Gürteland

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Celebración en la calle Genova frente a la sede del Partido Popular, vinculado a la trama Gürtel. Foto: Cordon Press.

Nicky Santoro, el descerebrado gángster que interpreta Joe Pesci en Casino, era capaz de apuñalar a un tipo con una estilográfica, enterrar el cadáver enrollado en un mantel de cuadros en mitad del desierto, dormir como un bendito y levantarse para desayunar unas tostadas con mermelada en el mejor sitio de Las Vegas. Ese era el mismo plato que elegía el ascético Michael Corleone en El padrino III junto a un zumo de naranja natural. Y el mismo que, rodeado del lujo barroco del Hotel Lexinton de Chicago, degustaba Robert de Niro travestido de Al Capone en Los intocables de Elliot Ness. Si te empeñas en que tu gente te llame «Don Vito» y aspiras a protagonizar el mayor caso de corrupción de la historia de España, no tienes mucho margen para pedir otra cosa. Ponme tostadas y zumo de naranja, anda. 

Estamos en España, año 2003. Se hace llamar Don Vito, sí, pero en realidad los camareros de la cafetería Serrano 48 lo conocen como el Chuloputas por sus maneras déspotas. Se mueve con la seguridad de Frank Costello en Infiltrados. Es el capo del barrio y aprovecha todas las mañanas para dejar propinas de cuarenta euros, comprar lotería para todos sus esbirros y hacerlos esperar mientras que el limpiabotas de la puerta le encera los mocasines de setecientos euros. El mantra que repite a diario ante su séquito: «Soy el señor Correa y estas son mis pelotas». 

Esos zapatos de setecientos euros pertenecen a su colección, que descansa en una de las suites que, a quinientos euros por día cada una, posee en el Hotel Fénix, en la madrileña plaza de Colón de Madrid. Durante meses, los mejores meses de su existencia, alquila estas habitaciones para disfrutar como John Gotti, el mafioso neoyorquino de los trajes elegantes, que hizo de la ostentación una forma de vida. El señor Correa hizo vaciar una de las estancias, comunicada con la otra, para llenarla con caballetes para sus mejores trajes. 

Hoy nadie conoce a nadie, pero esa es la época en la que Correa es reverencialmente saludado por todos en el cercano cuartel «popular» de la calle Génova. Bárcenas, Sepúlveda, Galeote, clin clin, caja. ¡Buenos días, señor Correa! Una mafia suele reemplazar al Estado donde este no existe, pero aquí el Estado está por todos lados. Audiencia Nacional, Tribunal Supremo, Ministerio del Interior, sede del Partido Popular, en esos momentos en el Gobierno… Gürtel parasita poco a poco el corazón del Estado, con la gran bandera de España de Colón como kilómetro cero de la metástasis.     

Estamos en 2003, sí. Y la burbuja se hincha con dinero del ladrillo, el paro roza mínimos históricos, se alquitrana la costa, Seseña es El Dorado y Marbella, Shangri-La. El señor Correa nunca lleva tarjeta pero sí cinco mil euros en el bolsillo. Los reparte durante horas entre restaurantes de lujo, garitos de copas caras, suites de hoteles de cinco estrellas, burdeles con chicas de catálogo y tiendas de la milla de oro de Madrid donde tiene cuenta. ¿Profesión? Lubricador de contactos, especulador de amistades, buscavidas, conseguidor. Nacido en los años 50 en Casablanca, su familia se arruinó pronto y él se puso a estudiar en la mejor universidad del don de gentes: botones de hotel con solo trece añitos. 

En la mejor época de Correa, cuando vestía chaqué en El Escorial como testigo de la boda de Ana Aznar y Alejandro Agag, tuvo que comprar varias máquinas de esas de contar dinero de los bancos porque se cansó de hacerlo a mano sobre la mesa del hoy desaparecido restaurante Sorolla (Hermosilla, 4). Después de salir de la oficina de Pablo Crespo, en Serrano 40, donde estaba la que llamaban la «caja madre», iban allí a comer. En un reservado llamado Velázquez, que parecía el King’s Court de Donnie Brasco, Don Vito y sus chicos se repartían fajos de billetes como en una partida de Monopoli, solo que este juego era real hasta en lo de ir a la cárcel. Allí Don Vito y sus secuaces se venían a diario con alcaldes corruptos del PP, consejeros de la Comunidad, concejales de aquí y de allá. Yo te hago este acto en tu ayuntamiento, o en tu consejería, o en tu campaña electoral, a precio de amigo. Amiguito del alma. Tú te pasas por la joyería Suárez y eliges un reloj. El que quieras, ¿me oyes? Solo di que vas de mi parte, del señor Correa. Cuando el alcohol subía le gustaba decir eso de «somos empresarios de Champions League». 

Quien dice un reloj dice un bolso para tu señora, o un traje para ti, que vas hecho un desastre. Ya puesto, llévate varios. La comida, que empieza sobre las 2:30 de la tarde, se alarga mientras desfila por allí media Comunidad de Madrid. Correa come y bebe frugal. Ponme un gin-tonic, con dos dedos de ginebra, como a mí me gusta, les dice a los camareros. Cuando el negocio crece y extiende sus tentáculos hasta la Valencia de Camps y Ricardo Costa, alias Ric, gracias a Álvaro Pérez, aka el Bigotes, ya se cuentan en la mesa millones de euros. Sí, con máquinas de esas de los bancos que hacen brrrrrr. Un fajo. Brrrrr. Otro. Brrrrr. Champions League.   

Cada generación tiene sus barras fetiche para comer y emborracharse. Mario Conde y De la Rosa iban al restaurante Jockey (Amador de los Ríos, 6) y acudían a los servicios a hacerse confidencias cuando sospechaban que ya les estaban espiando. Correa llega a filmar, con cámaras ocultas, esas comidas interminables. Así, cuando un alcalde corrupto se afloja, le ponen el vídeo en la tele. Mírate ahí lo guapo que sales con los billetes, tío Gilito. Y vuelta a empezar. Yo te monto este acto en la plaza de toros, tú me lo pagas a precio de amigo. O sin acto, qué más da. Nadie huele el peligro. Todo sucede en una burbuja de impunidad. Son amigos de Aznar, se sienta en la boda de su hija junto a Berlusconi, toman copas con jueces y fiscales, los contrata el Gobierno de Esperanza Aguirre. ¿Qué puede pasarles? Correa les dice a todos que, como mucho, el tema del dinero en negro es una multa de Hacienda. Pero no te preocupes y elige un bolso de Louis Vuitton. O un Patek Philippe. O un viaje al Caribe. O un Jaguar. Solo hay una persona que odia a Don Vito en Génova: es Miguel Ángel Rodríguez, exministro y tertuliano, que casi llega a las manos con Cascos por intentar echarlo. Pero Correa en Génova es el señor Correa. 

A veces las comidas empalman con las cenas. La agenda es amplia y muchos los compromisos. Varios móviles al lado del cubierto del pescado que no paran de sonar. Bandeja del mejor jamón, taquitos de merluza con gulas, ese pulpito de lujo. Y vino del bueno. Después de cenar van todos a los sillones acolchados del desaparecido Balmoral (Hermosilla, 10) al que Loquillo le dedicó un disco. Cortinas de terciopelo grueso, copas a media luz y negocios aún pendientes que el alcohol termina por cerrar. En la cresta de la ola, Correa alquilará este legendario garito para las fiestas navideñas de su empresa, a las que acuden ministros, banqueros, magistrados y periodistas. Muchos periodistas. En ellas, Correa se siente como Tony Montana en el club Babylon. «The world is yours». 

Pero Don Vito alterna momentos de euforia con un carácter taciturno. Los que están junto a él perciben que, quizá, todo esto se le está yendo de las manos. Sotogrande, La Finca, Marbella, un tren de vida de jeque árabe que, cómo no, acaba a altas horas de la noche y de sultanas. Eligen el Pigmalión (calle Pinar, 6) como su sopranesco Bada Bing, el mejor google de panteras de Europa del este, comparable a aquella Costa Fleming que describía Raúl del Pozo por la zona de Cuzco. En este burdel los actores secundarios de la trama gastan trescientos euros cada uno en una hora de sexo más las copas, pero Correa desea intimidad. Por eso paga una fortuna y se lleva a una chica paraguaya hasta una habitación del Hotel Sanvy (Goya, 3), donde primero le hará las pruebas del sida para así tenerla para su uso personal durante semanas bajo siete llaves. Como si fuera su limpiabotas o su camarero en el reservado, tendrá un detalle en forma de propina. Cuando ella vuelve a Paraguay Correa le envía remesas de dinero. Porque Don Vito, como Corleone, es el gran capo, pero un capo con corazón.   

Algunos alcaldes, fascinados con aquellas bacanales de alcohol y sexo, fantasean con repetir la hazaña en chalets con chicas aún mejores. ¡Aún mejores! Cocaína para pintarse la cara como los actores del teatro kabuki, alcohol de primera, autobuses enteros de vikingas, eslavas y zíngaras. Y todo el mundo quiere participar. ¡Claro que sí! Lo monta el señor Correa. ¿Qué nos puede pasar? 


Capa: de plata, sangre y carmín

Capa: de plata, sangre y carmín
Robert Capa y Gerda Taro. Foto: Cordon Press.

Sabemos que aquella calurosa mañana del 5 de septiembre de 1936 estaba con su amada Gerda Taro y un grupo de milicianos cerca de Córdoba. Que bromeó con ellos durante horas en un bar, que subieron a las trincheras excavadas cerca del pueblo de Espejo y que, cuando se puso el sol, los fotógrafos bajaron de allí con varios rollos de película expuesta. La vida en el frente impresa en haluro de plata. Una de aquellas fotos se publicó poco después en la revista francesa Vu y se reprodujo un año más tarde en Life sobre el artículo Muerte en España. Hoy es la fotografía más icónica no solo sobre la guerra civil, sino sobre la guerra en general. Hasta aquí los hechos. 

Dicen que su protagonista se llamaba Federico Borrell García, aunque hay quien lo niega, y en la instantánea viste camisa blanca impoluta, pantalones y alpargatas de segador. Solo las cartucheras de cuero le dan un ligero aire marcial. El resto es campo gratinado por el sol y el cielo que va quedando antes del crepúsculo. Si Robert Capa, de veintidós años y nacido con seis dedos en una mano, quería obtener una imagen sobre el sacrificio de un pueblo por defender su República, esa era la imagen. Como todas las grandes fotografías de la historia, posee dos ingredientes en cantidades industriales: una incuestionable carga política y una leyenda indestructible, la que dice que en realidad la muerte del miliciano solo fue una escenificación, un burdo montaje.

La acusación más sólida proviene de un periodista británico llamado O. D. Gallagher, que aseguraba que Capa le había reconocido que la secuencia del miliciano había sido un montaje. «Un oficial republicano ordenó a varios soldados que fueran con Capa a unas trincheras cercanas para escenificar unas maniobras». Sea real o figurada, la muerte del miliciano le dio a Capa fama mundial. El mejor fotógrafo de guerra, tituló la revista Picture Post

De su madre heredó el carácter voluntarioso y estoico, lo que le valió para trabajar en las peores condiciones soportando la vida patética de los soldados. De su padre, un judío atildado y alegre amante de las fiestas, el alcohol y las mujeres, nació su lado seductor, su capacidad para meterse en líos y salir airoso, su magnetismo y su carisma incuestionable. Todos le rodeaban porque a su lado había dos cosas seguras: nadie sabía cómo acabaría la noche, pero todos intuían que sería divertida. Martha Gellhorn, amante de Hemingway durante la guerra civil y más tarde su esposa, los recuerda a ambos cruzando al galope la Gran Vía bajo las bombas y el hedor de dos mulas muertas en un lado de la calle para ir a Chicote, donde las bombas quedaban muy lejos y donde nunca faltaban alcohol de primera, cartas para jugar al póquer, cigarrillos y ninguna prisa por cerrar. 

Capa recibió en aquella guerra española su primera herida, que a la larga resultó incurable: su amada Gerda, exiliada como él, autodidacta fotógrafa de talento, la gran desconocida, autora de su seudónimo y de su marca, fue a cubrir la batalla de Brunete. Con la desbandada general de las tropas republicanas, un tanque arrolló su coche y murió poco después. Tan tocado quedó después de aquello que se marchó a China a trabajar en la guerra contra los japoneses. Un trabajo imponente durante seis meses que incluye las que son, probablemente, las primeras fotos de guerra en color de la historia. Capa no dejó de conocer a mujeres y acostarse con ellas durante toda su vida, incluidas actrices de Hollywood como Ingrid Bergman, pero con ninguna quiso casarse jamás. Ese hueco siempre sería para Gerda. De su pérdida no se recuperaría nunca. 

Su mérito no solo estuvo en llegar hasta el frente de batalla y darle al clic, sino hacerlo con una cámara hasta ese momento desconocida: una Leica III. Las fotografías de la Primera Guerra Mundial fueron tomadas con grandes cámaras de placas que requerían enormes trípodes y muchos segundos de exposición. Era imposible plantearse realizar fotografías de acción. Las pequeñas Leicas, los stradivarius fotográficos que llegaron tarde a la Gran Guerra, brillaban en la guerra civil gracias a Capa y Taro. Más ligeras que unos prismáticos, precisas como un reloj suizo y rápidas como una ametralladora Thomson, cambiarían por completo la historia de la fotografía. Solo quedaba que el fotógrafo tuviera el arrojo necesario para llevarla hasta primera línea. Capa era un gran fotógrafo en la retaguardia, donde documentó el hambre, las matanzas, el miedo. Su fotografía cercana y empática emociona y conmociona. Pero en el frente era el mejor, jugaba en su terreno. 

En los días previos al desembarco de Normandía, Capa organizó una fiesta épica en Londres, incluso para los estándares de una época en la que las cosas se celebraban como si no hubiera un mañana. La operación de apendicitis de su nueva novia, Elaine Fisher, a la que todos llamaban Pinky, había ido bien. Además se había presentado en la ciudad un viejo camarada de sus farras en España: Ernest Hemingway, a quien Capa llamaba con cariño Papá. John G. Morris, el mítico editor de Life, recuerda que el alcohol se acabó sobre las cuatro de la madrugada. El doctor Gorer y Hemingway decidieron ir a por más bebida en un coche, pero llevaban ya una borrachera tan bíblica que no tardaron en estampar el vehículo contra un depósito de agua. Hemingway salió volando por el parabrisas y pasó varios días en el hospital con la cabeza vendada. Así eran las fiestas de Capa. Pocos días después consiguió un permiso para acompañar a la I División de Infantería de EE. UU. en su inminente desembarco sobre una de las playas francesas. El Everest sin oxígeno del fotoperiodismo. Nombre en clave: Omaha Beach. 

Para los que ven a Capa como un fotógrafo mediocre, solo abrillantado por la leyenda, cabe recordarles que el día D era la quinta vez que Capa visitaba un frente de batalla en tres grandes guerras distintas, que en todas ellas superó a toda su competencia y que sus mejores fotos estaban por llegar. La mística del fotógrafo suicida, que perdió a su amada y que se enfrenta a las balas sin miedo queda destruida por él mismo. En su libro Ligeramente desenfocado, Capa narra cómo viajó en aquella lancha con forma de ataúd a suelo francés, cómo llevaba los rollos de película en condones sin usar para que no se mojaran, cómo el agua estaba alfombrada de cadáveres, cómo no pudo ni ponerse de pie, ni cambiar el carrete terminado porque las manos le temblaban por el frío y el pánico, cómo ni siquiera consiguió llegar a la orilla y se volvió a subir a una lancha médica. Y a pesar de eso, expuso dos rollos de película quemados en el laboratorio de Londres de los que se salvaron once fotos granuladas y algo trepidadas, the magnificent eleven, en las que se inspiró Spielberg para rodar su Salvar al soldado Ryan. En una de ellas, el soldado Edward Reagan, de Atlanta, que ha compartido desayuno con Capa minutos antes en el barco, avanza junto a él entre obstáculos anticarro y restos de la batalla. Aquel día murieron tres mil soldados estadounidenses sobre la arena de Omaha para ayudar a liberar Europa de la bota nazi.  

Sobrevivir a aquel torbellino mereció otra fiesta, que esta vez se celebró días después en Mont-Saint-Michel, el gran castillo sobre la playa que había sobrevivido a la guerra sin un solo arañazo. Hemingway no quiso perdérselo, al igual que Ernie Pyle, el mejor corresponsal de guerra de la Segunda Guerra Mundial y el único que visitó todos los frentes de batalla. En los bares de las ciudades en guerra nunca falta el champán. Y en la Francia liberada siempre había granjeros dispuestos a compartir queso y vino con aquellos tipos con cámaras. Hoy habían sobrevivido y mañana podría ser el último. Y no necesitaban más excusas. Entró en París, la ciudad en la que había conocido a Gerda, el cuarto de estar del exilio y la bohemia, con las tropas republicanas españolas, toda una metáfora de su vida. Life puso su oficina al lado de Maxim’s y todos los corresponsales míticos de aquella guerra que había que ganar se hicieron una foto: Hemingway, Pyle, Roland Penrose, Bill Vandivert, que llegó a entrar en el búnker del Führer en Berlín con los rusos, George Rodger, en uniforme británico, cofundador de Magnum, a quien más adelante se le rendiría una división alemana completa en el Reich, William L. Shirer, Joe Liebling de The New Yorker, David Scherman y la exmodelo Lee Miller, enviada especial de Vogue que meses más tarde se lavaría el polvo del campo de Mauthausen en la bañera de Hitler. En aquellos días también comenzaron a frecuentar el círculo de Capa una mujer lesbiana llamada Marlene Dietrich y un joven francés de ojos azules montado en una bicicleta: Henry Cartier-Bresson.  

Probablemente aquel fue el momento culminante del periodismo de conflictos, la mayor colección de talento nunca vista, todos bebiendo vino francés y esperando que la guerra acabara pronto. Después de aquello, Capa saltó en paracaídas con la 101 aerotransportada y fundó Magnum con cuatrocientos dólares junto a Rodger, Seymour y Cartier-Bresson. Viajó a Rusia junto al premio nobel John Steinbeck, intentó rodar su propia historia en Hollywood y sedujo (con éxito) a las mujeres más guapas del mundo. Como su adicción al alcohol se hizo cada vez más preocupante quiso volver a la acción primero en Israel, su tercera guerra, y después en Vietnam, donde pisó una mina el día 25 de mayo de 1954. Su cuerpo quedó mutilado y murió minutos después. No soltó su cámara Contax de la mano izquierda. Cuando lo enterraron no se molestaron en quitar el embalaje de plástico de su ataúd. Llevaba escrito: «Robert Capa. Fotógrafo». 

Siguiendo un camino público que atraviesa la finca llamada Loma de las dehesillas, en la localidad cordobesa de Espejo, se llega hasta una plantación de olivos. A unos diez metros del primer árbol, si uno es observador, se puede ver el lugar donde estaban las trincheras, donde estaba arrodillado el fotógrafo, y también la colina por la que avanzó ese soldado inmortal. Como si la tierra polvorienta pudiera guardar esa fuerza telúrica de la guerra, el sitio parece vulgar pero no lo es. Aquel día solo murió un miliciano según los archivos republicanos. Se llamaba Federico Borrell García. El informe no dice cómo murió, pero la foto de Capa sí que lo dice. Si fue un montaje era un genio. Si no lo fue, también.  


Raúl del Pozo: «En las grabaciones que tiene Bárcenas está la voz de algún ministro»

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Nació una noche de Navidad, como Cristo y Ava Gardner. Tiene los tres premios de periodismo más importantes de España (Mariano de Cavia, Francisco Cerecedo y González Ruano) y una perra. También el Premio Primavera de Novela por El reclamo. Puso apodo a un presidente, «Bambi», y a un barrio de Madrid, «Costa Fleming». En periodismo ha hecho casi de todo. Alistado como columnista en la tripulación de El Mundo, defiende la trinchera de Umbral donde a veces se pone el viejo traje de reportero. Y le sigue sentando bien. 


¿Qué has aprendido del periodismo en todos estos años?

El periodismo sigue siendo mi primer amor. Soy un adolescente, un mitómano. Cuando era un chaval iba al Café Colón para ver cómo las moscas subían por los dedos amarillos de César González Ruano y les decía a los chicos de alrededor con los que jugaba a los dados: «Por favor, no montéis bulla que está escribiendo su artículo el maestro».

¿Por qué la de periodista es la mejor profesión del mundo? 

En su libro El escriba, Vázquez Montalbán dijo que el de escritor es el mejor oficio del mundo, igual que lo opina Gabo. Yo también creo que lo es. Para mí lo más importante será lo que aprenda ese día, escriba esa tarde y publique mañana. Hay gente que quiere ser bombero. Yo desde el principio quería ser periodista. Así éramos de gilipollas. Creíamos que el oficio era aún más bonito de lo que es. Primero empezabas a trabajar y luego muchos años después te daban el carné.

¿Qué aprendiste en aquellos años de formación?

Aprendí que el vellocino de oro del periodista es la noticia. Lo demás: contar nuestra gripe, el narcisismo, la autobiografía… son pajas mentales. Hay columnistas que hacen eso y yo lo hago también, pero la búsqueda de oro, la auténtica veta de la mina es la noticia. El columnismo condensa la ira del español sentado. De un predicador. Si la Revolución francesa hubiera tenido lugar en España hubiera sucedido en un café. Los tertulianos son cuchilleros de siglas de partido.

¿Aquel periodismo era mejor que el de ahora?

Aquellas redacciones eran mitológicas. Una mezcla de garito, de catacumba, de casino donde jugábamos al póquer hasta las seis de la mañana… Y allí conocí a los mitos de mi vida. Que te llamaran caballero en aquel ambiente era un insulto. En ellas he sido reportero, cronista de sucesos, corresponsal. Allí conocí a Tico Medina, un tipo que para entrevistar a Indira Ghandi se disfraza de mendigo y hace cola junto a los parias. A Yale, que para hablar con Ironside se vale de una silla de ruedas. A Julio Camarero, que hace una entrevista a Chessman en el corredor de la muerte… A Arturo Pérez-Reverte, a Vicente Talón, a Vicente Romero… En aquellos tiempos la fascinación era ir a las guerras. Yo siempre que empezaba una llegaba dos horas más tarde a trabajar para que no me mandaran. Me daban miedo.

¿Has cubierto alguna guerra?

Nunca he cubierto guerras, pero sí golpes de Estado. Una vez me invitaron a uno. El general Labanca me llamó y me dijo: «Vamos a tomar el poder pasado mañana. Necesito que escribas la crónica y le mandes un mensaje al general Perón». Estuve dos días acojonado en el hotel esperando a que su enviado personal me enviara noticias. Pero la única noticia que llegó de Tucumán es que la asonada había fracasado. Afortunadamente, claro. Luego otros escribían: «Anochece en Saigón mientras las bombas caen cerca de este corresponsal…». Pero el corresponsal estaba en Madrid, claro.

¿Cómo acaba un tipo de una aldea de Cuenca en la capital de la gloria?

Yo nací en un bombardeo, como dicen los de Madrid. Era una aldea de Cuenca en la que había una central eléctrica, cerca de la Ciudad Encantada. Mi familia era de carreteros, obreros, cazadores furtivos… Para mí poder ser periodista y salir de allí era como para un torero hacer una faena en Las Ventas y triunfar. Era el pasaporte a la gloria, el salvoconducto para salir de allí.

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¿Cuál fue tu primer trabajo en el oficio?

Fue en Eurofoto con Gianni Ferrari. Umbral me dijo, así con su voz grave, que me iba a dar «Un abrigo, una amante y un trabajo», como decía Baudelaire. Las dos primeras cosas no me las dio, pero el trabajo sí. Trabajaba con paparazzi italianos legendarios como Gigi Corbeta o el propio Ferrari. Mi trabajo consistía en poner pies de foto. Era prensa del corazón y vendíamos reportajes a toda Europa. Recuerdo uno: la reina Fabiola abandona España y deja a sus perros abandonados, y la foto era la de los perros solos en el palacio.

¿Cómo diste el salto a Pueblo?

El primer reportaje que publiqué salió de una conversación con unos tipos de Cuenca que eran poceros y que nos contaron que había una plaga de ratas en el subsuelo de Madrid. Llamé a Pueblo, lo propuse y me metí en las alcantarillas con aquellos tipos y un fotógrafo cojo. Aquel reportaje salió en la portada con el titular: «Madrid, amenazado por 100.000 ratas». Eso fue como torear en Las Ventas. Aquel reportaje lo leyó el célebre José María García, Butanito, y me dijo que tenía que dejar aquel trabajo en Eurofoto e ingresar en Pueblo. Y lo hice.

En tu carrera has visitado decenas de países como enviado especial. ¿Qué experiencia te marcó más?

La ciudad nos hace libres, decían. En mi caso es verdad. Para mí París fue un electroshock, una lengua de fuego. Allí dejé de ser el hombre de Cro-magnon que era. Era sentarte en una mesa de un café y ver a Brigitte Bardot en el Círculo de la Rive Gauche, a Sartre en el Café Floré. Era la gente más bella del planeta, la modernidad, los apóstoles del mundo que estaba por llegar. Aquella época me marcó más que ninguna otra. Trabajaba allí haciendo Radiorama, un programa de Radio Nacional, y vivía en Montparnasse. Dormía en el suelo, en la habitación que tenía Julián Pacheco encima de La Candelaria, donde el pintor trabajaba de lavaplatos. En aquel garito tomaba calvados George Brassens, Paco Ibáñez enseñaba guitarra a Bardot y cantaba Violeta Parra. Aquel París me influyó más que cualquier libro.

¿Y tu peor experiencia?

Donde peor lo he pasado en mi vida fue en Barcelona. Viví allí antes de irme a París con Julián Pacheco, gran pintor y chulo de putas. Yo lo acompañaba como su guardaespaldas. Teníamos peleas con los yanquis de la Sexta Flota, ¡pero peleas de verdad! Ahora me pregunto cómo podía ser tan idiota. Nos pegábamos con las botellas partidas en el Panans.

Eras una de las pocas personas a las que Camilo José Cela apreció de verdad. ¿Cómo era en las distancias cortas?

Una vez le vi bailar fandangos. Cuando un patoso le preguntó si aún follaba, respondió: «¡Soy académico de la lengua!». Le acompañaba cada verano a bautizar burros a Rute, donde según él se le apareció Cristo fumando Ducados. Lo adoré como lo que era: obispo de Iria Flavia. Camilo me quería mucho, no se por qué. Me llamaba a media tarde para que fuera a su casa a tomar el té y yo acudía a sus órdenes. Cuando tenía una tarde lúcida, intimista y simpática era mejor que leerle. Es el último gran clásico. Los escritores están una temporada en el purgatorio pero luego vuelven. Y Camilo volverá.

¿Cómo era irte de farra con Paco Rabal?

Una vez me dijo Paco Rabal, después de varios días seguidos de fiesta, que había un hotel en Roma donde pulsabas el número dos en el teléfono y subía una tía para chupártela. Le dije que eso no podía ser verdad. Pillamos los pasaportes y nos presentamos en Barajas para coger el siguiente avión. Cuando llegamos a aquel hotel de Roma pulsó el dos y subió una tía a chupársela.

Has tenido a muchos directores en tu carrera. Entre todos destaca un nombre: Emilio Romero, timonel de Pueblo.

Emilio Romero era el mejor de su tiempo. Llegaba rodeado de guardaespaldas. Un lobo de mar del periodismo. Fuimos pocos a su entierro. Y él había hecho famosos a toreros, futbolistas, cantaores, actores… fabricó mitos. Fue algo muy ingrato, pero él era el ninot del franquismo al que había que quemar. No lo indultó la democracia. Enseñó a tres generaciones de reporteros. Fue un hombre del régimen pero supo burlar la censura y rasgó las listas negras que le pasaba el almirante Carrero Blanco. Dice José María García que en los tiempos en los que mandaba la censura, cuando las galeradas tenían que ir de madrugada al Ministerio de Información, en esa redacción estaban los mejores periodistas de los frentes de guerra y de la actualidad, Pueblo era un periódico del régimen y de los sindicatos verticales, pero tuvo el acierto de conectar con la sensibilidad de entonces. De allí salió desde Cebrián hasta Arturo Pérez-Reverte. Era «A mí la Legión», una escuela de periodistas. Manolo Alcalá, por ejemplo, apenas sabía escribir y era un reportero legendario. Era un medio de la dictadura, pero abierto al mundo que llegaba: el rock, la moda, el arte, la poesía moderna…

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¿Quién es Pedro J. Ramírez?

Junto a Emilio Romero, Pedro J. es el mejor director que he tenido. Su mérito es haber entrado en un lugar inexplorado como eran las cloacas del Estado en los años noventa. El Mundo ha sido capaz de tumbar a un presidente. Ahora no tira a otro porque no quiere irse, pero ha quedado bien claro que ha mentido. Antes decían que era el diario de la derecha. ¿Qué pueden decir ahora? Ahora Pedro J. está más acorralado, pero con todas las contradicciones que pueda tener él y su periódico, ha servido muchas raciones de vellocino de oro, que no es otra cosa que la noticia. Ha desvelado la corrupción, el crimen de Estado, la financiación de los partidos… Ahora sigue vivo, tan vivo como el primer día. A este solo lo sacarán de un periódico el día que se muera, metido en una camisa de pino.



Una de la quejas del periodismo actual es la censura. ¿Cómo era la censura que tú conociste?

La censura es la muerte de la inteligencia. Pero las obras más importantes de la literatura española se escribieron bajo la Inquisición. En España siempre se ha perseguido a los escritores. A Quevedo lo encerraron en la Torre de San Abad, Cervantes murió en Madrid como un perro. Se le vio unos días antes por la calle Huertas, hundido, como un sintecho. Mataron a Lorca y también acabaron con Miguel Hernández. La censura en la época de Franco, que es la que yo conocí, era espantosa. Se hacía periodismo en Barajas, en los hospitales y en las casas de socorro. En política no. Ahí no podías meterte. Era repugnante. Pero había grandes expertos en sortearla.

¿Qué tenían los periodistas de antes que no tenemos los de ahora?

Los periodistas de antes no eran mejores. Estaban menos formados pero tenían una visión romántica del periodismo que se ha perdido. Estuve unos años haciendo crónica parlamentaria. A todos mis compañeros les sorprendía que Zapatero se parara conmigo y no con ellos. Lo único que hacía es acercarme a él con un bloc de notas y le decía: «Buenos días, presidente». Es así de fácil. No quiero presumir de nada, pero el periodismo sigue siendo eso, parar a alguien en un pasillo, preguntarle y apuntar lo que dice. Hay canuteros que ponen la grabadora y están pensando en salir cuanto antes a tomar cañas. Los becarios de antes querían ser grandes reporteros. Hoy solo quieren ser columnistas, españoles sentados y cabreados con un folio en blanco para predicar y dar la doctrina de los partidos. Entiendo al que quiere ser presentador o presentadora de Telediario, porque esos se hacen famosos y follan más, pero los que quieren ser tertulianos…

¿Un periodista para ser bueno debe ser buena persona?

No me gusta esa frase. He conocido a magníficos periodistas que eran auténticos hijos de puta. Ahora hay muchos que quieren arreglar el mundo. Y eso del contrapoder es una gilipollez. Lo que sí hay que hacer es contar lo que pasa, limpiar los cristales para que la gente vea lo que pasa en palacio. Somos limpiacristales de la libertad.



Háblame de tus columnas sobre el caso Bárcenas. ¿Cómo conseguiste esa información?

Bárcenas habló con cuatro periodistas de otros medios, pero hasta que no habló conmigo y con Pedro J. no quiso que nada se publicara. Tiene que ver con la credibilidad. Otros podrían haberlo contado, pero pocos les habrían creído. Pero cuando lo publicó ese acorazado que es el diario El Mundo, entonces… Yo para escribir de Bárcenas tuve que usar trucos: me inventé la «garganta de seda», que existía con otro nombre, nada menos que Rosalía, la mujer de Bárcenas, a la que yo conocí haciendo reporterismo hace veinte años. Después recurrí al «tercer hombre», que también existe pero que no puedo decir quién es, mi gran filtrador. Luego hablé con Bárcenas y después llegó Pedro J. y pegó el zambombazo con «Cuatro horas con Bárcenas», que ya es un artículo histórico.

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¿Por qué la sociedad española entendió pronto que todas esas revelaciones sobre Bárcenas eran ciertas?

En España nadie ha dudado de que hubo dinero negro durante décadas. Durante la dictadura los partidos clandestinos contaban con dinero de Rusia, de Gadafi o de Argentina. La costumbre de repartir maletines está enraizada en la política española y es algo difícil de cambiar. Aquí hay dinero negro en todas partes. En cualquier país a un partido democrático lo pillan con dinero negro y está muerto. Aquí no ha caído porque el PP se esconde en su mayoría. Si Rajoy resiste a eso su figura alcanzará proporciones legendarias. ¡Puede salir hasta reforzado!

¿Por qué nadie levanta un teléfono antes de escribir una columna? ¿Por qué todo se basa en la prosa y en la opinión? ¿No hay nada nuevo que aportar?

En España no existe el columnismo de investigación, sino el literario y costumbrista, pero cuando hay una noticia sí que levanto el teléfono y me convierto en un reportero. Cuando me dijo «garganta de seda»: «Si cae Luis Bárcenas, caerá Rajoy» fui el primero en publicarlo. Como dijo Ben Bradlee: «Cuando me encontré con el asunto del Watergate supe que era la historia de nuestras vidas». Es una exageración, claro, pero este caso tendrá consecuencias graves y es una gran historia periodística. Estuve picando unos días como un minero y al final encontré oro, porque al día siguiente de publicar la columna sobre «El tercer hombre» me llamaron cuatro televisiones y todo el mundo creyó lo que decía en ella.

¿No te parece increíble que tras la publicación de los papeles de Bárcenas Rajoy resista todavía?

Rajoy estuvo dos días muerto, como reconocieron ellos mismos, las cancillerías y los embajadores. Cuando El Mundo publicó los SMS y la nómina de Bárcenas, que probaba las mentiras del PP, el presidente estuvo cuarenta y ocho horas de cuerpo presente. Solo su resistencia y su gran mayoría le salvaron de la caída. Pero ojo, esta partida no ha terminado. Bárcenas grabó en los últimos meses a todo el mundo en pasillos, cafeterías y restaurantes. En esas grabaciones está la voz de algún ministro y Bárcenas puede usar esa información cuando le convenga. Además él ha dicho ya que quiere colaborar con la Justicia. Ya es tarde para el pacto. La información la tienen tres personas muy diferentes y está a buen recaudo.

Caso ERE, Bárcenas, Gürtel, Fabra… ¿Este país está condenado?

Por desgracia la mentira en España es gratis. No tenemos esa mentalidad calvinista o anglosajona por la que el que miente está jodido. España premia a los bandidos, a los delincuentes, a los pícaros. Me dicen los que saben que el déficit publicado no es real, que estamos cerca del 11%, lo que supondría una bancarrota, pero los datos están maquillados para no meter lo que nos costó el rescate bancario. Es la ruina. El paro es difícil que se recupere. Además no creo que se hunda el bipartidismo. Un viernes nadie va a votarles y el domingo en las elecciones todo dios vota a los de siempre. Y eso que creo que la gente ya ha descubierto que los partidos luchan más por sí mismos que por el ciudadano. Como las mafias. Pero el ciudadano tampoco es inocente: siguió votando a un partido que había usado los fondos reservados para enterrar a gente en cal viva. Ahora, según las encuestas, la gente va a seguir votando a otro partido vinculado a una trama de corrupción con millones de euros en Suiza y maletines de dinero negro. El pueblo también tiene responsabilidad en ese estúpido patriotismo de partido.

¿El PSOE de Rubalcaba será capaz de salir de su laberinto?

Saldrá. Todo eso de que el bipartidismo se está hundiendo es un cuento. Peor estaba el PSOE en los años noventa acusado de corrupción y crímenes de Estado y salió a flote. Lo del 15M era una amenaza para el sistema degradado, pero se dejaron infiltrar y cuando estaban en el Palacio de Invierno de San Jerónimo decidieron irse a los barrios, en una ingenuidad de anarcos naif que todo lo acordaban en asambleas repletas de topos, pero no de topos de Marx sino de los servicios secretos. Lo partidos turnistas y dinásticos sobreviven a pesar de su decadencia. Y creo que Rubalcaba es el dirigente más capaz y más inteligente del PSOE.

Hace muchos años fuiste un comunista convencido. ¿Qué queda de aquel Raúl del Pozo que creía en las utopías y leía L’Humanité?

Soy la síntesis de todas mis edades y contradicciones. Tuve mi época rosso. Como dijo Henry Levy, con la muerte del comunismo no va a nacer nada nuevo. Ahora está surgiendo un mundo viejo: el feudalismo del siglo XXI, democracia sin Estado de bienestar.

Raúl del Pozo para Jot Down 4

Eres tertuliano en televisión y lo has sido en la radio. ¿Crees que las tertulias han hecho un gran daño al periodismo?

Sí, le han hecho daño. El de tertuliano es un oficio muy español, como la zarzuela y la Guardia Civil. A mí las tertulias no me gustan. Voy a la de Susanna Griso porque es un arcángel de la información. No me quiero meter con los compañeros ni conmigo mismo, que hemos ganado mucho dinero gracias a ellas. Ahora no. Ahora vamos a predicar y no sacamos ni para el taxi. Pero mi verdadero oficio es escribir.


¿Cómo es ser periodista en un diario como El Mundo?

Ir en los años noventa a hacer información parlamentaria para El Mundo era escuchar cuchicheos a tu alrededor en el Congreso. Ahora también. A mí estuvieron a punto de lincharme en la puerta de la cárcel de Guadalajara cuando encerraron a Barrionuevo y Vera. Hijo de puta, fascista y traidor es lo más bonito que me dijeron.

¿Se mueren los periódicos o el periodismo?

Me di cuenta hace años de que el papel publicaba cosas que estaban muertas, mientras que la radio daba esas noticias en directo. La civilización del papel ha muerto. Ahora puedes ver en elmundo.es el gol de Iniesta minutos después de marcarse, el atentado de Irak o el discurso de Obama. Publicar eso veinticuatro horas después en el papel ya no tiene mucho sentido. Además la gente de menos de treinta y cinco años no compra un puto periódico. Pero eso no significa que sea el fin del periodismo, ni mucho menos. Solo es una transformación.

¿Qué aportan las redes sociales al periodismo?



Tienen mucho morbo. A veces te destrozan, pero si no tienes «odiadores» es que no eres nadie, aunque hay algunos que dan paseíllos en Twitter. Uno puede imaginarse cómo eran los paseíllos de la Guerra Civil leyendo en las redes sociales. He visto linchar estos últimos días a varias personas y he pensado: «¿Estos tipos son de nuestra misma raza?». Creo que los que más se meten con los periodistas también son periodistas.

¿Por qué la generación de la Transición se resiste a dejar el poder?



Porque los jóvenes no apretáis. Teníais que habernos echado a patadas. Es culpa vuestra. Lo que no entiendo es por qué los jóvenes se dejan avasallar.

¿Es el ego el peor cáncer de la profesión?

La vanidad y el narcisismo son la arteriosclerosis del periodismo. Es algo repugnante. Esta es una profesión donde el talento es sospechoso. Hay que ser discreto hasta con la imaginación.

¿Es noticia que Obama espíe a todo Cristo? ¿La noticia no sería que no lo hiciera?

No sé si el universo es un holograma, parecido a una infinita tarjeta de crédito, pero de lo que estoy seguro es de que es una gigantesca comisaría con las huellas digitales de todos. Me dice un viejo espía de la CIA que Madrid, como Cascais durante la Segunda Guerra Mundial, es un casino donde apuestan los agentes de todas las potencias. Se dio el caso de que, en el Hotel Meliá de Madrid, dos espías en habitaciones contiguas se estaban grabando sus propios polvos. También me han contado que Manning y Snowden son solo dos topos menores: «Unos merluzos a los que han pescado». El primero es un cabo y el segundo un subcontratado. No hay peces gordos, se tapará todo con la complicidad de los líderes europeos. Me han avisado: si tienes el ordenador conectado al móvil pueden grabar todos tus movimientos, conversaciones y correos. Todo eso de las llamadas a los embajadores es puro teatro. Los americanos y sus primos ingleses han entrado en las bases de datos de todos los servicios secretos y los demás han hecho lo mismo.

¿Existe el periodismo cultural?

No existe. Es mera propaganda de las editoriales. Y los peores son los críticos literarios, los guardianes del cementerio. No hay cosa peor que un crítico literario, un árbitro de fútbol y un enterrador.



Has escrito varias novelas negras, como Los reyes de la ciudad, No es elegante matar a una mujer descalza o Noche de tahúres. ¿Qué tiene la novela negra que tanto te gusta?

Cuenta la verdad oculta, que el poder es el asesinato, que los políticos y los gánsteres se parecen mucho. Es un género de izquierdas por lo que tiene de realismo sucio. Estoy contento de cómo me ha ido con la novela. No he sido un crack, pero todas se han vendido bien. Tampoco he escrito para vender o ganar dinero, sino como una forma de vida.



¿Es cierto que la noche de Madrid está en decadencia?



Madrid es mi patria, mi estilo, un turbión de palabras, se juntan todos los argots en Cibeles, que es nuestra Estatua de la Libertad. Dijo Borges que Madrid es una ciudad provinciana y la Gran Vía es más o menos un sainete. Sería entonces, hoy es una ciudad modernísima, abierta, neoyorquina. Han intentado hacer de el Foro la representación del mal, pero no podrán destruir ese mito universal. No sé si la noche de Madrid está en decadencia porque ya no salgo, pero me la he bebido entera y me la he jodido. Madrid ha sido y es la mejor ciudad del mundo. Salías a la una de la madrugada de casa y podías terminar acostado con un japonés muerto. Madrid era Sodoma, Gomorra, Babilonia, Berlín y San Francisco, todo mezclado.

Como antiguo jugador de ruleta, ¿qué te parece el proyecto Eurovegas para Madrid?

Me encanta que otra vez sea la ciudad más burlanga del mundo, como ya lo fue en el Barroco, cuando había más leoneras que iglesias y los pícaros pasaban el orinal a los jugadores para que no se tuvieran que levantar a orinar. Insisto en el tópico: la pasión del juego solo es comparable a la del amor. Fui ludópata, pero gracias a ello escribí Noche de tahúres

El ABC ha intentado ficharte varias veces. ¿Te ves escribiendo en otro periódico que no sea El Mundo?

Cuando llegué a Madrid en los años sesenta soñé con poner el paño negro a una ruleta y escribir en ABC. Ninguno de esos sueños se hicieron realidad. Claro que me veo escribiendo en otro periódico que no sea El Mundo, el problema es si sobrevive la galaxia del papel. Soy galeote de una civilización y una travesía que se extingue.  

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Fotografía: Guadalupe de la Vallina


Alberto Rojas: Mis monstruos favoritos

Mis monstruos favoritos

Mercado de Kitoga, en las montañas de Haut Plateaux, República Democrática del Congo, sobre las 12 de la mañana un día de octubre de 2011. «Hace una semana se liaron a tiros en este lugar, así que ni una puta broma», nos dice a Fernando y a mí el guía y traductor. «Y haced el favor de guardar las cámaras». Bajamos la ladera de la colina y vemos los tenderetes de madera a lo lejos, casi vacíos. De un lado vemos a unos cuantos adolescentes armados. «Son de la milicia Mai Mai. Allí enfrente tenéis a los chicos del FDLR», y el guía señala un grupo de gente mirando a medio kilómetro de distancia. FDLR, o sea, Fuerzas Democráticas de Liberación de Ruanda, o sea, los hutus de las milicias Interahawe que mataron en 100 días de la primavera de 1994 a 800.000 tutsis, y que malviven aquí, en estos mismos bosques. Pocas mujeres, algunos niños, ninguna sonrisa. Sobre todo hombres en un mercado dominical, con el Kalasnikov sin seguro y canana llena de balas como morcillas. «Con los Mai Mai tened cuidado, pero a los ruandeses ni los miréis. Aquí comienza su territorio».

¿Pero cómo no los vamos a mirar? El grupo armado más infame del este del Congo, con un historial de violaciones y matanzas solo a la altura de los Jemeres Rojos, las SS o los escuadrones de la muerte en El Salvador, está delante de nosotros. Claro que vamos a mirarles. Yo al menos no hago otra cosa. Pero culebreamos entre los puestos con la sensación de que son ellos los que no nos quitan los ojos de encima. A alguien se le ocurre comprar caramelos para los niños que nos siguen. Eso relaja algo el ambiente. Me llama la atención uno de los FDLR, con un gorro de lana verde en la cabeza y parka militar. Es mucho más alto que los demás y, por su actitud dominante, parece el jefe. Cojo el paquete de tabaco que siempre llevo en estos sitios y le ofrezco un cigarro. Pilla todo el paquete, claro. «Venga, vamos que esto se va a animar», dice nuestro guía. Y nos piramos antes de que se monte la balancera.

Esa fue la primera vez que estuve en eso que llaman tierra de nadie, es decir, en uno de esos lugares donde la única autoridad es un rifle con balas y alguien capaz de dispararlo. Como en el Far West o en el Caribe del capitán Morgan, donde la ausencia de leyes y de gente para aplicarlas provocó el nacimiento de mitologías literarias como los piratas o la conquista del oeste. Es cierto que los señores de la guerra congoleños tienen mucho menos glamour que Toro Sentado o los corsarios de isla Tortuga, pero el contexto de impunidad y de vida al límite está también aquí, con su guerra por las minas de oro, borracheras épicas, raptos de mujeres, asaltos a las aldeas enemigas y uso y abuso de pociones mágicas. Son el general tutsi Makenga, criminal de guerra; el coronel Cheka, señor del coltán, responsable de 300 violaciones en cuatro días a las órdenes de su milicia Mai Mai; o Sylvestre Mudacumura, líder de los genocidas hutus ruandeses y por el que EE. UU. ofrece 55 millones de dólares por los crímenes que comete contra la población civil. Galácticos de la guerrilla en la selva, estrellas de la champions league en la no man land junto a los charlies vietnamitas o las FARC colombianas.

En el este de la República Centroafricana sobrevivía Yanik. Él se ofreció a contarnos cómo había sido capturado por el Ejército de Resistencia del Señor de Joseph Kony y cómo aquella experiencia le había marcado de por vida. Era solo un niño, pero le obligaron a comerse a cuatro o cinco de sus compañeros, a matar a bebés recién nacidos, a violar a mujeres. Su vuelta a la vida cotidiana, según reconocía, era ya imposible. Estaba haciendo terapia, pero durante dos años la muerte para él había sido una forma de vida. Estaba en su mano decidir quién vive y quién muere y no le temblaba el brazo a la hora de aplicar su ley. «Cuando me enfado tengo ganas de matar, y eso puede pasarme varias veces a la semana». Cuando terminamos la entrevista, Raquel verbalizó algo en lo que yo no quise ni pensar: «¿Y si este tipo se enfada con nosotros y quiere liquidarnos esta noche?». Debimos caerle bien, porque las paredes de cañizo de la casa de Médicos Sin Fronteras en Zemio no hubieran sido problema para que Yanik viniera a trocearnos con un machete. Ese era su territorio. Y en su territorio los hombres como él matan a cuchillo y luego limpian el filo con la lengua como si fueran el conde Drácula.

La historia de Kony es tan vieja que aún le crece el pelo, pero no hay quién le ponga el punto y final. Un señor de la guerra con casi 60 años sobreviviendo en la jungla a cinco ejércitos persiguiéndole, incluyendo el estadounidense, secuestrando niños, con un séquito de 60 esposas y una fama de hechicero loco que le ha dado un aura de inmortal.

Yanik nos enseñó una cicatriz en el brazo donde Kony había vertido una especie de aceite mágico que hacía que se comportaran como animales en los asaltos de conmoción y espanto. Todos los miembros de su milicia llevaban esta marca igual que los presos de Auschwitz llevan números tatuados. Ahora su presente es buscar trabajo en un estado fallido, intentar comer a diario, integrarse en la nada. Pero Yanik nos confiesa que no estaría tan mal que Kony volviera a capturarle. «Vivir en la selva no estaba tan mal. Había comida, alcohol, mujeres». La vida pirata, la vida mejor.

Aunque si se habla de warlords y tierras sin ley hay que hablar de los somalíes. El islamismo radical ha hecho del cuerno de África un vertedero maloliente con hedor a Yihad y a animales muertos. Allí mueren de hambre miles de personas y allí, entre sus ruinas, administran la miseria los jefes de los clanes, los tipos más corruptos e inhumanos que uno haya conocido. Si toda la energía que han puesto en 20 años de guerra la hubieran canalizado de otro modo, Somalia tendría luz eléctrica para los próximos siglos.

Recuerdo a los chicos del clan Daroq, que controlaban el casco viejo de la capital, mascando la hoja de kat al atardecer, esa droga de efectos similares a la cocaína, dicen. Solo que estos no estaban eufóricos, sino sentados frente al mar, tranquilos, saludando al periodista blanco con educación exquisita mientras sus compañeros descargaban el pescado, todos con su arma a la distancia de su brazo. No vaya a ser qué. No hay que dejarse engañar. Son los mismos que violarían y matarían a una mujer blanca y luego pondrían precio a su cadáver. Cosa que ya ha sucedido. Son los mismos que asesinan sin escrúpulos a cualquiera que ose discutirles el negocio del puerto, el cobro de comisiones, la piratería del Índico, los vertidos químicos pactados con la camorra, la venta de camellos a Yemen, el pago puntual de los secuestros. De vuelta al hotel, atravesamos el checkpoint de los tullidos, una barrera en la que los mutilados de guerra intentan sacar algo para sobrevivir a los incautos que atraviesan Mogadiscio.

Aunque mis monstruos favoritos, los pobladores de las pesadillas que me llevaría a una isla desierta no son ni los hutus del machete ni los somalíes, ni siquiera Kony y su chamanismo asesino. En mi último viaje al Congo me hablaron de unos tipos muy curiosos: los profanadores del Raïa Mutomboki, literalmente, «los ciudadanos indignados». Lo de volverse loco viene en la letra pequeña del contrato de la guerra, pero lo de estos tipos es demasiado. Este grupo, de reciente aparición, sin agenda política alguna y formado por civiles, ha conseguido armas para combatir a todas aquellas milicias extranjeras que operan en el este del Congo, que no son pocas. Lo que pasa es que estos tipos se han convertido en fundadores del club de fans del holocausto caníbal.

Hace poco me contaba un miembro de una ONG que tuvo que negociar con ellos algunas pinceladas sobre su brutalidad. Cortadores de cabezas, destripadores, violadores de mujeres, de hombres, de niños. Profanan las tumbas, celebran rituales con los cuerpos, atacan a civiles con una furia apocalíptica. En Occidente nos escandalizamos porque unos soldados orinan en el cadáver de sus enemigos, algo tan antiguo como la guerra de Troya. En el este del Congo pueden obtener un extenso catálogo de espantos, pero en la selva no hay Youtube.

Son tipos que juegan a montar su propio congoleño por piezas, el horror de Kurtz hecho milicia. Beben un licor mágico que, según dicen, les hace invisibles, así que los chicos de Médicos Sin Fronteras tienen que hacer como que no les ven cuando les esperan en un control de carretera. La orden es «no les miréis». Y pasan de largo. Ahora, estos profanadores combaten con dureza al FDLR, los hutus del machete. «Si algún día te los encuentras», me dice el cooperante, «no les des la mano. Creerán que quieres robarles su fuerza».

Fotografía: Alberto Rojas


Alberto Rojas: La playa congoleña del Che Guevara

cheuvira - fotografía de Alberto Rojas

Hay una Biblia encadenada a una caja de madera que sirve de mesita de noche, una cama con una mosquitera agujereada, un cubo para ducharse y un vaso mugriento para dejar el cepillo de dientes. Pero en esta ciudad es como dormir en el hotel Astoria. Lo alquila Ferry Schippers por un puñado de dólares y nos sirve para pasar un fin de semana tranquilo antes de ascender las montañas de Haut Plateaux. Cerveza fría y buen pescado, promete Ferry. Y eso encontramos, sí, en el Blue Cat, el restaurante en el que desayunamos, comemos y cenamos. Fuera de la habitación hay una rienda de radiocasetes. Su música incendia la calle y me jode la siesta.

El mayor enemigo del periodista extranjero en África no es la falta de seguridad, la desconfianza de los civiles, la censura de las autoridades, los checkpoints de militares borrachos, que intenten tangarte a cada paso, las balas perdidas, la malaria, los secuestros, la ausencia de infraestructuras. Todo eso te lo puedes encontrar en determinados sitios, sí, pero hay algo que por momentos está presente en todos ellos: el tedio.

El tedio a veces puede pillarte en un hotel en el Sahel sin aire acondicionado con 45 grados a la sombra, sin nada que hacer ni a dónde ir, te puede cazar en una larga sobremesa en mitad de ninguna parte en Sudán del Sur, con las moscas revoloteando por encima de los platos vacíos, esperando a que el frescor del crepúsculo vuelva a activar la vida a nuestro alrededor. O en un paso de frontera entre Burundi y Congo, esperando a que un funcionario corrupto congoleño acepte nuestra mordida y nos selle el pasaporte para pasar al otro lado, la ciudad de Uvira, en la orilla opuesta al lugar en el que Stanley encontró al doctor Livingstone.

El tedio, el aburrimiento de tener que quedarte un fin de semana con una Biblia atada a una mesa de noche en una habitación sin luz en una ciudad congoleña a orillas del lago Tanganika, porque hasta el lunes no puedes partir a tu destino, y descubrir allí a seres mucho más tediosos que tú mismo. En Uvira nos encontramos a Clemont, un francés que vive en una casa colonial que parece abandonada, como él. Está aquí por un desengaño amoroso y lo único que hace es mantener las apariencias de una ONG que dice que está cuando en realidad se marchó hace tiempo. Toca la guitarra, cocina espagueti y ve pasar la vida con indiferencia.

Uvira, el lugar en el que me encuentro, fue una de las ciudades a las que llegó la cruzada internacionalista del Che Guevara. En 1965, harto de la parálisis de los barbudos cubanos, el revolucionario argentino dejó La Habana y se lanzó a expandir su revolución por aquellos pueblos que combatían contra el colonialismo. Un año antes lo había dejado claro él mismo ante la ONU: “Los pueblos de África están obligados a soportar que todavía sea oficial en el continente la superioridad de una raza sobre otras y que se asesine impunemente en nombre de esta superioridad. ¿Las Naciones Unidas no van a hacer nada para impedirlo?”. Más tarde comenzó una gira africana que le llevó a Argelia (varias veces), Malí, Congo Brazzaville, Guinea Conakry, Ghana, Dahomey y Tanzania. El Congo era su última parada.

El sábado por la tarde, hartos de apartarnos las moscas, nos decidimos a dar una vuelta. Vamos hasta la orilla del lago, donde descansan las barcas de los pescadores y rápidamente nos rodean decenas de niños descalzos. Fernando le da dinero a una niña mayor para que compre caramelos para todos. Un grupo de adultos nos mira de lejos cosiendo unas redes de pesca. Allí mismo, en esa playa, esperaba el Che a que Kabila y sus guerrilleros le visitaran para unificar tácticas y poner en común objetivos. Esperó meses y Kabila, cuando por fin se presentó, se mostró desdeñoso y arisco. El “Tatu”, como llamaron aquí al Che Guevara, apuntó en su diario: “Esta es la historia de una descomposición. Debemos extraer una serie de experiencias útiles para otros movimientos revolucionarios. La victoria es una gran fuente de experiencias positivas, pero la derrota también lo es”.

El Che nunca se entendió con los congoleños porque no tenían nada en común. Kabila no era mejor que el dictador que le antecedía ni que el que vino después, un tal Mobutu. Su hijo lleva hoy las riendas de un no país que presenta los mismos problemas que El Congo que dejó su padre. Se acerca el crepúsculo y llegan los últimos barcos con el pescado fresco. Uno de esos peces me lo comeré esta noche con una cerveza bien fría en el Blue Cat mientras suena un poco de rumba congoleña.

Camino del hotel pasan a nuestro lado soldados armados hasta los dientes apartando a los niños que nos rodean. Uno de ellos, cargado con un gran lanzamisiles más alto que él me mira entre curioso y mosqueado. ¿Dónde vas con eso?, le pregunto así, en español. Una soldado herida en una pierna curiosea mis fotos y me pide que le haga un retrato. Ponte ahí, Mama. Sí, junto al muro. Click. Mira que guapa sales. Click.

Fotografía: Alberto Rojas


Alberto Rojas: Doctor Livingstone, supongo

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Cinco de la madrugada. Noche sin luna. Del piloto sudafricano solo se aprecia la brasa de su cigarrillo en los márgenes de la pista. Huele a queroseno. Las últimas gotas de lluvia refrescan la noche del trópico y abrillantan el asfalto del aeródromo de Bangui. Antes, cuando no existía la luz eléctrica, se encendían teas de petróleo en el asfalto. El neón azul del día perfila ya el horizonte cuando la avioneta se une al viento sobre los primeros árboles de la jungla. No es un momento menor. Cada vez que una avioneta despega en África se renueva una promesa de aventura, aunque el destino sea un lugar de mínimas esperanzas y éxitos precarios.

Las carreteras, que nacen orgullosas en la rotonda central de la capital, van arruinando su reputación cuando se alejan de su nacimiento. Fuera de la ciudad ya son pistas de tierra. Más allá, caminos de cabras. Hasta que la naturaleza las engulla más adelante. Entonces solo quedará este pequeño minibus alado para sobrevolar 600 kilómetros de selva.

A la altura de este pájaro de hélice se distinguen las aldeas aún adormecidas en los claros del bosque, planicies de café, cortinas de tormenta gris descargando a unos kilómetros, el avance a saltos del gran río, montañas oscuras, marismas, el humo de alguna hoguera que calienta ya el desayuno. Ya sea atravesando el Sahel desde Niamey hasta Agadez, siguiendo el cauce del Nilo blanco entre Sudán y Etiopía, remontando las aguas del Congo desde Kinshasa hasta Goma o sobrevolando las caravanas de camellos de Somalia, esa altitud del avión de hélice al amanecer representa la zona perfecta. Siete horas y varias paradas después, montados en esta pequeña cafetera que más que subirte en ella, te la pones, llegamos a algún lugar que no viene en los mapas.

La tartana con alas enfila hacia una cicatriz de tierra roja abierta en la selva. Al contacto con el suelo, salta y se tambalea como fuera una carreta de la Wells Fargo perseguida por los apaches. El petardeo de la hélice se apaga en medio de la nada verde. Welcome to Ovo, dice uno de los dos pilotos sudafricanos de la avioneta. Pero en realidad Ovo no es mucho más que una aldea de refugiados y un destacamento militar donde malviven un grupo de 20 soldados estadounidenses y unos 200 ugandeses, que remolonean a la sombra de los mangos. Si hay en África algún sitio como aquellos puestos avanzados que jalonaban la frontera de Estados Unidos en su camino hacia el oeste, bien podría ser este.

Cuando bajamos, bajo una emboscada de luz incandescente me encuentro con una mano blanca. “Doctor Livingstone, supongo”. En perfecto español, una voz familiar nos saluda a Raquel y a mí con cariño. No puede ser posible. El mítico Father Carlos, el exmisionero de Uganda, con el que ya he hablado varias veces por teléfono y leído y releído su libro Hierba alta, está en esta pista, en este instante. Si será grande África, que tengo que venir al fin del mundo a encontrármelo. “Sí, doctor Livingtone, supongo”.

El Father Carlos, que en realidad se llama José Carlos Rodríguez Soto, es el único español que ha hablado con Joseph Kony, brujo apocalíptico del Ejército de Resistencia del Señor, en aquellas largas y difíciles conversaciones de paz entre la guerrilla de este chamán enloquecido y el gobierno de Uganda. Es uno de los mayores expertos en este sangriento hechicero porque aquella guerra civil le cogió entre dos fuegos. Después de Uganda trabajó en Congo, mientras que el warlord se refugiaba también allí para huir de la persecución montada por cinco ejércitos para encontrarle vivo o muerto. Ahora que Kony se esconde en algún lugar de esta selva centroafricana, José Carlos llega a este rincón del mundo, el más triste del planeta, según dice, como representante de la ONU.

Alrededor curiosean varios grupos de soldados ugandeses con la piel del color del cobre envejecido. Son los que buscan a Kony en grupos de 20, tres meses dentro de la selva, peinándola, siguiendo rastros de huellas y hogueras, intentando anticiparse a aquel que, dicen, escucha rumores, lee los vientos y es capaz de esquivar las balas. “Son un ejército eficaz, no como los centroafricanos, que no tienen equipamientos, ni disciplina. Estos chicos ugandeses, muchos de su propia etnia acholo, acabarán cazando a este señor de la guerra. Y tendrá que sentarse ante un tribunal y pagar por sus incontables crímenes”, dice José Carlos. Me despido de él, ya que para nosotros el viaje no ha terminado y ya nos espera el personal de MSF Holanda en la vecina Zemio.

Meses después de aquel encuentro volveré a darle la mano en Madrid, donde espera para regresar a su misión después del golpe de estado en Bangui de los rebeldes de la Seleka. Me cuenta cosas que no pueden encontrarse en ningún libro no solo sobre Kony, sino sobre el latido de esa nueva África que, con seguridad, será el continente protagonista del siglo XXI. Mientras termino de escribir esto, leo que los familiares de Joseph Kony reconocen que les ha llamado tras cinco años de no tener noticias de él. Dice que sigue escondido en la selva, mitad depredador mitad presa, mientras que a su alrededor se teje la tela de araña para cazarlo.

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Fotografía: Alberto Rojas


Un barbudo cruzando África

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Los mamporros y los insultos se escuchaban con nitidez. A nadie parecía importarle. Miro a los dos periodistas tanzanos que se sientan a mi lado en ese pequeño cubículo del Ministerio del Interior de Sudán del Sur. “Esto no pasa en tu país, pero en el nuestro tampoco”, me dice uno de ellos. Los tres estamos aquí, entre archivadores polvorientos, para obtener el tercer permiso del día, el que te permite filmar o hacer fotos en las calles de Juba. Entran y salen funcionarios en chancletas y soldados que sonríen bajo sus gafas de sol más falsas que Judas. Hace un calor que duele bajo las chapas de metal que hacen de tejado. Este edificio hace décadas fue una preciosa mansión británica, pero hoy es poco más que un chamizo descascarillado.

El funcionario, media hora después, pide nuestros documentos y accede a tramitarlos. Ya he pagado 100 euros en otros dos carnets de prensa y este me costará otros 30, pero me aseguran que con estos tres permisos ya no necesito nada más. En la sala de al lado siguen los golpes. Un tipo sale y da órdenes al funcionario que nos atiende. Decido levantarme e ir a ver qué pasa. ¿Qué pueden hacerme? Me asomo y veo que, sentado en una silla, hay un fulano con barba y las manos atadas a la espalda. Los dos milicos que custodian la puerta fuman tranquilamente. El tipo se dirige a mi en cuanto me ve. Me dice que es turco, que lleva tres días encerrado y que le han confundido con un espía del gobierno del norte. Yo le digo que soy periodista español y es entonces cuando cambia de idioma y comienza a hablar en un castellano aceptable. Los guardias comienzan a impacientarse. No les gusta que hable con el detenido.

Entonces me fijo mejor en él (bajito, vestido de perroflauta, barba a lo talibán, pelo largo con trencitas, háganse a la idea). Un pobre diablo que pensaba que podía cruzar África sin un solo papel, el muy incauto. Una mochila, un bastón, quizás un cuaderno de notas… “No sabía que ahora esto es un país diferente a Sudán. Aunque lo mismo me da, en Sudán y en Egipto la policía también me pegó porque pensaban que era judío por las trenzas… ahora me pegan porque creen que soy un espía árabe… ¡que soy turco!”.

Así que el panorama era ese. Un desaprensivo con pinta de mulá afgano y sin visado llega por el Nilo a Juba junto con cientos de sursudaneses apiñados en una gabarra maloliente. La policía lo detiene al bajar del bote, sin visado, y cree que es un espía. Y aquí sigue el hombre, recibiendo hostias dos días después. “Avise a mi embajada, por favor”, dice el pobre diablo. A alguien ya ha dejado de parecerle bien que el periodista blanco hable con el supuesto agente de Al Bashir. Y ese alguien lleva traje gris, cadena de oro y voz de no bromear. Lo que me dijo en inglés podría entenderlo hasta el paleto manchego que es uno: “Si no quiere tener problemas, vuelva a la sala y disfrute del país”. Dejé de tentar a la suerte y me despedí del turco. A ver si se les va a ocurrir cambiarme a mí por él.

Por fin llega el funcionario de nuevo con los carnets de prensa. Son 44 dólares, dice el muy cabrón. 30 era el precio oficial, así que 14 dólares van la buchaca. Pero es que no estoy en disposición de discutir allí dentro. Pago la guita y salgo a que me dé el aire. Cinco horas después. Tres permisos. 144 euros menos. Misión cumplida. Veo al cabrón de la cadena de oro jugando a las cartas con otros tres tíos en el patio. Ahora tengo permiso de fotografía, así que me acerco para hacerles un cromo. Me dicen de buen rollo que nada de caras, así que saco la mesa y los naipes desde arriba. Que me siente a jugar, comenta uno. No, amigos, voy más seco que la mojama.

Llamo a Gemma Parellada, que está allí curando para CNN, para tomar una cerveza bien fría. Me espera junto a la embajada americana con grupo de periodistas de aquí y de allá, todos quejándose por sus condiciones laborales. Le cuento la historia del talibán turco y rebusca en su móvil el contacto de la embajada turca para avisar de que uno de sus súbditos está aquí, más perdido que Wally en la grada del Frente Atlético. No llevaríamos ni cinco minutos cuando aparece el barbudo apaleado en un mototaxi con su bastón y su mochila mugrienta. ¡Coño, Gemma, míralo, es él! Pero tío, ¡te han soltado!

— Les he convencido de que no soy un espía y me han dado un documento provisional. Tengo 24 horas para abandonar el país. Voy corriendo a la frontera con Uganda, a ver si puedo cruzar.

Vale, amigo, pero hazte un favor y pasa antes por el barbero.


Eric Blair estuvo aquí

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Nada más entrar, tres policías nos siguen con la mirada. Nos hacemos un hueco entre el arrabal humano y seguimos hacia los andenes. Parte en ese momento un tren de la estación entre toses de locomotora enferma. Huele a humo de tabaco, a verduras cocidas, a sobaco. Intento imaginarme la escena: noviembre de 1922. Un joven británico educado en Eton pero harto de la vida académica llega a esta misma estación de Mandalay con su uniforme blanco de policía imperial. Lleva un libro de poemas de su admirado Kipling bajo el brazo y una sencilla maleta de cartón. Hay más caballeros ingleses en Mandalay en 1922. Uno de ellos es William Somerset Maugham. Sabemos que después se conocerán. Poco más.

Un chico sin camiseta, adornado por tatuajes tribales, nos observa desde la distancia y habla con la policía. Monjes budistas esperan bajo el crepúsculo a que llegue su tren. Una mujer fuma a nuestro lado. Alguien ha puesto una telenovela en la única televisión de la estación y decenas de personas rodean la pantalla. Quizá esa tele es lo único que cambia en la escena, lo que ha evolucionado este lugar de 1922 hasta ahora. Eric Blair todavía no sabía que aquella experiencia en el lejano oriente le iba a abrir una cicatriz por la que supuraría como escritor y periodista años después, no intuía que sería el autor de las dos mejores fábulas contra el totalitarismo escritas jamas: 1984 y Rebelión en la granja, ni se imaginaba que acabaría cambiando su nombre por el de George Orwell y que ese nombre daría pie a un adjetivo que definiría el asfixiante control dictatorial de la sociedad: “orwelliano”.

La Birmania de hoy, bautizada por la antigua junta militar como Myanmar, es un país bisagra, un estado dictatorial que se desmorona a la vez que nace otro democrático que intenta imponerse. Pero ni los generales acaban de morirse ni la primavera birmana de Mama Suu, como todo el mundo conoce a Aung San Suu Kyi, termina de hacerse mayor. Y así, esperando el cambio que nunca llega pero que parece que llegará de un momento a otro, vive una población harta de una de las dictaduras más sutiles y a la vez más terribles del mundo.

Hace un año, dos periodistas andando por esta ciudad con cámaras de fotos hubieran sido objeto de seguimiento, interrogatorio y confiscación de tarjetas entre un control asfixiante de los servicios secretos. Hoy a nosotros nos han revuelto un poco el equipaje en el hotel cuando no estábamos, un tipo nos ha interrogado de manera grosera en un bar del gobierno y los policías solo se limitan a observarnos. El chico de los tatuajes habla con dos adolescentes. Al rato estas dos chicas llegan a nuestro lado, sacan una cámara y dicen, amables, que quieren hacerse una foto con nosotros, los dos turistas blancos. Accedemos. Esa cámara acaba llegando en segundos a la policía, que se espanta las moscas a lo lejos. Ya tienen nuestra foto. Así de fácil.

Llega en ese momento el tren procedente de Rangún. Cae el sol, desaparece el calor y va apeteciendo una cerveza Myanmar, destilada por el gobierno, como todo lo demás. Estamos en Mandalay, la antigua capital colonial, la ciudad cuyo edificio más grande es la prisión, no será difícil encontrar algún viejo bar inglés donde sirvan ginebra. Quizás cerca de la vieja academia de policía donde vivió Eric, en cuyas pareces aún están grabados los nombres de los chicos que pasaron por allí. “Eric Blair estuvo aquí”, me digo a mí mismo. El chico de los tatuajes pasa a nuestro lado y le agarro por el brazo. Un tipo me ha contado que la enorme red de informantes del régimen lleva el reloj en la mano izquierda para que sus miembros se identifiquen. Pero este tipo no lleva ni reloj. Hey, tío, deja que te haga una foto. Ahora me toca a mí. Ponte ahí. Sí, ahí mismo, junto al vagón de tren, ese tren del Imperio Británico que nadie se ha molestado en renovar en los últimos 50 años. Quizá el mismo del que bajó George Orwell. Click.


Nairobi, la experiencia del salacot

No olvides comprar flores frescas para la tumba de la baronesa Blixen. Puedes adquirirlas en el centro de la ciudad a cualquier vendedor ambulante por un puñado de chelines. Después coge un taxi y que te lleve a las colinas Ngong, a una hora del centro, a visitar la casa de la escritora que se convirtió en granjera y que pasó a la historia por aquel libro que empezaba “Yo tenía una granja en África…”. El taxista puede ser somalí, ugandés, sudanés o congoleño porque en este continente todo el mundo está en movimiento, por eso no hay ciudades antiguas. Nairobi fue fundada en 1899. El trayecto es largo, ideal para que te cuente su historia.

Con un par de correos electrónicos y un poco de morro uno puede conseguir, además, que el legendario fotógrafo y aventurero Peter Beard, vecino de Blixen y mito de la defensa de la naturaleza, le invite a uno a un té al atardecer mientras le enseña su colección de recuerdos del África de los rituales, aquella que ya no volverá.

El centro de Nairobi, gotham city del continente, antiguo ombligo del Imperio Británico con jirones de colonialismo, es el paradigma de la nueva África: rascacielos de espejos, grandes avenidas, jardines mimados, hombres de negocios a velocidad de hormiguero, música alta en los matatus, los autobuses públicos, atascos, bares con terraza all night long, música en directo y galerías de arte.

No solo muta ese corazón de la ciudad. Alrededor de él, las grandes barriadas de chabolas, enormes bolsas de pobreza, también avanzan con planes de urbanización, saneamiento, electrificado y asfaltado. Kibera, un slum de un millón de personas, es hoy un bosque de grúas. No es cierto que nada se mueve en África, más bien todo lo contrario. El movimiento es imparable.

No hay otro continente en el que crezcan a esa velocidad las líneas de móvil, las conexiones aéreas, los kilómetros de carreteras. China está casi siempre detrás de ese despegue. Nairobi es la proyección palpitante de los sueños africanos de la descolonización, reflejados por fin después de años de guerras y depresión. Nairobi es un relato coherente, no perfecto, pero coherente.

Alrededor, su esencia, enormes parques naturales con leones, jirafas, elefantes… Y una temperatura magnífica que viene dada por su altitud: calor por el día, fresco por la noche. Las primeras luces del amanecer se ven mejor desde un globo o desde una avioneta sobre la sabana. Los nuevos tiempos cambiaron el rifle y el salacot por el teleobjetivo y el chaleco multibolsillos, así que ahora a los safaris no va uno a cazar, sino a fotografiar una pelea de hipopótamos, una estampida de cebras o una danza de pastores masai.

Monte Kenia, el Kilimanjaro al otro lado de la frontera tanzana, las carreteras por las que se perdió, literalmente, Ryszard Kapuscinsky. Yo elegiría hacerlo en caballo, en camello o en bicicleta. Más que nada por llegar lo suficientemente cansado como para merecerse un buen gin tonic o un singapur sling viendo caer el sol desde la terraza del logde, en los sillones del New Stanley de Nairobi o en los jardines del legendario Norfolk Hotel.

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El conseguidor

Bashir - Fotografía de Alberto Rojas

Mi maleta está perdida en algún punto del aeropuerto. Yo mismo la he olvidado al bajarme de la avioneta de la ONU. No hay cinta portaequipajes, así que alguien se la ha llevado a algún sitio. Pregunto a los soldados del Gobierno Nacional de Transición que pelan la pava a la sombra. No tienen ni idea. Pasa un ministro de algo escoltado por tropas ugandesas. Ni idea. Un funcionario me indica un rincón al final de la pista, junto a unos barracones. Si, allí está, con dos militares mirándola a cierta distancia, a punto de abrirla para ver si contiene explosivos. Les digo que no, que es mía… Uno me pide dinero, por las molestias, dice.

En el interior de la terminal de llegadas, tan solo un cajón de ladrillo, mis dos acompañantes de la ONG esperan a que alguien les selle el pasaporte de entrada. Me divierte comprobar que existe la opción “vacaciones” en el formulario de entrada. Bashir localiza a un funcionario, le da órdenes en somalí, un idioma con sonido de serrucho, nos saltamos toda la cola y salimos al exterior, donde nos sorprende una emboscada de luz blanca. Soldados, milicianos, vendedores ambulantes… Si hay algún lugar en la Tierra con vocación de Moss Eisley, aquel puerto espacial polvoriento de contrabandistas que salía en Star Wars, aquel del antro en el que se emborracha Han Solo, es este aeropuerto, uno de los más tiroteados y bombardeados del mundo.

Intento adivinar quién es el tipo de Al Shabab que informará a la franquicia de Al Qaeda de nuestra presencia y de con quién nos vamos. Siempre lo hacen. Varios somalíes nos miran sentados bajo un árbol. Pueden ser ellos, pero puede ser cualquiera. “¿Es la primera vez que vienes a Mogadiscio?”. Sí, Bashir, ya sabes que sí. “Pues bienvenido al infierno”, dice con una sonrisa. Te pasa un chaleco antibalas demasiado pequeño, un casco y un pequeño kit de primeros auxilios. Venga, todos al coche.

Entonces una grúa levanta una barrera de hormigón para evitar atentados suicidas, una pick up con la escolta armada se coloca delante de nosotros y ya estás en el parque temático de la guerra. No hay un edificio que no sufra la lacerante lepra de la batalla.

Más de dos décadas de conflictos superpuestos lo han convertido todo en una suerte de Stalingrado del Índico. Pero la ciudad vive entre las ruinas. La calle se llena de mujeres de atuendos de colores que se mueven a velocidad de hormiguero. Y hay gente haciendo negocios. Uno de ellos va sentado al volante con nosotros.

Cuando llegamos a su hotel-fortaleza, el hotel Peace (que lo haya bautizado así en este lugar denota su sentido del humor), nos dirá que esa escolta será nuestra escolta durante todo el viaje, que hagamos todo lo que nos digan, que ellos ven cosas que nosotros no vemos y que ese será nuestro vehículo y él nuestro conductor. “Aquí son las reglas. Nunca he perdido a un periodista y no vas a ser el primero”. Director de hotel, chófer en la ciudad más peligrosa del mundo, productor de entrevistas… Conseguidor, en una palabra, el mejor conseguidor de Mogadiscio.

Tiene a toda su familia trabajando en el hotel. Sus primas hacen la colada, sus tíos cocinan, su sobrina atiende en la recepción. Sus hombres armados son también de su clan. Así se asegura una confianza absoluta. Con sus ingresos puede permitirse mandar a sus hijas al mejor colegio de Nairobi… o de Londres.

En la habitación escucho con nitidez el primer tiroteo mientras deshago la maleta. Cerca, a dos o tres calles. Ratatatata. En pocos segundos desaparece. En ese momento llega “la sensación”. Dónde estoy, qué se me ha perdido a mí en este sitio. Ya me había pasado otras veces, pero el gran “qué cojones hago yo aquí” lo viví en ese momento en Mogadiscio. Es algo efímero pero intenso, como un orgasmo. Y luego ya te toca salir y se va. El Mogadisney Tour del recién llegado incluye el mercado de Bakara, feudo de Al Qaeda y tumba de los Blackhawk estadounidenses, el esqueleto de la catedral, lo que queda del edificio del parlamento, la playa del lido, con chalets de colonos italianos reventados a balazos… Cinco minutos aquí, Cinco allá. Me demoro unos segundos en el puerto con una foto de unos críos jugando al fútbol. Click, click. “Cuando diga que ‘nos vamos’, significa ‘nos vamos’, ¿ok?”, me abronca.

Bashir te cobra 800 euros por noche en su establecimiento de cuatro metros de muro exterior y torretas artilladas. En España no llegaría a la categoría de pensión, pero aquí es lo único que te separa de un secuestro o un ataque suicida. Incluye wifi, chaleco, casco, un pequeño ejército privado de ocho flacuchos armados y una excelente carne de camello al medio día. “¿Quieres ir a los campos de refugiados? ¿Quieres ir al frente? ¿Quieres hablar con el presidente? ¿Quieres entrevistar a Al Shabab? ¿Quieres conocer a los piratas?”. Todo depende del dinero que dejes, de los días que estés allí. Cuanto más dólares, más puertas de abren. Hasta las del infierno.

Todos los viajes están unidos a algún conseguidor. Kinshasa es Sam, República Centroafricana es François, Níger es Bisou, Sudán del Sur es Mario y Mogadiscio es Bashir y, sobre todo, el teléfono móvil de Bashir. Durante todo el trayecto llama a gente sin parar. “Getting information“, dice cuando le pregunto con quién habla. Si quiero ir al faro, llama al señor de la guerra que manda en la zona, si quiero ir a la catedral, hará lo mismo con los milicianos que cortan la calle. Todo el mundo conoce su coche y lo respeta. Me pregunto cuánto dinero de lo que le pagamos los blancos sirve para mantener esa neutralidad con todas las partes en conflicto, la cuantía del impuesto revolucionario porque nadie te toque.

En él y sus hombres depositas tu vida. Tienes que entrevistar a ese niño que llegó del desierto para buscar a su padre entre las ruinas de la ciudad. O a la mujer que acaba de parir en una tienda de plásticos de dos metros cuadrados, así que no puedes estar pendiente de lo que pasa alrededor. Para eso ya están ellos. Bajas del coche sólo cuando se despliegan. Caminan a tu alrededor, tranquilos, profesionales, a unos diez metros de distancia. Como dice Bashir, ellos ven cosas que tú no ves, porque cuando quieres darte cuenta los tienes cerrados sobre ti, a dos metros. Miras en círculo y entonces ya sabes qué pasa. Un tipo en un tejado frente a la catedral, armado, mirándonos. “Let’s go“, dice Bashir desde el coche con el walkie. “Let’s go“, repite uno de los escoltas.

Te preguntas si todo este teatrillo es real, si no es una dramatización para atemorizar a los periodistas y preservar el negocio. Como me dijeron otros dos clientes del hotel Peace, Hernan Zin y Jon Sistiaga, el auténtico documental sobre Mogadiscio lo tiene Bashir. Estoy de acuerdo con ellos.