La única criatura enorme e inofensiva

 

La experiencia nos enseña que, si las cosas salen bien en ciencia y los experimentos triunfan, podemos conseguir un avance que cambie la historia de la humanidad. Lo que no nos enseña es que a veces los experimentos salen mal a pesar de repetirlos miles de veces y que, a veces, los resultados se quedan en un cajón de la mesa de un despacho.

Lo que tampoco se cuenta es que a lo largo de la historia el avance del ser humano se ha realizado gracias al sacrificio de vidas humanas. Ha ocurrido lo mismo con algunos científicos o ciertas empresas. Con la excusa del progreso y la riqueza, o por otras razones oscuras que todos imaginamos, en algunas ocasiones se han puesto en juego las vidas de decenas o miles de personas de forma consciente o cuando algunos han preferido mirar a otro lado.

Uno de los últimos casos afecta a la manipulación genética de embriones. El equipo del científico chino He Jiankui ha creado los primeros bebés modificados genéticamente. Este equipo ha editado los embriones de un par de gemelas con la técnica CRISP, una especie de tijeras moleculares para editar el genoma. Los científicos afirman haber hecho a estos bebés resistentes al virus causante del sida. O eso es lo que aseguran. Pero la técnica, y eso sí se sabía antes del experimento, no es totalmente segura, por lo que podrían producirse mutaciones indeseadas.

No consiguieron publicarlo en ninguna revista científica, esas que son revisadas por expertos y que aseguran con bastante credibilidad que lo que se dice es cierto. Pero lo anunciaron en un congreso de su disciplina. Lo que no contaron es que nunca recibieron la autorización necesaria para hacer este tipo de procedimiento; ni siquiera lo intentaron, tal vez porque no lo hubiesen conseguido.

Los comités de ética se llevaron las manos a la cabeza y las leyes entraron en juego, pero el daño ya se había hecho. No es un caso aislado, nunca lo son. Lo que supimos a continuación, después de que un grupo de expertos leyese los trabajos del científico, es que no se reprodujo la mutación genética que confiere la resistencia al VIH, pero sí parece que han creado mutaciones involuntarias en las gemelas. Estas niñas tendrán que ser vigiladas muy de cerca por un grupo de médicos e investigadores al acecho de cualquier enfermedad que pueda surgir de este juego inhumano.

Algo tan reciente me hace recordar historias del pasado, como la llamada Real Expedición Filantrópica de la Vacuna. Este proyecto de tres años de duración embarcó a veintidós niños huérfanos con destino al Nuevo Mundo. Durante el viaje, los niños fueron contagiados con la viruela cada nueve o diez días para mantenerla con vida; la transportaron en sus cuerpos como si fueran ratas de laboratorio.

Si el ser humano es capaz de poner en peligro a los de su especie, cuesta pensar que no pone ni ha puesto en riesgo a los animales con la excusa del falso bien común. La ucronía que presenta La única criatura enorme e inofensiva recoge dos momentos históricos que ocurrieron a principios del siglo XX en Estados Unidos, pero que son poco conocidos en otros países: las chicas del radio y la elefanta Topsy. Las historias de este libro de Brooke Bolander hablan de vencidos, de personas y animales usados para el avance del ego, de empresarios enriquecidos y de investigadores convertidos en seres orgullosos con una única verdad: la suya.

Parece que, en tiempos de guerra, de competición, todo vale para ganar. En tiempos de guerra cualquier ventaja contra el enemigo está justificada. Las víctimas serán las heroínas del futuro, pero deberán morir en el proceso.

Las dos historias en las que se basa La única criatura enorme e inofensiva, que retuerce, exprime y gira la realidad hasta convertirla en casi un sueño, se olvidaron con el paso del tiempo. Pero hoy en día forman parte de la cultura popular estadounidense y son dos grandes ejemplos del sacrificio de algunos en pro del avance del país o en pro del avance del ego y de la economía de algunos; ¿no es acaso lo mismo? Brooke Bolander extrae los momentos más simbólicos de ambos, les da la vuelta, los lleva a un universo imaginario y los une en una sola historia; junta a las víctimas para que se defiendan del atacante. Pero son dos historias reales, son hechos que ocurrieron, son relatos que recogen el sufrimiento de muchas mujeres y de una elefanta que fueron básicamente sacrificadas por el manido bien común.

Cuando se mira el avance de la ciencia, a veces es difícil distinguir lo que es bueno de lo que no lo es, lo que está justificado para el avance y lo que no. Pero es evidente que la autora ha elegido dos historias que hoy parecería difícil que sucedieran, especialmente por su crueldad extrema.

La Primera Guerra Mundial y la entrada de Estados Unidos en el conflicto provocó la gran necesidad de que los soldados estadounidenses estuviesen sincronizados con sus superiores. La demanda de relojes se multiplicó, pero en especial los modelos que les permitiesen ver la hora en la oscuridad de las maniobras nocturnas. El descubrimiento de un nuevo elemento luminiscente poco tiempo antes, el radio, les dio la idea.

Y, como siempre que se las necesita, entraron las mujeres a las fábricas. Cerca de cuatro mil mujeres trabajaron durante años en la compañía United States Radium Corporation de Nueva Jersey cubriendo las esferas de esos famosos relojes luminiscentes con una pintura que contenía radio.

Seguro que podemos imaginar el desconocimiento que estas mujeres tenían de los peligros del radio, que también acabaría con la vida de su descubridora, la científica Marie Curie. Nadie les habló de los riesgos que suponía trabajar con ese elemento y el cáncer acabó llenando sus vidas. Trabajaban sin ningún tipo de protección e, incluso, cogieron la costumbre de lamer las cerdas de los pinceles que utilizaban para pintar los relojes y dibujar con más precisión. Así consumieron dosis letales de radio vía oral. Es curioso que los químicos de las empresas sí manipulasen el radio con sumo cuidado. Algo debían saber que ellas desconocían.

Los dentistas fueron los primeros en darse cuenta de que algo iba mal. Las trabajadoras acudían a sus consultas con grandes dolores porque sus mandíbulas se desintegraban sin razón aparente. Esos pinceles habían inyectado la ponzoña en cada milímetro de sus bocas. Y así, poco a poco, los tumores empezaron a apoderarse de ellas y se multiplicaron por otras partes de sus cuerpos. No es necesario ver las imágenes de cómo quedaron de desfigurados sus rostros para imaginar el tremendo dolor que sufrieron y lo difícil que tuvo que ser entender que todo se podía haber evitado. Las pruebas dieron resultados poco sorprendentes: se detectaron en sus organismos niveles de radiactividad mil veces superiores al máximo tolerable.

Con años de lucha, y tras la muerte de la mayoría de ellas, consiguieron que los derechos laborales mejorasen. Las empresas relacionadas con el radio negaron lo evidente y pleitearon durante años en los tribunales. Usaron estudios fraudulentos realizados por médicos y especialistas que habían sido sobornados, prolongaron los juicios todo lo posible y pagaron las indemnizaciones lo más tarde que pudieron. Hay veces que el valor de una vida es ínfimo y vergonzoso. Eso sí, su historia promovió que el Congreso de los Estados Unidos votara a favor de una legislación industrial donde se establecieron los derechos de los empleados que contraen enfermedades laborales. Es curioso que las mujeres, que por entonces no participaban en las guerras, se estuviesen jugando la vida en casa, mientras los hombres supuestamente las defendían a ellas y al resto del país de la muerte en manos de los enemigos.

Se legisla tras el desastre, porque parece que hay que escribir normas, prohibir o negar cosas para que el ser humano se dé cuenta de lo que se debe hacer y lo que no, de lo que hace daño a los demás y lo que no. Esa legislación vino tras la muerte de esas inocentes, al igual que el código de ética médica de Nuremberg, que recoge una serie de principios que regulan la investigación en seres humanos y que tiene un origen oscuro. El documento se publicó en 1947 tras los juicios a la jerarquía nazi durante la Segunda Guerra Mundial. En ellos, algunos de los genocidas fueron juzgados por las atrocidades que hicieron a los prisioneros en los campos de concentración, convertidos en muchos casos en auténticas cobayas humanas.

Se pueden encontrar puntos en común, porque el código planteaba diez temas que protegían a las personas de prácticas científicas inadecuadas. Entre ellos, se señala que el médico se compromete a evitar cualquier tipo de sufrimiento físico o mental al paciente. Y, aunque parezca obvio, también incluye que no debe llevar a cabo ninguna investigación si se cree que puede ocasionar la muerte o provocar una incapacidad al sujeto que participa en ese estudio. Además, el sujeto de la investigación, que podría aplicarse a las chicas del radio, debe conocer los detalles y dar su consentimiento.

Cuesta pensar que vivimos en un mundo en el que es necesario dejar por escrito que no se debe torturar a otro ser humano. Pero sí, todos sabemos que sigue siendo necesario.

Con su muerte consiguieron que los derechos laborales mejorasen, no hay duda, pero parece mentira que haya que tener una muerte tan horrenda para que la sociedad avance y las leyes te protejan. Eso sí, los derechos en muchas ocasiones solo protegen a unos pocos.  Algunas de esas cosas todavía no han cambiado, no para todas.

Algunos medios, solo algunos, nos muestran que no es necesario irse tan lejos para ver cómo los derechos laborales desaparecen en fábricas del inframundo y las enfermedades relacionadas con el trabajo y sus tratamientos se destrozan bajo los ladrillos de una explosión o el derrumbe de los edificios. Hoy sabemos que familias enteras duermen en los suelos de las fábricas de países con otra lengua. Sus sueldos no les permiten tener una casa en la que descansar esas espaldas agotadas, además de que estando allí pueden trabajar más horas.

El desconocimiento ha sido una de las razones por las que a lo largo de la historia se han cometido auténticas barbaridades. Que Curie se expusiese a diario a la radiación, porque guardaba en los bolsillos de la bata de trabajo los tubos de ensayo con radio, fue desconocimiento, y eso le provocó la muerte. Pero no hay palabras para narrar lo que significa poner en riesgo la vida de los demás para beneficio propio conociendo el riesgo: es la deshumanización hecha victoria. Y pocos saben que algunos de los científicos e inventores más conocidos del mundo poco dudaron en arriesgar la vida de personas y animales para ser más conocidos o ganar más dinero.

Las vidas humanas no se respetaron, pero la otra historia, que tiñe de sangre las páginas de La única criatura enorme e inofensiva, es la que narra la crueldad animal y el ego de la ciencia. Si no importó a casi nadie que en los felices años veinte un grupo de mujeres trabajase a destajo rodeadas de muerte, poco les iba a importar a la mayoría la vida de un animal, aunque fuese uno de los más grandes del mundo.

El entretenimiento humano es realmente peculiar. En muchos casos esa diversión nos la genera un animal, al que muchos consideran inferior, que no es como nosotros… No es generalizado este pensamiento, ya no, pero sigue estando grabado a fuego en millones de personas de todo el mundo. Por ese motivo nos parece normal arrancar de las garras de sus madres a animales de cualquier especie, sacarlos de su hábitat y llevárnoslos a casa para nuestro disfrute.

Mientras que, no solo contentos con ello, dedicamos nuestro tiempo a observar cómo animales de cualquier especie dan saltitos, brincos, obedecen órdenes absurdas o dan increíbles piruetas en el aire solo para nuestro deleite. Y pagamos para estar en primera fila de ese espectáculo o poder formar parte de él.

Lo que no se dice es el sufrimiento que padecen estos animales. Los hay encadenados, sometidos a vejaciones o encerrados en pequeñas peceras que no sustituyen el océano infinito del que proceden. Se intenta domesticar a animales salvajes, se intenta acallar almas libres, se consigue adormecer temporalmente a la criatura, destrozar el alma del animal. Pero muchos olvidan que es difícil apaciguar para siempre al luchador. Esa es la historia de Topsy, una elefanta humillada hasta la saciedad, maltratada a la primera de cambio y asesinada por ser exactamente lo que era: un animal salvaje.

Topsy, nacida en Asia alrededor del año 1875, fue toda una revolución en la época. Tras ser transportada hasta América, como todos los animales dedicados al espectáculo, fue sometida a una dura disciplina para aprender pequeños trucos y que se subyugara a los designios de los hombres.

Topsy tenía veintiocho años cuando murió electrocutada. Hasta entonces, esta elefanta había sido una de las grandes atracciones del parque de Luna Park en Estados Unidos. Pasó su vida en este particular nuevo mundo siendo disciplinada, golpeada y usada para el transporte de cualquier visitante que quisiera montar sobre ella. Ya es difícil ser obligada a hacer cosas que no quieres: sufrir latigazos constantes puede volver loco a cualquiera.

Hoy en día ya no es tan fácil ver animales en los circos, pero pocos se libran de tener fotografías con tigres asiáticos drogados para que puedan ser zarandeados por los turistas. Si un animal salvaje está sentado tranquilamente junto un hombre que lo tiene encadenado, si te lo colocan en el hombro sin miedo a que te haga algo, o está drogado o le han extirpado sus afilados colmillos o sus temibles garras para que no puedan atacarte. Y no, ellos no han nacido para nuestro disfrute ni nuestras fotos.

La elefanta Topsy fue maltratada y ella se vengó, sacó el animal salvaje que llevaba dentro y se rebeló contra el que le hacía daño, el hombre. Así, en solo tres años, los últimos de su vida, la ya no tan complaciente elefanta mató a tres hombres. Uno de ellos fue su cuidador, un borracho que, entre otras muchas cosas, le daba de comer cigarrillos encendidos. Y el animal maltratado, antes sumiso y servicial, se convirtió en un peligro público. La rebelde ya no era útil y nadie la quería. La única opción que vieron era acabar con ella, haciéndola culpable de los delitos de los hombres, responsabilizando a un animal que se defendía del sometedor, del enemigo.

Se salvó de la horca por poco, aunque puede que le tocase un final peor. Una sociedad que abogaba por la protección de los animales protestó y se encontró entonces lo que se consideró una forma más adecuada para acabar con ella: la electrocución. El famoso inventor Thomas Alva Edison fue el encargado de su muerte, que llegaría de la mano de la corriente alterna, el avance del científico Nikola Tesla, y no a través de la corriente continua, descubrimiento del propio Edison. Las malas lenguas dicen que Edison y Tesla todavía seguían luchando por cuál de los dos sistemas era mejor, por eso Edison eligió el de su competidor, para demostrar la peligrosidad del mismo. Aunque parece que aquella disputa había terminado diez años antes, también podría ser que perdonar no es olvidar, y menos cuando con en esta innovación había tanto dinero en juego.

Antes de electrocutarla, a la elefanta le dieron de comer zanahorias rellenas de cianuro. Así, Topsy fue colocada sobre una plataforma metálica y conectada a todo tipo de electrodos y se le aplicaron seis mil seiscientos voltios que acabaron con ella en menos de un minuto. Tal vez la historia no habría llegado hasta nuestros días si el equipo de Edison no hubiese grabado el terrible momento, que fue visto en directo por más de mil quinientas personas y luego por cualquiera que quiso verlo en los cines de todo el país. Los últimos instantes de esta famosa elefanta se pueden definir en descargas, calambrazos, temblores, dolor y humo provocado por las quemaduras.

En común, ambas historias tienen al ser humano destructor, al omnipresente y todopoderoso que todo lo quiere controlar y que no duda en someter y matar para conseguirlo. La autora las mezcla, las transforma y las combina, para convertir a las víctimas en seres que pueden tomar, aunque sea por unos instantes, las riendas de sus vidas y hacer justicia.

¿Se ha aprendido de ello? ¿Somos capaces de no cometer el mismo error una y otra vez? Solo la historia hablará de la maldad del hombre, el mismo que destroza su entorno, arrasa los bosques y esquilma los océanos. No, no parece que la historia vaya a cambiar. La humanidad se tropieza una y otra vez con la misma piedra, que siempre tiene forma de ego.

Este texto es el prólogo del libro La única criatura enorme e inofensiva, debut literario de Brooke Bolandery, ganadora del premio Locus y el Nébula, que acaba de publicar la Editorial Crononauta. Se puede adquirir aquí.


Subterránea

Laboratorio Subterráneo de Canfranc (LSC).

Este artículo ha sido finalista del concurso DIPC de divulgación del evento Ciencia Jot Down 2018

Era un viaje como otro cualquiera, una aventura divertida, un trabajo fácil y original, o eso creía entonces. Hace unos días me decían que iría a un laboratorio subterráneo, así, sin más, encerrado en las montañas, y me hablaban de él como si de una zona secreta se tratase.

—Tiene el acceso restringido, pocos lo han visitado, allí se quiere cambiar lo que sabemos del universo —me decía el editor.

Y no supe hasta más tarde que este viaje sí cambiaría nuestras vidas para siempre, que esta experiencia me reafirmaría como una defensora de la ciencia y me llevaría a intentar cambiar el mundo. No sabíamos entonces que jamás volveríamos a ser los mismos.

Joan y yo nos subimos al coche. Lo dicho, era un trabajo más, así que, como buen ratón de biblioteca, me ajusté las gafas y me dispuse a dar una clase magistral a mi compañero de viaje sobre mis conocimientos. Ese fue mi primer error, luego vería que no sería el último. Joan se lo sabía todo, ajustaba objetivos y cámaras en su mochila como quien juega al Tetris mientras me hablaba de profundidades, de científicos extranjeros, de experimentos nuevos y sonreía como hacía siempre. Me había pillado otra vez. Me habló del experimento Next de física de astropartículas, de geología, y de un estudio nuevo, el Proyecto Gollum, que pretende buscar bacterias nuevas.

—Empollón —le espeté riendo—, siempre me haces lo mismo.

Habíamos atravesado poco a poco el Pirineo aragonés, disfrutando de cada matojo verde, de cada imagen nueva, de toda una montaña llena de árboles centenarios. El viaje no podía haber ido mejor y frente a nosotros teníamos ya la montaña del Tobazo.

Así llegamos a la entrada de la antigua estación de Canfranc. El viaje, ahora sí, empezaba realmente. Le hice una señal con las luces, Carlos nos esperaba en la entrada, junto a dos coches y a un grupo de jóvenes investigadores que no nos hicieron mucho caso. Le saludamos rápidamente y nos indicó que le siguiéramos con el coche, no había tiempo que perder.

Tal vez era solo mi sensación, pero parecía que nos metíamos en un búnker de la guerra, con grandes puertas metálicas que cerraban el paso a los curiosos y nos abrían a nosotros un mundo totalmente desconocido. Entendimos entonces la suerte que teníamos de poder estar allí. Viajábamos a lo que parecían los confines de la Tierra. Puerta metálica tras puerta metálica, nos acercábamos poco a poco a la zona cero. Intuíamos que esos pasillos que recorríamos en coche, esas carreteras subterráneas, nos darían un buen titular. Así, a 800 metros de profundidad, paramos los motores.

Bajamos de los coches y seguimos al equipo de científicos. Estaba claro que no nos iban a dejar parar ni un segundo.

Estábamos allí porque es una instalación especial, como el CERN, en Ginebra, o el Observatorio Kamioka de Japón, otras dos grandes obras maestras de la ingeniería científica. Aquí, la montaña filtra la radiación cósmica creando el «silencio cósmico». Este silencio es necesario para la investigación de sucesos naturales particulares como son la colisión con un átomo de neutrinos provenientes del cosmos o partículas de la invisible materia oscura. Esta materia oscura nos rodea, aunque no nos demos cuenta. De hecho, aunque los investigadores aún no tienen muy claro qué son, estas partículas forman el 85% de la masa del universo… Y queríamos que nos diesen todos los detalles de sus siguientes investigaciones porque, según los expertos, los resultados no tardarían en llegar.

Carlos, el nuevo director del centro, nos estaba poniendo las pilas. Íbamos de un sitio a otro. Hablaba de los límites de la física, de física nuclear y de astropartículas, de la detección de la materia oscura… De repente, se paró en seco y se giró.

—¿Tú crees que el neutrino puede ser su propia antipartícula? —me espetó Carlos. No esperó mi respuesta, dio la vuelta y siguió andando.

—Eh… —acerté a decir.

—Ya veremos, yo creo que sí —dijo como para sí—. En uno de los experimentos estamos buscando un tipo inusual de desintegración doble beta sin neutrinos, ya veremos —repitió. Y siguió andando.

Nos dejó hacer fotos por todas partes. Éramos solo dos, pero parecía que habíamos tomado el laboratorio. Para cuando me di cuenta, Joan ya estaba subido a una escalera y tiraba de flash. Los investigadores sonreían, se sabían protagonistas de la historia. Les habían dicho que íbamos y, claro, se habían puesto sus mejores camisetas, estaban todos «rotulados» con frases de apoyo a la ciencia y del propio LSC. Carlos me miró y me sonrió.

—¿Qué esperabas? —sonrió satisfecho—. Hemos venido preparados.

Y yo empecé a preguntar.

—Carlos, sé que diriges un proyecto un tanto peculiar. Aquí también se hace geología…

—Venid, os lo enseño… —y echó a andar sin mirar atrás.

Qué tendrán los físicos, que son los mejores sorteando preguntas. Será porque sus partículas también son esquivas.

Salimos de la zona de los experimentos y nos dirigimos hacia el túnel de Somport.

—Estamos trabajando en una zona muy interesante —avanzó—. ¿Queréis verlo?

No hubo dudas y echamos a correr detrás de él, mientras que el último flashazo de Joan rebotaba en las paredes.

Más adelante vimos unas luces, dos investigadores se afanaban en coger muestras. Cubiertos hasta las cejas, entre mascarillas, batas y guantes no había forma de saber quiénes eran. Así, agujereaban poco a poco el túnel…

—Hoy terminamos el muestreo —nos avanzó Carlos—. Tenemos que llegar hasta el Paleozoico y para eso ya no queda nada —sonrió.

Después de comer volvimos a los laboratorios, nos quedaba todavía mucho trabajo que hacer. Ni siquiera había empezado las entrevistas.

Mientras Carlos acompañaba a Joan a la Sala Blanca (allí guardaban todas las muestras que habían recogido en los últimos días), yo decidí acercarme otra vez a la zona de muestreo. Hacer las fotos les llevaría casi una hora, pensé.

Seguí avanzando. La luz de la instalación me llamaba, cambiaba de intensidad a cada instante, como siguiendo la luz de mi linterna. Enfoqué otra vez mientras me acercaba poco a poco. Qué raro, pensé.

Oí un ruido seco y caí hacia delante, estrellándome contra el suelo arenoso del túnel. Antes de desmayarme, todavía tuve tiempo de ver mi linterna tintinear tres o cuatro veces antes de apagarse definitivamente. La oscuridad me envolvió.

Desperté en el interior de la zona de experimentos, adonde me habían llevado a esperar a los servicios de emergencia, que pronto descubriría que nunca llegarían.

Antonio, uno de los investigadores más jóvenes y que hasta ahora había permanecido al margen, empezó a interrogarme, y me sonreía cuando yo adivinaba el número de dedos que me mostraba. Ni que fuese tan difícil, pensé. Mis ojos, poco a poco, se iban adaptando a la luz. El resultado de la experiencia era que, en la caída, me había golpeado en la ceja.

—No parece que tengas nada. Lo importante es que ves bien, y la herida no es profunda. Te has debido golpear contra la pared y luego al caer al suelo —me dijo Antonio.

Yo siempre defendí que fui atacada, que algo o alguien me golpeó y que eso me provocó la caída, no fue casual, alguien no quiso que viera algo. Pero no puedo probarlo, lo que pasó en el túnel se quedará en el túnel.

Y volvimos a la realidad de golpe.

—Estamos aislados —dijo Carlos mientras se ponía serio—. No va a venir nadie a ayudarnos.

—No lo entiendo, ¿qué ha pasado? —pregunté asustada.

—Han desaparecido las muestras —empezó a explicar.

—Sigo sin entender el aislamiento —insistí.

—Cuando te has desmayado… —empezó Carlos.

No le dejé seguir.

—Que me han golpeado, que yo no me desmayo sin más —repetí.

—Bien, eso no importa ahora —continuó—. Cuando hemos ido a buscarte al túnel, alguien ha desvalijado la Sala Blanca. Está patas arriba.

—¿Cómo? —pregunté. No me podía creer lo que estaba oyendo.

Alguien había abierto la Sala Blanca y había robado las muestras del túnel recogidas en los últimos días. Todas las muestras habían desaparecido, no habían dejado nada. No estaban destrozadas, no se habían caído, repetía Carlos en voz alta, las han robado. No estaban, él las dejó allí, sabía dónde estaban, y ya no estaban, era así de sencillo.

Carlos miró a Antonio, estaban seguros, no había sido casual, era un robo.

—Por eso —empezó a explicar Antonio—, en cuanto nos hemos dado cuenta hemos pulsado el botón de aislamiento. Nadie podrá salir de aquí hasta que comprobemos el protocolo para ver qué ha pasado.

Carlos guardaba una carta en la manga. Hasta entonces no nos había dicho que dos semanas atrás había enviado muestras fuera del laboratorio, con la máxima seguridad y, por lo visto, la mayor discreción, porque ni Antonio lo sabía. Al otro lado de estas paredes de roca alguien las había recogido y enviado a secuenciar.

De repente, el teléfono de la oficina empezó a sonar. Carlos echó a correr y descolgó el teléfono. «Son muestras de aquí, de aquí, sí, de Canfranc», oíamos decir a Carlos. Entonces, dejó caer el teléfono y echó a correr hacia la zona del túnel donde a mí me habían golpeado. Se paró en seco y se colocó frente a las luces, mientras sacaba un arrugado papel de su bolsillo y las encendía todas.

Le vimos apagarlas y encenderlas mil veces, y mirar a la pared. Nada, no sabíamos qué estaba haciendo. Volvió al teléfono, desanimado, dijo cuatro palabras y colgó. Abrió el portátil y me miró.

—Dicen que estamos ante algo único, pero yo no veo nada —balbuceó.

Así, enfrentado al botón de cargar correo, como en las películas, decidió pulsarlo y ya nada volvió a ser igual.

Se cargó el correo electrónico y Carlos empezó a leer. Leía y releía el correo y, de repente, echó a correr de nuevo y, esta vez sí, todos le seguimos. Corría como un loco.

Nos paramos detrás de él, casi con miedo a respirar. Nos hizo una señal y enfocamos las linternas hacia la pared. Nada. Y Carlos nos hacía señales para que siguiéramos. Nada. Pero entonces lo vimos, un gran destello en la roca, y nos quedamos atónitos. El silencio inundó el túnel por primera vez en mucho tiempo.

Veíamos una especie de masa eléctrica con distintas tonalidades, una materia extraña que parecía moverse impulsada por la luz que llegaba de nuestras linternas. La masa iba desde el azul más eléctrico al naranja más brillante, aunque parecía que el azul dominaba sobre los otros colores… Cada descarga, cada vez que el azul se intensificaba, provocaba el encendido en cadena del resto de colores y surgía una especie de ola que contagiaba al resto.

La cara de Carlos no podía ser más divertida, pasaba del asombro a la risita nerviosa sin parar, mientras miraba a la pared del túnel y comprobaba no sé qué en el papel arrugado que apretaba entre sus manos.

—Haz vídeo, Joan, tiene que ser vídeo —gritó—, así se verán los cambios ¡víííííííídeo! —y volvió a salir corriendo como un loco.

Este laboratorio subterráneo, oculto a los ojos de la mayoría, acababa de dar un giro de 180 grados a lo que los científicos sabían de las bacterias y, probablemente, de la energía. Carlos lo sabía, lo había conseguido, había descubierto una bacteria nueva. La secuenciación del ADN no miente, el descubrimiento era espectacular. Había descubierto a Gollum, un ser único, el extraterrestre de las profundidades…

Sabíamos que estábamos ante algo insuperable, ¿bacterias mutualistas? Ya estamos acostumbrados a otros animales realizando este tipo de colaboración; el tiburón y la rémora o las anémonas y el pez payaso. Unos cobijan y dan protección, los otros, vasallos fieles, son una ayuda imprescindible en todo caso.

Pasaron semanas. El equipo casi no durmió y, aunque hacían turnos infernales, nunca he visto a nadie tan feliz. Probaron mil experimentos con las bacterias, literalmente todo lo que se les ocurrió y que tenían a mano. Esa masa era la Torre de Babel, una mezcla de bacterias distintas trabajando conjuntamente, eso sí, dominadas por el «idioma común» de las bacterias azules.

Las sometieron a condiciones extremas de temperatura, oxígeno e, incluso, las sometieron a radiación, en fin, todo lo que pudieron. Y aunque comprobaron las cámaras de vigilancia, no habían descubierto qué había pasado con las muestras.

Volvimos a Canfranc semanas después para ver y fotografiar sus avances. Teníamos la exclusiva, nosotros contaríamos sus primeros resultados. Nosotros tendríamos el honor.

Paramos el coche y me lancé a abrazar al equipo, que ya nos esperaba en la entrada. Las caras lo decían todo….

—Lo habéis conseguido —grité.

Y volvimos a hacer el recorrido subterráneo a esos pasillos que conocía tan bien. Llegamos a la entrada de los laboratorios y bajamos de los coches. De repente, hubo un estruendo, se fue la luz y todo se quedó en silencio…

Ahora, han pasado ya diez años y el LSC se ha convertido en un lugar inundado de papeles. El trabajo que allí se hace ha llenado revistas científicas, ha copado portadas de periódicos de todo el mundo y ha abierto informativos. Ellos han cambiado el mundo y yo pude escribir sobre ello. Eso sí, nunca he contado la bromita que me hicieron en mi primer regreso a Canfranc. Mira que provocar un apagón… para que luego digan que los científicos no tienen sentido del humor.

Estos años nos han enseñado a todos que la ciencia no tiene límites, que no puede parar, que el siguiente descubrimiento siempre está por llegar. Y que las ideas, como les ocurre a muchos, no nos pillarán durmiendo, nos pillarán en las profundidades de la Tierra, en Canfranc, claro.

Y la bacteria ya tiene nombre, después de muchas peleas, se llama Subterránea, aunque yo la habría llamado Gollum, y no ha sido la única descubierta hasta el momento. Se trabaja con ella para averiguar con detalle cómo es capaz de condensar la energía. Es como es, esquiva y misteriosa… y es del Paleozoico.

Subterránea duerme ahora en un laboratorio de alta seguridad, como un tesoro único e irrepetible al que hay que estudiar, proteger y, esperamos, replicar… y científicos de todo el mundo hacen fila para conseguir unas pocas horas de trabajo en este lugar o ser los primeros en enterarse del avance de las investigaciones.

Muchos creen, yo entre ellos, que lo más grande está aún por llegar, esto no ha hecho más que empezar.