El ciclismo, una religión

Fausto Coppi durante el Tour de Francia de 1949. Foto: Cordon.

La foto es del 4 de julio de 1952. Andrea Carrea, superviviente del campo de concentración nazi de Buchenwald, viste el maillot amarillo del Tour de Francia por primera y última vez en su vida. Agacha la cabeza, avergonzado, mientras el campionissimo Fausto Coppi le acaricia el mentón y sonríe tratando de consolarlo.

Carrea, uno de los gregarios más fuertes y más fieles de Coppi, se había sumado la víspera al ataque de siete ciclistas secundarios. Una tarea de equipo habitual: colarse en las fugas, adelantar un peón en el tablero. Pero el pelotón se lo tomó con calma y los escapados llegaron con muchos minutos de ventaja a la meta de Lausana. Ganó el suizo Diggelmann. Carrea se marchó al hotel y cuando estaba a punto de ducharse apareció la policía para darle un disgusto: le comunicaron que era el nuevo líder del Tour y que debía subir al podio. Carrea llegó al podio acompañado por policías y temblando.

«Cuando le pusieron el maillot amarillo, lloró», escribió el periodista Jean-Paul Ollivier. «Pensó que el cielo había caído sobre su cabeza. Cuando apareció Coppi, Carrea se dirigió hacia él sollozando como un niño y se deshizo en disculpas. “No quería el maillot, Fausto, perdóname, qué hace un pobre hombre como yo con el maillot amarillo…”». Coppi lo abrazó y lo felicitó.

En la salida del día siguiente, Carrea se presentó de amarillo y no sabía dónde esconderse. Cuando se acercaron los fotógrafos, se arrodilló delante de Coppi y se puso a lustrarle las zapatillas. Por suerte para él, ese día subieron al Alpe d’Huez por primera vez en la historia, Coppi ganó la etapa y se vistió el maillot amarillo ya hasta París. Carrea terminó noveno: era un ciclista notable.

Pero los gregarios de Coppi no formaban solo un equipo de ciclistas, no eran una familia, «constituían una especie de secta en la que todos se entregaban al líder, trescientos sesenta y cinco días al año, y permanecieron unidos con el paso de las temporadas», escribe el historiador John Foot en su libro Pedalare. Valerio Bonini, otro de los gregarios de Coppi, habló así: «Estar junto a él era como estar junto a Jesucristo. No quiero blasfemar pero Fausto era un poco como él: un ser fuera de la norma, un santo en carne y hueso». El sociólogo Roger Bastide escribió que la figura de Coppi parecía sacada «de la vidriera de una iglesia, con su cuerpo tan largo y delgado, con las líneas del rostro marcadas por el sufrimiento como las de un monje en éxtasis. Cuando se le ve sufrir, viene a la mente el camino al Calvario». El periodista Gianpaolo Ormezzano habló de Coppi como «el campeón con una cruz a la espalda».

Si los gregarios eran sus apóstoles, Coppi también tenía evangelistas que propagaban la buena nueva en los periódicos. Como su aparición en el túnel del Turchino en 1946. Veamos: en 1940, con la guerra mundial recién estallada, Coppi era un chico desconocido de veinte años que ganó el Giro por delante de su jefe Bartali. Dos días después lo llamaron al cuartel. En 1942, siendo soldado, batió el récord de la hora en el velódromo Vigorelli de Milán en una pausa entre bombardeos, en 1943 lo enviaron a los campos de batalla del norte de África, cayó preso de los ingleses, pasó dos años en el campamento de prisioneros, fue liberado en el sur de Italia, un diario de Nápoles pidió «una bicicleta para Coppi» y el ciclista cruzó pedaleando el país destrozado para volver a su casa en el norte. El 19 de marzo de 1946 se presentó en la salida de la primera gran competición tras la guerra: la Milán-San Remo. En las afueras de Milán, cuando faltaban doscientos cincuenta kilómetros, Coppi se escapó.

El cronista Pierre Chany esperaba el paso de los corredores en el túnel del alto del Turchino, a ciento cincuenta kilómetros de meta. «El túnel era de modestas dimensiones, apenas cincuenta metros de longitud, pero el 19 de marzo de 1946 alcanzó proporciones excepcionales a los ojos del mundo. En ese momento el túnel se extendía seis años y venía desde las oscuridades de la guerra. De pronto llegó un estruendo creciente desde la profundidad y apareció a la luz un auto verde oliva, que levantó una nube de polvo. Arriva Coppi!, anunció el mensajero, una revelación que solo los iniciados habían previsto».

Coppi salió de ese túnel de seis años y llegó a San Remo con catorce minutos de ventaja sobre Teisseire, segundo, y veinticuatro sobre Bartali. La radio italiana hizo un anuncio que pasó a la historia: «Después de Coppi, les dejamos con unos minutos de música hasta la llegada del siguiente corredor».

Arriva Coppi, «llega Coppi», se convirtió en la jaculatoria que repetían los devotos en las montañas de Italia, los adoradores de aquel campionissimo que ganó dos Tours, cinco Giros, docenas de clásicas y vueltas, que corría con un lema inscrito en los muslos: «La gesta más loca es la gesta más bella». Solo en sus participaciones en el Giro pasó más de tres mil kilómetros fugado en solitario. Se lanzaba a escapadas absurdas cuando ya tenía las vueltas ganadas, para martirizar a sus rivales y para martirizarse. Coppi ofrecía todo su dolor para culminar una obra bella.

«¿Y usted también toma la bomba?», le preguntaron en la televisión italiana, a propósito del consumo de anfetaminas en una época sin normas contra el dopaje. «Sí, cada vez que es necesario». «¿Y cuándo es necesario?». «Casi siempre». El consumo estaba permitido y generalizado. Así que la palabra «anfetamina», un chirrido de uñas sobre la pizarra, desaparece fácil de la retórica sagrada del ciclismo italiano.

La fascinación perdura. En 2009 colocaron una placa en el pueblo de Argentera para marcar el punto en el que Coppi se fugó sesenta años antes, en la etapa Cuneo-Pinerolo del Giro de 1949. Fue su obra maestra, labrada durante siete horas de cabalgada solitaria a través de cinco puertos alpinos. Aquel día el locutor Mauro Ferretti comenzó la retransmisión en la radio con una frase que los italianos cincelaron en mármol: «Un uomo solo è al comando; la sua maglia è bianco-celeste; il suo nome è Fausto Coppi». Atacó en Argentera, a ciento noventa y dos kilómetros de meta, y nadie pudo seguirle. Cuentan que ese día, el 10 de junio de 1949, se suspendió la ley de la gravedad. Las crónicas hablan de aficionados que se santiguaban a su paso por el Izoard, que se arrodillaban y besaban el asfalto. En meta sacó doce minutos a Bartali, segundo clasificado, y una o dos horas a casi todos los supervivientes de la jornada, pero el 10 de junio de 1949 Coppi no luchaba contra otros ciclistas: fue el día en el que derrotó a las montañas, el día en que los espectadores del Izoard juraron que flotaba.

Coppi, sobre la bicicleta, flotaba. Coppi, sin bicicleta, era un hombre contrahecho. Rostro afilado, nariz larga, un cuerpo magro que se abombaba con un tórax cóncavo como el de un gorrión, una piernas larguísimas, frágiles y venosas. Escalaba los puertos con elegancia, bien sentado en el sillín, con los codos flexionados en ángulo recto y las manos firmes en el manillar, exprimiendo la contundencia de los muslos para hacer girar como émbolos sus zancas de cigüeña. Subía montañas con su pedaleo de talón recto, como un estilista de velódromo. En el gesto voraz de su boca abierta se adivinaba el sufrimiento, la asfixia, el corazón a punto de partirse, pero Coppi resistía los dolores y volaba cuesta arriba con un empeño de dignidad. De divinidad, según los devotos.

Al bajarse de la bici, el ser sobrenatural se convertía en una criatura desgarbada. Coppi nunca se retiró del ciclismo, se arrastró de mala manera varios años y circuló el cuento de que seguía compitiendo porque solo podía vivir sobre la bicicleta. Decían que al dejarla moriría. A finales de 1959 anunció que la siguiente temporada sería la última, ya con cuarenta años. Luego viajó a África a participar en carreras de exhibición y a cazar, enfermó de malaria y murió el 2 de enero de 1960.

Cincuenta mil personas acudieron al entierro en Castellania, el pueblo del campionissimo, ocuparon las calles y los campos embarrados, y abrieron un pasillo como antes hacían en las montañas del Giro y del Tour; también se santiguaban, también se arrodillaban, esta vez para que pasara el ataúd, y decían en voz baja: arriva Coppi.

Peregrinaciones al Ghisallo

La bicicleta y el maillot amarillo con los que Coppi ganó su primer Tour, el de 1949, se exponen en el santuario de la Madonna del Ghisallo. Desde Bellagio, en la orilla del lago de Como, todos los días suben docenas de ciclistas para venerar esa reliquia y algunas otras.

Los cicloturistas, especialmente los que vienen el primer domingo de octubre, tienen una ventaja sobre los aficionados a otros deportes: subir el Ghisallo poco antes de que pase el Giro de Lombardía equivale a que te dejen pelotear en la pista central de Roland Garros antes de que jueguen Federer y Nadal o a que te dejen echar un partidillo con los amigos en el césped de Anfield antes de una final europea. Los cicloturistas suben empapados en el mito. Pedalean en la curva exacta en la que demarró Coppi, coronan el collado con el mismo golpe de riñón que Bartali y así alcanzan el santuario ciclista del Ghisallo. Es una ermita del siglo XVII, apenas una pequeña nave con campanario y un pórtico de tres arcos, asomada al lago de Como y con vistas a los Alpes centrales. En la explanada del santuario levantaron un monumento al ciclismo —con un ciclista vencedor y otro caído— y bustos de Bartali, Coppi y Binda.  

Gino Bartali durante el Tour de Francia de 1950. Foto: Cordon.

Los cicloturistas aparcan la bici, se quitan el casco y entran al santuario caminando con la torpeza de sus zapatillas con calas. Sobre el altar está la Virgen, una talla del siglo XVI, y en las paredes laterales cuelgan las bicis que usaron Coppi y Bartali en 1949, la de Merckx cuando ganó su séptima Milán-San Remo en 1976, la bici pesadísima de los soldados italianos de la Primera Guerra Mundial, la bici galáctica de ruedas lenticulares con la que Moser batió el récord de la hora en 1984… Hay maillots de Hinault, Induráin, Bugno, Pantani… También hay hileras de medallones con fotografías de ciclistas difuntos, un pelotón fúnebre y sin jerarquías en el que un niño apellidado Buzzanca, pobre, sonríe orgulloso con su maillot justo entre el viejo Bartali con chaqueta y corbata y el joven Coppi con la maglia albiceleste del equipo Bianchi; en otra hilera, Rolando Milanesi, que murió a los veinticuatro años, gana un sprint en blanco y negro, Marisa Bertacchini corre un campeonato del mundo, un anciano llamado Angelo L. pedalea con su bicicleta del siglo XXI y saluda alzando la mano a un oscuro campeón regional de la posguerra que le mira con desconcierto.

Ante la acumulación de reliquias, en el año 2000 construyeron junto al santuario un museo de ciclismo amplio y moderno, con una extraordinaria colección de bicicletas, maglias y otros fetiches, y un relato histórico con joyas documentales.

La veneración ciclista por el Ghisallo tiene su origen en 1919, cuando el Giro de Lombardía introdujo esta subida para endurecer el recorrido. Son nueve kilómetros con tramos duros y un descanso largo a mitad de ascensión, nada extraordinario hoy en día, pero entonces era un camino de tierra, empinadísimo para subirlo con aquellas bicicletas tan pesadas. La primera gloria fue para el terrible Girardengo, ídolo temprano de la Italia ciclista. «Desde que atacó a sus rivales, no dio la impresión de sentir cansancio», contó la crónica de La Gazzeta dello Sport. «En la subida fue enérgico, a veces violento, pero siempre constante, poderoso, desatado». La carrera se disputaba en noviembre y Girardengo llevaba guantes gruesos, rodilleras de lana y guardabarros. Después de bajar el Ghisallo, paró en un pueblo para lavarse y entrar en calor a base de café y huevos. En la meta de Milán, Girardengo sacó ocho minutos a Belloni y veintitrés a Suter; el octavo y último clasificado, De Michiel, llegó a tres horas y treinta y tres minutos.

El Ghisallo fue escenario de batallas memorables, en el Giro de Lombardía y pronto en el Giro de Italia. Los ciclistas de la comarca peregrinaban a esta montaña, pedaleaban su camino del calvario, le rezaban a la Virgen y le dejaban ofrendas. El 17 de agosto de 1947, en un domingo de romería, subieron tantos ciclistas, ofrecieron tantas maglias, tantas gorras, tantas flores y tantos trofeos a la Virgen, que al rector se le ocurrió una idea: pedirle al papa Pío XII que nombrara patrona de los ciclistas a la Madonna del Ghisallo. Un año más tarde, el papa encendió una antorcha de bronce y se la entregó a Gino Bartali. La transportaron en coche a Milán y desde allí varios ciclistas la llevaron a relevos hasta el santuario, incluidos Belloni, Girardengo, Binda, Bartali y Coppi. La Iglesia veía en los campeones ciclistas «el contacto entre el triunfo profano y la afirmación de lo sagrado. Las escaladas en bicicleta conducen a muy altos sentimientos».

Bartali y la Virgen salvan a Italia

El 7 de julio de 1948, Gino Bartali ganó la etapa del Tour de Francia que terminaba en Lourdes. Luego pidió que le dejaran solo y se acercó a la gruta de Bernadette, la pastora a la que se la apareció la Virgen, dejó como ofrenda el ramo de flores que le acababan de entregar y se quedó un rato rezando. Unos días después, la prensa católica recordó este gesto, esta alianza entre el campeón y la divinidad, para explicar el milagro que salvó a Italia de una guerra civil.

Bartali flojeó en varias etapas y llegó al pie de los Alpes en séptima posición, a veintiún minutos del líder Bobet, casi sin opciones. El 14 de julio, víspera de la primera etapa alpina, un anticomunista se presentó en la salida del Parlamento en Roma y le pegó cuatro tiros a Togliatti, secretario general del Partido Comunista Italiano. Togliatti sobrevivió, pero mientras lo operaban a vida o muerte, estallaron manifestaciones masivas por todo el país, hubo ocupaciones de fábricas, secuestros de directivos, bloqueos de trenes y carreteras, llamamientos a la revolución, prohibiciones de celebrar manifestaciones, enfrentamientos que dejaron dieciséis muertos y seiscientos heridos. Esa noche Bartali recibió una llamada en el hotel: era el democristiano De Gasperi, presidente del Consejo de Ministros, quien le preguntó si podría ganar la etapa siguiente para llevar alguna buena noticia a Italia y calmar los ánimos.

Bartali ganó tres etapas consecutivas en los Alpes. Atravesó tormentas de nieve, maratones de cinco puertos, trituró a sus rivales en jornadas de diez horas cada una, emergió con el maillot amarillo y llegó a París con una ventaja sobre el segundo clasificado que nunca se ha vuelto a superar: veintiséis minutos a Schotte.

Cuenta la leyenda que las noticias extraordinarias del Tour transformaron los enfrentamientos italianos en celebraciones, que la hazaña milagrosa de Bartali evitó la guerra civil. No hay fundamento para creer tanto. Pero la idea se convirtió en un lugar común. Carlo Trabucco, director del diario democristiano Popolo, recordó la visita de Bartali a la gruta de Lourdes y escribió que «su carrera en el Tour fue una carrera protegida por la Virgen». En Lourdes quedó bendecido, destinado a vencer, y pedaleó en los Alpes «transportado por los ángeles». Esta narración la elaboró la prensa católica, pero el «mito Bartali» cuajó como un mito nacional. Las naciones no pueden existir sin imaginarse. Y, parafraseando a Foot en Pedalare!, el mito Bartali es parte de un mapa conceptual del mundo, subraya la presencia de los otros —los franceses, sus ciclistas, su público, su carrera— y de uno de los nuestros que los derrota. Bartali se convirtió en una especie de pararrayos de las tensiones políticas. Su triunfo ofreció una alegría común a todos los italianos, por encima de las ideologías, y así, con esa historia que se repite mil veces, aunque no tenga fundamento histórico, se construye un sentido de identidad nacional.

En la estación de Milán, antes de subir al tren que le llevaba a ese Tour, Bartali hizo unas declaraciones: «Sé que Dios me va ayudar. Por eso acepto el sufrimiento». Curzio Malaparte escribió: «Bartali pertenece a esa clase de hombres que acepta el dogma. Es un hombre metafísico protegido por los santos».

Y unos meses antes, en septiembre de 1947, el papa Pío XII salió al balcón de San Pedro para alertar a los miembros de Acción Católica de los peligros de la expansión comunista: «La dura prueba de la que habla san Pablo ya está en marcha. Es la hora del esfuerzo intenso. Mirad a vuestro Gino Bartali, que ha ganado tantas veces la ansiada maglia. Corred como él en este campeonato ideal».

Ciclistas rojos, ciclistas criminales, ciclistas histéricas

Las ideas eclesiásticas sobre la bicicleta tuvieron una evolución peculiar. En los primeros tiempos los obispos italianos la vieron con recelo, durante un tiempo incluso prohibieron a los sacerdotes que las utilizaran. Porque era el vehículo emblemático de los socialistas, comunistas y sindicalistas, que pedaleaban en grupos para recorrer las zonas industriales proclamando huelgas. El 24 de agosto de 1913 se celebró en Imola el primer Congreso Nacional de Ciclistas Rojos. Aprobaron unos estatutos que decían lo siguiente: «En los periodos especiales (elecciones, agitaciones, huelgas), los ciclistas rojos asegurarán los medios rápidos para la comunicación y la correspondencia (…). Las bicicletas rojas serán la vanguardia de nuestra propaganda y nuestro movimiento, el medio por el que nuestros afiliados de todas las comarcas permanecerán en contacto, en tiempo de paz y de guerra». Consideraban la bicicleta como «el vehículo del pueblo» para la lucha de clases y denostaban el ciclismo de competición: «El deporte es un problema gravísimo, que desvía la atención de los obreros y especialmente de los jóvenes. Los distrae del estudio de los problemas sociales y los aleja de las asociaciones políticas». Y condenaban a «esos jóvenes más deseosos de leer La Gazetta dello Sport que el Avanti! [el diario socialista], esos jóvenes preocupados solo por hacer el amor y correr en bicicleta».

La bicicleta también inquietaba al criminólogo Cesare Lombroso, aquel que dictaminaba si alguien era un delincuente por la forma de su cráneo, sus mandíbulas o sus orejas. En 1900 escribió que la bici «es el vehículo más rápido en el camino a la delincuencia, porque la pasión por el pedal arrastra al robo, la estafa y el atraco (…). Es un instrumento frecuentísimo para el robo, también para la gente relativamente adinerada, que se siente atraída por la facilidad de la ocasión».

En ese cambio de siglo, «la velocidad se había convertido en una experiencia psíquica», explica Philipp Blom en su libro Años de vértigo. Cultura y cambio en Occidente, 1900-1914. «Cuatro veces más rápida que un peatón, la bicicleta sacaba al ciclista fuera de los límites de su propia vida y lo llevaba al campo, lejos de los salones y hacia una vida libre del peso de las convenciones sociales. Los moralistas reaccionaron escandalizados por los efectos que esos vehículos anárquicos tendrían en la moral pública, sobre todo en las mujeres, que ya pedaleaban alegremente tras tirar a la basura el corsé y decantarse por una ropa más práctica, pantalones incluidos. Los científicos advertían muy seriamente de que la velocidad y también la posición —a horcajadas en el sillín, con descaro— estimularían a las mujeres más de lo que eran capaces de resistir y las reduciría a la infertilidad, a la histeria, hasta dejarlas hechas unas criaturas licenciosas sin compostura ni moderación».

La ciclista Alfonsina Strada compitió con los hombres en dos Giros de Lombardía (terminó ambos, cosa que no hicieron la mitad de los participantes) y en el Giro de Italia de 1924. Los periódicos le dedicaron artículos y viñetas entre la admiración y la burla, el escándalo y la condescendencia, y muchos espectadores se arremolinaban para ver —y a veces insultar— a una mujer que pedaleaba con las piernas al descubierto. En el Giro de Italia, Strada llegó fuera del tiempo máximo en una de las últimas etapas, fue descalificada, pero los organizadores le permitieron continuar hasta el final, ya sin registrar sus tiempos. El campeón Alfredo Binda tronó en un congreso internacional de ciclismo contra quienes permitían carreras femeninas y remató con un «los hombres en bicicleta, las mujeres en la cocina». A Strada no le permitieron participar en los siguientes Giros. Siguió compitiendo y venció en treinta y seis carreras, a menudo contra hombres.

«El ciclismo femenino nació con el impulso del sufragismo y el límite feroz del voyeurismo machista», escribió Ormezzano. «La imagen de una mujer que escala una montaña en bicicleta es la imagen de una mujer nueva, que rompe con los límites de la vida que le han diseñado los hombres».

En la explanada del Ghisallo se levanta un busto de Binda, como un guardián del templo con cara de anciano bondadoso. No sabe que Alfonsina Strada se le coló, que su bicicleta cuelga en el interior del santuario y que es una de las más comentadas y fotografiadas por los visitantes.


Aquel Tour que le robaron a «la Pulga de Torrelavega»

Vicente Trueba en el Tour de Francia. Fotografía: Corbis.

Los ciclistas terminaron de cenar y se fueron levantando de las mesas. Quedó uno solo: Vicente Trueba, que rebañaba los restos del plato. Cuando pasó la camarera, le pidió el postre: jamón, huevos fritos y otro filete. Y más pan, por favor.

José Bobillo, un federativo cántabro, asistió a la escena y pensó que Trueba se iba a gastar todo su dinero antes de terminar el Tour de Francia si seguía comiendo tanto. El ciclista de Torrelavega se había ganado ya un cierto prestigio en el Tour de 1930, y consiguió que en 1932 la organización le pagara al menos una dieta para sus gastos de alojamiento, comida y reparaciones: cincuenta francos diarios. Trueba le mostró al periodista Ramón Torres una factura de ochenta francos por la reparación de una rueda torcida, y le explicó que se apañaba con otros dos ciclistas modestos franceses para contratar a un masajista entre los tres.

Trueba corría sin equipo. Y escalaba para comer: gracias a los dos mil francos de premio por coronar primero el col d’Aubisque, podía repetir huevos fritos, jamón y filete. Y más pan, más pan.

Lo del Aubisque y el Tourmalet fue tremendo. En la primera etapa pirenaica de 1932, bajo una tormenta, los favoritos Archambaud, Leducq, Pesenti, Camusso y Faure se lanzaron al ataque. «Entre la lluvia, el barro y la niebla, con los aficionados en el borde de los precipicios, da la impresión de que por estas tremendas cuestas, estrechas y descarnadas, suben los titanes en terrible lucha para alcanzar, triunfantes, el Olimpo de los Dioses», escribió con emoción, con hipo, un periodista de Le Petit Journal. Los titanes se retorcían en aquella pista embarrada y de pronto un ciclista minúsculo empezó a adelantarlos a todos, uno a uno. Era Trueba, el hombre que medía un metro y medio y comía por tres, el que necesitaba el premio de la cumbre para repetir filete. Coronó el Aubisque con dos minutos de ventaja y se llevó los dos mil francos.

Siguió en cabeza durante muchos kilómetros y empezó a subir el Tourmalet con ventaja, pero lo atropelló un coche que seguía la carrera. Luego llegó por detrás el francés Faure —empujado por los espectadores, rabiaba Trueba— y le ganó en la cima. Aun así, pasó segundo y se llevó otros mil quinientos francos.

Trueba se cayó en la bajada, luego pinchó dos veces y fue superado por el grupo de los favoritos. Tuvo que pedalear cien kilómetros en solitario hasta Luchon y perdió dieciséis minutos.

Al día siguiente, en la meta de Perpiñán, una niña le entregó un ramo de flores y un sobre con doscientos cincuenta francos. Cuenta Ángel Neila, biógrafo de Trueba, que el dinero era una colecta de los emigrantes españoles que vivían en la ciudad. Le invitaron a cenar en el Centro Social Español, brindaron con champán, le pagaron un buen hotel y lo despidieron con mil abrazos. «Me dieron una paliza mayor que las que me di en el Aubisque y el Tourmalet juntos», dijo Trueba. Caminando hacia el hotel, un hombre lo paró en la calle para darle un billete de cien francos. Era otro emigrante español. Trueba no quiso aceptarle el dinero. Pero el hombre insistió: «Y perdóneme por darle solo esta cantidad, llevo un tiempo sin trabajo y no puedo darle más».

Trueba terminó el Tour de 1932 en el puesto 27.º, a dos horas del vencedor, después de que los organizadores lo penalizaran varias veces con minutos de retraso por recibir comida y bebida de los espectadores.

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Ochenta años después, Josefina Bedia recordaba el secreto de la dieta de Trueba.

La leche de sus vacas. Las ordeñaba él mismo, eso era lo mejor que había. Entonces no conocíamos el dopaje ni nada, no habíamos visto nunca una aspirina.

Josefina Bedia murió el 31 de octubre de 2015, a los cien años. Con ella murió, quizá, la última voz que se empeñaba en recordar una injusticia antigua: el Tour que le robaron a Vicente Trueba, su marido, en 1933.

Bedia no insistía mucho en el asunto pero tampoco dejaba que se olvidara. Con noventa y siete años, asistió a la presentación de un libro sobre el Tour en la librería Gil de Santander, vestida con falda y chaqueta azul celeste, con abanico y bastón, el pelo blanco recién ondulado en la peluquería, y se sentó en la primera fila. No dijo nada cuando se habló de Trueba, de su marido, como primer rey de la montaña de la historia del Tour. Pero al final de la presentación se levantó, se agarró del brazo de la mujer que la acompañaba, y se acercó al autor y al editor del libro.

Saben que también tenía que haber ganado aquel Tour, ¿no?

Con noventa años viajó a Pau, a recoger la medalla que el Tour concedió a Trueba a título póstumo. Ese año también asistió a la salida de una etapa de la Vuelta a España. Y en todas las ocasiones aprovechaba algún momento para recordarlo.

Saben que también tenía que haber ganado aquel Tour, ¿no?

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El biógrafo Neila cuenta (Vicente Trueba, la Pulga de Torrelavega, ediciones Tantín) que Trueba corrió por primera vez a los dieciocho años, en una carrera de Torrelavega para chavales que nunca hubieran competido. Quedó segundo, recibió como premio una maquinilla de afeitar Gillette, pero luego se supo que el ganador participaba en carreras oficiales. Fue como un aviso del oráculo: te ganarán ciclistas que, reglamento en mano, deberían haber sido descalificados.

Trueba parecía un jilguero: medía 1,58 m y pesaba poco más de cincuenta kilos. Era un tipo duro. Sus primeros entrenamientos consistieron en pedalear hasta el establo que tenía su familia en la montaña, para ordeñar las vacas. Luego empezó a ganar carreras regionales, salió al País Vasco a enfrentarse con los mejores profesionales de la época, y después de ganarles regresaba en bici hasta Torrelavega. Al día siguiente cargaba treinta toneladas de leña en un tren, a medias con otro compañero, y así completaba el sueldo y los entrenamientos. Circulaban chismes, leyendas: alguien había visto a Trueba escalar el terrible puerto de El Escudo arrastrando una gran rama atada al sillín.

Henri Desgrange, director del Tour y del diario L’Auto, multiplicó la leyenda. En la edición de 1930, la primera de Trueba, quedó maravillado con aquel ciclista diminuto que subía los puertos de los Pirineos mano a mano con los campeones, con Binda, Leducq, Magne: «De pronto llega una pulga, como un huracán, y se pega a los hombres de cabeza», escribió Desgrange. «Se lo sacuden de encima pero insiste como una pulga, salta de nuevo hasta el grupo. Le dan otro manotazo y lo alejan. Pero vuelve a la carga, una tercera, una cuarta, una quinta y una sexta vez. Y esta pulga encuentra todavía fuerzas para reírse, cada vez que salta sobre los hombres de cabeza».

¡La Pulga de Torrelavega! Trueba tenía ya un apodo, una de las marcas de distinción que otorgaba Desgrange a los ciclistas importantes. En 1932, sin una selección española dispuesta a participar en el Tour, Desgrange se empeñó en que Trueba se inscribiera al menos en la categoría turista-routier, la de los ciclistas individuales, los aventureros librados a su suerte. Y le concedió aquella dieta de cincuenta francos diarios, con la que podía arreglar una rueda si dejaba de comer dos días.

Trueba cambió la historia del Tour. Tras las exhibiciones en el Aubisque y en el Tourmalet, Desgrange se convenció de que el cántabro era uno de los personajes más fascinantes de la carrera y pensó que sus proezas merecían premio. Ya le había dedicado párrafos épicos, ya sabía que las batallas alpinas y pirenaicas eran las más comentadas por el público, ya tenía las cifras de ventas de su periódico: L’Auto, que antes de inventar el Tour de Francia en 1903 solía vender veinte mil ejemplares diarios, había subido a cincuenta mil durante la primera edición de la carrera, a trescientos veinte mil antes de la interrupción de la Primera Guerra Mundial… y a ochocientos treinta y tres mil ejemplares durante las etapas de montaña de 1932. Pero Trueba, el protagonista de los episodios más emocionantes, se quedaba siempre sin recompensa. Cruzaba las cimas con muchos minutos de ventaja, pero entonces no existían los finales en alto: siempre faltaban cincuenta, ochenta, cien kilómetros hasta la meta, y Trueba los recorría solo contra el viento, sin relevos. Detrás de él, los perseguidores se organizaban y lo atrapaban. Si llegaban diez corredores en cabeza, el ligero Trueba quedaba el décimo en el sprint.

Así que Desgrange tuvo una idea para reconocer los méritos de Trueba y de otros escaladores puros: en 1933 inventó la clasificación de la montaña, con dieciséis puertos en los que se repartían puntos. Y mucho dinero: muchos filetes.

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Trueba durante la etapa de d’alsace del Tour de Francia de 1933. Fotografía: Cordon.

Trueba fue el primer rey de la montaña de la historia, y fue un rey absoluto.

Después de sufrir en las etapas llanas, donde los rodadores belgas lo llevaban «como los rinocerontes llevan con ellos a los pajaritos», palabra de Desgrange, el cántabro se desquitó en los puertos de 1933. Pasó en cabeza el Ballon d’Alsace, primera montaña puntuable, y ya nadie lo apeó del liderato; batió el récord del Galibier —lo subió en dos horas y diez minutos, veintitrés minutos más rápido que la marca anterior— y también fue el primero en los cols de Vars, Braus, Port, Peyresourde, Aspin, Tourmalet y Aubisque: un collar con las mejores perlas.

Escribió Desgrange: «Cuando veo pasar a Trueba, siempre me parece que lleva en sus bolsillos el certificado de defunción. Es el prototipo del niño mártir: tiene una mirada de gato mísero, apaleado y hambriento, pero en el momento en que uno empieza a apiadarse de él, ataca en el col de Braus y le quita el primer puesto a Archambaud. Luego baja la cabeza y parece pedir disculpas. ¿Cómo no querer a esta pulga? ¿Cómo no dejarse engañar por su pobre aspecto? Dice que ha llegado al límite de sus fuerzas y que los Pirineos van a ser fatales para él».

Trueba ganó el Tour —Trueba ganó el Tour que no ganó— en una etapa de apariencia tranquila. Después de cuatro jornadas muy duras en los Alpes, el pelotón se tomó con calma el recorrido entre Digne y Niza, y cinco corredores con mucho retraso en la clasificación aprovecharon para fugarse. El pelotón sesteaba y la ventaja de los cinco aumentó hasta los veinticuatro minutos. Trueba olió el peligro: los jueces del Tour eran muy estrictos con el cierre de control. Todo corredor que empleara un 8 % más de tiempo que el ganador de la etapa quedaba eliminado. Así que saltó del pelotón para reducir la ventaja. Nadie le siguió.

Trueba llegó a la meta doce minutos más tarde que los escapados. Según los cálculos de los jueces, el cierre se establecía en 21 min y 48 s. Y el pelotón llegó a 22 min y 27 s. Según el reglamento, ya solo debían seguir en carrera seis ciclistas: los cinco escapados y Trueba —que era el mejor clasificado y que, por tanto, debió recibir el maillot amarillo—.

Pero Desgrange no podía permitir que solo seis ciclistas compitieran en las trece etapas que faltaban hasta París. Ordenó a los jueces que ampliaran el retraso máximo permitido del 8 % al 10 %: así repescaron al pelotón. Al día siguiente ampliaron de nuevo el límite, para rescatar a otro grupo de ciclistas. La arbitrariedad era evidente: el vizcaíno Cepeda y otros siete corredores habían sido eliminados en la primera etapa, por pasarse dos minutos del límite. Entre unas cosas y otras, solo cuatro ciclistas llegaron a París sin ser repescados algún día, y el primero de ellos era Trueba. ¡El vencedor moral del Tour!, decían los periódicos.

Trueba se quejó poco. Entró en los Alpes en el puesto 29.º, salió 9.º, y solo lamentaba que la batalla tuviera treguas: «Los días de descanso no deberían existir. Ayer estaban todos los ases medio muertos y hoy ya se habrán rehecho con los masajes y los ungüentos. Yo maldigo los días de descanso».

Siguió repartiendo leña en los Pirineos. Cada vez que paraba en las cimas para sacar la rueda trasera y cambiar de corona —porque entonces no existían los cambios—, una nube de aficionados españoles corría a abrazarlo y a besarlo. «En el Aubisque dos señoritas vinieron a traerme piedras: como me vieron de poco peso, me dijeron que me cargara para bajar más rápido hasta Pau y ganar por fin una etapa».

Nunca lo consiguió. Camino de Tarbes, pinchó cuando iba primero, fue alcanzado por Aerts y Martano, y quedó tercero en el sprint entre los tres. Camino de Pau, iba primero cuando se encontró con la barrera cerrada de un paso a nivel y trató de colarse. Hay una foto tremenda en la que dos hombres se echan encima de un Trueba enloquecido: un comisario del Tour lo agarra por la espalda y el guardabarreras le arranca la bici y la levanta por los aires. Para cuando pasó el tren y dejaron continuar a Trueba, ya tenía a los perseguidores encima. En la meta de Pau, quedó séptimo en el sprint entre los siete. Ese día rompió a llorar.

El periodista cántabro Luis Soler acompañó a Trueba al hotelucho donde debía alojarse en Pau. El recepcionista le asignó una habitación en la cuarta planta, un cuchitril «humilde, pobrísimo, como una gatera», escribió Soler. «Ya ve usted que en Francia se me reconoce como escalador», le dijo Trueba al periodista. «Después de coronar el Aubisque y el Tourmalet, me obligan a coronar otro col más. Habitación en la cuarta planta, unas cien escaleras. ¿Soy o no soy un escalador?».

Trueba terminó el Tour en sexta posición, ganó la clasificación de la montaña y acumuló 56 700 francos en premios —un dinero con el que podía comprar cuatro coches—. Firmó contratos para competir en velódromos de Francia y Bélgica, para correr la Vuelta a Suiza y el Giro de Italia en calidad de estrella, para exhibirse en Marruecos y Argentina. Sin darse cuenta, llegó a firmar contratos para correr dos carreras en dos países el mismo día.

De regreso de París, se bajó del tren en la estación de Barcelona, se encontró con miles de seguidores que le ovacionaban y ya no volvió a poner los pies en el suelo durante un tiempo. Lo levantaron en hombros, lo montaron en un coche descapotable con una dama de la belleza, lo pasearon hasta el palacio de la Generalitat, tuvo que salir al balcón con el president Macià para saludar al público que seguía cantando su nombre, presidió un banquete, lo llevaron a la plaza de toros, le dieron una vuelta al ruedo en una calesa, el torero Bienvenida le brindó una oreja, y por la noche lo llevaron al teatro, donde saludó desde el escenario. Luego en una entrevista le preguntaron cuál era su sueño: «Comprar una granja y criar gallinas».


Los mineros muertos animan al Real Potosí

Fotografía: Maurice / SIPA / Cordon.

La mina es territorio muy negro. Mejor que las mujeres no entren. Solo es para hombres recios, bien recios, los hombres que quiere la Pachamama —dice Mario González—. Si una mujer entra, unos días más tarde, cuando le viene la siguiente menstruación, la veta de mineral desaparece. La Pachamama esconde la veta, por puros celos.

González es minero viejo, una categoría improbable en Bolivia. A los cincuenta y nueve años no le queda ningún compañero de su edad. Él está vivo, dice, porque nunca fue codicioso. Nunca trabajó temporadas largas. Nunca veinticuatreó. Es decir: nunca hizo turnos de veinticuatro horas bajo tierra. Salía al mundo, dejaba que los pulmones respiraran aire puro, que se le limpiaran de polvo, y nunca estuvo allá dentro cuando una bolsa de gas asfixiaba a sus compañeros o un derrumbe los aplastaba. Aun así, tiene la sensación de que ha jugado muchas papeletas con la muerte y de que no debe arriesgarse más. Se retira. Es un hombre respetado, los demás mineros hablan de él con cierta veneración por su supervivencia inverosímil y lo acaban de elegir vicealcalde del campamento minero Siglo XX, en la ciudad de Llallagua, en el departamento de Potosí.

González mide poco más de metro y medio. Aun así, tiene que agacharse y caminar doblado para no golpear con el casco las vigas de eucalipto que sostienen la galería. En la oscuridad de la mina, territorio negro, su lámpara proyecta una cuña de luz. Se detiene para mostrar una viga podrida, doblada en uve bajo el peso de la montaña.

«Treinta años que no se cambian. Ganamos nomás para sobrevivir y nadie tiene dinero para invertir en seguridad. Explotamos una parte, rezamos para que no se caiga y luego vamos a otra parte. Hay hartos derrumbes».

González avanza con rapidez por la galería, se agacha, se yergue, repta a cuatro patas, se vuelve a levantar.

«Yo camino ágil. Los compañeros que quedan vivos están todos con mal de mina, con silicosis. En la cama. Mi vecino no puede dar cuatro pasos sin su botella de oxígeno».

Las mejillas de González son cobrizas, de piel lisa y tirante, pero tiene los ojos enmarcados por surcos profundos, como una máscara de cuero viejo. Cuando cuenta alguna historia terrible, sonríe un poco por pudor y los ojos se le hunden entre las arrugas, pequeños, rojizos como brasas, muy vivos.

Su hijo Federico empezó a trabajar en la mina con trece años. Un día, mientras ayudaba a un perforista que taladraba la pared, el suelo se hundió bajo sus pies. Apenas cayeron unos metros, arrastrados en un turbión de rocas, y pudieron trepar de nuevo hasta la galería. El perforista y el niño Federico salieron corriendo. Aún corrían cuando un estruendo sacudió la montaña y un vendaval de polvo los alcanzó y los tiró de bruces al suelo. Detrás de ellos, la galería entera se vino abajo. El niño Federico salió rebozado de sangre y polvo. No quiso entrar nunca más a la mina y pidió trabajo en las obras de un edificio, donde se dedicó a acarrear ladrillos y sacos de cemento, al aire libre.

González se detiene y espera unos segundos en silencio. Se escuchan goteos, el rumor subterráneo de la montaña, los susurros de las rocas. Se gira despacio, barre la galería con la luz del casco y de pronto ilumina una figura humana, la de un hombre sentado contra la pared, con los ojos desorbitados y una sonrisa desquiciada. Es el diablo. Un diablo de arcilla, con cuernos revirados y una boca ancha, estirada de oreja a oreja, en la que se sostienen una docena de cigarros consumidos. González se acerca sonriendo, enciende otro cigarro y se lo coloca con delicadeza en las fauces.

«El Tío», dice.

El Tío es el espíritu que gobierna las profundidades, el compadre de los mineros, el patrón que fecunda a la Pachamama, a la madre tierra, para que produzca vetas de mineral. Cuando está satisfecho, hace que las vetas afloren; cuando se enfada, provoca derrumbes. Este Tío de arcilla tiene el regazo cubierto por cajetillas de tabaco, garrafas de alcohol puro y una maraña de serpentinas, confetis y hojas de coca que los mineros le lanzan durante las challas —los agradecimientos—. Sonríe con las piernas abiertas, luciendo su atributo principal: un gran pene erecto.

González desenrosca una botella de medio litro de alcohol Guabirá de 96 grados, el que beben los mineros en las pausas del trabajo, solo o mezclado con un poco de zumo de naranja o de agua y azúcar. Se acerca a la boca del Tío y le vierte un chorro por el gaznate. El alcohol brota por la punta del pene y González suelta una carcajada.

«Un día vino de visita la viceministra Álvarez, viceministra de Minería. A ella la dejamos entrar pero le dije: tiene que besarle la punta del miembro, señora, para que una mujer entre a la mina primero tiene que besarle la punta del miembro al Tío. Se agachó y le dio un beso».

González ríe y sigue galería adentro.

*

Se pone de rodillas, mete la cabeza por una gusanera que se abre a ras de suelo y la atraviesa a cuatro patas, con la cabeza gacha y los codos pegados a las costillas. Allí dentro se respira un aire gelatinoso, del que se podrían arrancar puñados. González gatea rápido una veintena de metros. Luego se incorpora, en un tramo más alto.

«Esto es un paseo de señoritas», dice.

Las galerías avanzan montaña adentro, se bifurcan, se retuercen, se encogen, se bifurcan, se bifurcan, se vuelven a bifurcar, y el aire es cada vez más sofocante, más cargado de sílice, asbesto y arsénico.

«En la mina como ratones andamos. Hay que entrar con coraje: si tienes miedo, te cae el tojo y te haces aplastar. Si no tienes miedo, no te pasa nada».

Un muro de contención aparece abombado por el peso de la montaña, como una barriga a punto de reventar, de la que ya han saltado varios adoquines.

«Antes había ingenieros de Comibol, de la empresa estatal. Marcaban las zonas de seguridad: treinta metros por encima o por debajo de una galería, estaba prohibido trabajar. Pero la Comibol dejó las minas en 1986, nos despidieron y organizamos nuestras cooperativas de mineros, pequeñas, sin recursos. No tenemos plata para ingenieros ni para máquinas. Las cuadrillas de socios trabajan hacia arriba y hacia abajo, sin plan. No hay plan. Harta gente muere porque rompe la peña sin saber lo que hay encima o debajo, y un día cae todo, así se hace aplastar. Ayer mismo murió un compañero, Luis Characayo. Andaba solo en el socavón. No volvió a casa, la mujer se preocupó y bajaron a buscarlo al nivel doscientos cinco. Encontraron un derrumbe. Entre las piedras sacaron su cadáver».

*

Fotografía: David Mercado / Cordon.

«¡Gramputas!»

González saluda con insultos a tres mineros que aparecen de frente. Ayer dinamitaron una pared y hoy, cuando el polvo de la explosión ya se ha asentado, han pasado la mañana carroneando. Han paleado varias toneladas de rocas desprendidas, han llenado carros y los han empujado al exterior. Ahora van a tomarse un descanso.

«Este es Dominguito, ministro del Interior», dice González, mientras palmea el hombro de un minero que mide metro y medio, un veterano de ojos enrojecidos que sonríe y muestra unos dientes mellados y verdeados por las hojas de coca. «Le decimos ministro del Interior porque lleva treinta años trabajando en el interior de la mina».

Los tres mineros vienen en silencio, cansados, con el gesto prieto. Caminan hasta una gruta espaciosa, con estalactitas coloreadas de cobre y azufre, una sala en la que confluyen varias galerías. La luz de las linternas frontales reverbera en la bruma de la caverna.

Félix Velasco tiene las manos rebozadas de lodo gris. Se acuclilla, mete las manos en un charco de chaca y se las frota. La chaca (del aimara ch’aqa: gota) es el agua metálica que destila la montaña, un sudor geológico y corrosivo que anega los suelos. Luego Velasco se aleja unos pasos, se pone de cara a la pared y se mea primero sobre una mano y luego sobre la otra.

«Es para quitarme la chaca, que quema la piel», explica, sonriendo, mientras se seca las manos en el pantalón. Tiene ojos rasgados, pómulos salientes, cara de niño atrapado en falta, entre avergonzado y divertido. Habla poco y con esfuerzo. Vino a la mina de Potosí con veintitrés años, hace dos, y al principio solo hablaba quechua y unas palabras sueltas en castellano. En el pueblo pasteaba vacas, ovejas y chanchos; su familia cultivaba papa, haba y trigo. Pero son diez hermanos y el campo no daba para todos. Alguna vez pasaban hambre. Y en la mina se gana bien. Se enferma pronto pero se gana bien.

Cuando la chaca inunda algunos parajes, a los mineros les toca excavar canales para desaguarlos. Si no lo hacen a tiempo, se forma un barrizal que luego se seca y se petrifica sobre los rieles, de manera que impide el paso de los carros metaleros. Entonces hay que suelear.

«Qué huevada, suelear», dice Luis Quispe, el cuarto minero, que ronda los cuarenta. «Mucho trabajo es, con la pala y la picota. Hay que romper el barro duro, retirar los restos, igualar el suelo. De vez en cuando también hay que cambiar los rieles porque la chaca los corroe y los deforma. Pero son rieles muy viejos, están ya como fundidos con la tierra, es muy duro cambiarlos. Mucha fuerza se necesita. La chaca lo come todo, el metal, la ropa, nuestra piel se come».

Con las manos recién lavadas con orina, Velasco ya está preparado para tumbarse un rato y pijchar hojas de coca con sus compañeros. Las pautas del trabajo y el descanso las marca la coca: cada tres o cuatro horas, cuando la bola vegetal que llevan los mineros en la boca empieza a estar seca, cuando ya no segrega sustancias estimulantes, es hora de parar.

Los mineros se quitan el casco, se quitan las botas, se quitan la chaqueta y quedan desnudos de cintura para arriba. Son pequeños y flacos, tienen un extraño cuerpo de niño de bronce que se va ensanchando pecho arriba hasta unos hombros anchos y unos brazos musculosos. Extienden sacos de lona en el suelo y se recuestan. Escupen la coca gastada, se enjuagan con un termo de té frío y empiezan a sacar hojas frescas de unas bolsitas de plástico. Les quitan el nervio y se las van metiendo en la boca, junto con la llijta, una pequeña pastilla de ceniza vegetal, que produce la reacción química para que las hojas, al salivarlas, segreguen sus alcaloides, entre ellos la cocaína.

«La coca quita el cansancio, quita el hambre y la sed», dice González. «Consuela la pena. Y calienta el corazón».

Quispe saca una garrafa de plástico de medio litro.

«Quemapecho», anuncia. Le pega un sorbo y la pasa. La etiqueta dice: «Alcohol potable Guabirá 96º. Con buen gusto». Lo bebe sin rebajarlo.

Coca, cigarro y quemapecho: el combustible de los mineros, el que los anestesia y los tiene trabajando seis, siete, ocho horas sin probar bocado.

«Acá dentro el alimento se contamina. Mejor no comer», explica Velasco.

«Eso no importa. Antes te va a matar la silicosis», le responde González, y suelta una risa. «Con ocho o diez años trabajando, el minero ya tiene la enfermedad profesional. El perforista es el que enferma más rápido, está siempre respirando el polvo. Si es socio de la cooperativa, cobra el retiro. Pero a veces el seguro le dice que lo suyo no es silicosis y tiene que seguir trabajando. Luego se muere, le hacen autopsia y le sacan bolitas de mineral de los pulmones, así, a puñados».

«Algunos se retiran por la enfermedad profesional, nunca vuelven a la mina y la gente cree que han muerto. Un domingo fuimos a Sucre, al estadio, jugaban Real Potosí contra Universitario de Sucre. Entramos a la grada y un compañero dijo: “¡Miren aquel de allá, es el Felipe, decían que estaba muerto!”. Y más allá había otro minero que también creíamos que había muerto, y otro, y otro… Cuando se retiran por la silicosis, a muchos los mandan a Sucre, porque está a menor altitud, porque tiene mejor clima, y viven allá retirados. Entonces entramos al estadio de Sucre y la grada estaba llenita de mineros potosinos muertos, todos los mineros muertos hacían barra al Real Potosí».

«Algunos muertos desaparecen de verdad», dice Dominguito, ministro del Interior. «Cuando hay un derrumbe grande es imposible encontrar los cadáveres. A veces aparece un brazo y lo llevan a enterrar. O una cabeza».

González, Quispe y Dominguito repasan historias viejas, de las que llevan décadas o siglos rodando bajo tierra. El joven Velasco saliva la coca en silencio.

«Acá en Cancañiri un derrumbe grande aplastó a un minero», sigue Dominguito. «Encontraron un brazo saliendo entre las rocas. Dicen que no podían sacar el cuerpo, entonces cortaron el brazo y se lo llevaron. Un tiempo más tarde, un perforista escuchó ruidos cuando ya todos sus compañeros habían salido. Se acercó a ver quién andaba. Vio a un minero de espaldas, que buscaba algo con la lámpara, y le preguntó: “Qué buscas, carajo”. El minero se giró. Era manco. “Mi brazo, hombre”. Era el muerto. El perforista salió gritando. Al día siguiente entró con más compañeros y ya no vieron al muerto, pero allí mismo descubrieron una veta ancha, muy buena».

«Cuando andan espíritus en una galería, se dice eso: que pronto aparece un filón», dice González. «Se escuchan voces acá dentro. Dicen que son muertitos. Trabajan de noche. Hay que dejarlos en paz».

*

En el camino de vuelta al exterior, la mina empieza a vibrar y se escucha un murmullo remoto que crece hasta convertirse en rugido. Se acerca un carro a toda velocidad, bramando, traqueteando, deslumbrando con una luz frontal cegadora. González se arrima contra la pared y le pasa a unos pocos centímetros el carro cargado con una tonelada de rocas, impulsado por un pequeño motor con batería y guiado por un minero encaramado a la tolva.

«¡Gramputas!»

González se ríe.

«A veces los carros vuelcan, es peligroso, el minero puede hacerse aplastar. En algunos sectores ni carros hay, ni rieles. Sacan la carga en k’epirinas —grandes mochilas de lona—. Los más fuertes llevan un quintal de rocas a la espalda, tienen que subir escaleras y pozos, es bien cansado. Y peligroso. Pueden perder el pie y caer».

Un quintal: cien libras, casi cincuenta kilos.

Después de arrancar, acarrear, triturar, cribar y concentrar un quintal de rocas, suelen obtenerse cinco o seis libras de estaño. Según la cotización, treinta o cuarenta euros para repartir entre los cuatro o cinco socios que participan en la cadena.

González sale a la luz del sol. Achina los ojos y agacha la cabeza.

«Y todo esto es para la supervivencia nomás».

Fotografía: Maurice / SIPA / Cordon.


El Tour de los caracoles: historias de ciclistas que se empeñaron en terminar últimos

Wim Vansevenant, 2005. Fotografía: Vincent Kessler / Cordon.

El 26 de julio de 2008, la víspera de llegar a París, había tres ciclistas muy nerviosos. Dos de ellos se jugaban la victoria en el Tour de Francia y tenían que exprimir sus fuerzas en una contrarreloj de cincuenta y tres kilómetros. El tercer ciclista nervioso, al que nadie prestaba atención, se enfrentaba a un reto endiablado: debía pedalear lo más despacio posible, perder todo el tiempo que pudiera, pero sin acabar fuera de control y quedar eliminado.

Los dos ciclistas que necesitaban pedalear muy rápido eran el abulense Carlos Sastre (maillot amarillo) y el australiano Cadel Evans (segundo clasificado, con 1 min 29 s de retraso). Evans solo le quitó treinta y un segundos y Sastre ganó el Tour.

El ciclista que necesitaba pedalear muy despacio, pero no demasiado despacio, era el belga Wim Vansevenant. Aspiraba a terminar el Tour en última posición por tercer año consecutivo: sería una marca histórica. Lo tenía complicado.

Un obrero a pedales

Vansevenant cultivó con esmero el arte de la derrota. Nunca vistió un maillot amarillo, solo ganó una carrera menor en sus diez temporadas como profesional, pero en los Tours de 2006 y 2007 apareció en los periódicos sosteniendo la lanterne rouge, el símbolo del último clasificado: el farolillo rojo que antaño se colgaba al final de los trenes, para que los jefes de estación confirmaran que por el trayecto no se había desenganchado ningún vagón. Vansevenant terminó último en 2007 (a 3 h 52 min; es decir, como si hubiera pedaleado una etapa más que el ganador) y en 2006 (a 4 h 01 min); además fue penúltimo en 2005 y octavo por la cola en 2004. En esos cuatro Tours mantuvo una regularidad notable y entró en la selecta lista de corredores con dos farolillos rojos: Daniel Masson, Gerhard Schoenbacher, Mathieu Hermans y Jimmy Casper. Los hermanos Flores, navarros, también se llevaron dos farolillos a casa, pero uno cada uno: Igor Flores en 2002, Iker Flores en 2005.

En el Tour de 2008, el que debía servirle para pasar a la historia con un tercer farolillo, Vansevenant ofreció una exhibición de su lentitud calculada. Ya en la primera etapa se clasificó en el puesto ciento setenta y seis entre ciento setenta y nueve, encabezando un cuarteto de rezagados que perdió cinco minutos. Para la tercera etapa ya cayó a la última posición de la tabla. Y pareció que nadie iba a moverlo: todos los días se clasificó del puesto ciento veintinueve para atrás —salvo un excepcional ciento tres— y mantuvo el farolillo rojo sin problemas durante los siguientes dieciséis días. Cuando solo faltaban dos etapas para llegar a París, se despistó, llegó a meta muchos minutos antes que un grupo de descolgados y avanzó una posición en la tabla. Durmió angustiado: solo le quedaba la contrarreloj para perder el tiempo suficiente.

Las cualidades de Vansevenant no le permitían escalar puertos con los mejores ni esprintar con los más veloces ni rodar tan fuerte como los contrarrelojistas, ni siquiera participar en esas escapadas maratonianas en las que los secundarios se despellejan para conseguir un bingo que les cambie la vida. Vansevenant se dedicaba a otra cosa: ayudar al jefe. Y en eso era un fuera de serie. Año tras año, su líder Cadel Evans lo quería en el grupo selecto que le ayudaba en sus intentos de ganar el Tour. ¿Cómo le ayudaba? Eso era lo menos evidente.

Todos los líderes necesitan a varios Vansevenant que se desgasten por ellos en los lances menores de la carrera. En las etapas llanas, cuando el jefe marcha en una posición retrasada del pelotón y decide, por si acaso, subir a la parte delantera, puede hacer dos cosas: salirse a un costado del grupo y avanzar contra el viento, gastando fuerzas, o llamar a Vansevenant para que el viento se lo coma él. Vansevenant sale por un costado del pelotón, con el líder protegido a su rueda, y avanza hasta alcanzar las posiciones de cabeza. Así el líder se ahorra un gramo de esfuerzo que luego lucirá en los momentos decisivos de la carrera. En los finales veloces y angustiosos Vansevenant también debe jugarse el tipo en curvas y rotondas, debe meter el manillar en una jungla de manillares, ruedas y muslos, en una locura de bandazos, frenazos, gritos y pulsaciones a mil, para que el jefe pase los obstáculos sin apuros y en cabeza, no sea que una caída le deje cortado y pierda un tiempo precioso. Cuando el jefe y los compañeros tienen sed, Vansevenant deja de pedalear, se descuelga del pelotón hasta que le alcance el coche del equipo, carga ocho bidones de agua fresca en los bolsillos del maillot y en el cogote, pedalea de nuevo para adelantar a todo el pelotón y reparte la bebida entre los compañeros. Al día siguiente le tocará ponerse en cabeza y tirar a por una escapada peligrosa o marcar un ritmo fuerte para evitar las tentaciones de quienes planean fugarse. La misión de Vansevenant acabará al pie del puerto, reventado, y ya solo le quedará sufrir descolgado hasta la meta. Y todavía peor si el líder pincha en algún momento crucial de la carrera. Si Vansevenant anda por allí, frena, le da su rueda, lo monta en la bici y corre a pie para empujarle en la arrancada. Luego espera a que llegue la asistencia con una rueda para él y pedalea a muerte para no llegar fuera de control y salir al día siguiente a currar de nuevo.

Una etapa del Tour es un enorme y complicado andamio que todos los días montan docenas de obreros a pedales como Vansevenant, compitiendo o colaborando entre ellos, para que en el último momento los líderes trepen corriendo hasta lo más alto. Entre el anonimato de todos ellos, este belga obtuvo cierta relevancia gracias a su colección de farolillos rojos.

«¿Qué haces dentro del pozo?»

El prestigio del último es un fenómeno antiguo. De los ciclistas que corrieron el primer Tour en 1903, la historia recuerda a un puñado de los mejores Garin, Pothier, Aucoutourier—… y a Arsène Millocheau, que fue el peor con sesenta y cinco horas de retraso, casi un Tour entero de desventaja.

A los pocos meses de que Vansevenant obtuviera su primer farolillo en 2006, en Italia murió con ochenta y seis años Luigi Malabrocca, el modesto pero famoso maglia nera. Entre 1946 y 1951, el Giro de Italia otorgó al último clasificado un maillot negro y un premio en metálico, que desató batallas pícaras entre algunos ciclistas de aquella Italia hambreada de la posguerra. Malabrocca fue un especialista del escondite: se ocultaba en los bosques, en los graneros, en los bares, mientras el pelotón volaba hasta la meta. Cuenta el periodista Marco Pastonesi que un campesino de los Dolomitas vio una figura extraña rondando su granja, salió a investigar, se asomó al aljibe y encontró dentro a Malabrocca. «¿Qué haces ahí?». «Estoy corriendo el Giro de Italia».

La especialidad exigía discreción y capacidad de cálculo, y por ahí se le escapó a Malabrocca el maillot negro de 1949. En la última etapa necesitaba llegar dos horas más tarde que Sante Carollo, su eterno rival en estas tretas. En aquella época no se aplicaba el límite máximo de tiempo. Así que Malabrocca se bajó de la bici en plena carrera y se metió en un bar. Según Pastonesi, Malabrocca tomó un trago y luego aceptó la invitación de un admirador, que quiso contribuir al triunfo de su ídolo llevándoselo a casa para enseñarle su equipo de pesca. Al fin salió de la casa, pedaleó con placidez hasta Milán… pero en la meta ya no quedaban jueces ni cronometradores. Malabrocca corrió a buscarlos por la ciudad para avisarles de su llegada. Como no lo habían visto llegar, los jueces decidieron otorgarle el mismo tiempo del último grupo que había alcanzado la meta. Así que no consiguió perder el tiempo suficiente, acabó penúltimo y se quedó sin premio. Malabrocca, que no era un mal corredor (ganó quince pruebas como profesional, incluidos dos campeonatos de Italia de ciclocrós), lució en su palmarés los maillots negros de 1946 y 1947 y además inspiró una obra de teatro estrenada en 2009.

A los dirigentes del Tour, en cambio, no les hacía ninguna gracia la repercusión que obtenían algunos farolillos rojos, porque propiciaba escenas ridículas entre los ciclistas que remoloneaban para obtener el título. El austriaco Gerhard Schoenbacher terminó último el Tour de 1979 y ese invierno el patrocinador de su equipo le prometió una prima si conseguía otra vez el farolillo. Así que en 1980 se vivió una lucha (o mejor: una descarada ausencia de lucha) entre Schoenbacher y Philippe Tesnière, farolillo de 1978, a la que los periodistas dedicaron crónicas y entrevistas jocosas. Los organizadores, mosqueados con aquellos ciclistas que se empeñaban en acumular retrasos, se inventaron una norma insólita en pleno Tour: entre la decimocuarta y la vigésima etapa (ese año había veintidós), al final de cada jornada eliminarían al último de la clasificación general. Schoenbacher se apañó para remontar uno o dos puestos todos los días, esquivar la guadaña, perder tiempo en las dos etapas finales y acabar último de nuevo. La historia acabó torcida: el mismo día de la llegada a París, Schoenbacher recordó el asunto de la prima, su director deportivo le dijo que no había nada de eso, tuvieron una bronca y Schoenbacher acabó despedido del equipo.

«Dice que no le importa»

Wim Vansevenant, 2007. Fotografía: Cordon.

Vansevenant no llegó a cobrar primas ni a esconderse en los bares. Tenía la amenaza del fuera de control y las obligaciones permanentes de trabajar para su jefe. Pero en el Tour de 2008 no perdía de vista la clasificación y vigilaba para que sus rivales del fondo de la tabla no cedieran demasiado tiempo. «Es capaz de ponerse en cabeza y tirar del pelotón cuando hace falta», dijo su director Marc Sergeant, «y luego tiene la experiencia necesaria para saber que debe relajarse y llegar a meta con el menor cansancio posible, para trabajar de nuevo en la etapa siguiente. Por eso, su empeño por quedar el último no es un problema, porque cumple siempre con su trabajo. Si Evans ha estado cerca de ganar este Tour, es también gracias a él».

Vansevenant fue último desde la tercera etapa hasta la decimonovena, día tras día, mientras otros muchos se retiraban. «No le doy importancia», declaró al final de la decimoctava. «Tengo mucho trabajo ayudando a Evans como para preocuparme por el farolillo rojo. Llevo un par de días sin mirar la clasificación». Sin embargo, sus compañeros de equipo contaban otra historia: «Hace unos días le gastamos una broma», dijo Mario Aerts. «Le engañamos diciéndole que Mathieu Sprick había acabado dieciocho minutos por detrás de él. Dijo que le daba igual la última plaza, pero estaba muy nervioso hasta que comprobó la clasificación».

En la decimonovena etapa, Vansevenant terminó de arropar a Evans, lo dejó bien situado en un pelotón que ya lanzaba el sprint y un poco antes del último kilómetro se dejó llevar. Cedió un minutillo, como para reforzar testimonialmente su desventaja. Sin embargo, se le despistó un rival inesperado, el austriaco Bernhard Eisel, que venía mucho más atrás con un grupo de nueve náufragos. Vansevenant no contaba con él, porque Eisel le llevaba trece minutos de ventaja en la clasificación, pero ese día Eisel perdió casi catorce y de pronto, cuando solo quedaba un suspiro para llegar a París, le arrebató el farolillo rojo por apenas cuarenta y dos segundos.

En la contrarreloj de la penúltima jornada, Eisel, como último clasificado, fue el primer ciclista en tomar la salida. Detrás de él salió Vansevenant, controlando los tiempos y pedaleando siempre un poco más despacio que su rival, con un ojo puesto en los cálculos para no llegar fuera de control. Al final, Vansevenant fue 1 min 35 s más lento que Eisel y cayó de nuevo a la última posición por apenas cincuenta y tres segundos. Iba a pasar a la historia con su tercer farolillo rojo.

Pero aún quedaban las vueltas por París.

Como dicta la costumbre, el pelotón paseó mientras los fotógrafos tomaban imágenes de los campeones saludando, sonriendo y brindando con champán. Luego los ciclistas volaron por los Campos Elíseos, hubo ataques de último momento, los equipos de los velocistas marcharon como locomotoras, lanzaron el sprint por la victoria tan prestigiosa en París, Steegmans dio el último golpe de riñón y levantó los brazos, levantaron los brazos Sastre y sus compañeros, los demás ciclistas se estrecharon las manos, se abrazaron, se felicitaron después de dar la vuelta a Francia hombro con hombro durante 3558 kilómetros. Y un minuto más tarde aparecieron en la última curva dos ciclistas descolgados, que pedaleaban parsimoniosos y recibían los aplausos del público con una sonrisa irónica: Eisel y Vansevenant, en las posiciones ciento treinta y ocho y ciento treinta y nueve.

Eisel había dejado de pedalear a falta de un par de kilómetros y había tratado de rezagarse con disimulo. Pero Vansevenant le aplicó un marcaje fiero y se descolgó junto a él. Eisel se resignó, sonrió, le dio una palmadita en el hombro a Vansevenant y pedalearon juntos, de paseo hasta la meta.

En la salida de esa última etapa, Vansevenant había lanzado ante los periodistas una broma que en el fondo escondía una advertencia.

Se lo he dicho a Eisel. Estoy dispuesto a hacer una carrera de caracoles en los Campos Elíseos.

Y así, pedaleando lo más despacio posible, pasó a la historia del ciclismo.


Adiós, Señor, me voy a California

El pueblo fantasma de Bodie, California. Fotografía: Diana Robinson (CC).

En el invierno de 1878, los periódicos de California y Nevada publicaron historias espantosas sobre el poblado minero de Bodie. En pocos meses, cuatro mil, seis mil, ocho mil personas se habían instalado en una ladera desértica de la Sierra Nevada, atraídos por un filón de oro. La mina producía ya seiscientos mil dólares al mes. Los mineros recién llegados invadían yacimientos ajenos, se robaban unos a otros, pegaban fuego a las chabolas de sus rivales, había tiroteos, navajazos, descuartizamientos. El diario Tybo Sun contó que un minero de Bodie nunca peleaba dos veces con la misma persona: lo mataba a la primera. Y después se lo comía. El Gold Hill News se preguntó por qué un hombre no podía ir a Bodie sin tener que pelearse. Y el Weekly Bodie Standard respondió el 25 de diciembre con retranca: «La verdad, no lo sabemos. Debe de ser la altitud [2550 metros]. En Bodie hay algún tipo de fuerza irresistible que nos empuja a dispararnos y a trocearnos mutuamente. En la calle Mayor oímos tiroteos a todas horas. Un hombre no puede salir a cenar sin que le hagan tres agujeros de bala en el sombrero o sin que un desesperado le corte sus partes innombrables con un cuchillo. Sí, es triste, pero es verdad: todos los que vengan a Bodie deben luchar».

Otro periódico, el Nevada Tribune, publicó la frase más famosa, la que cuajó como lema. Varias familias se preparaban para viajar al poblado minero en busca de fortuna y una niña rezó para despedirse de Dios: «Adiós, Señor, nos vamos a Bodie». La leyenda del pueblo sin Dios tenía tierra fértil para arraigar. El reverendo Warrington había escrito en una carta que Bodie era «un mar de pecado, sacudido por tempestades de lujuria y pasión».

Hoy Bodie es un pueblo fantasma, «en deterioro suspendido», y es un parque del estado de California. La carretera de tierra sube por una ladera parda, en la que apenas crecen unas matas de salvia, hasta una hondonada entre montañas. Allí aparece un centenar de casas de madera, como un corro de champiñones, con sus tejados a dos aguas, las paredes torcidas, los porches desvencijados: da miedo estornudar.

La entrada cuesta cinco dólares —visitas guiadas y museo aparte— y se puede pasear por las calles de tierra, entre las antiguas tiendas, los almacenes, la escuela, la cárcel, un saloon, una iglesia, algunas viviendas en las que se pueden ver la cocina con sus utensilios decimonónicos, la sala, los dormitorios amueblados. En esta esquina, o quizá en aquella otra, el terrible Washoe Pete —un personaje más legendario que real— disparó con dos pistolas al periodista del Daily Free Press que había titulado «El tiroteo de ayer fue muy pobre —no hubo muertos—».

Cuando corrió la voz del oro, en Bodie levantaron dos mil edificios en cuestión de meses. Tenían las preferencias claras: había cuatro bancos, una cárcel, una escuela, dos iglesias y sesenta y cinco cantinas. El prostíbulo más famoso era el de Madame Moustache, una francesa bigotuda que se hizo rica jugando a las cartas en los casinos de Montana, Dakota, Arizona y Nevada, antes de instalarse en Bodie. Aquí diversificó sus negocios —abrió un burdel— y desarrolló una estrategia de comunicación —durante el día paseaba a sus putas en carros por el pueblo—. El 8 de septiembre de 1879 perdió una apuesta muy fuerte, se fue caminando y la encontraron unas horas más tarde, tirada en el monte, muerta por una sobredosis de morfina.

Bodie tuvo un final digno de su historia. El oro escaseó y el pueblo se fue vaciando poco a poco, hasta que en 1932 un vagabundo borracho llamado Bill incendió un almacén, las llamas se extendieron por medio pueblo y arrasaron con casi todas las casas.

La historia de Bodie, el pueblo del pecado, contiene las claves de la colonización californiana: personas que se despidieron de Dios y de las normas sociales para buscar fortuna en una tierra de promesas fabulosas.

El 5 de agosto de 1852, el diario The Call publicó una especie de acta de nacimiento de California: «Todos están allí: ladrones, mendigos, chulos, mujeres impúdicas, asesinos, caídos al último grado de la abyección, en tugurios donde se embrutecen con el alcohol adulterado, farfullando obscenidades. Y el desenfreno, el deshonor, la locura, la miseria y la muerte también están allí. Y el infierno, que abre la boca para engullir esa masa pútrida».

El infierno abrió su boca varias veces —terremotos, incendios, epidemias— pero no pudo tragarse la oleada de colonos, mineros, buscavidas, desterrados, embaucadores, utópicos, iluminados y fugitivos que llegaban a California.

Llegaban, primero, por la idea del Destino Manifiesto: Estados Unidos, una pequeña nación de colonias recién independizadas en la orilla del Atlántico, se convenció de que la Providencia le urgía a extender su dominio hasta el Pacífico, para colonizar y civilizar aquel continente casi vacío. A partir de 1832, las caravanas de carretas emprendieron la ruta hacia el oeste con fervor patriótico y a veces religioso. Los indios nativos fueron arrollados en las praderas, las montañas y los desiertos. México, dueño nominal de terrenos inabarcables, intentó domeñar a los nuevos colonos, pero en pocos años estallaron guerras que expulsaron al ejército mexicano y dibujaron los trazos —algunos sinuosos, casi todos rectilíneos— de los nuevos estados que se adherían a la Unión. Los colonos llegaban, segundo, por el descubrimiento en 1848 de fabulosas vetas de oro en California. Los forty-niners («los del 49») avanzaron como hormigas atraídas por una mezcla dulce de promesas, mentiras y delirios colectivos.

El oro prometía paraísos y escondía infiernos. El oro arruinó a John Sutter, el colono próspero en cuyas tierras encontraron la primera pepita. Sutter era un comerciante suizo que había emigrado a América en 1834 para escapar de sus deudas y que había comprado unas tierras baratas en la orilla del río Sacramento. Montó una hacienda llamada Nueva Helvecia, plantó maíz, crió ganado, instaló aserraderos, molinos, curtidurías, empleó a mil personas, hizo mucho dinero, incluso organizó un ejército privado y lo puso al servicio de los estadounidenses para luchar contra los mexicanos.

El 24 de enero de 1848, su capataz John Marshall dirigía las obras de un aserradero en el paraje de Coloma. Mientras limpiaba una acequia, encontró una pepita reluciente entre los guijarros. Se la llevó a Sutter, quien la sometió a pruebas químicas: era oro de veintidós quilates.

Sutter compró corriendo todas las tierras que pudo, una extensión de quince kilómetros cuadrados, sospechando que eran campos de oro. Y trató de guardar el secreto. A mediados de marzo, el diario Californian de San Francisco publicó una nota escueta: «Han encontrado una cantidad apreciable de oro en las tierras de Sutter. Una persona de Nueva Helvecia obtuvo oro por valor de treinta dólares en poco tiempo. California es, sin duda, rica en minerales». En aquel tiempo San Francisco era una aldea de quinientos habitantes, cobijo esporádico de balleneros rusos, poco más, y aquella primera noticia no tuvo eco.

Mineros durante la fiebre del oro, anónimo, ca. 1900. Fotografía: National Archives and Records Administration.

Pero los trabajadores de Sutter empezaron a pagar sus compras con oro. El comerciante Samuel Brannan, dueño de una tienda de provisiones en Nueva Helvecia, se enteró de los hallazgos. Así que bajó a San Francisco, compró todas las palas y bateas que encontró y luego anunció a voces el descubrimiento del oro. Había comprado las palas y las bateas a veinte centavos la pieza y las vendió a quince dólares. Ganó treinta y seis mil dólares en dos meses, vendiendo herramientas y provisiones a los cientos que salieron en estampida a buscar pepitas. Así empezó la fiebre del oro, «el mayor movimiento de gentes desde el tiempo de las Cruzadas», según el historiador —y buscador de oro— Theodore Hittell.

Los periódicos aseguraban que en Coloma había montañas de oro puro, que el aire estaba tan impregnado de polvo aurífero que bastaba con cepillarse el abrigo para hacerse rico, que un solo hombre obtenía ocho mil dólares de oro diarios —cuando el sueldo mensual era de siete dólares—. Los pueblos de California se vaciaron, como describió Walter Colton, alcalde de Monterrey: «El herrero deja su martillo, el carpintero su garlopa, el albañil su trulla, el granjero su hoz, el panadero su pan, el tabernero su botella. Todos se ponen en camino: a caballo, en carro, incluso con muletas». El propio diario Californian, que había publicado la primera noticia del oro, se despidió el 29 de mayo: «Todo el mundo nos abandona, lectores e impresores. Desde San Francisco a Los Ángeles, desde el paseo marítimo hasta las montañas de Sierra Nevada, por todo el país resuena un grito sórdido: “¡Oro! ¡Oro!”. Mientras, el campo queda a medio plantar, la casa a medio construir, y todo se abandona excepto la fabricación de picos y palas. Nos vemos forzados a interrumpir nuestra publicación». En junio, la mitad de las casas de San Francisco estaban abandonadas. Solo quedaban ancianos, niños, enfermos y bandas de saqueadores. El gobernador Mason pretendió restablecer el orden y salió desde la capital, Monterrey, con ciento cuarenta y cinco soldados. Cien de esos hombres le abandonaron por el camino para dirigirse a las zonas auríferas. En un par de meses, el ejército de California sufrió tres mil deserciones. El Gobierno de Estados Unidos envió refuerzos militares por mar, pero en cuanto el navío Ohio tocó puerto, ciento cuarenta de sus hombres saltaron al muelle y corrieron a las montañas.

La noticia recorrió el planeta. En septiembre llegó a San Francisco un buque con los primeros buscadores chilenos, que tardaban menos en navegar hasta California que los estadounidenses de la costa este a través del continente. San Francisco se hinchó con la llegada de aventureros de todo el mundo: en seis meses aquella aldea de pescadores se convirtió en una ciudad de treinta mil habitantes. En 1849 llegaron tres mil personas a pie desde Oregón, siete mil pasajeros europeos y americanos cruzaron Panamá para acortar la navegación, otros dieciséis mil doblaron el cabo de Hornos, cincuenta mil estadounidenses del este viajaron en carretas.

En las primeras fotos que se conocen de San Francisco, al fondo de la ciudad se aprecia un bosque de mástiles: son cientos de barcos abandonados que se pudrían en el fango costero. Existen imágenes de navíos semienterrados en mitad de las nuevas calles, rodeados por casas construidas a todo correr. Como no había material suficiente para levantar una ciudad con tanta rapidez, las velas de los barcos y las cajas de embalajes sirvieron para montar los primeros barrios. Aquel invierno, un lugar para dormir sobre una mesa se alquilaba por diez dólares la noche. Un huevo costaba un dólar. Al igual que el comerciante Brannan, los más avispados descubrieron que las verdaderas fortunas no se amasaban en la sierra sino en la ciudad, vendiendo a los mineros todo lo que necesitaran por precios disparatados.

Los mineros destripaban las montañas, bajaban con el oro a San Francisco, lo dejaban en las mesas de juego y en las camas de los burdeles, se arruinaban en un par de días de juerga y volvían a las montañas. «Las gentes de San Francisco están locas de atar», sentenció el New York Evening Post. Tanta riqueza volátil desató robos, asesinatos, linchamientos, batallas entre bandas mafiosas. En año y medio, seis incendios destruyeron grandes zonas de la ciudad que se volvían a levantar de nuevo en pocas semanas. El infierno abría su boca pero no terminaba de tragarse a los californianos.

Porque el flujo no paraba: también llegaron los fracasados de las utopías europeas de 1848. En 1849 el Gobierno francés organizó una lotería cuyo premio consistía en «el transporte gratuito a California para cinco mil emigrantes». Fue un sorteo amañado: el prefecto de policía Carlier elaboró las listas de premiados y en ellas incluyó a cinco mil socialistas y revolucionarios. Karl Marx, descorazonado tras las revoluciones fallidas de 1848 y la desbandada hacia California, escribió: «En el proletariado parisino los sueños socialistas han sido reemplazados por los sueños del oro». Y el cónsul americano de Marsella alertó a las autoridades californianas acerca de aquel contingente: «Viaja la escoria de París, los más peligrosos malhechores de Europa».

Algunos soñaron con crear una sociedad nueva en California. El periodista Taylor, después de visitar las zonas auríferas, hablaba de un «Edén recuperado»: «En las regiones mineras se han establecido unas normas que son fielmente observadas. En una región donde no hay Gobierno, ni leyes exactas, ni fuerzas de policía, ni cerraduras, y cuyos habitantes poseen riquezas como para tentar a los viciosos y a los depravados, la propiedad y la vida están tan bien protegidas como en cualquier otro lugar de la Unión y el porcentaje de delitos es igual de reducido».

Pero la fraternidad de los mineros duró poco. Después de escarbar hasta el último rincón de las montañas, el oro escaseó. Llegaron el hambre, la miseria, las enfermedades, las peleas entre clanes: los mineros estadounidenses atacaron a los mexicanos y a los chinos, los protestantes a los católicos, los soldados californianos a los mineros franceses que rechazaban pagar impuestos y que se defendían pegando tiros y cantando La Marsellesa. De la república minera solo quedó, al cabo de unos años, algún pueblo fantasma como Bodie.

El oro fue el padre de todos los pecados originales de California, como aprendió su descubridor John Sutter: «Cuando se divulgó el hallazgo, mis trabajadores empezaron a marcharse. Me quedé solo, con unos pocos mecánicos fieles, y pronto vi pasar un desfile de gente que venía desde las ciudades y que invadía mi hacienda. Así comenzó mi desgracia. Se pararon mis molinos. Me robaron hasta la rueda. Mis curtidurías quedaron desiertas. El cuero enmohecía y las pieles brutas se pudrían. Mis empleados indios y canacos reunían el oro y lo canjeaban por aguardiente. Mis trigales se pudrían, nadie recolectaba la cosecha de mis huertos, las más hermosas vacas lecheras mugían de hambre hasta morir. Unos hombres vinieron a buscarme y me suplicaron que subiera con ellos a Coloma, a buscar oro. Me fui con ellos, no tenía otra cosa que hacer. Pronto llegaron más multitudes sin permiso, comerciantes que montaban destilerías y emborrachaban a los indios. Yo me establecía cada vez más arriba en la montaña, pero esa maldita ralea de destiladores nos seguía por doquier. Mis hombres se jugaban el oro reunido y estaban borrachos la mayor parte del tiempo. Desde la cima de esas montañas veía el inmenso país que yo había fertilizado: lo estaban entregando al pillaje y a los incendios. En el fondo de la bahía se iba edificando una ciudad que crecía a simple vista y el mar aparecía lleno de barcos. Han construido una ciudad maldita, San Francisco, en el lugar exacto que escogí para desembarcar a mis trabajadores. Si hubiera podido cumplir mis planes, en poco tiempo habría sido el hombre más rico del mundo. Pero en estos años la vida ha sido un infierno. El descubrimiento del oro en mis tierras me ha arruinado. Maldito sea el oro».

El pueblo fantasma de Bodie, California. Fotografía: Tosh Chiang (CC).


Cansasuelos

suelosander

Este texto es un adelanto del libro Cansasuelos, editado por Libros del K.O.

El 7 de septiembre de 1944, los partisanos llegaron a una casa ocupada por nazis y mataron a dos de ellos. Los nazis empezaron entonces una cacería nocturna. Entraron en la primera casa que vieron, despertaron a un carretero llamado Raffaele Bartolini, que dormía con su mujer y sus cinco hijos, y se lo llevaron a rastras. De otras casas sacaron a Antonio Zuarzi, Corrado Zanini, Antonio Zanini y su hijo Mario Zanini, de diecisiete años. Pero cinco víctimas eran pocas para una represalia decente: los nazis solían matar a diez italianos por cada alemán muerto. Subieron a los cinco a un camión y, cuando ya amanecía, recorrieron el valle para ir agarrando a los hombres que encontraban por el camino. Levantaron a otros siete. Obreros que iban a la fábrica en bicicleta, campesinos que salían a trabajar en los campos, un molinero que llevaba grano al molino: Antonio Cioni, Gaetano Sordi, Lodovico Tovolio, Gualtiero Valdiserra, Albano Agnelli, Adelmo Rocchetta, Sisto Miglorio. Añadieron al grupo a tres prisioneros que tenían en un cuartel cercano: Gualtiero Bartolini, Antonio Bonini y un hombre sin documentos ni nombre conocido. Los nazis trajeron a los quince a este paraje cerca del río y les hicieron cavar sus tumbas. Antonio Zanini la cavó un poco mayor que los demás porque iba a ser también la fosa de su hijo. Luego alinearon a todos y los ametrallaron. Cuando acabó la guerra y vinieron a sacar los cadáveres, vieron que el padre y el hijo habían muerto abrazados.

Quince ametrallados no dejan marca en el paisaje. El sol del mediodía aprieta, cantan las chicharras, croa una rana de la laguna de San Gherardo, nos sentamos a la sombra de un fresno a comer un poco de pan con jamón y tomate. Dan ganas de siesta. Estamos a los pies de una muralla de piedra arenisca que se eleva trescientos metros sobre la vega del río Reno y se extiende durante quince kilómetros. Son los sedimentos acumulados en el fondo de un mar durante tres millones de años, luego alzados y expuestos a la atmósfera. Lo llaman el Contrafuerte Pliocénico. Aquí el mar se evaporó y quedó una montaña de sedimentos. Los ametrallados apenas dejan poso, por eso sus familiares colocaron un monolito, una placa, dos cipreses, ramos de flores. A sus catorce muertos y al decimoquinto sin nombre.

El camino sigue, el camino sube, el camino olvida, y desde los prados altos de Mugnano se abre la panorámica de las montañas boloñesas: un jardín. Vemos un oleaje suave de colinas, con sus tapetes de cultivos ocres y sus tapetes de praderas verdes, sus hileras de cipreses marcando los caminos, sus caseríos de color turrón aquí y allá. Los jardines tienen un truco sabio para que tanta geometría no empache: quedan manchas oscuras y salvajes, bosques desgreñados de arces, hayas y castaños, hundidos en las vaguadas o alzados en algunas cumbres. El jardín siempre es jardín por contraste. Y cuando entramos en el bosque, zas: un corzo en mitad del sendero. Nos mira un segundo, paralizado y tenso, y sale disparado ladera abajo con su culo blanco y sus orejas tiesas.

Ha sido tan emocionante, tan oportuno, tan útil para sentir que de verdad recorremos una cordillera aún salvaje en mitad de Italia, que he sospechado que el corzo trabaja para la oficina de turismo.

(S. me dice que no, que no puede ser un corzo municipal: de sus explicaciones sobre la política italiana deduzco que el ayuntamiento habría otorgado el concurso a algún empresario cuñado, que el empresario habría cobrado un dineral y que se estaría comiendo el corzo con salsa de arándanos, después de soltar en el bosque un gato gordo con cuernas de plástico).

A la salida del bosque, en la parte alta de las colinas, hay una casa con un jardín botánico. Antes fue la Ca Nova, un caserío destruido y abandonado durante la Segunda Guerra Mundial, ahora se llama Nova Arbora. Los propietarios actuales son un matrimonio de boloñeses que se marcharon de la ciudad a la montaña: Donatella y Giorgio. Compraron la finca, construyeron una casa nueva, utilizaron los escombros de la antigua para rellenar el terreno y crear una pequeña llanura. Levantaron muretes de piedra seca y Donatella cultiva allí un jardín con plantas medicinales, comestibles, venenosas, exóticas, autóctonas. Cultiva, también, las plantas que aparecían en los tratados de alquimia medieval y de las que se obtenían aceites, alcoholes y cenizas para producir medicamentos. Ya lo decía Philippus Aureolus Theophrastus Bombastus von Hohenheim, alias Paracelso: la naturaleza está en bruto, sin terminar, Dios encomendó a los humanos que la perfeccionaran, y la alquimia consiste en separar lo falso de lo verdadero. Era un primer paso para avanzar en el pensamiento científico sin moverles todavía la silla a los dioses. El Creador hizo el universo imperfecto porque le dio la gana, para tenernos entretenidos; por tanto, es lícito que los humanos investiguen y alteren la Creación.

Donatella nos ofrece una jarra de agua con varias rodajas de limón ―esa fruta asiática con la que los árabes alteraron el Mediterráneo: ah, la globalización―. Ella sale mucho a pasear.

―Ayer vi en el monte una orquídea salvaje que jamás había visto. He llamado a un experto para que venga a examinarla. ¿Y si fuera una orquídea nueva? Me gustaría que le dieran mi nombre ―dice Donatella, cincuenta y pico, melena corta con pocas canas. Camina por el jardín observando lento y haciendo algún gesto rápido; señala, retoca, acaricia la mata de lavanda, las pimpinelas, el romero, como si los saludara, como si fueran nietos. En el borde de una charca hay un sapo gordo, amarillo, quieto. Donatella no saluda al sapo, deben de verse a menudo―. Ayer el perro se puso a ladrar como loco. Me acerqué a aquel claro, detrás de aquellos árboles, y vi jabalís: dieciséis jabalís. Vivimos dentro de una reserva natural y los guardas controlan el número de jabalís. Así que van a hacer una batida. Si mañana escucháis tiros…

No parece que a los jabalís vayan a darles el nombre de nadie. También están ya muy vistos.

En una mesa del jardín, sobre un mantel de hule con dibujitos campestres y frases en francés, hay un obús oxidado. No sé si a los obuses se les dan nombres, supongo que para eso tendrán que hacer algo especial, algo más importante que destruir una simple casa de los Apeninos. Recuerdo aquel simpático Little Boy con el que los soldados estadounidenses bautizaron la bomba atómica que lanzaron contra Hiroshima para matar a unas ciento cuarenta mil personas ―muerto arriba, muerto abajo, otra vez―. Al avión lo llamaron Enola Gay, el nombre de la madre del piloto, que así quedó unida a la mayor masacre instantánea de la historia. Y yo a veces no sé qué regalar a mi madre. Tampoco sé explicar características artilleras, calibres, milímetros, siglas, así que diré que el obús que está en la mesa parece una berenjena metálica con alerones.

―Esta casa la ocuparon los nazis, la usaron como cuartel ―dice Donatella―. En los terrenos de alrededor hay muchas trincheras, solemos encontrar bombas. Estamos en plena Línea Gótica.

La Línea Gótica fue una línea de fortificaciones establecida por los nazis en el invierno de 1943 para frenar el avance de los aliados hacia el norte de Italia. Construyeron fortalezas, trincheras y refugios en los montes Apeninos, de mar a mar, pero también les preocupaban los nombres. Hitler pensaba que la línea podía caer, que podía ser rebasada por tierra o rodeada con desembarcos, y entonces ya no les quedaría un nombre tan poderoso como Línea Gótica para la siguiente defensa. Así que le pegó un toque al mariscal Kesselring para que rebajara el tono, y este la rebautizó como Línea Verde. Curioso: un adjetivo que también hoy sirve para casi todo y no significa casi nada. La preocupación de Hitler por el desgaste de las palabras y sus consecuencias es una lección para periodistas.

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Ander Izagirre cruzó los Apeninos a pie, desde Bolonia hasta Florencia. Luego escribió un libro en el que hay nazis, centauros, un hombre volador con alas de madera, doscientos mil bárbaros traicionados por un cuñado, dos señores que leen a Tito Livio y se ponen a excavar en el bosque durante dos años sin decir nada a nadie, una hostalera que esconde a Garibaldi, un hostalero que devora a sus huéspedes; hay una historia de amor, hay neurología, hay alquimia; hay una competición entre un pene de bronce y un pene de mármol. Izagirre consiguió escribir un libro en el que hay todo eso y en el que no ocurre nada. Bueno, sí: un perro llamado Rambo tropieza con una señora de ochenta y dos años llamada Anna y la tira al suelo.


El explorador que miraba y no veía

Château d'Abbadia Fotografía: Ander Izagirre
Château d’Abbadia Fotografía: Ander Izagirre

El explorador Abbadie levantó un castillo tintinesco en la costa de Hendaya, repleto de tesoros africanos y mensajes enigmáticos en los catorce idiomas que hablaba. Un hueco atraviesa las paredes del castillo y la biografía entera de Abbadie, un hueco acompañado por un lema: «No vi nada, no aprendí nada».

El porteador Bitawligne subía la montaña canturreando lamentos: ¡Ay, pobre de mí! ¡Mi patrón camina hacia las nubes! ¡Ay, madre mía, acaso me pariste para que yo caminara hacia las nubes!

Era el 13 de mayo de 1848 y los demás porteadores se habían plantado unas horas antes, asustados por la nieve, en el borde de los precipicios de esa montaña altísima a la que nadie subía jamás: era el territorio de los espíritus. En la cima se adquirían conocimientos poderosos pero el acceso estaba prohibido a los humanos. Bitawgline seguía, qué remedio, al Abba Diya, al padre del caballo blanco, hombre sabio, brujo europeo. Al Abba lo recibían en las cortes abisinias, le pedían bendiciones y trucos de magia, le pedían que adivinara el futuro, que hiciera de embajador para llevar a las hijas de los reyes a casarse con los hijos de reyes enemigos, le regalaban esclavos para sus expediciones misteriosas por el país.

El Abba Diya era Antoine d’Abbadie, explorador, cartógrafo, físico, astrónomo, etnógrafo, lingüista, nacido en Dublín en 1810, de madre irlandesa y padre vascofrancés. Y sí: perseguía un conocimiento que solo podía obtenerse en la cumbre del monte Bwahit.

Pero ese conocimiento le fue prohibido. Las nubes le impedían ver nada, ningún otro punto en las montañas, ningún horizonte para hacer sus triangulaciones y seguir cartografiando la cordillera etíope del Simen. Con una bruma tan espesa, el sextante y el teodolito que había acarreado Bitawgline hasta la cumbre no servían de nada. Abbadie le ordenó que encendiera un fuego y pusiera un cazo de agua a calentar. Luego sacó el hipsómetro de su estuche: un termómetro especial para sumergirlo en agua hirviente. El agua hirvió a 85,5 grados, así que Abbadie dedujo que la cima del Bwahit alcanzaba los 4 600 metros. En realidad mide 4 437 metros y es la tercera montaña más alta de Etiopía. Dos días después Abbadie escaló el techo del país: el pico Ras Dejen, a 4 553 metros. Se entusiasmó. No por ningún afán deportivo: simplemente, en el monte más alto de Etiopía, esa tarde, no había tantas nubes. Pudo medir un tour d’horizon casi completo, una panorámica en la que determinó varios puntos lejanos con sus alturas.

Como temían los porteadores abisinios, la ascensión de Abbadie a las cumbres desató una maldición. El explorador estaba fascinado por los pueblos abisinios, pasó allí diez años, escribió el primer diccionario de la lengua amárica con quince mil términos, cartografió doscientos cincuenta mil kilómetros cuadrados —el equivalente a media península ibérica—. Los diez mapas de Etiopía fueron su aportación más perdurable a la ciencia, casi la única que no se desmoronó con el paso de los años. Pero esos mapas vinieron de maravilla a los generales del ejército italiano en su primera invasión de Abisinia, en 1895. «Debieron de ser muchos más los abisinios que murieron víctimas de los mapas de Abbadie que los que él pudo salvar del hambre y la enfermedad financiando las misiones», escribió su biógrafo Iñigo Sagarzazu.

Antoine d’Abbadie emprendió una de las exploraciones más apasionantes del siglo XIX, puso en marcha experimentos ingeniosos, hizo miles de observaciones, casi todo le salió mal. Aprendió que la mayoría de las veces no se ve nada, no se aprende nada.

Abdullah, luz del castillo

Fotografía: ec-jpr (CC)
Biblioteca. Fotografía: ec-jpr (CC)

El castillo de Hendaya le salió bastante bien. Abbadie pasaba ya de los cincuenta años, quería un refugio en el que retirarse del mundo y de sus lecciones amargas, pero también una biblioteca y un observatorio en los que seguir su investigación minuciosa para entender el funcionamiento del universo. Compró terrenos en el promontorio de Santa Ana, en Hendaya, en unos prados costeros que terminan de golpe, en el borde de unos acantilados que se desploman cincuenta metros hasta el mar. Es el último promontorio de los Pirineos antes de desaparecer bajo el Atlántico. Y fue el último intento de Abbadie por encontrar algunas verdades antes de que todos sus descubrimientos fueran desmentidos y fueran desapareciendo, línea a línea, en cada nueva edición de las enciclopedias.

El arquitecto Violet le Duc le construyó un castillo neogótico y Abbadie añadió los toques africanos: unas palmeras esmirriadas que sufren con el salitre cantábrico, unos cocodrilos, elefantes y serpientes que se han adaptado mejor —porque son de piedra—. La serpiente repta por una de las paredes traseras, los elefantes vigilan desde las esquinas, dos cocodrilos flanquean las escaleras de la entrada. En el dintel del castillo, entre tréboles irlandeses, una inscripción gaélica dice Cead mile failte («cien mil bienvenidas»). Junto a la puerta hay un hueco en la pared, de unos veinte centímetros de diámetro, ahora condenado con cemento, y una inscripción en euskera que apunta al primer misterio de este castillo: Ez ikusi, ez ikasi («no ver, no aprender»). Abbadie vio mucho, vio muchísimo, vio tanto que comprendió que había muchísimas cosas que no conseguía ver.

En el vestíbulo del castillo, nada más entrar, tampoco se ve mucho. Las paredes están pintadas de negro, con esmaltes de azul y oro, y la luz solo llega a través de unas vidrieras muy altas. Abbadie nunca quiso instalar ese invento moderno de la luz eléctrica. Era científico, era inventor, pero también era un romántico, un orientalista decimonónico, y la luz de las antorchas le evocaba los tiempos duros y felices de las aventuras africanas.

Una escalera majestuosa lleva a la planta superior, donde la luz de las vidrieras ilumina ocho frescos murales con temas abisinios: la partida del guerrero, la comida del príncipe, las mujeres elaborando pan, los niños en la escuela, la pantera acechando a los antílopes… Son escenas sencillas, muy limpias, de líneas nítidas y colores planos, con un aire de cómic, casi parece que Tintín va a asomarse entre los personajes en cualquier momento.

En lo alto de la escalera aparece uno de esos buenos y humildes ayudantes, esos pequeños nativos que Tintín salvaba de alguna injusticia y que luego lo acompañaban durante el resto de la aventura. Abbadie también tuvo el suyo: Abdullah, «un bellísimo niño de seis años» que un rey etíope le regaló como esclavo. Abbadie le dedicó la estatua que corona la escalera de honor, la estatua de un joven abisinio que levanta una antorcha —ahora, ay, una lámpara eléctrica— y que ilumina la entrada al castillo. Abbadie siguió las rutas de los mercaderes de esclavos por el mar Rojo, habló con los cautivos, escribió sus historias y las contó después en los salones europeos, donde defendía la abolición de la esclavitud. Al pequeño Abdullah se lo trajo al País Vasco, donde vivió hasta los diecieste años. Luego el mozo se escapó a vivir sus aventuras, se alistó como zuavo —que, además de un insulto habitual del capitán Haddock, es el nombre que se les daba a los argelinos enrolados en el ejército francés—, participó en las batallas de Magenta y Solferino, anduvo por los circos de Francia rompiendo cristales con su voz aguda —lo cual hace sospechar que lo castraron de niño, como a tantos eunucos de las cortes orientales—, acumuló deudas jugando a cartas, se metió en peleas, escribió un arrepentimiento a Abbadie y murió fusilado mientras participaba en la insurrección de la Comuna de París en 1871.

La antorcha que portaba la estatua de Abdullah era la única arma que empleaba Abbadie durante sus viajes: para espantar a los leones. Llevaba armas de fuego en su caravana, pero solo para cazar, nunca para apuntar a una persona.

A los setenta y un años, en el tramo final del camino, Abbadie impartió en Venecia una conferencia titulada Credo de un viajero viejo. Dio algunos consejos: aprender el idioma del país (no nos podemos fiar de los intérpretes), viajar sin armas (a un viajero armado lo matarán por la espalda, es mejor el bastón de caminante), olvidarse de las costumbres europeas (no hay que lavarse a diario, nada de comida ni ropa occidental), viajar sin prisas (mejor aún: viajar despacio).

A los veintiséis años, en el principio del camino, puso los cimientos del resto de su vida. Aquel año le cundió mucho. Publicó con Chaho los Estudios gramaticales de la lengua euskariana, viajó a Brasil para medir las variaciones del magnetismo terrestre, y se hizo muy amigo de un hombre que subió corriendo a su mismo barco transatlántico, un fugitivo «sin sombrero y sin equipaje»: el futuro emperador Napoleón III. También se entrenó para su gran expedición africana. Nadaba en el mar de Biarritz, caminaba durante horas, dormía al raso en la montaña de Larrún, practicaba tiro y esgrima, seguía una dieta estricta de huevos y legumbres. Leía, leía, leía: relatos de exploraciones, manuales de geodesia, informes arqueológicos, estudios sobre el origen de los negros. Quería abarcarlo todo. Pero, por encima de todo, perseguía un sueño: descubrir las fuentes del Nilo.

Vengo a respirar el aire de vuestras montañas

Frescos de inspiración etíope en la entrada del castillo. Fotografía: Bernard Blanc (CC)
Frescos de inspiración etíope en la entrada del castillo. Fotografía: Bernard Blanc (CC)

Abbadie viajaba despacio, sí. En octubre de 1837 desembarcó en Alejandría, donde ya estaba su hermano Arnaud. En El Cairo pasaron dos meses organizando la caravana, contratando guías, eligiendo dragomanes, comprando camellos, empaquetando fardos de cien kilos en los que llevaban, por ejemplo, caftanes de seda azul, turbantes, camisas, calzoncillos, pantalones turcos, pantalones de terciopelo, morfina, ungüento mercurial, mechas para las lámparas, brújulas, binoculares, cuchillos y una biografía de James Bruce, el escocés que se pasó doce años buscando las fuentes del Nilo. Para aguantarse la impaciencia y distraerse, Abbadie subió a la pirámide de Keops y desde arriba tomó las primeras mediciones geodésicas. No era época de selfis.

Antoine y Arnaud bebieron un trago del Nilo y se prometieron beber otro trago en las fuentes del río. Les iba a costar un rato: nueve años y tres meses.

El viaje se alargó tanto, entre otras cosas, porque al cabo de dos años Abbadie confirmó que sus mediciones no cuadraban de ninguna manera: el subsuelo volcánico de Etiopía imantaba las agujas de sus instrumentos geodésicos. Aquello era un desastre. Así que se volvió a casa a por otros aparatos más fiables. Y se pasó dos años deambulando por Europa, reuniéndose con científicos para que le prestaran los instrumentos más avanzados, dando conferencias en París, Londres y Roma, recibiendo homenajes y medallas, incluso reuniéndose con el papa Gregorio XVI para hablar del mitológico reino cristiano del Preste Juan, que Abbadie esperaba encontrar en alguna parte de Etiopía. Luego volvió a África, a reencontrarse con su hermano y reanudar la expedición.

Durante la marcha, Abbadie anotó cuál era la composición de las rocas, hasta dónde se extendían los palmerales, qué aspecto tenía la orina de los camellos; escribió que el pueblo de los duhul se dedicaba a pescar perlas en el mar Rojo, que los jayto solo comían carne de cocodrilo, que el manjar más apreciado por los waea en las grandes ocasiones eran los pechos de mujer asados. En el puerto de Yeda, donde confluían miles de peregrinos camino de La Meca, apuntó: «Desde la cisterna hasta la puerta de la ciudad, he medido con pasos 300 metros, y luego 562 hasta la casa de Malim Yusuf».

Aquel blanco que curioseaba por todos los rincones despertó recelos. Y la expedición se convirtió en un juego de la oca, plagado de casillas trampa. Se le echaron encima los guerreros que cobraban peaje a las caravanas de mercaderes, y Abbadie se negó a pagar porque él no era un comerciante: el grupo tuvo que pasar dos meses acampado junto a una charca, rodeado de hienas, hasta que consiguieron un salvoconducto. El gobernador inglés de Adén ordenó capturar a Abbadie, acusado de ser espía francés, y el pobre emprendió una huida loca de puerto en puerto. Escribió que prefería estar entre bárbaros que entre ingleses. El príncipe de Tigré, que acababa de descuartizar a seis monjes protestantes, dio audiencia a los hermanos Abbadie para decidir qué hacer con ellos. Arnaud hizo la siguiente presentación: «El hombre pálido es mi hermano. Él estudia los aires, las aguas y las estrellas. Yo, por mi parte, vengo a respirar el aire de vuestras montañas, a beber el agua de vuestras fuentes y a buscar amigos entre vosotros». Añadieron unos trucos con agua efervescente de Seltz y con un cronómetro, y la cosa funcionó. El príncipe les dio escolta para el tránsito por sus territorios.

A las fuentes del Nilo, a las supuestas fuentes del Nilo, llegaron el 19 de enero de 1847. Habían remontado el cauce a través de las selvas ecuatoriales, hasta encontrar una cascada que caía del monte Bora, a 2 650 metros de altitud. Allí plantaron la bandera francesa. Mandaron cartas a las academias científicas y a las autoridades de París para comunicar el descubrimiento, y al regreso recibieron medallas, fiestas, honores. Duró poco. Otros exploradores, sobre todo los británicos, cuestionaron la reivindicación de Abbadie: lo que él había descubierto eran las fuentes del Nilo Azul, que vale, que no están mal, pero el Nilo Azul es un afluente del Nilo, que en realidad nace en el lago Victoria.

La vida pasa como el humo

Fptpgrafía: Bernard Blanc (CC)
Habitación del emperador Napoleón III en el Château d’Abbadia. Fotografía: Bernard Blanc (CC)

Del Nilo queda poca huella en el castillo de Abbadie: los cocodrilos de piedra que custodian la entrada y el libro Lo que yo he visto, que el explorador escribió a los ochenta y dos años, porque al final algo sí que vio. En ese libro, con una irritación evidente, se preguntaba por qué la longitud debe ser el criterio para decidir cuál es el río principal y cuál el afluente, por qué no el caudal, las crecidas o la altitud; y seguía, bastante picado, preguntando por qué había que dar la razón siempre a los británicos, esos arrogantes que iban por el mundo eliminando los nombres nativos de las montañas, los ríos y los lagos, para imponer los suyos, esos avasalladores que llamaban Victoria a treinta lugares del planeta. Si aquel gran lago era de verdad la fuente del Nilo, como decían los británicos, en fin, había que ser ridículo para llamarlo Victoria.

«La vida pasa como el humo», dice una inscripción en latín en la chimenea del gran salón del castillo. En las vigas, un verso en inglés de Buchanan invita a la calma, el silencio, el sueño.

Así se fue enroscando el viejo Abbadie en su castillo, encogido por los cansancios y las decepciones, en este refugio con escaleras de caracol, puertas secretas detrás de las camas, torres, sótanos, pozos. Se encogió en la nostalgia del salón árabe, del fumadero de cachimba, de la habitación de Etiopía, la habitación de Jerusalén, la habitación del emperador Napoleón III —que iba a venir a poner la última piedra del castillo y nunca vino: queda el hueco de esa piedra en un balcón—. Imagino a Abbadie caminando despacio por los pasillos sombríos, mientras su mente evoca las pisadas en la nieve etíope, mientras suena «This is the end», de The Doors —perdón—; lo imagino caminando entre los escudos africanos y las cornamentas colgadas en las paredes, entre armarios chinos, butacas tapizadas con sedas indias, chimeneas de mármol negro, estatuas de santos, jarrones de porcelana, la carabina cuyo disparo defectuoso le dejó ciego durante meses en Etiopía y Arabia.

En el comedor, entre sus paredes forradas de cuero de búfalo, Abbadie debió de distraerse a veces ordenando las sillas. Cada una lleva una letra del alfabeto amárico bordada en el respaldo. Y cuando se colocan todas las sillas alrededor de la mesa, en un determinado orden, componen una frase: «Que no haya un traidor entre nosotros».

En el comedor a veces volaba un pajarraco insolente. Virginie de Saint-Bonnet, la esposa de Abbadie, se paseaba con una cacatúa calva en el hombro, de nombre Coco, que se lanzaba sobre la mesa cuando los sirvientes traían las bandejas con la comida. Virginie se excusaba con los invitados: «Perdonen a Coco, es un alma del purgatorio». Y la cacatúa repetía a gritos: «¡Purgatorio, purgatorio!».

La habitación de Virginie tiene un balconcito privado, que cuelga sobre la capilla de la planta inferior, para que ella siguiera la misa desde la altura. Los Abbadie escribieron al papa Pío IX para pedirle este privilegio, y lo obtuvieron. En el tocador de Virginie hay un huevo fosilizado del extinto pájaro elefante de Madagascar. Y en las vigas del cuarto hablan otros versos en alemán: «Triple es el paso del tiempo. Dudando y misterioso, el futuro viene hacia nosotros. Rápido como la flecha, el presente huye. Inmutable y eterno, el pasado permanece».

Abbadie murió en París, a los ochenta y siete años, aferrándose al pasado. Quiso morir en la misma casa en la que había muerto su idolatrado Chateaubriand. Cuando Abbadie era adolescente, un adolescente aplicado, apasionado por la química y la astronomía, solo faltó a la escuela una vez. Una noche, cuenta su biógrafo Sagarzazu, sufrió una infección lacrimal de tanto llorar por la novela Les Natchez, y al día siguiente tuvo que quedarse en la cama. Era una novela de Chateaubriand sobre los indios norteamericanos natchez, una historia romántica, un relato aventurero en paisajes majestuosos, el mundo noble en el que Abbadie quiso vivir.

El hueco taponado

Fotografía. Bernard Blanc (CC)
Fotografía. Bernard Blanc (CC)

A Antoine en 1897 y a Virginie en 1901 los enterraron en una cripta bajo el altar de la capilla. Fue el último hueco cerrado en el castillo.

El penúltimo hueco es el que se ve, taponado con cemento, junto a la puerta de la entrada. El hueco redondo que lleva el lema «No ver, no aprender». Ya dentro, en el vestíbulo, la pared de enfrente tiene otro hueco igual. En la siguiente estancia, junto a unas escaleras, hay otro hueco en otra pared. Los huecos están alineados. Y si seguimos la línea, encontraremos más huecos que atraviesan los muros del castillo hasta el observatorio.

Este observatorio fue la última trinchera de Abbadie. Se refugió aquí en Hendaya, rumió sus decepciones, pero nunca se rindió. Pasó temporadas en París, presidiendo la Academia de las Ciencias. Viajó a Noruega, Castilla y Argelia para observar eclipses y estudiar la composición del sol. Con setenta y dos años se fue a Haití para estudiar el paso de Venus delante de la estrella. Con setenta y cuatro años recorrió de nuevo el Mediterráneo y Oriente Próximo. Volvía siempre al castillo de Hendaya, que no es la cueva de un ermitaño que se aleja del mundo: está diseñando para seguir profundizando en el universo. Tiene una biblioteca de dos alturas, con olor a cuero, madera y pergamino, en la que reunió diez mil obras científicas y literarias, incluida la mejor colección de libros en euskera —Abbadie también fue el patriarca del renacimiento cultural vasco: publicó estudios sobre la lengua, organizó certámenes culturales en los pueblos, pagó escuelas, apadrinó a los escritores más brillantes—. Y junto a la biblioteca está el observatorio, el espacio más amplio y diáfano del castillo.

Allí está el telescopio meridiano: Abbadie abría la trampilla del techo y observaba el paso de las estrellas por el meridiano de su castillo, anotaba sus coordenadas y trazaba, poco a poco, una cartografía celeste.

Allí está también el tubo vertical y transparente, con un rayo láser verde en su interior, un aparato moderno que recuerda otro de los grandes empeños fracasados de Abbadie: fijar la línea vertical, observar sus movimientos y así estudiar los desplazamientos de la corteza terrestre a causa de los microterremotos, las influencias de las mareas, de la luna, del sol. Abbadie construyó aquí mismo una nadirane: una torre de cemento de ocho metros de alto, con un hueco por el que caía un hilo de plomo (digamos: el abuelo del rayo láser actual). En el fondo del pozo, el hilo de plomo se hundía en un baño de mercurio. Cualquier movimiento de la tierra inclinaba ligeramente el líquido. Y así el mercurio reflejaba la imagen del hilo con una ligera inclinación respecto del propio hilo: Abbadie medía esos ángulos. Hizo tres mil observaciones, captó seísmos minúsculos, imperceptibles. También detectó cierta regularidad de las inclinaciones del mercurio relacionados con las mareas, pero a menudo interferían otros movimientos de origen desconocido para Abbadie, que le chafaban las medidas. Podían ser desplazamientos mínimos del terreno, aguas subterráneas, quién sabe. Y los experimentos se estropearon del todo con la llegada del ferrocarril a Hendaya: las vibraciones del tren trituraban las medidas y los nervios de Abbadie.

¿Y por qué mandó perforar todas las paredes del castillo, con esos huecos alineados desde la entrada hasta el observatorio? Porque quería enfocar con un telescopio la cumbre del monte Larrun, el punto más alto y lejano que se puede ver desde el castillo. El observatorio está en el extremo noroeste del edificio, el monte queda hacia el sureste, así que, para mirarlo con el telescopio, Abbadie perforó los muros con esos agujeros alineados y revestidos de nácar. Quería medir la refracción: un rayo de luz cambia ligeramente su dirección cuando atraviesa medios de distintas densidades (el agua, el aire frío, el aire caliente…). Quería probar que el monte Larrun está en un punto y que nosotros, desde lejos, lo vemos en otro punto, un poco movido por las distorsiones de la atmósfera. Y quería medir esa diferencia. Pero le salió mal: al atravesar todos esos huecos, durante tantos metros, las ondas de la luz sufrían la difracción, se desviaban, proyectaban una imagen borrosa y oscura, más borrosa y más oscura después de cada hueco. Y al final, en el telescopio, Abbadie ya solo veía una mancha negra.

Mandó tapar el agujero de la entrada con cemento y talló la frase «Ez ikusi, ez ikasi». No vio, no aprendió. Nunca dejó de mirar.

*

Visita al castillo

Fotografía: Ander Izaguirre
Fotografía: Ander Izaguirre

El castillo se puede visitar por libre o con guía (en francés y, a veces, en castellano). Los horarios y los días de visita cambian según la época del año Se pueden consultar en www.chateau-abbadie.fr

La entrada cuesta 7,90 € para un adulto. Y para una familia (dos adultos y hasta tres niños), 20 €.


Una carretera construida para castigar a los ciclistas

Foto: DP.
Foto: DP.

El Muro de Sormano es una carretera trazada en 1960 para que los ciclistas sufrieran más en el Giro de Lombardía. Se subió en tres ediciones, pero resultó tan terrible que lo abandonaron durante medio siglo. Este domingo vuelve.

En 1960 el patrone Torriani se empeñó en que debían torturar más a los ciclistas. Ya estaba harto de que un pelotón numeroso superara las cotas del Giro de Lombardía sin mayores problemas y de que el triunfo se decidiera en un sprint masivo. Habían pasado los años épicos de Bartali y Coppi, de las cabalgadas solitarias, y el palmarés se le estaba llenando de velocistas: Van Looy, Defilippis, Darrigade. La subida emblemática de la prueba, el santuario del Ghisallo, ya no era aquel camino embarrado de los años treinta y cuarenta, plagado de socavones, que desperdigaba a los ciclistas. Era una carretera bien asfaltada, que ya daba poco miedo.

Y el patrone Vincenzo Torriani, organizador de las mayores carreras italianas, sabía que una de sus tareas consistía en hacer sufrir a los ciclistas. Él introdujo la subida al Poggio —y su descenso revirado— para electrizar el final de la Milán-San Remo; él se atrevió a mandar a los ciclistas del Giro de Italia al Gavia y al Stelvio, rozando los tres mil metros de altitud en mayo, con paredes de nieve a los costados, con tormentas, con nieblas; y él llamó un día a Angelo Testori, alcalde del pueblo de Sormano, para que le buscara alguna subida empinada, cerca del Ghisallo.

El alcalde Testori conocía un camino en el bosque. Solía pasear monte arriba, cruzaba el puente de Corno —apenas una pasarela de madera sobre el torrente— y trepaba por un sendero tan empinado que le obligaba a apoyarse a ratos en los castaños para recuperar la respiración. El sendero llegaba a la Colma di Sormano, un collado en el que había un par de cabañas. Testori llamó a Torriani, organizador del Giro de Lombardía: tenía la subida, el único problema era que se trataba de una mulattiera, un camino de mulas.

Torriani decidió que eso no iba a ser un problema: lo ampliarían y lo asfaltarían, construirían una carretera en esas montañas que se alzan sobre el lago de Como, solo para endurecer el Giro de Lombardía. Aquella nueva carretera subía 297 metros de desnivel en 1,7 kilómetros: una pendiente media del 17,5%, con rampas máximas del 25%, una barbaridad.

Cuenta el periodista Pino Lazzaro que Torriani tenía miedo de que aquello se convirtiera en un «spingi, spingi» (¡empuja, empuja!). Por eso colocó a algunos voluntarios en la subida, para impedir que los espectadores empujaran a los ciclistas y distorsionaran la carrera. En los tramos más vertiginosos, instaló una red metálica para que los corredores no se salieran del camino y se despeñaran. Y prohibió el acceso de los coches de los equipos: los mecánicos cogerían las ruedas de repuesto y subirían con ellas en unas Vespas dispuestas por la organización.

Demasiadas trampas

En la foto se ve a Ercole Baldini —campeón de Italia, campeón del mundo, campeón olímpico, campeón del Giro— apeado de la bicicleta y agarrándola por el manillar. Detrás de él, tres compañeros de equipo, también a pie. Están reconociendo el Muro, unos días antes del Giro de Lombardía. La foto aparece en un recorte de prensa, ahora expuesto en la hostería de la Colma di Sormano, y el titular dice: «Baldini: ¡una subida imposible!». Y el subtítulo: «En el reconocimiento del Muro de Sormano, los ciclistas del equipo Ignis echaron pie a tierra repetidas veces».

Hay más fotos: un hombre con buzo de obrero corre y ríe en el Muro, mientras empuja a Bahamontes, que va sentado, hundido en la bicicleta, con una mueca de asfixia, y mira arriba como si le viniera encima una avalancha de rocas. O la foto de tres ciclistas tomada desde detrás, tres ciclistas de pie sobre las bicicletas, tan volcados sobre el manillar que parecen cuerpos decapitados retorciéndose. O la imagen de Massignan, el ciclista que coronó el Muro en carrera por primera vez, agonizando en la curva del 25%.

La historia del Muro se lee en el asfalto, y esto no es una metáfora.

Foto: Ander Izagirre.
Foto: Ander Izagirre.

La carretera, abandonada durante décadas, fue reasfaltada y renovada en el año 2006 por unos paisajistas. Con esa querencia tan italiana por la épica, convirtieron la carretera en memorial, en monumento, en escenario. Y la pintaron: pintaron la altitud metro a metro, con números blancos sobre el asfalto negro, a partir del 827, 828, 829; y así, cuando los números están muy seguidos, queda claro que la pendiente es terrible. Por ejemplo, en esa curva de Massignan en la que casi se solapan el 1013, 1014, 1015, 1016: pocos pueden subirla pedaleando. También pintaron declaraciones de ciclistas acerca del Muro, los tiempos de ascensión de 1960, 1961 y 1962 —las tres primeras ediciones, y las tres últimas hasta cincuenta años más tarde— y algunas indicaciones para reconocer las montañas de alrededor.

Esas indicaciones de las montañas no son, desde luego, para los cicloturistas que vienen a probarse. Suben con la cabeza agachada, mirando el asfalto, y si levantan la vista solo es para no salirse y no caerse ladera abajo. Una valla impide el paso de los coches, así que los cicloturistas pueden retorcerse con toda paz y disfrutar agonizando. La mayoría se entusiasma si llega a la cumbre sin bajarse de la bici, algunos participan en la cronoescalada que se celebra todos los años en julio y aspiran a una buena marca.

Vemos a un ciclista de unos cuarenta años, que solo lleva medio kilómetro y se topa con una rampa de cien metros al 23%. Pedalea como si arrastrara árboles, sacude el cuerpo atrás y adelante, empuja con los riñones, con los brazos, con las piernas, cada vez más lento, tan lento que va a caer, pero no, pero gira las bielas una vez más, ya no puede con la siguiente, parece que va a caer pero saca el pie del pedal y se apoya en el suelo en el último instante. Y plagia a Baldini sin saberlo:

—Impossibile! —dice. Intenta sonreír, apoya los brazos y la cabeza sobre el manillar, jadea como una locomotora de vapor.

—Tranquilo —le decimos—, Poulidor también se bajó de la bici.

Para reanudar la marcha, necesita que le empujemos.

En la cota 880 aparecen unas frases de Gino Bartali, ganador de dos Tours, tres Giros y tres Lombardías, que se había retirado unos años antes de que se estrenara el Muro de Sormano. Habla de los passistas, de los corredores potentes, con fondo, que no son escaladores explosivos ni velocistas puros. Los ciclistas que antes ganaban a menudo el Giro de Lombardía. Pero con este invento de Sormano: «Un passista no tiene alternativa. Debe llegar al pie del Muro con diez minutos de ventaja por lo menos. Así lo subirá a pie, empleará un cuarto de hora más que quienes lo escalen en bici, llegará a la cima con cinco minutos de retraso y todavía tendrá alguna esperanza». 

Un poco después aparece la lista de los diez ciclistas más rápidos en la primera subida de la historia, la de 1960: Massignan (10 minutos y 2 segundos), Daems (10 min y 29 s), Pizzoglio (10 min y 29 s)… En los kilómetros que quedaban hasta la meta de Milán, se reagruparon ocho ciclistas en cabeza, y el belga Daems ganó al sprint. Massignan, el más rápido en el Muro, fue el más lento en la última recta y terminó octavo. Su ascensión al Muro, por cierto, da una media de 10,2 kilómetros por hora: por debajo de esa velocidad es difícil mantenerse sobre la bicicleta.

Al año siguiente, Torriani cambió la llegada. Por primera vez en la historia, el Giro de Lombardía no terminó en Milán sino en Como, mucho más cerca del Muro, para que la carrera no volviera a reagruparse. Otra pintada recuerda en el asfalto los tiempos de aquel 1961: Pambianco (11 min y 20 s), Massignan (11 min y 23 s), Taccone (11 min y 35 s)… La carera llegó mucho más rota: ganó Taccone, delante del pobre Massignan, que no conseguía rematar, y a Pambianco debió de pasarle algo en los últimos kilómetros, porque llegó décimo, a casi cuatro minutos y acompañado por Raymond Poulidor, que había echado pie a tierra.

En 1962 pasó algo extraordinario: Baldini, el que había dicho que el Muro de Sormano era imposible, marcó un tiempo de 9 min y 24 s. La magnitud de esa marca se apreció cincuenta años más tarde, en 2012, cuando la carrera volvió por cuarta vez: Sergio Henao y Purito Rodríguez fueron los más veloces con 9 min y 20 s, solo cuatro segundos mejor que Baldini; Quintana, Nibali, Contador, Urán y Mollema tardaron 9 min y 23 s.

Baldini confesó el secreto de su marca al patrone Torriani: «Si tienes muchos tifosi, en Sormano recibes muchos empujones. Y yo tenía muchos, muchísimos tifosi».

Esa frase no está pintada en el asfalto. Pero fue quizá la más importante de la historia del Muro: fue su epitafio. Torriani, padre del monstruo, lo abandonó a los tres años.

Foto: Ander Izagirre.
Foto: Ander Izagirre.

A los cincuenta años resucitó

En 1963 el Giro de Lombardía se fue por otras rutas; en 1975 construyeron una carretera provincial que subía a la Colma di Sormano con un trazado mucho más largo y suave; el Muro absurdo quedó abandonado durante décadas.

Pero los aficionados italianos son mitómanos sin remedio. Y el Ayuntamiento de Sormano, que lo sabe, decidió rehabilitar el Muro en 2006 y presentarlo como atractivo turístico. Los cicloturistas volvieron a subirlo, incluso organizaron una cronoescalada anual, y pronto empezaron a pedir el regreso del Giro de Lombardía.

Los organizadores aprovecharon un aniversario para dar la noticia: en 2012, cincuenta años después de la última vez, los ciclistas volverían a subir el Muro. Pasó primero Romain Bardet, que venía escapado, pero los dos más rápidos fueron Sergio Henao y Purito Rodríguez. Rodríguez acabó ganando la carrera, con un ataque en un repecho cerca de la llegada a Lecco: el Muro estaba demasiado lejos de la meta, servía para romper la carrera pero no para decidirla. En la edición de 2015 el paredón de Sormano vuelve por quinta vez, y parece que servirá para lo mismo. Solo para cribar: desde su cumbre quedarán más de cincuenta kilómetros y dos subidas más.

Los organizadores saben que meter a los ciclistas por Sormano sirve para algo que no tiene que ver con el desarrollo de la competición. Sirve para que se reúna una muchedumbre de tifosi entusiasmados, sirve para que se cuenten de nuevo las historias de Baldini, Bartali y Massignan, sirve para reavivar esa leyenda de la que se alimenta el Giro de Lombardía. Es una de las carreras más antiguas del mundo: se empezó a disputar en 1905, cuatro años antes que el propio Giro de Italia, y forma parte de los Cinco Monumentos (junto con la Milán-San Remo, el Tour de Flandes, la París-Roubaix y la Lieja-Bastoña-Lieja, todas pruebas centenarias).

Un niño hambriento en el Ghisallo

El 27 de septiembre de 2012, dos días antes de ganar la prueba, Purito Rodríguez tuiteó este mensaje: «Visto el Muro de Sormano. Duro no, lo siguiente. Será espectacular Lombardía. Estos italianos se lo saben montar bien y venderlo mejor».

Sí, los italianos lo entienden muy bien: el ciclismo nos atrae porque nos da leyendas, aventuras, héroes exagerados. El ciclismo es una narración. Y las pruebas más importantes del mundo siempre fueron fundadas por periodistas: miles de lectores corrían al quiosco y pagaban por el relato. El Giro de Lombardía lo inventó el periodista Tullo Morgagni en 1905, y lo planteó como una revancha entre los campeones de la temporada italiana: Albini, Cuniolo, Gerbi, Rossignoli, Ganna.

Los periodistas, guionistas del ciclismo, buscaron nuevos giros en la historia. En 1919 se les ocurrió incluir la subida al santuario del Ghisallo, un camino de tierra, empinadísimo para subirlo con aquellas bicicletas tan pesadas. La primera gloria fue para el terrible Girardengo, ídolo temprano de la Italia ciclista. «Desde que atacó a sus rivales, no dio la impresión de sentir cansancio», contó la crónica de La Gazzeta dello Sport. «En la subida fue enérgico, a veces violento, pero siempre constante, poderoso, desatado». La carrera se disputaba en noviembre y Girardengo llevaba guantes gruesos, rodilleras de lana y guardabarros. Después de bajar el Ghisallo, paró en un pueblo para lavarse y entrar en calor a base de café y huevos. En la meta de Milán, Girardengo sacó ocho minutos a Belloni y veintitrés a Suter. El octavo y último clasificado, De Michel, llegó a tres horas y treinta y tres minutos.

Foto: Ander Izagirre.
Foto: Ander Izagirre.

El Ghisallo cuajó como escenario de batallas memorables, tanto en el Giro de Lombardía como en el Giro de Italia, y los ciclistas de la comarca peregrinaban a esta montaña. Pedaleaban el camino del calvario, rezaban a la Madonna y le dejaban ofrendas. El 17 de agosto de 1947, en un domingo de romería, subieron tantos ciclistas, ofrecieron tantas maglias, tantas gorras, tantas flores y tantos trofeos a la Virgen, que al rector se le ocurrió una idea: pedirle al papa Pío XII que nombrara patrona de los ciclistas a la Madonna del Ghisallo. Desde entonces, en la ermita se guardan bicicletas de campeones como Coppi, Bartali o Merckx, maillots, medallas, trofeos, banderines. Y en el año 2000 construyeron, junto al santuario, un museo del ciclismo, amplio y moderno, con una extraordinaria colección de bicis, maglias y otros fetiches, y un relato histórico con joyas documentales.

Entre las mil fotos magníficas, hay una curiosa: Felice Gimondi, en 1966, corona el Ghisallo bajo la lluvia y se lleva algo de comida a la boca.

Él escaló esta montaña las dos veces que ganó el Giro de Lombardía (1966 y 1973) y las otras tres en las que subió al podio. También lo hizo vestido con la maglia rosa en dos de sus tres Giros de Italia triunfales (en 1967 y 1976). Pero esas siete escaladas gloriosas solo fueron repeticiones de una aventura infantil. En un libro editado por el museo, escribió Gimondi:

Cuando yo era niño, en los años cincuenta, llegaba septiembre y en mi pueblo no había otro tema de conversación: el Giro de Lombardía. Los hombres se sentaban en los bancos delante de la iglesia y contaban siempre las mismas historias de Bartali y Coppi, el momento en que les vieron pasar por el Ghisallo, qué cara ponían, qué gestos hacían. Era la carrera que se disputaba más cerca, a unos sesenta kilómetros de nuestro pueblo, y los niños tachábamos los días que faltaban. En nuestra fantasía, el Ghisallo era una montaña misteriosa, fascinante, inaccesible. Mi padre y mi tío tenían un camión con el que transportaban gravilla. La víspera del Giro de Lombardía limpiaban la caja trasera, le ponían dos filas de bancos, lo cubrían con una carpa y allí nos sentábamos un montón de gente. Salíamos a las cuatro de la mañana y nos íbamos al Ghisallo, a ver cómo sufrían los ciclistas en esa carretera sin asfaltar, atascados en el barro o ahogados en el polvo. Allí nació mi pasión por el ciclismo.

Y fue el primer puerto que subí en bicicleta. Un día de verano salí con un amigo del pueblo y nos fuimos hasta el Ghisallo, una expedición extraordinaria. Fue una de las subidas más terribles de mi vida, ese día sufrí más que cuando me atacaba Eddy Merckx. De vuelta a casa, desfallecimos. Íbamos muertos, hambrientos, y en la entrada de un pueblo tiramos la bicicleta y saqueamos una higuera. Nos tumbamos en la hierba y nos hartamos a comer higos.

Una década más tarde, cuando coronó el Ghisallo en primera posición y volaba hacia la victoria, Gimondi debió de recordar el desfallecimiento infantil. Y se llevó la comida a la boca.

Foto: DP.
Foto: DP.


El orgullo de los malditos

El barrio de Bozate. Foto: Ander Izagirre.
El barrio de Bozate. Foto: Ander Izagirre.

—Somos hijos de una raza maldita.

Xabier Santxotena habla, a menudo, en primera persona del plural.

—Decían que éramos herejes, que hacíamos pactos con el diablo, que teníamos lepra, que no teníamos lóbulos en las orejas, que nuestra sangre hervía. Que si pisábamos descalzos, la hierba no volvía a crecer. Si agarrábamos una manzana, se pudría. En este valle no nos dejaban tener tierras, ni ganado, ni sacar madera de los bosques comunales, ni beber de las fuentes de los pueblos. Teníamos que llevar un distintivo rojo, una tela cosida en la ropa con forma de huella de oca.

Santxotena desciende de aquellas gentes que se instalaron en la Edad Media en el barrio de Bozate, un racimo de caseríos blancos en una pradera del valle del Baztán (Navarra). Es un pueblo de cien habitantes, caminos empedrados, calles estrechas, varias huertas, una pequeña plantación de maíz, casas con explosión de geranios en los balcones y carteles que ofrecen miel casera y zumo de manzana. En la pradera pastan las ovejas, al fondo se elevan las primeras montañas pirenaicas de mil metros, un telón de laderas verdes y rasas. Bozate es una postal, Bozate fue un gueto hasta ayer.

Sus habitantes no podían casarse con otra gente y sufrieron esa marginación, como otras, hasta bien entrado el siglo XX. La antropóloga Paola Antolini mencionó una boda que causó escándalo hacia 1940: una cocinera de Bozate se casó con un carpintero tallista de Arizkun, el pueblo que queda a un kilómetro y medio, al otro lado del río Baztán. Bozate es un barrio de Arizkun; durante siglos pareció que pertenecía a otra galaxia. La boda entre la moza de Bozate y el mozo de Arizkun fue muy criticada, escribió Antolini.

—Pues esos eran mis padres: Julián y Jesusa —dice Santxotena, que nació en Arizkun en 1946, y que pronto sospechó que algo pasaba al otro lado del río—. A mí me mandaban, de niño, a llevar las vacas de Arizkun al prado de Bozate. Cruzaba el río, con ocho o nueve años, y yo sabía que entraba en un sitio un poco especial. No recuerdo nada muy concreto, pero sabía que Arizkun y Bozate eran distintos, que la gente era distinta. Algún día me llegó la palabra. Recuerdo que se lo pregunté a mi padre: qué es eso de los agotes. Qué quiere decir que los de Bozate son agotes. Y él me dijo: ¡Eso son tonterías! No me dijo nada más.

La palabra estuvo oficialmente prohibida: en 1817, las Cortes navarras decretaron que a nadie se le llamara agote, «so pena de injuriador». Según explicaba el decreto, algunos consideraban que esas gentes descendían de los herejes albigenses de la Edad Media: «Esas conjeturas y otras vulgares tradiciones han sido causa de que hasta ahora se les haya tratado con notorio desprecio, reputándoles viles, excluyéndoles de todos los oficios públicos, incluso del trato social y civil». Prohibieron la palabra, el desprecio duró. Algo queda todavía.

*

Santxotena palpa con su mano izquierda la narizota de Lope de Aguirre: la nariz de una cabeza de madera que mide dos metros de altura y pesa mil doscientos kilos. Es obra suya. Los bloques de encina, roble y nogal componen una gran nariz geométrica, unos ojos hundidos, una mandíbula prominente. La escultura tiene una expresión tranquila y poderosa. A mí me recuerda —con perdón— a Miguel Indurain. Santxotena le pega unos cachetes cariñosos en la nariz. Siente simpatía por Lope de Aguirre, el explorador loco, traidor, asesino, rebelde, el que escribió a Felipe II aquello de «van pocos reyes al infierno, porque sois pocos; que si muchos fuésedes, allá seríades peores que Lucifer»; siente simpatía por este personaje tan monstruo repudiado.

Santxotena esculpió otras máscaras, como él las llama, de personajes históricos —Unamuno, la Pasionaria, Sancho III, san Francisco Javier, Inessa de Gaxen…—. La que se levanta en la entrada a su parque de esculturas en Bozate es la única de un personaje anónimo: la máscara del agote.

—La madera es lo nuestro. Yo soy escultor porque de niño olía las virutas en el taller de mi padre, las virutas que sacaba con la garlopa, yo he seguido siempre ese olor. A nosotros durante siglos nos prohibieron tener tierras, tener ganado, así que éramos artesanos. Construíamos casas, muebles, aperos. Claro, qué otro oficio íbamos a tener. Los agotes también eran pescadores, tenían una habilidad tremenda en el río, agarraban las truchas con las manos. La pesca, la caza, la música y la madera. Eso ha sido siempre lo nuestro.

Santxotena tiene sesenta y nueve años y es un hombre alto, corpulento, compacto como otro bloque de madera. Se nota que su oficio es físico: da forma a esculturas y acaba dándose forma a sí mismo, tiene el torso y los brazos de quien maneja sierras, cepillos y mazas. Su pelo es abundante y blanco, la barba corta y blanca, los ojos oblicuos de un verde grisáceo, rasgos nórdicos en los que a él le gusta adivinar el origen de su raza maldita. Habla de los godos de Alarico, derrotados por los francos de Clodoveo en la batalla de Vouillé, godos fugitivos, godos refugiados en los valles pirenaicos. Habla de esos godos como si fueran bisabuelos a los que casi conoció. Y sospecha algo: el término despectivo cagots, una contracción de cas gots («perros godos», en lengua gascona), aparece en muchos documentos franceses para nombrar a unas gentes tan despreciadas en el Bearne como los agotes en Navarra. Los cagots, los agotes. Santxotena habla también de los vikingos que gobernaron Bayona durante un siglo y medio, que trajeron sus técnicas para construir barcos de madera, habla de algunos vikingos que se quedaron y fueron bautizados en masa para integrarse en la sociedad, aunque fuera como cristianos de segunda, habla de esas iglesias vascas con cubiertas de madera que parecen barcos boca abajo. Y en aquellas carpinterías Santxotena también intuye un origen. Habla, por fin, de los herejes albigenses, perseguidos por la Inquisición, que se desparramaron por el Bearne, Aragón, Navarra, Guipúzcoa.

En cualquier caso: demasiados siglos para que quede algo sin mezclar de godos, vikingos o albigenses, ¿no?

—Sí, el rastro de los agotes se ha perdido en todas partes. Yo he buscado en el Bearne, en pueblos donde sabemos que había barrios de cagots, en Navarrenx, en Lucq, y en la Baja Navarra, en Baigorri, donde vivían en la calle Michelenea, he preguntado en todos esos sitios y ya nadie sabe nada. Te dicen: los cagots, ah, sí, eran perseguidos, eran leprosos o algo así, ¿no? Pues sí, nosotros éramos leprosos. La Iglesia nos consideraba oficialmente leprosos, pero era lepra espiritual: en la Edad Media se creía en la lepra física y en la lepra espiritual, que se transmitía de padres a hijos. Éramos enfermos morales, gente de sangre impura. Esas historias se fueron olvidando, los agotes se iban a otro pueblo y nadie sabía que lo eran, se mezclaban con los demás. Pero el caso de Bozate es una excepción: porque Bozate fue un enclave. Fue un asentamiento de agotes, solo de agotes, se instalaron aquí y no se mezclaron.

En el siglo XIII un grupo de foráneos llegó al Baztán y recibió el permiso del señor feudal de Ursúa para instalarse en sus tierras. Venían atravesando los Pirineos, huyendo de la Inquisición.

—Éramos nosotros —dice Santxotena.

Xabier Santxotena. Foto: Ander Izagirre.
Xabier Santxotena. Foto: Ander Izagirre.

En 1515 los agotes de varias diócesis —Pamplona, Jaca, Huesca, Dax, Oloron— enviaron una carta al papa León X para protestar por las discriminaciones que sufrían en las iglesias. En la carta afirmaban que sí, que descendían de los herejes albigenses, pero que ya habían pasado doscientos años y que eran tan buenos cristianos como cualquier otro.

El papa aceptó el argumento y emitió una bula para que a los agotes se les tratara sin discriminaciones. Entonces las Cortes de Navarra les concedieron igualdad de derechos, a pesar de las protestas de algunos eclesiásticos que insistían en que los agotes eran «distintos y enfermos», pero las bulas y las leyes sirvieron de poco: en los archivos siguen apareciendo, durante tres siglos más, protestas y querellas de los agotes, que seguían marginados en las iglesias, apartados de los cargos públicos, expulsados de los terrenos comunales, castigados, insultados, reprimidos. En esa ristra de documentos queda clara otra cosa: que los agotes dieron batalla.

Pero eran los perdedores de una vieja guerra religiosa. Y lo pagaron durante siglos. Sus antepasados profesaban la fe de los cátaros o albigenses —así llamados por la ciudad de Albi, núcleo de la herejía—: negaban algunos dogmas de la Iglesia, como la divinidad de Cristo, rechazaban sus sacramentos, criticaban el poder, la corrupción y la riqueza de la jerarquía católica. La cruzada albigense, encabezada por el papa y el rey de Francia entre 1209 y 1244, derrotó en varias batallas a los señores feudales occitanos que defendían el catarismo. Y allí se fundó la primera Inquisición: dedicada a perseguir a los herejes occitanos. Aquellos grupos amenazados de muerte se desperdigaron por el sur y el oeste de Francia, donde se les llamaba cagots, cascarots, gaffets —¿origen del despectivo gafe?—, gabach —¿origen del despectivo gabacho?—. Algunos cruzaron el Pirineo y se asentaron en pueblos navarros y aragoneses.

A los que llegaron al Baztán, a mediados del siglo XIII, el señor de Ursúa les cedió un terreno para que levantaran el pequeño barrio de Bozate. Eran artesanos de la madera, hábiles para la construcción de casas, molinos, muebles, herramientas, y al señor feudal le convenía tenerlos bajo su régimen de servidumbre.

Aquellos recién llegados lo tenían todo para que los demás habitantes del Baztán los rechazaran: eran extranjeros, eran herejes, además formaban un gremio, y como todos los gremios de la época, se transmitían los saberes con ritos secretos de iniciación. Gente sospechosa. Les negaron el derecho de vecindad, les prohibieron participar en la vida pública, ocupar cargos, casarse con otros. Los agotes se vieron abocados a la endogamia y es posible que esto alimentara la leyenda negra: se les atribuían todo tipo de enfermedades y deformaciones.

—Éramos cristianos pero no cristianos limpios —dice Santxotena—. Si vas a la iglesia de Arizkun, en la parte trasera todavía verás un arco cegado. Esa era la entrada de los agotes. Tenían que entrar por una puerta distinta y se quedaban en la parte trasera de la iglesia, separados por una verja. Había una aguabenditera y una pila bautismal aparte para ellos, y les daban la comunión con unas pinzas, para no tocarles las manos.

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Voy, pues, a la iglesia de Arizkun. Cruzo el río y subo a la colina en la que está el pueblo: quinientos setenta y siete habitantes y todo un catálogo de arquitectura baztanesa. Las casas —muros blancos, sillares de arenisca roja en las esquinas, balcones de madera— lucen en la fachada el escudo del valle. Algo querrán decir.

El escudo del Baztán es un tablero de ajedrez, coronado por un yelmo, y lo otorgó un rey navarro porque, cuentan, los baztaneses exponían sus vidas sin temor en el tablero de la guerra. En el año 1440, el rey reconoció la hidalguía colectiva de los nacidos en el Baztán: todos eran de sangre noble y, detalle importante, «indemnes de toda pecha e servitud». Es decir: no pagaban impuestos ni cumplían servidumbres. Excluyeron de la hidalguía, por supuesto, a los habitantes de Bozate. Llevaban doscientos años en el valle pero consideraron que no eran lugareños ni tenían sangre limpia.

El convento de las clarisas de Arizkun tiene una fachada barroca imponente, que podría estar en alguna ciudad del Perú —pagada por Iturralde, uno del pueblo, tesorero de Carlos II y secretario de hacienda de Felipe V—. La iglesia de San Juan Bautista, más sobria pero también monumental, tiene un retablo barroco —pagado por Goyeneche, otro del pueblo, consejero de Felipe V y tesorero de la reina—.

Rodeo la iglesia, busco la parte trasera, veo el arco tapiado: la puerta de los agotes.

Quiero preguntar, pero ha estallado una tormenta de verano, llueve a mares y no anda nadie por el pueblo. Al rato, por la mitad de la calle viene un chico de veintipocos, caminando deprisa bajo la lluvia, con un chubasquero y unas botas de goma. Viene de trabajar en una granja.

—Me han dicho que la iglesia tiene una puerta tapiada…

—¿Una puerta tapiada? No sé, no tengo ni idea —sonríe, un poco apurado por no saber de qué le hablo—. Bueno, tienes el atrio, con las losas, ¿las has visto?, son losas de tumbas, con los nombres de las familias. Eso antes era el cementerio. Pero de la puerta, ni idea. Jo, ya lo siento, ¿eh?, es que yo, de iglesias y eso…

Vuelvo a la parte trasera de la iglesia y justo pasa por allí una monja clarisa muy pequeña, un poco encorvada, con hábito marrón y toca blanca. Rondará los ochenta. Le pregunto por la puerta tapiada.

—Por ahí entraban a misa los del barrio de Bozate.

—¿Los agotes?

—Sí. Entraban aparte. Hasta que vino un párroco y dijo que eso no podía ser, porque todos somos iguales, no se podía andar separando así a la gente en la iglesia. Mandó cerrar esta puerta. Y se tuvo que ir.

—¿Se tuvo que ir el párroco?

—Sí. Los del pueblo se le pusieron… ¡buf!

—Pero eso será una historia antigua, ¿no?

—Sí, sí. Ya no hay nada de eso, gracias a Dios. Los agotes eran una gente muy fina, muy trabajadores, muy buenos. Eso ya se acabó.

—Ya no hay discriminación.

—No, ni agotes tampoco. Agotes ya no queda ninguno.

La puerta tapiada de la iglesia de Arizkun. Foto: Ander Izagirre.
La puerta tapiada de la iglesia de Arizkun. Foto: Ander Izagirre.

*

Dos nietos de Santxotena, de doce y nueve años, juegan en la orilla del río Baztán. Están de rodillas, inclinados sobre las aguas, manejando un salabardo para pescar alguna trucha. Santxotena los observa, orgulloso. Una de sus esculturas se llama Amuarraina («trucha»), un medio tubo metálico con cabeza de pez, que sale desde la tierra en diagonal, como un misil hacia el cielo. La pesca fue uno de los oficios de los agotes, la trucha es para Santxotena un tótem del río, sus nietos las buscan ahora entre las aguas.

—¿Habéis visto alguna?

—Qué va. Es que hay muchas hojas y no se ve nada —la tormenta de media tarde ha revuelto las aguas, que bajan turbias. Las truchas se han escondido. Santxotena se ríe, encantado con los chavales.

—Míralos, qué par de rubios son, y buscando truchas. Dos agotes.

Los chavales no hacen mucho caso a su abuelo con estas cosas. Viven en Vitoria, van más a la piscina que a los ríos, y cuando un amigo de la familia le preguntó si él era también agote, el chico mayor no supo qué contestar. Si tu padre es agote, tú serás agote, ¿no?, le dijo. Y el chaval dijo que bueno, que sí, que debía de serlo. Esas historias ya no tienen mucha importancia para los jóvenes.

Para algunos viejos todavía sí. En 1998, Santxotena abrió la casa-museo Gorrienea, en Bozate. En ella enseña cómo eran las viviendas de los agotes, mucho más pequeñas que las del resto del valle, porque les prohibían tener ganado y labrar campos, así que no necesitaban establo ni granero. Enseña los dormitorios, los muebles de madera tallada, las herramientas. Algunos vecinos se tomaron mal la apertura del museo y alguien le hizo una pintada: Utzi auzoa bakean («deja el barrio en paz»). En Bozate aún desconfían de quienes vienen preguntando por la historia de los agotes, o quizá sea más justo decir que ya están hartos.

—Es comprensible —dice Santxotena—. Hubo novelistas que dieron una imagen siniestra del barrio. Ya ves cómo son las casas, muy bien construidas, encaladas, limpias, luminosas. Si es que los agotes eran constructores: cómo iba a ser su barrio, pues un barrio estupendo. Y tenían oficios cualificados, ganaban bien, tenían un nivel de vida igual o mejor que el resto del valle. Pero estaba la leyenda negra. Y eso ha durado mucho, todavía sigue pasando, se han hecho programas de televisión sensacionalistas…

Pero en los últimos años han proliferado las novelas y películas situadas en el Baztán, que han tocado el tema de los agotes, y la propia oficina de turismo del valle promociona ya esta historia, como atracción. El tabú se derrite.

—Los recelos y los complejos son por pura ignorancia —dice Santxotena—. Se acabarán cuando divulguemos bien la historia de los agotes, que es fantástica: está el misterio de su origen, está su barrio, con su arquitectura tan peculiar, están sus oficios, sus habilidades, las huellas de los agotes que podríamos buscar en templos medievales como el santuario de La Antigua, en Zumárraga, con esa cubierta de madera que parece un barco boca abajo… Cuando apreciemos todo esto, la mentalidad cambiará. Yo estoy convencido: en una generación, lo que era vergüenza pasará a ser orgullo.


San Sebastián: un paseo por el hueco y el viento

Fotografía: Bichuas (E. Carton) (CC).

En un extremo de la bahía de La Concha está Oteiza y en el otro Chillida. Paseamos para unirlos a los dos, y para unir de paso a lagartijas donostiarras con fusileros escoceses, a esqueletos de ballenas con avestruces metafísicas, a pintores con corsarios.

La ciudad de los cabezas ligeras

Queda un eco muy antiguo, casi apagado, en algunos lugares de San Sebastián con nombres extraños: Urgull, Polloe, Puio, Morlans, Mompás, Miramón, Aiete…

Son topónimos gascones. Los gascones estuvieron entre los primeros habitantes de la ciudad, hacia el año 1180: mercaderes y armadores de Bayona, que se instalaron a los pies del monte Urgull, en la actual Parte Vieja donostiarra, cuando el rey de Navarra fundó la villa y otorgó privilegios para el comercio y la pesca. La lengua gascona se habló junto con el euskera y el castellano durante siglos. Y hay quien se remonta hasta aquellos pobladores para explicar incluso el mote y la personalidad que se les atribuye a los donostiarras: «El sello gascón se advierte en el carácter propio de los donostiarras, que, en contraste con la gravedad vascongada de sus circunvecinos, tienen un aire jovial y despreocupado, por lo que con palabra vascuence se les suele denominar kaskariñas, esto es, cabezas ligeras, ligeros de cascos», escribió el historiador José Luis Banús.

Al margen de supuestas esencias, desde el momento de la fundación quedó clara la peculiaridad de San Sebastián dentro del territorio guipuzcoano. La ciudad nació marcada por la influencia foránea, poblada por comerciantes y marinos que establecieron relaciones fluidas con otros países —primero europeos, más tarde americanos—, por élites urbanas que mantuvieron buenos tratos con la Corona castellana y que con los siglos desarrollaron una impronta burguesa y liberal que a menudo chocó con la Guipúzcoa interior, más rural y tradicional.

1. «Me llamo Rosita. Siembro la muerte y el gemido»

Urgull: un montecito extraño con nombre gascón, que en realidad es una isla capturada por el continente, hogar de lagartijas que no existen en ninguna otra parte y de esqueletos de soldados ingleses a los que nadie recuerda.

Fotografía: Enrique Dans (CC).

Dejemos los pintxos por una mañana y subamos desde la Parte Vieja a Urgull. Subamos —desde el museo San Telmo, desde la plaza de la Trinidad o desde la basílica de Santa María: encontraremos fácil los caminos que serpentean por el bosque, solo hay que subir—. Subamos al castillo de La Mota. El rey navarro Sancho el Sabio fundó San Sebastián y construyó una torre en la cumbre de Urgull. Luego los reyes castellanos levantaron durante siglos murallas, baterías de tiro, galerías, fortificaciones. La cumbre de Urgull está a 123 metros sobre el mar. Poca escalada y mucha recompensa: las vistas de la ciudad son magníficas desde la batería de Napoleón y la batería de Santiago.

A los pies del tremendo Sagrado Corazón, de 12,5 metros de altura, el castillo alberga ahora la Casa de la Historia: una exposición muy didáctica con maquetas, grabados, fotografías, objetos viejos y vídeos sobre la vida donostiarra.

Desde el balcón panorámico del castillo se comprende el nacimiento geológico de San Sebastián: el monte Urgull era un islote, en cuya parte sur, más protegida del oleaje, se acumularon durante milenios las arenas y los sedimentos del río Urumea hasta formar un tómbolo, una lengua de tierra que lo unió al continente. En ese terreno anfibio nació la pequeña villa amurallada, al pie de Urgull. Esas tierrillas arrastradas desde las laderas de Goizueta (Navarra) hasta la orilla del Cantábrico componen ahora los metros cuadrados más caros del País Vasco.

Fotografía: Turismo Gipuzkoa (CC).

En la puerta de la Casa de la Historia está Rosita. La encontraron en el fondo del mar, en la bocana del puerto de Pasajes. Ahora ella vigila San Sebastián desde lo alto: «Me llamo Rosita Wicke. Siembro la muerte y el gemido. Me hizo Juan Vastenove. Esto es verdad. Año 1502». Rosita es una bombarda de bronce, un cañón de gran calibre, que lleva grabados con letras góticas su nombre y su amenaza. Y el escudo del condado alemán de Oldenburg. La encontraron en el fondo del mar, arrojada por algún barco que aligeraba peso para no zozobrar. Los expertos revelan sus vergüenzas en voz baja: Rosita era pesada y torpe. Para moverse, debían arrastrarla una docena de parejas de bueyes. Y los artilleros tardarían tanto en cebarla que solo podría disparar una bomba cada quince minutos. Lo más probable es que no disparara nunca, añaden con discreción, para no ofender. La trajeron a la cumbre del monte Urgull, donde recuperó su orgullo y su posición dominante, aunque la colocaron apuntando al océano y no a la ciudad, quizá para que se siga creyendo temible.

2. La lagartija donostiarra y la tumba del coronel Tupper

Del castillo de La Mota, bajamos hacia la otra vertiente, hacia el mar abierto, y seguimos los cartelitos hasta el Cementerio de los Ingleses. O preguntamos a las lagartijas.

Este cementerio es el equivalente donostiarra de unas ruinas guatemaltecas o camboyanas: monumentos ruinosos, perdidos en la vegetación. Alberga lápidas y mausoleos de oficiales británicos que cayeron defendiendo San Sebastián y el régimen liberal contra el asedio carlista de 1836-37. Entre la vegetación también se alzan pedazos de un monumento que conmemora la destrucción de la ciudad en 1813 durante el asalto angloportugués contra los ocupantes napoleónicos. Hay soldados de piedra tirados por los suelos, a los que les faltan brazos y cabezas, pero no por culpa del enemigo sino del abandono: de los muñones asoman los hierros que antaño sostenían esos miembros perdidos.

Fotografía: Mertxe Iturrioz (CC).

Aquí yacen el coronel Tupper, del Sexto Regimiento de Fusileros Escoceses (muerto en Aiete), el coronel Oliver de Lancey (muerto en Hernani), los soldados Newman, Howard, Gates, Smith… Las inscripciones dicen: «A la memoria de los valientes soldados británicos que dieron la vida por la grandeza de su país y por la independencia y la libertad de España» (aquí alguien lanzó un reventón de pintura). Y otra: «Inglaterra nos confía sus gloriosos restos. Nuestra gratitud velará su eterno reposo». El cementerio se inauguró en 1924 y, según cuenta el minucioso cronista Javier Sada, el alcalde Pardo, con sombrero de copa, prometió ante los embajadores de Inglaterra y de Estados Unidos, ante las reinas María Cristina y Victoria Eugenia, el príncipe de Asturias, infantes, duques, marqueses, diputados, generales, soldados y músicos, que el pueblo de San Sebastián, «hidalgo y caballeroso», veneraría estos restos como si fueran los de sus propios hijos. Luego se celebró un simulacro de batalla naval en la bahía de La Concha, con disparo de cañonazos desde Urgull y lanzamiento de bombas desde la playa, «simulando un volcán». Y la Real Sociedad venció por cinco goals a cero al Esperanza, en el primer partido del Campeonato Guipuzcoano.

Ah, las lagartijas: entre las lápidas podemos buscar alguno de estos reptiles, pertenecientes a una subespecie endémica, la Podarcis hispanica sebastiani, muestra escurridiza de la insularidad de Urgull. Solo viven en otro lugar del mundo: la isla de Santa Clara, en el centro de la bahía de La Concha.

3. En un extremo, Oteiza: la Construcción Vacía

Bajamos de Urgull al paseo Nuevo y caminamos hacia La Concha. Pronto encontramos la Construcción Vacía, una gran escultura-ventana de acero que Jorge Oteiza quiso instalar en este extremo de la bahía.

De niño, Oteiza se metía en los agujeros que dejaban en la playa de Orio los carros que se llevaban la arena. Se tumbaba en el fondo del hueco, miraba arriba y así veía un círculo de cielo azul enmarcado por la tierra. Era un niño introvertido, asustado, impresionado por la brutalidad de otros chavales que estampaban gatos recién nacidos contra la pared y se reían, Oteiza era un niño temeroso de la muerte. En los huecos de la playa encontró una protección, un alivio de la angustia, una conexión entre la oscuridad y la luz, entre la profundidad de la tierra y el cielo. Después se maravilló con los crómlech: los círculos de piedras prehistóricos, monumentos funerarios que crean un hueco, un espacio vacío y sagrado. Escribió: «Como el avestruz —maravilloso y calumniado, metafísico animal que crea su pequeño crómlech enterrando la cabeza y el miedo en la arena—, el escultor del crómlech abre un sitio para su corazón en peligro, hace un agujero en el cielo y su pequeña cabeza se encuentra con Dios».

Fotografía: Torpe (CC).

Oteiza, fallecido en San Sebastián en 2003, invirtió la manera de entender la escultura: ya no se trataba de elaborar una masa sólida para ocupar el espacio, sino una obra que precisamente creara un vacío. Las planchas de acero de esta Construcción Vacía delimitan un espacio aéreo, que tiene formas distintas cada vez que cambiamos de posición. Así crea un hueco escultórico que enmarca la bahía, ese hueco geográfico que da sentido a San Sebastián y que decidió su carácter actual.

Porque San Sebastián apostó por el hueco. En el mapa de la ciudad la bahía de La Concha es un gran espacio vacío, un agujero abierto por el océano, y a mediados del siglo XIX hubo proyectos para cancelarlo: se elaboraron proyectos para cerrar el paso entre el monte Igueldo y la isla de Santa Clara, convertir la bahía en un gran puerto mercante y construir en el perímetro de sus orillas un complejo de muelles, almacenes, industrias y vías de tren. Aparcaron semejante proyecto y en su lugar tendieron el paseo de La Concha, que tiene sentido y belleza por el hueco oceánico que bordea. Es el emblema de una ciudad que apostó por el hueco, que apostó por el inútil y noble arte de pasear.

4. El corsario Erauso, pichichi de Terranova 

Antes de ser ocio, el mar fue oficio. Quedan rastros interesantes en el puerto. Bajando desde el paseo Nuevo, primero pasamos por el Aquarium, un museo oceanográfico de trayectoria centenaria y atracciones modernas, como el túnel traslúcido que permite atravesar el oceanario y observar en 360 grados a los tiburones, las tortugas y docenas de especies marinas que nadan a nuestro alrededor. Hay acuarios, hay exposiciones históricas, hay un esqueleto de ballena que mide once metros. Es el museo más visitado de la ciudad, sobre todo con niños, sobre todo cuando llueve.

Un poco más adelante está el Museo Naval. El edificio es la casa torre del antiguo Consulado, una institución de 1682 que agrupó a mercaderes, armadores y capitanes donostiarras. San Sebastián fue el principal puerto ballenero del mundo en el siglo XVI. En la campaña de 1580, por ejemplo, cien barcos zarparon desde aquí para cazar ballenas en Terranova. Volvían con miles de toneles de aceite, el petróleo de la época, y lo vendían casi en monopolio a los puertos de media Europa. Cuando la caza menguó, los marinos vascos reciclaron sus habilidades: en vez de clavar lanzazos a las ballenas, empezaron a clavárselos a los marinos de países enemigos. Emprendedores, diríamos ahora. Los reyes castellanos, apurados en sus permanentes conflictos marítimos, recurrieron a vizcaínos y guipuzcoanos porque «en el arte de las guerras en el mar eran más instruidos que ninguna otra nación del mundo», según el cronista Hernando de Pulgar. Les concedieron patentes de corso, especialmente en tiempos de guerra, para atacar navíos rivales y quedarse con la mayor parte del botín. San Sebastián pasó entonces a ser el principal puerto corsario de Europa. Reconversión industrial, diríamos ahora. Hubo rachas memorables, como la guerra contra Francia entre 1552 y 1556, en la que Guipúzcoa armó trescientos barcos corsarios, que capturaron más de mil naves enemigas. El pichichi fue Juan de Erauso, quien navegó hasta Terranova y capturó dieciocho barcos franceses al abordaje en una sola campaña. Entre tanto, en el Caribe, los donostiarras saquearon tantas naves inglesas que el puerto de San Sebastián se convirtió durante una temporada en el gran mercado europeo de azúcar, algodón, arroz, aceites, aguardiente, betunes y maderas. Más tarde, la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas, poseedora del monopolio para importar cacao, café y tabaco de Venezuela, amasó tantas fortunas como para pagar la construcción de la basílica de Santa María, un templo pagado con chocolate.

El Museo Naval acoge exposiciones sobre los oficios marinos y las grandes aventuras oceánicas vascas. En estos momentos, hasta el 9 de noviembre, ofrece una muestra magnífica: «La costa guipuzcoana en el arte», una selección de óleos, acuarelas, grabados y litografías, de autores como Darío de Regoyos, Menchu Gal, Tillac, Brugada, Eduardo Chillida Belzunce

5. El marcoincomparable

A la salida del puerto vemos el Real Club Náutico. Del mar como oficio al mar como ocio: en ese salto se explica la historia reciente de San Sebastián. En sus primeros tiempos, el Náutico tuvo como sede una gabarra anclada en la bahía. En 1929 construyó este edificio emblemático, una especie de barco blanco atracado, con sus terrazas y sus salones diáfanos, cuyos volúmenes sencillos y depurados constituyeron un hito de la arquitectura racionalista.

Vamos a trazar con los pies la silueta más conocida de Donostia, su logotipo natural: el semicírculo de La Concha. Una vez descartados los proyectos industriales y portuarios en la bahía, una vez que la reina María Cristina empezó sus veraneos y La Concha recibió el pomposo título de Playa Real, una vez que los aristócratas y grandes burgueses y demás pelotilleros de la corte compraron villas en San Sebastián, se encendió la Belle Époque donostiarra.

Para tener un casino como los mejores de Europa, en 1887 se levantó un rotundo palacio de arenisca con dos torreones, con sus salas de juego, salones de baile y restaurantes: el Gran Casino, que ahora es… el Ayuntamiento. «San Sebastián es muy bella a pesar de sus concejales», dicen que dijo Pío Baroja.

Desde el Ayuntamiento ya solo tenemos que caminar junto a la barandilla de La Concha, un diseño de geometría vegetal que se convirtió en símbolo de la ciudad y que prolifera en insignias, postales, trofeos colgantes… Ojo: hay una pieza de la barandilla, una sola, que está colocada al revés que todas las demás. Una pista: está cerca de los dos obeliscos coronados por relojes.

Fotografía: Emmanuel Dyan (CC).

A orillas de la bahía se construyeron los edificios nobles como el Hotel de Londres y de Inglaterra, donde durmieron Mata Hari, Trotski, Ravel, Romanones y el torero Lagartijo Chico —un saludo a los reptiles de Urgull—; las suntuosas villas de Miraconcha y el palacio de Miramar, una mansión con aires de cottage inglés que edificó la familia real en 1893 para sus veraneos.

6. El Abrazo: un vértice entre Oteiza y Chillida 

El Pico del Loro es el farallón que divide las playas de La Concha y Ondarreta. No es un centro geométrico de la bahía pero sí es el punto que la divide en dos. Su nombre es una traducción chusca del topónimo original Loretope (que significa «debajo de Loreto», por la antigua ermita consagrada aquí a tal Virgen). Sobre el promontorio se levanta el palacio de Miramar, ahora de acceso público, con unos jardines que regalan las mejores vistas de la bahía.

Un poco antes de llegar al palacio, en una terraza del paseo de La Concha se levanta el Homenaje a Fleming, una escultura de granito de Eduardo Chillida. Y en la parte más baja de los jardines del palacio está El Abrazo, otra pequeña escultura de Chillida, enclavada casi como un vértice geodésico, casi equidistante, entre la Construcción Vacía de Oteiza y el Peine del Viento de Chillida, cada uno en un extremo de la bahía. Este Abrazo de acero anticipó el abrazo de carne y hueso que se dieron Oteiza y Chillida en 1997 para cerrar tres décadas de enemistad.

7. Y en el otro extremo, Chillida: Peine del Viento 

Caminamos por la playa de Ondarreta hacia el extremo occidental de la bahía. El paseo se dirige a una última frontera: la escultura del Peine del Viento. Al escultor donostiarra Eduardo Chillida le entusiasmó cómo la ciudad se disolvía aquí en un acantilado, en este último rincón a veces habitado por personajes esporádicos como los pescadores y las parejas de amantes, y solitario otras veces, cuando batían las olas y los vendavales. Le fascinaba este límite constantemente perdido y recuperado entre la urbe y la naturaleza. Él mismo jugaba de niño en estas rocas, pescaba, remaba en este pasaje estrecho entre el monte Igueldo y la isla de Santa Clara, en este mismo paso que antaño pretendieron cerrar para construir un puerto mercante en la bahía, y que Chillida abrió aún más al mar. Quizá el mayor mérito de su escultura es que preservó el lugar, que ayudó a mirarlo y a descubrirlo: «El lugar es el único protagonista de esta obra», dijo.

Y allí pretendió «reconquistar la ciudad comercial, donde se especula con dinero, recuperarla un poco para la gente más sencilla que pasea, que quiere ver el mar y estar cerca de él».

Fotografía: Lanpernas 2.0 (CC).

El arquitecto Luis Peña Ganchegui, amigo de Chillida, se encargó de preparar el escenario. Pensó un espacio a la manera de los templos griegos, con gradas de granito rojo que se abren a las esculturas, al mar y a la ciudad, que invitan a la contemplación. Chillida quiso que la naturaleza participara, cuando quisiera, en el escenario. Y por eso en el suelo se abren algunos huecos, unos sifones por los que saltan chorros de agua y bufidos de viento cuando el mar rompe furioso contra la base del paseo.

Chillida instaló tres grandes piezas en las rocas, tres formas de acero que se abren como garras, como tenazas, como signos de interrogación. Dos de ellas se oponen, se interpelan en horizontal, y entre ambas, al fondo, una tercera se levanta en vertical. Chillida quería crear un espacio sagrado, un encuentro entre la naturaleza y la obra humana.

Estas tres piezas son, en realidad, el Peine del Viento XV. Porque hay veintitrés peines. El que conocemos ahora se instaló en las rocas en 1977, pero Chillida cuenta que en 1952 ya había elegido el lugar, que ya lo había «ocupado espiritualmente», y que ese mismo año empezó con su serie de los peines del viento. La prolongó hasta 1999. Esa serie incluye veintitrés peines: dibujos en lápiz y tinta, pequeñas piezas de hierro, de hierro y madera, de hierro y granito, incluso de plata.

La serie de los peines está expuesta ahora, hasta el 28 de septiembre, en la sala Kubo-Kutxa del Kursaal, junto a la playa de la Zurriola. La exposición es gratuita, se llama «Chillida. Caminos» y constituye la excusa ideal para cruzar la ciudad de vuelta y rastrear los trazados que el escultor dejó en sus exploraciones: se puede seguir en sus obras de acero, alabastro, hierro, yeso o papel, en sus esculturas públicas monumentales o en sus diseños gráficos, en un código estético que ya es propio de la ciudad. Como muestra más reciente, el logotipo de la capitalidad cultural europea de San Sebastián 2016.

Una frase de Chillida sugiere el recorrido que debe hacer el visitante de la exposición, una sugerencia que sirve también para el visitante de la ciudad: «Alerta y libre hasta el final. Guiado solo por un aroma».

8. Posdata

Chillida murió en 2002, Oteiza en 2003. En noviembre de 2013, el oleaje reventó la costa donostiarra. En el paseo Eduardo Chillida, que conduce al Peine del Viento, el mar perforó los cimientos, hundió la carretera y abrió un socavón de veinte metros por siete. A través de ese socavón, volvían a comunicarse el mar y el cielo. Los donostiarras supieron que el autor de un hueco en el paseo Chillida tenía que ser, sin dudas, Jorge Oteiza.

Fotografía: Monster1000 (CC).