Los amantes rivales

Detalle de Autorretrato como tehuana (Diego en mi pensamiento), Frida Kahlo, 1943.

Como siempre, cuando me alejo de ti, me llevo en las entrañas tu mundo y tu vida, y de eso es de lo que no puedo recuperarme. No estés triste, pinta y vive. Te adoro con toda mi vida…

(Carta de Frida Kahlo a Diego Rivera, 31 de enero de 1948)

El amor ha sido siempre una de las principales fuentes de inspiración, pero la relación entre parejas de artistas no siempre ha sido un camino de rosas. Pablo Picasso o Auguste Rodin minimizaron el talento de sus amantes por miedo a que su trabajo pudiera verse ensombrecido; Amedeo Modigliani le declaró amor eterno a la mujer de su vida, pero sus continuas borracheras y su muerte por tuberculosis destrozaron a la joven Jeanne, quien, incapaz de soportar su ausencia, acabó suicidándose; Carles Casagemas acabó pegándose un tiro por un amor no correspondido; Frida Kahlo y Diego Rivera se amaron locamente en una relación plagada de infidelidades y Édouard Manet y Berthe Morisot prefirieron vivir en secreto sus más de quince años de romance. Distintos tipos de amor, unos más apasionados y otros más turbulentos, algunos incluso con final trágico. Pero amor en definitiva.

Henriette Theodora Markovitch, más conocida como Dora Maar, es una de esas mujeres a quien el amor llevó a la perdición y que se vio asfixiada por el talento de Pablo Picasso. Su recuerdo siempre aparece ligado al gran pintor malagueño, a pesar de que cuando se conocieron en Les Deux Magots a finales de 1935 —los presentó el poeta Paul Éluard—, ella, a los veintiocho años, ya deslumbraba con sus obras fotográficas. Sentada junto a un grupo de amigos en el conocido café de Saint Germain, cuenta la leyenda que Dora Maar jugaba a clavar un afilado cuchillo en la mesa, entre sus dedos, pero en más de una ocasión no acertaba y rozaba sus manos, lo que se evidenciaba en sus guantes manchados de sangre. Picasso se dirigió a ella en francés y Dora le respondió en un exquisito español que terminó por conquistar al artista.

Fascinado por sus ojos azules y cejas gruesas, su rostro sensible e inquieto y su enigmática belleza, Picasso, que había roto meses antes con Olga Koklova, invitó a Dora a su casa unas semanas después de su primer encuentro en el café. Fue el inicio de una relación intensa y pasional, que se prolongaría durante casi diez años, y que abriría una de las etapas artísticas más importantes de Picasso. Dora Maar se desvivió por el artista y a ella le debemos el testimonio gráfico del proceso de creación del Guernica en el taller de la rue des Grands-Augustins. Él, por su parte, plasmó su romance pasional (también atormentado) con Dora Maar en La mujer que llora, una de sus obras maestras. A pesar de que alimentaron ambos la obra del otro, Dora Maar acabaría sacrificando su talento por el amor de Picasso. 

La aparición de una joven llamada François Gillet, que se convertiría en la nueva musa del artista, así como una breve estancia de Dora Maar en un psiquiátrico, sería el detonante de la ruptura, en 1946. A partir de entonces, la fotógrafa nunca volvería a ser la misma. «Todavía soy demasiado famosa por haber sido la amante de Picasso para poder ser aceptada como pintora», confesó al escritor James Lord, que conoció a la pareja poco antes de separarse. Inestable psicológicamente, Dora se fue apartando de muchos círculos y vivió enclaustrada en su casa de París hasta el fin de sus días. Dora Maar fue víctima de Picasso, pero también su gran amor. 

Pero no solo Picasso hizo sufrir a sus amantes. El artista italiano Amedeo Modigliani no se quedó atrás, si bien consideró a Jeanne Hébuterne el gran amor de su vida, a pesar de que hubo otras muchas y de las continuas borracheras que tan mal se lo hacían pasar a la joven. Su historia simboliza el amor infinito, ese que va más allá de la vida… y de la muerte.

Jeanne Hébuterne era una joven pintora, alumna de la Academia Colarossi, que frecuentaba el círculo de Montparnasse. Conoció al hombre de su vida en un café a los dieciséis años —ella propició el encuentro— y enseguida cayó rendida ante la belleza, el porte aristocrático y la elegancia del artista, que llegó a impresionar al propio Picasso, a pesar de la fuerte rivalidad que ambos mantenían. «El único hombre en París que sabe vestir bien es Modigliani», admitió el pintor malagueño.

Para Jeanne, Modigliani, que le doblaba la edad, lo era todo en su vida, tanto que el amor que sentía por él llevó a la joven católica a enfrentarse a sus padres, que no aceptaban la relación de su hija con aquel pobre artista judío, y a trasladarse al taller del artista, en la rue de la Grande Chaumière, donde vivían de forma miserable. Encandilado por la dulce belleza de Jeanne, su pelo castaño y sus misteriosos ojos azules, Modigliani retrató a su amante en varias ocasiones, siempre vestida porque no quería que nadie más pudiera verla sin ropa.

Ella se volcó en la relación con Modi, sin importarle lo que dejaba atrás. Él, enfermo de tuberculosis, bebía noche tras noche junto a sus amigos Soutine y Utrillo y recitaba fragmentos de la Divina comedia mientras trataba de vender algún dibujo para poder seguir bebiendo, mientras Jeanne, impaciente, le esperaba en casa. La relación entre ambos fue complicada, sobre todo por la adicción de Modigliani al alcohol y a las drogas, y el éxito del artista con las mujeres. El fuerte amor que les unía siempre prevalecía y, fruto de esta pasión, en 1918 nació su primera hija, Jeanne.

El éxito de Modigliani no llegaba y él se refugiaba en el alcohol. El 25 de enero de 1920 el pintor italiano fallecía en el hospital de la Caridad de París y, al día siguiente, una desesperada Jeanne, embarazada de nuevo e incapaz de seguir viviendo sin él, se arrojó al vacío desde el quinto piso de la rue Amyot, la casa de sus padres. 

Al igual que Jeanne Hébuterne, también la artista Camille Claudel tuvo que enfrentarse a su familia para luchar por sus verdaderas pasiones: la escultura y el hombre al que amaba, que resultaría ser Auguste Rodin. Al poco de conocerse, Camille Claudel, que tenía diecinueve años y empezaba a despuntar por su talento, ya empezó a posar para él y, en nada, se convirtió en su musa y discípula de día, y en su amante de noche. El escultor, de cuarenta y cuatro años y casado con Rose, a la que nunca abandonaría, se enamoró perdidamente de su discípula; prueba de ello son las cartas de desesperación que enviaría a Camille en los primeros años de su relación:

Te beso las manos, amiga mía, tú que me das tan profundos y ardientes goces. A tu lado, mi alma existe con fuerza y, en su furor amoroso, tu respeto siempre está por encima. El respeto que tengo por tu carácter, por ti, mi Camille, es una causa de mi violenta pasión. No me trates despiadadamente, te pido tan poco...

La relación se prolongó durante catorce años, marcada por numerosos encuentros y desencuentros y por la rivalidad entre uno y otro. Camille amaba a Rodin, ambos trabajaban juntos horas y horas, y ella le ayudaría a crear alguna de sus obras maestras. Sin embargo, aquella mujer de aspecto frágil quería demostrar al mundo entero que ella también era una gran artista —entre sus obras destaca La edad madura, Sakountala, Busto de Auguste Rodin o El vals—  y, tras unos años de celos, tanto artísticos como amorosos, acabaría abandonando al escultor.

Otro ejemplo de intenso y doloroso amor es el de Diego Rivera y Frida Kahlo. Resulta casi inconcebible pensar en el uno sin el otro, aun cuando su vida en común estuvo marcada por continuas peleas, infidelidades y reconciliaciones. Estuvieron juntos hasta la muerte, seguramente gracias a una fuerte admiración mutua, y su historia se ha convertido en una de las más célebres.

Se vieron por primera vez en 1928 y, aunque existía entre ellos una gran diferencia de edad —él era veintiún años mayor que ella—, enseguida conectaron por el interés que ambos sentían por México y su historia. Frida Kahlo acudió a Diego Rivera para que evaluara algunas de sus obras y al artista mexicano quedó deslumbrado no solo por el talento de la joven, sino también por su fuerte personalidad. En breve iniciaron una relación amorosa que culminaría en matrimonio en agosto de 1929 y que, lejos de ser una historia convencional, fue tormentosa y visceral. Las infidelidades de Diego Rivera hacían sufrir a Frida, a pesar de su pensamiento libre, y ella decidió devolvérsela por partida doble: le sería infiel con hombres y mujeres.

La pareja se divorció en 1940, para volver a estar juntos un año después. Se veían incapaces de estar separados. En una de las cartas que Frida enviaría a Diego, ella le declaraba su amor y admiración: «Como siempre, cuando me alejo de ti, me llevo en las entrañas tu mundo y tu vida, y de eso es de lo que no puedo recuperarme. Pinta y vive, te adoro con toda mi vida». 

Frida Kahlo murió con cuarenta y siete años y fue entonces cuando Diego Rivera descubrió sus fuertes sentimientos por ella. «Me he dado cuenta de que lo más maravilloso que me ha pasado en la vida ha sido mi amor por Frida», escribió tras la muerte de su amada.

Y si Frida Kahlo y Diego Rivera declaraban su amor a los cuatro vientos, Berthe Morisot, la primera mujer que se unió al movimiento impresionista, y Édouard Manet, autor entre otras obras de Almuerzo sobre la hierba, prefirieron mantener su pasión en secreto. Fueron más de quince años de un romance misterioso, de una relación que nunca fue oficial. 

Procedente de una familia burguesa y tataranieta de Jean-Honoré Fragonard, Berthe Morisot soñaba con poder vivir de la pintura. Su encuentro con Édouard Manet en 1868 en el Museo del Louvre, a donde acudía junto a su hermana Edma para copiar a los grandes maestros, cambió su vida para siempre, a nivel personal y artístico. Pronto se convirtió en la modelo favorita de Manet y en la protagonista de gran parte de sus obras, como El balcón o Reposo. Según se desprende de los trabajos de Manet y de las cartas de Berthe a su hermana, estaban obsesionados el uno con el otro, aunque no existen pruebas sobre su relación. 

Diez años menor que él, Berthe Morisot se sentía fascinada por la fuerte personalidad del artista y por el escándalo que habían levantado sus obras. Por su parte, Manet, casado con su  profesora de piano, Suzanne, admiraba los trabajos de Morisot ya antes de conocerla y solo quería como modelo a aquella joven, alta, delgada e inteligente. Sus trabajos revelan una gran complicidad y una influencia recíproca: ella posaba para él y él la ayudaba a progresar en su técnica pictórica. Se observaban, se influenciaban, pero reivindicaban su independencia.

En 1874, cuando Berthe tenía treinta y tres años, decidió casarse con Manet, aunque no con Édouard sino con su hermano, Eugène. «He entrado en una etapa positiva después de mucho tiempo viviendo de quimeras que no me hacían feliz», escribía la pintora ese mismo año. A diferencia de su hermana, que al casarse abandonó la pintura para siempre, Berthe siguió pintando y logró vivir de sus cuadros. Cuando Édouard Manet falleció en 1883, Berthe Morisot se convirtió en el principal apoyo a la obra del artista y fue la organizadora de la primera gran exposición dedicada a su obra.

Pero los grandes amores no son solo aquellos que llegan a consumarse sino también los no correspondidos, los vividos (o sufridos) en silencio. El artista catalán Carles Casagemas, amigo íntimo de Picasso, vivió perdidamente enamorado de la modelo Laure Gargallo, más conocida como Germaine, a quien conoció durante su etapa en París. Ella nunca mostró ni el más mínimo interés por él y el pintor, que ahogaba sus penas en el alcohol, era incapaz de asumirlo y amenazaba constantemente con quitarse la vida.

Tras pasar las Navidades en Málaga junto a Picasso, que intentaba que su amigo olvidara a la joven, Casagemas volvió a París obsesionado con Germaine. La modelo le rechazó una vez más y él ya no pudo soportarlo. El desaparecido Café de l’Hippodrome, en la plaza Clichy, fue el lugar escogido por Casagemas para poner fin a su vida de una manera premeditada y un tanto teatral. 

En el transcurso de una cena junto a algunos de sus amigos, Casagemas se levantó de la mesa como si fuera a decir unas palabras. Sin embargo, para sorpresa de todos, sacó un revolver y disparó a Germaine, pero erró en su puntería. Acto seguido, creyendo haberla matado, se volvió el arma contra sí mismo y se disparó en la cabeza, pasando a la historia como otro de los artistas malditos.


Las Marquesas: arte en el fin del mundo

Paul Gauguin, Trois Tahitiens ou Conversation.

Ils parlent de la mort
comme tu parles d’un fruit
ils regardent la mer
comme tu regardes un puits
les femmes sont lascives
au soleil redouté
et s’il n’y a pas d’hiver
cela n’est pas l’été
la pluie est traversière
elle bat de grain en grain
quelques vieux chevaux blancs
qui fredonnent Gauguin
et par manque de brise
le temps s’immobilise
aux Marquises

«Les Marquises», Jacques Brel (1977)

Cuando Jacques Brel viajó en velero a las lejanas islas Marquesas solo esperaba disfrutar de sus últimos años de vida en un lugar donde nadie lo conociera. A Brel le acababan de diagnosticar un cáncer de pulmón y lo único que deseaba era alejarse de la popularidad y de la ajetreada París, su ciudad de adopción. En cuanto pisó la isla de Hiva’Oa tras un largo viaje en velero se dio cuenta de que allí, en el fin del mundo, había encontrado el paraíso. Nadie sabía quién era.

«En estas islas donde la soledad es total he hallado la paz», confesó el cantautor belga, enamorado de la naturaleza salvaje de Hiva’Oa, de sus acantilados abruptos y de la autenticidad de su gente. Navegar en velero —el Askoy— y pilotar un avión bimotor que servía de taxi aéreo entre Hiva’Oa y Tahití se convirtieron en sus grandes pasiones tras instalarse en la pequeña población de Atuona junto a su última compañera, Maddly Bamy, que le acompañaba en aquel retiro voluntario a la Polinesia Francesa.

En 1977, Brel regresó a Francia para grabar su último disco, una declaración de amor a la isla que le había devuelto la ilusión por cantar y donde el tiempo parecía detenerse, aunque no lo suficiente como para frenar una enfermedad que seguía avanzando. En Les Marquises, su séptimo y último álbum, Brel derrochó energía, a pesar de que su cuerpo se apagaba por momentos.

Ya con una salud muy debilitada, decidió regresar a Hiva’Oa, la isla del Pacífico donde había encontrado la felicidad ayudando a la población a transportar cartas, medicinas e incluso enfermos a otras islas del archipiélago. Unos meses después, el artista belga fue trasladado a un hospital de París, donde fallecía el 9 de octubre de 1978, pero su corazón seguía tan unido a la isla que fue enterrado en Atuona, respetándose su voluntad. Esta pequeña población le ha dedicado un museo al cantante que alberga, entre otros recuerdos, su avioneta y el aeródromo de la isla lleva el nombre de Jacques Brel en recuerdo al cantante más querido de las Marquesas. 

Pero Brel no fue el único en enamorarse de este recóndito lugar del Pacífico, la tierra firme más alejada de un continente. Hiva’Oa era desde mucho tiempo atrás el hogar de navegantes solitarios, de artistas que, como Brel, buscaban el aislamiento y el anonimato. Su belleza mística y misteriosa lograba atrapar a todo aquel que llegaba a la isla y algunos ni siquiera volvían a casa. Preferían el silencio de la isla, la lejanía, la quietud de aquel entorno mágico, al mismo tiempo desértico, para buscar la inspiración y trabajar en sus obras. 

Brel no hizo otra cosa que seguir los pasos del artista francés Paul Gauguin, otro de los genios creativos que se sintió seducido por las Marquesas y plasmó en sus obras la belleza natural de estas islas, su último refugio. Gauguin llegó por primera vez a la Polinesia Francesa en 1891; sentía la necesidad de salir de Francia en busca de nuevas aventuras y paisajes exóticos que le permitieran, según dijo, «vivir como un salvaje». A excepción de una visita a Francia entre 1893 y 1895, el artista permaneció el resto de su vida en la Polinesia, donde su obra cobró fuerza.  Huyendo de la fría Europa —«¡Qué vida tan tonta, la forma de vida de los europeos!»—, se instaló primero en Papeete, capital de Tahití, donde pintó algunos de sus lienzos más conocidos como Mujeres de Tahití, El árbol grande o Mujer con una flor. 

En 1901 decidió proseguir con su aventura y, buscando el edén, se trasladó al archipiélago de las Marquesas, en concreto a la isla de Hiva’Oa. Gauguin anhelaba encontrar en la isla nuevos escenarios para sus obras y, sobre todo, la paz y la calma que nunca halló en Francia. No obstante, lejos de aquel paraíso de ensueño que tenía en la cabeza, se encontró con los abusos de las autoridades coloniales francesas sobre la población local. Enfermo de sífilis, sacó fuerzas de donde pudo para enfrentarse al gobierno y defender a los habitantes de la isla. 

El artista francés se había construido en Atuona una casa a la que llamaba Maison du Jouir (casa del placer) y donde viviría sus últimos años acompañado de su esposa Pau’ura. A pesar de su mal estado de salud, en Hiva’Oa fue capaz de pintar algunos de sus lienzos más hermosos, como Muchacha con abanico o Jinetes en la playa, un recuerdo a las obras de carreras de Degas, además de realizar tallas y esculturas. Gauguin murió en 1903 y en el cementerio de Atuona reposan los restos del pintor posimpresionista, que soñó con un mundo mejor en Hiva’Oa y la realidad le hizo topar con los abusos coloniales. 

Además de canciones y obras de arte, las Marquesas también pueden presumir de ser fuente de inspiración de novelas y poemas. Antes de convertirse en un referente de la literatura juvenil, Herman Melville todavía tenía mucho mundo por descubrir y, con veintidós años, decidió embarcarse en el ballenero Acushnet para recorrer las aguas del Pacífico, una aventura que le marcaría para siempre y que le llevaría a descubrir uno de los parajes más vírgenes del planeta, las islas Marquesas. 

En 1841 recaló en la isla de Nuku Hiva y quedó embriagado por la exuberante vegetación y el carácter de su gente. Melville convivió con el clan de los Taipi, que practicaba el canibalismo, y aunque en algún momento temió que lo devoraran, su destino fue muy distinto. Lo trataron tan bien que se enamoró de los habitantes del valle de Taipivai, sorprendido por sus dotes para la música, el baile y los tatuajes, y su desinhibición sexual. Aquellas experiencias en las Marquesas inspiraron a Melville, a su regreso a Estados Unidos, para escribir al menos media docena de novelas entre 1846 y 1851. Taipi es una de las obras en las que el escritor narra sus vivencias en aquel recóndito lugar del planeta y cómo lo abordaron un grupo de mujeres desnudas a su llegada al puerto para darle la bienvenida: «¡Qué visión para nosotros, marineros! ¿Cómo evadir tal tentación? ¿Quién podría pensar en lanzar al mar a estas cándidas criaturas cuando habían nadado millas solo para recibirnos? Estas mujeres sienten verdadera pasión por el baile, y su gracia y espíritu salvaje sobrepasan todo lo que he visto hasta ahora».

El canibalismo y las orgías que Melville describe en Taipi motivaron que los editores norteamericanos rechazaran en un primer momento publicar el manuscrito por considerarlo poco creíble. Otro de los tripulantes del ballenero decidió entonces enviar una carta a un periódico de Buffalo en la que certificaba la veracidad de las historias narradas y aquella misiva, junto con el hecho de que la edición británica funcionara bien, llevó finalmente a Wiley & Putnam a publicar la obra en Estados Unidos con la condición de eliminar algunos fragmentos.  

Tras su estancia en las Marquesas, Herman Melville prosiguió con su aventura en el mar antes de regresar a Estados Unidos y empezar a escribir Taipi, considerada la primera novela de los Mares del Sur. Fue tal el éxito del relato que durante muchos años el escritor fue más conocido por Taipi que por la novela dedicada a la ballena más famosa del mundo, Moby-Dick.

También el novelista, poeta y ensayista escocés Robert Louis Stevenson navegó hasta las Marquesas buscando su particular isla del tesoro. «No viajo para ir a un lugar en particular, sino por ir; viajo por el placer de viajar, la cuestión es movernos», declaró antes de iniciar el que sería su gran viaje.

Stevenson partió desde San Francisco el 20 de junio de 1888 junto a su mujer y su hijastro y, tres semanas después, recaló en Nuku Hiva, «la isla más bonita y, con diferencia, el lugar más inquietante del mundo», según sus propias palabras. 

El poeta describe en el primer capítulo de En los Mares del Sur, crónica de curiosas aventuras y anécdotas, cómo la magia de la isla, la belleza de la bahía de Hatihe’u y la brutalidad de la naturaleza lograron hechizarlo desde un primer momento: «La primera experiencia nunca puede repetirse. El primer amor, la primera salida del sol, la primera isla de los Mares del Sur… son recuerdos únicos que conmueven un sentido nunca antes experimentado». También en una carta enviada a Sidney Calvin en julio de 1888 el autor relata su felicidad en la isla: «El clima es delicioso y el puerto uno de los lugares más bonitos que uno pueda imaginar».

Stevenson era un apasionado de los viajes, aunque estos fueran sin rumbo, y, después de tres semanas en Nuku Hiva, tuvo claro que la aventura debía seguir. Había llegado el momento de seguir navegando y, a bordo del elegante Casco, partieron hacia Hiva’Oa, donde el autor de La isla del tesoro siguió recopilando información para la que sería su gran crónica de viajes, En los Mares del Sur. A pesar de que la salud nunca le había acompañado —empezó a estar enfermo ya de niño—, el escocés siguió navegando y descubriendo nuevos lugares hasta sus últimos días, planteándose la vida como una aventura sin fin pero sin olvidar su Edimburgo natal. «Tanta prisa tenemos por hacer, escribir y dejar oír nuestra voz en el silencio de la eternidad que olvidamos lo único realmente importante: vivir», confesó poco antes de morir. 

También abducido por las Marquesas quedó, siendo todavía un niño, Jack London al descubrir los relatos de Melville y tuvo claro que, en cuanto pudiera construirse un barco, viajaría a las lejanas islas. En 1907, London hizo realidad su sueño infantil y encargó la construcción de un velero de quince metros. Así, a bordo del célebre Snark —tomó prestado el nombre del título de un poema de Lewis Carroll el maestro de las novelas de aventuras partió desde San Francisco hacia las islas del Pacífico. Waikiki, Molokai y Maui, del archipiélago de Hawái, fueron algunas de las paradas del Snark hasta que, dos meses más tarde, la fiesta llegó a Nuku Hiva y lo que allí encontró poco (o más bien nada) tenía que ver con la visión romántica de Melville en sus relatos.

Al poco de llegar, London y sus acompañantes asistieron a un banquete en el que los comensales envolvían la carne en hojas verdes y la llevaban al campamento del mismo modo que tiempo atrás transportaban la carne humana. El escritor también tuvo la oportunidad de convivir con los habitantes del clan de los Taipi y, en lugar de encontrarse con las mujeres de espectacular belleza que describía Herman Melville en sus obras, se topó con una población afectada de lepra y tuberculosis. Si bien la realidad era muy distinta a lo que Jack London había imaginado en su infancia, nunca se arrepintió del viaje y plasmó aquella experiencia en su libro de relatos El crucero del Snark

Decía Herman Hesse que la mitad del romanticismo de un viaje no es más que la espera de una aventura. En las Marquesas, el lugar más alejado de todas las partes del planeta, todavía queda espacio para aventureros y artistas en busca de nuevas experiencias que alimenten sus obras o enriquezcan sus vidas. Y aquellos que no puedan viajar hasta el fin del mundo siempre pueden leer las peripecias de Melville y Stevenson en el sofá de casa y seguir soñando con el paraíso.


Escritoras en la sombra

Colette, 1941. Fotografía: Cordon.

No dejan pasar nunca la ocasión de decirte que las mujeres deben dejar la pluma
y repasar los calcetines de sus maridos.

Rosalía de Castro en Carta a Eduarda (1866)

Ser mujer nunca ha sido de por sí tarea fácil. Y ser mujer y escritora todavía menos. Hubo un tiempo en que las mujeres ni escribían ni leían. La literatura era un terreno reservado exclusivamente a los hombres y de ellas solo se esperaba que tuvieran hijos y atendieran las tareas del hogar, en ningún caso que se volcaran en una labor intelectual. Sin embargo, a pesar de estos impedimentos, algunas autoras desafiaron los convencionalismos y lograron ingeniárselas para poder publicar sus escritos en un mundo en el que carecían de derechos. Ocultarse bajo un seudónimo masculino, firmar la obra como anónima y escribir a escondidas son algunas de las herramientas que emplearon un gran número de escritoras para hacer llegar sus voces al público y evitar que fueran considerados textos menores por el simple hecho de estar escritos por una mujer. Fueron unas auténticas revolucionarias, pioneras en su ámbito, y hoy figuran entre los grandes de la literatura. Ya lo advirtió en una ocasión Arthur Rimbaud: «Cuando termine la absoluta servidumbre de la mujer, cuando viva para sí y por sí, cuando el hombre la haya dejado libre, ella será poeta. ¡También ella!».

El anonimato fue la primera estrategia empleada por la mujer para poder mostrar su verdadera vocación literaria. Condenadas a la clandestinidad, las escritoras se veían obligadas a publicar sin revelar su identidad. Jane Austen fue un buen ejemplo de ello, ya que tanto Sentido y sensibilidad (1811) como la posterior Orgullo y prejuicio (1813) llegaron a las editoriales como manuscritos anónimos. No fue hasta su muerte cuando Jane Austen pudo firmar con su verdadero nombre. Persuasión, publicada a título póstumo en 1817, fue la primera novela firmada por la escritora, que tuvo una carrera demasiado corta a causa de una enfermedad que la llevó a la tumba con tan solo cuarenta y dos años.

Sus obras pasaron desapercibidas hasta que la gran literata Virginia Woolf la reivindicara en Una habitación propia, destacando la originalidad de sus novelas y un modo de narrar muy personal e inteligente. Austen nunca tuvo una habitación propia y tuvo que limitarse a escribir en el salón de casa, ocultando los textos en su cesto de costura cuando alguien se acercaba. Eso sí, tuvo la suerte de poder leer todo lo que quiso gracias a la gran biblioteca que tenía su padre, quien a pesar de los tiempos que corrían trató de ayudar a su hija contactando con una editorial, consciente de su talento literario.

Y si Jane Austen optó por el anonimato las hermanas Brönte decidieron firmar sus obras con seudónimo masculino para tratar de hacerse un hueco en un mundo tan adverso. Hijas de un clérigo protestante, Charlotte, Emily y Anne huían de las rigideces de la Inglaterra victoriana, que las condenaba simplemente a casarse o, en caso de no lograrlo, a invertir su tiempo en la enseñanza. Pero las Brönte eran distintas. Leían a Byron, a Walter Scott y a todo aquel autor que caía entre sus manos. Y escribían sin parar, ya desde muy niñas. Nada de lo que se esperaría de las hijas de un sacerdote.

Inmersas en una situación económica y familiar complicada, las hermanas optaron en 1846 por intentar publicar una selección de poemas y los firmaron como Currer, Ellis y Acton Bell, tres supuestos hermanos tras los cuales se ocultaban las Brönte. Aunque solo vendieron un ejemplar, Charlotte animó a sus hermanas a seguir probando suerte con la literatura y convirtieron la casa familiar de Haworth en su refugio literario, escondiéndose de su propio hermano y de los vecinos.

Fruto de ese intenso trabajo, Charlotte publicaría Jane Eyre, Emily mostraría su talento literario en Cumbres borrascosas y Anne, la más joven de las tres, lanzaría Agnes Grey. Las tres emplearon de nuevo los mismos seudónimos y, a pesar de ello, recibieron numerosas críticas y reproches morales por mostrar a una mujer distinta, rebelde. Fue Charlotte quien, tras la muerte de sus hermanos, decidió despojarse de la máscara y dar a conocer a los auténticos hermanos Bell, pudiendo disfrutar en vida del éxito de sus obras.

Así pues, el seudónimo fue un recurso de lo más habitual. Aurore Dupin, Caterina Albert o Karen Blixen son otras de las autoras que escogieron el disfraz masculino; era su manera de abrirse paso y de poder expresarse ante el mundo, teniendo en cuenta los prejuicios de la época y que carecían del apoyo de sus familiares más cercanos.

Aurore Dupin fue una escritora marcada por el escándalo, una maldita en toda regla, que escogió como nombre de guerra George Sand. Ya de muy joven decidió vestirse como un hombre, no porque se sintiera un varón sino porque la ropa le parecía más cómoda y le permitía moverse libremente por las calles de París. Fumaba en público y decía todo lo que pensaba, sin miramientos y sin importarle las críticas que su comportamiento conllevaba a mediados del siglo XIX. En 1832 publicó su primera novela, Indiana, con la que estrenaría el seudónimo que la acompañaría para siempre. Tras sus relaciones tormentosas con hombres como Alfred de Musset o Frédéric Chopin y una vida ajetreada —Balzac la apodaba la «leona de Berry»—, decidió retirarse a Nohant, donde escribiría la autobiográfica Historia de mi vida, Ella y él y los veinticinco volúmenes de Correspondencia, así como el Diario íntimo que se publicaría años después de su muerte.

Si Aurore Dupin escogió ser George Sand, la catalana Caterina Albert optó por esconderse tras el nombre de Virgili Alacseal en un primer momento para quedarse definitivamente con el seudónimo de Víctor Català.  El monólogo teatral Infanticida le permitió ganar los Jocs Florals de Olot en 1898, pero a raíz de la polémica que se levantó tras conocerse que era obra de una mujer decidió preservar su verdadera identidad y firmar sus trabajos, a partir de entonces, como Víctor Català.

También la aristócrata danesa Karen Blixen, conocida sobre todo por la inolvidable Memorias de África, tuvo sus dificultades para poder dedicarse a escribir y lograr ser publicada. Karen Blixen fue durante años Isak Dinesen, aunque previamente firmaría como Osceola algunos cuentos en revistas danesas. No fue hasta la publicación de su primera obra, Siete cuentos góticos (1934), a la vuelta de sus diecisiete años de estancia en una granja de Kenia, cuando se convirtió por primera vez en Isak Dinesen, a pesar de que su identidad era más que conocida. Este nombre la acompañó también en su célebre Memorias de África, un relato nostálgico de su vida al frente de la plantación de café africana. En cambio, su única novela, Los vengadores angélicos, salió publicada bajo el seudónimo de Pierre Andrézel.

Pero el anonimato o el esconderse tras un nombre masculino no fue suficiente en algunos casos y escritoras como la francesa Colette tuvieron que aceptar que sus maridos firmaran las obras que ellas escribían. Una usurpación en toda regla que Rosalía de Castro denunció sin tapujos en su Carta a Eduarda: «Los hombres miran a las literatas peor que mirarían al diablo… Únicamente alguno de verdadero talento pudiera, estimándote en lo que vales, despreciar necias y aún erradas preocupaciones pero… ¡ay de ti entonces! Ya nada de lo que escribes es tuyo… Se acabó tu numen, tu marido es el que escribe y tú la que firmas».

La polémica Colette fue una de las víctimas de esta apropiación. De hecho, fue su marido, un periodista de cierta reputación, quien la animó a escribir la exitosa serie de novelas Claudine para luego él firmarlas sin remordimientos. A cambio, simplemente le pasaba una pequeña asignación y le compró una casa en el campo, lo que a Colette le pareció insuficiente. Tanto que decidió divorciarse y anunciar, a los cuatro vientos, la auténtica autoría de las obras. Supuso el despertar de una autora que logró seducir a numerosos lectores con sus novelas sobre el universo femenino, las relaciones personales o el deseo sexual.

A diferencia de todas estas autoras, que de un modo u otro escondieron su identidad con el objetivo de poder publicar, la poeta estadounidense Emily Dickinson escribió como la que más —casi mil ochocientos poemas—, pero nunca permitió que nadie leyera sus textos. Era consciente de que para publicar debía cambiar algunos aspectos de su obra; no quiso hacerlo y escribió por y para ella.

Su vida, a pesar de pertenecer a una clase acomodada, no fue fácil. Las muertes de dos personas muy cercanas a ella, un amigo de la familia con quien la unía un fuerte vínculo intelectual y un pastor felizmente casado por quien se sentía atraída, la destruyeron por completo y su único refugio fue la poesía. Enferma ya desde muy joven, se encerró durante años en casa de su padre y solo salía para ir a misa o pasear a su perro. «Trabajo en mi prisión y soy huésped de mí misma», aseguraba en una carta al editor y periodista Thomas W. Higginson.

Tras su muerte, en 1886, la hermana de Emily sacó a la luz la grandeza de su obra, plagada de una simbología y un mundo interior en ocasiones de difícil comprensión. Emily Dickinson fue una transgresora en el desafiante uso del lenguaje, la mezcla de géneros literarios y la puntuación, tan característica de sus poemas, y se negó a publicar en un mundo que nunca la entendería.

I’m Nobody! Who are you?
Are you — Nobody — too?
Then there’s a pair of us!
Don’t tell! They’d advertise — you know!

How dreary — to be — somebody!
How public — like a frog —
To tell one’s name —  the livelong June —
To an admiring Bog!.

Emily Dickinson.


El paraíso estaba en el sur

El volcán Popocatépetl, en México. Foto: Russ Bowling (CC)

Me encontraba en Argentina como en mi propio país, me sentía un poco vuestro hermano y pensaba vivir largo tiempo en medio de vuestra juventud tan generosa. (Antoine de Saint-Exupéry)

América Latina ha sido desde siempre tierra de escritores. Borges, Cortázar, García Márquez, Neruda o Sábato son solo algunos ejemplos de una tierra prolija en todos los géneros de la literatura que puede presumir de haber dado a luz a seis premios Nobel. Pero no solo los autores locales le han declarado amor eterno a Latinoamérica. Su desbordante pasión por las letras, su belleza y una riqueza cultural única han hecho que escritores de todo el mundo se sintieran seducidos por esta porción del continente americano y plasmaran en sus obras su experiencia en esta parte del planeta.

Antoine de Saint-Exupéry, fundador y primer piloto de la Aeroposta Argentina, llegó a este país el 12 de octubre de 1929 y recorrió desde el aire la cordillera de los Andes, los bosques, la estepa, los valles y las costas patagónicas. Su historia de amor con Argentina fue un flechazo y, al poco de llegar, ya aseguraba sentirse como en casa. En una carta a su madre reflejaba la fascinación que sentía por los paisajes de la Patagonia: «¡Qué bello país y cómo es de extraordinaria la cordillera de los Andes! Me encontré a 6500 metros de altitud, en el nacimiento de una tormenta de nieve. Todos los picos lanzaban nieve como volcanes y me parecía que toda la montaña comenzaba a hervir…».

Y fue en Argentina donde, además de conocer a su primer amor, Consuelo Suncín —él la invitó a subir a su avión y al atardecer sobrevolaron el Río de la Plata—, escribiría Vuelo nocturno, inspirándose en sus experiencias aéreas sobre Tierra de Fuego, muchas de las cuales tenían lugar de noche. Tras quince meses de estancia en Argentina, Saint-Exupéry se tomó un descanso y regresó a Francia, donde se casó con la salvadoreña Consuelo. Durante su ausencia, Aeroposta Argentina se declaró en quiebra y el escritor ya nunca más volvería a pisar el país al que tanto quería. Sin embargo, Argentina marcaría a Saint-Exupéry para siempre y así lo dejaría claro en su obra más célebre: El principito. ¿Quién no recuerda la ilustración sobre una boa que se traga un elefante? Aunque los dibujos del autor francés invitan a hacer volar la imaginación del lector, es cierto que la imagen recuerda a la silueta de la Isla de los Pájaros, ubicada en la salvaje costa de la Patagonia argentina.

Los seguidores de Saint-Exupéry pueden rememorar los vuelos del autor francés a bordo del Laté 25 si se acercan al Museo Nacional de Aeronáutica de la localidad de Morón, en la provincia de Buenos Aires. Tras cuarenta años de abandono, el avión, un monoplano que podía transportar una tonelada de mercancías y recorrer una media de cinco mil kilómetros, fue restaurado en el año 2000 y desde entonces se expone al público.

También el escritor austríaco Stefan Zweig soñó con Argentina, pero, tras dos viajes a este país, optó por instalarse en la vecina Brasil, convencido de que allí se hallaba la tierra prometida que tanto anhelaba. Para Zweig, que huía del régimen nazi, Brasil era entonces un país joven que vivía ilusionado por los nuevos tiempos; nada que ver con una Europa que cada vez se le hacía más pequeña.

El intelectual austríaco, miembro de una adinerada familia judía de Viena, se sintió fascinado por Brasil desde el primer momento por la cordialidad de la gente, la ausencia de prejuicios raciales, la belleza de sus paisajes y el encanto de las ciudades coloniales, y volcó todas estas impresiones en el ensayo Brasil, país del futuro, una de sus últimas obras.

Recorrió San Pablo, Minas Gerais, Bahía, Pernambuco y Pará y, finalmente, se instaló junto a su esposa, Charlotte Altmann, en la Rua Gonçalves Dias de Petrópolis, donde leía y releía clásicos de Tolstói y Goethe, y revisaba su libro sobre Balzac. Días antes de decidir poner punto final a su vida, Zweig y Charlotte donaron todos sus libros a una biblioteca, quemaron en el jardín documentos que guardaban en casa y escribieron numerosas cartas de despedida. La casera de los Zweig fue quien los encontró muertos sobre la cama el 23 de febrero de 1942. Consumieron barbitúricos y esperaron juntos la llegada de la muerte, convencidos de que los nazis acabarían dominando el mundo entero.

Zweig era un gran admirador de Goethe y quién sabe si también decidió cruzar el Atlántico influenciado por los diarios y poemas del autor alemán, entre ellos Canción de muerte de un prisionero brasileño, que Goethe escribió a partir del ensayo de Montaigne De los caníbales.

Tras las huellas de la generación beat en México

Además de Argentina y Brasil, México ha sido también foco de atracción de intelectuales, algunos de los cuales le han otorgado a este país un lugar en su propia leyenda. Es el caso de la denominada generación beat. «La ciudad de México me gustó desde el primer día que llegué… en 1949 era un lugar barato para vivir, con una gran colonia extranjera, burdeles y restaurantes fabulosos, riñas de gallos, corridas y todas las diversiones imaginables. Un soltero podía vivir bien por dos dólares al día», escribió W. S. Burroughs al poco de pisar por primera vez la tierra de los mariachis y el tequila.

Licor y drogas baratas, burdeles… esas podrían ser las razones por las que aquella generación de autores que floreció en la década de los cincuenta se sintió atraída por México, pero fue mucho más que eso lo que les llevó a volver una y otra vez; para ellos, México simbolizaba el paraíso de la libertad.

Burroughs se instaló con su familia en la Ciudad de México en 1949 y escribió a Kerouac en varias ocasiones para que los visitara. Un año después, Kerouac y su amigo Neal Cassady planearon un viaje a México —el primero de muchos—, inmortalizado en la célebre novela En el camino, que pondría de moda el road trip. Al llegar a la Ciudad de México y tras excesos con la marihuana y las prostitutas, Kerouac contrajo disentería y se quedó en casa de los Burroughs, en la colonia Roma, mientras Cassady decidía regresar a Estados Unidos. En Cerrada de Medellín (ahora José Alvarado) 37, Kerouac escribió el poema Blues de la Cerrada de Medellín.

No obstante, fue en otra dirección de la misma colonia, en Orizaba 210, donde, entre bocanadas de marihuana y chutes de morfina, plasmaría en varios textos su visión más romántica del mágico sur. En aquella casa de mosaicos de color rosa, epicentro de los beats en el D. F., Kerouac escribió a mano la novela Tristessa y el maravilloso poemario Mexico City Blues. En Tristessa, su única obra centrada exclusivamente en México, narra su relación con una prostituta mexicana adicta a la heroína y destaca el bullicio de la plaza de Garibaldi y los puestos de comida: «Camino por la plaza Garibaldi, donde la policía acecha, bizarros tumultos de gente se aglomeran en las angostas calles alrededor de apocados músicos que tocan débilmente sus trompetas cerca de las banquetas… Las marimbas resuenan en los grandes bares… Confundidos entre hombres ricos y pobres con sombreros de ala ancha salen por las puertas de dos hojas a escupir pedazos de cigarro y con sus enormes manos se golpean los genitales como si fueran a arrojarse a un arroyo helado…».

Su siguiente viaje a México, en 1952, estuvo marcado por la tragedia. Llegó poco después de que Burroughs, en una casa de la calle Monterrey 122, matara a su esposa emulando —borracho— a Guillermo Tell. Ella se puso una manzana sobre la cabeza y él disparó. Y falló. Aquel accidente lo llevó a la cárcel de Lecumberri y marcó para siempre la vida y obra del escritor. Mientras, Kerouac, además de perderse entre bares de putas, mercados y callejuelas, terminó sus memorias, Doctor Sax.

El rey de la generación beat volvería a México hasta en seis ocasiones más, siempre disfrutando del pulque —«la mejor bebida del mundo»—, el olor de la comida callejera, la música, las iglesias, los pícnics en Chapultepec y la belleza de sus tierras. Kerouac idealizaba México y lo veía como un país donde todo transcurría más lentamente y sin las presiones de la industria literaria norteamericana.

Otros autores norteamericanos como Jack London o británicos como D. H. Lawrence se sintieron también cautivados por México y escogieron este país como escenario de sus novelas. El mexicano es el título de una casi desconocida novela corta de London, creador de best sellers como La llamada de la selva, Colmillo blanco o El lobo de mar. El escritor, que ejerció de corresponsal en Veracruz, vivió con pasión la Revolución mexicana, a la que dedicó esta pequeña historia, donde narra las vivencias de un boxeador que financia el movimiento revolucionario con sus triunfos sobre el ring.

Por su parte, David Herbert Lawrence viajó a México entre 1923 y 1925, periodo durante el que recorrió la república de Sonora hasta Oaxaca. Visitó reservas naturales, conoció el mundo de los apaches y subió al volcán Popocatépetl. Fruto de esos viajes surgió La serpiente emplumada, una aproximación a la cultura azteca, y los relatos de viaje Mañanas en México. Aunque sus obras desencadenaron eternas polémicas, D. H. Lawrence contribuyó, sin duda, a que lectores de todo el mundo —fue traducido a numerosas lenguas— se interesaran por el pueblo y la cultura mexicana.

El viaje imaginario de Julio Verne

Y, si todos ellos escribieron sobre México tras recorrer el país, Julio Verne demostró que es posible escribir sobre un lugar, y hacerlo bien, sin haber estado nunca allí. Con tan solo veintitrés años, Verne era un auténtico desconocido y México era el primer territorio que pisaba —literariamente hablando— al publicar en una revista francesa una novela breve sobre los primeros navíos de la Marina mexicana. Nunca sospechó que aquella historia, que años después se publicaría bajo el título Un drama en México, supondría el inicio de su exitosa carrera literaria. El contenido de la novela está basado en una historia real, el amotinamiento de los navíos El Asia y El Constante, la deserción de su tripulación y su anclaje en las costas del Pacífico mexicano, el 11 de junio de 1825. Aunque su viaje a México fue imaginario, la obra muestra un gran conocimiento del país por parte del escritor francés, que ya mostraba en su ópera prima un interés por islas y volcanes, por la relación entre el hombre y la naturaleza.

Ernest Hemingway, Witold Gombrowicz, Enrique Vila-Matas… Sería interminable la lista de autores que en algún momento de su trayectoria literaria han bebido de América Latina y le han dedicado parte de su producción literaria. Algunos de ellos viajaron al sur de América y se quedaron para siempre, otros decidieron volver y unos pocos ni siquiera llegaron a cruzar el charco: les bastó con soñarlo o imaginarlo para que Latinoamérica quedara inmortalizada en su obra.


The Hollywood Sign (o cómo las nueve letras más famosas del mundo han logrado sobrevivir nueve décadas)

Fotografía cedida por The Hollywood Sign Trust y HollywoodPhotographs.com. Derechos reservados.
Fotografía cedida por The Hollywood Sign Trust y HollywoodPhotographs.com. Derechos reservados.

Welcome to Hollywood! What’s your dream? Everybody comes here; this is Hollywood, land of dreams. Some dreams come true, some don’t; but keep on dreamin’ —this is Hollywood. Always time to dream, so keep on dreamin’. (Happy Man, Abdul Salaam El Razzac, Pretty Woman, 1990).

Hollywood puede presumir de ser la meca del cine y de lucir en su hermosa colina las nueve letras de acero más famosas del mundo, metáfora de sueños, de éxitos y de glamour, aunque también de fracasos. Cuando uno piensa en Hollywood le vienen a la cabeza Humphrey Bogart e Ingrid Bergman en Casablanca, Marilyn Monroe y su rouge à lèvres en Con faldas y a lo loco o la más reciente The Artist, pero al margen de estos éxitos inolvidables en la capital del cine reina, por encima de todo, el Hollywood Sign.

Imitado por ciudades de todo el mundo, el cartel ha logrado sobrevivir nueve décadas, pese a ser víctima de destrozos y quejas vecinales, y testigo de uno de los suicidios más impactantes de la historia del cine.

Fue en el año 1932. La actriz neoyorquina Peg Entwistle, que a sus veinticuatro años había triunfado en Broadway, decidió hacer las maletas y volar a Los Ángeles para tratar de hacerse un hueco en una de las grandes producciones que se rodaban entonces en la ciudad. Cansada de esperar un papel que nunca llegaría, el 18 de septiembre de 1932 subió andando a la colina de Hollywood, escaló hasta lo más alto de la letra H y se arrojó al vacío. Y si el suicidio fue dramático, el cruel mundo del cine se cebó todavía más con ella cuando al día siguiente de la muerte llegóa su casa una oferta para un papel estelar en una película y precisamente para interpretar a una joven con tendencias suicidas. Pero ya era demasiado tarde y, lo que para algunos  significaba (Hollywood) la fábrica de los sueños, para otros —miles de actores volvieron a sus casas tras enfrentarse a la cruda realidad— se había convertido en sinónimo de frustración y desesperanza. A raíz del trágico suceso, la joven fue conocida como The Hollywood Sign Girl.

¿Cómo nace el cartel?

Curiosamente el origen del cartel poco tiene que ver con el cine, más bien nada. Lo que hoy se conoce como Hollywood tuvo entre sus primeros habitantes a los tongva o gabrielinos, que vivieron en pequeños poblados durante años en un valle al que denominaron Cahuengna. En el siglo XIX, era una colina sin carreteras asfaltadas donde la mayoría de residentes eran granjeros que cultivaban sobre todo limones, naranjos e higos, así como frutas exóticas. Los terrenos eran muy baratos y el área norte de Sunset Boulevard era inutilizable, solo servía para el pasto de los animales. Pero poco a poco la industria del lecho rocoso fue despegando y, a finales de siglo, aquellas extensiones de terreno fueron adquiriendo forma de ciudad.

¿Pero cómo surge el nombre de Hollywood para denominar a aquella colina? En 1883, una pareja procedente de Kansas, Daeida y Harvey Wilcox, se estableció en Los Ángeles y adquirió una extensa propiedad de unas sesenta hectáreas. Daeida decidió llamar Hollywood a aquel rancho después de conocer a una mujer en un tren que había escogido ese nombre para su casa de veraneo en Florida.

La llegada a Hollywood de los primeros estudios de cine, como The Nestor Film Company, que se instaló en un antiguo granero, transformó completamente la zona. En 1912, Hollywood contaba ya con quince estudios, y entre 1915 y 1920 numerosas compañías de cine independiente empezaron a trabajar en la zona. En poco tiempo, las pequeñas compañías se convirtieron en grandes estudios cinematográficos. Hollywood empezaba a experimentar un rápido crecimiento y cerca de cuarenta millones de americanos iban al cine cada semana.

En paralelo a este crecimiento, la Sociedad para el Desarrollo de Hollywoodland quería promocionar las nuevas urbanizaciones que empezaban a extenderse por la colina y, para ello, en 1923 encargó al británico Thomas Fisk Goff trece letras de unos quince metros de alto y nueve de ancho: Hollywoodland.

Fotografía cedida por The Hollywood Sign Trust y HollywoodPhotographs.com.
Fotografía cedida por The Hollywood Sign Trust y HollywoodPhotographs.com.

En un principio, estaba previsto que el cartel, que había supuesto un coste de unos veinte mil dólares, permaneciera en lo alto del monte Lee durante solo dieciocho meses, iluminado por cerca de cuatro mil bombillas con el objetivo de impresionar a futuros compradores.

Con el paso de los años el cartel se fue deteriorando. El crack de 1929 y los años de la Depresión provocaron que se dejaran de vender terrenos en la zona, por lo que la iluminación del Hollywood Sign dejó de ser una prioridad para sus impulsores. No fue hasta 1949 cuando la Cámara de Comercio de Hollywood decidió restaurar el emblema, prescindiendo de «Land» con la finalidad de que se convirtiera en un símbolo de la ciudad. En los años setenta, Hollywood entró en decadencia. Paramount era el único estudio que quedaba en la ciudad, inundada de cines porno y sexshops, y con un alto índice de criminalidad. En paralelo a aquella crisis, dos de las míticas letras cayeron, un pirómano incendió otra de ellas y un grupo de activistas modificó el cartel —se leía «Hollyweed»— para celebrar la aprobación de una ley estatal que despenalizaba la marihuana.

El emblema precisó una completa restauración y diversos artistas decidieron contribuir a su reparación recaudando fondos, subastando objetos valiosos o incluso «comprando» alguna de las letras: el editor Terence Donnelly compró la H, el cantante Alice Cooper adquirió una O, el empresario Les Kelley y el cantante y actor Gene Autry invirtieron en las L, el fundador de la revista Playboy se quedó con la Y, el cantante Andy Williams con la W, el productor Giovanni Mazza y los estudios Warner Bross se hicieron con las O y Thomas Pooley prefirió la D. Tras una inversión de doscientos cincuenta mil dólares, el nuevo cartel fue descubierto en el setenta y cinco aniversario de Hollywood, el 14 de noviembre de 1978 y todavía hoy luce imponente en el monte Lee.

The Hollywood Sign en la actualidad. Foto: Àgata Sala.
The Hollywood Sign en la actualidad. Foto: Àgata Sala.

The Hollywood Sign en las películas

A lo largo de los años, el Hollywood Sign ha aparecido en más de ochenta películas, series, videojuegos y vídeos musicales. En producciones como Hollywood Boulevard (1935), 1941 (1979), dirigida por Steven Spielberg, The Rocketeer (1991), Chaplin (1992) o la oscarizada The Artist (2011) —un homenaje al cine mudo— el símbolo aparece en su estado inicial, cuando aún rezaba Hollywoodland.

Otros directores han preferido destruir el símbolo en sus películas. En Terremoto (1974), protagonizada por Charlton Heston y Ava Gardner, un movimiento sísmico sin precedentes en California derroca las letras una a una. También un terremoto que afecta a la Costa Oeste de Estados Unidos es el responsable de que, en varias escenas de Superman (1978), el cartel se incline hasta caer, mientras en El día de mañana (2004) otra catástrofe natural, en este caso un tornado, destruye el mítico emblema.

Pero además de ser víctima de destrozos y catástrofes en numerosas películas, las nueve letras han sido escenario también de historias de amor como la protagonizada por Julianne Hough y Diego Boneta en la comedia musical La era del rock (2012), y han servido a muchos directores como escena inicial de sus películas: El valle de los placeres (1970), Pretty Woman (1990), Ed Wood (1994), City of Angels (1998) o Scream 3 (2000) son algunas de ellas. Una de las películas más recientes donde aparece el símbolo es Argo (2012). Curiosamente, el film, ambientado en 1979, muestra la imagen del cartel deteriorado, cuando un año antes ya había sido restaurado.

El emblema también ha inspirado el título de la película The Hollywood Sign (2001) y se deja ver de manera fugaz en un logotipo de la 20th Century Fox.

Al margen de la gran pantalla, el símbolo también ha aparecido como estrella invitada en numerosas series de televisión, en la mayoría de casos para mostrar el glamour de este lugar único en el mundo. Heroes, Nip/Tuck, Beverly Hills 90210, El Príncipe de Bel Air o Los Simpsons son algunas de las series en las que se ha podido ver el cartel.

Una visita indispensable

Los Ángeles no sería la misma ciudad sin el gigantesco cartel, que recuerda constantemente al visitante que se encuentra en el epicentro de la industria cinematográfica. Una de las peculiaridades del emblema es su capacidad para cambiar de aspecto en función de la luz solar y del lugar donde se encuentre el espectador.

Si se contempla desde el este o el oeste las letras parecen estrechas e indelebles y, dependiendo de la posición del sol y de la contaminación que azota a la ciudad, pueden parecer blancas, doradas, grises o incluso rosadas, por lo que observar el cartel desde distintos puntos de la ciudad supone toda una experiencia. Sin embargo, en días de intensa polución, como recuerda el documental Bowling for Columbine, de Michael Moore, el cartel apenas es visible.

The Hollywood Sign desde el Paseo de la Fama. Foto: Àgata Sala.
The Hollywood Sign desde el Paseo de la Fama. Foto: Àgata Sala.

Decenas de turistas suben a pie a diario al monte Lee para disfrutar de hermosas vistas de Los Ángeles y contemplar de cerca el icónico cartel, que se encuentra en una zona protegida, vallada y vigilada permanentemente. Cualquier amante del cine disfrutará del paseo y podrá sentir, además de la agradable brisa californiana, cómo las nueve letras de acero más famosas del mundo dejan constancia de que hay un lugar donde la magia todavía es posible, donde los sueños se hacen realidad.

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Fuentes:

Braudy L. (2012). The Hollywood Sign. Yale University Press.

Finler, J. (2003). Historia de Hollywood. MaNonTroppo.

www.hollywoodsign.org

www.hollywoodsign.com

www.variety.com

www.elcinedehollywood.com

www.parade.com

www.signs.com

www.nyjournalbooks.com

 

 


París huele a libro

paris

Si tienes la suerte de haber vivido en París de joven te acompañará, vayas donde vayas, el resto de tu vida”. Ernest Hemingway no fue el único en caer rendido ante los encantos de la ciudad más literaria del mundo, a la que dedicó París era una fiesta. Guillaume Apolinaire se dejaba ver en el Bateau-Lavoir y fue allí donde se hizo amigo de Picasso; Julio Cortázar centró en París una de sus novelas más conocidas, Rayuela, que arranca en la rue Seine y el Pont des Arts; y Oscar Wilde pasó sus últimos días en un hotel de la rue Beaux Arts, el mismo en el que curiosamente se alojó Jorge Luis Borges durante sus estancias en París.

Durante siglos, el embrujo de París ha llevado a jóvenes aspirantes a escritor a emular al protagonista de Las ilusiones perdidas de Balzac y a intentar hacer realidad sus sueños en esta gran ciudad, que conserva intactos algunos de los lugares donde los grandes de la literatura compartieron vivencias, se emborracharon o simplemente escribieron su obra maestra.

Saint-Germain-des-près es probablemente el distrito más literario de París. En el corazón del distrito VI, la pequeña plaza Sartre-Beauvoir pretende recordar a dos de sus vecinos más ilustres, dos asiduos del mítico (y ultracaro) Café de Floré. Allí, el autor de La náusea escribió la terrible frase: “el hombre está condenado a ser libre”.

Y junto al Floré, otro café literario que en sus inicios fue una tienda de ultramarinos, Les Deux Magots, donde se podía ver a Verlaine, Rimbaud, Mallarmé, Hemingway o Prévert. Hoy día turistas e intelectuales lectores de Libération ocupan las butacas de este café.

Le Procope, cuna del enciclopedismo

No lejos de allí se encuentra el café más antiguo de París, Le Procope, fundado en 1686. Decorado con mobiliario de los siglos XVII y XVIII, este local histórico, reconvertido en un prestigioso restaurante, puede presumir de ser la cuna del enciclopedismo. “En París hay un local donde se aprecia el café de tal modo que otorga inteligencia a los que lo toman”, escribió Montesquieu en sus Cartas persas refiriéndose a este mítico establecimiento. Diderot, Rousseau, d’Alembert o Voltaire fueron algunos de los autores que debatieron y escribieron en este local, que años después vio nacer las ideas revolucionarias de Robespierre y frente al cual se instaló la Comédie Française.

En Saint-Germain no solo se respira literatura en estos cafés plagados hoy día de bo-bos (bourgeoises bohèmes). Pequeñas calles y plazas del distrito han quedado inmortalizadas en novelas y son muchos los inmuebles que presumen de haber dado cobijo a los nombres más destacados de la literatura, como el 58 de la rue de Vaugirard, testigo de la pasión, aunque también de las peleas, entre Scott y Zelda Fitzgerald, o el cinco de la rue Saint Benoit, residencia de Marguerite Duras desde 1942 hasta su muerte, en 1996.

Enrique Vila-Matas relata en París no se acaba nunca, novela con la que rinde homenaje a Hemingway, su estancia en una pequeña buhardilla que le alquiló la propia Duras a mediados de los 70, cuando el autor barcelonés ansiaba ser escritor.

A tan solo unas calles de la rue Saint Benoit se encuentra la plaza que Dan Brown dio a conocer al mundo entero con su best-seller El Código da Vinci. Pero al margen del éxito de este superventas, Saint-Sulpice es ante todo la plaza de Georges Perec.

En los años 70, Perec se sentó durante tres días en un café de la plaza y anotó todo lo que allí sucedía, nada especial que no sucediera en cualquier otro lugar de la ciudad. O del mundo. Quizás eso mismo le llamó la atención. El resultado de esta observación se plasmó en Tentativa de agotar un lugar parisino, una original recopilación de estas escenas de la vida cotidiana que construyó a modo de lista.

Dejando atrás Saint-Sulpice y tomando la rue Rennes, en dirección a Montparnasse, una pequeña calle que podría pasar desapercibida merece una parada para los amantes de la literatura. En el número 27 de la rue de Fleurus, Gertrude Stein y su amante Alice B. Toklas organizaban tertulias periódicas con grandes artistas, entre ellos Hemingway, Scott Fitzgerald, Apollinaire, Picasso o Matisse. Centro de la vida bohemia, el salón de Gertrude Stein fue también escenario de rivalidades y polémicas.

Grands-Augustins

Volviendo haciendo el Sena y en dirección al animado barrio de Saint Michel, en el número 7 de la rue des Grands-Augustins vuelven a darse la mano arte y literatura. Picasso vivió durante casi 20 años en este inmueble, donde en 1937 pintó el Guernica. Balzac ya había escogido este mismo emplazamiento un siglo antes para iniciar su relato La obra maestra desconocida, de apenas 40 páginas.

Adentrándose en el barrio de Saint Michel, donde se alzan la Sorbona y el Panteón, resulta casi imposible no toparse con la rue Mouffetard, una de las calles más antiguas de París, ya que data de la época de los romanos. Además de pequeños colmados, restaurantes y mercados callejeros, un paseo por esta encantadora calle permite descubrir los cafés frecuentados por Hemingway y sus viviendas en la place de la Contrescarpe y en la cercana Cardenal Lemoine. En Mouffetard, junto a un colorista mercado callejero se halla la histórica iglesia de Saint Médard, a la que acudía con frecuencia el personaje de Los Miserables de Víctor Hugo Jean Valjean.

En una pequeña callejuela que parte de Mouffetard, la rue du-pot-fer, vivió George Orwell en 1928, hoy invadida de restaurantes con apretadas mesas sobre la acera que esperan impacientes a los turistas.

Shakespeare and Company, la librería más famosa del mundo

Pero hablar de París y no mencionar sus librerías puede ser considerado un pecado. Y entre ellas, sin duda, las más famosa y la más visitada: Shakespeare and Company. La librería que hoy mira al Sena y a Notre-Dame no es la librería de Sylvia Beach sino la de George Whitman.

Shakespeare and Company nació en la rue Dupuytren pero Sylvia Beach acabó trasladando el negocio a la rue de l’Odéon, justo enfrente de La Maison des Amis des Livres, la librería de su pareja, Adrienne Monnier.

Amiga de Joyce, la norteamericana fue la primera editora en publicar Ulysses. Y si fue Joyce quien lanzó a Beach mundialmente a la fama, el autor irlandés también fue el responsable de que años más tarde, durante la ocupación alemana de París, los nazis le cerraran el negocio después de que la librera se negara a vender un ejemplar de Finnegan’s Wake a un soldado alemán.

Shakespeare and Company

Tras la guerra, Whitman quiso continuar con el legado de la librería y abrió la actual Shakespare and Company junto al Sena. A pesar de los turistas que invaden el local, la librería todavía conserva cierto encanto y ese olor peculiar que desprenden los cientos de libros, nuevos y de ocasión, que se amontonan en las estanterías.

Tampoco han perdido encanto los cerca de 200 libreros que se instalan en las orillas del Sena y sus casetas de latón verde, donde los libros de viejo se han visto obligados a competir con souvenirs de la ciudad. Una instantánea más que típica de París. De hecho, ¿qué sería de París sin sus famosos bouquinistes? Merece la pena tomarse un respiro y pelear con curiosos y bibliófilos para tratar de hacerse con algún tesoro.

Más decadente que Saint Michel, el que fuera otro de los principales centros artísticos de la ciudad durante la belle époque, Montparnasse, conserva también algunos lugares de referencia para los aficionados al arte y la literatura. Le Coupole, en el 102 del boulevard Montparnasse, tuvo como clientes a Josephine Baker o Jean Paul Sartre, mientras la Closerie des Lilas se convertía en el bistrot favorito de Scott Fitzgerald y Hemingway. Artistas como Modigliani, Soutine o Utrillo preferían beber, recitar versos y armar sus escándalos particulares en Le Dôme o La Rotonde.

Closerie des Lilas

La Biblioteca Alemana de la Libertad

Además de los cafés, uno de los lugares más atractivos y más desconocidos de este distrito bohemio es La Cité Fleurie, ubicada en el número 65 del boulevard Arago. Si bien a principios del siglo XX albergó los talleres de artistas como Rodin, Modigliani o Gauguin, la cité fue sede entre 1934 y 1939 de la Biblioteca Alemana de la Libertad, fundada por autores alemanes contrarios al régimen de Hitler con el apoyo de escritores franceses. Durante la ocupación de París, los nazis destruyeron todas las obras.

En este singular recinto, un espacio reservado hoy a artistas, se ocultaron más de 11.000 libros de autores prohibidos por los nazis. Durante la ocupación de París, todas las obras fueron destruidas.

Entre estos autores perseguidos figura Joseph Roth quien, huyendo del nazismo, se exilió a París. Enterrado en el cementerio parisino de Thiais, Roth escribió poco antes de morir alcoholizado La leyenda del Santo Bebedor, un relato que se desarrolla bajo los puentes del Sena y en el que también tiene protagonismo la iglesia de Sainte Marie des Batignolles.

En realidad, París huele a literatura en cada esquina. Sentarse a tomar un café en una de sus magníficas terrazas, acercarse a la Maison de Víctor Hugo en plena Place des Vosges, rendir respetos ante la tumba de Heine en el cementerio de Montmartre, visitar alguna de sus excelentes librerías o simplemente dejarse perder por las callejuelas de la ciudad es una excelente manera de saborear el París más literario.

La Biblioteca Alemana de la Libertad

Fotografía: Ágata Sala