que no es poco) si no fuera por lo que se intuye una radical falta de confianza por parte del estudio: las escenas más nocturnas aparecen lavadas, con un grano exagerado, como si hubieran sido sobreexpuestas a tope en posproducción. Algo así como un «¡métele brillo a esta cosa, niño, que aquí no se ve nada!» que les confiere a esos momentos, y no son pocos, un cierto aspecto de vídeo amateur que hiere de muerte el ya de por sí precario apartado estético de la película.

Morbius. Imagen Sony Pictures.
Morbius. Imagen Sony Pictures.

Y ustedes dirán: ¡no está contando nada de la trama! Asumimos la culpa, no faltaría más. Pero esa omisión se debe en parte al hecho de que la trama ni está, ni se la espera. Apenas cuatro palos para sostener un sombrajo que tampoco es que dé mucha sombra: un prólogo con la infancia del protagonista, una amistad que derivará inevitablemente en otra cosa, alguna traición inoportuna y el sempiterno recurso de la dualidad entre el personaje que ve sus poderes como una maldición y el que los considera como un don que debe ser aprovechado. No hay más, y una vez resuelta la papeleta Espinosa ni siquiera se molesta en conceder un epílogo a la historia de su protagonista: Morbius tiene uno de los finales más anticlimáticos y abruptos del cine reciente, entre otras cosas porque, dada la desidia del libreto, el film no tiene mucho que contar cuando se acaba la inevitable pelea entre el héroe y su némesis.

Tal vez eso explique la excéntrica campaña publicitaria con que el estudio ha puesto en el mapa su película: con tráilers que no dicen siquiera quién es el villano, pero que incluyen imágenes de las escenas postcréditos, que son habitualmente el secreto mejor guardado de este tipo de productos. ¿Estamos, acaso, ante una novedosa estrategia de marketing, basada en hacer lo contrario de lo que suele hacerse en estos casos? Al fin y al cabo, uno de los grandes reclamos de toda cinta de superhéroes suele ser el malo de turno. Ha sido así desde que Richard Donner fichara a Gene Hackman para hacerle la vida imposible a Superman, y más aún desde que la presencia de Jack Nicholson se comiera a la de Michael Keaton en todo el entramado promocional del Batman de Tim Burton. ¿Por qué, entonces, ese empeño en diluir en todo el material promocional la presencia de un personaje que, además, es lo más interesante del conjunto? Aunque eso no sea decir mucho, claro. Y es que, de nuevo, guionistas y director dejan poco espacio al trabajo actoral.

Es de justicia reconocer que, por lo que se atisba en un par de momentos, Jared Leto estaría bien si tuviera algo a lo que agarrarse. El otro Jared de la película, Harris, pasa por allí para cobrar el cheque, pero eso sí, con su habitual oficio. Y Matt Smith brilla de forma intermitente hasta que los efectos especiales le ensombrecen o, peor aún, hasta que el director le pone a bailar. Dos veces. Y ya lo demostró Sam Raimi: hacer bailar a tus personajes en el universo Spider-Man es básicamente un suicidio artístico. Ojo, que igual eso es lo más parecido a una moraleja que podemos extraer del enorme cúmulo de desatinos que es Morbius. Échense a temblar si las semillas plantadas en las mencionadas escenas postcréditos acaban traduciéndose en nuevas entregas de esta extraña franquicia que, como si fuera un tumor un tanto amorfo e indefinido, le ha crecido en el costado al superhéroe arácnido.

Morbius. Imagen Sony Pictures.
Morbius. Imagen Sony Pictures.
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2 Comentarios

  1. El guión es tan sota-caballo-y-rey que puedes casi recitar los diálogos de los actores antes de que abran la boca. Y Jared Leto tiene el nivel interpretativo de Mario Vaquerizo en un vídeoclip de Fangoria. A estas alturas Marvel (con sus personajes más exitosos ya adaptados) está rascando el fondo del barril.

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