‘The Northman’, los cuernos de los vikingos y otros mitos

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The Northman. Imagen: Focus Features.

«Te vengaré, padre. Te salvaré, madre. Te mataré, Fjölnir». Resuena este mantra en el tráiler de The Northman (que en España se estrenará como El hombre del norte), recitado por su protagonista, un Alexander Skarsgård más energúmeno aún que como maltratador en Big Little Lies o soldado de sangre helada en Generation Kill. La expectación ante este lanzamiento puede percibirse como el penúltimo intento de revitalizar la industria cinematográfica y hacer de la gran pantalla algo más que una afición extravagante, lo que se antoja un cometido titánico. Pero al menos entre quienes idolatramos al cineasta Robert Eggers, tras dejarnos patitiesos con La bruja y El faro, hay ganas de ver lo que ha hecho con noventa millones de dólares. También emociona asistir al regreso de Björk a la actuación —parece ser que en forma de cameo, aunque significativo—, veintidós años después de Bailar en la oscuridad (casi literalmente, por el acoso de Lars von Trier). Aunque si algo hace pensar que esta película llega en el momento justo es la actual fascinación por los vikingos: ¿qué tiene esta civilización nórdica que a tantos adeptos congrega hoy día?

Cuando durante algunos meses del curso 2001-2002 viví con una exigua beca Erasmus en la ciudad danesa de Roskilde (soy sevillano: me tomé en serio lo del cambio de aires), famosa por su festival de rock, su catedral gótica y su museo de barcos vikingos, poco iba a imaginar yo que en la siguiente década podría haber sido la envidia de toda una subcultura. Si en los 50 fue la ciencia ficción, en los 60 las historias de espías y en los 70 las artes marciales, los años posteriores a 2010 han visto explotar —también en el sentido literal que da origen al término exploitation— el interés del cine y la televisión por aquellos pueblos escandinavos que florecieron entre los siglos VIII y XI. Sobre todo por culpa de History Channel y de su serie Vikings, de Michael Hirst, que tras seis exitosas temporadas ha tenido este año una secuela con Vikings: Valhalla. Pero no han sido las únicas incursiones recientes en esta época: basta con echar un ojo a IMDB para asustarse por la profusión de títulos en torno al tema, producidos mayormente en países del norte de Europa. Ninguno con el presupuesto ni las ambiciones formales de El hombre del norte, eso sí. 

Ya que hablamos de historia, quizá quepa preguntarse qué imagen de los vikingos nos devuelven estas ficciones y cuánto se ajustan a la realidad. Por suerte, ya se lo ha planteado alguien con muchos más conocimientos y criterio que un servidor. La bioarqueóloga especializada en la era vikinga Cat Jarman, de la que se acaba de publicar en nuestro país el ensayo Los reyes del río (Ático de los Libros), viene a decirnos que estos no eran como los pintan, o al menos no del todo. Dejaron un rastro de muerte y destrucción con su expansión por el continente, cierto, pero también se dedicaban a cuestiones más constructivas como generar redes comerciales y de convivencia con otras culturas. Habrá quien diga que los romanos también promovieron avances que no suelen reflejarse en la ficción histórica (ya sabe: «¿qué han hecho los romanos por nosotros?»). Pero, en el caso vikingo, parece juzgarse su vertiente sanguinaria más que en cualquier otro pueblo de la época, lo que Jarman atribuye a una distorsión por parte de las fuentes medievales anglosajonas —es decir, rivales— o las antiguas sagas islandesas.

Para colmo, esa visión «romantizada» de los vikingos ha tocado el corazoncito de los supremacistas blancos y los amigos de la extrema derecha. Cómo no acordarse de Jake Angeli, el infame trumpista cornudo que, tras asaltar el Congreso de los Estados Unidos, fue bautizado en más de un medio como «el vikingo». Hasta el villano más en boga, Vladimir Putin, ha usado y manipulado como argumento nacionalista la Rus de Kiev, federación de tribus eslavas formada por los varegos-vikingos del norte. El propio director de The Northman ha admitido en declaraciones para The Guardian que el estereotipo del guerrero muy macho y la apropiación de la cultura vikinga por parte de esa gentuza le hicieron «un poco alérgico» a ella. Al menos hasta que viajó a Islandia, flipó con sus paisajes y luego la propia Björk le presentó al poeta Sjón, a la postre gran inspiración para este film —y su coguionista—.

La base de Eggers para esta ficción ha sido, pues, una de esas sagas islandesas que romantizarían el relato de los acontecimientos; en concreto, la leyenda medieval escrita por el historiador danés Saxo Grammaticus sobre el príncipe Amleth, cuyo anagrama le sonará a la obra de Shakespeare inspirada por aquella. Pero, además, el cineasta nacido en Vancouver y crecido en Nueva Inglaterra, al que antecede la fama de la veracidad de las dos películas que ha realizado —ambas de época—, acudió también a varios expertos con la intención de hacer «la película de vikingos más fiel a la historia y documentada de todos los tiempos». Uno de ellos, el catedrático de la Universidad de Uppsala (Suecia) Neil Price, admitía a Vulture que algunos de sus saqueadores «eran tan aterradores como todos los clichés querrían», aunque también señalaba que esa imagen procede de los testimonios de quienes se encontraron con ellos, «a menudo con el extremo puntiagudo de sus espadas». Y, claro, qué iban a contar. Coincide, pues, con Jarman en que de esa imagen sesgada podría haber emanado la obsesión por retratar a los vikingos como poco más que bestias indómitas.

Ya sabemos que lo de que vistiesen cuernos no tiene ningún fundamento histórico, se deba el mito a una ocurrencia del diseñador de vestuario Carl Emil Doepler para una ópera de Wagner, al pintor sueco August Malmström o de nuevo a una visión distorsionada de sus enemigos, quienes los habrían descrito con los atributos del mismísimo demonio. Pero ¿qué hay de otros lugares comunes y estereotipos culturales que ha reflejado el cine a lo largo de los años? ¿Realmente se ha mitificado y tergiversado tanto la imagen de este pueblo nórdico en el imaginario popular? Para comprobarlo, propongo a continuación un breve recorrido por películas de vikingos que podrían considerarse escasamente precisas en cuanto a su raigambre histórica, pero que representan ejemplares únicos en su especie. Dejaremos a un lado la hipnotizante Valhalla Rising (2009), puesto que el danés Nicolas Winding Refn no parecía nada interesado en la autenticidad de su relato: «Las películas históricas rápidamente se vuelven pesadas, porque todo gira alrededor de su exactitud». Exacto.

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The Northman. Imagen: Focus Features.

Vikingos a través de la historia… del cine 

Meses antes de que Richard Fleischer estrenase la que se considera película fundacional del cine de vikingos, el rey de la serie B Roger Corman le adelantó por la derecha con Las mujeres vikingo y la serpiente del mar (1958). Basada en una historia de Irving Block —que alumbró también el argumento de la influyente Planeta prohibido—, su mezcla de aventuras, fantasía y terror presenta como mayor reclamo la fabulosa criatura del título, aquí caracterizada con rasgos dragontinos, e incluye diversos anacronismos menores como el uso de calcetines y gafas de sol. La precariedad de la producción y las consiguientes prisas en el rodaje motivarían que los actores se quejaran de varios conatos de ahogamiento en el mar y el riesgo de despeñar a algún que otro caballo por los acantilados.

Otro maestro del cine de terror y fantástico a un módico coste, Mario Bava, firmó La furia de los vikingos (1961), en este caso un descarado —aunque no acreditado como tal— remake de Los vikingos de Fleischer, como muchas de las películas que aprovecharon el rebufo de aquel éxito. Lo entrañable de la cinta del cineasta italiano es justamente su falta de complejos frente a la verosimilitud: desde una pareja de vírgenes vestales (sic) encarnadas por las Gemelas Kessler alemanas hasta la errónea ubicación del timón en los barcos, pasando por el delirante vestuario, todo vale en esta nueva muestra del audaz cine de Bava, en el que cada encuadre supura llamas y sangre. 

Más fácil lo debió haber tenido Jack Cardiff para replicar las hazañas de los guerreros nórdicos, tras haber participado como director de fotografía en —no se lo verá venir— Los vikingos, aunque visionando Los invasores (1964) resulta difícil de creer. En realidad, toda ella resulta difícil de creer. Epopeya protagonizada por Richard Widmark como líder vikingo con maneras de cowboy y Sidney Poitier como rey moro con peinado y estilismo imposibles, se centra en la desconcertante pero entretenida lucha por una campana de oro gigante. Aunque el film de Cardiff (responsable de fotografía en títulos como Las zapatillas rojas, La reina de África o La condesa descalza; ahí es nada) es recordado por la extrañísima escena del asalto de un harén y, sobre todo, la atrocidad bautizada como «potro de acero»: un artilugio formado por la hoja curva de una cimitarra gigante sobre la que son arrojados los desdichados prisioneros de los árabes. ¿Quiénes son los bárbaros ahora?

El caso de La reina vikinga (1967) resulta de obligatoria mención en un listado como este: nadie sabe por qué el título de este péplum de manual, cuya historia tiene lugar en tiempos de dominación romana en Bretaña, alude a los vikingos. No hay ni rastro de ellos en sus noventa y un minutos, aunque sí hay asaltantes y saqueadores, por lo que supongo se tomaba aquel término como sinónimo; tal era ya la fama de los pobres conquistadores norteños. Al parecer, el argumento de esta producción de la Hammer procedía de un maravilloso cóctel de la Norma de Bellini, El rey Lear de Shakespeare y la reina de los icenos Boudica, a la que aquí dio vida la por entonces reputada modelo finesa conocida como Carita.

Cualquiera que haya visto «la peor escena de muerte en la historia del cine» tendrá en alta estima el cine turco de principios de los 70. No puedo, ni mucho menos, prometer ese grado de risión con el visionado de Tarkan: Viking Kani (1971), pero el buen ratito está más que garantizado. Basada en el personaje del guerrero huno creado por el historietista Sezgin Burak, aquí hemos de poner en valor: una galería de exhuberantes bigotes, una glamurosa y pérfida princesa china, un pulpo hinchable, ciertas alfombrillas de ducha como vestuario, un estriptis-porque-sí y hasta un infanticidio en plano lo bastante cercano como para reconocer su osadía.

Bajo el título de El nórdico (1978) se presenta la historia de una embarcación vikinga del siglo XI que llega al Amazonas y se enfrenta a los nativos allí reunidos. Y hasta ahí llegan los elementos argumentales que justifican el «basado en hechos reales» de los créditos iniciales. Porque, sí, los vikingos pisaron tierra americana —Vinland, la bautizarían— siglos antes de la masacre colonizadora, pero quienes los recibieron poco se parecerían a indios sacados de un wéstern (actores blancos con maquillaje rojizo declamando monosilábicos) ni podían haber sido, como rezaba el cartel, «guerreros salvajes de la nación iroquesa». Esta y otras muchas ofensas al gremio historiador le han concedido el honor de ser considerada en ciertos foros como la peor película de vikingos jamás concebida. Basta con leer las justificaciones que el actor Lee Majors, productor junto a su entonces esposa Farrah Fawcett, daba a su involucración en el dislate: «Se filmaba en Florida, en la costa, y habían contratado a jugadores de los Tampa Bay Buccaneers [equipo de fútbol americano] para hacer de vikingos… No sé, pensé que sería divertido, así que lo hice». ¿Quién se hubiera negado?

Y hablando de subgéneros, si hubo uno que atrajo público en los 80 fue el slasher y su apuesta por la sucesión de acuchillamientos indiscriminados. En ese caldo de cultivo germinó Berserker (1987), cuya sinopsis no lleva a engaño: «Seis jóvenes adolescentes que alquilan una cabaña en los bosques de Utah se enfrentan a un guerrero vikingo vestido con la piel y el hocico de un oso, y van siendo asesinados por turnos». ¿Un vikingo disfrazado de oso, dice? Solo eso la ha convertido en una obra de culto del terror kitsch. La cual, cuenta la leyenda, fue prohibida en Alemania por una de sus escenas cumbre en la que, en montaje paralelo, asistimos al éxtasis de dos jóvenes en plena faena sexual y a la agonía de una chica mientras es aniquilada. O sea: la quintaesencia del slasher.

Volviendo a terrenos más serios aunque igual de inverosímiles o históricamente distraídos, una saga —en ambos sentidos— poco conocida y muy interesante sobre aquella era es la llamada Trilogía de los vikingos, del islandés Hrafn Gunnlaugsson, cuyos títulos datan de 1984, 1988 y 1991 respectivamente. Basada en el esquema argumental de la primera novela de Dashiell Hammett, Cosecha roja, además de inspirada en el cine de Akira Kurosawa y de Sergio Leone (ya conocerá la historia del plagio que de Yojimbo hizo el italiano Por un puñado de doláres… que también se acabaría embolsando el japonés), esta loca mezcla de influencias dio lugar a tres películas esenciales que, aun no citadas por Eggers hasta ahora, parecerían sus antecesoras naturales: por un lado, su material de partida son las leyendas de Islandia y, por otro, relatan en esencia la historia de una venganza; no en vano, la primera de ellas se titula Ojo por ojo.

En el mismo año en que se estrenaba la exitosa serie que nos hizo confundir a los vikingos con macarras de una banda de metal —esos cortes de pelo—, salía al mercado una película de nacionalidad malasia titulada Vikingdom 3D (2013). Aunque no parece que la exactitud anduviera entre los objetivos de este relato, en el que un rey redivivo ha de derrotar al dios nórdico del trueno Thor, la presencia de elementos tales como arquitecturas megalíticas, estufas o patatas chirría incluso más que su estilo visual heredero de los manidos 300 de Zack Snyder. Este festín de brazos crujientes y cabezas rodantes naufragó en la misión mucho menos épica de hacer taquilla, recaudando apenas un cuatro por ciento de su presupuesto.

Cerrando esta lista y entre las muchas producciones vikingófilas aparecidas en los últimos años, me quedo con Viking Siege (2017), en la que —coja aire— una banda de mujeres sedientas de venganza contra unos monjes esclavistas se topan con una pandilla de vikingos a los que persigue un demoníaco ejército de árboles vivientes surgidos de la caída de un meteorito alienígena. Comedia de horror a lo Evil Dead, incluida su bien servida ración de gore, se agradece su falta de pretensiones y el regreso autoconsciente a la serie B de Corman, con sus amazonas y sus estrambóticas criaturas. Lo vikingo es secundario, claro está, y no digamos ya la precisión histórica del conjunto. Pero ¿hasta qué punto resulta relevante esto último?

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The Northman. Imagen: Focus Features.

Basada en hechos reales (para quienes los vivieron)

Visto lo visto, la promesa de que The Northman es la película sobre vikingos de mayor exactitud histórica de todas las que se han realizado, por un lado, puede sonar a reto asumible, aunque también a estrategia de promo. Sobre todo si tenemos en cuenta la actual proliferación de productos inspirados (aun vagamente) en la era vikinga, desde las ya citadas obras audiovisuales hasta libros, videojuegos, páginas web y blogs, tatuajes, prendas de vestir, estilos musicales, bebidas o —de nuevo— cortes de pelo. Como es obvio, la imagen que encarnan tales artículos de compraventa está casi siempre muy ligada a los estereotipos que la cultura popular ha forjado de lo vikingo, y en eso tiene mucho que ver el cine. 

Por otro lado, la expectación que acarrea el estreno de The Northman proviene también del hecho de tener detrás a un cineasta como Robert Eggers, el mismo que le descubrió al mundo la estupenda actriz y la magia (negra) que escondían los ojos de cervatilla de Anya Taylor-Joy; el que puso a Robert Pattinson —otro de los grandes intérpretes de su generación, que sin hacer mucho ruido ya ha trabajado con Cronenberg, Gray, los Safdie, Denis y en breve Assayas— a soportar estoicamente los escupitajos y los pedos de Willem Dafoe. En ambas producciones, Eggers dio muestra de su extraordinaria atención a los detalles para crear lo que él mismo denomina, en su masterclass sobre guion para la academia BAFTA, «atmósfera». Su meticulosidad llega al punto de que emplea varias páginas en describir una breve escena en la que a priori poco pasa, y él mismo cuenta que un actor rechazó el papel que le ofrecía por lo «recargado» de su libreto. Esta obsesión también se vierte en la puesta en escena, su carta ganadora, que basa en un esmerado storyboard en el que queda clarísimo dónde situará la cámara y, por tanto, cómo se moverán los actores. 

Curiosamente, Eggers comenzó su carrera estudiando arte dramático y, más tarde, dirigiendo producciones de teatro en Nueva York. Por eso pone tanto cuidado en las interpretaciones, aunque tengan que someterse a sus estrictas dinámicas con la cámara, algo que por ejemplo alabó Dafoe (que repetirá en The Northman) sobre su trabajo en El faro y el manifiesto influjo de Harold Pinter en esa historia con dos personajes y un único escenario. En conversación con Ari Aster —la otra gran esperanza blanca del cine de género autoral— para el podcast de la productora A24, Eggers se declara fan de Ingmar Bergman y de su «modestia» al emplazar la cámara sin que te asalte su estilo como director. En cuanto a lo que exige a sus actores, no pretende llegar al nivel de tiranía de Kubrick, pero sí trata de que todo sea real en el set: si en una escena ha de parecer que un personaje siente el contacto del agua helada en su piel, el actor se meterá en agua helada durante el rodaje, como ha contado entre risas Taylor-Joy (otra que repite).

La autenticidad que busca Eggers afecta a cada elemento que aparece en el encuadre. Para El faro y viendo que ninguno de los existentes en el mundo real le resultaba coherente con la época que pretendía retratar, mandó construir de cero un faro en el que situar la acción. Además, no satisfecho con rodar en 35 milímetros y una inusual relación de pantalla de 1.19:1, junto con su fiel director de fotografía Jarin Blaschke la dotó de una estética ortocromática (no refleja la luz roja), que le sirvió para mostrar las imperfecciones en el rostro de aquellos dos hombres. Si el oscarizado Emmanuel Lubezki definió el efecto de las innovadoras cámaras Alexa 65 como «mirar a través de una ventana limpia en lugar de una ventana que tiene suciedad», Eggers declara: «Me gustan las ventanas sucias». Para La bruja, tiró solo de luz natural y velas, y mimó todos los pormenores de su ambientación, incluida la forma —vocabulario, tono— en la que aquellas gentes se expresaban. En ambos casos, como en The Northman, todo ello se basó en un largo proceso de documentación e investigación histórica. 

No obstante, la verdad que exudan sus películas no depende tanto de lo fieles que son a la historia como de lo respetuoso y empático que se muestra Eggers con quienes han relatado o testimoniado esas otras épocas, esos otros mundos. Si lo que vemos en pantalla, por inquietante y hasta terrorífico que parezca, resulta genuino es por cómo se sumerge en la mentalidad de aquellos momentos y, descifrando lo que algunos dejaron escrito —ya sean cartas de colonos puritanos del siglo XVII o códigos de conducta de fareros del XIX—, se da cuenta de que no somos tan distintos; e incluso llega a pensar «Dios mío, si hubiese vivido en esa época, habría pensado exactamente como ellos», en palabras del propio Eggers.

Esa epifanía es la que realmente motiva al cineasta canadiense: una mirada a la historia no solo desde el presente sino a través de sus contemporáneos, asimilando aquel sistema de valores y creencias, en apariencia tan alejado del nuestro. Ahí entra en juego el componente mitológico y folclórico de sus tres películas hasta la fecha, su pasión por las leyendas populares, el ocultismo y la religión. Como su venerado Bergman, parece fascinado por los procesos que nos han llevado a creer ciertas cosas y, de alguna extraña manera, nostálgico de ellos en la actual sociedad secularizada: «A veces perdemos lo sublime y lo sagrado, y entonces descubro que lo que realmente me emociona es entender de dónde venimos y adónde vamos desde donde vinimos, y tratar de regresar al pasado para reflexionar sobre ideas que sean más grandes que nosotros mismos». O el cine como un acto de fe (en el cine).

Joseph Campbell sostenía que la mitología eleva el sentido de un acontecimiento pasado y, de forma más trascendental aún, proporciona un modelo para nuestra experiencia vital. No es historia, pero tampoco es exactamente ficción o mero entretenimiento, pese a que a través de ella se pueda aspirar al hallazgo de la belleza formal. El mito plantea cuestiones esenciales para el ser humano, deseos y temores primordiales, por lo que, a su manera, es extraordinariamente fiel a su tiempo y, a la vez, se revela capaz de dialogar con cualquier presente. Esos ingredientes, y no su exactitud histórica, son los que dotan de verdad dramática a las películas de Robert Eggers y, en última instancia, las engrandece.

Si en el futuro un historiador quiere evocar nuestra era, seguramente mencionará la invasión rusa de Ucrania, pero si un artista pretende recrear estos tiempos, puede que recurra al modo en que Eggers ha plasmado la sed de sangre en The Northman (las primeras reseñas mencionan el Conan de Milius; a mí el tráiler me lleva más bien al Excalibur de Boorman), donde parece que el rol protagonista de la venganza no comportará ni una pizca de gloria para Amleth, por mucho que se ponga en plan berserker. En realidad, este artículo es mi forma de expresar que estoy deseando plantarme en el cine para ver lo último de un cineasta llamado a hacer historia.

 

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4 Comentarios

  1. Aqui falta la serie “Norsemen”, o “Vikingane” en origen.

    Nos da otro punto de vista desde el mismo norte.

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