Odio eterno a Arsène Wenger

Arsène Wenger. Foto: Ronnie Macdonald (CC)
Arsène Wenger. Foto: Ronnie Macdonald (CC)

Es jodido conseguir entradas para ver jugar al Arsenal en su casa. Hoy es día de partido menor, contra el Stoke de Mark Hughes y Bojan Krkic, y en la taquilla que abren solo los días de partido no quedan más que entradas VIP. En la tienda online del club obligan a pagar treinta libras al año para tener derecho a comprar entradas. El fútbol moderno era eso.

La zona VIP del Emirates parece el lounge de un aeropuerto, con su fina moqueta, sus sillas, mesas y taburetes en plástico blanco y sus marcas de alcohol internacionales. Nada de cerveza ale londinense, solo Carlsberg y Guinness en —lo han adivinado— pintas de plástico.

El Emirates por dentro es un estadio bonito, con todos los asientos a resguardo de la lluvia. La grada VIP no tiene nada de particular salvo que los asientos plegables son anchos y están ligeramente acolchados, supongo que para ahorrarse las almohadillas que luego puedan ser utilizadas como arma arrojadiza. Por la megafonía suena el ultramanido «London Calling» de The Clash. Gunnersaurus, el dinosaurio verde que hace las veces de mascota del club saluda desde el centro del campo.

Es media tarde de enero y el sol de invierno ilumina el césped. Los jugadores del Arsenal salen todos en manga larga. Todos menos Walcott, al que Wenger da minutos en la segunda parte y es el único jugador de rojo que parece interesado en presionar la salida del balón. Ozil, que vuelve de lesión y sale a falta de veinte minutos para el final, lleva mechas rubias. Está torpe, impreciso como centrocampista inglés más preocupado por su pelo que por sus pies.

La primera parte apunta a un mano a mano entre enemigos de Messi: Alexis versus Bojan. El Arsenal marca pronto. Bojan lo intenta desde la segunda línea, pero cada vez que se acerca al área el gigante alemán Mertesacker le cierra el paso. «Break him in half!», pártelo en dos, sugiere un socio desde la tribuna VIP, lo que le supone una amonestación verbal de un empleado del club. «Pedir al alemán que lo parta en dos no es un insulto, come on. En cuarenta años de socio nunca he tenido un problema. ¡Y jamás me han puesto una multa de aparcamiento!» responde el hombre entre las risas de sus compañeros de grada.

El chileno marca de falta antes del descanso —dieciocho goles esta temporada— y, como sucede en el Bernabéu, la afición anima a favor de viento. Incluso jalean los saques de puerta del portero suplente («Ooooooospinaaaaa!»), titular hoy después de que Wenger pillase al polaco Szczesny echando un pitillo en el vestuario. Arsène el furioso activista antitabaco es, como pueden imaginar, exfumador.

Al descanso hay bebida gratis para los aficionados VIP. Decenas de pintas de plástico se amontonan sobre una mesa con un cartel que explica que está prohibido coger una hasta que el árbitro señale la mitad del partido. Un corrillo de ingleses gordos y con mejillas rosadas se arremolinan en torno al botín, pero ninguno osa hacerse con un vaso. Esas cosas inglesas que son impensables en cualquier otro lugar.

Tras las cervezas, Alexis marca de nuevo, a Bojan se le acaba la gasolina y el partido acaba sin mucha historia. La megafonía anuncia que los trenes de vuelta a Stoke funcionan con retraso y la afición del Arsenal lo celebra. Fans locales y visitantes dejan el estadio camino a una de las estaciones de metro y tren que hay en torno al estadio, todas colapsadas con colas que van desde el andén hasta la calle.

Algunos aficionados nostálgicos se desvían de su ruta para pasar por el viejo Highbury. El antiguo estadio es ahora un complejo residencial pero aún conserva sus fachadas este y oeste mientras que donde estuvo el césped ahora hay un jardín. Uno se siente más en casa del Arsenal en ese jardín que en el Emirates Stadium. El Arsenal de antes del fútbol moderno, aquel que tenía un escudo en lugar de un logotipo.

Foto: Adrián Ruiz-Mediavilla.
Foto: Adrián Ruiz-Mediavilla.

Pettiness

«There’s nothing I despise more in life than pettiness». Esa estrechez de miras que tanto desprecia Frank Underwood (el maestral personaje creado por Kevin Spacey para House of Cards) es sin duda el mayor defecto de Arsène Wenger.

El entrenador francés ha adquirido, después de casi veinte años en el cargo, el estatuto de legend, leyenda del fútbol inglés, lo que le convierte a todos los efectos en incuestionable por mucho que se empeñe en equivocarse. Era 1996 y el Arsenal se fijó en un alsaciano que entrenaba en Japón para arreglar un equipo que no carburaba. Como se ha contado en innumerables ocasiones Wenger hizo algo más que eso, prohibió la cerveza y las chocolatinas Mars, fichó al holandés Dennis Bergkamp y al francés Patrick Vieira y en su segunda temporada el club ganó su primera liga en siete años. Arsène Wenger no solo había hecho del tradicionalmente aburrido Arsenal un equipo con un espectacular estilo propio, sino que con sus métodos de trabajo había revolucionado el fútbol inglés.

Fast-forward a diez años más tarde. El club y Wenger, sinónimos a estas alturas, deciden que el estadio de Highbury —treinta y ocho mil asientos— se le quedaba pequeño a un club ganador y optan por mudarse a un nuevo estadio. El cambio trae dos problemas de la mano: por una parte, el club se ve obligado a vender a sus mejores jugadores para poder pagar el nuevo campo; por otro, la miopía de club y mánager son evidentes al construir un nuevo estadio de tan solo sesenta mil plazas, pocas si lo comparamos con los clubes con los que el Arsenal aspira a competir. El Emirates es más grande que los estadios vintage de los clubes británicos, sí, pero lejos de sus rivales continentales: a título de ejemplo, el Bernabéu tiene ochenta y un mil asientos y el Allianz Arena, —acabado un año antes que el Emirates— setenta y cinco mil. En una ciudad del tamaño de Londres los sesenta mil asientos del Arsenal son de una estrechez de miras insoportable. El resultado: hoy día es casi imposible encontrar entradas para ver un partido de los Gunners en casa.

Los revolucionarios métodos de entrenamiento de Wenger no han evolucionado en dos décadas, y la deficiente preparación física de los jugadores del Arsenal se traduce en lesiones: cincuenta y tres desde que empezó la temporada en agosto pasado. Un solo jugador, Abou Diaby, acumula más de cuarenta lesiones en sus ocho temporadas en el club.

En el momento en que el Arsenal abandonó Highbury dejó de ganar títulos: Wenger eligió tener una empresa rentable antes que un club ganador. Los defensores del entrenador francés martillean el mismo argumento en su defensa: Arsène logra meter al equipo en Champions a pesar de gastar menos que otros. Durante un tiempo eso fue así, sin embargo el argumento de la austeridad se cayó cuando el último día del mercado veraniego de 2013 Wenger decidió pagar cincuenta millones de euros por Mesut Özil. Este año el Arsenal ha sido el cuarto club inglés que más dinero ha gastado y el segundo en inversión neta (gastos menos ingresos) tras el United de Van Gaal.

El año pasado la temporada del equipo de Wenger se saldó con una salida de la Champions en octavos, un cuarto puesto en liga sin ser jamás una amenaza real para Chelsea, Liverpool y Man City y el primer título en nueve años, una FA Cup. Este año va camino de repetir actuación y sin embargo se oyen pocos reproches desde la grada: la afición del Arsenal se ha acostumbrado a ser un equipo de clase media-alta dirigido por un señor francés intocable por su condición de leyenda. Un tipo que en su día fue el estandarte del fútbol moderno y hoy va camino de convertirse en dinosaurio. Quizás así podrán sacarlo del banquillo y nombrarlo nueva mascota del Arsenal: Arsène Wenger, Gunnersaurus Rex.


Perdida: persiguiendo a Amy

Escena de Perdida. Imagen: 20th Century / Fox  New Regency.
Escena de Perdida. Imagen: 20th Century / Fox New Regency.

Hubo un día en el que Ben Affleck no era nadie. Eso cambió cuando Kevin Smith le dio un primer papel protagonista en Mallrats primero y, sobre todo, con una segunda cinta en la que Affleck se pasaba la película como lo anunciaba el título: Persiguiendo a Amy.

En los casi veinte años que han pasado desde aquello, Affleck ha tenido tiempo de ganar un Óscar al mejor guión, salir con Gwyneth Paltrow y Jennifer Lopez antes de casarse con Jennifer Garner, tocar fondo con Daredevil y Gigli, ganar mucha pasta jugando al póquer, pasar por rehab para dejar de beber y convertirse en uno de los directores más cotizados de Hollywood al ganar el Óscar a la mejor película por Argo. Mientras se prepara para disfrazarse de Batman —quizá el único fracaso de su amigo y mentor George Clooney— Affleck protagoniza Perdida, en donde vuelve a perseguir a Amy.

La diferencia es que mientras la cinta de Kevin Smith era una comedia romántica, la nueva película de David Fincher no se permite ni media broma. Si en la primera Amy era la chica imposible que inmortalizó Joey Lauren Adams, en Perdida Amy es Rosamund Pike, una olvidable chica Bond a la que Fincher exprime hasta dar con la interpretación de su vida. Porque Rosamund Pike está fantástica como Amy Dunne, la desaparecida esposa de Ben Affleck. Dicen que Fincher hace cincuenta tomas de cada escena. Dan ganas de abrir una petición en change.org para que el DVD incluya las otras cuarenta y nueve versiones de Rosamund Pike que se quedaron en la sala de montaje.

El resto de Perdida es puro método Fincher, incertidumbre, tensión, falsas pistas y giros de guión de los que dejan el trasero del espectador huecograbado en la butaca del cine. Para el que se sienta delante de ella, Perdida es un ejercicio tan satisfactorio como agotador. Como relato, por momentos recuerda al Zodiac del director norteamericano, aquella historia en la que Robert Downey Jr. y Jake Gyllenhall arrastraban al espectador a la caza de un asesino que no estaba. A diferencia de aquella, Fincher cuenta esta vez con la ayuda de Trent Reznor y Atticus Ross, autores de una banda sonora mínima que, como la mujer que da título al film, parece no estar ahí y sin embargo articula las dos horas y medias de metraje.

Dice The Guardian que el mundo ahora se divide entre los que han visto Perdida y los que planean verla. Al estreno de la película le ha seguido un lío después de que Rosamund Pike cuestionase las excesivas expectativas que se pone en el matrimonio hoy en día. Esto parece ser noticia no tanto porque la reflexión la haga una estrella de Hollywood como porque Pike está casada con un exheroinómano dieciocho años mayor que ella. En el Hollywood de los encargados de relaciones públicas que contienen cualquier declaración altisonante, las palabras de la actriz inglesa han hecho, paradójicamente, la mejor campaña de relaciones públicas a la cinta de David Fincher.

Porque al final Perdida es una gélida reflexión sobre el matrimonio y la vida en pareja, una crítica social disfrazada de thriller que Fincher resume en la pregunta que se hace Ben Affleck al comenzar la función: ¿qué nos hemos hecho el uno al otro? Los personajes de Affleck y Pike pasan de perfecta pareja con momentos de intimidad seca —«somos tan monos que me dan ganas de darnos un puñetazo en la cara», dice ella— a ser dos desconocidos que comparten cama cada noche… hasta el punto de que cabe preguntarse si Amy Dunne no llevaba mucho tiempo ausente en el momento de su desaparición.


Lucy, Siri, Her, Scarlett

Escena de Lucy. Imagen: EuropaCorp / TF1 Films Production / Universal Pictures.
Escena de Lucy. Imagen: EuropaCorp / TF1 Films Production / Universal Pictures.

Luc Besson es probablemente el empresario cinematográfico europeo con el colmillo más afilado. En la última década ha engrasado una máquina de parir taquillazos estilo Hollywood con un aroma a perfume francés: además de darse hostias como panes, los personajes se pasean por localizaciones de ensueño y visten comme il faut. Besson consiguió, por ejemplo, que un tipo nacido en la Inglaterra profunda del condado de Derby como Jason Statham diese el pego vestido de traje en The Transporter.

Atrincherado en su Cité du Cinéma en el suburbio parisino de Saint Denis, Besson ha dirigido ocasionalmente, pero mayoritariamente se ha dedicado a escribir y producir películas de una hornada de directores de acción franceses clónicos como Louis Leterrier (las dos primeras Transporter, El Increíble Hulk, Duelo de Titanes), Pierre Morel (From Paris with love, Taken) u Olivier Megaton (la tercera Transporter, Colombiana, Taken 2).

Solo en 2014, Besson ha producido a Tommy Lee Jones, ha escrito y producido la última película de Paul Walker y ha creado un Taken versión Kevin Costner (fallido, por si se lo preguntan) llamado Tres días para matar. Pero Besson se reservaba lo mejor para él: este mes se estrena en todo el mundo Lucy, un guión escrito, producido y dirigido por el parrain del cine francés que se pregunta qué pasaría si la capacidad cerebral del ser humano pasase del 10% (esto es ficción, no ciencia) que utilizamos hoy.

Lucy es el nombre del primer homínido del que se tiene noticia y debe su nombre a la canción de los Beatles «Lucy in the sky with diamonds», que escuchaban en bucle los arqueólogos que desenterraron los restos en Etiopía. Lucy es aquí Scarlett Johansson, que lleva el peso de la película sin esfuerzo alguno, pasando de interpretar a una inocente turista norteamericana torturada por la mafia taiwanesa a una superheroína que se merendaría a la Viuda Negra de Los Vengadores sin hiperventilar. Los poderes de Lucy vienen de una sobredosis de droga, un planteamiento que recuerda un poco a Sin límites, la única película decente con Robert de Niro desde Ronin.

Lucy empieza como un actioner made in Hollywood donde la historia de Scarlett repartiendo hostias a tope de drogas entretiene a cualquiera. Mientras tanto, Morgan Freeman expone las teorías evolutivas que soportan el guión de la película con la ayuda de unas diapositivas de Power Point. Genialidad de Besson lo de elegir al tipo que mejor ha encarnado a Dios en el cine para hablar de darwinismo. La primera parte de la película, ya de por sí no muy larga (merci monsieur Besson) se pasa en un suspiro.

Es en el acto final, cuando Scarlett y la acción se trasladan a París, cuando las cosas se le van de las manos a Besson. Parece que habla en nombre del director de la cinta cuando Morgan Freeman, al ser preguntado sobre las consecuencias de un ser humano con el 100% del cerebro activo, responde un sincero «no tengo ni idea». Besson se queda corto de gasolina y de imaginación en el tercio final.

Sin ánimo de spoilear a nadie, (pero ahí va, SPOILER):

la cosa acaba en que Scarlett funde a bits y uno de los personajes recibe un SMS —por alguna razón lleva un Samsung de 2006— que dice I AM EVERYWHERE. Es decir, que al desarrollar su cerebro al máximo Scarlett Johansson abandona su (estupendo) cuerpo y se convierte en una inteligencia virtual que se manifiesta a través de dispositivos móviles. Se convierte en Siri. Y por eso es que cuando Lucy funde a negro empieza su secuela, estrenada a principios de año. La llamaron Her.


A la mierda: la última vez de Monty Python

Foto: southtyrolean (CC)
Foto: southtyrolean (CC)

Después de cuarenta y cinco años de carrera, Monty Python, como su loro noruego azul, han dejado de existir. Su último show fue en el O2 de Londres delante de quince mil personas. Las entradas para esta última reunión —irónicamente titulada Monty Python: one down, five to go se agotaron en cuarenta y tres segundos cuando salieron a la venta el pasado noviembre. Los Python que siguen vivos (todos menos Graham Chapman, de ahí el título de la cosa) han demostrado dos cosas: una, que siguen siendo unos cómicos excepcionales y dos, que tienen un sentido comercial ejemplar. Cuando descubrieron que las entradas en la reventa alcanzaban sin esfuerzo las doscientas libras, añadieron nuevas fechas. Para la última de ellas, el 20 de julio, añadieron una retransmisión en directo por cine, televisión e internet.

Tuve la suerte de poder verlos en directo hace unos días y de nuevo en una sala de cine en su despedida, y no lamento ni una de las libras invertidas. Había en el aire esa sensación de cita irrepetible, de que cada risotada podía ser la última. En el O2, los puestos a la entrada que anunciaban «Stuff for Money» estaban hasta los topes de gente dejándose los ahorros en merchandising de los mejores cómicos que ha dado el Reino Unido y por lo tanto el mundo.

John Cleese, posiblemente el actor con más talento de toda la troupe, está físicamente cascado. El que creyese que un tipo pasados los setenta y con tres divorcios a la espalda puede subir la pierna como exige su clásico sketch «The Ministry of Silly Walks» es idiota (el Daily Mail lo cree, por cierto). Sin embargo las líneas de diálogo siguen saliendo de la boca de Cleese tan afiladas como el primer día. Y sí, su monólogo sobre el loro muerto sigue siendo sensacional.

Eric Idle y Michael Palin están a otro nivel. Presencia impecable la de los dos, Idle además dirige la función, canta varias canciones y borda su clásico sketch «Nudge, nudge». Palin protagoniza el que probablemente sea el mejor momento del show, el del argumento de cinco minutos. Igual que la Inquisición Española, nadie esperaba que estuviesen en tan buena forma.

Terry Gilliam es el que más disfruta de los cinco. Nunca tuvo un papel destacado frente a la cámara, pero en este caso tiene un par de momentos brillantes en escena, incluido un monólogo con un jarrón de flores descacharrante. Terry Jones tiene que recurrir en ocasiones a chuletas para recordar el guión, pero su interpretación sube un peldaño —como siempre ha sido en cuanto se viste de mujer.

El show incluye animaciones de Gilliam, escenas del Flying Circus original, cuerpo de baile y algún que otro cameo como el de Mike Myers, Eddie Izzard o Stephen Hawking, que en la última noche de los Python se acercó hasta Greenwich para estar con ellos. También hay varios homenajes más y menos sutiles al desaparecido Graham Chapman, el mejor de ellos cuando en pleno sketch Cleese improvisó, pájaro en mano, que el loro descansaba junto al doctor Chapman. La ovación que siguió le obligó a detener el diálogo. Los ingleses, conscientes de que con los Python se va otra de sus instituciones incuestionables, estaban entregados. En las salas de cine la gente aplaudía cada broma como si estuviesen en el teatro.

El final de la función era tan predecible que los propios pythons se adelantaron, anunciando un «spontaneous encore in two minutes», un bis espontáneo que consistió en los cinco genios junto al resto de actores y bailarines cantando a coro «Always look at the bright side of life» con todos los allí presentes, los quince mil del O2 o el resto del mundo a través de una pantalla, haciendo los coros. Cuando los cinco pythons salieron de escena por última vez, las pantallas gigantes proyectaron un rótulo que decía «PISS OFF». Váyanse a la mierda. Imposible reprimir una sonrisa ante semejante genio de despedida.

PS and now for something completely different: por si no lo han visto antes o quieren refrescar la memoria, el sketch de la «Argument Clinic» está en la cadena de YouTube de los Python:


Guía pretenciosa de Londres

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Shoreditch, en Londres. Fotografía: Ben K. Adams (CC).

Afrontémoslo: guías de Londres hay millones. Sin embargo, por alguna razón la mayor parte de la gente que visita Londres acaba con las mismas fotos en su Facebook. Basta ya de venir a Londres en Ryanair, comer fish and chips (y quejarse porque uno esperaba varitas de merluza Pescanova), beber pintas de San Miguel porque las copas son pequeñas y caras y hacerse selfies con el primer cliché londinense que se cruza en el camino.

Esto no aspira a ser ni un best of de Trip Advisor ni una puesta al día de las Historias de Londres de Enric. He aquí una guía pretenciosa de Londres. Una serie de lugares que pretenden ser más de lo que son, y por eso molan. Les rogamos que, si deciden hacernos caso y seguir nuestros consejos, hablen bajito y se abstengan de subir fotos a Facebook en cuanto roben una señal wifi.

CLUBES: EL LONDRES MÁS RANCIO

No, no hablamos del Ministry of Sound. De hecho, en estos clubes probablemente nunca consigan entrar. Los genuinos clubes de Londres son un agujero que transporta en el tiempo a una era en la que todo el mundo vestía de traje, no había teléfonos móviles y las mujeres no entraban a según qué sitios. Formar parte de estos clubes no es solo cuestión de dinero, sino más de paciencia: se tarda hasta ocho años en ser admitido y para ellos hace falta contar con un número de apoyos entre los miembros existentes. Y no, ni los padres pueden enchufar a los hijos ni se admiten invitados. Será por eso que los clubes son uno de los últimos reductos sin jeques árabes.

El rey de los clubes retro de Londres es Boodle’s. Fundado en 1762 por el que después sería primer ministro Lord Shelbourne, Boodle’s ha visto pasar por sus salones a personajes claves de la historia británica como el creador de James Bond, Ian Fleming, el economista Adam Smith y el incuestionable Winston Churchill. Se dice que fue en Boodle’s donde Beau Brummell, el tipo a quien debemos la palabra dandy, hizo su última apuesta que acabaría dando con sus huesos en el exilio francés por ser incapaz de pagar.

Boodle’s. Fotografía: Herry Lawford (CC).

El más antiguo de los clubes de Londres fue durante años la sede de los tories (mientras que los más progresistas whigs iban a Brook’s). En White’s la clientela del club incluye al eterno aspirante a rey de Inglaterra, que celebró en él su despedida de soltero bañada en botellas de champagne Bollinger antes de casarse con Diana Spencer (su hijo William es también miembro hoy día). Las mujeres no son admitidas y, aunque la reina fue invitada en 1991, David Cameron abandonó el club para ser más políticamente correcto.

Brook’s es el último de los tres grandes, y el único que dejó entrar una vez a una mujer: la reina Isabel. Semejante aperturismo es sin duda debido a que Brook’s es el más moderno de los tres: abrió sus puertas en 1764. El proceso de unirse a los otros mil cuatrocientos miembros del club incluye varios filtros que se alargan durante dos años… sin ninguna garantía de éxito. El penúltimo en ser rebotado por la gente de Brook’s fue James Murdoch, hijo de. Antiguos miembros incluyen a William Pitt hijo, el economista David Ricardo y el novelista Patrick O’Brian.

Si no han conseguido colarse en ninguno de los anteriores, siempre les queda la opción del Handlebar Club. Para lograrlo, eso sí, tendrán que olvidarse del afeitado durante un tiempo. Desde 1947, un grupo de fanáticos del bigote se reúnen el primer viernes de cada mes en el Windsor Castle Pub de Marylebone. Hace falta ser miembro, pero la entrada al pub es gratuita. Los miembros llevan corbata o pajarita color burdeos, y los amigos e invitados color azul oscuro. Las barbas están totalmente prohibidas; el Handlebar no es un club para hipsters

Handlebar Club. Fotografía: Eduardo Gaviña (CC).

EL CENTRO, SIN EL CENTRO

El centro turístico de Londres —más o menos el trapecio cuyos bordes son Hyde Park al oeste, Oxford Street al norte, Kingsway al este y el Támesis al sur es por lo general un sitio intransitable que no sabe lo que es la temporada baja. Sin embargo, si uno logra llegar se olvida de la columna de Nelson, los logos de Picadilly y el Primark de Oxford Street, hay cosas que hacer sin ser mainstream.

Presenciar una subasta

Una de las entidades británicas más clásicas es, desde hace dos décadas, propiedad de un francés. En Christie’s se ha subastado de todo, desde documentos de George Washington himself hasta el vestido negro de Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes. A principios de 2014 Sir Alex Ferguson anunció la subasta de su colección de vinos acumulada a lo largo de los últimos veinte años. Algún afortunado (y rico) aficionado del Manchester United se llevó seis botellas de Pétrus 2011 y una camiseta del club por 8ocho mil quinientas libras. Presenciar una de estas subastas es posible registrándose en Christie’s con un simple pasaporte. Levantar la mano para hacer una oferta ya es otro tema.

Una exposición en Christie’s. Fotografía: Monica Arellano-Ongpin (CC).

Hacer la revolución con un helado en la mano

¿Qué mejor manera de diferenciarse de Haagen Dazs que lanzar un helado hecho con leche materna y llamarlo Baby Gaga? Sanidad retiró el producto a los pocos días, pero el manifesto de The Icecreamists había triunfado. No es de extrañar que el logo de la compañía sea una variante de la Jolly Roger, la bandera pirata. Desde su sonado lanzamiento en 2011, The Icecreamists hacen la revolución bola a bola en su local de Covent Garden.

Cenar en una cripta

No vamos a mentir: la iglesia de St Martin in the Fields, en pleno Trafalgar Square, es bastante mainstream. Lo que sabe menos gente es que en ella se esconde The Café in the Cript, donde se puede comer y beber entre piedras sepulcrales. Los miércoles por la noche hay jazz en directo. Y todo a un precio bastante razonable. ¿Quién dijo que la Iglesia necesitaba ser financiada por el Estado?

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The Café in the Cript. Fotografía: Herry Lawford (CC).

Tener criterio hablando de gin & tonics

Para empezar, jamás le llamen gintonic, sino gin & tonic. El gin viene de Londres, pero en realidad el G&T en el Reino Unido es una bebida que no está de moda y la mayor parte de bares la sirven pequeña y caliente. The London Gin Experience, en cambio, propone un recorrido por la historia de algunas de las marcas más conocidas, desde Beefeater hasta Sipsmith. Y todo eso, cada sábado a las once de la mañana. 

Bubbledogs

No es casualidad que esté en Fitzrovia, junto a las agencias de publicidad, el que posiblemente sea el local más pretencioso de esta lista. Bubbledogs se sube al carrito de comida rápida deluxe como aquel Fast Good de Ferran Adrià y ofrece perritos calientes con champagne.

El exterior de Bubbledogs. Fotografía: Ewan Munro (CC).

Lo bueno: no ofrecen Moët Chandon (que en España se considera la rehostia cuando es champagne de supermercado). Lo malo: los perritos calientes son peores que los de cualquier puesto callejero de Berlín. La clientela es en su mayoría publicistas demasiado jovencitos como para pagarse una cena en Roka, el japonés al otro lado de la calle, que es el que de verdad mola.

Bounce

Situado en Chancery Lane, zona de abogados y consultores, Bounce es un bar erigido en el que —dicen ellos— es el lugar donde se inventó el ping pong. La comida es fullera pero a quién le importa: en el bar hay una multitud de mesas de ping pong donde emular al doble de acción de Forrest Gump. Ojo al momento en el que se apaga la luz y hay que jugar siguiendo las pelotas fluorescentes. With all due respect

TÉ: EL CLICHÉ INEVITABLE

Imposible evitar el cliché del té, pero lo cierto es que a diferencia del gin & tonic, el té lo bebe todo aquel que ostenta pasaporte británico. Si en Francia el Estado subvenciona el pan para evitar la revolución, en Inglaterra la clase dirigente hace lo mismo con el té: en muchos lugares de trabajo el café es de pago mientras el té es gratuito.

Prêt-à-Portea ofrece una experiencia de té tan pedante que dan ganas de atizar al maître. Situado en pleno corazón del pijerío londinense —en el hotel Berkeley, Knightsbridge no es tanto la bebida lo que cuenta como la repostería con forma de trench coat de Burberry o zapatos de Manolo Blahnik. La colección primavera-verano 2014 incluye una camisa con geometría gráfica de cereza y mousse de chocolate blanco cortesía de Victoria Beckham. A pesar de que ella no coma. 

Para compensar tanta modernez, nada mejor que irse a tomar el té a la tea room más antigua de Londres. El Brown’s Hotel, en Mayfair, lleva ciento setenta y siete años sirviendo el té; algo sabrán del asunto.

EL SOUTH BANK TAMBIÉN EXISTE

Hacer cima en el O2

El O2 es una especie de Palau Sant Jordi con esteroides. En el interior del O2 se celebran los conciertos más multitudinarios de Londres, y cada año se disputa en él el Barclays ATP World Tour Finals de tenis. Sin embargo, desde el verano de los Juegos está abierto Up at the O2, una experiencia que permite escalar la cúpula del recinto y disfrutar de una vista inédita al borde del Támesis. A pesar del traje y el arnés, la escalada es facilita, apta para familias con niños a partir de diez años.

Fotografía: Jack Torcello (CC).

Salir a la búsqueda de Banksy

No muy lejos de la estación de Waterloo (pronúnciese como la ciudad belga, «Waterlo» en lugar de esa horterada de acabarlo en u) está Leake Street, la única zona de Londres donde está oficialmente permitido el grafiti. En 2008, el túnel que allí hay fue dado a conocer por Banksy, pero desde entonces otros muchos artistas del espray de pintura han dejado su huella… sobre las de Banksy. Lo bueno de este túnel es que sus paredes cambian constantemente de aspecto, con lo cual siempre se puede hacer una foto única. O casi.

Leake Street. Fotografía: Bruno Girin (CC).

Y POR SUPUESTO, EL ESTE HIPSTER

Meca del postureo hipster, Shoreditch fue durante años un barrio que solo se puede definir en esa bisectriz entre lo cutre y lo peligroso que es el adjetivo dodgy. A medida que las agencias de publicidad se fueron moviendo desde el Soho hacia Shoreditch y el precio de la viviendo se disparó, el hipsterismo verdadero se desplazó hacia Dalston primero y Peckham después. Hoy Shoreditch está a punto de mainstream, pero mientras Zara no abra una tienda seguirá teniendo gracia. El término «Shoreditch twat» es parte del vocabulario habitual londinense para referirse a cretinos que van (disfrazados) de creativos.

Shoreditch. Fotografía: La Citta Vita (CC).

Entrar en el armario (y tomarse un gin & tonic en él) del Callooh Callay

El nombre viene de una expresión utilizada por Lewis Carroll, y el bar refleja la atmósfera surrealista del creador de Alicia en el País de las Maravillas: una vez dentro del bar se puede acceder a la Jub Jub room, una estancia oculta a la que se entra a través de la puerta de un armario. Para ganarse el acceso el barman exige recitar de memoria diálogos de la Alicia en el País de las Maravillas versión Tim Burton. Es broma, no son tan crueles como para recurrir a Tim Burton. 

Escalar un falso castillo

A pesar del rimbombante nombre, no se trata de un castillo de verdad, sino una estación de agua en el este de Londres creada a mediados del siglo XIX para evitar que la gente bebiese agua del Támesis. En los años noventa fue reconvertido en un insólito centro de escalada en el barrio de Stoke Newington.

Fotografía: Grahamc99 (CC).

Sobrevivir al Blitz

Si hay dos cosas que los ingleses adoran (además del football), son reírse de sí mismos y disfrazarse. Por eso que en Londres nadie levanta una ceja cuando el metro se llena de zombis, pin-ups, superhéroes y otras yerbas. Las fiestas de disfraces son tremendamente populares, pues resultan la ocasión perfecta de desihnibirse sin que a uno le reconozcan. La Blitz Party nos lleva de vuelta a 1940, días de pintalabios rojo y lluvia de bombas sobre Londres. Con música en directo en un búnker antiaéreo, las chicas se ponen vestidos de época y los chicos se visten de oficiales de la RAF. El único momento en el que los ingleses no se ríen es cuando uno se viste de soldado alemán. Y si no que le pregunten a Max Mosley


24: hay vida después de Bush

Imagen promocional de 24. Imagen: FOX.
Imagen promocional de 24. Imagen: FOX.

Vaya por delante que aquí hay spoilers. No hablamos de cositas sueltas, hablamos de spoilers a gogó. De un campo de minas en forma de spoilers. Así que evitemos hacer de los comentarios un muro de las lamentaciones.

El estreno de la primera temporada de 24 en Estados Unidos fue pospuesto después del 11-S. Quizá ese es el mejor resumen de lo que ha sido la serie que protagoniza Kiefer Sutherland: un producto de su era, la de la administración de George W. Bush. Jack Bauer, o cómo acabar con el eje del mal con un solo soldado. El sueño de cualquier republicano de bien. Si Jack Bauer fuese real, no habría necesidad de ejércitos privados como Blackwater.

Después de una primera temporada que acabó con el mejor season finale ever —este es un buen momento para ponernos de acuerdo en que anteponer a Nina Myers frente a la sosa de Terry Bauer fue la mejor decisión de la serie, 24 mantuvo un buen ritmo de crucero durante sus primeros cuatro años, siempre encontrando una amenaza mayor, un nuevo día miserable para el pobre Jack Bauer. A partir de la quinta la cosa decayó, y las últimas temporadas, explosión nuclear en Los Ángeles incluida, demostraron que la cuchara rascaba el fondo del yogur de 24. Los momentos más bajos, por cierto, coinciden en el tiempo con la llegada de Obama al poder, que como los fans de 24 sabemos bien no fue el primer presidente negro de la historia de EE. UU.

Después de cuatro años de parón y muchos rumores sobre un largometraje, en 2013 Fox anunciaba una novena temporada de 24… con solo doce capítulos. 24, la serie en la que cada episodio es una hora en la vida de Jack Bauer pasaba a tener solo doce y dejaba de suceder en tiempo real. Aquello sonaba a focus group por cortesía de los responsables de marketing de la Fox: ¿importaba a los consumidores de 2014 la vida de Jack Bauer? Hagamos solo doce capítulos y probemos. Al fin y al cabo, la serie había vivido una lenta hemorragia de espectadores a lo largo de sus ultimas temporadas sin llegar nunca a desplomarse lo suficiente como para enterrarla.

La premiere del día nueve (absurdamente subtitulado «Live Another Day» / «Vive Otro Día») quitó la razón a los escépticos: ocho millones de espectadores la siguieron en EE. UU. (la cifra más baja de una premiere de 24, cierto, pero una cifra respetable al fin y al cabo). El primer episodio planteaba una historia que era casi una caricatura del 24 de antaño: Jack Bauer reaparecía para salvar el mundo una vez más, James Heller era el presidente, la novia psicópata de Dexter jugaba a Jack Bauer y Chloe O’Brian era la prima de Lisbeth Salander. Todo eso, en ese Londres de postal con estaciones de metro, pubs y autobuses rojos a cada paso. Una cuarta parte de los espectadores no volvieron la siguiente semana. Sin embargo, los apenas seis millones que vieron el segundo episodio decidieron quedarse el resto de la temporada. Los pretorianos de Jack Bauer eran seis millones de norteamericanos y un buen puñado de piratas.

El día nueve languideció a lo largo de media temporada entre unas subtramas vacías, una malvada sin peso y unos efectos especiales de serie B que incluían una explosión en Wembley creada con esa apli de iPhone llamada AR Missile. La cosa iba en picado hasta que Jack Bauer tiró literalmente la trama por la ventana. La caída de Margot marcó de la manera menos sutil posible el punto de inflexión de la temporada. A partir de ahí, 24 hizo lo que mejor sabe hacer: recuperar hilos sueltos de temporadas anteriores y hacer un traje nuevo a partir de ellos. Audrey, los rusos, Cheng… todos fueron entrando en escena con un solo objetivo: amargar la vida a Jack una vez más.

Y es aquí cuando admito la mayor: el season finale me pareció a la altura del mejor 24. William Devane está sensacional en su monólogo sobre la memoria frente al ataúd de su hija. Una muerte de Audrey que, si bien un poco gratuita en la ejecución, nos permitió vivir la mejor escena de Kiefer Sutherland en la piel del antiguo agente de la CTU; Bauer sujetando el teléfono, mudo, por primera vez tan cercano a la cincuentena como el actor que lo interpreta, pasando del dolor a la frustración, del suicidio al homicidio para acabar perdiendo la cabeza él en sentido figurado, Cheng en sentido literal.

La novena temporada de 24 demuestra que Estados Unidos no han cambiado tanto: las tropas siguen al sol en Afganistán e Irak, la paranoia sigue dominando los aeropuertos y las innovaciones tecnológicas siguen teniendo aplicación militar antes de ponerse a la venta en Amazon. 24 sigue teniendo sentido, y la prueba de eso es que este season finale nos deja a Chloe con vida, a Kate Morgan con ganas de revancha y a Jack en una cárcel rusa. Suficientemente satisfactorio como cierre, sobradamente tentador como punto de partida para un décimo día, esté quien esté en el despacho oval de la Casa Blanca.


Bryan Singer: Días del Futuro Pasado

Escena de X-Men: Días del futuro pasado. Foto:  Marvel Studios / 20th Century Fox.
Escena de X-Men: Días del futuro pasado. Foto: Marvel Studios / 20th Century Fox.

A mediados de los noventa, dos directores irrumpieron en Hollywood con dos obras indies que alcanzaron casi de inmediato la categoría de obra maestra: uno era Kevin Smith y su Clerks, el otro Bryan Singer y su Sospechosos habituales. Dos décadas después los dos han perdido el interés pese a que siguieron caminos opuestos: Smith nunca logró dirigir un blockbuster, mientras que Singer quiso dirigir demasiados.

¿Recuerdan cuando, hace diez años, Bryan Singer era un director interesante? Desde entonces, cuando acabó su segundo X-Men, Singer ha encadenado errores: Superman Returns fue una mala idea desde el principio, Valkiria se quedaba a las puertas de lo que prometía ser y Jack el Cazagigantes se estrelló en taquilla. ¿Se imaginan si pudiésemos volver al pasado y rescatar al director que una vez hizo cosas como X-Men, X-Men 2 o (sobre todo) Sospechosos habituales? Pues bien, X-Men: Días del futuro pasado lo consigue.

La premisa de Días del futuro pasado es básica: los mutantes deben cambiar el pasado para evitar ser aniquilados en el futuro. Aunque bien es cierto que el cómic en el que se basa Días del futuro pasado fue creado por Chris Claremont en 1981, no es fácil hacer una película de viajes en el tiempo cuando entre Terminator, Regreso al futuro y Atrapado en el tiempo han rascado todo lo rascable sobre el tema. De todas formas, para evitar que los adolescentes que no han visto ninguna de esas tres películas se pierda por el camino, Singer concede dos minutos de diálogo-exposición a Ellen Page justo antes de mandar a Lobezno al pasado.

La historia que transcurre en 1973 es lo mejor de los ciento treinta minutos de metraje por dos razones: Michael Fassbender y James McAvoy. Los dos actores, sobresalientes cuando han tenido que llevar el peso de películas como Shame y Filth, vuelven a hacer de su rivalidad en pantalla —como sucedía en la anterior X-Men lo más atractivo de la cinta. Si bien en X-Men: Primera generación Fassbender presentaba su candidatura a Bond, aquí cumple con su papel de bastardo entrañable sin perder la coolatittude ni un solo plano. McAvoy parte en este caso de una premisa más atractiva: para poder usar sus piernas debe inyectarse una sustancia que le quita sus poderes. En un género plagado de tópicos, la dicotomía yonqui / superhéroe era algo que quedaba por explorar, y McAvoy se lo pasa en grande haciéndolo.

Pese a un reparto repleto de estrellas (aunque muchas sean fugaces en forma de cameos), la sorpresa es el semidesconocido Evan Peters, que con apenas dos escenas nos deja con ganas de ver más cosas de Quicksilver, el mutante que interpreta. El punto flojo de la historia, en cambio, es el Bolivar Trask de Peter Dinklage. Un personaje decidido a acabar con los mutantes sin que nunca sepamos muy bien por qué, ya que jamás se explica el motivo de su obsesión. Obsesión paradójica, además, puesto que él también es distinto del resto.

Días del futuro pasado, sin ser un top 5 del cine que vino del cómic, cumple lo que promete. No tiene un planteamiento tan radical como Primera generación (¡los mutantes causaron la crisis de los misiles cubanos!) y sobre todo resulta un tanto convencional en su resolución.

Días del futuro pasado parece el momento de cerrar un capítulo, no el de los mutantes sino el de los actores que les han dado vida a lo largo de los últimos quince años: Patrick Stewart, Ian McKellen, Halle Berry… han dado todo lo que podían a la franquicia y es el momento de hacerse a un lado. Caso aparte podría ser Hugh Jackman, que da síntomas de fatiga como Lobezno pero que quizá no quiera despedirse sin una película propia por encima del nivel de los dos spin-off prêt à porter que ha hecho hasta el momento. Al fin y al cabo, a todos nos cuesta imaginarnos a otro actor llevando las garras, el puro y las patillas… aunque todos sabemos que Clint se saldría en el papel.

Se quiera o no, 20th Century Fox ya ha anunciado que la siguiente secuela de X-Men tomará por subtítulo Apocalypse. Los fans del cómic entenderán de qué va la cosa y los demás seguiremos sin enterarnos ni siquiera al ver la escena al final de los créditos de Días del futuro pasado. No digan que no les avisé.


Godzilla, sin el monstruo

Imagen: Warner Bros/Legendary Pictures.
Imagen: Warner Bros/Legendary Pictures.

El estreno de este remakeboot de Godzilla ha dado pie a una noche de cuchillos largos online contra la versión del personaje que en 1998 hizo Roland Emmerich. Si bien la película era tan espectacular como previsible, Emmerich tuvo tres aciertos de peso: 1) hacer un teaser en el que atizaba a Parque Jurásico, referente del cine de monstruos en los noventa; 2) incluir en el álbum de la película temas de Rage Against The Machine, Foo Fighters o Puff Daddy con Jimmy Page y 3) dar un papel a Jean Reno. Solo por esos tres motivos rompo desde estas líneas una lanza por el realizador alemán.

El fracaso de crítica —que no de taquilla— del Godzilla de 1998 impidió que viera la luz una secuela en la cual el personaje de Matthew Broderick desarrollaba sentimientos maternales por uno de los minigodzillas del final. Afortunadamente, la página Cinetrópolis rescató el tratamiento que estaba desarrollando Sony, y se puede consultar aquí.

Viendo el Godzilla de Gareth Edwards no podía evitar recordar a mi amigo Sebas de la Serna, director creativo publicitario, que siempre decía que si a los malos anunciantes les propusieran hacer la película de King Kong, darían como respuesta: «estupenda la idea, pero probémosla sin el mono». Y eso es lo que ha sucedido entre Warner (el cliente) y Edwards (el creativo): por increíble que parezca, el monstruo titular de la película no aparece en pantalla hasta que se cumple la hora de metraje.

Dar un papel secundario a Godzilla en su propia película solo podría justificarse como una oportunidad de hacer brillar al tremendo cast reunido en torno al monstruo: Bryan Cranston, David Strathairn, Aaron Taylor-Johnson, Ken Watanabe. Ninguno de ellos está a la altura. Cranston (como su compañero de Breaking Bad Aaron Paul) parece que ha entendido que, hecho el papel de su vida, es el momento de llenar la hucha. Strathairn le pone la misma intensidad que un presentador del telediario. Taylor-Johnson, tan de carne y hueso en Kick Ass o incluso en Nowhere Boy, pasa aquí por un aspirante a nuevo Jason Statham. Y Watanabe deambula por la película con cara de habérsele ido la mano con los antidepresivos. ¿Es el naufragio de un elenco de buenos actores culpa del realizador? Sin duda. Y sin embargo la dirección de Gareth Edwards es por lo demás inteligente: tiene planos interesantes, sabe manejar el suspense y rueda la acción de manera que novedad en un blockbuster de verano se entiende lo que está pasando.

Si bien el Godzilla original (1954) era una sátira japonesa sobre la proliferación nuclear post Hiroshima y Nagasaki, Edwards vende su versión de 2014 como una venganza de la Tierra contra las barbaridades del ser humano. Como si la Gaia del pesado de James Lovelock se convirtiese en un monstruo del tamaño del Empire State Building y se dedicase a sembrar el pánico en ciudades norteamericanas aleatorias como Honolulu, Las Vegas o San Francisco.

Y es eso lo que falla en este Godzilla: ninguno de los participantes en la cinta se lo pasa bien. Cual efecto secundario del éxito del Caballero Oscuro de Nolan, en los últimos cinco años la mayor parte de las películas palomiteras se toman en serio a sí mismas. Demasiado. Y eso lleva a cosas como hacer un Godzilla sin Godzilla hasta la hora de película. El contraste es brutal con la Pacific Rim de Guillermo del Toro, quien el pasado verano no pidió permiso para hacer una película en la que robots y monstruos gigantes se daban hostias hasta en el cielo de la boca desde el minuto uno, y todo ello porque sí. O incluso sí amigos la Godzilla de Roland Emmerich con ese final en el que saltaba por los aires el Madison Square Garden. Aquello fue un guilty pleasure con mayúsculas. Al ir a ver el nuevo Godzilla, en cambio, el placer es relativo y la culpabilidad, absoluta.


The Amazing Spider-Man 2: siempre nos quedará Emma Stone

Emma Stone en una imagen promocional de The Amazing Spider-Man 2. Fotografía: Marvel Enterprises / Columbia Pictures / Sony Pictures.

Todos tenemos una mujer por la que aparcaríamos nuestra vida en el arcén. Puedes no haberla visto en años, o puedes trabajar con ella todos los días. Ella siempre estará ahí, amenazando tu amor civilizado con recibos y escena en el sofá. Si tú me dices ven, etcétera. En el caso de Peter Parker, esa chica se llama Gwen Stacy. Gwen Stacy es Emma Stone, y viendo The Amazing Spider-Man 2 uno puede entender perfectamente que, por mucho superpoder que tengas, una chica como esa te haga perder la cabeza.

The Amazing Spider-Man 2 es ante todo la historia de Peter y Gwen, y su relación es lo mejor en una película menor en el género de superhéroes de cómic. La química extrema entre Andrew Garfield y Emma Stone solo se explica por el hecho de que ambos actores sean pareja en la vida real. Los dos cargan sin problema con el peso dramático de la película, que es mayor de lo que Marvel y DC nos tienen acostumbrados.

El poder de Electro, como la subtitulan en España, al final no es para tanto. No es para tanto el personaje, que nunca parece una amenaza real como lo fueran el Joker de Heath Ledger o el Loki de Tom Hiddlestone, y sobre todo no es para tanto Jamie Foxx, que compone el personaje en la sobreactuación, y luego se convierte en un malvado sin diálogo cuyo cuerpo cambia de color cual Allianz Arena.

La elección de dos ganadores del Oscar como Foxx y Paul Giamatti para encarnar a dos enemigos del Hombre Araña se demuestra innecesaria. Si en el caso de Foxx su interpretación no tiene pies ni cabeza, en el de Giamatti tiene los mismos minutos de metraje que le daban en el tráiler.

El que se salva de la quema es el mejor amigo de Peter Parker, un Harry Osborn (Dane DeHaan, visto en la interesante Chronicle) amargado y con un plan, muy lejos de aquel niñato de papá que creó James Franco en la trilogía de Sam Raimi. DeHaan está fantástico bajo el flequillo hitleriano. Su Harry Osborn es un reflejo oscuro de Peter Parker que para salvarse a sí mismo se acaba convirtiendo en el Duende, un villano clásico de los cómics que por algún oscuro motivo aquí aparece caracterizado como el hijo que tuvo Gollum con el Duende Verde Power Ranger del primer Spider-Man de Raimi.

El Duende, sin embargo, justifica su presencia al ser el responsable del momento de mayor intensidad dramática en cualquiera de las cinco películas del superhéroe creado por Stan Lee. Un momento que los que recuerden cierto abrigo verde en los cómics vendrán venir, pero que no por esperado es menos traumático.

The Amazing Spider-Man 2 parece, sobre todo, el Iron Man de Sony Pictures: la película que abre las puerta a todo un universo arácnido. Ya se ha anunciado un primer spin-off, Los Seis Siniestros, basado en el conocido grupo de enemigos de Spider-Man. La tercera parte de las aventuras de Andrew Garfield también ha sido anunciada ya. Y lo demás parece abierto: el Buitre, el Doctor Octopus, Eddie Brock, Cletus Kassady, Alan Smythee, Jonah Jameson… las referencias en la película no dejan lugar a dudas. Incluso la escena tras los créditos deja una puerta abierta a un crossover entre franquicias Marvel para orgasmo geek.

El plan de Sony es arriesgado. Como espectador, sin embargo, qué bueno es saber que si después de secuelas, precuelas y spin-offs al final todo se va al carajo, siempre nos quedará Emma Stone.


iRoboCop: el cyborg made in Apple

robocop

Apple es una empresa que ha basado su estrategia en hacer mejores productos que ya existían: cogió un PC beige e hizo el Mac / iMac; le dio una vuelta al MP3 feo y parió el iPod; vio la oportunidad de hacer un smartphone mejor que una BlackBerry o un Nokia y… ya me siguen. Todos sus productos resultan funcionales a través de un gran diseño. La versión 2014 de RoboCop es como si la hubiera hecho Apple: muy bonita, muy funcional. Pero, a diferencia de Apple, no mejora al producto original.

Vaya por delante que no hay nada de malo en rehacer RoboCop; al fin y al cabo los efectos especiales stop motion del original de 1987 hace tiempo que cantan. El problema es rehacer una película, o incluso hacer una película nueva, y que sea aburrida.

El gran acierto de este RoboCop es darle la vuelta al planteamiento de la historia: si en 1987 era una máquina que se da cuenta de que es humano, aquí es un humano que aprende a ser una máquina. Ese es también el gran problema de este RoboCop, que el espectador nunca deja de ver a un tipo en un traje —un traje negro muy parecido a la armadura de Batman, además— mientras que en el original el soberbio trabajo de caracterización de Peter Weller hacía al cyborg totalmente creíble.

Tan sólido es el planteamiento de la historia, que este nuevo RoboCop no consigue nunca despegar. Lleva dos lastres demasiado pesados: uno es la comparación con el original de Paul Verhoeven, y el otro es la falta de tercer acto en el guión. Cuentan en esta entrevista Ed Neumeier y Michael Miner, autores del libreto original, que desde su guión original hasta la película final no hubo cambio alguno. Esto por sí mismo ya es excepcional en Hollywood, y además tuvieron la suerte de que para realizar su guión eligieran a un tipo visionario como Paul Verhoeven, que le supo dar ese aire de serie B con zumo de limón que hace único al RoboCop de 1987.

Es evidente que José Padilha no es Verhoeven, a pesar de que suyo es el mérito de hacer brillar a actores como Samuel L. Jackson o Michael Keaton, que suelen hacer este tipo de películas con la sonrisa boba de quien ve aumentar el número de ceros en su cuenta corriente sin mayor esfuerzo. Keaton está especialmente fino en el papel de CEO de Omnicorp, la multinacional que manufactura a RoboCop (que en esta versión es made in China cual iPhone), y compone un malo que no lo parece, que es al fin y al cabo el jefe que todos hemos tenido alguna vez.

Por otro lado, el guión pasa un rato tan largo presentando a Alex Murphy y su mutación en máquina, que a la hora de la verdad vemos muy poco de RoboCop en acción porque llevamos noventa minutos de película y hay que ir cerrando la tienda. Cuando vemos a RoboCop en «modo de combate», además, es todo tan aséptico como en un spot de Apple: casi siempre elige el táser antes que la pistola y, cuando se decide a disparar balas por fin, apenas hay sangre en pantalla. Todo esto es una elección consciente de Sony Pictures para enganchar al público adolescente. El problema es que a los chavales les debes poner una película limpia, pero les tienes que ofrecer sobre todo una película divertida. Y este RoboCop es, a fin de cuentas, una lata.

Es solo entonces, al final de la cinta, cuando uno se da cuenta de que este RoboCop no es un iPhone. Es un Sony Ericsson.