Julio Verne, ¿un escritor fantástico?

verne turner
Lluvia, vapor y velocidad. El gran ferrocarril del Oeste, de J. M. W. Turner.

Cuando nace en 1828, el único medio de transporte son las barcazas en los canales, y los carros, carruajes y demás vehículos tirados por animales. Los canales han aumentado su extensión por toda Europa y, si bien por ellos se pueden transportar grandes cantidades de mercancías, se hace de forma muy lenta. La mayoría de los viajeros va andando, en mula o a caballo. Recorren distancias muy cortas. La gente vive y muere en su pueblo o en su ciudad. Solo las epidemias, las grandes hambrunas o las guerras provocan grandes desplazamientos de población. 

Nantes, lugar de nacimiento de Julio Verne, está en la costa, y además tiene un gran río, el Loira. Los grandes barcos del puerto y los pequeños barcos fluviales forman parte del paisaje de su infancia. Este paisaje ha cambiado poco en doscientos años. Pero Verne nace en el momento exacto: el momento en el que el humano occidental va a poner del revés su tranquila existencia, va a sacudir los pilares de su mundo.

La Revolución Industrial es solo una de las muchas que se están produciendo. Las fábricas son algo nuevo. Una irrupción en el paisaje de las ciudades y de los campos de la que los dibujantes y pintores de la época darán buena cuenta. Pero los cambios no afectan a una zona, afectan a todo el continente.

La máquina de vapor, que se usaba para la industria, se empieza a usar para el transporte. En 1828, cuando nace Verne, el tren ya existe, pero aún no funciona ninguna línea de pasajeros. Desde 1825 se transportan mercancías en la línea Stockton-Darlington, pero hasta 1830 no se inaugura la línea de pasajeros Manchester-Liverpool, que es considerada como el inicio del transporte ferroviario. Y puede que esto nos parezca algo trivial, pero el ferrocarril lo va a cambiar todo, desde la economía hasta la mentalidad de las personas. Los rebaños huyen despavoridos y los pastores reciben el tren a pedradas. Hay accidentes y sabotajes. Los pueblos se enfrentan entre ellos para que el ferrocarril pase o no pase por sus tierras. Los médicos dicen que la alta velocidad del tren (unos cuarenta kilómetros hora de media) es perjudicial para la salud. En las aldeas olvidadas, los que han visto el tren lo describen a sus paisanos como un «demonio con ruedas». 

El mundo va a cambiar. Va a cambiar muy rápido. Al tren le sigue el barco a vapor. Luego el coche. Luego el avión. Verne muere en 1905. Tres años antes los hermanos Wright han realizado el que está considerado como el primer vuelo de un avión de la historia (aunque no patenten su invento, el aeroplano, hasta 1908). Así lo imposible ya es posible. El ser humano se ha librado del transporte animal. Siglos y siglos midiendo distancias según las jornadas a caballo. Ahora el tren, el barco de vapor, el coche, y finalmente el avión, van a hacer que el mundo sea mucho más pequeño. ¿Tan pequeño como para darle la vuelta en ochenta días? Por supuesto. Eso sería algo impensable en 1828, pero en 1905, cuando muere Verne, eso es ya un hecho. El mundo se puede recorrer a una velocidad inconcebible. Se ha abierto el canal de Suez, se está construyendo el de Panamá, América del Norte se puede recorrer en ferrocarril de punta a punta, América del Sur pronto se recorrerá con el Transandino. El Transiberiano te lleva a los confines de Asia. Incluso se puede volar sobre el mar… Además de globos, ya conocidos desde hace mucho, están los modernos dirigibles. ¿Quién se acuerda hoy del zepelín alemán? Pues ahí va un dato: de 1908 a 1914 la Asociación Alemana de Aviación transportó a casi treinta y cinco mil personas en más de mil quinientos vuelos sin un solo incidente. Y poco después, hasta el desastre del Hindenburg del 6 de mayo de 1937, el Atlántico se puede cruzar por el aire. Hasta ese fatídico día, los dirigibles alemanes lo cruzan diecisiete veces, transportando a dos mil setecientos noventa y ocho pasajeros.

En 1872, dar la vuelta al mundo en ochenta días aún es lo que llamaríamos ciencia ficción. Algún lector puede elogiar la imaginación del autor. O puede decir que «solo fantasea». En 1905 esta novela de ciencia ficción es una simple novela de aventuras. Dar la vuelta al mundo en «tan poco tiempo» no resulta una hazaña sorprendente. La historia ha ido más rápida que su imaginación. 

Pero la imaginación de Verne no se conforma con lo terrestre. Con la tierra. El ser humano del medievo vive aferrado a la tierra. El renacentista y el contemporáneo son más exploradores, más viajeros. La aventura no es cosa de locos (hay aventureros medievales, por supuesto, como Ibbn Battuta, o como nuestro interesante y casi desconocido Pero Tafur, un noble castellano que recorrerá por su cuenta y riesgo casi todo el mundo conocido por entonces, esto es, Europa, Asia y una pequeña parte de África), pero hasta el siglo XIX la persona corriente no viaja. O viaja muy cerca. El que viaja lo hace por necesidad, como los emigrantes a América, no por placer o por curiosidad. Los transportes modernos, con su velocidad y sus precios competitivos, ponen el viaje al alcance de una buena parte de la humanidad. 

Y esta humanidad está ansiosa por enfrentarse a los dos grandes retos, los dos límites que aún no ha podido superar: el cielo y el fondo del mar. Y ahí tenemos otra vez a Verne. Que imagina que conquista el cielo. Y aún más lejos… el espacio… la Luna, lo más lejos que puede llegar la imaginación humana. Y el mar… el inmenso océano… Pero no sus islas y sus corrientes marinas. Sino su fondo. Lo desconocido. Lo oscuro. Esa parte del mundo que ningún ojo humano ha visto aún. Y Verne quiere verlo. Verne quiere saber

Verne siempre ha querido saber. De joven se encerraba en las bibliotecas de París dispuesto a devorar todos los libros. Ahora quiere contar lo que sabe. Y quiere contar algo más que eso: lo que imagina. Y su imaginación siempre está echando una carrera con la historia. A ratos se adelanta la historia, a ratos se adelanta él, pero al final no importa quién gane. Verne es un adelantado y Verne es un iluminado. Pero Verne también es un soñador. Y Verne cree en el progreso. Y sabe que está viviendo una época fantástica. Una época en que lo más increíble se puede convertir en lo más rutinario.

Los trenes… A nosotros nos resulta imposible imaginar lo que pensó una persona de la primera mitad del siglo XIX cuando vio por primera vez un tren. Los impresionistas no paran de pintarlos, ¿por qué será? Ya Turner lo había pintado en 1844, y si nos fijamos bien lo pinta igual que pinta sus tempestades: algo incontenible, poderoso, inabarcable, terrible, algo que estremece y no te puede dejar indiferente. Darío de Regoyos lo toma por metáfora del progreso frente a la tradición y el oscurantismo («Viernes Santo en Castilla»: la procesión religiosa ignora al tren, y el tren ignora a la procesión, pero uno pasa sobre los otros, uno se mueve raudo, los otros permanecen estáticos). Sagasta, político liberal y hombre moderno, era ingeniero de ferrocarriles, ¿una casualidad? El tren despierta recelos, pero nadie puede impedir su avance. Y los adelantos mecánicos siempre se traducen en cambios sociales.

Los cambios en la industria artesanal llevan a las fábricas, pero las fábricas llevan a las mujeres al trabajo. Y son los dueños de las fábricas los que les abren las puertas. La familia se tambalea. Se reduce. Cambian los roles. O se amplían. El hombre ya no es el único que tiene que traer dinero a casa. Los niños también caen en la rueda del capitalismo industrial. El trabajo del campo tiene su ritmo. El trabajo en la fábrica deshumaniza al humano. Llueva o nieve, haga calor o frío, por el día y por la noche, la fábrica no cierra nunca. Y nos adaptamos. No queda más remedio…

En muy pocos años, de la máquina de vapor y el carbón se pasa a la gasolina y el motor de explosión, del tren a la carretera. Ahora los campos y los montes no solo se llenan de raíles y de cables (el telégrafo y el teléfono, siempre corriendo paralelos al tren) sino también de asfalto. Antes, en 1878, un rey español se podía plantear cerrar una frontera a cal y canto, para que no entrara nada que hiciera alusión a la Revolución francesa (hasta los abanicos se requisan). Ahora es imposible. El volumen de personas y de mercancías que se mueve por toda Europa es imparable. Y con ellos van los libros y los periódicos, las nuevas ideas…

Todo va rápido, muy rápido. ¿Quién es el soñador, quién es quien tiene una imaginación desbordante? 

Verne nos presenta hijos valientes, oficiales exploradores, inventores entusiastas. ¿Sale todo de su cabeza?

Bertha Benz usa el invento de su marido, el ingeniero Benz, para ir a ver a la abuela. No lo piensa. Una mujer puede moverse libremente. Sin permiso de su marido. Son otros tiempos. ¿Y cuál es el invento en cuestión? El coche con motor de gasolina, nada menos… ¡Eso en un momento en el que la gasolina solo existe en las farmacias y se usa como disolvente!

¿Quién se podía imaginar en 1828 que una buena señora iba a coger a sus hijos e iba a recorrer ciento cuatro kilómetros por caminos polvorientos con un vehículo a motor? No un hombre. No un rico con su caballo. No un comerciante o empresario sentado en un cómodo asiento de tren… Un ama de casa que entrará en la historia al coger, con toda naturalidad, un vehículo que hasta ese momento solo se había utilizado en cortos trayectos de prueba. Si los viajes en tren eran toda una aventura, ¿qué calificativo se merece ese viaje? Estamos en 1888. La imaginación de Verne no podía llegar tan lejos…

En el siglo XIX todo se pone patas arriba. Monet, Renoir, Manet, Van Gogh, Gauguin, ponen el arte patas arriba. Bakunin, Marx, Engels, Robert Owen, ponen patas arriba la política. Aparecen nuevos países. Caen imperios. Hasta el papa de Roma se da cuenta. El título de su encíclica de 1891 no tiene desperdicio: De rerum novarum. «De las cosas nuevas». Y hay tantas. Inventos como la electricidad, el teléfono, la radio, el cine, innumerables máquinas para trabajar y para vivir. Nuevas clases sociales. Un nuevo urbanismo… El ser humanos renacentista se sentía una persona nueva, que podía mirar a Dios con orgullo, sin complejos. El contemporáneo se siente no ya igual sino superior a Dios (e incluso se plantea destituirlo, enterrarlo, sepultarlo en la oscuridad de la superstición). No tiene límites. Ha recorrido el mundo. Ha volado. Ha explorado cuevas y fondos oceánicos. Ha inventado ciencias nuevas y descubierto los secretos de la naturaleza. Y donde no ha llegado aún sabe que llegará pronto. Que su capacidad de progreso es infinita. Es una época optimista. A veces los cambios son brutales. Hay guerras. Hay ambición desmedida. Hay hambre, miseria y sufrimiento. Y todo eso está en las novelas de Julio Verne, que no huye de la realidad, porque del mismo modo que Cezanne decía que «el Louvre es el libro en el que aprendemos a leer», Verne crea una nueva realidad a partir de la vieja realidad. 

En 1863, Verne había escrito una novela llamada París en el siglo XX acerca de un joven que vive en un mundo de rascacielos de cristal, trenes de alta velocidad, automóviles de gas, calculadoras y una red mundial de comunicaciones. La novela quedó inédita y no fue publicada hasta 1994. Esa realidad asombrosa de 1863 ya era una realidad rutinaria en 1994. Verne y la historia empatan en la línea de meta. Pero no todo es hermoso y positivo. El siglo XIX tiene sus sombras. Y Verne lo sabe. Su novela París en el siglo XX es pesimista. El progreso técnico no da la felicidad. O no la da por sí solo. Verne, como otros escritores, acaba desencantado. Su vida personal no es muy ejemplar. Un matrimonio desdichado. Graves problemas con su único hijo. ¿El egoísmo del artista contra la vida familiar? ¿La vieja historia de siempre? Desde luego, no fue un buen marido. Ni un buen padre. Sus viajes y sus libros se llevaban su tiempo y sus energías. Pero el mundo cambiaba rápido y él no quería perderse sus cambios. ¿Verne, un escritor fantástico? No. Lo fantástico era el siglo XIX.


España en regional: de Valencia a Barcelona

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Casi todo el mundo que viaja desde Valencia a Barcelona o viceversa va en Talgo o en Euromed, pero todavía quedan algunos insensatos, o despistados, que van en el regional, en el único regional que circula entre Valencia y Barcelona. Es un viaje muy largo, tan largo que cuando el pasajero de mi lado le pregunta al revisor si falta mucho, el revisor se encoje de hombros y, lacónico, se limita a decir: «Hasta la noche no llegaremos». Hemos salido a las dos de la tarde. Y no llegaremos hasta las nueve. O puede que más. Nunca se sabe. Este tren es un tren muy extraño. Para empezar, va muy lento, porque cada dos por tres se para a esperar que pasen los Talgos o los Euromed o incluso las mercancías. Y luego llegamos a L’Aldea-Amposta, la primera parada nada más pasar el Ebro, y el tren se da la vuelta. Sí, eso mismo, empieza a ir marcha atrás (para susto de unos cuantos viajeros), pero no, no volvemos a Valencia, simplemente estamos tomando el desvío hasta Tortosa. Y Tortosa está cerca, pero cuando llega a Tortosa se tira, no se sabe bien por qué, unos veinte minutos parado en la estación, que es una estación que se ha quedado muy grande para un solo tren. Antes estaba en la vía principal, pero con el nuevo puente del Ebro los trenes ya no pasan por aquí. El único que pasa por aquí es este regional, que parece que no tiene ninguna prisa por llegar a Barcelona. Bien, al final salimos de Tortosa y volvemos a L’Aldea-Amposta, cambiamos de vía, dejamos pasar a otro Talgo y nos volvemos a poner en marcha. Casi hemos perdido una hora.

De todas maneras, mejor no quejarse, porque puede ser peor. La mayoría de los trayectos tienen trasbordo en L’Aldea. Haces lo mismo, pero tienes que bajar de tren y esperar en un andén, donde no hay nada que hacer, a que el tren se vaya a Tortosa y llegue otro, que en realidad muchas veces es el mismo, con lo cual el trasbordo se podía haber evitado. ¿O no? Este regional es muy extraño, ya lo he dicho. Por suerte, no sé por qué, en este viaje no tengo que hacer trasbordo. Y mientras estamos parados en Tortosa me pongo a hablar con otros pasajeros. Al final son tantas horas que iniciar una conversación o al menos un intercambio de palabras es inevitable.

Por cierto, otra curiosidad de este tren es que es el único regional (me lo confirman en la estación) que funciona con billetes de cercanías. Solo el trayecto de Valencia a Castellón. Pero eso no deja de ser otra anomalía, o incluso otra excentricidad. Estoy harto de oír por megafonía eso de «Con este tren no son válidos los billetes de cercanías», y ahora resulta que con este tren, únicamente con este tren, sí se puede ir con un billete de cercanías. Al menos hasta Castellón. ¿Por qué? ¿Por qué va tan lento como los cercanías?

La verdad es que no lo sé.

Lo que está claro es que aquí no hay que venir con prisas. Para las prisas ya están los Talgos y los Euromed, que van y vuelven de arriba a abajo a todas horas. «El corredor mediterráneo», eso será esto algún día. De momento hay una parte que aún tiene vía única, y hay mucho tráfico, y hasta el Talgo y el Euromed son más lentos de lo que deberían ser. Y luego están las obras, porque siempre hay obras. El AVE hasta Castellón o lo que sea, pero siempre nos paramos en algún sitio. Por suerte hoy no tengo prisa. Y puedo mirar el paisaje sin ninguna preocupación. Y el paisaje es estupendo, sobre todo cuando nos acercamos al mar, cuando vemos las playas de Tarragona y de Barcelona, cuando nos metemos por los túneles de las montañas del Garraf y entre túnel y túnel el tren casi toca la arena de pequeñas playas que ahora en verano están llenas de bañistas, y que en invierno las vemos vacías y tranquilas, con, muy de tanto en tanto, alguna pareja paseando de la mano o algún hombre jugando con su perro. Y el mar está azul y sereno y parece un espejo infinito, un espejo al que el tren va a mirarse cada pocos metros.

Pero antes del mar, tenemos el río. Vuelvo a cruzar el Ebro y cruzar el Ebro, como cruzar cualquier gran río, es una frontera psicológica. Sobre todo, si haces la «ruta del norte», la ruta del exilio, la ruta del emigrante. Hace dos años, yo hacía esta ruta todas las semanas. Ir a trabajar a un pueblo cercano a Barcelona, luego volver el fin de semana a casa, esa era mi vida hace dos años. Tenía suerte, para algunos la «ruta del norte» no acababa en Barcelona, y allí cogían otro tren, y luego puede que otro. Y yo sé lo que es cruzar el Ródano y el Rin y el Danubio, y sentir que cada río que pasas estás más lejos de casa, y que vives en dos sitios sin vivir en ninguno, que vives dos vidas sin vivir ninguna. Esta lección la aprendí dos veces. Hace muchos años, con una mochila a la espalda, viajé por Europa. Y aunque yo lo hacía por placer, conocía gente que lo hacía por necesidad, porque no tenía más remedio. Y luego, la vida es así, a mí me toco irme a trabajar lejos de mi familia. En mi caso fue Barcelona, otros se iban más lejos. Y todos cruzábamos los largos puentes sobre ríos caudalosos y nos inquietaba pensar que los puentes se pueden romper y te dejan incomunicado, y nunca se sabe a qué lado te va a pillar la riada.

En eso pienso en Tortosa, mientras espero que el tren vuelva a ponerse en marcha y hablo con mis vecinos de asiento, que son jóvenes y van, como yo iba, a Barcelona por trabajo. Y hablamos de los alquileres y de la zona por la que viven. Y nos intercambiamos consejos, como buenos viajeros y buenos emigrantes. Y hablamos, sin hablar, de la vida que hemos dejado detrás.

Y ya nos entendemos con el metro, que al principio a todos nos costó. Pesadas maletas y larguísimos pasillos calurosos. ¿Cómo puede hacer tanto calor en el metro de Barcelona? Y no saber qué dirección tomar y todo lleno de gente, pero ninguna señal a la vista. O solo señales difíciles de entender. Sí, hablamos de los cambios, de la adaptación a una ciudad nueva, que deja de ser hostil cuando empiezas a manejarte tú solo en su sistema de transporte. Y hablamos de los trabajos y de los planes de futuro. Y luego, cuando el tren roza la playa, miramos el mar y miramos a los bañistas. Y algunos niños nos saludan con la mano. Y dentro de poco llegará la noche y ya se verán las lejanas luces de los pueblos de las afueras de Barcelona.

Un día después llamo a un amigo que vive en uno de estos pueblos. Yo ya no trabajo allí. Él sí. Le cuento que quiero escribir sobre este tren. «Nos conocimos en ese regional, camino de Tortosa». Me recuerda. No lo he olvidado. Por supuesto. Los trenes te llevan de una vida a otra. Y a veces encuentras amigos a mitad camino.

Este texto es un capítulo del libro España en regional 


La Valencia de los Borja: oro, sangre y tinta

los borja
Calixto III por Juan de Juanes; Alejandro VI, por Cristofano dell’Altissimo; y César Borgia, por Altobello Melone.

Mi padre nació en Torreta de Canals, el mismo lugar donde nació Calixto III, el primer papa Borja. Cuando era pequeño recuerdo jugar en una plaza donde había un torreón decrépito. Mi padre me contaba que allí había nacido un papa y a mí no me entraba en la cabeza. ¿Los papas no son de Roma? ¿Los papas vivían en torres? La torre del papa Calixto, que aún está en pie y ha sido reformada, es un torreón militar. En su momento, pese a su decadencia, conservaba el aspecto defensivo que debe tener un edificio de esas características. El niño que era yo, sin poder expresarlo adecuadamente, percibía una especie de incongruencia entre lo que me contaba mi padre y lo que veían mis ojos. Vivir en una torre no debía ser muy agradable. Era alta y estrecha. Aquella construcción provocaba en mi mente escenas bélicas, guerreros con armadura, soldados al asalto con catapultas, duelos a espada y a caballo, en fin, que aquel me parecía un lugar muy poco adecuado para un papa. Después averigüé que aquella torre no era sino el origen y, posteriormente, una parte de un palacio que pertenecía a la familia Borja. En aquel momento, cuando nace Calixto III, la aldea de La Torre, lindante con Canals, no pertenecía a Canals, ni a Xàtiva (que la compró en 1506), aunque estaba dentro de la jurisdicción de esa ciudad, y aquel palacio (del que solo queda en pie la torre) era una de las propiedades que la familia Borja tenía por los alrededores. De modo que el papa Calixto III nació allí como podía haber nacido en la ciudad de Játiva, donde de hecho fue bautizado y donde estaba la casa principal de la familia.

En aquel momento, esto es en 1378, los Borja era una familia de lo que podríamos llamar pequeña nobleza rural. Una familia que gozaba de muy buena posición económica pero que no sobresalía en absoluto respecto a las demás familias nobles valencianas, aragonesas o castellanas. Nada parecía indicar que, en solo dos generaciones, los Borja iban a convertirse en una de las familias más poderosas de la Europa renacentista.

¿Qué queda de los Borja en Valencia? Empezaremos en Játiva, en aquel momento una de las ciudades más importantes del reino. Si ustedes son de los que quieren estar bien informados pueden optar por una ruta guiada por la Játiva de los Borja. Visitarán, entre otros edificios históricos, la Casa Natalicia de Alejandro VI (el segundo papa Borja), la Colegiata de Nuestra Señora de la Seo, el Palau de l’Ardiaca o la iglesia de Sant Francesc. Si en cambio son de los que gustan de ir por libre, dejen el coche y adéntrense en el casco histórico, y limítense a seguir las señales indicativas, sin prisa, disfrutando de cada recodo del camino. Casi todo lo que van a ver guarda relación de un modo u otro con los Borja. La Játiva renacentista no se puede entender sin el dinero, el poder y la cultura de los Borja. De la misma forma, la Valencia renacentista o incluso la Castilla renacentista no se pueden entender sin los Borja, que en sus constantes viajes desde Italia a la península siempre traían consigo algún pintor o humanista italiano, propiciando de este modo la renovación de la cultura y el arte español. En uno de sus barcos también volvieron los pintores Fernando de Llanos y Fernando Yáñez de la Almedina, después de pasar varios años formándose como discípulos de Leonardo.

Lo único que se libra de la influencia de los Borja en Játiva es su castillo, que ya existía en los tiempos en que Aníbal se paseaba por la península sometiendo a las tribus íberas y, de paso, preparando su marcha hacia Roma. El castillo de Játiva ha dominado la ciudad desde siempre, pues es anterior a ella. Ha sufrido muchas destrucciones y también muchas reformas caprichosas (fue propiedad privada de un industrial de la ciudad, que lo usaba como finca de recreo), pero bien merece una visita. No tanto por los vestigios históricos (que quedan pocos) como por la espléndida vista que se divisa desde él. Además, si bien está en una cima escarpada, el ascenso es fácil, pues, además de en coche particular, se puede llegar en uno de esos trenecitos turísticos que tanto gustan a los niños. Si usted viaja con su familia, esta opción es la más cómoda y divertida.

Y si está pensando en dormir en Játiva, en las faldas del castillo y en la parte vieja de la ciudad encontrará casas rurales y hoteles rurales para todos los bolsillos. Algunos verdaderamente espectaculares, otros más modestos, pero todos muy acogedores. Ahora bien, si usted es enemigo de las multitudes, absténgase de visitarla del 15 al 20 de agosto, pues se celebra una importante feria comercial, la «Fira» de Játiva, que data de un privilegio concedido por Jaime I en 1250. Por el contrario, si lo que quiere es animación y buen ambiente, ese es su momento. Durante siglos la «Fira» ha sido un irresistible foco de atracción para los pueblos vecinos y en la actualidad a estos visitantes se suman ingentes grupos de turistas llegados de todas partes. 

Después de Játiva la siguiente escala en la ruta de los Borja es Simat de la Valldigna, un pequeño pueblo cercano a Gandía donde se encontraba uno de los monasterios más ricos de toda la Corona de Aragón, el monasterio de Santa María de la Valldigna. Allí, entre los restos que aún quedan, pueden verse varios escudos de la familia Borja en la Sala Capitular, pues tanto Rodrigo de Borja, futuro papa Alejandro VI, como su hijo César ejercieron el abadiazgo de dicho monasterio entre 1476 y 1498.

El monasterio cisterciense de Santa María de la Valldigna corrió la misma suerte que muchos edificios y conjuntos arquitectónicos de esa índole. Fue abandonado y expoliado después de la desamortización de Mendizábal. Algunas partes fueron vendidas, otras se derribaron y otras acabaron siendo usadas como almacenes y establos. Hoy se puede visitar gracias a la labor restauradora de la Generalitat Valenciana, que lo adquirió en 1991 y que desde entonces ha desarrollado una ingente labor por recuperar parte de su esplendor, adquiriendo y trayendo de vuelta las arquerías góticas del palacio del abad (que hasta hace poco estaban en una residencia privada de Torrelodones), realizando excavaciones y reconstruyendo algunos de sus edificios principales.

Desde allí, después de un corto trecho, acérquense hasta Gandía. Allí pueden y deben visitar el Palacio Ducal. Allí nació Francisco de Borja, que no fue papa pero sí general de los jesuitas y santo. Y de allí tuvo que salir huyendo a los diez años de edad, cuando la revuelta social de las Germanías triunfó en gran parte del reino de Valencia. La revuelta de las Germanías duró poco y fue muy violenta. Algunos grandes nobles tuvieron que refugiarse en los lugares más insospechados, como los señores de Orihuela, que se refugiaron en el campanario de la catedral, otros tuvieron que huir con lo puesto, mientras sus palacios eran saqueados e incendiados, y otros fueron acorralados y murieron a manos de sus propios siervos. Pero con todo las principales víctimas de la revuelta fueron los moriscos, hacia los que se desvió rápidamente la agresividad del pueblo, y el mismo pueblo, que fue masacrado sin piedad por los ejércitos de Carlos I y que luego fue perseguido durante los meses siguientes por la virreina Germana de Foix, que inició una campaña de represión de los antiguos sublevados (o de los sospechosos de serlo) que se concretó en numerosas ejecuciones públicas.

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Techo del salón columnariode La Lonja de la Seda. DP.

Las Germanías suponen un duro golpe para el Reino de Valencia. La capital, que en los años previos era una de las ciudades más importantes del Mediterráneo, iniciará una lenta pero constante decadencia. Cuando Valencia y su reino entran en el siglo XVI la situación es espléndida. Tenemos un papa valenciano, Alejandro VI, que otorga las bulas a los Reyes Católicos que les permiten la ocupación legal de los inmensos territorios americanos, recién descubiertos. Y precisamente de aquí, de Valencia, gracias a Luis de Santángel, salió el dinero que financió la expedición de Colón. La economía valenciana de la época, basada en el comercio mercantil por el Mediterráneo (como el de toda la zona costera de la Corona de Aragón), gozaba de tan buena salud que los comerciantes de valencia se permitieron la construcción de la Lonja de la Seda, un edificio que hoy es patrimonio de la humanidad. Era tal el orgullo de estos hombres que en la sala principal de la Lonja, el salón columnario, dejaron escrito el siguiente texto: 

Casa famosa soy en quince años edificada. Probad y ved cuan bueno es el comercio que no usa fraude en la palabra, que jura al prójimo y no falta, que no da su dinero con usura. El mercader que vive de este modo rebosará de riquezas y gozará, por último, de la vida eterna.

Pero en la Lonja no solo se comerciaba. También era la sede de una institución muy moderna: el Consulado del Mar, una especie de tribunal de asuntos marítimos y mercantiles que solo existía en las principales ciudades del Mediterráneo y que fue antecedente del Consulado del Mar de Barcelona, creado más de cincuenta años después.

El dinero desata la vanidad de los que lo tienen. Se construyen palacios y grandes iglesias. Pero también se encargan cuadros y esculturas. Los museos valencianos están llenos de obras del último gótico y del primer Renacimiento. Pero, además, el dinero también trae cultura. Y no es casualidad que Valencia fuera una de las primeras ciudades del país en tener imprenta. Así se difundirán las grandes obras del momento, que son precisamente las grandes obras de la literatura valenciana, como los poemas de Ausiàs March o el Tirant lo Blanc, un libro que por sí solo logrará que su autor, Joanot de Martorell, tenga un lugar de honor ya no solo en la literatura valenciana sino también en la española. Un puesto que se ganó bien pronto con la inestimable ayuda de Cervantes, que no dudo en salvarlo del fuego y, más aún, en considerarlo «el mejor libro del mundo». Del manuscrito original del Tirant lo Blanc por desgracia solo se conserva hoy una página. Pero Valencia, con su extenso casco histórico, con sus museos, bibliotecas e instituciones culturales, ha conseguido salvar, a pesar de los muchos episodios bélicos que ha sufrido, gran parte de un enorme riqueza cultural y artística. Y por si fuera poco están sus playas. Porque, ¿quién ha dicho que la cultura tenga que estar reñida con el descanso, el ocio y el placer? 


Por favor, procure no escribir en los márgenes, gracias

procure no escribir en los márgenes
Tina Modotti. (DP)

¿Tan difícil es? ¿Tan difícil es hacer caso a la máquina? Nos lo pide por favor. Con mucha amabilidad. Pero no hay manera, por mucho que uno lo intente, al final siempre se sale de la línea y acaba pisando el margen, uno de los márgenes. No. La máquina no se enfada. Solo hace su trabajo. Y corta todo lo que toca el margen. ¿Que te corta un brazo? Pues mala suerte. No lo saques por donde no toca, no pises fuera de tu acera, no asomes la cabeza por la ventana. Y no, no puedes decir que no te avisó…

Tina Modotti se pasó media vida buscando la libertad. Y luego se pasó la otra media tratando de no salirse de la hoja, ni de la línea que tocaba escribir. Tratando dolorosamente de no meter ni una letra en ninguno de los márgenes, esos márgenes que cada vez eran más anchos y por tanto dejaban retener menos palabras dentro. Al final el espacio de las palabras se había reducido tanto que cualquier palabra grande ya no cabía. Ya no cabía la palabra «felicidad», ni la palabra «esperanza», ni siquiera, por supuesto, la palabra «libertad». ¿Y «socorro»? Pues no, tampoco cabía. Y ese fue el problema. Que trató de gritarla, de pedir desesperadamente auxilio cuando ya no le quedaba tiempo ni para gritar una simple palabra, cuando estaba su vida tan rodeada de un territorio inmensamente muerto y vacío, de unos márgenes tan insoportablemente extensos, que era imposible que alguien oyera su grito. Bueno, ella se lo buscó, dijo la máquina. Y cortó por donde tenía que cortar. So… ¿Le dio tiempo a escribir lo que faltaba? Soc… Socor… Socorro… Pues me gustaría concederle ese último y mezquino consuelo, un grito final liberador. 

Pero muy posiblemente ni eso. No tuvo ni tiempo de gritar nada. Según la versión oficial (la que está dentro de los márgenes), murió dentro de un taxi,  en una noche oscura de México, que no era más que una pequeña porción de la gran noche oscura del mundo, allá por 1943. Pino Carruci, en su libro sobre ella (Tina Modotti, editorial Circe, 1992), nos dice que algunos de los testigos lo tuvieron muy claro: «Típica eliminación estalinista». Pues sí. Pino no afirma ni niega nada, pero lo que dice es suficiente como para dudar de la versión natural, que es la que habla, evidentemente, de una muerte natural, tan natural como que a una la envenenen en una cena con amigos y con su todavía actual amante pero muy pronto examante, que mira por donde es un gran experto en muertes naturales, es decir, naturalmente provocadas para que parezcan lo que son, una «típica eliminación estalinista». ¡Ah! ¡Qué gente tan divertida, con que gran sentido del humor! Como Alberti, que le escribe un poema en su honor y se lo dedica a su presunto asesino, para demostrar que un buen comunista tiene un gran estómago y aguanta lo que sea, siempre y cuando no lo envenenen en una cena con otros comunistas, claro está… Y sí, he escrito «presunto», pero solo porque me obligan a hacerlo, porque si la mató directamente o la mandó matar o dejó que la mataran sin mover un dedo, o dejó que ella se fuera muriendo lentamente hasta que ya estaba casi muerta cuando decidieron matarla, eso son pequeños detalles sin importancia, lo fundamental es que nuestro «comandante Carlos» (es decir, Vittorio Vidali, es decir, Enea Sormenti, es decir… ¿qué importa quién sea en realidad un agente estalinista, un agente cuyo trabajo es ser cualquiera y más aún, llegar a no ser humano, llegar a ser una máquina que nunca se sale a los márgenes?) era el hombre que tenía el control total de su vida, y cada vez le iba ampliando el margen por ambos lados, para que cada vez ella pudiera meter dentro menos palabras. «Son las órdenes». Sí, esa era la excusa de siempre. La maravillosa excusa que valía para todo.

Poco antes de su muerte, Tina se despidió de su hermano en Estados Unidos con un «adiós». Cuando su hermano le preguntó porqué «adiós» y no «hasta luego», Tina, tranquilamente, le respondió: «Imposible, es como si ya estuviera muerta. Allá abajo, en México, no podré sobrevivir». Esto hizo que algunos pensaran en un suicidio. En realidad poco importa si fue un suicidio o un envenenamiento o una muerte realmente natural, un muy oportuno ataque cardiaco, poco importa porque como ella misma confesó que tenía que vivir con alguien que, descubiertas todas las máscaras y rotos todos los pasaportes falsos, se muestra delante de ella como lo que es, un ser mezquino y servil, un ser profundamente inhumano, que se esconde detrás de su papel de patriota, de buen soldado, para justificar cualquier asesinato y cualquier traición. «Solo es un asesino… Y me ha arrastrado a un crimen monstruoso. Lo odio con toda mi alma. Y sin embargo… estoy obligada a seguirle hasta el final. Hasta la muerte». Nos confiesa ella misma, cuando ya sabe que no podrá escribir muchas palabras más sin alcanzar el margen. Y allí no hay nada. 

Pero el problema es que en el lado de dentro tampoco hay nada. Antes una cabaña en el bosque podía ser un refugio. Ahora ya no hay cabaña, solo bosque. Al principio, cuando deja la fotografía y abraza el comunismo, todo se puede justificar, todo parece tener un sentido. Y si hay que mentir a un juez se miente, y si hay que engañar a un periodista, pues se le engaña, y si hay que darle la espalda a un antiguo camarada, pues se le da la espalda. Hasta que un día descubres que nunca serás una máquina perfecta, porque cada vez te cuesta más ceñirte a los límites marcados, y te preguntas qué es lo que falla en ti, cuando en realidad en ti no falla nada, o si falla algo es tu propia naturaleza humana, que hará que más pronto o más tarde cometas el error fatal que te sacará de tu espacio de seguridad, y fuera de ese espacio (cada vez más menguado) no puede existir nada. 

Son de sobra conocidos los motivos por los que una persona podía acabar en un gulag en Siberia. Orlando Figes, gran conocedor de la época estalinista, nos cuenta muchos de ellos en sus libros. La mayoría de los acusados eran (¡oh, sorpresa!) completamente inocentes. Otro libro muy doloroso pero muy necesario es el libro de Vitali Chentalisnki: De los archivos literarios del KGB. Como su título nos dice, el libro es una selección de algunos expedientes sacados de los archivos de la policía secreta. Ahí tenemos a muchos escritores, pero también tenemos el caso de personas totalmente anónimas, como un campesino que acabó siendo condenado a trabajos forzados y sufrió todo tipo de torturas y castigos físicos por un delito que a nosotros nos parece increíblemente insignificante: tener el documento de identidad caducado. 

Tina y su amante, el huidizo y eficiente comandante Carlos, formaron parte de esta gran maquinara de represión y muerte. No trabajaban dentro del país, sino fuera, pero su trabajo era en esencia el mismo, mitad policía, mitad espías, en la práctica agentes de Stalin encargados de velar para que se cumplieran rígidamente todas sus ordenes, y encargados de perseguir, descalificar, insultar, humillar, aislar y finalmente eliminar a los que no las cumplían. ¿Cómo puede una fotógrafa como Tina, que había ido a México buscando una vida alegre, feliz, radiante, una vida creativa, entregada al placer y al arte, acabar ingresando en el Partido Comunista y convertirse en la eficiente y silenciosa colaboradora de uno de los principales verdugos de Stalin fuera de La URSS?

Lo terrible del asunto es que hasta ellos mismos comprendieron un día lo difícil que era no salirse de la línea. Llegó un momento en que empezaron a sentir miedo. Les ofrecieron volver a Rusia, a la «madre patria» para pasar unas cortas vacaciones antes de empezar una nueva misión en un nuevo país. Y la sola idea les pareció terrible. Volver a la URSS era enfrentarse a una muerte segura. En lugar de aceptar el ofrecimiento, prefirieron partir de inmediato para su nueva misión, que por suerte se debía realizar muy lejos de la URSS. Y no, no era el sentido del deber, no era el «celo revolucionario», ni tampoco era que habían faltado a sus obligaciones, o habían cometido algún delito o atentado de alguna manera contra su gobierno, era simplemente que ya sabían lo bromista que podía ser el camarada Stalin, lo meticuloso y paciente que era cuando preparaba sus bromas, y lo increíblemente rápido que era a la hora de ponerlas en práctica, tan rápido que cuando la muerte disparaba su súbito flash deslumbrante, uno salía en la foto con una expresión congelada entre la admiración y el espanto. 

Y ¿cómo vivir después de esto? Cómo vivir sabiendo que tu destino está escrito de antemano por la máquina que te va quitando las palabras, sabiendo que todo por lo que has luchado, todo por lo que te has sacrificado, todo aquello que hacías por unos grandes ideales (la paz, el futuro de la humanidad, la felicidad y la libertad del hombre, la justicia, la solidaridad…) al final se ha convertido en una espantosa mentira, una mentira que solo sirve para mantener en el poder a un tirano tan vil como los tiranos a los que supuestamente intenta combatir, a un tirano que no tiene ningún problema en pactar con Hitler, su declarado y eterno enemigo, y dejar que los americanos maten a Sandino y a sus seguidores porque «no es momento de hacer otras revoluciones», ni en Nicaragua ni en Cuba ni en ninguna parte, que se mete en la guerra civil española para limpiar el país de troskistas y de anarquistas (y bueno, ya de paso, para luchar por la República, pero previo pago en lingotes de oro, que prestar ayuda gratis no es un buen negocio), que es capaz de conseguir que nadie, nadie, ni el mejor de sus espías, ni el mejor de sus generales, ni el mejor de sus policías, ni el mejor de sus ingenieros, ni el mejor de sus médicos, pueda dormir tranquilo una simple noche… Y así podríamos seguir un rato más, pero nos remitiremos a la frase que le dijo el exministro republicano Jesús Hernández a la propia Tina, cuando los dos se encuentran en México después de la Guerra Civil: «Stalin y su banda de asesinos han transformado en la palabra comunista en un insulto». 

Pero no, en realidad el problema no era Stalin. El problema era la incapacidad del ser humano de hacer fría e inhumanamente su trabajo. Su manía de protestar, de tener un extraño sentido de la justicia, de criticar y dudar y empeñarse en sentir simpatía por las víctimas, por los otros seres humanos, por los seres que nos rodean y cuya vida se parece tanto a la nuestra, seres con los que nos acostamos y tenemos hijos y compartimos tristezas y alegrías y que un día debemos denunciar ante la gran máquina, porque se han salido de plantilla, porque han traspasado los márgenes, porque no pueden ceñirse a hacer simplemente lo que tienen que hacer: callar cuando toca callar y acusar cuando toca acusar. ¿Tan difícil es? ¿Tanto cuesta hacer caso a la máquina que te va diciendo qué palabra toca escribir en cada momento? 

Olympe de Gouges quiso dar un gran salto. Cogió carrerilla y se lanzó al borde de la hoja. No invadió el margen, directamente se lo saltó. Y fue a caer justo en la guillotina. Su caso es muy instructivo, pero por desgracia el ser humano tiene poca memoria. Clara Campoamor tampoco podía respetar los márgenes. O el de arriba o el de abajo o el de la izquierda o el de la derecha, nada, no había manera, al final tenía tantas ganas de escribir que siempre acababa pasándose al margen… Criticó duramente al gobierno republicano, siendo ella misma parte del gobierno republicano. ¿Y total para qué? Cuando escapaba en barco hacia México fue reconocida por unos falangistas que quisieron matarla. Pero aunque no la mataron hicieron otra cosa: tapar sus palabras. Todas sus palabras. Las que estaban fuera del margen y las que estaban dentro del margen. Su libro La revolución española vista por una republicana fue escrito en francés en 1937, pero no se tradujo al castellano hasta el año 2002. Y uno se pregunta por qué tan tarde. ¿Decía cosas que no gustaban ni a unos ni a otros? ¿Metía un pie o una mano donde no tenía que meter nada? Y lo mismo le pasó a Chaves Nogales, que dijo aquello de que «España no será ni comunista ni fascista» y tuvo que elegir entre ser fusilado por los comunistas o ser fusilado por los fascistas. Chaves Nogales quería escribir bien, con corrección y limpieza, no quería que sus palabras se llenaran del lodo de los márgenes, no quería caer en ese lodazal donde cada vez había más charcos de sangre. Murió pronto. Y murió en silencio. Atacar a unos y a otros era enfadar a todos. A los escritores que iban a los congresos de escritores a gritar las consignas del partido y a los escritores que iban a los periódicos oficiales a decir a quién tocaba fusilar esta semana. Los que no saben respetar el margen pueden acabar en la cuneta o bajo la nieve de un bosque boreal. La máquina no tiene la culpa. La culpa es de nosotros, por ser tan inútilmente humanos. 


Del Tratado de Alcácovas al Tratado de Tordesillas (o cómo repartirse el mundo desconocido)

El Planisferio de Cantino, 1502, el primer mapa conocido con la demarcación del Tratado de Tordesillas.

Para repartirse el mundo desconocido, la terra incognita, no hacen faltan nada más que tres personas. O incluso dos. Pero si hay un juez o árbitro mejor aún, porque eso evita problemas, al menos en teoría. En esta historia tenemos dos monarquías, la española y la portuguesa, y un papa, y con eso es suficiente. Los demás no pintan nada, son espectadores pasivos. Empezarán a pintar cuando los primeros jugadores agoten sus cartas, pero eso no será hasta un siglo después. 

Estamos en 1476. Batalla de Toro. Fernando el Católico acude en ayuda de su mujer, que aún no tiene nada claro eso de ser reina de Castilla, vence al ejército portugués y le da la corona. Los portugueses, que apoyaban a Juana la Beltraneja porque estaba casada con su rey, y los nobles castellanos que apoyaban a Juana porque Isabel se había casado en secreto con Fernando de Aragón se resignan a la inevitable unión dinástica, que se hace oficial poco después. Los nobles tienen que buscar el perdón de su nueva reina, pero los portugueses están en mejor posición y piden algo a cambio. Y ese algo es el mundo por descubrir, el mundo que no está en los mapas, el mundo del que no se sabe nada o casi nada. Y los Reyes Católicos aceptan el trato. Toda África será para los portugueses. Toda menos las islas Canarias, que han sido conquistadas para la corona castellana por el normando Juan de Béthencourt. Lo demás, todo lo que no pertenezca a ningún rey cristiano, será para Portugal.

El Tratado de Alcáçovas, de 1479, es el primer gran tratado de conquista y reparto del mundo desconocido, lo cual es una verdadera novedad si se mira bien, porque antes los reyes se repartían tierras conocidas (como los tratados de reconquista entre castellanos y aragoneses, el Tratado de Almizra entre Jaime I y Alfonso X, por poner un ejemplo), pero no se atrevían a repartirse lo que no conocían. ¿Cuál es el interés de los portugueses por África? Pues que está a mitad camino de las Indias. Ese es el objetivo final del viaje, llegar a las Indias. Hay que recordar que los turcos han tomado Constantinopla en 1453 y han cerrado la ruta terrestre, así que hay que llegar a las Indias por mar y dando una buena vuelta.

He dicho una frase muy importante: «todas las tierras que no pertenecen a ningún rey cristiano». Se sabe que en las lejanas Indias hay otros reyes, pero no son cristianos. También están los musulmanes, que tampoco son cristianos y también pueden ser conquistados (de hecho, en el Tratado de Alcáçovas Portugal obtiene el derecho de conquistar el reino de Fez). Se sabe que en las costas de África, lo poco conocido, hay tribus indígenas, pero esos no cuentan para nada. Ni los Reyes Católicos ni Alfonso V de Portugal van a pelearse con otros reyes europeos, ni siquiera van a pelearse con los ortodoxos del este, con los que no han aplastado el avance turco, ni con los príncipes eslavos rusos, que se podrán expandir tranquilamente hacia Asia por Siberia. Pero todo lo que hay por debajo del Mediterráneo, todo eso que aún no tiene dueño (aunque realmente lo tenga), todo eso es tierra para conquistar. Y todo se hace como toca, con el permiso del representante de Dios en la tierra (puesto que toda la tierra es de Dios, la conocida y la no conocida). ¿Y qué papas tenemos entonces?: los papas Borja (o Borgia). Calixto III, el primer papa Borja, nacido muy cerca de Játiva, Valencia, concede la Bula Intercaetera, que deja toda la costa de África en manos portuguesas. Esto se ratifica en Alcáçovas, pero luego viene Colón y la situación cambia por completo. 

¿Conocéis la anécdota del «huevo de Colón»? Lo primero que tengo que decir es que el huevo de Colón no era de Colón, era de Brunelleschi, que quede claro. Brunelleschi fue quien puso en pie un huevo para demostrar que se podía construir la cúpula de Santa María de las flores. Luego Colón lo imitó. Pero más importante me parece otro asunto, el asunto de si América ya era conocida. Hay muchas leyendas (y no voy a entrar en ellas), pero la mayoría de ellas se refieren al mapa secreto de un viejo marinero. Bien. Puede que sí o puede que no. Pero poco cambia la historia. Lo cierto es que parece que Colón sabía bien dónde iba, por dónde tenía que ir y por dónde tenía que volver, aunque las tierras que encontró no eran las primeras costas de las Indias, sino las costas de un nuevo continente. Y eso fue un gran problema, porque ellos, Colón y los portugueses, lo único que querían, lo vuelvo a decir, era llegar a Asia.

Después de 1492 hay que hacer un nuevo tratado. Sobre todo, porque los Reyes Católicos tienen muy buena relación con el papa (Alejandro VI, segundo papa Borja) y este les concede unas cuantas bulas de conquista, cinco en total, que son las llamadas Bulas Alejandrinas. Los portugueses no están nada contentos y se llega al Tratado de Tordesillas. Por debajo de estos movimientos diplomáticos hay que entender que los Reyes Católicos quieren asegurarse su parte del pastel (ellos aún pueden creer, en un primer momento, lo mismo que su recién nombrado almirante de las Indias, que han llegado a la tierra de las especias), pero tampoco están nada interesados en una nueva guerra con Portugal. No, ellos quieren el reino de Portugal, por supuesto, pero lo quieren por vía pacífica, mediante el matrimonio de uno de sus hijos, y en eso están, en los acuerdos dinásticos y la diplomacia, un camino que dará su fruto a la larga, cuando Felipe II llegue a ser rey de Portugal en 1580.

Vamos por partes. En 1493 las Bulas Alejandrinas autorizan a los Reyes Católicos a tomar posesión de todas las tierras que se descubran, con la única obligación de evangelizar a los nativos. Y, por si no queda claro, el papa amenaza con excomulgar a todo el que quiera viajar a las Indias por el oeste sin permiso de Castilla. Eso deja fuera a todos los demás europeos. Pero los portugueses, que siguen avanzando en su ruta africana, se quejan sobre todo por una razón práctica. El papa ha puesto la separación de los dos reinos en las cien leguas al oeste de Cabo Verde. Y los portugueses quieren entrar en zona castellana porque sus barcos para llegar al sur de África tienen que hacer un gran giro hacia el oeste para aprovechar los vientos atlánticos. En Tordesillas los Reyes Católicos aceptan las quejas portuguesas y modifican la separación hasta las trescientas setenta leguas al oeste de Cabo Verde. Y ese cambio de límite hará que Brasil, una vez descubierto por Cabrales en 1500 (de pura casualidad, ya que él lo único que quiere es llegar al sur de África, como ya he dicho), quede dentro de la zona portuguesa. Naturalmente en zona portuguesa solo quedaba una parte de lo que luego fue Brasil, pero los portugueses empiezan a colonizar el interior de Brasil al mismo tiempo que los españoles van descubriendo y colonizando sus zonas de influencia. 

Colón sufrió varios golpes muy duros. Primero fue destituido de su cargo de almirante y gobernador y tuvo que enfrentarse a un juicio en su tercer viaje a América. Pero lo peor eran las dudas sobre las tierras recién descubiertas. Aquello no se parecía demasiado a lo que buscaban. Ni China ni el Gran Kan aparecían por ningún lado. Y los traductores de árabe que llevaba se podían tomar unas largas vacaciones. Lo que Marco Polo había contado no servía para nada. Cipango, Catay, Bangui… los míticos reinos de las especias, eso no era lo que Colón se encontró. Pero la realidad no se hizo evidente hasta tiempo después, y pese a todas las pruebas en contra Colón murió convencido de haber llegado al extremo oriental de Asia.

Pero la exploración continuaba. Los portugueses han conseguido doblar el Cabo de Buena Esperanza, y en 1498 Vasco de Gama llega a la India, la India de verdad, la de Asia. Desde allí se extienden por todo el Índico, llegando a China, a Japón, a Nueva Guinea, a Indonesia, a Timor, etc. Con eso surge un nuevo problema. Porque por su lado los castellanos siguen avanzando hacia el oeste. Núñez de Balboa descubre el Pacífico en 1513 y Magallanes y Elcano consiguen, esta vez sí, llegar a Asia, y, no contentos con eso, consiguen volver (solo Elcano, Magallanes muere en Filipinas) y demostrar que la tierra es redonda y que se le puede dar la vuelta. Con eso los portugueses se vuelven a molestar y hay que hacer otro tratado. Será el Tratado de Zaragoza, de 1529. 

Carlos I tiene muchos problemas. En 1526 los turcos se han cepillado a los húngaros en Mohács. Eso supone la muerte del rey de Hungría y la pérdida de casi todo el reino. Pero además supone dejar el camino libre hasta Viena y, claro, los turcos no pierden el tiempo. Solimán el Magnífico se planta a las puertas de Viena en 1529. Y por si fuera poco los turcos tienen un inesperado aliado en Europa, el rey francés Francisco I, que no duda en aliarse con el infiel si con eso puede acabar con Carlos I. Puede ser manía personal o no (es de suponer que ser hecho prisionero por los españoles en la batalla de Pavía en 1525 no le sentó nada bien), pero lo cierto es que el enfrentamiento ya venía de lejos, en concreto desde que los dos reyes aspiraban a la corona imperial en 1519. Como es sabido, la corona fue a parar a Carlos I y para fastidio de los castellanos, que tenían que pagar una coronación que no querían para nada, su nuevo rey, un chavalín que ni sabía hablar castellano ni había pisado el reino en su corta vida, fue el radiante y carísimo emperador del Sacro Imperio Germano Romano. 

Y luego está el liante de Lutero armando un jaleo bestial (un jaleo de unas dimensiones que ni él mismo se imagina), y luego están los piratas berberiscos, que esos no necesitan que los animen los turcos, ellos ya van por su cuenta y molestan todo lo que pueden. Y no, no creáis que es poca cosa, que no solo se dedican a atacar a los barcos, incluso se atreven a desembarcar en las costas levantinas y saquear pueblos enteros. Para frenar estos ataques Carlos I tendrá que intervenir en el norte de África. Ya hemos dicho que el Tratado de Alcáçovas dejaba Marruecos para los portugueses, pero al final serán los españoles los que tengan que conquistar puntos estratégicos como Ceuta, Melilla, Orán y Túnez. Esto provocará más guerras y más gastos, sobre todo con la aparición del corsario turco Barbarroja, que desde su base de Argel llegará a controlar casi todo el Mediterráneo. Y se permite lujos increíbles como dejar descansar sus barcos en los puertos franceses, bajo la protección del «católico» Francisco I, pero la religión se deja a un lado cuando se trata de hacer que Carlos I muerda el polvo.

Y en eso los portugueses quieren las Molucas, unas islas perdidas que no se sabe si están en zona española o en zona portuguesa, porque el Tratado de Tordesillas dejaba claro lo que pasaba en el oeste, pero del este no decía nada. Como ya hemos visto, Carlos I tiene muchos problemas y por tanto la solución es la más fácil: darles las Molucas a los portugueses y asunto solucionado. De manera que el Tratado de Zaragoza se firma sin ningún problema y el rey de Portugal sigue a lo suyo. Pero las alianzas matrimoniales, el asunto que continúa por debajo, se consolidan más aún. Y de hecho Carlos se acaba de casar con Isabel de Portugal.

Toda gloria humana es vana. Valdés Leal lo deja bien claro en su Finis Gloriae Mundi.

Carlos I no puede resolver ningún problema. Continúan las guerras con Francia. Continúan los ataques piratas en las costas peninsulares. Continúa la reforma protestante, y así podíamos seguir un rato más. Lo único que puede hacer es firmar la Paz de Augsburgo en 1555 y dejarle la corona imperial a su hermano. Y luego se retira y muere muy pronto. Pero, mientras, Hernán Cortés ha acabado con los aztecas y Pizarro y Almagro han acabado con los incas, antes de matarse entre ellos. Y va y resulta que América es un nuevo continente, y de momento es solo para los españoles y los portugueses (y casi cuando decimos españoles habría que decir castellanos, que los habitantes de los otros reinos, como Aragón o Navarra, no lo tienen tan fácil), aunque los ingleses y los franceses empiezan a atreverse a enviar algunos barcos a las costas del norte, donde los nuevos dueños del mundo no tienen demasiado interés en hacer nada. La riqueza de América está en las minas de los Andes y en las tierras fértiles de las costas del sur, lo demás son selvas y desiertos, y de momento no tienen el menor interés.

Con Felipe II se continúa la colonización de un territorio enorme, en el que hay que hacerlo todo, desde establecer leyes para regular la convivencia con los nativos (las Leyes Nuevas de las Indias, de 1542, por ejemplo), hasta crear una estructura administrativa estatal con las capitanías, las audiencias, los virreinatos, etc. Y mientras el nuevo mundo se va llenando de peninsulares e inevitablemente de criollos, los problemas de Felipe II son básicamente los problemas de su padre. De momento nos llevamos bien con nuestros vecinos portugueses, y a Felipe II no le cuesta mucho hacerse rey de Portugal cuando el trono queda vacante. Se lleva un ejército al mando del duque de Alba, por si las moscas, pero casi no tiene que usarlo.

El Tratado de Tordesillas estará vigente hasta 1750, cuando es abolido por el Tratado de Madrid. Para entonces ya no nos llevamos tan bien con los portugueses. Pero lo importante no es eso, lo importante es que para entonces ninguna de estas dos monarquías, ni la portuguesa ni la española, puede mantener ningún monopolio colonizador. A las alturas de 1750 estos viejos imperios solo pueden aguantar de mala manera las embestidas furiosas de las nuevas potencias hegemónicas. En América del Norte los ingleses y los franceses controlan todas las tierras que van de la costa atlántica hasta el Misisipi. Pero además se han metido en el Caribe, y poco a poco, isla a isla, han formado un pequeño imperio colonial. Cuando se peleen en la guerra de los Siete Años, Portugal y España participarán como actores de segunda fila y tendrán que aceptar su inevitable decadencia. Decadencia que viene de lejos, que ya se ve en los Tratados de Westfalia (1648), de los Pirineos (1659), de Nimega (1678) y de Rijswijk (1697). Y si a la corona española no le va peor es porque Luis XIV, el Rey Sol, ya está pensando en la muerte sin hijos de Carlos II y en las posibilidades de quedarse con el trono español. Y, mientras, los rusos llegan a Alaska y, mientras, los holandeses, aprovechando que todos andan muy liados con sus grandes guerras europeas, se van montando su imperio en Asia y también en América, con su Guayana en «la costa salvaje», como bien la llaman. El mundo desconocido resultó ser demasiado grande para que se lo quedaran solo dos jugadores. 


Por España y contra el rey

Entre los años veinte y los años treinta del siglo pasado, un buen número de reyes europeos decidieron suicidarse políticamente. Víctor Manuel III de Italia le dio el poder a Mussolini. Carol II de Rumanía hizo lo mismo. Aparentemente, obvió que los guardias de hierro rumanos eran tan fascistas como los camisas negras italianos. Boris de Bulgaria, Jorge de Grecia y Alejandro de Yugoslavia también favorecieron las dictaduras.

No fueron los únicos gobernantes que cayeron en la tentación de olvidarse del sistema democrático parlamentario que previamente habían jurado defender y que les había otorgado el poder. El canciller Dolfluss en Austria, después de reprimir violentamente a los obreros y grupos de izquierda y de montar una dictadura personal, fue asesinado por los nazis. También hubo generales en Polonia y Hungría que instauraron dictaduras.

Durante los años veinte y treinta, casi toda Europa se llenó de dictaduras. En bastantes casos, y esos son los casos que nos interesan, con la ayuda directa de la monarquía, que lejos de desaparecer como institución fue la primera en legitimar y bendecir el nuevo orden político.

Alfonso XIII fue uno de los que primero favorecieron la dictadura. Viendo el camino cómodo y fácil descubierto por Víctor Manuel, el rey comprendió muy bien que esa podría ser la solución a sus problemas. El «expediente Picasso», que daba cuenta de lo ocurrido en Annual, tenía fecha para ser debatido en el parlamento. Justo entonces se produjo el golpe de estado de Primo de Rivera. Y justo al día siguiente del golpe de Estado, toda la documentación relativa al expediente Picasso fue incautada por orden del general.

El informe Picasso, en principio estrictamente militar, analizaba el llamado «desastre de Annual», una derrota que había sufrido el ejército español en Marruecos. El problema para el rey era que vinculaba esta derrota con el papel directo del monarca, no solo por su amistad con el general Silvestre, uno de los generales señalados como principales culpables del desastre por el informe, sino también por el interés especial del rey en esa zona geográfica, interés debido a motivos económicos, en concreto, la explotación de las minas del Rif.

Blasco Ibáñez, desde su exilio francés, no dejó de mencionar este hecho. Pero en España la prensa estaba controlada por la dictadura. En una breve noticia de 1924 del periódico valenciano Las Provincias se puede leer: «El novelista Vicente Blasco Ibáñez ha realizado, en el extranjero, una campaña contra el monarca Alfonso XIII. Blasco insultó al rey en un folleto, lo que provocó un movimiento de protesta. El Consistorio quitó su nombre a una plaza.» No explicaba mucho más.

El público no debía saber en qué consistía esa crítica mordaz al carácter del rey, quien, cuando años después fue exiliado en Roma, cuentan que reía de su condición de exiliado metiéndose las manos en los bolsillos, volteándolos y mostrándolos vacíos mientras decía: «Estoy sin blanca, son un rey exiliado». Pero sin blanca, lo que se dice sin blanca, no estaba. Iba con su deportivo al casino de Montecarlo y ayudó a Franco con un millón de libras esterlinas.

¿De dónde sacó el dinero? Paul Preston, en Un pueblo traicionado, analiza la corrupción de los gobernantes españoles desde 1876 hasta nuestros días: «Empezando por la monarquía y siguiendo por la iglesia, ningún poder nacional ha pensado más que en sí mismo». El ejército, a su vez, era el pilar que mantenía todo el edificio en pie: «El ejército pensaba que tenía el derecho de interferir en política para salvar España. Por desgracia, ese objetivo de apariencia noble, en realidad era defensa de los intereses y privilegios de sectores relativamente reducidos de la sociedad». Lo mismo denuncia Blasco Ibáñez cuando «dispara al rey: «Un ejército poseedor de todos los medios destructivos oprime al país y le es fácil borrar con fusiles y ametralladoras las quejas de la muchedumbre desarmada».

Los generales, no obstante, no actuaban por su cuenta. El ejército defendía a la monarquía porque la monarquía a su vez colmaba de favores al ejército: «En el curso de los últimos cincuenta años, la monarquía española únicamente ha pensado en halagar al ejército. Creyó que teniendo a sus órdenes la fuerza armada no debía preocuparse de otra cosa. Al que protestase se le ametrallaría. Contando con la adhesión de las tropas podía permitírselo todo y vivir descansadamente. El resto del país no ha existido para los reyes».

Cuando Blasco Ibañez publicó en 1925 «Por España y contra el rey», ya tenía sobrada experiencia en exilios, cárceles, juicios por calumnias y toda suerte de violencia contra su obra y, a veces, contra su propia vida. Aquí encontramos una serie de artículos y folletos que el autor ya había dado a conocer al público francés desde el año anterior. Pero, naturalmente, no escribía solo para el público francés, sino para los españoles que algún día leerían su libro. Lamentablemente, Blasco Ibáñez murió en 1928 y no vio el final de la dictadura ni la posterior caída de Alfonso XIII, después de varios desesperados intentos de aferrarse al poder.

Alfonso XIII podía pasar largas noches en lujosos casinos, pero sentía nostalgia por su patria. Se había ido de muy mala gana. Pese a que en público expresó: «… resueltamente quiero apartarme de cuanto sea lanzar a un compatriota contra otro, en fratricida guerra civil», lo cierto es que trató de que los principales jefes militares de cada región le ayudasen a mantener la monarquía. Un párrafo posterior de su discurso de despedida nos da una idea de lo que piensa de su exilio: «No renuncio a ninguno de mis derechos porque más que míos son depósito acumulado por la Historia, de cuya custodia ha de pedirme un día cuentas rigurosas». No abdica y piensa volver a ser rey en cuanto le sea posible el regreso.

En 1925, Blasco Ibáñez hizo un fiel retrato del prototipo de Borbón: «Pretenden que el rey sea un personaje simpático», señalando a los periodistas propagandísticos y serviles. Hagan una cosa, vean una de esas viajes películas mudas en las que sale nuestro campechano y alegre Alfonso XIII… ¿No les cae simpático?

Este texto es el prólogo del libro Por España y contra el rey, de Vicente Blasco Ibáñez, que acaba de publicar West Indies Publishing Company. Se puede adquirir aquí.


¡Cuidado, «Poeta chileno»!

Lo digo ya mismo: esta novela me ha gustado mucho. Y tengo que escribir sobre ella, porque sería un delito dejarla caer en el purgatorio de los libros eternamente pendientes de leer. Muchas novelas se ahogan antes de llegar a la ribera pero por suerte a esta ya la hemos sacado del río. Ahora bien…

Poeta chileno… Vale. Que no cunda el pánico. Vamos a ver si va en serio o es una falsa alarma. ¿Un farol? Se tratará de un auténtico poeta chileno. ¿Y si es así quién puede ser? Bueno, repito, que no cunda el pánico. Parece una novela. Es una novela. Si es novela es ficción, si es ficción la dosis es menos fuerte. Pero no hay que fiarse, que una novela puede ser muy biográfica, o, peor aún, autobiográfica. Tenemos que investigar… Primero el autor, luego el libro.

Alejandro Zambra…  Según consta en los archivos es un poeta real, vamos, que es todo lo real que puede ser un poeta. De hecho, y me remito siempre a datos oficiales, empezó como poeta, detalle importante. También es novelista, novelista con varias novelas —es decir, que debemos excluirlo de la categoría de «novelista accidental»—, además de otras desviaciones literarias que son muy lícitas y probablemente muy golosas, como todos los vicios literarios, pero que ahora no nos deben distraer de nuestra investigación. Aquí la apuesta fuerte es entre poesía y novela. Y antes de apostar hay que mirarle las patas al caballo. La experiencia me dice que hay pocos poetas que sean novelistas y que hay pocos novelistas que sean poetas. Hay poetas que se visten ocasionalmente de novelistas, y hay novelistas que esconden un pasado oscuro como poetas. Poetas puros que también sean novelistas puros o al revés hay pocos casos. Un poeta que escribe en prosa sigue siendo un poeta, muchas veces inconscientemente. Y un escritor de largos maratones —es decir, un novelista— está por lo general muy incómodo cuando se tiene que vestir con el traje de boda de agosto del poeta.

El escritor que rema con dos remos, el de la poesía y el de la novela, nunca rema con la misma fuerza con sus dos brazos, y según golpea el remo, la canoa se desvía hacia una orilla o hacia la otra. Mantener un rumbo fijo es muy difícil y la cuestión es saber contra qué rocas u orilla vamos a chocar, lo queramos o no. Hay novelas que son grandes poemas. Hay poemas que tienen la evidente ambición, la violenta rebeldía, el triste rencor de pretender algo que no son, porque quieren ser novelas y no aceptan que su destino manifiesto es ser poema. Aquí no hay casualidades, solo una lucha intensa e inexorable entre lo que se quiere escribir y lo que finalmente se escribe. ¿Qué ha hecho aquí Alejandro Zambra? El título ya nos lo dice, aunque puede ser un farol, o una falsa alarma. ¿Tenemos un poeta chileno?

Primero el autor, luego el libro. De modo que vamos a estudiar el libro en sí mismo, ese extraño objeto cuya portada capta inmediatamente nuestra atención. ¿Un gato? Sí, y no parece un gato cualquiera. ¿Y por qué un gato?

Oscar Wilde decía que nunca leía los libros que debía reseñar, para así no sufrir su influencia. Puede parecer una broma, pero a veces le doy algo de razón. Habría que llegar a un libro con una mirada totalmente inocente, totalmente vacía de todo prejuicio o conocimiento previo. Esto, naturalmente, es imposible. Yo entro en Poeta chileno buscando a un poeta chileno. Busco a Neruda, busco a Bolaño, busco al propio Alejandro Zambra. Tengo unas expectativas y voy a estar muy vigilante.

La novela arranca muy bien. Tenemos a unos cuantos personajes, de momento muy pocos, un chico y una chica, un padre, una madre, un niño… Es decir, una familia. Pero algo nos dice que esta no es una novela de familias, ni tampoco es una novela coral, aunque se vayan añadiendo más personajes. Incluso tenemos personajes que no son personajes físicos, aunque tienen entidad como cualquier personaje de carne y hueso —sí, la poesía, ese «personaje secundario»—, tenemos… ¿Qué tenemos? O mejor dicho, ¿de qué trata esta novela? Esta novela, nos dicen, es una declaración de amor a la poesía. También, eso ya se ve desde la primera página, es una novela para los que crecimos sin internet, para los que fuimos adolescentes en aquella época oscura e inocente —la escena de los novios en el living y el atropello, sin ir más lejos—. Aquí tenemos familias de todo tipo, seres humanos que nos sorprenden, nos dan pena, les cogemos cariño, les reñimos y nos enfadamos con ellos. Empezamos a leer y al momento ya nos hemos olvidado de que estamos dentro de una novela, que es lo que debe hacer una buena novela. Y leemos rápido, con ansia, sin poder parar, porque el libro, aunque son muchas páginas, se lee muy bien. Y llegamos al final, ¡qué remedio!, y nos quedamos contentos porque nos hemos reconciliado con la novela, cuando habíamos caído en el error de pensar que en estos tiempos viles la novela tenía que enmudecer y pasar a segunda fila. Porque ¿quién necesita de lo imaginado cuando lo real supera violenta y totalmente lo imaginable? Pues sí, esta novela justifica su derecho a existir desde el minuto cero, cuando te coloca en un tiempo y un lugar —Chile, principios de los noventa— y te presenta unos personajes con los que inmediatamente te ves identificado. Parece fácil. Pero solo hasta que te pones a intentarlo. Ahí se ve la mano del novelista, que sabe qué vestido tiene que usar en cada ocasión y con qué cubierto tiene que comer cada plato.

El río baja con mucha agua y algunas novelas se van a hundir. Estaría bien salvarlas a todas. No puedo pedirles grandes sacrificios, pero si pueden, salven alguna. La corriente me ha traído esta, y al leerla he pensado… ¿cuántas más buenas historias quedan aún por contar? Sí, es una pregunta conocida, pero por suerte aún es una pregunta por responder.

¿Y el gato? Hablando de preguntas, ahora que me acuerdo.  Antes me había preguntado por el gato de la portada y aún no tenía la respuesta. Pues bien, la tengo ya. Y me la guardo para mí.

Lean Poeta chileno. Todo tiene un sentido en esta novela, incluso la vida.


Dios en una mano y el demonio en la otra: la moral contra el arte

La maja desnuda, de Francisco de Goya, 1800. Clic en la imagen para ampliar.

Nadie se topa dos veces con la Inquisición y sale ileso. De hecho, lo normal es que nadie se tope dos veces: con una basta. Pero Goya lo hizo, dos veces. Tuvo problemas en 1799 con los grabados (la serie de los Caprichos), y tuvo problemas en 1815 porque alguien encontró sus dos majas en un almacén de objetos incautados y le pareció que las dos —sí, las dos— eran sucia pornografía.

¿Cómo solucionó su primer encontronazo? Pues abandonando. Así de simple. Si son gigantes o si son molinos, da igual; en cualquier caso tú no vas a ganar nunca. Así pues, lo más sensato es no pelear. Y eso hace Goya. Retira los grabados de las librerías y se los cede al rey. Han estado a la venta catorce días, aunque Goya diga luego que solo han sido dos. Algunos grandes de España, como la duquesa de Osuna, le defienden y le protegen. Pero la Santa se siente atacada, atacada directamente en sus grabados. El pecado de Goya no es un pecado cualquiera. Algunas personas se meten en líos de la manera más tonta. Al bueno de Olavide le destrozaron la vida por no querer que las campanas tocaran a muerto y porque le gustaba el teatro. ¡Pero es que Goya mete la cabeza en la boca del oso! Y no son solo los grabados que aluden a la Inquisición, también están las criticas a la reina y a Godoy, además de meterse con todo bicho viviente, de este mundo y del otro, en general.

No se perdieron sin embargo las láminas o planchas, porque el señor Goya se apresuró a ofrecerlas al rey, y este las mandó depositar en el Instituto de Calcografía.

Esta cita pertenece a un panfleto contra la Inquisición publicado en 1811 por un tal Natanael Jomtob (en realidad el autor es Antonio Puigblanch): La Inquisición sin máscara, o disertación, en que se prueban hasta la evidencia los vicios de este Tribunal y la necesidad que hay de que se suprima. Resulta muy revelador que el autor escriba «se apresuró». Pese a ser pintor del rey, pese a contar con el apoyo de algunos grandes nobles, lo cierto es que cuando alguien se tropieza con el Santo Oficio lo mejor es apresurarse a solucionar el problema. En realidad la jugada está muy bien pensada: el rey asegura la conservación de los trabajos y al mismo tiempo Goya saca un beneficio económico: el rey le concede una pensión a su hijo. Primer tiempo: Goya, 1; Inquisición, 0.

En 1815 la situación de Goya es muy distinta. Ha perdido su puesto en la Corte y el primer pintor del rey es ahora Vicente López. Ha roto o perdido todos sus contactos. Los grandes nobles no le piden retratos. Muchos de sus amigos se han exiliado o están presos por sus ideas liberales. Goya intenta volver a trabajar pero no es nada fácil. Tiene que demostrar que no es un afrancesado, que es un patriota. Si Goya tiene enemigos —y los tiene—, este es su momento. El momento de la revancha.

¿La excusa? Dos cuadros pintados muchos años antes, dos cuadros de los que nadie se había acordado hasta entonces. Dos cuadros que bien podrían haber sido destruidos o robados en los disturbios del Motín de Aranjuez, cuando el pueblo asaltó el palacio de Godoy, pero que al final fueron a parar a un sótano de la Inquisición. Dos cuadros que todo el mundo conoce pero hoy no consideramos igual de obscenos, ni eróticos, ni sensuales, ni picantes, ni igual de todo eso que queramos llamarlos. Porque es evidente: una está vestida y la otra está desnuda. Pero claro, una puede estar desnuda estando vestida, y una puede estar vestida estando desnuda, ¿no? ¡Uf! Kenneth Clark decía que no es lo mismo un «desnudo» que un «cuerpo sin ropa». Pero vamos a lo que vamos: al inquisidor de turno los dos cuadros, los dos, le parecieron una cochinada. Y visto lo visto, con los antecedentes del sujeto, ese tal Goya, pintor aragonés para más señas, y con los antecedentes del Tribunal, muy dado a quemar objetos y personas, lo más normal es que la cosa hubiera acabado muy mal, tirando a gris ceniza. Pero no. No se sabe bien cómo (tal vez el viejo Goya aún tenía amigos, como se ha insinuado), pero en esta segunda trifulca también tuvo suerte. No salió ileso, nadie sale ileso dos veces de la guarida de las hienas, pero sí vivito y coleando, que es lo que importa. El expediente se cerró. Goya no llegó a ser juzgado, pero en Madrid ya no tenía nada que hacer. Y él, que lo sabía, se autoexilió dentro, en la Quinta del Sordo, y se autoexilió fuera, pidiendo un permiso para ir a un balneario francés. Lo que viene después ya lo sabemos de memoria.

El Veronés, doscientos años antes que Goya, se las había tenido que ver con la Inquisición italiana por ser demasiado imaginativo. Como le sobraba espacio en su «última cena», se dedicó a meter a todo el que se le ocurrió, y en ese todo metió monos, papagayos, mercaderes, enanos deformes, soldados borrachos… En fin, un cachondeo y una irreverencia, como bien pensó el Tribunal eclesiástico, que en aquellos tiempos —la Italia de 1573— aún no estaba acostumbrado a semejantes excentricidades. El Veronés cambió el título a su obra; dejó de ser una «última cena» para convertirse en Cena de Jesús en casa de Levi. Y se defendió alegando algo que a lo mejor pensó que no iba a colar: «Nosotros, los pintores, nos tomamos las mismas libertades que los poetas y los locos». Y ya digo, imagino que pilló por sorpresa al Tribunal, pero lo cierto es que por lo visto salió de rositas y hasta pudo seguir pintando. Cualquiera que conozca un poco cómo era la justicia de la Inquisición sabe que eso no es lo habitual. Ni tampoco lo era no volver a caer en sus manos, porque una vez uno ha entrado en el fango, ya queda marcado de por vida y le cuesta mucho levantarse y, desde luego, quedar impoluto. La vanidad es un grave pecado y para superarla hay que mortificarse. Es de suponer que Pablo Veronés aprendió a pintar estrictamente lo que le pedían, con humildad, y que se cuidó mucho de no dar rienda suelta a su imaginación. De cualquier modo, su vida no se alargó demasiado. En 1588 enfermó tras asistir a una procesión de Semana Santa y murió. Tenía sesenta años. 

Para cuando le tocó el turno a Caravaggio, la Iglesia ya estaba escarmentada. La Contrarreforma iba a toda máquina, no se podía dejar de luchar ni un minuto contra los protestantes. Y el artista tenía que tomar partido, ser un soldado más. Y como un soldado respetar las reglas, y una de las reglas fundamentales es el decoro y el respeto al tema representado. Con un ejemplo claro: si quieres representar a la Virgen muerta, lo puedes hacer realista si te parece bien, incluso puedes ponerle ropas de la época, como haces con los santos y los apóstoles, pero coger a una prostituta que se ha ahogado en el Tíber y que además posiblemente es una suicida, y pintarla tal cual está, con el vientre abultado y los pies hinchados, es pasarse de la raya. Conclusión: el cuadro fue rechazado por la parroquia que lo había encargado y acabó sustituido por otro. Si lo conservamos hoy es, muy posiblemente, porque Rubens lo vio a tiempo y convenció al duque de Mantua para que lo comprara. Y si Caravaggio no llegó nunca ser juzgado por ningún tribunal religioso fue porque murió pronto y porque los tribunales civiles lo tenían monopolizado. 

¿Y qué hacía Rubens por Roma? Eso es fácil de contestar: en esa época los pintores estaban pluriempleados, incluso los grandes genios de la pintura. Velázquez era aposentador de la Corte. Rubens era embajador. Incluso, cuando podían dedicarse por completo a lo suyo, tenían que atender constantemente los nuevos encargos de sus mecenas. Ahí tenemos a Miguel Ángel quejándose porque el papa Julio II no le deja terminar la tumba que él mismo le ha encargado. Pero de Miguel Ángel ya hablaremos después, ahora vamos con Rubens…

Las tres gracias. ¿Quién no ha visto nunca a esas buenas señoras? Es un tema que se arrastra en el tiempo. Todos los siglos tienen sus «tres gracias». A veces son frías y distantes; a veces voluptuosas y alegres. Rubens pinta sus diosas como Jordaens pinta a sus borrachos. Hoy están en El Prado, pero podían no haber estado nunca. A su segunda esposa, Helena Fourment, el cuadro le parecía demasiado pecaminoso como para ser visto. O puede que, como se ha dicho, ella fuera una de las retratadas. De cualquier manera, el cuadro no fue vendido en vida de su marido, y después de su muerte la viuda pensó que su mejor destino era el fuego. ¿Que por qué no lo quemó entonces? Por nada, por una tontería: necesitaba dinero. Pero ahí no acabaron los peligros para Las tres gracias. Viajaron a España compradas por Felipe IV, pasaron una larguísima penitencia en una sala privada del Real Alcázar madrileño y estuvieron otra vez muy cerca de ser quemadas cuando el confesor de Carlos III (y no Carlos IV, como se ha dicho) convenció al rey de la necesidad de destruir la colección de desnudos de la monarquía. Por suerte, Mengs, entonces director de la Real Academia de Bellas Artes, lo evitó.

¿Y la Capilla Sixtina, qué hay de malo en la Capilla Sixtina? Bueno, es evidente. Tan evidente que hasta un niño lo ve: están todos desnudos, completamente desnudos. Eso no puede ser. El pudor es una cosa curiosa. Se supone que unas generaciones, las viejas, tienen que ser más pudorosas que las jóvenes. Pero a veces pasa al revés; los jóvenes son mucho más pudorosos que sus abuelos. Eso le pasó a Miguel Ángel. A él nadie le pidió que les pusiera un taparrabos. Pero luego los pusieron. Y es curioso, porque volviendo al juicio del Veronés, hay un momento en el que, según la transcripción que nos ha llegado, este se defiende hablando de lo que hacen otros pintores, y refiriéndose a Miguel Ángel, dice: 

—Miguel Ángel, en Roma, en la Capilla Pontificia, pintó a Nuestro Señor Jesucristo, a su Santísima Madre, a San Juan, a San Pedro y a la Corte celestial todos desnudos, incluso la Virgen María, con poca reverencia.

¿Y qué le contesta el Tribunal? Algo muy elemental: 

—¿No sabéis que al pintar el Juicio Final, donde se supone que no hay vestidos ni cosas parecidas, no había necesidad de pintar ropajes?

Es cierto, cuando llegue el momento, ¿quién se va a preocupar de si va desnudo? Pues no sé, pero al papa sí debía preocuparle lo que veía todo los días, porque del taparrabos no se libró ni Dios. 

También se colocó un taparrabos, tres siglos después de ser creados, a los Adán y Eva desnudos que Masaccio pintó en la Capilla Brancacci. En 1746, en pleno Siglo de las Luces, a alguien le seguía pareciendo que enseñaban demasiado. Pese a todo, en algunos casos se han podido restaurar las figuras y dejarlas tal como eran en el momento de su creación. Y eso ya es mucho. Porque en otras ocasiones, en las que las obras de arte han sido finalmente destruidas, lo único que podemos tener ya son descripciones o copias de los que llegaron a verlas. Nunca tendremos los dibujos o los cuadros —pues ni siquiera sabemos de qué obras se trataba— que Botticelli tuvo que arrojar él mismo al fuego en la Florencia de Savonarola. Podemos imaginar que no los arrojó de buena gana, como muchos de sus vecinos lanzaron a la «hoguera de las vanidades» (no es una metáfora, la llamaban así) otras obras de arte, libros, vestidos elegantes, espejos, instrumentos musicales y en general cualquier cosa que fomentara la vanidad humana, o pudiera inducir al pecado. A Savonarola le gustaban mucho las hogueras, pero ni fue su creador ni fue el único que se sirvió de ellas para tratar de purificar su sociedad. Muchos siglos después los nazis seguían haciendo lo mismo. 

Tampoco se expondrá en ningún museo El retorno de la Conferencia, el cuadro de Courbet que representaba a varios curas borrachos volviendo de una comida, que fue comprado para ser destruido. Dicen que Courbet lo pintó porque «quería saber el grado de libertad que nos concede nuestra época». Pues bien. Le dejaron pintarlo. Luego no les gustó y lo destruyeron. Algo es algo. Pero claro, pintar temas polémicos es buscarse enemigos, y buscarse enemigos es saber que más pronto o más tarde se tomarán su revancha. Goya lo supo en 1815. Courbet en 1871. La caída de la Comuna de París fue su caída. Y lo de caída nunca estuvo mejor dicho, porque le acusaron de provocar la destrucción de la Columna Vendôme, lo metieron en la cárcel, lo dejaron sin dinero (todos sus bienes fueron confiscados), le impusieron una multa enorme que no podía pagar y lo obligaron a exiliarse a Suiza. Y allí murió. Que los pintores atrevidos mueran en el destierro parece ser la marca de la casa.


¿Por qué no mueren las naciones?

Foto: Tambako The Jaguar (CC BY-ND 2.0)

¿Vaya pregunta, no? Pues porque no quieren morir, eso para empezar. ¿Y por qué no quieren morir? Bueno, esto ya es más difícil de responder. 

Para hacerlo, nos fijaremos en el ejemplo de Europa y veremos qué ha pasado con sus naciones. Qué ha pasado con ellas desde que Ernest Renan pronunciara su famoso discurso en la Sorbona en 1882 y dijera lo siguiente:

Las naciones no son algo eterno. Han tenido un inicio y tendrán un final. Probablemente, la confederación europea las reemplazará. Pero no es esta la ley del siglo en que vivimos. En la hora presente, la existencia de las naciones es buena, incluso necesaria. Su existencia es la garantía de la libertad que se perdería si el mundo no tuviese más que una ley y un amo.

Resulta curioso eso de que «la confederación europea las reemplazará». Por eso resumiremos un poco la historia de Europa en los siglos XIX y XX, para ver por qué esas naciones europeas, que no son algo eterno, se resisten a desaparecer, como Renan anticipaba. Por qué no ha llegado aún (y no se sabe si llegará) esa «confederación europea» de la que hablaba hace más de un siglo.

«¿Qué es una nación?»

Ese fue el título de su discurso, y eso es lo que él mismo se preguntaba. Para Renan las naciones, en su época, eran útiles, buenas. Pero su mundo y el nuestro no son lo mismo. Y en el nuestro, sin embargo, tampoco nadie se plantea realmente una confederación europea. 

A todo lo que se ha llegado es a la Unión Europea, que se creó como una asociación estrictamente económica, y desde el Tratado de Roma hasta el Tratado de Maastricht (lo que implica más de treinta años) fue fundamentalmente eso, un acuerdo económico. Sí, luego vino la unión política y social. Y ahí empezaron los problemas. Y luego la crisis. Y algunos países comenzaron a preguntarse seriamente si la cosa no había llegado demasiado lejos y había que volver a donde estábamos, es decir, romper la unión y volver a la plena independencia. ¿Hasta qué punto un país está dispuesto a renunciar a parte de su soberanía? Frecuentemente, eso se desconoce incluso en el propio país. El caso del Brexit y lo que ocurrirá con él merece un artículo aparte.

Pero para comprender cómo hemos llegado hasta ahí no basta con estudiar la creación de la Unión, incluso debemos remontarnos más allá. Hay que acudir al momento en el que se fraguó el continente que conocemos. Y por tanto toca hablar del gran demonio del siglo XIX: Napoleón.

Napoleón era como Atila pero en versión algo más moderna. Que fuera o no fuera revolucionario es lo de menos: se cargó el mapa europeo. Como un tornado que lo barre todo y no deja ni una casa en pie. Cuando por fin acaban con esa bestia atea, ese demonio maligno, los reyes absolutistas, sensatos ellos, se ponen de acuerdo para volver a montar el puzle. Claro está, de paso, hacen algunos cambios. Y el resultado les gusta mucho. Del Congreso de Viena se pasa a la Santa Alianza. Luego vienen los ingleses, que parece que pasan por ahí de casualidad pero son los que cortan el bacalao y se montan varios acuerdos más: la Cuádruple Alianza y la Quíntuple Alianza, y ya tenemos la cosa atada y bien atada. Los absolutistas recuperan lo perdido y se hacen fuertes.

Salta la alarma en España: unos liberales muy puñeteros quieren que Fernando VII acepte la Constitución del 12. Eso está muy feo pero se soluciona rápido: un ejército francés entra en España y sin ningún problema espanta a los liberales malos y vuelve a poner al rey bueno. Y todos se vuelven a sus casas tan tranquilos. Fernando VII le coge gusto a pedir ayuda y quiere que sus amigotes absolutistas le ayuden con otros rebeldes puñeteros: los criollos americanos. Estos no son tan liberales como puede parecer, pero una rebelión en las colonias no es un asunto baladí. El zar ruso no quiere que el ejemplo americano se pueda extender a otras partes y está dispuesto a prestarle ayuda. Y ahí se empieza a ver por qué son los ingleses los que realmente cortan el bacalao en la Europa del XIX. A los ingleses les viene bien la independencia de Hispanoamérica. Y por tanto vetan cualquier intento de ayuda a Fernando VII. Y asunto cerrado. No se habla más del tema.

El bloque absolutista aguanta la oleada revolucionaria de 1820 sin problemas. Pero en 1830, con la segunda oleada revolucionaria, la cosa cambia. Bélgica por su cuenta decide separarse de Holanda y curiosamente nadie se lo impide. En Francia Carlos X se pasa de listo en su intento de volver a implantar el absolutismo y pierde la corona. Hay que decir que él no era estrictamente un rey absoluto, puesto que tenía que mantener la carta otorgada de Luis XVIII.

Peor será la oleada revolucionaria de 1848, la última de todas. 1848 es la muerte del absolutismo en Europa occidental. Pero 1848 también es la victoria del nacionalismo.

Y son cosas distintas, pero liberalismo y nacionalismo formarán la nueva Europa, una Europa ni prevista ni deseada en el Congreso de Viena.

Mientras tanto, en Alemania

Hay un asunto que tapa a los demás: las reivindicaciones sociales. 1848 es el año del Manifiesto comunista. En Francia los burgueses y el pueblo no van juntos, ahora luchan a muerte entre ellos. Donde aún quedaba absolutismo los reyes, incapaces de frenar la sublevación, tienen que empezar a dar constituciones y a establecer parlamentos (luego, si pueden, darán marcha atrás y volverán al absolutismo, pero será una agónica lucha por mantener un sistema que ya está muerto). Y, por debajo de todo, es el año del inicio de los dos grandes movimientos nacionalistas europeos: el nacionalismo italiano y el nacionalismo alemán.

En Italia el rey Carlos Alberto, que gobierna en Piamonte-Cerdeña, declara la guerra a los austriacos. La pierde y tiene que abdicar a favor de su hijo Víctor Manuel. Carlos Alberto ha firmando una auténtica constitución, el Estatuto Albertino, en plena oleada revolucionaria, y eso ya no cambia. Su hijo será un rey constitucional, parlamentario, que además de liberal será el encargado de consumar la unificación italiana. Al mismo tiempo en Frankfurt nace un parlamento, un parlamento popular y espontáneo, fruto de la rebelión burguesa-liberal. Recordemos que el territorio alemán se llama entonces Confederación Germánica. Esa confederación se creó después del paso de Napoleón y en realidad no tenía ninguna unión: era un montón de pequeños estados independientes, que presidía Austria y donde destacaba el reino de Prusia. Hasta el parlamento de Frankfurt el único intento de unión había sido económico: el llamado Zollverein, que implicó la supresión de las aduanas y que, y no es un dato anecdótico, dejaba fuera a Austria. El parlamento de Frankfurt fracasa porque el rey de Prusia no quiere aceptar la corona. Los revolucionarios le proponen ser rey de una futura Alemania, pero él es un rey absolutista y no puede aceptar que el poder se lo dé el pueblo. Al final Prusia será la que unifique el país, pero desde arriba, desde el poder, y ya no será un poder absolutista porque el rey de Prusia al final también tendrá que dar una constitución. Pero sí será un poder autoritario: esta constitución da poco poder al pueblo y le reserva mucho poder al rey. Para que Prusia unifique Alemania tendrán que suceder tres guerras, la guerra contra Dinamarca en 1864, la guerra contra Austria en 1866 y la guerra contra Francia en 1870. Ese año, 1870, es también el año de la unificación italiana: no es ninguna casualidad.

Resumiendo, el nacionalismo empieza mal. En 1848 los italianos pierden contra los austriacos y el pueblo alemán no encuentra rey para su nuevo estado. Vale, no pasa nada. Los problemas iniciales no frenarán el proceso. Al contrario, desde ese fracaso inicial ya todo serán victorias. Aquí aparecen dos políticos fundamentales, dos hombres muy inteligentes, muy astutos y muy pragmáticos: Cavour Bismarck.

Cavour es el ministro de Víctor Manuel II. Logra que el emperador francés entre en guerra para atacar juntos a los austriacos, a los que vencen en Magenta y Solferino. Resultado: la Lombardía pasa de manos austriacas a manos italianas. Luego se las apaña para que Francia haga la vista gorda con los ducados centrales italianos, que se anexionan al reino de Piamonte-Cerdeña, y que también haga la vista gorda cuando Víctor Manuel envía a Garibaldi a conquistar el reino borbón de las Dos Sicilias. Estamos ya en 1860 y solo queda el centro de Italia, los Estados Vaticanos. Pero ahí la unificación se frena porque el emperador francés apoya al papa. Para que Napoleón III le dejara hacer, Cavour le había cedido las regiones de Saboya y Niza, que pasan a ser francesas. Pero con el papa no se puede hacer nada. Es intocable. Y para que quede claro los franceses mandan un ejército a Roma y no lo retirarán hasta 1870. ¿Y qué pasa en 1870? Pues que entran en guerra con Prusia y son derrotados. Napoleón III cae y se acaba el Segundo Imperio Francés. Tiene que retirar a los soldados de Roma y eso lo aprovechan los italianos. Antes, en 1866, también han aprovechado la derrota austriaca a manos de Prusia para quitarles el Véneto, otra de las regiones del norte que pertenecían a Austria. Ahora por fin pueden entrar el Roma. El papa, indefenso, se cabrea, pero no puede hacer nada. Italia ya es un país.

Y Alemania también, claro. Porque ahora ya no es Prusia, ahora ya es Alemania. Y no un país cualquiera: es el Segundo Imperio Alemán. El mapa de Europa ha cambiado mucho desde 1815. Pero en Europa oriental los cambios son mínimos. Polonia, por ejemplo, sigue controlada por los rusos. Ya he dicho que los ingleses parece que no pinten nada, que no se enteren de nada, que pasen de todo (son los años del «espléndido aislamiento», de la Inglaterra victoriana), pero de eso nada. Se enteran de lo que se tienen que enterar. A veces actúan para que algo cambie, a veces actúan para que algo no cambie. Los belgas pueden ser independientes. Los polacos ni hablar. No hay que tocar las narices a los rusos. A no ser que haga falta, porque entonces sí que se las tocan, ¡y bien tocadas! Tenemos dos ejemplos muy claros: la guerra de Crimea (1854-56) y el Congreso de Berlín y la revisión del Tratado de San Stefano (1878). Los ingleses quieren un Imperio otomano débil, pero no un Imperio otomano muerto. Ayudan a los griegos a ser independientes (y luego les imponen un rey absoluto y extranjero), pero no piensan consentir que los rusos machaquen a los turcos. Saben que los turcos son los únicos que separan a los rusos del Mediterráneo. Por eso envían un ejército al mar Negro y convencen a los franceses para que hagan lo mismo. Y cuando no apoyan a los turcos con las armas, los apoyan con la diplomacia, obligando al ganador a revocar un tratado de paz que no les conviene.

Con el permiso de los ingleses

Para entender los tratados de paz en el mundo en el siglo XIX, debe considerarse que siempre tienen una cláusula secreta: «con permiso de los ingleses». 

A los japoneses les pasa lo mismo contra los chinos (y eso que los propios ingleses ya habían dado dos palizas a los chinos con las Guerras del Opio, pero aquí también vale lo de los turcos: débiles pero no muertos). También es lo que hacen con la guerra de España contra el sultán marroquí de 1859-1860 (donde, por cierto, el bueno de Prim vuelve a desenvainar la espada, que las Cortes ya le empezaban a aburrir y una buena batalla te rejuvenece mucho). Esta guerra fue una victoria rotunda de los españoles, pero a los ingleses no les pareció bien y tuvimos que devolver Tetuán al sultán.

Volvamos a los Balcanes. Allí se pegan los rusos con los turcos, pero hay otros interesados. Los austriacos también quieren una salida al Mediterráneo. Consiguen que les dejen meter mano en Bosnia, con permiso inglés, claro, porque era una parte del Imperio otomano, al menos en teoría. Y allí seguirán, primero como «protectores» y luego como «anexionadores» (desde 1908), hasta que los serbios empiecen la gran traca y uno de los cohetes vaya a caer inesperadamente en el centro del gran polvorín que entre unos y otros han ido formando durante muchos años. Ya se sabe: si vas amontonando cajas de dinamita en el patio trasero, lo mismo el día menos pensado te explotan.

La explosión provocará, claro está, la Primera Guerra Mundial. Y esa guerra será el final de los imperios que quedaban en Europa. El imperio turco ya estaba medio muerto y ya casi no era Europeo, pero seguía teniendo la capital en este lado del Bósforo. El Segundo Imperio Alemán duró poco. Los ingleses no podían permitir que el káiser Guillermo II quisiera meterse en el asunto del colonialismo. El Imperio austrohúngaro era un superviviente. Algo muy extraño: había aguantado bastante bien el terremoto del 48. Es cierto que el emperador tuvo que firmar una constitución y tuvo que dar derechos a los campesinos y pelear contra los nacionalistas checos y húngaros, pero la cuestión es que aguantó. Y luego, después de la derrota contra los prusianos en Sadowa en el 66 también lo volvió a pasar mal, pero el imperio aguantó. Simplemente le hicieron un buen lavado de cara: se convirtió en una monarquía dual, donde el rey de Austria también era rey de Hungría y donde los húngaros tenían su propio parlamento. Por lo demás era un imperio autoritario y muy conservador, lo más cercano al absolutismo sin ser absolutismo.

Y luego está el más absolutista de todos, el que no se había enterado de nada, el que sí vivía realmente en un «espléndido aislamiento», el que era tan poderoso que no se conformaba con tener todo el poder político, también quería tener el poder religioso (y lo tenía). El zar ruso controlaba los cuerpos y controlaba las almas, y no sabía que el absolutismo y la teocracia ya no existían en el resto del continente. Alejando II quiso reformar su país, y empezó aboliendo la servidumbre en 1861. No era mala idea, aunque en toda Europa occidental la habían abolido muchos años antes. Por desgracia las reformas no llegaron más lejos. Y luego incluso se volvió hacia atrás. Se quiso frenar cualquier cambio político o social. Nicolás II no se quiso enterar de que él ya no era un zar absolutista, que ya no podía serlo, que nunca más iba a serlo, y como no se quiso enterar acabó acribillado en un sótano.

Pero antes de eso las tierras de Europa iban a volver a sufrir otro tornado, y el tornado barrió unas fronteras y creó otras fronteras. El Tratado de Brest-Litovsk hizo que en el este aparecieran un montón de países nuevos. Y un año después, en 1919, el Tratado de Versalles y los otros tratados del final de la guerra (como el de Trianon, el de Saint-German, etc.) hicieron los mismo en el centro de Europa. Salieron países nuevos, países que ya habían sido nación, como Polonia y Hungría, y brotaron países que no tenían ningún pasado, que no tenían ninguna historia común, que eran totalmente nuevos y artificiales, como Yugoslavia. En estos casos siempre hay pueblos que se pierden en el jaleo, que se quedan parados en medio de ninguna parte, pueblos de los que nadie se acuerda o a los que nadie pregunta. Los líos de fronteras traen líos de familias. De repente había unos húngaros que eran rumanos, unos croatas, unos eslovenos y unos bosnios que tenían que estar con los serbios, quisieran o no, unos rusos que ya no eran rusos, unos turcos que tenían que ser griegos por narices, unos alemanes que ya no eran alemanes y unos franceses que habían sido alemanes y ahora volvían a ser franceses. Y así podíamos seguir unas cuantas líneas más.

Tuvo que venir un americano, un señor que era presidente, a tratar de poner un poco de orden en el gallinero. Wilson se plantó en medio del barullo y soltó sus Catorce Puntos, pero solo le hicieron caso a medias. ¿Bélgica? Sí, con Bélgica no hay nunca ningún problema. ¿Respeto al principio de nacionalidad? Me parece que eso habrá que explicarlo mejor. Que no está muy claro ese principio para qué «nacionalidades» vale y para qué «nacionalidades» no vale. En todos los tratados que los vencedores imponen a los vencidos hay siempre revanchismo. En el tratado de Versalles había una dosis casi insoportable de revanchismo, y eso era porque los franceses recordaban muy bien la guerra franco-prusiana y la derrota de Sedán. El mismo Bismarck ya se había dado cuenta. Se había pasado con los franceses. Por eso quiso hacer sus «sistemas bismarckinanos», que no pretendían otra cosa que tener controlada a Francia para que no pudiera vengarse nunca. Pero con la llegada al poder de Guillermo II, Bismack deja de ser canciller. Y sus sistemas de alianzas se olvidan. Para empeorar las cosas Guillermo II apoya descaradamente a los austriacos y cabrea a los ingleses y a los rusos. Con eso se va preparando la guerra. Europa se llena de montones de cajas de explosivos. ¿El «polvorín de los Balcanes»? ¿Qué os creéis, que solo había uno? ¿Y qué pasa con la Italia irredenta, por ejemplo? ¿Y qué pasa con el Corredor de Dánzig? ¿Y con los Sudetes? ¿Y con la Alta Silesia y Pomerania? 

La Segunda Guerra Mundial contestaría a estas preguntas. Pero provocaría otras preguntas, como pasa siempre. Los pecados de los abuelos serán siempre la tumba de los nietos.

«Las naciones no son algo eterno. Han tenido un inicio y tendrán un final», dijo alguien una vez… Y entonces aquello podía sonar improbable, muy lejano, como hablar de la vejez a un niño. 

¿Y ahora, cómo suena ahora?


Viajar en tiempos difíciles

Puente del ferrocarril minero al inicio del Puerto Escandón antes de su adaptación como vía verde.

Si vas a hacerte cargo de un ferrocarril, lo mejor es conocerlo bien. Cuando en 1947 Andoni Sarasola fue designado director de la Compañía Minera de Sierra Menera, empresa explotadora  de las minas de hierro y del ferrocarril que unía a estas con el puerto de Sagunto, no se lo pensó dos veces. Se puso un mono de maquinista y se subió a la cabina de una locomotora de vapor, renunciando a viajar en el lujoso coche-salón para directivos. El viaje nos lo cuenta él mismo en su libro Minas y ferrocarril Ojos Negros-Sagunto. Siderurgia integral (Testimonio de un ingeniero en la dirección de una empresa 1947-1967), y merece la pena que lo reproduzca a continuación:

Me puse el mono y subí a la locomotora; los túneles de Jérica y Caudiel, con fuerte rampa de subida y humedad de carril, con el consiguiente patinaje de la locomotora, me atosigaron de humo, carbonilla y calor asfixiante del hogar de la máquina. En fin, pasé muy mal rato y lamenté mi renuncia al coche-salón; pero el maquinista y el fogonero me instruyeron, pasado el susto, sobre la forma de amortiguar los efectos de la humareda en esas circunstancias de emergencia. El carbón era malísimo, había que limpiar continuamente la parrilla del hogar, con pérdida de tiempo, paradas para hacer presión, taponar algún tubo, etc. 

Este joven ingeniero, que entonces tenía veintinueve años, cuenta que cuando un jefe de estación lo vio descender de la máquina se quedó muy sorprendido y comentó que era la primera vez que veía a un directivo de la compañía que no viajaba en el coche-salón. Y peor aún, porque no contento con el viaje de ida, Andoni Sarasola repitió el viaje en otra locomotora al día siguiente, pero esta vez bajando hasta Sagunto con un tren cargado de pesado mineral. Y sí, lo que cuenta merece ser leído con mucha atención:

Los trenes, además del maquinista y fogonero, llevaban un jefe de tren y cinco guardafrenos, para casos de emergencias, emergencias que eran frecuentes, en especial en la fuerte bajada desde Barracas (…). Los materiales de repuesto para los cilindros de aire comprimido escaseaban; los frenos automáticos fallaban en numerosos vagones de la composición; el maquinista con sus pitidos pedía ayuda a los guardafrenos para controlar el tren en las bajadas; en casos de extrema gravedad se recurría al «contravapor», fórmula antirreglamentaria y peligrosa. Aquellos descensos en aquel año 1947 imponían respeto. Había momentos en que parecía que el tren iba a saltar por los terraplenes; hacía falta valor para conducir los trenes en aquellas circunstancias. La falta de repuestos para mantenimiento era general en todas las actividades mineras e industriales. En aquellos años se trabajaba con lo que se disponía y como se podía.

Estación de Ojos Negros, punto de partida del ferrocarril minero de Sierra Menera y actualmente punto inicial de la vía verde.

Recordemos que la España de 1947 había salido de una guerra civil para encontrarse con una coyuntura internacional totalmente negativa. El régimen de Franco, voluntaria o involuntariamente, estaba abocado al aislamiento y a la autarquía. La cosa no mejoró hasta que la Iglesia (con el concordato de 1953) y el gobierno americano (con el pacto con el gobierno de Eisenhower, también en 1953) le permitieron integrarse en la economía y la política internacional.

Pero qué distinta la postura de Andoni Sarasola con la de un directivo de RENFE que aparece citado en el libro de Manolo Maristany (La epopeya de los directos: de Madrid a Barcelona por Caspe y Mora). Según le contó un maquinista al autor del libro, en cierta ocasión conducía un tren junto con un jefe de división de RENFE. Era un expreso nocturno que hacía el servicio entre Madrid y Barcelona. A mitad camino el jefe de división quiso ponerse al mando del tren. El maquinista le cedió su puesto. Llegaron a un punto conflictivo y el maquinista le dijo lo que la experiencia le aconsejaba hacer:

—Esta cuesta hay que tomarla a setenta kilómetros hora, ni uno más ni uno menos, para no perder arrancada ni pegar bandazos dentro del túnel.

Pero el jefe de división aceleró al máximo despreciando el consejo del maquinista con una frase muy desafortunada:

—Tú déjame a mí que yo sé un rato de locomotoras.

Por supuesto el tren dio un violento bandazo en el interior del túnel y si no descarriló fue por puro milagro, ya que una parte del tren llegó a golpearse contra la dovela del túnel arrancando un pedazo de su recubrimiento. Los pasajeros que dormían se despertaron asustados del golpe. No sabían lo cerca que habían estado de un fatal accidente.

Túnel del ferrocarril minero en Navajas, Castellón, adaptado para su uso como vía verde.

No sabemos si el jefe de división pidió perdón al maquinista. Lo que sí sabemos es que en ese tren viajaba el cardenal Tedeschini, nuncio de su santidad, que era un hombre fundamental en las relaciones de España con el Vaticano. Con lo cual podemos imaginar qué hubiera pasado si se hubiera producido el accidente. ¿Se hubiera retrasado la firma del concordato? ¿Otro nuncio podría haber supuesto otra política? A veces la historia toma un camino no previsto por pura casualidad. O no lo toma por pura casualidad… Como cuando el tren privado del zar Alejandro III descarriló por un sabotaje en 1888 y la fuerza física del zar fue lo que le permitió escapar del vagón y sacar de él a toda su familia. Alejandro III era un hombre fornido, con merecida fama de hombre muy fuerte y vigoroso, pero por lo visto este percance le pasó factura. Al poco tiempo empezó a tener fuertes dolores renales y los médicos diagnosticaron que el gran esfuerzo realizado para salir del vagón medio aplastado eran una de las causas de este dolor. Poco después el zar fallecía repentina e inesperadamente y su lugar lo tuvo que ocupar un jovencito totalmente inexperto: Nicolás. Y lo que viene después ya está contado en los libros de historia.

Volvamos a España. Repensemos bien lo que hace Andoni Sarasola al ser nombrado director de unas minas y un ferrocarril que no conoce. Parece una tontería, pero es muy importante: no viaja aislado en su cómodo vagón. Se mezcla con los maquinistas y fogoneros. Habla con ellos. Les escucha. Comprende bien cómo es su trabajo. Y luego repite lo mismo con los jefes de estación, los mineros, los guardafrenos… Y no contento con eso, rebusca en los orígenes de la empresa, va a buscar un nombre del que nadie habla (Ramón de la  Sota y Llano) para entender por qué se construyó este ferrocarril en lugar de, por ejemplo, llegar a un trato con un ferrocarril de vía ancha cuyo trazado corría casi en paralelo al de vía estrecha. Y cuando se construyó, por qué se construyó del modo en que se hizo, clasificándose administrativamente como «ferrocarril económico», pero dependiente de Obras Públicas y no de Minas, dentro de un ferrocarril de servicio público. Y esto tiene una consecuencia: a diferencia del ferrocarril de Utrillas, también minero y con origen en una localidad de Teruel, no presta servicios de pasajeros, con lo cual las estaciones de ferrocarril se pueden ubicar lejos de los pueblos y por tanto se pueden adaptar al terreno. Eso se ve muy bien en la estación de Los Baños, en teoría la estación de Teruel ciudad, pero muy lejos de la misma, y a mucha más altura que la capital. Detalle nada trivial si se tiene en cuenta que inmediatamente después hay que empezar a subir el terrible Puerto Escandón.

He dicho alguna vez que la historia de un ferrocarril es la historia de sus hombres. ¿Por qué cuando Andoni Sarasola llega a Sagunto nadie pronunciaba el nombre del fundador de la empresa en voz alta? Dejemos que nos lo diga el hijo de Ramón de La Sota, que al llegar la guerra civil continuaba al mando de la empresa de su padre, junto a otro gerente, cuya suerte será muy distinta, como ahora veremos.

Estación de Torás, ferrocarril minero de Sierra Menera, estado actual.

En el diario Deia, con fecha de 6 de agosto de 1978, Ramón de la Sota y Aburto decía:

Fui víctima de la famosa Ley de Responsabilidades políticas. Esta era una ley terrorista: querían aterrar a la gente. Me lo quitaron todo, todos los negocios que heredé de mi padre. Antes de salir de Bilbao tenía a mis órdenes a quince mil hombres. A muchos de ellos les aterraron, les acusaron de cosas que jamás habían hecho. Los embajadores de Inglaterra y Francia me dijeron que yo no duraría veinticuatro horas si entraba Franco. (…) Juzgaron y condenaron a mi padre muerto hacía meses. Incautaron sus bienes e impusieron una multa de cien millones de pesetas (pesetas del año 1937).

¿Su crimen? Haber apoyado a la república. ¿Y qué pasó con el otro gerente, José Luis Aznar, que antes de la guerra tenía una parte de las acciones de la empresa? Al estar en el bando franquista no sufrió represión alguna. Al contrario: se quedó con toda la compañía. Con el camino totalmente despejado por la muerte del fundador y el exilio de su hijo (Ramón de la Sota y Arbuto no volverá nunca a España y morirá en Biarritz), refundó al empresa, que se pasó a llamar Naviera Aznar, y con el beneplácito del régimen,concentró todas las acciones de los diversos negocios que anteriormente formaban el grupo Sota y Aznar a su nombre. Vamos, que le salió muy rentable estar en el bando ganador.

Y así somos testigos de la sorpresa de nuestro joven y temerario ingeniero, Andoni Sarasola, que cuando lee los informes y los libros sobre la compañía, descubre que esta se creó sola, que los párrafos dedicados al origen de la empresa están en blanco, que no hay ninguna alusión a la familia Sota, ni al padre ni al hijo.  Porque claro, el crimen perfecto es el crimen que ni siquiera llega a conocerse. 

El cercanías Valencia-Caudiel visto desde la plataforma del antiguo tren minero, Navajas, Castellón.

La historia de un ferrocarril es la historia de sus trabajadores, de sus viajeros. También es, por desgracia, la historia de sus muertos. En 1911 un temporal hundió el Abanto, un barco cargado con carbón que esperaba para entrar a descargar al puerto de Sagunto. El ferrocarril y los altos hornos consumían mucho carbón. Y el puerto está lleno de barcos, unos cargaban el hierro, otros descargaban el carbón. Pocos días después del hundimiento se encontró una botella que el mar había arrastrado hasta la playa de la Malvarrosa, en Valencia. La botella tenía un mensaje del capitán del Abanto: «Vamos a morir treinta hombres: no abandonéis a nuestras esposas e hijos». El Mediterráneo puede parecer un mar tranquilo. El capitán no se dejó engañar. No tenían salvación. Al mismo tiempo que se encontraba la botella, los cuerpos de los treinta marineros iban apareciendo en las playas. 

No conocí la historia del Abanto hasta que la leí en un libro editado por el Ayuntamiento de La Puebla de Valverde, con la colaboración de los ayuntamientos de Ojos Negros y de Sagunto. ¿Qué une a estos tres municipios? El ferrocarril minero, que ahora es una vía verde. Una vía verde de más de doscientos kilómetros. He recorrido algunos puntos de esta vía verde, he cruzado andando los túneles de Jérica y de Caudiel y he visto pequeñas filtraciones de agua. Ahora estos túneles han sido reparados y acondicionados. Pasan muchos ciclistas y muchos excursionistas. Las filtraciones de agua están controladas y no suponen un peligro para nadie. Ni suponen un problema para ninguna locomotora. Junto a estos túneles tenemos la vía del ferrocarril de vía ancha que comunica Sagunto con Zaragoza. En los viejos tiempos, los maquinistas de los trenes de las dos compañías, los de Renfe y los del tren minero, se saludaban y se gastaban bromas continuamente (y a veces, según he oído, hasta hacían «carreras»). Pero eso no nos puede hacer olvidar lo duro que era ser maquinista en esos tiempos. Los túneles podían ser trampas mortales (en el túnel de Los Palancares, cerca de Cuenca, cinco personas murieron asfixiadas por el humo de la locomotora), y lo incómodo, lentos y peligrosos que podían ser los viajes en tren. Pero las carreteras no eran mejores. Y en aquellos tiempos pocos podían disponer de coche propio.

Por cierto, en el libro donde leo la terrible historia del Abanto (Compañía Minera de Sierra Menera: el futuro de un pasado), encuentro un dato sobre el socio de Ramón de la Sota que desconocía. Eduardo Aznar era primo de Ramón de la Sota y Llano, con lo cual José Luis Aznar, el socio franquista de Ramón de la Sota y Arbuto, el que se quedó con toda la empresa después de la guerra civil, debía ser el hijo de Eduardo Aznar, y por tanto sobrino de Ramón de la Sota y Llano y primo segundo de Ramón de la Sota y Arbuto. ¿No? Yo me lío con estas cosas de familia. Pero una cosa está clara: la familia es la familia, pero las guerras son las guerras. Y esto me recuerda la novela Cambio de banderas de Félix de Azúa, sobre los industriales nacionalistas vascos y la guerra civil. ¿Conocía el autor la historia de la familia Sota? No lo sé, lo que sé es que aún hay muchas historias por contar. Muchas historias que uno no imagina y que le esperan en el lugar más imprevisto. Subí a las minas de Ojos Negros una fría mañana de invierno. Y en Teruel lo de fría mañana no es una metáfora. No había nadie. Nadie. Ni los fantasmas. El crimen perfecto es el que no existe. El que tapa el olvido.

Barrio Minero de Sierra Menera, en el municipio de Ojos Negros, Teruel.