La tasa alien

tasa alien
Pyongyang, 2017. Fotografía: Cordon Press. alien

Aggrappato alle rive e alle barche e immersi nell’acqua fino alla bocca o sepolti nella terra fino al collo, attendevano che le autorità trovassero un qualche rimedio contro quel fuoco traditore. Poiché il fosforo è tale che si appiccica alla pelle come una viscida lebbra, e brucia solo al contatto dell’aria. Non appena quei disgraziati sporgevano un braccio fuor della terra o dell‘acqua, il braccio si accendeva come una torcia. 

(Curzio Malaparte, La pelle, 1949)

El fascista Malaparte (Kurt Suckert, 1898-1957) contó con su humor tan profundamente oscuro todo lo que pensaba que nadie iba a contar una vez el árbitro levantó el brazo que daba por finalizada la Segunda Guerra Mundial: el trato a las mujeres de Nápoles por los soldados estadounidenses, el sufrimiento civil del bombardeo con fósforo de Hamburgo, la historia del perdedor. El mérito de dar a conocer al mundo los detalles de la Operación Gomorra se lo llevó el novelista alemán Hans Erich Nossack, pero tanto su éxito como el intento de Malaparte no hacen sino confirmar con la excepción la regla de que la historia la escriben los vencedores. Hay otra: las páginas más difuminadas de la historia las paga el dinero.

Los desembarcos triunfantes, la liberación del pueblo oprimido, la búsqueda de armas de destrucción masiva se esmeran en amortiguar para la inmensa mayoría el ruido de fondo de las calculadoras echando humo. Hay una lectura económica en todo conflicto. Debería ser central si al ser humano no se le hubiese secado el cerebro, «de claro en claro y de turbio en turbio», con libros de caballerías y superproducciones de Hollywood. ¿Pierden todos los que estaban en el bando perdedor? ¿Cuánto se ingresa destruyendo y cuánto reconstruyendo lo destruido? ¿Cuánto vale el dominio de la región «liberada»? ¿Es la guerra, al fin y al cabo, buena para la economía?

No tan perdedores

Olía a almendras amargas. Se colaba en la nariz, directo al cerebro. Primero un picor en el pecho seguido de un dolor extremo. Convulsiones. Paro cardíaco. Zyklon B, el pesticida pensado para insectos gigantes, fumigó seres humanos en las cámaras de los campos de exterminio nazis. Fue procesado, enlatado y etiquetado. Se almacenó, se transportó, se entregó, se facturó, se cobró. Oferta. Demanda.

El gas venenoso Zyklon B era ampliamente utilizado como insecticida mucho antes de la guerra. (…) No ha podido demostrarse que el consejo de administración o los acusados, como miembros del mismo, tuviesen conocimiento de los usos a los que se destinaba la producción. Ha quedado demostrado que grandes cantidades de Zyklon B fueron suministradas por Degesch a las SS y que fueron utilizadas en las exterminaciones en masa de los prisioneros de los campos de concentración, incluido Auschwitz, pero ni el volumen de producción, ni el hecho de que se suministrasen grandes cantidades a los campos fue en sí mismo suficiente como para implicar responsabilidades criminales, dado que lo que ha quedado probado es que hubo una gran demanda de insecticidas allí donde llegaba un alto número de personas desplazadas, confinadas en espacios abarrotados en los que faltaban las mínimas condiciones de higiene.

(Informes legales de los juicios por crímenes de guerra. Comisión de crímenes de guerra de las Naciones Unidas, Volumen X. 1949)

El tifus brotó en el frente occidental. Los oficiales alemanes temían que se extendiera a la población civil. A los suyos, se entiende. Era urgente encontrar una solución, una cura o una vía para lograr la inmunidad. Había que aumentar la producción y la eficacia de las vacunas. En Behringwerke, perteneciente como Degesch a IG Farben (conglomerado fruto de la fusión de empresas como Basf y Bayer, la de las aspirinas), trabajaban desde hacía unos años en una vacuna que permitía tratar a quince mil personas en un día, frente al proceso utilizado hasta ese momento por el que solo era posible tratar a diez. La vacuna no había sido probada. No era reconocida por la profesión médica. Farben estaba ansiosa por lograr ese reconocimiento. 

Las pruebas muestran que prisioneros sanos de los campos de concentración fueron deliberadamente infectados con tifus por las autoridades alemanas en contra de su deseo y que las medicinas producidas por Farben, que se esperaba tuviesen poder curativo contra la enfermedad, fueron administradas a estas personas dentro de un programa de experimentación médica que tuvo como resultado la muerte de muchos de ellos. (…) No es posible demostrar la culpabilidad de los acusados de Farben.

(Informes legales de los juicios por crímenes de guerra. Comisión de crímenes de guerra de las Naciones Unidas, Volumen X. 1949).

El 20 de diciembre de 1945 se promulgaba la Ley N.º 10 con la intención de enjuiciar a los otros criminales de guerra, los que no habían sido juzgados en el Tribunal Militar Internacional de Núremberg. Los doce juicios posteriores encausaron a los colaboradores necesarios, los beneficiarios del desastre. No se enjuició a las empresas, sí a algunos de sus directivos. Dentro de los juicios posteriores ninguno de los directivos de IG Farben encausados fue condenado por la producción y suministro de gas venenoso o vacunas contra el tifus a los campos de concentración y exterminio. Cinco directivos fueron encontrados culpables de emplear prisioneros de guerra, trabajos forzados y empleo bajo condiciones inhumanas. En el juicio se leyeron las características físicas que pedían de los prisioneros como si fuese una lista de la compra. Las penas no superaron en ningún caso los siete años de prisión y no se cumplieron en su totalidad. Uno de los directivos que acudió al juicio como testigo, no como imputado, Gerhard Friedrich Peters, reconoció en su testimonio que sabía para qué se utilizaba el Zyklon B. Un juicio posterior por esas declaraciones lo condenó a cinco años de cárcel y, tras recurrir la sentencia, fue absuelto.

Las guerras abren espacios que quebrantan las normas de los tiempos de paz y quien se cuela en el engranaje puede sacar grandes réditos. IG Farben ya era una de las empresas líderes de la industria farmacéutica mundial antes de la Segunda Guerra Mundial. Su implicación en la misma, lejos de pasarle factura, la reforzó. Aunque ya no lo haría con la marca del grupo, hoy sigue teniendo entre sus marcas algunas de las más potentes de la industria química y farmacéutica del mundo. 

Lo que se diga de ellos se puede aplicar a Krupp, hoy parte del gigante ThyssenKrupp. Sin su suministro de material bélico no habría sido posible la invasión país tras país que llevó a cabo el ejército alemán bajo las órdenes de Adolf Hitler, con el agravante en su caso de saber perfectamente que con el rearme Alemania incumplía el Tratado de Versalles. Krupp participó en el expolio de las poblaciones de los países invadidos y utilizó prisioneros de guerra en condiciones infrahumanas en sus factorías. No se juzgó a la empresa ni por estos ni por otros crímenes en los juicios posteriores, lo que dejaba a salvo de reclamaciones las ganancias obtenidas durante el conflicto. Se juzgó a sus directivos, a los que se absolvió por delitos contra la humanidad y se impuso una pena máxima de doce años por el expolio y el uso de prisioneros. Con Estados Unidos pasando en un corto plazo a estar mucho más pendiente de la guerra fría que de un conflicto ya solventado, la justicia fue benevolente con ellos.

La lista es amplia. Incluiría a Daimler-Benz y el escueto «Daimler-Benz apoyó al régimen nacionalsocialista solo hasta donde fue inevitable para una compañía de su tamaño» de su información oficial, frente a lo que cuenta el libro Mercedes en la paz y en la guerra (Bernard P. Bellon). No era solo la obviedad de que Hitler fuese montado en su Grosser 770K modelo 150 Offener Tourenwagen, una fabricación artesanal de Mercedes Benz con detalles, incluido armamento, solo creados para él. Ni el hecho conocido de que Mercedes fabricase motores para aviones, tanques y buena parte del cohete V2 para el ejército nazi. Bellon describió la financiación con inserciones constantes de publicidad en el periódico nazi Volkischer Beobachter y también cómo Jakob Werlin, directivo de la empresa automovilística, fue quien recogió a Hitler a las puertas de la prisión de Landsberg cuando salió libre en 1924. 

Fueron otras muchas las empresas a las que no solo no les pasó factura su implicación con el bando perdedor. Hoy siguen siendo gigantes en sus respectivos sectores. Si se cogen estos ejemplos es para mostrar que, si esto es con los que pierden, no es difícil imaginar las ganancias de las empresas del bando que gana.

Te vendo una guerra

Desde las empresas concretas se pasa al salto invisible entre la micro y la macro. La duda de si las guerras en general sacan al buen mundo civilizado de sus letargos y crisis y le dejan seguir después con más fuerza con sus cosas de mundo civilizado.

Difícil resolverlo si no es tirando de las opiniones de tres premios Nobel. Empieza la de Paul Krugman. Como es de Krugman, esta opinión sonríe mirando al suelo mientras la presentan, con las manos metidas en los bolsillos y balanceando los pies. Es una opinión de 2013, acostumbrada al cuerpo a cuerpo con los argumentos neoliberales, al debate sin grises entre la austeridad y la política de expansión del gasto. Ajusta los micrófonos y empieza a hablar mirando por encima de sus gafas, calibrando los gestos del público. «Para salir de la crisis de una vez por todas hay que fingir la amenaza de una invasión alienígena», dice.  

Los neoliberales desde las gradas le lanzan tomos de tapa dura de Milton Friedman y Friedrich Hayek. La opinión de Krugman los mira desafiante. Saben que de lo que habla en realidad es de crear una causa de proporciones cósmicas, un enemigo externo que una al planeta tras la pancarta del gasto necesario, ineludible, defensivo, que obligue a poner todos los recursos disponibles en un fin común y productivo. Que se mueva el dinero de una vez, dice la opinión de Krugman. 

La segunda invitada se sorprende del jaleo y al entrar al escenario tropieza con los tomos tirados por el suelo. No sabe nada de la Gran Recesión. Es una columna de opinión en The Guardian escrita en enero de 2003 por otro Nobel, Joseph Stiglitz. Está nerviosa. Quiere decir algo mientras esté a tiempo. Quiere hacer cambiar de parecer a quienes piensan que la guerra y la bonanza económica van unidas. Entendería, de haberla escuchado, la opinión de Krugman de 2013, porque una de las claves de la invasión extraterrestre es que sea falsa, fake news. Sin daños colaterales. La opinión de Stiglitz se enfrenta a una guerra real, la que se prepara a invadir Irak sin el respaldo de Naciones Unidas, refrendada dos meses después con la foto de las Azores. «La economía de guerra es un mito», comienza su discurso. «Se dice a menudo que la Segunda Guerra Mundial sacó al mundo de la depresión y desde entonces la guerra ha incrementado su reputación como impulsora del crecimiento económico. Algunos sugieren incluso que el capitalismo necesita guerras, que, sin ellas, la recesión acecha siempre en el horizonte». La opinión de Stiglitz niega con la cabeza. Una guerra en un espacio geográfico y temporal limitado no tiene la capacidad de producir el verdadero factor dinamizador de la economía, el que emerge cuando el conflicto alcanza dimensiones mundiales: el pleno empleo. «La Segunda Guerra Mundial llamó a la movilización total, requirió del uso de todos los recursos del país y eso es lo que acabó con el desempleo». 

Entre el público pide la palabra Barry Eichengreen, el economista autor de la obra La economía europea después de 1945. El profesor de Berkeley piensa que las opiniones de los dos premios Nobel no están yendo al fondo de la cuestión: qué ocurrió tras la Segunda Guerra Mundial. Saca unos papeles que hacen temer al público que la cosa se va a alargar y empieza a dar cifras del Plan Marshall. Dieciséis países, incluido Alemania, se beneficiaron de casi trece mil millones de dólares. Si al principio se emplearon en alimentos, productos de primera necesidad, combustibles y maquinaria procedente de Estados Unidos —es decir, el dinero recaía directamente en las empresas americanas como proveedoras—, después el dinero se destinó a invertir en desarrollar la industria europea. Europa podría haber crecido tras el conflicto simplemente por el hecho de tener que reconstruir lo destruido.

El silencio le anima a seguir. Hay algo más. En Europa no surgieron de repente como por arte de magia viviendas calentadas con carbón y refrigeradas con hielo, hornos de gas y frigoríficos eléctricos. «Las nuevas tecnologías nacidas en el periodo de entreguerras no habían sido comercializadas de forma masiva en Europa debido a la inestabilidad política y a la crisis económica en las décadas de los años veinte y treinta». El teflón, el nailon, los motores de combustión interna, los cambios en la organización de las cadenas de trabajo, innovaciones que ya se empleaban ampliamente en Estados Unidos, no arrancaron en Europa hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Antes, no se daban las condiciones. Estados Unidos había entrado en la Primera Guerra Mundial siendo deudor del Viejo Continente y salió siendo acreedor, la inestabilidad europea de aquellos años fue la tónica, los inversores no se vieron con fuerzas para arriesgarse. En esa brecha que se abrió con respecto a EE. UU. en el periodo de entreguerras también se dio tiempo a que las nuevas técnicas y prácticas se probaran, se perfeccionaran y posteriormente pudieran asumirse a toda velocidad por Europa al término de la Segunda Guerra Mundial, acelerando el crecimiento económico tras el conflicto.

Habla usted de grandes sumas de dinero, dice la opinión de Stiglitz, que sigue en 2003 pendiente de la guerra que está a punto de desatarse. «Los costes directos de un ataque militar al régimen de Sadam Husein serán minúsculos en términos del gasto total de Estados Unidos», clama tratando de sumar argumentos a quienes piden evitar un conflicto basado en falsas premisas y cuyas consecuencias pondrán con los años a Europa en alerta cuatro. «La compra de munición que ya existe, que ya está en los almacenes de las compañías de armamento, solo va a traducirse en un recorte en otras áreas del gasto público: en la inversión en educación, en sanidad, en investigación, en medio ambiente (…). La guerra será sin duda mala en términos de lo que realmente importa: el nivel de vida de la gente corriente», sentencia la opinión de Stiglitz de 2003. No le harán ni caso.

El público se pone en pie y aplaude. Ha entrado en el escenario una opinión de Paul Samuelson de enero de 1991 publicada en El País. El entusiasmo se debe a que Samuelson, fallecido en 2009, está considerado el padre de las bases de la economía moderna, un firme defensor del uso de las matemáticas en el análisis económico. Su opinión se origina en medio del debate sobre la acción que debe emprender EE. UU. (en aquella ocasión, de la mano de Naciones Unidas y con Bush padre) tras la invasión de Kuwait por parte de Irak. Una acción que ha provocado un shock en la oferta mundial de petróleo, una subida de los precios con la economía estancada o cayendo. Estanflación. La bicha.

 «Ya es casi oficial», comienza la opinión de Samuelson de 1991. «América se encuentra en una recesión. Cae la producción. Crece el desempleo. Se resienten los beneficios». Las importaciones estadounidenses se reducían y esa era la mecha prendida que enseñaba el camino hacia la crisis a todos los países que vendían productos y servicios a la primera potencia económica mundial. «Me pregunto si la escalada militar americana en el Golfo va a permitir una inyección de dinero a la rueda global similar a otra que sí funcionó: la guerra de Corea de 1950». Un conflicto que contribuyó a avivar las teorías que ligan la bonanza y la guerra desde la Segunda Guerra Mundial.

«En la Segunda Guerra Mundial, una vez la guerra falsa se convirtió en lucha abierta, el producto interior bruto de todo el mundo se vio estimulado por los gastos militares. Fue temporal. ¿Debemos esperar que este patrón se repita si Irak mantiene su postura y las fuerzas de las Naciones Unidas cumplen la fecha tope con la que han amenazado?», se pregunta la opinión de Samuelson. Y responde: «No. (…) Los milagros de la prosperidad económica tras la Segunda Guerra Mundial se produjeron en Alemania y Japón, precisamente las potencias vencidas a las que se prohibió mantener grandes gastos militares». 

«Fue por la reconstrucción, la reconstrucción», bracea Eichengreen desde su asiento.

Un señor desde las sombras pide la palabra. Está debajo de un foco que crea un efecto de contraluz que no deja verle el rostro. Avanza un paso para ser reconocido. Es La travesía del desierto: experiencias de un embajador, un libro de Juan José Arbolí, embajador español en Kuwait durante la invasión de 1990. «El sistema ideado para acometer la reconstrucción de Kuwait consistió en la elección de ocho grandes compañías: cinco multinacionales americanas y una británica, además de una empresa saudí y una kuwaití. Tales compañías (…) se repartieron el país por zonas, y no por la especialidad de cada compañía (electricidad, ingeniería, obras públicas…). Su misión consistió en asumir, en sus respectivas zonas, la responsabilidad de la ejecución de las tareas imprescindibles para la puesta en funcionamiento del país». Para captar parte del dinero de la reconstrucción había que lograr ser subcontratado por una de ellas. 

España también quería su parte. La diplomacia se puso en marcha. El libro de Arbolí cuenta que no solo se reaccionó tarde. El viaje resultó ser algo accidentado.  «La expedición volaba en un avión tipo Falcón, creo recordar, y su rastro había sido perdido por las torres de control de El Cairo y de Riad, con las que me puse en contacto para cerciorarme de la llegada del aparato. Al parecer, condiciones atmosféricas adversas forzaron al comandante de la aeronave a cambiar el rumbo». 

«Durante los días que permaneció la misión en Kuwait, sus integrantes se distribuyeron el trabajo de acuerdo con el programa preparado en la embajada. El ministro de Industria y demás cargos oficiales, a quienes acompañé, visitaron a las autoridades kuwaitíes, mientras los representantes de organizaciones empresariales se entrevistaron con representantes de la Kuwait Emergency Reconstruction Office y de empresas kuwaitíes». España protagonizó la primera recepción oficial que ofrecía una embajada tras la liberación de Kuwait. Un año después, solo cinco empresas españolas habían conseguido algún contrato de una reconstrucción cuyo coste total se estimaba en cincuenta mil millones de dólares. Eran contratos pequeños porque en realidad Kuwait no necesitó tanta remodelación de edificios como se esperaba.

Hay vencedores del bando derrotado y, para cerrar el círculo, hay quien creyó colocarse en el bando ganador y no logró sacarle partido. 


Concord(e): el vuelo de Babel

Concord
Un avión Concorde, 1971. Fotografía: Cordon Press.

Un avión, cuando vuela, provoca un desplazamiento de las moléculas del aire similar a las olas que se generan en el agua cuando avanza la proa de un barco. Cuanto más cerca vuela de la velocidad del sonido (Mach=1.0), menos tiempo tienen las moléculas de apartarse de su camino, de huir en alguna dirección, lo que crea un cono invisible frente al aparato que, al alcanzar este la velocidad sónica, se transforma en una especie de muro. Al atravesarlo, los vuelos supersónicos provocan lo que los ingleses llamaron boom y los franceses bang, un potente trueno audible desde el suelo, una gigantesca contaminación acústica. Dicen que la furia de Julian Amery, ministro de Aviación británico, retumbó más fuerte que ese trueno cuando se enteró de que el nombre que se había elegido para el avión supersónico cuyo proyecto pagaban a pachas ingleses y franceses era Concorde. 

¡Concorde! Con esa letra como una afrenta. Esa E exhibida como prueba de ADN, de pedigrí excluyente, poderosa como para separar un poco más las orillas del canal de la Mancha. Una E como una boina. Un toque bourgeois frente al pragmatismo. Mucho más de lo que podían admitir en Londres. 

Los que llevaban años remangados en el proyecto miraron el nuevo espectáculo de golpes de pecho y siguieron con la faena, a ver si se les pasaba el mal rato a los que firmaban los cheques con cargo al dinero público. El industrial e ingeniero aeronáutico sir George Edwards, al frente de la constructora británica British Aircraft Corporation (BAC), se había comprometido con su para entonces amigo el general André Puget, presidente de la constructora gala Sud-Aviation (después Aérospatiale), a que se mantendría el nombre de Concorde. Era un gesto de reconocimiento a las aportaciones mutuas. Fue fiel a su palabra. Toda la documentación generada por la BAC para el proyecto llevó la E. Toda la que salió de los despachos del gobierno británico, no. Para la Administración inglesa, el proyecto se llamó durante meses Concord, llevando su empeño al absurdo de que se generase durante un tiempo documentación con denominaciones diferentes para un mismo proyecto.

Así fue hasta la exposición de la maqueta a tamaño natural del Concorde 001, el prototipo francés, en diciembre de 1967, en el marco del XXVII Salón Aeronáutico celebrado en el aeropuerto de Le Bourget, en París. Cuando aquel pájaro de aluminio, con su ala delta y su cuerpo estilizado, se mostró ante todos prometiendo colocar a sus promotores a la vanguardia de la aviación civil, Charles de Gaulle, gran impulsor del proyecto, exclamó: «¡Es un monumento!». Fue el laborista Tony Benn, ministro de Tecnología del gobierno de Wilson por entonces, el que aprovechó la emoción para oficializar el visto bueno del Ejecutivo británico a la letra E y acabar con el conflicto. 

Quedaba más de un año para que el capitán André Turcat ocupase su lugar junto a Jacques Guignard en la cabina del Concorde 001, gemelo del 002 criado simultáneamente en suelo británico. Quizás miró las cicatrices del tan querido copiloto, recuerdo de dos accidentes graves a bordo de supersónicos. Seguro que miró al cielo, que, al fin, después de dos días de mal tiempo, ofrecía la visibilidad suficiente para levantar la aeronave del suelo de Toulouse y demostrar que era capaz de volar al doble de la velocidad del sonido. 2 de marzo de 1969. El retraso respecto a la fecha prevista inicialmente había permitido que los rusos se adelantasen por dos escasos meses al primer vuelo del llamado por la envidia nacionalista estadounidense «bolígrafo volante» de De Gaulle. A finales de año, Moscú había probado en vuelo, para sorpresa del mundo, su Túpolev 144. Un golpe inesperado que ensombreció el primer vuelo del Concorde, pero no su verdadero reto. Ingleses y franceses, los vecinos partidos por el Canal, los enemigos de una guerra de Cien Años tan largos que parecieron ciento dieciséis, los eternos rivales que firmaron la Entente Cordiale en 1904 por no seguir fastidiándose el uno al otro, habían puesto a prueba su capacidad de trabajar juntos y el resultado estaba a punto de despegar de manos de Turcat y Guignard.

Si el motor Olympus de Rolls-Royce permitía volar lo bastante rápido, si la aleación de aluminio resistía el calentamiento por fricción del fuselaje sin serias modificaciones, si los cálculos de desplazamiento del centro de gravedad del ala delta al pasar a velocidad supersónica eran correctos, si aquel primer vuelo del Concorde tenía éxito, dejaría atrás, pequeños como hormigas, los roces, las discusiones sin tregua entre ingleses y franceses para hacer un modelo de medias distancias o transoceánico, las suspicacias, las líneas rojas nacionalistas, los intentos ingleses de abandono del proyecto cuando se disparó el presupuesto, las amenazas francesas de acudir al Tribunal Internacional de La Haya si eso ocurría y un hecho no menos inquietante que el mundo no conocía y del que no hablaría la prensa al día siguiente: que al principio los equipos no se entendían. 

Los hombres y mujeres a los que se encargó la misión de diseñar una nave capaz de doblar la velocidad del sonido (Mach = 2.0) con población civil en su interior no compartían el mismo idioma ni usaban las mismas unidades de medida y esto, por sabido, no dejó de ser un grave problema cuando tuvieron que ponerse manos a la obra con el proyecto.

Los ingleses empezaron a dar clases nocturnas de francés, aterrados con las consecuencias de perderse en la traducción, contó Brian Trubshaw, el piloto del prototipo Concorde 002, en su libro Concorde: The Inside Story. «Incluso los expertos debían tener sumo cuidado en las reuniones y a la hora de tomar decisiones porque el vocabulario francés es más reducido que el nuestro y podía llevar a malas interpretaciones», aseguró Trubshaw, fallecido en 2001. En lugar de unificar al menos las unidades de medida, por no dar protagonismo a ninguno de los socios sobre el otro se optó por traducir todo, nombrarlo por partida doble, e incluir en toda la documentación también la doble métrica. Tan poco seguros estaban de haber acertado con las dimensiones registradas de este modo que, según el piloto inglés, cuando empezaron a ensamblarse las piezas de mayor tamaño, respiraron aliviados viendo que, salvo pequeños errores subsanables, el puzle encajaba. 

Es más fácil encajar las partes de un avión supersónico diseñadas en dos mundos métricos diferentes que algunas ideas en la cabeza de los políticos.

Para fortuna del proyecto, los equipos que trabajaban en él nada tenían que ver con los números de indignación de sus gobiernos. Superados los problemas iniciales con el idioma, compenetrados como empezaban a estar entre ellos, y con el respeto y después la amistad naciendo de las horas de pelea con las dificultades técnicas del avión, poco o nada querían saber de guerras por letras. 

En el Salón Aeronáutico de 1969, cuando se presentaron juntos los dos primeros Concorde, el 001, ensamblado en Toulouse (Francia), y el 002, armado en Filton, sir George Edwards, harto de que las banderas tapasen los logros que estaban consiguiendo sus equipos, dijo: «Si alguien vuelve a molestar con el tema de británicos y franceses, le recordaré lo que hemos visto hoy», cuenta Trubshaw. 

El agujero negro

Si los egos enturbiaron el proyecto, también lo mantuvieron. El orgullo francés, con De Gaulle enarbolando la bandera y descubriendo como si fuera suya la teta inagotable de los impuestos, impidió cualquier intento de suspender el proyecto por años de demora que acumulase y por mucho que se desorbitaran las cifras. 

El gobierno laborista de Wilson intentó cancelarlo en 1964 ante las críticas por el inmenso coste del avión supersónico, una aeronave de la que iba a poder disfrutar un número muy limitado de bolsillos. Wilson se encontró con la imposibilidad de abandonar el proyecto establecida en el acuerdo original, firmado en noviembre de 1962. 

A las dificultades técnicas, que explican la mayoría del presupuesto, se unieron buenas dosis de improvisación y el hecho de que quizás se hicieron las cosas demasiado pronto. Todo habría sido diferente en la era de la supercomputación. Ejemplo de lo primero son las malas comunicaciones entre los dos puntos geográficos elegidos para ensamblar el Concorde 001 y 002. En un proyecto supersónico inspirado en lograr la máxima velocidad posible, que pretendía unir Londres y París con Nueva York en poco más de tres horas y media, era necesario casi un día para viajar entre las dos naves donde se ensamblaban los prototipos, la de Toulouse y la de Filton. Hasta 1968 no se impuso el sentido común, cuando se compró un HS.125 de ocho asientos para cubrir la distancia dos veces al día.

Ejemplo de lo segundo es el hecho de que se usaron más de trescientos modelos reales de prueba en el proceso para fijar detalles como la forma ojival exacta del ala delta o que, para calcular la vida útil, se instaló en el interior de una nave un fuselaje completo y se calentó y enfrió una y otra vez imitando las temperaturas del ciclo de un vuelo, incluido despegue, crucero, descenso y aterrizaje. 

Estados Unidos no fue indiferente a los avances supersónicos europeos, pero en su caso venció el pragmatismo. Pudo no ser así. En 1956 se inició un primer movimiento para lograr un transporte supersónico civil por parte del National Advisory Committee for Aeronautics (NACA), predecesor de la NASA, con la convicción de que, para llevar a buen término el proyecto, era necesaria la implicación del gobierno estadounidense. A pesar del temor de que fuesen Francia, Reino Unido o Rusia quienes se hicieran con el dominio del sector supersónico, se estudió el interés comercial del proyecto y con el tiempo se terminó descartando. 

Aunque J. F. Kennedy, dispuesto a mandar personas a la Luna, anunció en julio de 1968 que el programa supersónico de Estados Unidos seguiría adelante, Richard Nixon ganó las elecciones en 1968 y, menos de dos años después, lo canceló. Entre los motivos aducidos estaba la falta de rentabilidad, pero también dos aspectos que iban a complicar los planes del modelo anglofrancés: el consumo de combustible y el boom, el trueno que iba a prohibir superar la velocidad del sonido sobre poblaciones. 

Estados Unidos, la pieza suelta

Ante los avances del modelo anglofrancés, las aerolíneas estadounidenses sí mostraron al principio interés por adquirir unidades, atesorando la mayoría de las opciones de compra. Pero entre octubre de 1972 y principios de 1973 empezaron a cancelarlas una detrás de otra. La primera fue United Airlines. El mazazo pareció definitivo cuando anunciaron su decisión, con una diferencia de minutos, la Pan Am y la TWA. El proyecto siguió adelante sin Estados Unidos. 

El 21 de enero de 1976, a las 11:40 horas, sin permisos para aterrizar en ningún aeropuerto de Estados Unidos, un Concorde con un centenar de pasajeros a bordo despegó del aeropuerto de Roissy hacia Río de Janeiro a la misma hora en que, desde el aeropuerto londinense de Heathrow, otro iniciaba el viaje hacia Baréin. Quedaba «inaugurada la era del transporte supersónico comercial», escribió la prensa gala. Habían sido necesarios veintidós años y una inversión de 1200 millones de libras (equivalentes hoy a 9600 millones de libras si se aplica la inflación), escribiría ABC al día siguiente, para que los vuelos regulares del Concorde empezasen a surcar el cielo a 2150 kilómetros por hora a 18 000 metros de altitud, consumiendo enormes cantidades de petróleo para mantener la potencia y llevando en su interior a un número muy bajo de pasajeros, dada la escasa carga útil de la nave. Pasajeros incómodos en sus estrechos asientos que, en aquel primer vuelo a Baréin, recibieron sobre el mar Adriático un almuerzo a base de canapés de salmón ahumado, pato a la naranja y fresas traídas de México.

No fue hasta noviembre de 1977 cuando dos Concorde, uno de Air France y otro de British Airways, con un intervalo de dos minutos entre ellos, aterrizaron en el aeropuerto neoyorquino J. F. Kennedy tras sendos vuelos comerciales en los que habían hecho el recorrido desde París y Londres respectivamente en poco más de tres horas y media. Para que aquello ocurriera había sido necesario que el mismísimo Tribunal Supremo de Estados Unidos diese luz verde al Concorde frente a las intenciones de las autoridades aeroportuarias neoyorquinas, que pretendían mantener la prohibición señalando la aberración ecológica de la aeronave europea, que consumía el doble de combustible que un Jumbo transportando la mitad de pasajeros, por rápido que lo hiciera.

El 29 de enero de 1982, el ABC titulaba: «El más bello, rápido y ruinoso avión del mundo seguirá volando en el siglo XXI». Recogía que los Concorde del lado francés, los operados por Air France, no habían volado «ni una vez a Nueva York, Washington, Ciudad de México, Río de Janeiro o Caracas con más del sesenta por ciento de las plazas cubiertas».

Para entonces ya no cabían abandonos unilaterales, continuaba el artículo. «La aventura Concorde solo puede ser enterrada conjuntamente. Hasta llegar a ese punto hay que continuar con ella también conjuntamente. Durante años los ingleses abogaron por suspender el proyecto, del que Francia hizo una cuestión de prestigio».  

Con el permiso para volar a Nueva York en la mano, las tornas cambiaron. Los Concorde de la Air France presentaban unas cuentas deficitarias crónicas, lo que llevó al presidente socialista galo François Mitterrand a plantear el abandono del transporte supersónico. A los ingleses ya no les interesaba esa opción. Si pocos eran los pasajeros en los trayectos con París, en el de Londres-Nueva York se contaban ya unos cuatro mil clientes al mes, lo que, con los buenos resultados también en el trayecto entre Londres y Washington y el abandono de las rutas deficitarias con Singapur y Baréin, había permitido que el Concorde empezase a dar beneficio a British Airways, aunque fuese un beneficio trampa. La British solo asumía los gastos de mantenimiento. Era el contribuyente británico quien había pagado el coste de la aeronave. 

El accidente

El 25 de julio del año 2000, el director del hotel Les Relais Bleus de Gonesse vio dirigirse hacia su despacho un inmenso avión envuelto en llamas. «Pensé que iba a aterrizar sobre mi mesa de trabajo. Colgué el teléfono y salí corriendo», relató. El motor de un Concorde se había incendiado en plena maniobra de despegue desde el aeropuerto francés Roissy-Charles de Gaulle. El piloto trató de regresar al aeropuerto o dirigirse al de Le Bourget, pero la carga de combustible le impidió maniobrar y el Concorde cayó convertido en una inmensa masa de fuego. Murieron ciento trece personas, todas las que viajaban en la aeronave y cuatro en tierra. La mayoría eran alemanes que viajaban a Nueva York para embarcarse en un crucero que iba a llevarlos a Ecuador. 

Veinticuatro años de servicio llevaba la aeronave sin haber sufrido ninguna catástrofe y con tan solo siete incidentes en su haber, pero aquel día una placa metálica de otra aeronave se cruzó en su camino. 

El 7 de noviembre de 2001, el avión comercial más rápido del mundo volvía a aterrizar en Nueva York tras los atentados del 11 de septiembre. Se hizo como homenaje y como prueba de confianza, y los pasajeros pagaron sus billetes, a razón de unos cinco mil dólares cada uno, para cruzar el Atlántico en el mismo tiempo que un coche tarda en cubrir la distancia entre Madrid y Valencia. Se sirvió champán Krug Clos du Mesnil del 86 en el vuelo inglés, en el que viajaba el cantante Sting, y Dom Pérignon del 93 en el vuelo galo. Pero si la rentabilidad ya era dudosa antes del ataque terrorista, tras él, con la reducción del número de pasajeros posterior y el aumento de los costes de mantenimiento por el envejecimiento de las naves, el Concorde se hizo insostenible. 

El 30 de mayo de 2003, las aeronaves del Concorde operadas por Francia dejaron de volar. Cinco meses después lo harían las británicas. Ni el reclamo del último vuelo sirvió para llenar las plazas. Dijo John Lowe, el piloto que más tiempo estuvo a los mandos de la aeronave, que era tecnológicamente más avanzada que el Apolo 11, la misión que puso al ser humano en la Luna. También se dijo que ni el Concorde ni ningún otro supersónico civil volverían a volar.

2018. Una empresa diseña un nuevo avión supersónico para alcanzar al menos Mach=2,2 (unos 2720 km/h) y transportar a unos cincuenta y cinco pasajeros. Cuenta ya con varias aerolíneas con opciones de compra firmadas. Asegura que trabaja en reducir el trueno al traspasar la velocidad del sonido y situarlo treinta veces por debajo del que hacía el Concorde, que tantas protestas ciudadanas provocó además de impedir el aterrizaje del avión en suelo de Estados Unidos durante un tiempo. Tienen tan claro que ese es el reto que no les ha importado incluirlo en el nombre de la compañía: Boom Supersonic, respaldada por Richard Branson y Japan Airlines. Tienen una dura competencia enfrente: la NASA está desarrollando su supersónico, proyecto que ha adjudicado a Lockheed Martin por 247,5 millones de dólares, que promete salvar también el efecto boom.


La verdad está ahí fuera: muerte al Ctrl+C y Ctrl+V

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La verdad está ahí fuera. Fotografía: Riksarkivet (CC).

Este artículo se publicó en papel en nuestra revista trimestral nº26

El 16 de marzo de 2006, el juez titular del juzgado de instrucción número 2 de Marbella Francisco Javier de Urquía suspendió la emisión de un programa titulado Misión Imposible: Operación JAR, que había empezado a emitir en bucle de forma ininterrumpida una televisión local de Marbella. 

A la mañana siguiente, Juan Antonio Roca, JAR, cabecilla de la trama corrupta del municipio malagueño, conversó varias veces por teléfono con el dueño de una casa que quería comprarse Urquía en la urbanización Azalea Beach. Quería saber cuánto tenía que pagar en nombre del juez para agradecerle a este que hubiera evitado la difusión del programa que pretendía desgranar ante la audiencia marbellí su enorme patrimonio. 

Entre las 14.30 y las 15.00 horas de ese mismo día, 17 de marzo, una vez se marcharon los empleados, tras las puertas del número 65 de la calle Ricardo Soriano de Marbella, sede de la firma Maras Asesores, el juez Urquía recibía de manos de Roca 73 800 euros. Era «justo el dinero necesario para la firma del contrato de compraventa de la casa, aceptándolo este justo al día siguiente de haber estimado su petición de suspensión cautelar de la emisión del programa televisivo», dijo la sentencia del Tribunal Supremo reproduciendo los hechos probados por el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía. Se pagó en metálico y en dos sobres. Uno, con 63 000 euros, que era parte del precio fijado para la transacción (423 000 euros en total). El otro, con 10 800 euros, equivalentes a los intereses del tres por ciento derivados del aplazamiento del resto. 

El esfuerzo del juez por evitar una emisión televisiva que en principio no iba a tener más alcance que municipal no fue menor. De hecho, el apaño tuvo que hacerse dos veces. Roca había presentado una denuncia contra la emisión del programa. En respuesta, el juez Urquía dictó un primer auto ordenando «la inmediata suspensión de la redifusión» y requiriendo «la aportación al juzgado» de «los soportes mecánicos o magnéticos» en los que se encontrase la grabación. Serían las prisas pero el juez no cayó en que un procedimiento penal por injurias exigía ser presentado en forma de querella, no de denuncia, acompañada de una certificación que probase que se había celebrado un acto de conciliación entre las partes o al menos se había intentado. Urquía tuvo que archivar sus propias actuaciones, reconociendo en un segundo auto que había «padecido un evidente error» y empezar de nuevo el proceso. Esto dio margen a la emisora de televisión para volver a emitir el programa durante unas horas, las que necesitó el juez Urquía para informar a Roca del error y acordar con él el modo de subsanarlo.  

Lo hizo por teléfono. Epic fail. El otro lado de la línea tenía más de un final: el teléfono de Roca, en Marbella, y la terminal del sistema SITEL de los agentes de la Jefatura Superior de Policía de Andalucía Oriental, en Granada. El número de Roca estaba intervenido por orden del juzgado de instrucción número 5 de Marbella, que investigaba en el más absoluto secreto lo que dos semanas después, el 29 de marzo de 2006, saltaría a las pantallas de toda España en forma de registros espectaculares y detenciones que incluyeron la del propio Roca. La Operación Malaya salía a la luz.

Nada tuvo que ver aquel programa de televisión interrumpido. Malaya llevaba meses gestándose. Aquello no fue más que una prueba de cómo funcionaba Marbella, donde un policía local podía hacer las veces de periodista y emitir en bucle un programa sobre corrupción política y donde la inercia por acallar toda información que pudiera afectar a las sistemáticas mayorías absolutas que sacaban en las urnas los corruptos activaba de forma inmediata los resortes de bloqueo de toda información local contraria a sus intereses. 

También fue prueba de que el secretismo del juez instructor de Malaya, Miguel Ángel Torres, había funcionado. Sus cautelas, que incluyeron no abrir un nuevo caso sino usar el número de registro de uno ya archivado, los pinchazos telefónicos y sobre todo la documentación obtenida en Maras Asesores en los registros del 29 de marzo sirvieron para cazar a una parte de la mafia marbellí, incluido el cabecilla de la trama, Juan Antonio Roca; demostrar la máquina de apaños urbanísticos en que habían convertido la ciudad malagueña y poner fin a quince años de gilismo, iniciados con la primera victoria por mayoría absoluta en las urnas de Jesús Gil allá por 1991. 

Un secretismo imprescindible porque Marbella estaba agujereada. Los juzgados, la policía, el Ayuntamiento. Era un campo minado para quien no se integrase en la rueda. Para el juez Santiago Torres, para la abogada Inmaculada Gálvez… para los periodistas que no formasen parte de la máquina de propaganda municipal.

Al empezar el trabajo del libro Playa Burbuja: un viaje al reino de los señores del ladrillo junto con el periodista Antonio Delgado ya se nos hizo evidente que documentarse para tener el contexto suficiente con el que afrontar una investigación sobre los abusos del sector urbanístico en la costa peninsular mediterránea no iba a ser como en otras ocasiones. Coger la moto y recorrer la costa de punta a punta, quedarse días en un municipio, mezclarse con sus vecinos, sus políticos, jueces, abogados, conseguir documentación, estar, pareció indispensable desde el primer momento, pero ¿dónde estaba el contexto, la hemeroteca, el camino ya recorrido por otros periodistas para seguir avanzando sobre él? Y entonces aparecieron ellas y ellos. Periodistas locales, profesionales de ediciones regionales de periódicos nacionales, y periodistas de investigación acostumbrados al cuerpo a cuerpo, desplazados con tiempo y medios para trabajar la información allí donde estaba teniendo lugar.

Periodismo sobre el terreno. Periodismo de suela de zapatos. La primera trinchera, tan dura en ocasiones para quienes hacen su trabajo con honestidad como plagada de quintacolumnistas. Un mundo sin Ctrl+C y Ctrl+V, con teléfono pero sobre todo con «cariño y café» a las fuentes, que diría el maestro Antonio Rubio. «Te tienes que manchar los zapatos para saber de qué va la historia. Analizar la situación del País Vasco o de Cataluña sin estar allí no te permite contextualizar», pone como ejemplo. 

Rubio, autor de tantas conocidas investigaciones periodísticas que han marcado la historia de este país, también estuvo en Marbella trabajando para el diario El Mundo. «Yo me desplazaba allí continuamente. Me veía con uno, con otro. La gente necesita hablar, explicar los problemas, las circunstancias y cuando además en la prensa local no sale información sobre algo que está ocurriendo pueden ser más abiertos con gente que viene de fuera, porque identifican que ese periodista no está presionado por el entorno, no tiene vínculos familiares. Pero hay que estar allí. Tienes que ver la cara de la gente y que vean la tuya. Es muy importante la comunicación no verbal y el entorno». 

No vivir la presión de un residente en Marbella no les inmunizaba, ni mucho menos, de riesgos. «Nos teníamos que ver en El Palo, que está a las afueras de Málaga en dirección este, no hacia Marbella, con los funcionarios judiciales que nos ayudaron al principio. No podíamos desde luego quedarnos a dormir en Marbella porque estaba perfectamente agujereada por la gente de Gil y compañía. La mayoría de los hoteles estaban infiltrados, controlaban tus llamadas desde las recepciones, con quién quedabas, y todo le llegaba a Gil».

El 21 de octubre de 1999, El Mundo iniciaba la publicación de una serie de artículos desvelando cómo se desviaban decenas de millones de euros de las arcas municipales de Marbella a sociedades sin más actividad que emitir facturas falsas para aspirar ese dinero. Con el tiempo se conocería aquella trama como caso Saqueo. 

No todos pueden tomar las mismas cautelas. Mercedes Gallego, redactora jefa del periódico Información de Alicante y experta en corrupción e información sobre tribunales, recuerda las informaciones que escribió sobre un directivo de la Caja de Ahorros del Mediterráneo. Un viernes viajó a Madrid para cubrir que iba a salir de Soto del Real, donde se encontraba en prisión preventiva. Al día siguiente, sábado, como tantas otras veces, se lo cruzó en su urbanización. Normal, era su vecino. «Él disimula cuando nos cruzamos pero la mujer te puedo asegurar que no. No comparo en absoluto mi situación con la de los periodistas que realmente se están jugando el pellejo», los que cubren asiduamente los temas de narcotráfico, pone como ejemplo, «pero al ser entornos pequeños notas la repercusión que tiene todo lo que haces». 

Gallego coincide en que «la principal ventaja de estar sobre el terreno es la proximidad que te da a las fuentes». Los periodistas regionales forman parte del mismo ecosistema de personas sobre las que escriben. Es el caso de la exalcaldesa de Alicante Sonia Castedo y el empresario de la construcción Enrique Ortiz, ambos implicados en el caso Brugal. Su buena relación «era vox pópuli para los que vivíamos aquí. Alicante es una ciudad pequeña e ibas a un restaurante y te los encontrabas o ibas a tomar una copa y te decían que habían estado allí. La contextualización es muy fácil, no es como en ciudades más grandes, donde es más complicado acceder a ciertos personajes. Aquí te los encuentras».

Para bien y para mal. «Tienes la desventaja de que, precisamente por esa proximidad, te conocen. Aquí los periodistas somos los que somos. Si entras en un sitio donde está un político que está siendo investigado se pone automáticamente en guardia, te dicen que no hay mesa aunque las veas todas vacías. Eso lo hace más complicado».   

También reconoce la soledad que se siente cuando se cubre durante años una información de gran alcance y la prensa nacional no la recoge. «Te da la sensación de estar desamparado. Estás sacando la información trabajando como una hormiguita y ves que más allá del entorno local no tiene repercusión. Hasta que llega un momento que eclosiona». Pone un ejemplo. «Nosotros empezamos a contar cómo un señor de Orihuela decía que estaban pagando a empresarios de la basura que después pagaban al Partido Popular». Era el primer hilo de una madeja gigantesca que hoy se conoce como caso Brugal y tiene abiertas pendientes de juicio una veintena de causas.

La falta de repercusión en muchos medios no fue el único vacío que sintieron por difundir informaciones sobre lo que se consideraba antes «el milagro económico en la Comunidad Valenciana: Terra Mítica, la Ciudad de la Luz… Nos cortaron la publicidad institucional durante ocho años, a pesar de ser el medio con mayor difusión de la provincia. Aguantamos porque el editor aguantó, porque estábamos en época de vacas gordas y había ingresos pero ahora mismo creo que no habríamos aguantado».

Trabajando en Playa Burbuja aparecieron muchos otros periodistas regionales cuyos trabajos fueron base para iniciar la investigación. Es el caso de Miguel Ángel Ruiz, periodista de La Verdad de Murcia que desde las páginas del periódico y desde su blog Con los pies en la tierra lleva años escribiendo de desmanes urbanísticos, daños al medio ambiente y consecuencias del regadío intensivo, entre otros asuntos. Y campañas de publicidad históricas en medios, como La Manga está de moda, que alguno de los empresarios históricos del ladrillo en La Manga del Mar Menor acabó reconociendo con el tiempo que fue una táctica orquestada por el sector constructor para enfrentarse al primer intento serio de paralizar el caos urbanístico junto a la laguna salada de Murcia.

Pero merece la pena detenerse en un ejemplo que nos encontramos siguiendo con la moto hacia el norte, muy lejos ya de Marbella y de los comienzos del viaje. De repente, una zona con el mar a la derecha, naturaleza a la izquierda y ni rastro del ladrillo. Como si se hubiera pasado de largo un trozo de la provincia de Castellón justo después de la ciudad salida de la nada que es Marina d’Or, en Oropesa. Estábamos en Capicorb, pedanía de Alcalà de Xivert-Alcossebre. De allí saldríamos conociendo la historia de la asociación de vecinos que logró plantar cara a quienes querían urbanizar. La guerra tuvo muchos frentes pero una de sus armas más poderosas fue un periódico al que llamaron Anem Anant, el informativo mensual de Alcalà-Alcossebre. «De paginación mínima, complicada tipografía y casi nulos elementos gráficos, Anem Anant no necesitó ningún alarde tecnológico para cumplir con su función de influencia, que se mide en base a cuánto se tocan las zonas sensibles de la anatomía de quienes no quieren que una información se conozca». De distribución clandestina, nocturna, puerta a puerta y con elaboración completamente artesanal, maquetado a base de tijera y celofán, sobrevivió gracias a lo que, de ser un digital con pretensiones se habría llamado crowdfunding y ellos, a la antigua usanza, llamaron colecta. Hicieron mensualmente fact-ckecking y lo llamaron simplemente periodismo. Y acabaron recibiendo una lluvia de informaciones simplemente porque eran quienes contaban las cosas que ocurrían.  

«Cuando el periódico comenzó a tomar forma empezó a aparecer continuamente gente que nos pasaba información. Hasta de dentro del Ayuntamiento. De dentro de altas instancias. Nos daban todo tipo de detalles, materiales, documentos. Conseguimos parar cosas, acudir a los tribunales. Resistir», nos contó Juan Barceló, periodista retirado que tuvo la iniciativa de lanzar el periódico y que formaba parte de la Asociación de Vecinos de Capicorb.

De las cosas más cotidianas a las más cuestionables desde el punto de vista legal, a ningún político le gusta verse retratado en manos de sus votantes dejando sin salida seis viviendas por permitir la construcción de un edificio de apartamentos donde antes había una vivienda unifamiliar. Ni aparecer como administrador de una inmobiliaria recién inscrita en el Registro Mercantil siendo concejal de Urbanismo. Y muchísimo menos cuando se trata de diligencias abiertas en los juzgados. 

De ahí el empeño en controlar el periodismo local y regional, como en otros ámbitos pero en entornos de olla a presión. De ahí las cantidades destinadas a parar, a contentar y de ahí el nacimiento de cabeceras propagandísticas controladas por empresarios y políticos y dedicadas sin pudor a ser el azote de todo aquel que osase no formar parte de la fiesta. Jesús Gil tuvo su propio periódico, con una tirada de 50. 000 ejemplares que llovían de forma gratuita sobre los ciudadanos de Marbella. Francisco Hernando, el empresario del ladrillo más conocido como el Pocero, tuvo sus propios medios: La Voz de la Sagra, La Voz de Castilla-La Mancha. Intentos por copar los ojos y los oídos del electorado.

Pero mientras exista el periodismo local, cuya supervivencia lleva ya dos décadas en cuestión a medida que han ido desapareciendo fórmulas de ingresos como los clasificados, que han ido cerrando las rotativas que antes formaban un todo con el edificio de la redacción, que han ido menguando redacciones, siempre corren el riesgo de que haya un periodista en la mesa de al lado. Alguien enfadado que decida pasarle un papel, alguien que baja la guardia en el enésimo café. Siempre que existan periodistas sobre el terreno, locales o desplazados al lugar de los hechos, podrá ocurrir lo que escribía el periodista de ABC Ignacio Carrión que le ocurrió en agosto de 1978. Mientras entrevistaba a la condesa de Bismarck en el Marbella Club, escuchó a dos hombres discutiendo a voz en grito. Eran Jaime de Mora y Alfonso de Hohenlohe. ¿Qué ocurre?, le preguntó a la condesa. «¡Comisiones! El gran tema aquí», respondió ella. «¿Comisiones Obreras?», insistió él, pensando que se refería al sindicato y su fuerza redoblada con el final de la dictadura. «No. En absoluto. Comisiones de venta», respondió ella. 


Panamá, el mapa del tesoro

Panamá
Canal de Panamá, 2018. Fotografía: Cordon Press.

And when my time comes to die, I’ll be able to die happy, for I will have done and seen and heard and experienced all the joy, pain, thrills —every emotion that any human ever had— and I’ll be especially happy if I am spared a stupid, common death in bed.

(Carta de Richard Halliburton a su padre)

Cruzó los Alpes sobre una elefanta, al estilo de Aníbal; recorrió el mundo en un avión biplaza al que llamó The Flying Carpet, sobrevolando el Atlas, el Sáhara, el Everest, visitando a príncipes, rajás, monjes agustinos, y murió arrollado por un tifón tratando de cruzar el Pacífico en un junco chino, el Sea Dragon, cuyo enorme velamen ya le habían dicho que no era la mejor compañía en mar abierto. Richard Halliburton, que quizás murió de un modo estúpido pero desde luego se las arregló para que no fuera en la cama, hizo muchas cosas por las que podría ser recordado como uno de aquellos locos de principios del siglo XX, mitad aventurero mitad carne de Jackass. Pero la hazaña que resucita su nombre de vez en cuando y trae a la memoria las demás y con ellas sus libros es una travesía de ochenta kilómetros que realizó entre el 14 y el 23 de agosto de 1928: el paso a nado, esclusa tras esclusa, del canal de Panamá. Le costó treinta y seis centavos de dólar, cantidad correspondiente a los sesenta y tres kilos de peso de su embarcación, que no era otra que su propio cuerpo. Y pasó a la historia. Tal es el magnetismo de una de las mayores obras de ingeniería jamás acometida.

Panamá es un pasadizo, una puerta trasera, un truco del ser humano para saltarse las normas. Mercancías de todo tipo se despiden del Atlántico y reaparecen en el Pacífico en cargueros de dimensiones imposibles que evitan desde hace más de un siglo los peligros del cabo de Hornos o el camino tortuoso que encontró Magallanes. Fortunas de todo el mundo se cuelan por las oficinas de los bancos hasta los despachos de Panamá, adquiriendo empresas offshore a través del país caribeño, y así ocultan su origen para emerger sin riesgos en otro paraíso fiscal y de allí, en la cuenta de un banco en Suiza. Abracadabra.

Panamá, transbordador de mercancías y dinero. El juego de esclusas que, a base de inyectar o drenar agua de los lagos artificiales Miraflores y Gatún, eleva y hace descender las embarcaciones para que sorteen el desnivel y puedan completar su viaje a través del canal, es más aparatoso, pero no más complejo, que el circuito creado por intermediarios de todo el mundo para que el dinero, el de algunos, esquive los impuestos que debería pagar, oculte su origen delictivo o simplemente se esconda de sus legítimos propietarios. Un país tan pequeño, con una población de tres millones y medio de habitantes, no mucho mayor que la de la ciudad de Madrid, y tanto trasiego. El que se ve, el que se intuye debajo de la alfombra a la que le van creciendo bultos con forma de rascacielos y casinos, y el que no se ve. Hasta ahora. Igual que desde el Cerro Ancón, gracias a sus ciento noventa y nueve metros de altura sobre el nivel del mar, se tiene una vista privilegiada para observar en acción la esclusa de Miraflores, una mirilla se abrió a comienzos de 2015 que mostró el doble fondo de los movimientos de capital mundial que utilizan Panamá.

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Los papeles de Panamá. Frederik Obermaier y Bastian Obermayer. Península, 2016

Quién pudiera ver los ojos que se le pusieron a Bastian Obermayer, periodista de investigación del Süddeutsche Zeitung, cuando recibió aquel correo electrónico. Quién pudiera mirar la expresión de Vasco Núñez de Balboa, a las diez de la mañana del 25 de septiembre de 1513, cuando, harto de despeñar indígenas en tierras de la futura Panamá, se encaramó a una loma de la cordillera del río Chucunaque y cayó de rodillas impresionado al contemplar por primera vez el océano Pacífico.

Ni Obermayer ni Núñez de Balboa, con cinco siglos de distancia, podían imaginar la magnitud de lo que se abría ante sus ojos. El extremeño llamó a lo que veía mar del Sur, porque la franja de tierra firme que pisaba le hizo creer que esa era la única orientación del agua que se extendía frente a él. El periodista alemán no podía intuir tampoco que de aquel primer mensaje se derivaría la mayor filtración de datos de la historia del periodismo, casi 2,6 terabytes de información que el Süddeutsche Zeitung decidió compartir con el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ, por sus siglas en inglés), dando lugar a un trabajo colaborativo en el que han participado casi cuatrocientos periodistas de setenta y seis países y ciento nueve medios de comunicación, incluidos El Confidencial y La Sexta en España. 

El 3 de abril de 2016 se retiraba la cortina. Ni dos meses antes, la Financial Action Task Force (FATF) había aprobado sacar a Panamá de la lista gris de países acusados de no combatir adecuadamente el blanqueo de dinero y la financiación del terrorismo. Epic fail. No hay que ser Anacleto para intuir lo que ocurre en el país centroamericano. En Panamá se tarda menos en constituir una empresa de lo que tardaría en cruzar una carretera de dos carriles un perezoso de tres dedos, una de las especies características de la región obligadas al exilio por los trabajos de ampliación del Canal. El mercado de firmas offshore es un reclamo, una especialización del país, que admite entre otras cosas la creación de compañías con acciones al portador, es decir, el propietario es quien tiene las acciones físicamente en su poder, no aparece en los registros oficiales, lo que resulta el modo más eficaz de ocultar su identidad. 

«Las sociedades offshore panameñas adoptan por lo general la forma jurídica de sociedades anónimas, lo cual ayuda a proteger la identidad de los titulares que, mediante el uso de poderes no registrados y directores nominales, pueden reforzar los niveles de confidencialidad del cliente», explica uno de los despachos en su publicidad en internet. «Siempre que no realicen o desarrollen actividades locales en Panamá, el Principio de Territorialidad del Código Fiscal panameño les exoneraría las rentas o las ganancias obtenidas fuera del territorio del país», añade. «Usted puede transferir a una sociedad offshore la titularidad de toda clase de bienes, incluyendo cuentas bancarias, localizados en cualquier parte del mundo», termina. ¿Sociedades sin dueño registrado, que no pagan impuestos, se crean en cuarenta y ocho horas y que admiten la titularidad de cualquier bien, incluida una cuenta, por ejemplo, en el paraíso bancario suizo? Se podrán hacer cosas muy legales con esto, pero el incentivo para quien busque todo lo contrario es poderoso. 

Los llamados papeles de Panamá probaron que el país huele y sabe a paraíso aunque lleve tiempo fuera de las listas negras (por otro lado, por increíble que parezca, ya no queda ni un país considerado opaco en la lista creada por la OCDE en el año 2000). Y demostraron algo más. No hay melindres en el mundo del dinero. A través del roto que abrió la investigación fue posible observar la variopinta serie de personajes que se unen a la fiesta creada desde un solo despacho del país caribeño. Una parte mínima del mundo paralelo solo para muy ricos, pero una orgía donde ya se ha podido ver, tocando el violonchelo, a Serguéi Roldugin, íntimo de Vladimir Putin y probable testaferro de su fortuna (a ver de dónde le viene tanto cero como tiene en Suiza a nombre de tres sociedades creadas desde Panamá), mientras a su lado, unas carpetas de despacho más allá, baila incombustible durante cuarenta años Pilar de Borbón, hermana del rey Juan Carlos I, quien mantuvo la sociedad offshore Delantera Financiera durante el tiempo transcurrido desde que su hermano tomase la jefatura interina del Estado español en 1974 hasta que fue nombrado rey Felipe VI. 

Por allí contemporizan superricos de la India y África, de Australia, Rusia y China, que se cruzan en sus paseos por la pista de baile con otros cincuenta multimillonarios de la lista Forbes. Los papeles reflejan que allí se bailó un tango con su mujer Sigmundur David Gunnlaugsson, hoy ex primer ministro de Islandia, entregándole en el lance no una rosa, sino sus acciones en la sociedad Wintris, radicada en las Islas Vírgenes Británicas y beneficiaria de las decisiones tomadas por el propio Gunnlaugsson respecto a los bancos quebrados islandeses, en detrimento de las arcas públicas del país. En la fiesta de Mossack Fonseca han tocado la caja B de Siemens cuatro exdirectivos de la compañía, ayudados por el despacho a crear sociedades y cuentas por las que fue circulando el dinero hasta que lograron despistar una parte de lo que se dijo que se devolvía a la matriz cuando se descubrió el escándalo de sobornos a cambio de concesiones en América Latina. Y tocan con sordina nombres que aparecen en las listas de sancionados de EE. UU., la UE o Reino Unido.

Personajes oscuros como la familia de Rami Majluf, propietario de la telefónica Syriatel, accionista de bancos, cadenas de duty free y una compañía aérea, compañero de infancia del dictador sirio Bashar al-Ásad y en teoría uno de los grandes financiadores del régimen. El despacho panameño trabaja desde hace décadas con él y sus hermanos ocultando su personalidad tras empresas creadas en las Islas Vírgenes Británicas. El dinero, de nuevo, permanece en una cuenta en Suiza, en este caso del HSBC, con conocimiento del banco, según señalan los documentos de Mossack. Al toque heavy se suman traficantes de armas, como el sudafricano Arnold Bredenkamp; de esteroides, como el esloveno Savo Stjepanovic, que comparten mesa con empresarios y banqueros cercanos a regímenes autócratas como Jean-Claude N’Da Ametchi o Muller Conrad Rautenbach. Las fotos de la bacanal dejan retratado al escurridizo espía alemán Claus Möller, que llega a relacionarse, con ese u otro de sus nombres, con una docena de empresas offshore creadas por Mossack. Y en las pantallas, los Jinkins, los argentinos que con una mano, la de su empresa Cross Trading, compraban a precios de saldo los derechos televisivos de las competiciones UEFA y con otra los vendían a canales como el ecuatoriano Teleamazonas por tres y hasta cinco veces lo que habían pagado por ellos.

Panamá, 2014. Fotografía: Edgard Garrido/ Cordon Press.

No hay buena fiesta sin exaltación de la amistad. Abrazados aparecen en los papeles Kojo Annan, hijo del exsecretario general de la ONU Kofi Annan, con empresas pantalla en Islas Vírgenes Británicas y Samoa, copropietario de una de ellas junto al hijo de un exsenador nigeriano. Ayad Allawi, vice primer ministro iraquí hasta 2015, también cuenta con sociedades en Islas Vírgenes Británicas y Panamá ya disueltas, pero en las que curiosamente participó con los hijos de un ex primer ministro de Líbano. Deng Jiagui, cuñado del presidente de China Xi Jinping; la hija del expresidente chino Li Peng, el presidente de Emiratos Árabes Unidos, el antiguo primer ministro de Jordania, el vice primer ministro palestino o el primer ministro de Pakistán, Nawaz Sharif, que habría usado empresas radicadas en las Islas Vírgenes Británicas propiedad de su hija para comprar inmuebles de lujo en Londres, no se han perdido el convite.

Cada uno en su reservado, disfrutan del menú degustación de Mossack, indiferentes a la presencia entre los participantes de una larga lista de bailongos españoles, desbrozada por El Confidencial y La Sexta. Baila Anson con su mullido pelo, baila Manuel Fernández Sousa mientras quiebra Pescanova, la empresa de la que fue presidente; baila Pineda tras cada golpe de Ausbanc. Se contorsiona Carlos Ortega, enfundado en sus Pepe Jeans, cerca de Alberto Cortina y Alberto Alcocer, a los que pueden imaginar como quieran, pero hay quien solo es capaz de recordarlos con gabardina y las caras de Josema y Millán. Junto a ellos, su asesor bailando al sol, Arturo Fasana, el contable suizo de la Gürtel. Demetrio Carceller, accionista de Damm, se paga un par de rondas con sus sociedades offshore, mientras en la pista le hierve la sangre al doctor Eufemiano Fuentes. Iván Zamorano, Carles Vilarrubí y Lionel Messi dan sus propios toques al paso de Àlex Crivillé, y, si creían que faltaba alguno de los habituales, por allí aparecen Miguel Blesa y Rodrigo Rato y también Corinna zu Sayn-Wittgenstein. Como si no hubiera otra puerta a la que llamar en el mundo offshore, en los papeles figuran sociedades de Bertín Osborne, Imanol Arias o Pedro Almodóvar. Mar García Vaquero (antes de convertirse en esposa de Felipe González) y Micaela Domecq (esposa de Miguel Arias Cañete) también dejan rastro de sus negocios apoyando un pie en los servicios que ofrece Panamá. Mario Vargas Llosa, Marina Ruiz Picasso, Borja Thyssen… la mayoría pasaba por allí, no sabía, ya se deshizo de aquello o fue víctima de un asesor que iba a su bola, dicen, pero el premio del público a la mejor interpretación se lo lleva José Manuel Soria, ministro de Industria que dimitió después de haber bailado frente al atónito público español la más enrevesada danza de los siete velos. Velo que le quitaban, giro que daba Soria. ¡Qué arte! 

Si empiezan a estar abrumados con tanto nombre, piensen que «Mossack Fonseca no es más que uno de los grandes proveedores de empresas offshore; nos falta mucho más para tener una visión completa del fenómeno», comentan Obermaier y Obermayer en su libro. Hay millones de sociedades con sede en paraísos fiscales, que no son algo exclusivo de países a los que se pueda considerar menos desarrollados desde el punto de vista económico y social. La puerta de entrada suele estar en cada gran ciudad, en las arterias financieras. Los papeles de Panamá señalan a más de quinientos bancos de todo el mundo que ayudaron a crear unas quince mil sociedades en paraísos fiscales a través de Mossack Fonseca. Delaware tiene doscientas ochenta y cinco mil sociedades que comparten domicilio en la misma oficina en una de sus calles.

Un despacho de Marbella, apoyado en tres notarías, creó una red de más de mil sociedades con sede en Gibraltar, Isla de Man, Panamá e Islas Vírgenes Británicas para blanquear dinero procedente del narcotráfico, el tráfico de armas o la prostitución mediante inversiones inmobiliarias en la Costa del Sol, tal y como se descubrió en 2005 en la Operación Ballena Blanca. Alrededor de ochocientas sociedades en paraísos fiscales fueron utilizadas para ocultar la caja B de Enron, uno de los mayores escándalos financieros de las últimas décadas. Parmalat, otro de esos grandes pufos, utilizaba sociedades radicadas en Delaware y las Islas Caimán, mientras que Worldcom siguió una operativa similar desde Delaware y Bermudas. Tras la creación de sociedades para Enron y Parmalat estuvo Citigroup, igual que Société Générale apareció implicada en el caso Vivendi, otro sonado escándalo financiero. La primera llamada pagada en Google que aparece cuando se teclea offshore y Panamá es la de un despacho de Dubái que quiere aprovechar que el foco se ha puesto sobre el país americano para captar capitales que huyan de allí en busca de nuevo refugio. La fiesta sigue. 

No se dejen llevar por las apariencias. Este mundo subterráneo no es todo lo que se puede decir de Panamá. La nación centroamericana es un país con los problemas de muchos otros, con sus indígenas pobres cuyos pueblos son inundados por las aguas y desplazados las dos veces que el canal lo ha requerido, con sus especies milenarias en peligro de extinción, con la población concentrada en los núcleos urbanos y una seria preocupación sobre cómo se van a pagar las pensiones a partir de 2019, cuando se espera que se agote el fondo creado para este fin. Panamá también es el país que ha protagonizado una fulgurante reducción de la desigualdad y la pobreza en los últimos años, reconocida por todos los organismos internacionales, derivada del auge de la clase media que han creado el turismo y los servicios financieros. La riqueza de Panamá ha crecido como la espuma, como si el país atrajese más al capital cuantas más dificultades vive el resto del mundo; cabe preguntarse por qué. Mientras la crisis financiera iniciada en 2008 devoraba la mayoría de las economías, Panamá pasó de los veintiún mil millones de dólares de riqueza generada en 2007 (PIB) a cincuenta y dos mil cien millones en 2015. Por en medio, la ampliación con un tercer juego de esclusas del Canal, capaz desde este año de trasbordar de uno a otro océano buques con doce mil contenedores, ladrillo, turismo y una alta especialización en servicios, todo tipo de servicios financieros. 


Club atómico español: se ruega entrar en silencio

Bomba perdida en Palomares, 1966. Foto: Cordon.

¿No dedicaremos los últimos años de nuestra existencia al perfeccionamiento de las armas de fuego? ¿No ha de presentarse una nueva ocasión de ensayar el alcance de nuestros proyectiles? (…) ¿No sobrevendrá una complicación internacional que nos permita declarar la guerra a alguna potencia transatlántica? ¿No echarán los franceses a pique ni uno solo de nuestros vapores ni ahorcarán los ingleses (…) a tres o cuatro de nuestros compatriotas? 

Julio Verne, De la Tierra a la Luna. Trayecto directo en 97 horas

Verne era un cachondo. En el Gun Club de su novela De la Tierra a la Luna, oficiales mutilados suplican que vuelva la guerra para seguir ideando armas mientras se rascan con el garfio la cabeza, mitad carne y hueso, mitad goma, y los rescoldos de la chimenea les van chamuscando, sin que se den cuenta, las piernas de madera. El hombre de guerra no se preocupa de sus miembros amputados mientras quede la opción de matar a mordiscos, nos enseñó Monty Python. El Gun Club no son solo hombres de guerra. Son inventores cuya «única preocupación», los describió el francés, «era la destrucción de la humanidad» y «el perfeccionamiento de las armas de guerra consideradas como instrumentos de civilización». 

Ya les hubiera gustado saber a los del Gun Club que un siglo después sería posible idear armas sin demanda de disparos. Que habría guerras a base de amagos, de difundir las veces que era posible destruir al de enfrente, enfrentamientos basados en la velocidad de reacción para que desaparezcan los dos contrincantes en caso de que sea el otro quien empiece la fiesta. Una guerra de medírselas. Una guerra fría. 

En 1966, Estados Unidos contaba con 31 175 cabezas nucleares. La URSS, con 7091. Los primeros estaban a un año de alcanzar su cota máxima. A los segundos les faltaban veinte para llegar a la suya, las 40 159 cabezas nucleares que llegaron a acumular en 1986 según el Bulletin of the Atomic Scientists. En 1966, el Reino Unido tenía 281 cabezas nucleares; Francia, 36, y China, 20. España… 

España vivía el pulso entre falangistas y tecnócratas del Opus que terminó con la victoria aplastante de estos últimos. Entre los falangistas estuvieron los más firmes defensores de hacer todos los esfuerzos necesarios para entrar en ese club de las armas de almacén gracias a un grupo de personas que podrían perfectamente ser personajes de Verne. A los falangistas no les gustaba el Pacto de Madrid, no entendían aquella cesión de territorio y soberanía sellada en 1953 entre Franco y Dwight Eisenhower para el establecimiento de las bases militares estadounidenses. Por eso algunos apoyaron con entusiasmo retar en secreto a la primera potencia mundial pese a ser esta quien, aunque fuese por claros intereses geoestratégicos, estaba contribuyendo a sacar a España de la quiebra. 

Fue Guillermo Velarde, general de división del Ejército del Aire, presidente del Instituto de Fusión Nuclear de la Universidad Politécnica de Madrid, quien pudo hacer que España entrase en el club de la bomba nuclear. Hizo todo lo posible por lograrlo, incluso después de lo ocurrido aquel 17 de enero.

En 1966, dos bombarderos estadounidenses B-52 y dos aviones cisterna KC-135 se cruzaron en el cielo en la vertical sobre Palomares, pedanía del municipio almeriense de Cuevas del Almanzora. Uno de los bombarderos venía de la frontera de Turquía con la Unión Soviética, el otro iba hacia allá. Formaban parte de la Operación Chrome Dome de Estados Unidos, que mantenía vuelos las veinticuatro horas del día de aviones cargados con armamento nuclear en las proximidades de la URSS y de los países del Pacto de Varsovia. 

Desde la aparición de los B-52 y de los aviones cisterna KC-135, con mayor capacidad de almacenaje de combustible, ya no era necesario que los bombarderos tocasen suelo fuera de Estados Unidos, ni que las bombas y sus secretos se almacenasen o durmiesen por unas horas siquiera en otros países. Eran las naves con el combustible las que salían de las bases de las naciones aliadas al encuentro de los bombarderos para que repostaran en el aire. Debido a este trajín, a Palomares le pasaban por encima cada día seis vuelos (tres de ida y tres de vuelta), cargados con cuatro bombas termonucleares cada uno, y otros tantos aviones cisterna que procedían a realizar sobre el cielo de la pedanía almeriense la maniobra de repostaje. Mucha papeleta diaria para esquivar siempre la mala suerte.

En una de aquellas misiones, uno de los bombarderos colisionó en el aire con el avión nodriza que lo abastecía y los restos de las aeronaves cayeron sobre cientos de hectáreas, entre edificios, cerca de una escuela, junto a un cementerio, mientras los habitantes del municipio veían el cielo venírseles encima convertido en llamas. Las cuatro bombas que portaba el B-52 se desprendieron poco antes. Los paracaídas de dos de ellas suavizaron su contacto con la tierra y con el mar, respectivamente. No ocurrió lo mismo con las otras dos. A una le funcionó parcialmente y el de la otra ni siquiera se abrió, precipitándose contra el suelo con tal virulencia que dejó un cráter de 6,6 metros de diámetro y dos de profundidad. El explosivo convencional de ambas estalló, el envoltorio se resquebrajó y el plutonio que contenían se dispersó por la zona. Aún hoy sigue contaminada sin que España haya logrado arrancar a Estados Unidos un compromiso vinculante de su limpieza.

Robemos la bomba

Bomba recuperada en Palomares. Foto: Cordon.

A mediodía de la jornada del accidente, el comandante de Infantería de Marina Rafael Nuche entraba en el despacho del entonces comandante (después general de división) del Ejército del Aire Guillermo Velarde en la Junta de Energía Nuclear, la JEN. «¿Te has enterado de que esta mañana ha chocado un bombardero americano (…) y han caído dos bombas atómicas en paracaídas?», le suelta. «Es la primera noticia que tengo», responde Velarde, «pero lo que llevan en esos vuelos estratégicos los B-52 no son bombas atómicas, sino bombas termonucleares». «¡No jodas!», le sale a Nuche el analista que lleva dentro, cuenta Velarde en su libro Proyecto Islero: cuando España pudo desarrollar armas nucleares (Guadalmazán, 2016).

Por la tarde, Nuche vuelve al despacho de Velarde y le informa del plan que se le ha ocurrido. Abajo les espera un camión con una grúa preparado para llevarlos carretera abajo hasta Palomares con el fin de recoger una de las bombas, que han encontrado intacta, y poder tenerla en Madrid a primera hora de la mañana. «El comandante del puesto ha colocado un retén de la Guardia Civil para vigilarla», le dice Nuche a Velarde para que vea que el plan no tiene agujeros. No se le ha pasado al comandante por la cabeza que otro B-52 sobrevolaba Palomares en sentido contrario a la misma hora del accidente, que el piloto de ese bombardero vio el accidente e informó a sus superiores y que a mediodía, más o menos a la hora en que Nuche le había hablado a Velarde por primera vez de lo ocurrido, había sobrevolado el lugar un T-39 como primer paso para activar la Operación Broken Arrow, la búsqueda de las bombas. En plena guerra fría, no había cosa que pusiera más nerviosos a los estadounidenses que perder una de sus armas nucleares, imaginarla con sus misterios expuestos a ojos no deseados.

A primera hora del día siguiente, los estadounidenses levantaron con un helicóptero la bomba encontrada cerca del río Almanzora y la cargaron en un camión que la llevó a la Base de San Javier (Murcia) y de allí, en avión, a Torrejón de Ardoz (Madrid). A las 9:30 horas ya habían localizado la segunda bomba, a la que le había fallado totalmente el paracaídas. A las once apareció la número tres, con el paracaídas parcialmente abierto. Ni rastro de la cuarta. Faltaban más de dos meses y medio para que dieran con ella, en el mar. El nerviosismo de los norteamericanos fue creciendo exponencialmente según pasaban los días sin rastro del artefacto.

Proyecto Islero

Cuántas cosas debieron de rondar por la cabeza de Velarde la noche del accidente. Habían transcurrido poco más de tres años desde la carta del presidente de la Junta de Energía Nuclear, José María Otero Navascués, informándole de que tenían luz verde para su proyecto. Era Navidad, 1962. Velarde se encontraba desde hacía años en Estados Unidos, enviado por el propio Otero para estudiar y después trabajar en Atomics International. En octubre de ese año había tenido lugar la crisis de los misiles de Cuba, cuando un avión espía U-2 de Estados Unidos descubrió plataformas de lanzamiento de misiles en la isla. El proyecto del que le hablaba la carta era el visto bueno al desarrollo en España de la bomba de plutonio. La autorización venía de bien arriba, del entonces vicepresidente del Gobierno y jefe del Alto Estado Mayor, el capitán general Agustín Muñoz Grandes, uno de los miembros del Gobierno a los que les salía sarpullido de ver las barras y las estrellas. 

La reacción de Estados Unidos en caso de enterarse de los planes nucleares de España, sobre todo porque dichos planes venían apoyados por el general De Gaulle en Francia, podría convertirse en un grave problema. Otero Navascués tenía claras dos cosas. La primera era que, para llegar a buen puerto, el desarrollo de la bomba atómica española tenía que hacerse en un entorno bajo su control donde blindar el secreto, es decir, en la JEN. Y la segunda, que había que convencer a los de arriba de ideas aparentemente antagónicas: que el proyecto era lo suficientemente fácil como para ser posible y lo suficientemente complicado como para disuadirlos de que quisieran meterle mano. Pidió a Velarde que trabajase en dos documentos: un estudio de viabilidad y el proyecto técnico de desarrollo de la bomba. Uno, simple; el otro, solo para especialistas. Es al proyecto de la bomba en sí al que Velarde le pone el nombre de Proyecto Islero (Proyecto I), nombre del toro que mató a Manolete, tan convencido estaba de que aquello se lo podía llevar por delante.

El Proyecto Islero se dividió en dos fases. La primera, la de desarrollo de la bomba, incluía las configuraciones y densidades para conseguir que el rendimiento de la explosión fuese óptimo. Resumiendo: calcular cómo lograr un buen pepinazo. Resulta que las bombas atómicas que cayeron sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945, tanto la de uranio, llamada Little Boy, como la de plutonio, denominada Fat Man, no lograron el poder destructivo previsto. Los veinte kilotones que debieron desatarse en cada una quedaron en doce en Hiroshima y en nueve en el caso de Nagasaki. Eran bombas atómicas. Su energía se medía en kilotones, muy lejos de los megatones de las termonucleares. 

Con el diseño del artefacto listo, se pasaba a la segunda fase: el combustible. Había que elegir el reactor nuclear que iba a producir el plutonio y enriquecerlo al noventa y cuatro por ciento. Todo parecía avanzar de forma óptima. El ministro de la Presidencia, almirante Luis Carrero Blanco, apoyaba en teoría el proyecto negándose a cualquier recorte de presupuestos de la JEN, recurriendo incluso a las divisas reservadas para casos especiales, y las decisiones del día a día sobre Islero seguían en manos de dos personas: Velarde y Otero Navascués.

Según su plan, la idea inicial del Proyecto Islero fue contar con un reactor de pequeño tamaño dedicado en exclusiva al plutonio para las bombas. Los tecnócratas ya eran fuertes para entonces en el Gobierno de Franco y el nuevo ministro de Industria, Gregorio López Bravo, transformó el proyecto en un reactor de producción de energía eléctrica y se lo llevó a Cataluña. Nacía Vandellós I. Pero lo más importante es que López Bravo se negó a que fuese el INI quien asumiese en solitario junto a Électricité de France (EDF), también pública entonces, la construcción y gestión del reactor y no paró hasta lograr que la empresa privada entrase en la ecuación, para desesperación de Velarde, de Otero Navascués y del entonces presidente del INI, Juan Antonio Suances. Con aquella mano privada en su proyecto veían complicarse cada vez más las intenciones de mantener sus planes blindados contra filtraciones que los pusieran en conocimiento de Estados Unidos. Velarde cambió el paso. Elaboró un proyecto de producción de energía eléctrica a partir de plutonio, desarrolló sus códigos y lo llamó también Islero, para poder reaccionar si el nombre llegaba a oídos inapropiados. Según sus cálculos, con el siete por ciento de los elementos combustibles del reactor de Vandellós y el cinco por ciento del tiempo destinado a producir energía eléctrica, era posible obtener el plutonio enriquecido suficiente para fabricar cinco bombas atómicas al año.

López Bravo estaba en contra y no desaprovechaba la ocasión de decírselo a Franco, lo que llegó a oídos de Muñoz Grandes, que explotó de ira y se refirió a él, según Velarde, como el «niñato de los cojones».

El «niñato» se la jugó de verdad cuando a finales de 1965 le dijo a Franco que, según el informe de la JEN, el Proyecto Islero iba a costar cerca de sesenta mil millones de pesetas, un movimiento de capital que hacía muy difícil evitar que se filtrase la operación. Los cálculos de la JEN, que eran los de Velarde, nunca fueron esos. Lo que decía su informe era que, de no haber existido la JEN y sus trabajos en el campo nuclear, podría haberse llegado a esa cantidad, pero que gracias a los avances de este organismo era posible desarrollar y fabricar las primeras tres bombas de plutonio por algo más de diez mil millones de pesetas, que se elevarían a veinte mil millones si se incluía el coste de realizar una prueba nuclear en el Sáhara. 

Y llegó el accidente de Palomares.

Bombas estadounidenses, tierra española

Grupo de militares norteamericanos buscando restos de las bombas nucleares en Palomares, 1966. Foto: Cordon.

Velarde viajó hasta allí para, en las narices de los estadounidenses, recoger restos en las zonas en las que habían caído las bombas dos y tres, las del fallo de los paracaídas, las áreas más contaminadas. El poderoso general Wilson se encuentra con él en plena recolecta. No se puede creer lo que ve. «Se está usted llevando propiedades del Gobierno de los Estados Unidos», le dice. Velarde no se arruga, asegura en su libro. «Me llevo tierra contaminada, que es española», le suelta. «Si contiene trozos de la bomba, no es culpa mía que a ustedes se les haya caído aquí». 

En sus paseos por la zona contaminada, Velarde encuentra una alta actividad en algunas piedras, como si el plutonio estuviese incrustado en algún producto que se hubiera pegado a ellas. Le pregunta a Wilson, que le dice que eso es por la esponja de poliestireno que colocan alrededor de las bombas para mitigar los golpes. Velarde no se lo traga. Aquello era absurdo, pero se queda con la copla de la esponja. Empezó a sospechar que era un componente de la bomba, y con el tiempo seguir esa pista le serviría para redescubrir el método Teller-Ulam, la fórmula para desarrollar la bomba termonuclear, capaz de producir megatones de energía. Según este método, la bomba atómica de plutonio, que va en el interior del artefacto termonuclear, se usa solo para producir rayos X, que son transmitidos a través de una esponja de poliestireno a un recipiente con deuterio-tritio que, al fusionarse, produce la explosión nuclear. Estados Unidos había logrado desarrollarla en 1952, gracias a los estudios de Stanislaw Ulam y Edward Teller. La URSS lo lograba un año después, tras el redescubrimiento del método por Andréi Sájarov, Yuli Borísovich Jaritón y Yákov Borísovich Zeldóvich. Francia y China también desarrollaron sus propios métodos para la bomba termonuclear. En España fue determinante el accidente de Palomares para que Velarde encontrase el método. Con Vandellós I en funcionamiento, según sus cálculos, se habrían podido obtener en ocho años treinta y dos bombas atómicas y ocho termonucleares. 

«He considerado las ventajas que tendría para España poder disponer de un pequeño arsenal de armas nucleares, pero estoy convencido de que, antes o después, sería prácticamente imposible mantenerlo en secreto. España no podría soportar otras sanciones económicas, razón por la que he decidido posponer el desarrollo de este proyecto». A Franco no le sirvieron las explicaciones de Velarde. Ni el desmentido sobre los sesenta mil millones de pesetas ni la explicación pormenorizada de las cautelas que había tomado para mantener el secreto. Tras el accidente de Palomares decidió dar carpetazo al Proyecto Islero. 

Velarde nunca abandonó por completo dicho proyecto. Durante los seis años siguientes a la orden de detenerlo, siguió desarrollando los cálculos para aplicar una versión del método Teller-Ulam. Hubo dos amagos de reanudar el Islero, pero la historia volvió a ponerse en su contra y nunca se reactivó realmente.


Sold

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¿Qué precio tiene poner las yemas de los dedos cerca del punto exacto en el que Leonardo Da Vinci tuvo apoyadas las suyas? Recorrer el trazo de la pluma con la mirada, buscando el ritmo que la mano zurda de Da Vinci siguió en su recorrido de derecha a izquierda. Ese papel. Ese mismo papel que él estuvo mirando, que tocó y manejó antes de que tuviera una sola letra incrustada en la superficie. Leonardo, ¿es que no podías hacer algo normal? ¿No pudiste dejarnos una señal que nos permitiese reconocer en ti a alguien de nuestra misma especie? Extraño consuelo convencerse de que esa escritura en espejo era solo una decisión práctica, un modo de imitar la experiencia de un diestro, tirando de la pluma y no empujándola, un método que evitaba la condena del zurdo a pasar el dorso de la mano por las letras recién trazadas, con la tinta aún fresca. 

El mazo se estrella contra la peana de madera y se oye el «Sold» enfundado en un gallo. La emoción se ha colado en la voz del comisario de la subasta de Christie’s. No todos los días se ofrecen treinta millones ochocientos mil dólares para llevarse las setenta y dos páginas del Códice Hammer de Da Vinci. ¿Dónde te lo llevas? ¿Quién eres? ¿Sabes que Da Vinci escribió esas letras, trazó esos dibujos en los años en que pintaba La Mona Lisa? ¿Que quizás te lleves también, impregnada en las páginas, esencia de trementina con trazas de óleo del que Da Vinci usó en La Gioconda, cuando su cerebro ávido de cambiar constantemente de estímulo dejaba los pinceles y se ponía a escribir sobre esas hojas teorías sobre los fósiles encontrados en las montañas, a dibujar diseños para submarinos, a desarrollar hipótesis sobre la razón de que el cielo sea azul o sobre la luminosidad de la Luna? Claro que lo sabes. Estamos en 1994 y acabas de convertir esas páginas en el manuscrito más caro de la historia. 

Bill Gates, el hombre que se forró con un código cerrado de software, que trajo por la calle de la amargura a las autoridades de competencia metiendo a capón el Explorer o el Media Player en el paquete Windows que alimentaba las tripas de los ordenadores de todo el mundo, pagó treinta millones ochocientos mil dólares por el Códice Hammer, escaneó sus páginas y las compartió como salvapantallas y fondos de escritorio para Windows para que las disfrutase la humanidad. 

«Cuanto más aprendes, mejor es la estructura de tu cerebro para asumir nuevos conocimientos», dijo Gates el día que hizo público que él era el comprador del Códice y que lo había adquirido por el mismo motivo que acumula trabajos de física, matemáticas o ciencias naturales. No es solo eso, Gates, y lo sabes. Esto no va de entender la relatividad, o no solo, porque no va solo de conocimiento. Va de lo mismo que se siente al ponerse la chaqueta de cuero de Einstein, la que lleva puesta en tantas fotografías, y saber que lo se cuela por la nariz es parte del humo que pasó por sus pulmones de fumador compulsivo, que sigue pegado aún al cuero. 

Esa pasión por tocar, ese fetichismo es el combustible de una engrasada máquina de compraventa, las subastas de libros y manuscritos, que tienen su versión más sofisticada en las grandes casas: Sotheby’s y Christie’s. La de libros y manuscritos es una sección de las cincuenta en las que trabajan estas grandes casas de subastas, que incluyen vinos, joyas y relojes, pinturas y casas, pero no una más. La subasta de libros fue la actividad con la que comenzó la andadura de Sotheby’s en el año 1744. No en vano su fundador, Samuel Baker, era librero. Hoy el departamento de libros es el rincón nerd del negocio donde, a diferencia de lo que ocurre con los artículos de otras secciones, la mayoría de las veces se puja no como inversión, sino por el deseo real y casi exclusivo de poseer algo de gran valor, de cuidarlo y conservarlo, y en ocasiones de compartirlo con el resto del mundo exponiéndolo o prestándolo para su exposición. 

Muchas cosas han cambiado desde los primeros tiempos de las subastas, aunque el mazo siga marcando el precio de venta y el comisario siga gritando «Sold». «En aquellos tiempos de Sotheby’s y durante mucho tiempo, los compradores eran fundamentalmente libreros. El catálogo no tenía ilustraciones y las descripciones eran muy escuetas», explica David Goldthorpe, máximo responsable del Departamento de Libros y Manuscritos de Sotheby’s. «Ahora tenemos coleccionistas, museos, también libreros, y los catálogos buscan provocar en sí mismos una buena experiencia al potencial comprador. Imágenes, descripciones más largas…» son la evolución al marketing, que lo impregna todo en nuestros días, de una práctica muy antigua.

Las pujas ya no se tienen que hacer presencialmente o encargando a alguien que acuda a la subasta si se celebra en la otra punta del mundo. Ahora se puja también por internet, además de por teléfono. 

No traiga su libro viejo

Lo que se mantiene es que esto va del placer de poder viajar en el tiempo a través de un objeto. Va de tocar el Aurora Australis de Ernest Shackleton, escrito e impreso durante una de sus expediciones a la Antártida. De tener entre las manos las mismas cubiertas hechas con la madera de las cajas del té que fueron apurando los expedicionarios británicos durante la larga noche antártica. De leer la evolución de los pensamientos de Shackleton en los días más duros a través de la tinta que mantenían al calor de las velas para que no se congelase antes de quedar agarrada al papel. 

Un libro que cumplía todos los requisitos que exigía el vendedor de libros Franklin Brooke-Hitching para que una obra pasase a formar parte de su biblioteca personal. Una colección cultivada durante cuarenta y seis años, que llegó a reunir mil cuatrocientos libros, todos ellos dedicados a los viajes de expedicionarios británicos, incluidos Charles Darwin, Francis Drake y David Livingstone, a los que se unieron otros objetos como el primer mapa de Australia o las ropas que trajo consigo de Haití el Capitán Cook. Brooke-Hitching exigía que un libro, para merecer un lugar en su colección, no solo estuviese dedicado a un explorador británico y que el viaje fuera un descubrimiento, lo que vetó los libros de viajes por Europa, también que se hubiera conservado como nuevo. A «God’s copy», según sus propias palabras. Con una postura férrea en esas condiciones logró ir haciéndose con obras con siglos de vida en un estado de conservación admirable. 

Y un día va y decide vender su tesoro. En 2014, a sus setenta y dos años, Brooke-Hitching decidió sacar a subasta su preciada colección en lugar de dejarla a sus hijos en herencia o legarla a un museo (de los que no se fiaba). Hasta que fue expuesta en Sotheby’s antes de la subasta, solo había sido vista por media docena de personas. Su extensión hizo que fuese necesario dividir la venta en cuatro subastas. 

La colección de Brooke-Hitching se vendió por un total de 9,2 millones de libras, más del doble del máximo estimado inicialmente. Atrajo a compradores de todo el mundo, muchos de ellos nuevos coleccionistas. Venían atraídos no solo por las obras en sí y su capacidad de hacer viajar a lugares y épocas remotas, también por llevarse un pedazo de la pasión de un hombre que había estado atesorándolas durante casi medio siglo y las había devuelto a la vida una y otra vez al leerlas. «Después de la subasta, estaba muy feliz», asegura Goldthorpe. «Había disfrutado durante toda su vida coleccionando esos libros y disfrutó el proceso de venderlos. Yo creo que pensó que había llegado el momento de racionalizar todo. Estaba habituado a vender libros, era su trabajo, así que quizás no fue algo tan abrupto para él. Yo creo que disfrutó mirando los catálogos en los que recogimos su obra, disfrutó todo el proceso. Tomó una decisión y fue a por ella». 

La subasta solo es el final de un largo camino que dura un mínimo de dos meses y un máximo de seis desde que se inicia hasta el momento en que «despejamos la sala, colocamos las sillas, preparamos los puestos de teléfono para las pujas a distancia y empieza a llegar el público. Cualquiera puede venir y presenciar la subasta. El número de personas suele estar entre veinte y cuarenta. De ellos, alrededor de la mitad suelen ser vendedores y la otra mitad, individuos particulares que o bien pretenden vender sus propios libros y quieren ver cómo funciona o bien son coleccionista privados que quieren comprarlos», cuenta Thomas Venning, máximo responsable de Libros y Manuscritos de Christie’s. 

«Para ser seleccionado para una subasta, un libro tiene que ser raro, de interés y estar en buenas condiciones», explica David Goldthorpe. Por el mismo motivo que Brooke-Hitching no dejaba entrar en su colección cualquier libro de viajes, ni Christie’s ni Sotheby’s admiten cualquier obra en sus subastas. De hecho, es «bastante habitual» que se rechace un libro, que no se llegue ni a dar una estimación de su valor y se recomiende otro tipo de fórmula para su venta. 

Esto no va de vender libros viejos. Goldthorpe pone un ejemplo. «Es habitual que evaluemos biblias familiares, pero una biblia de los siglos xviii o xix no tiene realmente valor. Hay demasiadas. Sin embargo, hay tan pocos ejemplares de la Biblia impresos en el siglo xv que despiertan un gran interés». Hay otros en sentido contrario, es decir, relativamente nuevos teniendo en cuenta el poco tiempo transcurrido desde su creación y que han demostrado ser un éxito en una subasta. Como lo fueron las 368 750 libras que se pagaron por una de las ediciones manuscritas de Harry Potter, con cubierta de lujo y dibujos a mano, que J. K. Rowling entregó a sus mejores amigos. Sotheby’s alcanzó ese precio en concreto con el ejemplar que la creadora del niño mago le regaló a su editor, con la dedicatoria en la que le agradece haber creído en ella. 

Un cotizado ejemplar de Fanny Hill: Memoirs of a Woman of Pleasure (John Cleland, 1748) publicada en 1893, cuando su comercialización estaba prohibida en Reino Unido. Fotografía: Cordon Press.

Letras símbolo

Las leyes de la oferta y la demanda juegan un papel fundamental en el precio, pero también la simbología detrás de una obra. Cuando se mezclan ambas cosas, las cifras se disparan. Fue lo que ocurrió con una de las diecisiete copias de la Carta Magna que firmó en 1215 el villano perfecto, el rey John Lackland, Juan sin Tierra, hermano de Ricardo Corazón de León. Aquel rey violador y torturador, asesino y tirano, aquel soberano que con sus campañas de recaudación para sostener sus guerras contribuyó a que la necesidad de esperanza crease el personaje de Robin Hood, aquel hombre taimado que quiso ocupar el trono mientras su hermano estaba preso y luego, ya como rey, demostró su incapacidad para mantener los territorios que había heredado fue precisamente quien firmó el nacimiento de la democracia moderna, tan acorralado llegó a verse. 

La Carta Magna es el primer documento formal que reflejó que el monarca está sometido al imperio de la ley tanto como su pueblo y que los derechos de los individuos deben ser respetados por encima de los deseos del soberano. Mucha sangre se secó en los campos antes de que se abriese esa puerta a las libertades y los derechos individuales. David Rubenstein, el fundador del Grupo financiero Carlyle, el último comprador de una de las copias de la Carta Magna, subastada en las dependencias de Sotheby’s en Nueva York el 18 de diciembre de 2007 y adjudicada por 21,3 millones de dólares, recordaba con angustia el camino hacia la subasta, cuando se dio cuenta de que estaba a punto de perdérsela. Llegó pocos minutos antes de que diera comienzo. La Carta Magna es un símbolo. No solo fue firmada por cada rey después de Juan sin Tierra. Hay párrafos enteros que han inspirado artículos de la Constitución de Estados Unidos. Cuando le preguntaron cuánto habría llegado a ofrecer de seguir la puja más allá del precio con el que se bajó el mazo, Rubenstein dijo: «No creo que le puedas poner precio a la libertad». 

Rubenstein no corrió riesgos para hacerse cinco años después con una de las únicas once copias que han sobrevivido al paso del tiempo de la primera edición del Libro de salmos de la Bahía, el primer libro impreso en América (1640), un manifiesto obra de los padres del puritanismo que traduce al inglés los salmos hebreos y está considerado un icono de la fundación de los Estados Unidos. Lo compró por 14,2 millones de dólares, también en una subasta celebrada en Sotheby’s en Nueva York. El magnate se encontraba en Australia y eligió pujar por teléfono.

Aves de América

El precio pagado por el el Libro de Salmos rompió el récord marcado unos años antes en la subasta de una de las copias de la obra Aves de América, de John James Audubon, vendida en Londres por Sotheby’s por 7,3 millones de libras al mediador londinense Michael Tollemache, que participó en la subasta de forma presencial.

Es este el ejemplo de una obra localizada mucho antes de que su dueño se decida a aceptar la mediación y sacarla a subasta, y un ejemplo de en qué consiste buena parte del trabajo de los expertos en libros y manuscritos de las casas de subastas. Rastrear en busca de las piezas más especiales y permanecer en torno al propietario, ganarse su confianza, para que, en un momento dado, en caso de querer deshacerse de la obra, opte por la subasta. En ese afán, reconoce Thomas Venning, se cruzan a menudo los caminos de los expertos de ambas casas de subastas. «Una competencia intensa» porque gran parte del negocio se basa en las relaciones a largo plazo con los propietarios de obras de alto valor.

Aves de América formaba parte de la colección de libros y dibujos de lord Hesketh, fallecido en 1955. Sotheby’s lo tenía localizado hacía mucho tiempo. Su millar de ilustraciones hechas a mano, que representan quinientas especies diferentes de ave, sobre sus gigantescas páginas (conocidas como folios del doble elefante precisamente por su tamaño) necesitaron doce años de trabajo del autor. El trabajo de Audubon es citado hasta en tres ocasiones por Charles Darwin en El origen de las especies. Su importancia eclipsó otras obras vendidas en aquella subasta que sacó al mercado parte de la biblioteca privada de lord Hesketh, como la edición de coleccionista de las obras de Shakespeare reunidas en First Folio

Cuando se pregunta a David Goldthorpe por la obra que sueña un día subastar, responde que ya ha cumplido su sueño. Fue Aves de América, el libro de Audubon. «Es la obra más especial que he vendido jamás. Formaba parte de una conocida colección privada que decidieron poner a la venta a través de una subasta. Aunque había otros libros muy importantes en esa misma colección, ese libro fue el más valioso jamás vendido en el mundo entonces. Fue muy emocionante. Había varios potenciales compradores pujando y así se alcanzó un precio récord. Es la subasta más emocionante en la que he trabajado». 

Su homólogo en Christie’s identifica también rápidamente su momento más especial. Fue la subasta en 2016 del manuscrito de la obra Preludio, fuga y allegro en mi bemol mayor de Johann Sebastian Bach, una de las pocas obras manuscritas del compositor que se estima permanecen en manos privadas, fruto de la dispersión del trabajo que provocó la venta de manuscritos de Bach por parte de uno de sus hijos, asfixiado por las deudas. «Hubo una batalla entre dos ofertantes. La puja empezó en 1,5 millones de libras y se vendió por 2,5 millones. Fue fascinante observar cuánto ansiaban los participantes ganar la puja. La última oferta la hizo un coleccionista privado chino, quien, al preguntarle si aceptaba el siguiente tramo de precio, contestó: Why not?».  

Darwin es otro de los nombres cuyas obras son el alma de una subasta. Entre las más famosas está la copia de El origen de las especies con sus correcciones manuscritas a lápiz, subastada por Christie’s a finales del año pasado y vendida por un precio de 788 750 libras. Están escritas sobre las páginas sueltas de la tercera edición en inglés de la obra, y fueron enviadas para su traducción e inclusión en la segunda edición en alemán y luego incorporadas a la cuarta edición en inglés. 

Por si le han dado ganas de participar

En las subastas de Nueva York, Londres, París, Suiza y Hong Kong, Sotheby’s se lleva una comisión del 25 % de lo que paga el comprador si el precio es de 300 000 dólares o menos, 20 % si está por encima de esa cantidad y por debajo o alcanza los tres millones de dólares, y 12,9 % si supera los tres millones. En Milán las comisiones alcanzan el 30,5 % si el precio es inferior o igual a 180 000 euros, 24,4 % entre esa cifra y dos millones, y 15,74 % si superan esa cantidad. En Pekín, la comisión a pagar por el comprador es del 18 % independientemente del precio de adquisición.

También se cobra al vendedor una comisión que varía según el caso y que incluye los gastos de marketing, seguros, transporte, etc. 

Para participar en la puja hay que registrarse al menos veinticuatro horas antes de la subasta. 


Ruta distópica por la España medio llena

Fotografía: Noel Feans (CC BY 2.0)

Año 2051. Madrid capital llega hasta Seseña, la ciudad de Barcelona se extiende hasta Martorell y Sagunto es parte del centro de Valencia. Políticos, empresarios, sindicatos y ONG se preparan para celebrar un año más el Congreso Definitivo contra la Despoblación. Este año, en el que el encuentro se celebra bajo el lema «Banda ancha para el pueblo, esta vez sí que sí», el congreso se desarrolla a bordo de un tren solar que parte de la recién inaugurada estación de AVE de Badajoz como metáfora de que la población es una realidad en constante movimiento. 

Hay nervios. En unos meses hay elecciones autonómicas y comarcales, una realidad a la que se ha unido la inquietud de los más veteranos, que no saben de dónde ha salido la idea de conmemorar el XXX Congreso emitiendo durante el trayecto podcasts con intervenciones de aquellos años del boom, antes de 2020, cuando se celebraron decenas de encuentros dispersos con un objetivo común: frenar el éxodo rural, revertir la situación que había llevado a que más de cinco mil municipios de los ocho mil cien con que contaba España hubieran perdido población en una década, en un país en el que el noventa por ciento de las personas se concentraba ya en Madrid y en el litoral, es decir, en el treinta por ciento del territorio. 

Arranca el viaje. 

Primera parada: Festival del Contrabando

La organización ha pensado que el mejor modo de romper el hielo es empezar la ruta parando en Sanlúcar de Guadiana (Huelva), que saluda desde su orilla del río a los vecinos portugueses de Alcoutim, con la que ha logrado recrear una versión para todos los públicos de un futuro merecedor de ser obra de Houellebecq. Una Europa que ya no hace historia, sino que recrea la que tuvo en el pasado para atraer turistas. En 2051, el Viejo Continente se ha convertido en un parque temático de lo que fue para regocijo de viajeros procedentes de los nuevos imperios económicos. 

En los auriculares de los congresistas suena una conversación de otoño de 2018 con José María Pérez Díaz, entonces alcalde de Sanlúcar, entrevistado para una revista editada todavía en papel y en blanco y negro. La charla pretendía indagar en la fórmula que había hecho que ese municipio concreto pasase de 392 habitantes a 431 entre 1996 y 2016 mientras en esos mismos años las poblaciones vecinas de Cabezas Rubias, Villanueva de las Cruces o El Granado perdían población a ojos vista y envejecían hasta alcanzar una media de edad en el entorno de los cincuenta años. 

Fotografía: Noel Feans (CC BY 2.0)

«Nuestro municipio tiene el río Guadiana, que no lo tiene ningún pueblo de alrededor. Es un río navegable, con una entrada importante de barcos, actividades náuticas. Hay personas jóvenes que se desplazan a trabajar en el campo en las fincas de los pueblos colindantes pero la actividad en auge, por la que apostamos para el futuro, es el turismo».

Aparece en pantalla una imagen también de 2018 de Marcos Garcés, entonces responsable nacional del Área de Jóvenes de la asociación agrícola y ganadera COAG. Parece que contestase al alcalde de Sanlúcar, pero habla muy lejos, desde Bañón, su pueblo de 157 habitantes perteneciente a la comarca de Calamocha, en Teruel.

«Yo vivo en una de las zonas más despobladas de España. En el pueblo de al lado, El Villarejo, viven dos personas; en Cosa, unas veinte (el INE recoge 55 en el padrón de 2017), y en Alpeñés, veintitrés, la mayoría ya jubilados. En diez años van a desaparecer. Nos estamos cansando de estudios, informes, veinte puntos, treinta puntos, para nada. No se ha hecho un análisis bueno aún. No podemos vivir todos del turismo. Mi zona es la más fea de Teruel. Aquí tienes que apostar por la agroindustria, por el cerdo con denominación de origen, agricultura de calidad. En vez de eso, vienen con proyectos rarísimos. Hace unos años hicieron un pantano (el del Lechago) y de repente quisieron montar Jiloca al Agua, un centro recreativo acuático en una zona tirando a árida como es Teruel. ¿Cómo vas a traer aquí un astillero para motos de agua? Lo que hay que hacer es organizar un buen transporte que sirva a la gente del pueblo para bajar y subir a la cabecera de la comarca a hacer trámites, ir al médico, lo que sea. Mi pueblo no tiene escuela rural, pero tiene un autobús que recoge a las chicas y los chicos para llevarlos al colegio y al instituto. Mi abuela aprovecha ese transporte para bajar a Calamocha a comprar. Y hay que analizar las ayudas que se dan, porque no se puede dar lo mismo a quien necesita tierra o una vivienda en el medio rural». 

El audio se corta. Se ha hecho el silencio en el tren. Los congresistas miran por las ventanas y sonríen por lo bien que han quedado los pueblos reconstruidos, con mujeres y hombres que acuden cada día desde poblaciones más grandes vestidos de otra época y esperan a la puerta de cada casa asignada la llegada de un grupo de turistas. Posan junto a cestos de mimbre que no van a terminar nunca y tornos que hacen girar cuencos de barro solo para la foto. 

Fotografía: Noel Feans (CC BY 2.0)

El congreso echa pie a tierra y llega hasta el puente flotante sobre el Guadiana que une cada año Sanlúcar con Alcoutim desde su inauguración con motivo del primer Festival del Contrabando. Aquel día de 2017 cayó alguna lágrima al abrirse la pasarela y recordar cómo ochenta años atrás, de noche, sin puente y sin alegría, se cruzaba de una dictadura a otra transportando algo de café, huevos, harina o patatas, y miedo en grandes cantidades. Al recordar cómo huían de los guardinhas portugueses y esquivaban a los del lado español, porque algunos tenían el tiro fácil y otros las manos muy largas cuando cogían a mujeres contrabandistas. Ahora aquel trasiego a oscuras, ilegal, de subsistencia se replica a la luz del día como reclamo turístico para el que viene de fuera. 

La clave de esta pata de la nueva economía rural de interior es encontrar el reclamo, un principio inventado hace mucho. El Festival de Teatro de Almagro, municipio castellanomanchego de Ciudad Real, fue uno de los que lideró el fenómeno. En 2051 lleva décadas sin una verdadera tarde de encaje de bolillos, de esas con cojín, charla y silla en la acera con el repique de fondo de las maderas bailando bajo los alfileres, pero la imagen de las mujeres disfrazadas no defrauda al visitante. Los molinos de Consuegra ya no guardan en su interior granos ni harina, sino tiendas de souvenirs, garitos de música y bares de tapas, y en Madriguera, en la zona de los pueblos rojos de Segovia, todas las casas lucen mejor restauradas que en ninguna de las épocas vividas, reconvertidas muchas en alojamientos rurales y la mayoría en residencias de fin de semana y verano. 

La teoría ha funcionado en puntos concretos, pero España está plagada de pueblos dispersos de pequeño tamaño que se vaciaron entre los años treinta y cuarenta del siglo XXI, grupos de casas que fueron haciendo grumo con la cabeza de comarca, donde se encontraban todos los servicios. Por mucho éxito turístico puntual que tenga, el motor económico principal de la zona del Andévalo, una tierra históricamente de secano, es en 2051 el regadío intensivo. A mediados del siglo XXI, son grandes empresas las propietarias de las plantaciones que beben en Huelva de la presa del Andévalo y de la mucho más antigua de la Chanza. El fenómeno cogió fuerza en realidad entre 2016 y 2018, cuando empezó a autorizarse la puesta en marcha de miles de hectáreas de regadío en esa zona y ayudas para la extensión de las infraestructuras necesarias. 

Segunda parada: la mina

El tren se detiene por un breve tiempo en Rodalquilar (Almería). Lo justo para que la guía acústica repase algunos párrafos del libro de Luis del Romero Renau Despoblación y abandono de la España rural. El imposible vencido (2018, Tirant Humanidades). La obra recorre la migración forzosa iniciada con la desposesión de los bienes comunales a las comunidades rurales de la era preindustrial. En España ese proceso se opera en el siglo XIX como parte de las desamortizaciones, especialmente con la de Madoz, ya que «con el pretexto de la enajenación de bienes propios, se desamortizó un gran número de bienes comunales». El ejemplo concreto lo puso el regeneracionista Joaquín Costa, jurista, político, economista e historiador de finales del XIX y principios del siglo XX, que describió cómo los encinares de los pueblos de las faldas de Guadarrama como Chapinería, cuyos habitantes vivían de la cría de cerdos alimentados del fruto comunal de la encina, desaparecieron con la desamortización condenando a los habitantes de la zona a la emigración. 

Fotografía: Noel Feans (CC BY 2.0)

La minería moderna y la industrialización desde finales del XIX es considerada por Del Romero como un escalón más en esa «destrucción de las sociedades rurales tradicionales», con la creación de colonias que incluían en su perímetro todos los servicios ofrecidos a sus habitantes. 

El esquema fue repetido por industrias textiles y mineras. La peculiaridad del «ciclo minero es que acaba de modo tan brusco como empezó», explica Del Romero. Las colonias mineras de Sant Josep, La Consolació y Sant Corneli, al norte de la pequeña población de Cercs (Barcelona), en el margen derecho del río Llobregat, se crearon con viviendas de mala calidad construidas expresamente cerca de las minas por y para los mineros y sus familias, con los servicios comunes controlados por la empresa, desde el economato a las escuelas, pasando por los lavaderos públicos, el horno de pan y la cantina. Estas tres colonias, abocadas a su desaparición tras el cierre de la explotación en 1966, sumaban noventa y ocho habitantes en 2018, la mitad que veinte años antes. 

Algo muy similar sucedió en la Sierra de Cartagena-La Unión, donde incluso se pagaba en vales a los mineros para que comprasen bienes escasos en cantidad y calidad en las tiendas del empresario minero, y en algunos de cuyos poblados quedaban en 2018 solo unas pocas casas en régimen de alquiler que tras el fallecimiento de sus inquilinos fueron derruidas. 

Si las minas son ejemplos puntuales de población y despoblación brusca, fueron las crisis entre los años 1950 y 1970 las que provocaron el cambio más radical. Las migraciones internas hacia Madrid, Barcelona y Vizcaya propiciaron lo que Sergio del Molino llama «el Gran Trauma» en su libro La España vacía (Turner, 2016). «El país se urbanizó en un instante», explica, huyendo del paro y el hambre mientras los «constructores no daban abasto para levantar bloques de casas baratos en las periferias de las grandes ciudades, que se llenaron de chabolas». 

Fotografía: Noel Feans (CC BY 2.0)

Tercera parada: Celtiberia, la Laponia del Sur

¿Qué tienen en común Guadalajara, Cuenca, Teruel, Soria, La Rioja, Burgos y el interior de Castellón y Valencia? Una densidad de población inferior a ocho habitantes por kilómetro cuadrado, tan reducida que solo hay otras dos regiones en Europa con una densidad tan baja: el norte de Suecia y Laponia, la zona ártica de Finlandia. Los límites de esta región oficiosa, definidos por «un grupo de profesores de la Universidad de Zaragoza» liderados por el catedrático Francisco Burillo Mozota, se establecieron con la convicción de que «los mitos y ritos de las poblaciones anteriores a la dominación romana se habían conservado en los montes de esas provincias gracias al aislamiento secular de sus regiones despobladas», explica Del Molino. La pretensión una vez más era buscar puntos históricos comunes para armar un relato y convertirlo en atractivo turístico. 

La iniciativa de la Serranía Celtibérica no es la única que se ha puesto como objetivo luchar contra la despoblación en la Laponia del Sur. Sara Bianchi, coordinadora de la red de Áreas Escasamente Pobladas del Sur de Europa, relata cómo diseñaron una estrategia basada en la experiencia de las Tierras Altas de Escocia para Cuenca, Soria y Teruel. La población de las Tierras Altas de Escocia había pasado de caer hasta 1961 a subir hasta lograr, en 2014, niveles de población muy similares a los de comienzos del siglo XX. Se habían basado en partir de una serie de premisas, incluidas la conectividad, el acceso a la vivienda y a los servicios básicos; no centrarse en un sector concreto sino buscar la diversificación económica; el fortalecimiento de la comunidad, basándose en herencias culturales como el gaélico y la generación de facilidades al emprendimiento. Propusieron la creación de una universidad especializada, con cursos como el estudio de la historia, la tecnología y su aplicación en ámbitos como la telemedicina, y se armaron con una Agencia de Desarrollo Territorial, autónoma respecto de la Administración, con técnicos especializados capaces de buscar proyectos sin seguir los ritmos cuatrianuales de la política.

El problema en la España de 2018 es que partía incluso de la carencia de lo que el plan escocés consideraba premisas. Teruel, que en 2018 contaba aún con una única línea de ferrocarril cuyas malas condiciones obligaban al tren a reducir drásticamente la velocidad hasta cerca de los veinte kilómetros por hora, sin conexión con el AVE porque nadie aceptó prolongar ligeramente (unos treinta kilómetros) el recorrido de la línea entre Madrid y Valencia, siendo la última provincia de España que vio abrirse su primer tramo de autovía y con casi doscientos cuarenta municipios (el cuarenta por ciento del total) con menos de cien habitantes ha sido, junto a Soria, la provincia peor tratada en cuanto a inversiones del país. Lo peor es que se sabe en toda España desde que a finales de los noventa naciese la plataforma Teruel Existe y empezasen a desplegar su ingenioso abanico de protestas. 

En acceso a internet y telefonía el problema se extendía mucho más allá de Teruel. La ley obligaba en 2018 a ofrecer a un precio razonable acceso a internet con velocidad de bajada de tan solo 1 mega, un logro que llamaban sin sonrojo banda ancha universal. A finales de 2018 hubo un intento de solucionar el problema. El entonces llamado Boletín Oficial del Estado publicó la orden ministerial que aprobaba el plan para dar acceso a internet a una velocidad de bajada al menos de 30 megas al 90 % de los ciudadanos de los pueblos con menos de 5000 habitantes antes del año 2020. Tres eran las compañías que debían garantizar esa cobertura, las tres que se habían hecho con unas preciadas licencias de telefonía móvil en el año 2011 a cambio, entre otras condiciones, de proveer el citado acceso. Siete años se tardó en publicar el plan, dejándoles tan solo un año para cumplir. Los plazos empezaron a dilatarse. Las compañías lograron aplazamientos alegando una lista interminable de dificultades y finalmente consiguieron la anulación del plan, en buena medida gracias a la repercusión de un programa de televisión dedicado a mostrar la espectacular e inútil cobertura de acceso a internet en dos pueblos en los que ya no vivía nadie. No hubo casi ni debate a esas alturas. Todo el mundo aceptó que era mucho más necesaria la inversión en las cada vez más monstruosas ciudades, donde personas y máquinas competían por un hueco en la autopista de los datos.  

Fotografía: Noel Feans (CC BY 2.0)

Cuarta parada: la ciudad de las vacas

En 2018, se iniciaron también los trámites para instalar en España la mayor granja de vacas de Europa. La solicitud incluía más de 20 000 reses reunidas en una única instalación en una de las zonas con mayor tendencia a la despoblación de España: Noviercas, en Soria, un municipio que había pasado de una población empadronada de 258 personas en 1996 a 158 en 2017. Un sitio alejado de los grandes núcleos, como lo fueron en su día los que se eligieron para establecer centrales nucleares, térmicas o cementeras. La España despoblada no existe hasta que hay un interés económico incapaz de asentarse en otro sitio. En este caso es difícil imaginar otro lugar donde concentrar semejante volumen de emisiones de metano, generación de purines y necesidades de agua (dos millones de litros diarios se han solicitado). 

Desaparecidas las cuotas al sector lácteo en 2015, que Europa impuso durante años obligando a los ganaderos a limitar su producción o comprar caros cupos, los imitadores del modelo estadounidense y chino de macrogranjas pusieron la vista en Europa y, después de ser rechazados en otros países, llegaron a España. La macrogranja vacuna preveía producir 180 millones de litros de leche al año a un precio que ya se sabía que iba a provocar una fuerte distorsión en un sector acostumbrado a una media de 40 vacas por granja.

Ningún sector ganadero, salvo el porcino, tenía en 2018 establecido un número máximo de animales por instalación. Incluso con los límites, el sector del porcino estaba en ese año ya en manos en un noventa por ciento de empresas integradoras en las que en muchos casos el ganadero ponía la inversión en la instalación y su trabajo y era la integradora, en ocasiones directamente un grupo de distribución, la que le proveía del pienso y los animales para cría y engorde. Hubo muchos movimientos en contra de esas macrogranjas, también las del porcino, con la irrupción de algunas instalaciones que tendían a alcanzar los máximos permitidos. El campo estaba cambiando de nuevo y recibía a sus nuevos habitantes. La clave la había dado Lucy Mirando, la villana, dueña y primera ejecutiva del gigante cárnico Mirando Corporation en Okja, la película de Bong Joon-ho. Cuando salta el escándalo del trato que reciben los animales que acaban en el plato de millones de personas, le advierten del riesgo de que el negocio se hunda, a lo que ella contesta: «Si es barato, se lo comerán».

Fin de trayecto

La última conversación que se escucha a bordo del tren del Congreso Definitivo de aquel pasado en lucha contra la despoblación es con Isaura Leal, recién nombrada en 2018 comisionada frente el Reto Demográfico tras la llegada al Gobierno del socialista Pedro Sánchez Castejón.

La periodista quiere conocer las líneas generales de la estrategia que pretenden presentar en la primavera de 2019. Formulada la pregunta, espera la respuesta al otro lado del teléfono. «Perdona», se oye entrecortado. «Vamos en el coche y a veces se corta. Una prueba más de la necesidad de garantizar la conectividad de todo el territorio», dice Leal. La periodista repite su pregunta. «¿Perdón? Es que la oigo fatal. Estamos en el proceso de elaboración de la estrategia. Es un proceso participativo y abierto con comunidades autónomas y entidades locales y las medidas se elaborarán desde el consenso». En este punto la llamada tiene que ser interrumpida. No se oye nada. El tren ha llegado a su destino. Cada congresista vuelve a su lugar de residencia en la ciudad, lejos de las macrogranjas, lejos de las grandes plantaciones de regadío intensivo automatizadas, lejos de los escenarios recreados del pasado. Lejos de la España que acabaron por aceptar medio llena.

Fotografía: Noel Feans (CC BY 2.0)


Y Hacienda se hizo forofa

Foto: DP.

Este artículo se ecuentra disponible en papel en nuestra revista Jot Down Smart número 9

2 de junio de 2013. A Coruña. El campo del Dépor se embarra y engulle a los blanquiazules de camino a la segunda división en cuestión de seis minutos: los que transcurren desde el gol en Balaídos de Natxo Insa (entonces en el Celta), que salvará a los vigueses de los puestos de descenso, hasta el gol en Riazor de Griezmann (hoy en el Atlético de Madrid, entonces en la Real Sociedad), que envía al Dépor a los infiernos y enfila a la Real hacia la Champions. Crujen las cuentas del Deportivo mientras sus hinchas despiden del modo más duro al mítico Valerón. «Volveremos», dice el entonces entrenador Fernando Vázquez. Y volverán (un año después), pero en ese momento la Agencia Tributaria no sabe a qué carta quedarse. Se lleva las manos a la cabeza por el Dépor, respira por el Celta mientras la Hacienda Foral de Gipuzkoa hace la ola en honor de la Real. Fútbol español. Demasiados equipos al filo de la navaja pendientes de una clasificación, de un ascenso o lo contrario para asegurar su subsistencia y el pago de sus deudas. Si uno gana, el otro pierde.

20 de agosto de ese mismo año. Estadio de Gerland (Francia). Minuto cincuenta. Haris Seferovic dispara un trallazo desde fuera del área que se cuela por la escuadra de la portería del Olympique de Lyon. 0-2. La Real, en concurso de acreedores, acaba de comprar medio billete para pasar, por segunda vez en su historia, a la fase de grupos de la Champions, hito que confirmará en Anoeta una semana después. Más de cuatro mil seguidores del conjunto donostiarra, que han viajado al campo galo a animar a su equipo, estallan de alegría. Las cuentas del club se ponen en pie. Aunque no pasará de esa fase y solo logrará un punto de empate en Anoeta, la clasificación se traducirá en un aumento de los ingresos del equipo txuri urdin de 22,3 millones de euros, según las cifras presentadas ante el registro mercantil consultadas a través de Infoempresa. Una cifra nada desdeñable que permite que los ingresos totales pasen de los 39,2 millones de la temporada 2012/2013 a 62,7 millones. Bueno para el club, bueno para las arcas públicas. La Real gana margen para seguir devolviendo el préstamo participativo de la Diputación Foral de Gipuzkoa (gracias al que se sostuvo tras el concurso de acreedores) y adelantar incluso aplazamientos de pagos de IRPF y Seguridad Social.

Inicio de la temporada 2014/2015. Con solo dos competiciones que disputar y por las que lograr ingresos (la Liga y la Copa del Rey), el Valencia, en causa de disolución y sin terminar de amarrar la entrada del nuevo accionista, cambia al entrenador (ficha a Nuno Espíritu Santo) y a doce jugadores. Entran Yoel, Orban, Otamendi, Mustafi, Cancelo, André Gomes, Rodrigo, Negredo, Felipe Augusto, Zuculini, De Paul y Enzo Pérez. El conjunto che sale a jugar esa temporada con la plantilla más joven de la Liga y de Europa. No está para otras alegrías. Las cuentas, desbocadas en los tiempos de bonanza, mandan cuando ya no queda otra. El equipo ingresa por su participación en competiciones la escuálida cifra de 5,7 millones de euros ese año, aunque los derechos de retransmisión (principal ingreso de todos los clubes) permiten amortiguar la caída de los ingresos, que aún así descienden un 10% hasta 77 millones de euros. El Valencia consigue esa temporada la puntuación más alta en los noventa y séis años de historia del club, que le vale el cuarto puesto en la Liga y un duelo de infarto contra el Mónaco que clasifica al Valencia para la Champions tras dos años de ausencia. En el que iba a ser uno de sus peores ejercicios, el club valenciano, merced a los ajustes, logra zanjar sus deudas con el fisco y encara una temporada de ingresos holgados reforzados por los créditos participativos del nuevo accionista, la hongkonesa Meriton Holdings Limited, que se ha hecho con el 70% del equipo, y por la renegociación de la deuda con la constructora del nuevo estadio. El balance che está de fiesta.

Los resultados deportivos permitirán que «los ingresos por la comercialización de los derechos de televisión y los acuerdos comerciales crezcan de manera considerable», pudiendo ser de más si el anterior consejo de administración no se hubiese descontado cinco millones de euros de derechos televisivos de las siguientes temporadas cuando firmó el actual contrato. Aun así, para que los números cuadren tal y como se han planteado, el Valencia recoge en sus cuentas del pasado ejercicio que será necesario «disputar competición europea todas las temporadas». Ups.

Fútbol. Contabilidad. Impuestos. Cuentas ante el registro que huelen a economía, saben a economía, pero llevan césped entre las cifras. No hay sector comparable. Los activos del balance incluyen (como si fuese un edificio o maquinaria) piernas para correr, brazos bajo los palos, derechos sobre unos jugadores que valen lo que se dice hasta que se lesionan o simplemente no dan lo que se esperaba y hay que abonarlos al banquillo. Si el jugador es un fichaje, lo que se pagó por él se va amortizando anualmente como se hace con el coste de un ordenador. Si se engendra una estrella desde la cantera, su venta será dinero en vena para la entidad el día que se produzca, como vender un edificio surgido de la nada en suelo gratuito.

El fútbol español tiene una historia en las crónicas deportivas y otra paralela en las cuentas. No hay campo firme en el modo en que se han gestionado la mayoría de los equipos de este país durante años. Cuando los derechos televisivos inflaron las cuentas, el fútbol (o para ser precisos, buena parte de él) se olvidó de sus deberes con el fisco, acumuló deudas hasta niveles inabarcables, mucho más inabarcables cuanto más caros eran los fichajes y los impuestos impagados ligados a los mismos, hasta demostrar que aquella burbuja no era de reglamento sino un balón de playa que se los podía llevar volando al más mínimo pinchazo.

«Se hizo mal», reconoce Javier Gómez, director general corporativo de la Liga de Fútbol Profesional (LFP). «Primero los administradores de los clubes, luego los órganos de supervisión, la Liga de Fútbol incluida. Entre todos se provocó que, en un sector con cuarenta y dos entidades, más de la mitad acabase en concurso de acreedores».

La situación ha cambiado drásticamente en los últimos años, de eso no hay duda. Aunque paseando por el registro mercantil se hace evidente que los auditores de los clubes siguen acostumbrados a dar por buena la continuidad de empresas cuyas cifras dicen que están en causa de disolución. Persiste la sensación de que a los clubes no se les dejará caer, a pesar de los que han caído. «Esta es una situación natural en el sector futbolístico al que pertenece la entidad», decía Ernst & Young de las cuentas del Valencia 2014/2015 para explicar que se considerase en continuidad a una empresa con un fondo de maniobra negativo de 86,6 millones de euros. El fondo de maniobra viene a ser la capacidad de hacer frente a los pagos previstos del siguiente ejercicio con los ingresos de la actividad habitual de la empresa.

Debido a las pérdidas acumuladas, el auditor plantea «dudas sobre la capacidad del Getafe para continuar su actividad», aunque considera un factor mitigante «el fuerte y constante apoyo de los accionistas», dicen las cuentas del club madrileño. El Espanyol también presenta fondo de maniobra negativo, pero el auditor admite la continuidad como empresa en funcionamiento dando por buenos los 47 millones de euros que se anota el club como revalorización de la plantilla del primer equipo, los 14 millones de revalorización que se apunta sobre los terrenos de la Ciutat Esportiva y algo, esta vez sí, mucho más tangible: el contrato de 38,5 millones por siete años correspondiente al naming right del estadio, que ha pasado a llamarse Power8 Stadium.

El Atlético de Madrid cerró las cuentas 2014/2015 con un fondo de maniobra negativo de 174 millones de euros, derivado básicamente de «inversiones en jugadores en las últimas temporadas destinadas a la mejora de los resultados deportivos con el objetivo de participar en competiciones europeas». Pero esto, dicen las cuentas, es «común a la inmensa mayoría de los clubes». Es fútbol. Como factores mitigantes, las cuentas señalan: la participación en competiciones europeas, la construcción del nuevo estadio en La Peineta, que permitirá aumentar los ingresos, y que los accionistas mayoritarios están comprometidos con la continuidad del club.

Al club madrileño le dan motivos para reafirmarse en su tranquilidad los resultados deportivos, que han permitido darle la vuelta a las cuentas. Otros siguen bordeando el riesgo. A cierre de junio de 2015, el Deportivo de la Coruña «incurre en una de las causas de disolución contempladas en el artículo 363 de la Ley de Sociedades de Capital», explica el auditor. El caso del club gallego merece especial atención. No solo entró en concurso de acreedores desde enero de 2013 y tuvo que pactar un convenio para la devolución de sus deudas (que incluía una quita del 33% y un pago a diecisiete años sin intereses con una carencia de dos años), fue el proceso concursal el que descubrió los defectos y omisiones contables utilizados por el antiguo consejo de administración, con Augusto César Lendoiro al frente, en las cuentas de 2011 y 2012, tal y como consta en las cuentas del registro. Lo que figuraba como equilibrio financiero era en realidad patrimonio negativo.

El saldo de su deuda a finales de la temporada 2014-2015 una vez descontada la quita asciende a 140 millones de euros. La Administración Pública y las entidades financieras renegociaron deudas pero exigiendo garantías a cambio. Según las citadas cuentas, el Dépor tenía comprometidos a comienzos de la presente temporada los ingresos por derechos de imagen; los derechos audiovisuales, televisivos, radiofónicos y digitales; los derechos de la plantilla, así como un embargo preventivo de los ingresos por las competiciones UEFA, los de cesión de jugadores a selecciones nacionales, los ingresos por descenso, los de competiciones oficiales, los inmuebles de la sociedad y tiene en prenda pignoraticia los abonos de la temporada. En las cuentas de 2014/2015 el fondo de maniobra sigue siendo negativo, aunque se ha reducido a 5,4 millones. Esos números rojos se dan «al final de cada temporada» y «se equilibran al principio de la siguiente con los ingresos de las ventas de abonos y los derechos de televisión», explica la información entregada al registro mercantil.

Las condiciones para mantener cierta tranquilidad están claras, «fundamentalmente la permanencia del primer equipo en las categorías profesionales de la Liga». Teniendo esto en cuenta, el equipo reconoce que camina por un campo de minas. Tiene incluso calculado cuánto puede resistir si la cosa se tuerce y desciende de Primera. «La capacidad del Deportivo para atender sus deudas (…) está sujeta al no descenso» y en todo caso a evitar «la permanencia del primer equipo más de tres temporadas en la categoría de Segunda División». La Agencia Tributaria no debe perderse un partido.

Por si acaso, el 7 de marzo de 2014, se firmaba un acuerdo singular de refinanciación de la deuda tributaria con el Dépor que permite «el pago de los créditos privilegiados en un plazo máximo de diez años, con reducción de las cuotas en caso de descenso de categoría y pagos anticipados en caso de ingresos extraordinarios». Las arcas públicas, a ritmo de la competición.

Foto: DP.

La deuda con Hacienda

¿Cómo se ha llegado a esta situación? Hacienda, las diferentes Haciendas de España, dejaron que creciese una inmensa bola de deuda de los clubes de fútbol con las arcas públicas. Cuando vino el boom de los derechos televisivos, cuando los clubes se pusieron a ingresar dinero a espuertas, de lo último que se acordaron muchos fue de pagar a Hacienda. No abonaban las retenciones por IRPF de la plantilla, no pagaban el IVA. Euro que entraba cuando las cosas iban bien se iba a comprar jugadores, a planes para nuevos estadios. Cuando pintaban bastos, el equipo caía de categoría o no lograba la clasificación para Europa, aún menos se atendían los deberes con el fisco.

«Digamos que, durante años, el pago de impuestos no se reclamó con intensidad», comenta José María Mollinedo, secretario general del sindicato de técnicos de Hacienda (Gestha). «Se suponía que los clubes iban a estar permanentemente ahí porque siempre habría una entidad pública, una diputación, un ayuntamiento o una comunidad autónoma detrás para favorecerlos. Cuando se empieza a restringir esa manga ancha para que las entidades públicas no subvencionen a los clubes, no se recalifiquen los terrenos de los antiguos estadios etc., se genera una falta de acomodo de las corriente de ingresos y pagos a los que se enfrentaban estos clubes».

Durante años, «se les dio un trato favorable que no se daba a ningún otro ciudadano. A cualquiera con una deuda pendiente de pago con Hacienda se le exige una garantía para el aplazamiento. Una garantía tangible, una hipoteca o un aval bancario. A los clubes se les otorgaban los aplazamientos con los derechos audiovisuales como garantía o ingresos que dependían de los resultados deportivos. Si el club era uno de los grandes y quedaba descabalgado de los primeros puestos, los ingresos caían a plomo. Por no hablar de aquellos a los que la situación deportiva les llevaba a descender de categoría. Se arruinaba la garantía», añade Mollinedo.

Y llega la crisis. «Las empresas dejan de anunciarse, de hacer publicidad en los estadios, los acuerdos que se hacen para el reparto de los derechos audiovisuales benefician a los grandes clubes en detrimento de los clubes más modestos», recuerda el portavoz de los técnicos de Hacienda, y entonces esa realidad siempre en el filo entre la gloria y el desastre se encuentra, a finales de 2011, con el paro desbocado en España y el Gobierno subiendo los impuestos del ciudadano de a pie a todo trapo. Como las cifras bailan dependiendo de quién las presente y los parámetros que utilice, Jot Down ha realizado una petición de información a la Agencia Tributaria a través del Portal de Transparencia del Gobierno según la cual, a cierre de 2011, «el importe de la deuda pendiente de los clubes de fútbol que participaban en las ligas de Primera y Segunda división A ascendía a 613 millones de euros».

Teniendo en cuenta, como recuerda la Agencia Tributaria en su respuesta, «que cada año suben y bajan tres o cuatro clubes de cada categoría de acuerdo con su clasificación en la liga, por lo que los datos se refieren a distintos contribuyentes», a 30 de septiembre de 2015 la deuda de Primera y Segunda división A ascendía a 349,7 millones de euros, un 43% menos.

Con la crisis, la deuda del fútbol se volvió socialmente inadmisible y eso explica el cerco a las cuentas de los últimos años, pero hay que reconocer que parte de lo que ha cambiado en el fútbol español, para enhorabuena de Hacienda, ha venido desde fuera. En 2011, con Joseph Blatter aún como presidente, la UEFA puso en marcha el llamado juego limpio financiero (Financial Fair Play Regulations). Los clubes clasificados para disputar competiciones UEFA deben demostrar desde entonces que no tienen deudas: ni con sus jugadores, ni con otros clubes ni con las autoridades tributarias. O diseñar un plan para reducirlas. Sus gastos e ingresos deben buscar el equilibrio o se corre el riesgo de ser excluido de la competición.

Al hilo de esa iniciativa, a finales de enero de 2013 el presidente del Consejo Superior de Deportes, Miguel Cardenal, y el entonces presidente de la Liga de Fútbol Profesional, José Luis Astiazarán, presentaban un nuevo reglamento de control económico de los clubes españoles aplicable ya en la temporada 2013/2014. Objetivo: «La sostenibilidad económico-financiera del fútbol profesional». Arma: la fijación de un límite en el coste de la plantilla deportiva en busca del equilibrio presupuestario.   

«Lo que hicimos fue implantar un control económico que iba más allá del implantado por la UEFA, que no daba los resultados que necesitábamos», explica Javier Gómez, director general corporativo de la Liga de Fútbol Profesional (LFP). «Mientras el suyo era a posteriori, nosotros decidimos controlar a priori a cada sociedad anónima, determinando qué importe podía destinar a plantilla. Eso se calcula teniendo en cuenta las deudas que tienen que pagar. No solo a la Agencia Tributaria. Todas las deudas. El efecto ha sido que, si en la temporada 2011/2012, excluyendo al Real Madrid y al Barcelona, los clubes de primera y segunda perdieron en conjunto 212 millones de euros, en la temporada 2014/2015 han ganado más de 100 millones de euros».

Hacienda también tomó sus medidas, que le costaron unos cuantos rifirrafes más que dialécticos con algunos clubes e incluso la LFP. Para la historia ha quedado la entrevista de El Mundo en agosto de 2014 al presidente del Atlético de Madrid, Enrique Cerezo, en la que este dijo aquello de «me hace gracia cuando hablan de la deuda de 500 millones a Hacienda (refiriéndose a cuanto ascendía en ese momento el pasivo de la totalidad de los clubes) […] Entiendo que Hacienda quiera cobrar y tal y cual, pero que tenga en cuenta también que el fútbol genera un factor social magnífico, que desde septiembre a mayo tenemos entretenida a gran parte del país». Fueron meses de tensión que incluyeron la interposición de una querella por parte de la directora del Departamento de Recaudación de la Agencia Tributaria, Soledad García López, contra el actual presidente de la Liga de Fútbol Profesional, Javier Tebas, por un delito de injurias tras las declaraciones de Tebas al diario As en las que este dijo que el sistema de control económico ya estaba reduciendo la deuda pero que a pesar de ello desde Recaudación se estaban dando «interpretaciones torticeras, arbitrarias y contrarias al derecho» porque «alguien en Hacienda quería liquidar los clubes». Desde la Agencia Tributaria explicarían públicamente las reuniones que estaban manteniendo con los clubes para lograr soluciones a la delicada situación financiera de muchas entidades financieras, agravada tras las Medidas Fiscales y Administrativas para 2013 aprobadas por el Gobierno del Partido Popular que prohibían el aplazamiento de deudas tributarias correspondientes a las retenciones del IRPF.

«Hubo una decisión de la Agencia Tributaria», explica José María Mollinedo, «que afectaba a todos los contribuyentes pero significativamente a los clubes de fútbol. Consistió en no permitir el aplazamiento de las nuevas retenciones por IRPF y esto fue decisivo. Además, como había un compromiso de reducir las deudas de los clubes, fue la Liga la que se empezó a ocupar de retener parte de los derechos audiovisuales o los ingresos procedentes de las quinielas para asignarlos al pago de esas deudas y así se han logrado reducir de esa forma tan significativa en estos años».

Según el último informe al respecto de la Liga de Fútbol Profesional, «para la temporada 2019-2020 se esperan cancelados todos los aplazamientos concedidos, salvo una cantidad residual derivada de la deuda subordinada que se ha visto afectada por concursos de acreedores».

Foto: DP.

Objetivo, cobrar

Una de las claves fue apretar al fútbol pero sin ahogar. El objetivo era cobrar. En muchos casos ha funcionado. La Agencia Tributaria concedía al Getafe un aplazamiento en marzo de 2013 de las deudas que el club madrileño terminó de pagar en julio de 2015. El Granada, en concurso de acreedores desde 2011, tuvo que llegar a un acuerdo con las administraciones públicas por sus créditos privilegiados que hoy están totalmente pagados, mientras que aquellos créditos tanto de la Agencia Tributaria como de la Seguridad Social que sí se vieron afectados por la quita del 50% pactada en el convenio de acreedores, se terminan de pagar en la presente temporada. En julio de 2013, la Real Sociedad pagaba de forma anticipada las cuotas pendientes del aplazamiento concedido por la tesorería de la Seguridad Social en junio de 2012 y el 21 de julio de 2014 se declaraba concluso el procedimiento concursal, devolviendo a sus administradores sus facultades de gestión del club, tras cuatro años y medio desde que se firmase el convenio de acreedores.

A pesar de aquellas palabras de Cerezo, si hay un equipo que ha reducido su deuda con Hacienda de forma drástica y ha mejorado su situación financiera, es el Atlético de Madrid. La entrada de Wanda en el capital, con la adquisición del 20% del club, no es ajena a la  mejoría en la estabilidad. Pero la clave de nuevo es la evolución del equipo colchonero en las diferentes competiciones y su participación de forma regular en las ligas europeas. Esa evolución lleva el nombre del entrenador: Diego Pablo Simeone, el Cholo. Lo ocurrido con el Atlético en las últimas temporadas ha permitido reducir el gigantesco lastre que el club llevaba colgado en su balance, buena parte procedente del siglo pasado, de la época de Jesús Gil y de las actas de inspección levantadas en la temporada 2002/2003 correspondientes al IVA, el IRPF y el Impuesto de Sociedades de 1995 a 1999. El club llegó a deber a Hacienda más de 200 millones de euros, cantidad que a cierre del pasado ejercicio había quedado reducida a 60 millones.

Sigue siendo la cantidad más abultada de todos los clubes, pero mientras el equipo vaya bien el dinero traerá más dinero, como ha ocurrido en la pasada temporada con la firma del patrocinio con Plus500 (42,5 millones en cuatro temporadas); Nike (92 millones mínimos hasta la temporada 2025/2026); Coca-Cola y La Caixa, así como la china Huawei. A ello se ha unido la venta centralizada de los derechos de televisión que para el Atleti ha supuesto doblar casi sus ingresos por este concepto en Liga y Copa del Rey.

En el caso del Espanyol, las cosas siguen complicadas, reconocen sus cuentas. Se hizo de todo sin atender correctamente los impuestos y, cuando llegó la crisis, no había dinero al fondo. Al fisco, llegada esta situación, le quedaba pactar si quería recuperar los más de 43 millones que le debía el equipo. «La sociedad obtuvo, con fecha 11 de febrero de 2013, de la Administración Tributaria un nuevo acuerdo de amortización de la deuda con ella mantenida en aquel momento que permite adecuar el cumplimiento de las obligaciones en él contenidas con la generación de excedentes de tesorería». No fue a cambio de nada. El club ha tenido que poner como garantía las fincas de Cornellá de Llobregat y El Prat de Llobregat donde está el Estadio Power8 y la finca de Sant Adrià de Besòs.

El roto a la luz

La Agencia Tributaria publicaba a finales de 2015 el primer listado de deudores con la Hacienda pública. Las condiciones para salir en él eran tener deudas con el fisco superiores al millón de euros y en fase ejecutiva, es decir, no se incluyen las que han sido objeto de pacto con la Agencia Tributaria siempre que se estén cumpliendo los plazos de pago oportunos. De ahí que clubes que mantienen deudas millonarias con las arcas públicas no apareciesen en el listado.

Los que lo hicieron fueron en realidad peor noticia para Hacienda que para los propios deudores. Con la actitud negociadora mostrada por la Agencia Tributaria para cobrar todo lo que fuese posible después de los años de manga ancha y el riesgo de descenso de quien no atendiese los pagos, aparecer en la lista solo podía significar dos cosas: o que la deuda se puede dar por perdida para el fisco o que prácticamente se puede dar por perdida.

Un buen número de los nombres que allí aparecieron se corresponde con clubes que ya ni existen, como es el caso del equipo que mayor deuda en fase ejecutiva presenta: la Unión Deportiva de Salamanca, con 13 millones de euros después de tener ya subastados sus bienes. Igual de irreversibles son los rotos de la Unió Esportiva Lleida (11,4 millones), el Ciudad de Murcia (3,9 millones) y el Alicante Club de Fútbol (1,9 millones). Equipos desaparecidos.

El Xerez, a julio de 2015 (fecha a la que hacía referencia la lista), mantenía una deuda con Hacienda de 10,3 millones de euros difícilmente atendible si se tiene en cuenta que su hundimiento financiero procede del año 2009, cuando cerró un presupuesto de 11 millones de euros para afrontar con alegría su ascenso a Primera División, en la que solo se mantuvo una temporada. De ahí la caída fue en picado, al principio por los resultados y después por los impagos, hasta llegar a Primera Andaluza. A ver quién consigue atender semejante deuda desde allí. El Racing de Santander tampoco va a tener fácil desde Segunda B afrontar los 8,99 millones ya reclamados en fase ejecutiva por la Agencia Tributaria que figuran en el listado de morosos, máxime cuando los problemas de liquidez han vuelto a dejar a los jugadores varios meses sin cobrar.

La tentación de los clubes

¿Existe riesgo de que el fútbol vuelva a las andadas? «El control que hemos implantado está teniendo un éxito rotundo y no vamos a permitir desde la Liga que un club gaste más de lo que genera para sus gastos y para devolver su deuda», asegura Javier Gómez, de la LFP. «Ahora puede haber unos cuantos clubes con problemas todavía pero a 30 de junio de 2019 la Liga de Primera División no solo estará completamente saneada, estará en cabeza a nivel de ratios económico financieros del panorama europeo. No vamos a permitir que los clubes gasten más de lo que pueden generar».

Aun así, con deuda pendiente y la situación financiera muy inestable en algunos clubes, hay señales a las que merece la pena prestar atención. Una de ellas es la reinversión de los beneficios de los traspasos de jugadores en nuevos jugadores, una acción que permite eximirse del pago de impuestos. Un caso a modo de ejemplo: la Real Sociedad pactó con la Diputación Foral de Gipuzkoa que solo está obligada a entregar un 5% de sus ingresos extraordinarios para amortizar el préstamo participativo que le dio la administración pública y que aún asciende a 17 millones de euros. Cuando en julio de 2013 la Real vendió a Asier Illarramendi al Real Madrid por 32,2 millones de euros, la Diputación no dudó en aprobar el plan de reinversión presentado por la Real para acogerse a la exención del pago de impuestos, incluso a pesar de reconocerse que no se iba a cumplir el plazo de tres años máximo que fija la norma para la citada reinversión.

¿A qué iba a destinar el dinero el club? Parte a remodelar el estadio de Anoeta, pero sobre todo a lo que lo destina todo equipo de fútbol cada vez que un euro cae en sus manos: a comprar jugadores. La jugada fue perfecta para el equipo de San Sebastián, porque no hay nada mejor para las cuentas de un club que vender a buen precio un jugador de cantera como era Illarramendi, un activo no adquirido sino creado por el club. La Real no pagó un euro a las arcas públicas por ese ingreso. Al menos sí lo hizo el Real Madrid, que abonó a la Hacienda nacional 6,8 millones en concepto de IVA por la compra del jugador.


Chivatos: una grieta en las trampas del capitalismo

Fotografía: KellyB. (CC).

Este artículo fue publicado originalmente en nuestra revista Jot Down Smart número 7

People of the same trade seldom meet together, even for merriment and diversion, but the conversation ends in a conspiracy against the public, or in some contrivance to raise prices.  

Adam Smith, La riqueza de las naciones, Libro I, Capítulo X.

Mercado. Libertad. Oferta. Demanda. Precio. Y trampas. Ponga usted a un grupo de empresarios del mismo sector en un reservado de un restaurante, en una discreta sala de reuniones de un hotel o en la barra de un bar y al cabo de un rato habrán estrechado sus manos, invisibles para el resto, en un pacto contra los ciudadanos que acabará (por lo general) en una mejora de su ganancia. Lo dijo el padre del pensamiento liberal. Lo dejó por escrito en su obra de cabecera. E insistió, por si alguien no lo había pillado: «El interés de los empresarios es siempre ensanchar el mercado y estrechar la competencia».

Hay una parte importante de la realidad que nos rodea con su apariencia de mercado y su promesa de libre elección y concurso limpio que tiene, o ha tenido durante un tiempo, truco. Encontrar el doble fondo, retirar la cortina, hallar la grieta por la que mirar quién está manoseando los resortes no es fácil. Pero el árbitro tiene un aliado. Hay unos ojos que todo lo ven. Un micrófono adosado donde ninguno de los que hacen trampas se lo espera. Un buen par de orejas que los persigue donde vayan por más veces que cambien el lugar de sus encuentros. Hay un hilo que siempre anda suelto y, si se tira, se deshace toda la cortina.

El 28 de febrero del año 2008, la Comisión Nacional de la Competencia española  (hoy integrada en la CNMC) fumigó al empresariado tramposo con un virus letal: desconfianza. Se han cumplido ocho años del nacimiento en este país del Programa de Clemencia. Aquel día, a las 9:04 horas de la mañana, se abrió la veda para que pudieran denunciarse los unos a los otros. La recompensa por ser el primero en chivarse, siempre que se aporten las pruebas suficientes como para abrir un expediente y facilitar una inspección en las sedes de los implicados, es librarse por completo de la multa, que puede llegar al diez por ciento de los ingresos anuales. Llegar el segundo, si se añade información de valor, puede servir para reducirla entre un treinta y un cincuenta por ciento. El dinero los une y el dinero los separa.

El segundo de la fila

La memoria de la CNC de 2008 acredita que algunos hicieron noche apostados en la puerta de Competencia, esperando a que entrase en vigor la nueva norma. Lágrimas como puños debieron caerle al representante legal de Sara Lee (hoy Douwe Egberts Finance, fabricante de los geles Sanex) al ver que era el segundo en llegar a la cola y que el primero era el representante de uno de los antiguos compañeros del mismo cártel que iba a denunciar, Henkel (propietario de las marcas Magno, La Toja y Fa). Ver su espalda durante horas mientras la fila iba en aumento debió ser mucho menos agradable de lo que fue, dos años antes, para los directivos de Henkel, de la propia Sara Lee y de Puig (fabricante de Kinesia, Lactovit, Heno de Pravia y S3) compartir aperitivo en un bar cercano al 249 de la calle Nápoles de Barcelona (donde está la sede de Bimbo, filial de Sara Lee). Allí ultimaron los detalles de un pacto contra las leyes del mercado consistente en reducir de forma concertada los tamaños de los envases de gel manteniendo el precio. Lugares de encuentro, notas manuscritas, cuadros con las fechas en las que cada marca debía efectuar el cambio. Todo ha quedado recogido en el expediente de Competencia S/0084/08 y todo gracias a un delator.

Fue él quien pagó las consumiciones en aquel bar junto a la sede de Bimbo. Él quien guardó la cuenta en la cartera y él quien la incluyó entre la documentación entregada a Competencia años después como prueba de que el encuentro se había celebrado. El testigo perfecto. La fecha de la cuenta, 13 de febrero de 2006, coincidía con la que los investigadores encontraron después anotada en el cuaderno de la secretaria del director general de la propia Henkel. El registro telefónico demostró que en los días posteriores hubo llamadas de esta a Colgate que, explicó el delator, perseguían saber si se unía al pacto o no.

El hilo era firme. Competencia siguió tirando. Fue deshaciendo la historia, recorriendo en sentido inverso los pasos de los integrantes del cártel hasta llegar a su formación. Hizo flashback a la patada en el estómago que debieron sentir cuando descubrieron, en octubre de 2006, que Colgate no solo no había cumplido con la fecha de reducción de envases que le había sido asignada, sino que lanzaba una potente campaña publicitaria con el eslogan «El tamaño importa» para llamar la atención del consumidor sobre lo que habían hecho los demás; a las fechas en que el resto sí efectuó su reducción de envases como estaba acordado; al envío del correo electrónico recibido por todos previamente con las instrucciones a seguir incluyendo fechas, marcas y tamaños; a la reunión en el bar; y así hasta la primera reunión en la sede de Bimbo, el 1 de diciembre de 2005, en la que Puig informó al resto de que iba a reducir sus botellas de gel y les invitó a unirse al movimiento de forma concertada. Todo cártel deja rastro. El delator es el que ayuda a encontrarlo y a interpretar las huellas que se han ido quedando en el camino.

Competencia multó con 2,1 millones a Colgate en España por entender que había participado en las reuniones, pero la multa fue anulada por la Audiencia Nacional. Multó a Puig por haber iniciado y participado en el cártel, multa que anuló el Supremo, y multó a Sara Lee, aunque con una reducción del 40 % por haber sido el segundo delator y haber presentado pruebas que ayudaron a la investigación.

«Se está dando la exención al que más madrugó y no puede ser creíble que ese sea el espíritu de la norma», argumentó Sara Lee, según consta en el expediente. ¿De qué le sirvió? De nada. Después de un largo periplo por los tribunales, fue la única que se comió la multa del cártel del gel de baño y ducha en España: 3,72 millones de euros en su caso, descontada ya la reducción del 40 %. Madrugar le sirvió a Henkel para presentar su solicitud diez minutos antes que Sara Lee, lo suficiente como para librarse de pagar 4,3 millones, el 100 % de su multa.

En la cola, detrás de Henkel, detrás de Sara Lee, también aguardaba aquel día su turno para delatar a sus socios de cártel el representante legal de dos empresas controladas por una conocida familia española: los Ruiz Mateos.

La zona oscura de la bodega

Jerez, tanto la ciudad como el vino, está cosida a los Ruiz Mateos desde que Zoilo (padre del fundador de Rumasa) decidiese trasladarse allí desde su Rota natal y fundar una bodega con su nombre: ZRM. Allí, el hoy ya fallecido José María Ruiz Mateos ya demostró de qué era capaz. En su precario inglés, envió decenas de cartas a los británicos de Harveys, una de las mayores firmas de vino entonces, ofreciéndose a convertir ZRM en su proveedor. La persistencia tuvo su recompensa y Harveys firmó con los Ruiz Mateos el llamado «Acuerdo de los cien años» que, aunque duró mucho menos, sirvió a la familia para empezar una frenética carrera de adquisición de bodegas rivales hasta formar un potente núcleo de ingresos desde el que construir el imperio de Rumasa. La expropiación del holding de la abeja le quitó de las manos unas cuantas de esas bodegas, como Williams & Humbert o Garvey. Los Ruiz Mateos nunca perdonarían a quienes se hicieron con piezas de su antiguo imperio. Su vuelta al ruedo a través de Nueva Rumasa intentó repetir el movimiento de adquisición de bodegas que ha sido tan criticado como defendido en una ciudad, Jerez, en la que miles de trabajadores llegaron a depender de la familia.

Pero Jerez tiene una historia al margen de los Ruiz Mateos, aunque sean parte. Una historia escrita en las bodegas, que cumplen la ley del tercio como si de sus mandamientos se tratase desde mucho antes de que existiera la Denominación de Origen. Si eres hijo de una uva de Jerez de la Frontera, no tienes mejor objetivo que envejecer de barrica en barrica, en estricta formación unas sobre los hombros de las otras. Envejecer hacia abajo. Primera criadera, segunda criadera… dejando siempre en cada bota un tercio del caldo del año anterior para que transmita sus secretos al vino recién llegado de las escalas superiores. Hasta las barricas a ras de suelo, la solera, el vino de la saca que se embotella cada año.

Con las normas del producto, con la paciencia, no ha habido dudas en siglos, pero a la hora de cumplir las leyes del mercado y la competencia algunos bodegueros de Jerez demostraron ser má floho q’un muelle (de) guita. Cuando la cosa se puso fea, cuando las modas empezaron a poner sus ojos en otros licores, cuando la variedad inundó el mercado y en las barras de los bares era más cool pedir un güisquicola o una caña que un oloroso o un palo cortado, vieron peligrar su negocio. Los planes de reestructuración de las administraciones públicas no fueron suficientes. Arrancar viñedos, limitar la oferta de toda la denominación no les bastó a algunos, a los más fuertes, los que más tenían que perder. El expediente S/0091/08 de Competencia recoge los detalles de cómo se gestó y perduró en el tiempo un cártel formado por algunas de las principales bodegas de Jerez.

En la última década del siglo xx, más de la mitad del vino de Jerez estaba destinado a paladares extranjeros y casi cada litro vendido fuera iba camuflado tras una marca blanca. Las Bodegas José Estévez no colocaban sus marcas míticas Tío Mateo, Inocente o El Candado en los lineales de los supermercados de Holanda, Reino Unido o Alemania con la misma fuerza con que lograban vender bajo las poco glamurosas marcas Tesco, Asda, Waitrose, Doña o Tio Toto. Williams & Humbert vendía al exterior con la etiqueta Euroshoper o Sainsbury, entre otros nombres de gran superficie. González Byass, propietaria de Tío Pepe, embotellaba como Sainsbury, Morrison o Don Ramos. El mercado BOB (buyer own brand) se bebía la mayoría del Jerez y encima se lo bebía cada vez menos, lo que estaba llevando a una guerra de precios que podía devorar la rentabilidad.   

El cártel del vino de Jerez, cuyas primeras andanzas datan de 1992 según un acta encontrada por Competencia más de veinte años después, tras la denuncia del delator, decidió trucar el mercado BOB. Repartirse el número de cajas, los clientes, poner un precio mínimo. En este cártel, como en otros, se dio un factor del que también alertó Adam Smith, la participación de la gran asociación del sector. En este caso, Fedejerez, así como el Consejo Regulador.

Though the law cannot hinder people of the same trade from sometimes assembling together, it ought to do nothing to facilitate such assemblies; much less to render them necessary. (La riqueza de las naciones).

Las dos empresas dependientes de Nueva Rumasa, Bellavista y ZRM, propietarias de las bodegas de Garvey desde su recompra en el año 2002, denunciaron el pacto el mismo día en que entraba en vigor el Programa de Clemencia. Tal y como consta en el expediente, facilitaron información que demostraba cómo el Consejo Regulador se encargó, en noviembre de 2001, de calcular un reparto de cupos entre los miembros del cártel de 2 759 000 cajas, de nueve botellas de Jerez cada una, para marca blanca en el extranjero.

La mayor multa recayó en principio en Williams & Humbert: 2,3 millones de euros, aunque a finales de 2015 dicha multa de Competencia quedó de nuevo sensiblemente reducida por sentencia del Tribunal Supremo, que la dejó en 1,4 millones. Fue seguida de la multa a José Estévez, con 1,25 millones. Barbadillo fue multada por Competencia con 0,9 millones, un poco más que González Byass, aunque el Supremo también redujo en el pasado ejercicio la sanción de esta última a 0,7 millones. Garvey se libró de los 670 000 euros por ser la firma del grupo denunciante, mientras Fedejerez y el Consejo Regulador eran multados con 400 000 y 200 000 euros respectivamente. También se redujeron otras multas de menor cuantía como la de Pedro Romero, Ferris y Caydsa.

Los Ruiz Mateos, que habían pedido un aumento de la cuota que les correspondía en el cártel, petición que les había sido denegada, golpearon a todos sus rivales con su denuncia, pero menos de lo esperado.

En Competencia no ocultan su frustración con las enmiendas que reciben a sus resoluciones desde los tribunales. Aunque la multa máxima puede llegar al diez por ciento de los ingresos de una empresa el año previo a la denuncia, este criterio ha sido revisado una y otra vez por la justicia. Las empresas no saben por tanto a cuánto se exponen, pero hay algo que es abono para engendrar un delator: ser uno de los que más tiene que perder. Un tramposo nunca acaba de fiarse de otro tramposo. La desconfianza es ley dentro del cártel. Un cártel es un estrés. Y así lo demostró el chivatazo sobre el cártel de los módulos prefabricados, los famosos barracones.

Barracones amañados: el colmo del pufo público valenciano

Con la Comunidad y el Ayuntamiento de Valencia bajo sospecha, los ojos se han puesto sobre la empresa Construcciones e Infraestructuras Educativas de la Comunidad Valenciana (CIEGSA), una empresa pública propiedad cien por cien de la Generalitat que se creó para centralizar la gestión de la construcción de los centros de enseñanza públicos y cuya labor ha sido totalmente ruinosa, entre otras cosas por los sobrecostes para pagar a corruptos que se sospecha soportó.

Cuando el dinero para colegios e institutos no dio para más, el ladrillo que recomendaba hasta el último de Los tres cerditos fue sustituido por unas estructuras en teoría temporales que no cumplían las mínimas condiciones de temperatura o higiene: los barracones. Entre 2008 y 2011, una serie de compañías (Balat, Remsa, Algeco, Dragados —del grupo ACS—, ABC, Normetal y Alquibarsa) se concertaron para amañar las licitaciones de los barracones para la escolarización del alumnado que precisase CIEGSA.

Pactaron los descuentos y las condiciones técnicas que iban a presentar para ser preseleccionadas cada año sin tener que ser agresivas con los precios. Una vez admitidas en el llamado «acuerdo marco» de cada ejercicio, se repartían los centros según los intereses de cada una y pactaban también descuentos mínimos en cada licitación para que resultase adjudicataria la empresa acordada. En total, el amaño afectó a concursos con una inversión estimada de veintinueve millones de euros, tal y como figura en el expediente S/0481/13 de la CNMC.

Una de las empresas que más tenía que perder, Algeco, entregó pruebas a Competencia como para llenar un barracón. Registros telefónicos que demostraban los numerosos contactos entre las implicadas (más de cuatrocientas llamadas); pruebas de reuniones entre directivos y representantes (al menos veintidós reuniones bilaterales o multilaterales entre febrero de 2009 y diciembre de 2012); cuadros con los descuentos que debía presentar cada empresa para ser todas seleccionadas. Información suficiente como para justificar las inspecciones en las sedes de los implicados. El hilo del que tirar.

En los intercambios de correos no se andaban con eufemismos. Ponían en el asunto frases tan obvias como «CIEGSA LICI» (por licitación), «Reparto de colegios 2009» o directamente «Reparto indecente», según figura en la documentación de Competencia.

Como en todo pacto de tramposos, en cuanto uno se saltó lo acordado, se desbordó la desconfianza. En un correo interno de Dragados (ACS) fechado en 2010 se habla de que «se ha comentado que para entregar los sobres (de las ofertas) se quede el día 15 de abril con ellos abiertos para garantizar la transparencia de lo que se va a entregar y luego presentarlos juntos. (…) Yo propondría un segundo sobre por si alguno se salta lo hablado poder presentar otro».

En mayo de 2013 Algeco presentó la solicitud de exención del pago de la multa en virtud del Programa de Clemencia tras denunciar al resto. Se libró de una de las multas más cuantiosas (1,6 millones), que habría derivado de ser uno de los miembros del cártel más activos y haber participado en los amaños de los concursos no solo de Valencia, sino en las zonas de Levante (que incluye también Murcia), Sur, Cataluña, Centro y Norte. Balat logró que le redujesen un 30 % la sanción, que quedó en 323 293 euros, por sumarse meses después a la denuncia. A Dragados y su matriz ACS Competencia les concedió también una ventaja: redujo considerablemente el porcentaje a aplicar sobre los ingresos del grupo para fijar la sanción, en comparación con el que aplica a los demás, porque estimó que, siendo un grupo tan grande y con presencia en tantos sectores, la cuantía de la multa no estaría en consonancia con la infracción. Así, la sanción a Dragados se quedó en 8,6 millones de euros, a pesar de que el expediente acredita que participó en amaños en las zonas de Levante, Sur, Cataluña, Centro y Norte. Y eso de momento, a la espera de lo que puedan decir los tribunales si vuelven a enmendar la resolución de Competencia.  

¿Adónde vais? A la feria

Si Adam Smith advirtió del riesgo de reunir a empresarios de un mismo sector, no hay fenómeno donde pasen más horas juntos los empresarios y directivos como en las ferias sectoriales, los congresos, las jornadas. La documentación que recoge el expediente del cártel de los envases hortofrutícolas, esos que ordenan en las grandes superficies fresas, cerezas, frambuesas, cogollos de lechuga o tomates cherry tan similares unos a otros que no parecen hijos de la naturaleza, da prueba de ello.

Los agricultores llevan mucho tiempo peleando contra la subasta de su producto, basada en un sistema a la baja que los obliga muchas veces a vender por debajo de coste. Desde hace años encontraron en el envasado una forma de subir algún peldaño en la cadena hacia el lineal del supermercado para mejorar su margen de ganancia.

Lo que no sabían los agricultores, reunidos en cooperativas, es que en las subastas que celebraban para seleccionar a los proveedores de las cestas de plástico, cuando uno de los productores ofrecía sus cestas a un precio determinado y luego lo rebajaba, no estaba compitiendo. Era un precio pactado previamente con el resto de productores de envases. Era una representación teatral que finalizaba con el reparto tal y como se había decidido entre los miembros del cártel.

¿Dónde? En reuniones muy cerca de las ferias de la fruta que los agricultores veían como un escaparate perfecto para dar a conocer su trabajo. La feria Agrocosta de Lepe, que se celebra cada año en septiembre en la localidad onubense, o la Macfrut de Cesena (Italia) fueron la excusa perfecta para reunirse y diseñar la trampa. Hoteles como el Hilton de Barcelona o el Holliday Inn de Bolonia dejaron su marca impresa en los papeles de las notas manuscritas que la inspección encontró en su proceso de investigación, iniciado tras recibir el pertinente chivatazo.

El delator fue de nuevo el que más tenía que perder si otro se le adelantaba, el que por su tamaño afrontaría una multa mayor y el que había instigado al resto a hacer trampas: Infia se libró de pagar 8,4 millones de euros. ILIP fue multada con un millón y Veripack, con 2,9 millones.  

El cártel, opinan en la CNMC, es la conducta más dañina de todas las que atentan contra la competencia y los delatores son la mejor forma de luchar contra esta práctica. Por eso quieren saber en qué medida ha funcionado el programa de Clemencia y han establecido un grupo de trabajo que estudiará durante un año las fortalezas y debilidades, entre las que sin duda está el modo en que se plantean las resoluciones para que posteriormente sean una y otra vez revisadas por los tribunales. De lo que no hay duda es de que el virus de la desconfianza ha hecho su labor y sigue haciéndola. Salta de un país a otro, permite investigaciones que llevan a abrir nuevos expedientes conectados entre sí. La denuncia de Seat, por ejemplo, del cártel que amañaba las ofertas de los concesionarios permitió el registro de la consultora ANT Servicalidad, lo que a su vez descubrió que se estaban siguiendo conductas similares en los concesionarios de otras marcas con el asesoramiento de ANT. Un fantástico hilo del que la CNMC tiró hasta acabar en una cadena de sonadas multas. Los concesionarios de Audi, Seat y Volkswagen implicados recibieron una multa de 41,1 millones de euros, en la que también se incluían dos asociaciones del sector y dos consultoras, entre ellas ANT, implicada también en los 9 millones con que la CNMC multó a Opel, Hyundai y Toyota.


Manual para comprarse una isla privada

Strombolicchio, Italia, 2015. Fotografía: Kuhnmi (CC).

Este artículo fue publicado originalmente en nuestra revista trimestral número 19.

«Here and now, boys; here and now, boys». The words pressed a trigger, and all of a sudden he remembered everything. Here was Pala, the forbidden island, the place no journalist had ever visited. And now must be the morning after the afternoon when he’d been fool enough to go sailing, alone, outside the harbor of Rendang-Lobo. Island, Aldous Huxley.

Bienvenido a este mundo alejado de la industrialización y del progreso inútil. El mundo de lo imprescindible, la huida definitiva de lo que el ser humano ha creado. El cierre del círculo. Progresar, llegar a lo más alto del edificio más alto de la principal ciudad, destrozar el planeta si hace falta, para tener tanto dinero como para volver todo lo cerca que se pueda del taparrabos.

Si no quiere arriesgarse a buscar por sus propios medios su particular Pala o no entra en su sueño cargar con una civilización establecida por avanzada que sea, puede comprarse su propia isla o al menos una parcela. Esto no es un lujo exclusivo de cuentas a partir de seis ceros, dicen los intermediarios, y las islas privadas no tienen por qué ser remedos de El lago azul, aunque las baratas mucha infraestructura no tienen. Hay trozos de tierra esparcidos por el mar con precios de apartamento en Marina d’Or. Dice Knight Frank en su último informe al respecto que en los últimos años han sido habituales las transacciones de islas privadas en la costa oeste de Escocia e Irlanda por unos 350 000 euros, pero lo cierto es que es posible encontrarlas en las páginas web de mediadores incluso por bastante menos. Muy por debajo de ese precio es posible comprarse la parcela de una isla en Canadá (solar en Hemlow Island, Nueva Escocia, 218 530 metros cuadrados, 26 485 dólares, es decir, unos 25 000 euros) o incluso una isla entera en el mismo país (Sweet Island, British Columbia, 12 140 metros cuadrados, 72 900 dólares). Incluso es posible hacerse con una parcela en Fiji (Mavuva Island, solares al borde del mar por 125 000 dólares y con vistas al mar desde 75 000 dólares, 169 968 metros cuadrados, a diez minutos en ferri desde Vanua Levu, accesible desde el aeropuerto de Labasa).

Llegados a este punto, si ya se ha planteado que podría empezar a echar un vistazo al mercado isleño, conviene tener en cuenta algunas recomendaciones antes de dar el paso.

Primera. Antes de comprar, vaya a ver la isla. El primer reto es lograr que le lleven con todos los gastos pagados. Por lo menos los de ida. No se achante. Le puede parecer lejano emular a Richard Branson porque Obama haya visitado su isla tras dejar el botón rojo en manos de Donald Trump o por los cinco mil millones de dólares que atesora el magnate británico según la lista Forbes o porque alojarse en una de sus instalaciones cueste a partir de cuatro mil quinientos dólares por noche. Sin embargo, el fundador de Virgin Records no tenía dinero ni para pagar un dos por ciento de lo que le pedían la primera vez que visitó Necker, la isla paraíso fiscal que ha convertido en su residencia y en un resort de lujo (dos veces, la segunda tras el incendio que sufrió la isla en 2011). La primera vez que la vio no pensaba ni comprársela. Como él mismo ha escrito, el objetivo era impresionar a una mujer de la que se había enamorado y el cerebro de Branson, que desconocía por completo dónde estaban las Islas Vírgenes pero a quien le molaron porque se llamaban como su empresa (tal es su ego), pensó que un recorrido en helicóptero sobre las aguas turquesas y las arenas blancas de uno de esos paraísos era definitivo como argumento de conquista. El caso es que no fue mal. Pasearon imaginando crear allí el cielo de los músicos, dice Branson. Era jueves. 1978. Virgin Records hacía unos años que había dejado de ser solo una tienda de discos y había lanzado Tubular Bells, su estreno como discográfica (1973). Llevaba cuatro álbumes de Genesis e incluso había salido victoriosa de su affair con la justicia por poner los Bollocks en la portada de los Sex Pistols. Aquella portada. Pero Branson aún no era millonario.

Cuando el mediador le dijo que el vendedor pedía seis millones de dólares por la isla, Branson contraofertó con lo que podía, dice: cien mil dólares. Allí les despidió el bróker. Branson y la mujer de la que se había enamorado, que se casaron once años después acompañados de sus dos hijos, tuvieron que encontrar el modo de volver de la isla por sus propios medios. Un año después otro bróker visitaría a Branson en Londres. Aún no había nadie que hubiera hecho una oferta por Necker Island. Nadie salvo Branson. Con la cartera algo más llena para entonces, el empresario británico aceptó pagar ciento ochenta mil dólares por Necker y el compromiso de construir un complejo en ella en un plazo máximo de cuatro años. Quería esa isla. Lo sabía porque la había visto.

Segunda. Una vez sea suya, tiene que poder llegar. Sea volcánica o un trozo de tierra aislado por la subida del mar, lo que caracteriza a una isla es básicamente una cosa: está rodeada de agua por todas partes. Para llegar y para huir de ella tendrá que hacerlo por mar o por aire en la inmensa mayoría de los casos. Si quiere causar buena impresión al otro lado del teléfono, cuando llame para interesarse por una isla privada en venta pregunte qué embarcaciones pueden fondear en ella. No es un chiste. Los intermediarios del mercado de las islas privadas reconocen que empiezan a tomarse en serio a un posible comprador cuando les preguntan este tipo de cosas. Pero, además, tenga en cuenta que si adquiere una isla lo más lógico es que quiera ir y puede que hasta volver. Y no todas están a la distancia adecuada para viajar hasta ellas y regresar en lo que dura un puente.

Las islas del estado de Florida, por ejemplo, con sus aguas azules y turquesas, sus delfines y su cercanía a lugares como Tarpon Springs, la «ciudad de las esponjas», pueden estar en la lista de opciones atendiendo a los estándares de isla paradisíaca. Lo primero que debe tener en cuenta es que esta zona barata no es. Actualmente hay solares en venta por precios en torno al medio millón de dólares. En la isla de Sunset Key, por ejemplo, se vende un solar de 20 234 metros cuadrados por 595 000 dólares. No tiene infraestructura alguna pero al menos tiene ya el permiso estatal para construir y el de la Armada de los Estados Unidos para hacer un pequeño embarcadero. Vaya sumando costes. Si todas estas inconveniencias no le hacen rendirse de su intención de hacerse con uno de estos trozos de tierra, vamos a la segunda recomendación: calcule lo que tardará en llegar. De Madrid a Orlando, que está a dos horas de Tarpon Springs, hay vuelos directos que llegan en unas trece horas, porque si es con enlace ya serán en torno a veinte horas al menos. Y hay que volver. Si opta por Bali, haga un ejercicio similar desde Singapur, y así con cada isla a la que le eche el ojo.

Lo más asumible en lo que a tiempo se refiere es sin duda el Mediterráneo, pero para esta opción debe tener en el bolsillo uno o varios millones de euros. Incluso si se opta por comprarse un terreno en una isla compartida con otros, no es fácil encontrar algo por debajo del millón. Una parcela de quince mil metros cuadrados en la isla Trstenik, en el archipiélago croata de Dalmacia, ya cuesta 1,2 millones y no está para entrar a vivir. Habría que adaptar el edificio centenario, actualmente en ruinas, o construir una casa desde cero, recomienda el intermediario que la comercializa.

Desde luego, si al pensar en su propia isla se ve a sí mismo en uno de los seis mil pequeños paraísos griegos, prepare la chequera. Cuando la Comisión Europea, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Central Europeo decidieron hacer pagar a los griegos por los rotos que habían permitido durante años a sus gobernantes, aquellos tiempos en que los políticos alemanes salieron a pedir a la nación helena que vendiera sus islas y sus obras de arte si hacía falta pero que pagara sus deudas, se pusieron en venta un buen número de propiedades. El impuesto al patrimonio establecido por el Gobierno griego, recuerda Knight Frank, aumentó la tendencia. Pero los precios de las islas griegas no están al alcance de la inmensa mayoría de los bolsillos.

Isla Media Luna, Shetlands del Sur, 2012. Fotografía: Jørn Henriksen (CC).

Aristóteles Onassis sabía lo que hacía cuando compró Skorpios por tres millones de los antiguos dracmas en 1962 (14 500 dólares de aquella época), la isla donde se casó seis años después con Jackie Kennedy. Onassis transformó por completo aquella roca estéril aunque rodeada de aguas transparentes plantando miles de árboles y trasladando toneladas de arena para formar playas. Su nieta y única heredera, Athina Onassis Roussel, trató de vender la isla donde están enterrados su abuelo, su madre (que murió cuando Athina tenía tres años) y su tío Alexander a la multimillonaria rusa Ekaterina Rybolovlev en 2013. Pero Onassis había dejado en su testamento establecida la obligación de preservar la isla en manos de la familia mientras pudiesen mantenerla y, en todo caso, devolverla al Estado griego cuando esto ya no fuese posible. Por este motivo abogados de Atenas y Ginebra acabaron por dar forma a un contrato de arrendamiento por noventa y nueve años capaz de sostener ante la justicia que los deseos del abuelo se habían mantenido.

Athina Onassis no fue la única que puso en venta la isla familiar en 2013 ni Rybolovlev la única que se interesó por Skorpios. En ese año se hicieron otras transacciones sonadas, como la compra de seis islas griegas en el mar Jónico por el exemir de Catar, Hamad bin Jaliga Al Thani, por 8,5 millones de euros. El emir había intentado antes llegar a un acuerdo con Athina, pero no se entendieron en el precio. Por otro lado, el catarí se topó con otra de las cuestiones a tener en cuenta en este tipo de transacciones: las leyes locales y la burocracia. Según declararía a The Guardian el alcalde de Ítaca, Ioannis Kassianos, «Grecia es ese lugar en el que, aunque te estés comprando una isla, incluso aunque seas el emir de Catar, te costará año y medio superar todo el papeleo». Entre las normas griegas con las que chocó el emir se incluía la que dice que, sea cual sea el tamaño del terreno, la edificación de una casa privada no puede tener más de doscientos cincuenta metros cuadrados. «Ese era el tamaño que el emir quería dar a cada cuarto de baño y mil metros cuadrados más a la cocina, porque de otro modo no podría alimentar a todos sus invitados», añadió Kassianos. Por su parte, uno de los vendedores, Denis Grivas, comentó: «Estas islas han pertenecido a mi familia durante ciento cincuenta años, pero no somos lo bastante ricos para conservar propiedades de tanto valor. (…) Estamos muy, muy felices de deshacernos de ellas», aludiendo a los nuevos impuestos implantados por el Gobierno.

Tercera. Teniendo en cuenta la cuestión de la distancia y si es de los que ha desechado ya la opción del Mediterráneo, por el precio o por no acabar viendo pasar por sus orillas el resultado del incumplimiento de Europa de sus propias normas en materia de refugiados, la tercera recomendación es tener en cuenta el clima y en qué medida se ajusta a lo que se espera de la isla. No todas son aptas para mojitos y hamacas. Si lo que se busca es un lugar rodeado de un increíble paisaje, es posible conseguir una isla en medio del lago Derg, en Irlanda. La isla Bushy no es para tomar el sol durante gran parte del año, no es mar abierto y el equipaje deberá incluir una buena rebequilla aunque se vaya en agosto, pero a cambio tiene el encanto de estar rodeada a un mismo tiempo de agua y de montañas, y se vende por 223 115 dólares. Algo más al sur, sin edificio ni infraestructura alguna pero con algún rayo de sol más, está la isla de Mannions, por 167 336 dólares. Y, puestos a renunciar al clima caribeño, se puede dar el salto a las islas irlandesas del Atlántico. Inishbigger se vende por 83 668 dólares. Nadie le pedirá un recuerdo cuando vuelva porque allí no hay nada más que tierra y océano, pero tiene la ventaja de que, en caso de emergencia, está a solo doscientos metros de tierra algo más firme.

Cuarto. La mayoría de las islas a precio asequible no tienen de nada. Incluso muchas de las que tienen un precio asumible por pocos no están desarrolladas y es una inversión que, como ya se ha comentado, hay que considerar. Los intermediarios tranquilizan recordando que las energías limpias, los paneles solares o los aerogeneradores han puesto las cosas más fáciles, pero es una inversión añadida a tener muy en cuenta. Para cuando se tenga todo listo puede que la isla ya no se ajuste a los planes personales. James Biden Jr, hermano del exvicepresidente de Estados Unidos Joe Biden, y su esposa Sara compraron la isla Keewaydin, en el Golfo de México junto a la costa suroeste de Florida, en el año 2013, por 2,5 millones de dólares. Como, según Naples Day, no estaba en muy buen estado, tuvieron que poner otro millón para arreglarla. En 2016 la pusieron en venta.

Hasta el ilusionista David Copperfield se siente superado por la realidad en su isla privada. El propietario de Cayo Musha, entre otras islas en las Bahamas, anfitrión de bodas como la del cofundador de Google Serguéi Brin o la de Penélope Cruz y Javier Bardem, se viene abajo cuando se le rompe una tubería, porque repararla no es sencillo como cuando vives en Nueva York. Y con los precios que cobran, hay que lograr que el agua siga corriendo. Según declaraciones de Copperfield a Hollywood Reporter, «hay que tener cuidado con lo que se desea», porque tener una isla puede ser «como cuando ves bailar a Fred Astaire y dices yo quiero bailar como Fred Astaire. Desde fuera parece que no hay esfuerzo, pero por dentro los dedos pueden estar sangrando y llevar una tobillera para aguantar un esguince».

Los ricos no andan como locos buscando una isla que sumar a su patrimonio, aunque sus operaciones sean las más sonadas dado ese gusto humano por zambullirse en los cuentos de otros. Marlon Brando compró su isla en los sesenta, Tetiaroa, en la Polinesia Francesa, tras enamorarse de ella durante el rodaje de Mutiny on the Bounty. Johnny Depp compró Little Halls Pond mientras grababa Piratas del Caribe en 2004 (3,6 millones de dólares). Leonardo DiCaprio se compraba un año después su isla Blackadore en Belice por 1,75 millones de dólares. Y Mel Gibson pagó ese mismo año 9 millones de dólares por la isla Mago, en Fiji. Pero según Knight Frank, con la llegada de la recesión, los ricos empezaron a sentir que la incertidumbre se cernía sobre el valor de sus paraísos y los más jóvenes, los salidos de garajes de Silicon Valley, optaron por pasarse al alquiler.

La moda ha cambiado entre los multimillonarios con respecto a lo que buscaban hace una o dos décadas. Aunque en el último lustro se hayan visto operaciones de vértigo, como la compra por Larry Ellison de la práctica totalidad de la isla hawaiana de Lanai (comprada para edificar un resort de lujo de Four Seasons) o los 16 millones de dólares invertidos por Shakira, Alejandro Sanz y Roger Waters (Pink Floyd) en el cayo Bonds (también como inversión), ahora es más habitual ver compras de parcelas en lugar de adquisiciones de islas completas. El ejemplo es Mark Zuckerberg con la compra de setecientos acres en Kauai en 2014 por más de cien millones de dólares, aunque el fundador de Facebook se encontró con uno de los problemas de no ser el dueño de toda la isla. Según Forbes y Huffington Post, hay una docena de pequeñas parcelas heredadas por lugareños que no dudaron en organizar manifestaciones en contra de lo que consideran un vecino problemático que ha venido a perturbar la paz de la isla hawaiana pretendiendo impedirles el paso hasta sus tierras.

Descartando que usted vaya a hacer una inversión del estilo de las mencionadas, sus competidores en el camino a hacerse con su propia isla privada pueden no ser quienes usted podría imaginar. Desde 2005, los Gobiernos, las ONG y los conservacionistas se lanzaron a comprar islas con la intención de protegerlas, una tendencia que se ha disparado en la última década, según Vladi Private Islands. Entre 2010 y 2014, este tipo de compradores adquirieron cerca de cincuenta islas (en su mayoría compradas por los Gobiernos y organizaciones de Estados Unidos y Canadá, seguidos de Europa), cuando una década antes, en el periodo 2000 a 2004, no llegaron a las quince transacciones.

Otros detalles a tener en cuenta: no se vaya tan lejos como para no poder pedir ayuda ni tan cerca de países desde los que pueda verse invadido por un ejército. Procure tener el dinero en efectivo, porque los bancos no tienen por costumbre hipotecar islas, entre otras cosas, porque se ven incapaces de tasar su valor. Plantéese la posibilidad de hacer negocio con su isla, alquilándola toda o por partes, porque eso es lo que hacen la mayoría de los famosos mencionados. Compruebe si la isla tiene espacios protegidos y consulte cómo puede afectarle el cambio climático y la subida del nivel del mar. Y si es usted español y le dicen que hay cosas que nunca bajan de precio, ya sabe, ni caso.