¿Sos del River o del Boca? Una historia del superclásico

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Sos del River o del Boca
Foto: Cordon Press.

Mientras los hinchas de River abandonaban el Monumental tras la derrota con Boca en 1997, Diego Maradona hizo pasar a un periodista al vestuario y explicó el partido: «Boca jugó a lo Boca y River a lo River».

Desdibujado, apenas estuvo cuarenta y cinco minutos en la cancha en lo que terminó siendo el último partido de su carrera. Su análisis futbolístico reconocía que cada equipo tenía un estilo propio. A lo largo de sus más de cien años desde sus respectivas fundaciones, los dos gigantes de Argentina compartieron una historia llena de encuentros y desamores.

El inicio del siglo XX en el país estuvo marcado por la llegada de los inmigrantes. Pasó de menos de cuatro millones de habitantes en 1895 a 7 800 000 en 1914, según los censos. La mayoría llegaba de Europa e ingresaba por el antiguo puerto de La Boca, en el sur de la Ciudad de Buenos Aires. A pocas cuadras alquilaban una vivienda, ponían su negocio y organizaban su vida en torno a actividades sociales, culturales o deportivas. 

En 1908, cuando se disputó el primer superclásico, todavía los dos eran del mismo barrio y estaban en el Campeonato de la Segunda División. Boca ganó el amistoso 2-1 con goles de un inmigrante gibraltareño, Rafael Pratts. La familia Priano tuvo intereses cruzados: en River jugó Francisco y su hermano Juan Bautista estuvo enfrente. Nacidos en Buenos Aires, su padre era un pizzero genovés que se había instalado en Argentina. Los jugadores también eran directivos, como Luis Cerezo, que jugó ese día y era el expresidente del xeneize.

Si algo caracteriza al superclásico argentino es la permanente tensión entre dos versiones. Respecto al primer cruce, River en su sitio oficial dice que fue en 1913. En realidad, ese fue el primero por los puntos. El Millonario, al que todavía no lo llamaban así, ganó 2-1. La rivalidad ya había nacido con el infaltable condimento de los medios de comunicación. Dos años antes, el diario La Mañana había realizado un concurso de popularidad y se publicaban incendiarias cartas de lectores de hinchas de ambos equipos, según reveló el historiador de Boca, Sergio Lodise.

Después de varios años deambulando sin sede, en 1923 River se mudó hacia la zona norte de Buenos Aires y terminó inaugurando su estadio a aproximadamente nueve kilómetros de su lugar original. Un año antes a pocas cuadras, como parte de la expansión de la ciudad, se había inaugurado el Cementerio de la Recoleta. La llegada al nuevo barrio y el abandono de la zona sur había sido el mismo camino que las familias pudientes habían optado años antes escapando de la epidemia de fiebre amarilla en los barrios de La Boca y el lindero San Telmo. Así nacería un nuevo motivo de enfrentamiento en el superclásico: Boca como el club «popular» y su alter ego de la clase alta. La masividad de ambos desmiente en la práctica esta idea que sobrevive en el imaginario. Otra vez con las dos versiones en tensión, el relato xeneize dice que la mudanza se definió en un partido que le ganaron a su eterno rival y lo obligaron a irse. 

Boca a lo Boca y River a lo River siguieron en su propio barrio y en su propio torneo, ya que entre 1919 y 1927 participaron en diferentes asociaciones de fútbol. Durante nueve años no hubo superclásicos, pero la rivalidad seguía vigente. En 1931 jugaron por primera vez en un torneo profesional y terminó en escándalo: el referí echó a tres jugadores de River que se negaron a abandonar la cancha y suspendió el partido. La revista El Gráfico publicó esa semana: «La mayoría atribuirá la culpabilidad principal al referee que pública y notoriamente es otra víctima propiciatoria del ambiente en que actualmente, y desde hace años, se desenvuelve el fútbol».

Durante la década de los 30 se dividieron la conquista de los diferentes campeonatos y cada vez que les tocaba enfrentarse lo vivían como un torneo dentro de otro. El superclásico se empezó a vivir de una forma más similar a la actual. River se ganó el apodo de Millonarios por comprar a Carlos Peucelle y a Bernabé Ferreyra en miles de pesos. Durante esos años también se tuvo que mudar y ocupó definitivamente el barrio de Núñez, donde actualmente tiene el estadio más grande del país y las instalaciones que lo transformaron en una referencia de los alrededores.

No son los títulos ni la historia de cada uno los que explican el fenómeno que supone este partido. Para el diario inglés The Guardian es el primero de los cincuenta espectáculos deportivos que hay que ver antes de morir y lo que destacan es cómo se vive. Si Buenos Aires es la ciudad con más estadios del mundo, el encuentro entre los dos más populares es el punto máximo de adrenalina y tensión futbolística.

Sos del River o del Boca
Foto: Cordon Press.

La alegría de unos supone la desgracia del otro. La construcción del relato circula en paralelo y mientras en Boca engrandecen la figura de Antonio Roma por atajar un penal en el último minuto a Delem (1968), en River recuerdan el triunfo con juveniles de 1971. En pocos hechos de la historia coinciden en la interpretación. Durante muchos años, se conoció al 5-4 millonario de 1972 como «el mejor superclásico de la historia», mientras que la mayor tragedia fue lo que pasó en 1968 con la Puerta 12: a la salida del Monumental, setenta y un hinchas de Boca fallecieron en una avalancha bajando una escalera. El promedio de edad de las víctimas era de diecinueve años. 

Las familias solían replicar el fanatismo de sus padres, pero nadie estaba exento de algún díscolo. Pudo serlo, nada más y nada menos, que Diego Armando Maradona. En mayo de 1980, la revista El Gráfico advirtió que River era la solución para destrabar su situación contractual en Argentinos Juniors. Su padre, fanático de Boca, hubiera sufrido un disgusto. Meses después cuando la negociación se cayó, el joven de veinte años llamó a un periodista del Diario Crónica y le manifestó sus deseos de jugar en el xeneize. Así, metió presión para que la transferencia sucediera. En su primer superclásico, en 1981, anotó un gol para el 3-0 final.

River, que había estado dieciocho años sin salir campeón entre 1957 y 1978, sacó el pecho en 1986 y dio la vuelta olímpica en La Bombonera antes de jugar. Después ganó 2-0 en un partido que se jugó con pelota naranja porque se esperaba que los hinchas tiraran papelitos para los festivos recibimientos de los equipos cuando salieran a la cancha. A fin de ese año, conquistó la Libertadores y la Intercontinental.

Durante los 90, Boca llegó a estar trece superclásicos invictos, pero River se las rebuscó para ser campeón ocho veces en torneos locales. En 1996, el Millonario ganó la Libertadores con figuras como Enzo Francescoli, Ariel Ortega y Hernán Crespo, pero tres meses después perdió el superclásico 3-2 ante un Boca deslucido que terminó festejando por un gol con la nuca de Hugo Romeo Guerra. Al terminar el partido, Ramón Díaz, director técnico del equipo derrotado, dijo: «Boca gana partidos y River gana campeonatos».  

El supuesto equilibrio se rompió en los inicios del 2000 con la llegada de Carlos Bianchi como director técnico. Boca siguió ganando clásicos y también empezó a ganar títulos internacionales. Levantó la Libertadores en 2000, 2001 y 2003 y se consagró dos veces campeón del mundo. 

En 2004, por semifinales de la Copa se jugó por primera vez un superclásico sin público visitante. Fue el inicio de una medida excepcional que se volvió regla desde 2013 en todo el fútbol argentino. La excusa fue la seguridad, pero la realidad indicaba que a los dos clubes más importantes les quedaba mejor, ya que habían alcanzado una cantidad de socios que no entraban en su propia cancha. 

El superclásico se originó como un fenómeno popular, pero a partir del siglo XXI presenciarlo se transformó en un espectáculo exclusivo. Los hinchas concebidos como consumidores generaron una altísima demanda que los clubes aprovecharon para generar ingresos económicos. La Bombonera inauguró costosos palcos y plateas preferenciales, se armó un ranking de socios para que los «más fieles» tuvieran prioridad y hasta se creó una categoría de «socio adherente», que es como una gran sala de espera para algún día ser «socio activo».

En 2011, River descendió por primera vez en su historia. Si la Era Bianchi ya había marcado una diferencia en la eterna competencia entre ambos, la pérdida de la categoría pareció juzgar de forma definitiva una lucha con más de cien años. No fue suficiente que volviera a Primera al año siguiente, porque los hinchas de Boca ya se habían aprendido una canción de memoria: «River decime qué se siente haber jugado el Nacional, te juro que aunque pasen los años nunca lo vamos a olvidar».

Sos del River o del Boca
Foto: Cordon Press.

Pero la historia no podía quedar ahí. En 2014, Marcelo Gallardo llegó a River como entrenador y empezó a escribir un nuevo capítulo en la historia del superclásico. Los títulos estaban directamente ligados a la desazón de su rival. Lo eliminó de la Copa Sudamericana 2014 y fue campeón; lo eliminó de la Copa Libertadores 2015 y fue campeón; y le ganó la final de la Supercopa Argentina 2017. 

La tensión llegó a su punto máximo en 2018, cuando se cruzaron por la final de la Copa Libertadores. Boca tenía la oportunidad de terminar con la supremacía millonaria moderna y volver a conquistar un título internacional, como no sucedía desde antes de que River descendiera. 

Luego del empate en la ida, el partido de vuelta se suspendió por un piedrazo al colectivo de Boca. Como en 1931, el superclásico fue reemplazado por largas editoriales y llamados a la reflexión sobre la manera de vivir el deporte. Aquella rivalidad nacida en 1908, alimentada por el diario La Mañana y sostenida durante más de cien años con hitos variopinto, tuvo uno de sus momentos más dramáticos. Símbolo de los tiempos, la resolución fue montar un espectáculo internacional en Madrid, ante los ojos del mundo y diferente a aquel primer partido entre inmigrantes. 

River ganó en tiempo suplementario, fue campeón y, en un intento de cerrar la histórica tensa relación con Boca, los hinchas empezaron a cantarle a su rival que «murió en Madrid». Por popularidad y rendimiento, el fútbol argentino quedó reducido prácticamente a los dos más grandes del país. En las redes sociales, los hinchas de los demás equipos empezaron a hablar del fenómeno «Bover». Después de tantos años de desencuentros, el acrónimo los unió como cuando compartían barrio.

Los medios de comunicación se alimentaron de la tensión y debatieron permanentemente por esa competencia hasta el día de hoy. De tanto hacerla en cafés, reuniones y paneles periodísticos, hay una pregunta que se volvió cliché: ¿es peor descender o perder una final continental contra tu máximo rival? 

En más de cuatro años nunca se pudo alcanzar una respuesta unánime. Esa es una de las claves del éxito que se puede ver a través de la historia del superclásico: la tensión se sostiene y se construye desde dos polos opuestos. Boca a lo Boca y River a lo River.

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3 Comentarios

    • Exacto. En España se es del Betis o del Madrid, pero en el Rio de la Plata es “de”. De River, de Boca, de Nacional, de Peñarol

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