Todo es posible

Foto: Michal Renčo (CC)

El idealismo ortodoxo considera la religión como un estadio más en la evolución del pensamiento, superado por el ser humano bajo el signo de su avance. Para el materialismo la religión no es más que una gran blasfemia que entorpece la consecución de sus objetivos. Es preciso extraer de la religión y su constructo su más preciado útil, por cierto harto incómodo para las dos corrientes filosóficas: la fe, esa extraña fuerza poderosa tan difícil de abarcar por ser el común, extremo opuesto de estas dos corrientes filosóficas de la Edad Moderna, idealismo y materialismo, que todavía hoy tratan de procurarnos una respuesta reduccionista sobre el enigma que plantea la posibilidad del conocimiento de la realidad.

Hay muy pocas propuestas —pero interesantes— en ese sentido, que han pasado desapercibidas en la sintética historia de la filosofía, excepto la del visionario Nietzsche, que advirtió que Dios había muerto porque era el hombre mismo el que había deseado y decidido que así fuera. La sentencia nietzscheana no solo no fue novedosa, sino que la encontramos casi medio siglo antes en La comedia humana de Honoré de Balzac, lo que nos da la pista de que el declive de la fe en la práctica de las religiones era ya desde antaño algo evidente. Ahora, con la fe convertida en un concepto petrificado, puede ser extraída de la religión y jugar con ella en el sentido de colocarla en sitios nunca vistos y para otros cometidos.

Es difícil secularizar la fe. Lev Shestov le reconocía a su amigo y discípulo Benjamin Fondane, en una confesión a tumba abierta, que su problema era precisamente que no tenía fe. No podía creer en el milagro, pero sí creía en la posibilidad de que todo era posible mediante el pensamiento, si bien es cierto que tan solo para aquel que se practica más allá de la especulación-razón. El pensamiento no se agota, pues, en la razón especulativa. ¿No es eso un desplazamiento inconsciente o autoconsciente de la fe? Autoconsciente en el sentido de que representaba la gran conciencia de esos filósofos —la misma historia de la filosofía— preocupados por la vida en la tierra. Tanto había desplazado Shestov la fe, que le dijo a su discípulo Fondane que luchara, pues él consideraba que no había nada imposible. Fondane ya había superado la religión, no creía en ella, tan solo creía en la revuelta y en la libertad, en poder crear nuevas formas de vivir sin el salvavidas de la fide traditio.

Si colocamos la fe en el lugar que le corresponde tras el paso por la historia del pensamiento de Nietzsche, Shestov y Fondane, ¿no aparecería ya, una vez vaciada de su vínculo identitario con las religiones, como una potencia liberadora para nosotros? Creeríamos en el sobrenombre que todo puede cambiarlo, creeríamos en el poder y las posibilidades de contravenir el principio de no contradicción, creeríamos en la fragilidad de los principios morales universales. Ignoraríamos cuestiones sobre las divinidades y encontraríamos al fin hartos limitados y cortos de miras tanto el idealismo como el materialismo, retóricas pretenciosas omniscientes de nuestro todo.

El ser humano ha ideado las especializaciones del saber, que se expresan en la clasificación de las ciencias como compendio, siguiendo el patrón aristotélico, como el intento de explicar lo inefable: Dios, la ciencia, la psicología. Estas no son sino callejones que han alejado a la filosofía de su verdadera misión: la vida, la filosofía de la vida. Las ramas o especializaciones son en sí finitas; las limitaciones y las categorizaciones de aspectos de la vida en su conjunto desde un prisma determinista no podrán ser nunca completas porque una parcialidad nunca da una perspectiva amplia. Ni siquiera las propias ramas son capaces de delimitarse como unidades indisolubles y aisladas, puesto que cada nuevo acercamiento a su totalidad vuelve a desintegrar su completitud.

Nosotros le sacamos una buena ventaja a Nietzsche. Él, antes de perder el uso de razón, no sabía que ciertas partes de la matemática eran irresolubles, que eran incomprensibles. Su comprensión o nuestra capacidad de abarcarlas todas es como esperar ser testigos de un milagro. La perspectiva de Nietzsche es la de los griegos antiguos, la de Galileo, también la de Dostoievski: dos más dos son cuatro es un juicio universal y necesario ad aeternitatis, y por extensión toda la matemática habría de ser así. Después, matemáticos como Gödel nos han demostrado que no podemos extrapolar el dos más dos al resto de la matemática. Nos ponen los pies en la tierra, y ahí va otra contradicción más: el ser humano no podrá comprender ni asir todos los conceptos matemáticos. Resulta esto, sin embargo, una suerte para nosotros, porque de esa impotencia surge la posibilidad, la posibilidad de lo imposible, de que las cosas hasta ahora no pensadas podrían ser ciertas, y estarían fuera de nuestra limitada comprensión.

La matemática ya no se reduce a la pura lógica o carácter formal; quizás los números tengan más de irracionalidad de lo que querríamos admitir. Como consideraron los pitagóricos, los números están más cerca del yin y el yan que del universal occidental. Las zonas sombreadas que no conocemos son ahora posibilidades alternativas a las zonas soleadas asibles racionalmente, lugar de descanso para nuestra ansiosa paz mental. Dostoeivski tenía razón: ¿por qué dos más dos no pueden ser cinco? Pues sí, en las matemáticas podrían darse resultados como aquellos. Una fe secular era la que profesaba Dostoievski.

También Nietzsche, atrapado como todo ser humano en su época y en su lenguaje, en la redacción madura de Así habló Zaratustra, intentó sacudirse su camisa de fuerza que era el lenguaje para expresar lo que debía quedar al margen de esta herramienta racional, y ampliar sus límites mediante el uso metafórico y paradójico de figuras complejas y creativas, como un ilusionista que se mueve dentro del elástico traje que viste y del que intenta escapar, logrando nuevas formas corporales por la elasticidad del traje que no nos permite ver la verdadera posición de los miembros dentro del traje, y ocultos a la vista. La plasticidad de su lenguaje situó a la especulación más allá del lenguaje que lo atenazaba. Burló sus limitaciones y escapó quizás al mismo lugar al que fue Hölderlin.

Las teorías de san Marx y san Engels en La ideología alemana, apodados aquí como santos tal y como a ellos les gustaba apodar a sus enemigos intelectuales, nos han traído hasta aquí. En este libro de juventud hacen una declaración de intenciones temprana:

Allí donde termina la especulación, en la vida real, comienza también la ciencia real y positiva, la exposición de la acción práctica, del proceso práctico del desarrollo de los hombres. Terminan allí las frases sobre la conciencia y pasa a ocupar su sitio el saber real. La filosofía independiente pierde, con la exposición de la realidad, el medio en que puede existir… Estas abstracciones de por sí, separadas de la historia real, carecen de todo valor. Solo pueden servir para facilitar la ordenación del material histórico, para indicar la sucesión en serie de sus diferentes estratos… Tratándose de los alemanes, situados al margen de toda premisa, debemos comenzar señalando que la primera premisa de toda existencia humana y también, por tanto, de toda historia, es que los hombres se hallen, para «hacer historia», en condiciones de poder vivir.

Si aceptamos que el materialismo ha cumplido sus promesas y ha puesto al hombre en el punto en que ahora se encuentra, de él resulta una pirámide edificada sobre estos principios como cimientos. Aquí podrán seguir construyendo los pisos que quieran, que lo que quedará siempre en la cúspide será el producto interior bruto. La degradación material de la mayoría frente a la minoría y la negación de su dimensión espiritual. Añaden los dos santos, un poco más adelante, en el mismo libro: «solamente dentro de la comunidad es posible, por tanto, la libertad personal… Porque la comunidad no es otra cosa, precisamente, que la asociación de los individuos, que entrega a su control las condiciones del libre desarrollo y movimiento de los individuos, condiciones que hasta ahora se encontraban a merced del azar».

Es justamente ese azar, el arbitrio secular no el de la fe, la resulta especulativa que ha sobrevenido a algo más de cien años del anuncio de Nietzsche y casi un siglo y medio del de Balzac. Hoy las personas se abandonan a él desde una participación activa. Si lo que trata ahora de comprender y dominar la ciencia es la amenaza del curso de la naturaleza en forma de virus, aprovechemos de ella la lección secular de que cualquier cosa es posible. Rindámonos a lo pagano. Sea la ciencia sanadora, sea la pandémica, sea el dios en el que todavía unos pocos creen, cualquier cosa es posible.


Quod vitae sectabor iter?

Las tres Parcas, de Alexander Rothaug, c. 1910. DP.

Es cierto que los que han estado allí saben que existen las magníficas praderas floreadas de las que habla Platón en su libro décimo de la República.  Lo que ninguno ha sido capaz de ver es el huso con sus grandes ruedas y engranajes girando mientras la diosa Necesidad va eligiendo y repartiendo nuestros próximos destinos en los que hemos de reencarnarnos hasta que llegue nuestra hora:

Llegaron a un lugar desde donde podía divisarse, extendida desde lo alto a través del cielo íntegro y de la tierra, una luz recta como una columna, muy similar al arcoíris pero más brillante y más pura, hasta la cual arribaron después de hacer un día de caminata; y en el centro de la luz vieron los extremos de las cadenas, extendidos desde el cielo; pues la luz era el cinturón del cielo, algo así como las sogas de las trirremes, y de este modo sujetaba la bóveda en rotación. Desde los extremos se extendía el huso de la Necesidad, a través del cual giraban las esferas; su vara y su gancho era de adamanto, en tanto que su tortera era de una aleación de adamanto y otras clases de metales… El huso entero giraba circularmente con el mismo movimiento, pero, dentro del conjunto que rotaba, los siete círculos interiores daban vueltas lentamente en sentido contrario al conjunto… En cuanto al huso mismo, giraba sobre las rodillas de la Necesidad; en lo alto de cada uno de los círculos estaba una sirena que giraba junto con el círculo y emitía un solo sonido de un solo tono, de manera que todas las voces, que eran ocho, concordaban en una armonía única. Ya había tres mujeres sentadas en círculo a intervalos iguales, cada una en su trono; eran las Parcas, hijas de la Necesidad, vestidas de blanco y con guirnaldas en la cabeza, a saber, Láquesis, Cloto y Atropo, y cantaban en armonía con las sirenas: Láquesis las cosas pasadas, Cloto las presentes y Atropo las futuras.

Así lo narra Platón en la República.

Todo esto sucede mientras los pobres humanos asistimos atormentados (unos más que otros) a ese reparto ajeno a nosotros y gobernado por la diosa Necesidad. En Consciencia. Más allá de la vida, un estudio de Pim van Lommel (Atalanta) se recogen las ECM (experiencias cercanas a la muerte) de un gran número de pacientes que cuentan sus experiencias secretas en circunstancias próximas a la muerte, y que ante la seriedad e insistencia de los grupos médicos dedicados al estudio de esta nueva preocupación científica —que no filosófica, puesto que desde la antigüedad la muerte es uno de los temas centrales de la filosofía— se prestan a relatar estas experiencias que antes guardaban en un cajoncito que solo era abierto en la intimidad de su soledad o en muy raras ocasiones.

Estas experiencias consisten básicamente en salirse de uno mismo, como relata Martin Buber en los testimonios recogidos en el libro Experiencias extáticas publicado recientemente, y que es el mayor compendio publicado hasta la fecha de las experiencias extáticas a lo largo de la humanidad por las diferentes religiones y regiones del mundo. Este volumen da testimonio de lo inefable que se produce en estas experiencias; no se había hecho hasta la fecha un intento de esa envergadura. Ahora Lommel nos acerca estas experiencias desde el punto de vista científico. En su caso ya no se trata de experiencias místicas, son personas que no buscan el contacto con el más allá, sino que ante la muerte física del cuerpo narran cómo salen de sí y los sucesos que acaecen en torno la mayor de las veces mientras son reanimados. En esos momentos el espacio ya no existe (afirman no tener limitaciones físicas ni de movimiento) así como el tiempo, pues parecen dirigirse a un lugar donde se está en contacto con otros seres queridos desaparecidos, informes como ellos, y rememoran su vida, todo a la vez en el mismo lugar y al mismo tiempo.

La cantidad, distancia temporal y física y desconocimiento de las personas implicadas de los casos de los demás pacientes hacen pensar que las experiencias sean reales, puesto que además las descripciones sobre la desaparición del tiempo y el espacio son coincidentes en la mayoría de los casos. Los sucesos recuerdan los postulados panteístas. Además, en algunos casos aislados, dicen haber recordado sus experiencias vitales en varias épocas de la historia, hasta tres o cuatro distintas con igual intensidad. Y como afirma Lommel, no es necesario llegar a la muerte física para encontrar testimonios sobre este tipo de experiencias. 

Es sorprendente la similitud de las experiencias producidas en ese estado durante la ECM (crisis existenciales) y las teorías sobre la noesis de Platón. Como dice uno de los relatores de una ECM: «La experiencia lo cambió todo: hay algo más allá de la muerte, y es bueno. La muerte no es más que la liberación del cuerpo». Platón debió de aprender todas estas teorías relacionadas con Perséfone en las cuevas donde los pitagóricos intentaban arreglar estas crisis existenciales. La intención de introducir a la gente en cuevas tenía motivos sanadores, bien sea por crisis mentales, personales y además en aras de un más profundo conocimiento de lo que sucede más allá de la muerte. Algunos de los pacientes que han relatado su experiencia coinciden en otro punto también relacionado con las teorías platónicas sobre la intuición. Los testimonios comunes viene a decir: «Hoy confío plenamente en mis instintos». No tan afín es esta otra parte del testimonio: «En el momento en que empiezo a pensar, todo se va al garete».

En paralelo a la proliferación de libros y estudios sobre las ECM, algunos científicos dedicados principalmente a la física cuántica van apostando hipótesis más o menos explicables sobre la existencia de dimensiones de realidad paralelas a la nuestra, transformando nuestra visión del universo al multiverso. Si al nuevo conocimiento sobre las ECM sumamos las hipótesis sobre la posible existencia de varias dimensiones además de la que denominamos realidad, puede que sintamos la imperiosa necesidad de replantearnos todo, incluido el relato tradicional de la filosofía; las teorías a veces más denostadas por peregrinas pueden estar más cerca de la verdad (belleza) platónica de lo que se pretendía. 

Los platónicos nos hablaban de la inmortalidad del alma demostrada a través del conocimiento como recuerdo (reminiscencia), y de ahí íbamos atónitos a la universalidad de las ideas. Al primer punto de la anterior afirmación nos acercamos bastante si aceptamos la veracidad de los testimonios de las personas que han sufrido una ECM. Varias personas cuentan, sobre sus ECM, haber sido reencarnados en períodos distantes de la historia; seguirían así las teorías de Platón acerca de la metempsicosis: preexistencia, inmortalidad y reencarnación.

Si los testimonios de estos pacientes son ciertos y las hipótesis sobre la existencia de diferentes dimensiones de la realidad también lo son, estaríamos más cerca del sueño de Lev Shestov de vencer a la Necesidad, quebrando el movimiento circular de los engranajes de las ruedas del huso de la Necesidad para celebrar la victoria del hombre sobre la muerte y la conquista de la libertad. Para eso, antes de los pseudoavances relatados en este escrito y que son muy recientes, había que tener mucha fe, como la que profesaba Shestov, en pos de la liberación de las cadenas que atenazan al hombre: la necesidad que todo lo gobierna y que tiene su punto culminante en la muerte. Por su gran fe en la victoria y por su incansable lucha se ha confundido su fe con la que se profesa por los fieles a su religión.

Shestov y Platón estaban de acuerdo en desear la misma cosa, como la mayoría: lograr la inmortalidad del alma. Lo que Shestov criticaba de Platón y sus seguidores era la deriva del pensamiento de las personas sometidas por principio a ese idealismo en el que la aspiración a la belleza (verdad) era siempre confundida con el bien bajo no se sabe muy bien qué secuencias lógicas, que en muchas ocasiones quedaban por discernir más adelante. Una crítica certera en ese sentido, además de en Shestov, se puede encontrar en un libro de Iris Murdoch: El fuego y el sol. Por qué Platón desterró a los artistas, en el que Murdoch hace un recorrido rico en citas explicando cómo y de qué manera Platón hipoteca nuestra libertad, enfocada al ámbito artístico, en pos de la búsqueda de una sociedad hiperracionalizada como la de su República. De ahí la oscuridad está a un paso. Los cristianos encontraron la apología ya hecha en el libro de Platón sobre Sócrates y luego la adecuaron a su religión. Cristo hizo el papel de Sócrates. Pero en lugar de escuchar al daemon escuchó el mensaje divino y se sacrificó por todos nosotros. De la apología de Platón sobre Sócrates resultó muy fácil hacer los diez mandamientos y todo lo que vino detrás. Sócrates era un tában,o como queda demostrado al leer el libro Recuerdos de Sócrates de Jenofonte, pero lo importante es que lo mataron por ir a la contra, y que después de esto no se movió nadie, el miedo paralizó a los humanos como la cabeza de medusa. Como dice Fondane, diez siglos después del nacimiento del cristianismo no hubo historia. Fueron años de oscuridad y terror.

Respecto de la política, Cioran dice en sus Cuaderno de Talamanca que los de izquierdas le adelantan por la izquierda y los de derechas le adelantan por la derecha. Si hacemos la analogía con Shestov diremos que los materialistas le adelantan por abajo, a ras de suelo, y los idealistas por arriba, por el cielo, situándose él en el punto ideal para escapar de los que tratan de encerrar el existencialismo exclusivamente en la inmanencia. Si fusionamos la posición de ambas situaciones en un hipotético espacio de tres dimensiones, su postura quedaría en el justo medio. Si en el punto medio situáramos a Shestov, este permanecería inmóvil, debido a que las corrientes dominantes pasarían por los cuatro puntos cardinales, norte y sur, idealismo y materialismo, y este y oeste, derecha e izquierda. La partícula central representaría la posición política y conceptual de Shestov, ajeno a esas corrientes. Sería el justo medio, la virtud ansiada por la filosofía griega, sería su paroxismo.

En el último siglo la imperiosa Necesidad con su templo, y la muerte como telón de fondo de «esta obra teatral que es la vida» entre otros para Simone Weil, ha sufrido formidables ataques filosóficos. De estos ataques renació tras las guerras y el sepultamiento de los existencialismos de la primera hora: Kierkegaard, Shestov, Fondane. Ahora, cien años después, la batalla se libra en el campo de la materia; ya no aspiramos solo idealmente o mediante el pensamiento, ahora la batalla física es más cruenta. La medicina parece estar ganando la guerra a la muerte. Escuchamos cómo ha ido subiendo el volumen durante estos años de las voces narcisistas, preocupadas y ocupadas tan solo por el cuerpo, que no son sino el preludio de la muerte, al menos intuida, de la Ananké (la Necesidad). Su derrota  hará más superlativo el culto al cuerpo y los atributos físicos. El narcisismo cotiza al alza. El ser humano solamente pone cuidado en su cuerpo y no en su alma.

Que la muerte finalmente sea vencida genera una paradoja, puesto que podríamos haber perdido la libertad, cortando en seco el ciclo anudado de la muerte del que habla Platón, donde el ser humano renace continuamente hasta que alcanza su destino. Ante este hecho, habríamos de darle la razón a Platón, el alma sería inmortal; a Nietzsche porque afirma que la vida es un eterno retorno; a Shestov porque lucha contra la Necesidad pero no contra un concepto, sino contra lo que coarta nuestra libertad, siendo igualmente la vida o la muerte como encarnaciones de la Necesidad ambos enemigos de su pensamiento. La cuestión es ser libres mientras estemos en el mundo, bien sea para morir o vivir eternamente, pero hacerlo sin las cadenas que nos atenazan con los conceptos del idealismo. Para Shestov habría que detener el movimiento cíclico de los engranajes de la Necesidad. Y tal vez solo podamos ser libres como anuncia Cioran: en la posibilidad de acabar con la propia vida, aunque esta vida sería, bajo las nuevas reglas de la ciencia, que venció a la muerte, una no vida.

La vida pasaría a ser bastión de la necesidad y la muerte sería la posibilidad de acabar con ella. Lo que antes había de suceder de igual manera, lo necesario, sería ahora imposibilidad. Los pensadores que se habían ocupado de la parte del pensamiento relacionada con la muerte pasarían a tener la importancia que no han tenido hasta ahora, y el resto pasarían a formar parte de las zonas sombreadas de la filosofía. Tendríamos la filosofía especulativa, cuyo cenit data del siglo XIX, y la filosofía de la existencia, que critica las limitaciones del conocimiento para la vida. La gente se asomaría a las filosofías antes marginales en busca de la verdad sobre la existencia, y sobre su antinomia, la muerte, y su ángel,el Ángel de la Muerte que se aparece a Dostoeivski cuando le leen su sentencia de muerte. Como dice Shestov en su obra Las revelaciones de la muerte: «Allá en la tierra, todo eso era importante; aquí es preciso otra cosa… Huyamos hacia nuestra querida patria…».