¿Funcionan las vacunas?

Un niño afectado por poliomielitis con la doctora que le trata, 1947.Fotografía: Getty.

Manuel y Manuel comparten nombre y apellido, pero el destino de sus vidas ha sido bien diferente. ¿La razón? La poliomielitis que afectó al más joven de los primos cuando apenas era un chiquillo, dejándole como secuela una visible cojera en su pierna derecha. Como él, miles de niños nacidos antes de la década de los sesenta sufrieron los graves estragos de una enfermedad infecciosa muy contagiosa, causada por los poliovirus.

No escaparon del ataque de los virus ni los jóvenes anónimos ni aquellos predestinados a cambiar el rumbo de la historia. Ese fue el caso, por ejemplo, de Franklin Delano Roosevelt, que acabó en silla de ruedas a los treinta y nueve años por culpa de la parálisis que sufría en la mitad inferior de su cuerpo. Aunque su condición física fue invisible para millones de norteamericanos, ya que sus familiares y colaboradores, con la complicidad de la prensa, ocultaron su discapacidad, su llegada a la Casa Blanca vino acompañada de una generosa financiación para buscar vacunas contra la poliomielitis.

Hoy en día, gracias a las vacunas de Salk y de Sabin, la humanidad está a punto de erradicar la segunda enfermedad en la historia después de la viruela. Las campañas de inmunización, no solo contra la polio, han logrado reducir de forma considerable la incidencia de enfermedades que antaño eran mortales, salvando anualmente entre dos y tres millones de vidas, según datos de la Organización Mundial de la Salud. Sin embargo, las vacunas parecen haber sido víctimas de su propio éxito.

De ello hablan precisamente Ignacio López-Goñi, catedrático de Microbiología en la Universidad de Navarra, y Oihan Iturbide, comunicadora científica, en su libro ¿Funcionan las vacunas? La pregunta, que muchos de nuestros antepasados responderían de forma tajante con un «sí», está rodeada de dudas en los tiempos que corren. En nuestra época, al menos en los países occidentales, nos hemos acostumbrado a superar de media los ochenta años de vida y, especialmente, a que no muera ningún niño por una enfermedad infecciosa, ni quede marcado para siempre por una imborrable cojera.

Los autores del libro comienzan explicando nociones básicas sobre la inmunización: qué son las vacunas, cuáles son sus ingredientes y cómo funciona el llamado efecto rebaño. Para ello, utilizando un lenguaje claro y ameno, López-Goñi e Iturbide dan respuesta a todas las dudas que pueden surgir sobre las vacunas. Véase la necesidad de utilizar sales de aluminio en sus ingredientes, la polémica sobre el timerosal o la importancia de inmunizarse no solo desde una perspectiva individualista, sino sobre todo para proteger la salud de todos.

«Durante los últimos cien años las vacunas han contribuido a que en muchos países desarrollados la esperanza de vida haya aumentado de cuarenta y siete a ochenta años», afirman los autores del libro, en el que se afanan por explicar por qué las vacunas funcionan, dando respuestas también a las incertidumbres que en ocasiones rodean a las herramientas para protegernos, por ejemplo, del virus del papiloma humano o de la gripe. Explicar por qué debemos vacunarnos no es sinónimo, como demuestran López-Goñi e Iturbide, de lanzar mensajes simplistas acerca de la inmunización. Como cualquier otro medicamento, las vacunas pueden tener efectos secundarios, pero siempre serán mucho menores que los riesgos que corremos —y que hacemos correr al resto— si no nos protegemos de forma adecuada.

Lejos de evitar temas polémicos, los autores también abordan la situación de los movimientos antivacunas en el mundo. Pese al enorme ruido que generan en internet, y a veces en algún que otro medio de comunicación, hoy en día su peso en España no es tan grande como en otros países como Reino Unido o Estados Unidos. Sin embargo, el número de padres y madres que dudan acerca de la seguridad y la eficacia de las vacunas va en aumento, aunque las coberturas vacunales en nuestro país sigan siendo altas. ¿Funcionan las vacunas? consigue responder a las preguntas e incógnitas que pueden surgir acerca de la vacunación de una forma sencilla y clara.

Libros como el publicado por Ignacio y Oihana son realmente necesarios, al conseguir explicar un tema tan complejo e importante de manera esclarecedora. Como recuerdan los autores, los datos son tozudos: «se enferman más personas no vacunadas que las vacunadas». La inmunización contra la polio llegó tarde para el pequeño Manuel y también para Roosevelt, dos hombres marcados por las secuelas de esta patología vírica. Por fortuna, hoy en día contamos con vacunas para protegernos de enfermedades que segaron millones de vidas en el pasado. Uno de los ejemplos más claros es el de la viruela, una infección que causó más de trescientos millones de fallecimientos durante el siglo XX. Una cifra superior a las muertes causadas por las guerras mundiales, la gripe de 1918 y el sida juntos, como señala en el prólogo la pediatra Lucía Galán. Un buen recordatorio de que las vacunas no solo funcionan, sino que son más importantes que nunca.


Dos asesinos en el castillo del presidente

El busto de Benito Mussolini en su tumba en Predappio, Italia, 2012. Fotografía: Tiziana Fabi / Getty.

Las plagas, como los totalitarismos, llegan de forma silenciosa. Uno no se da cuenta hasta años después, cuando sus consecuencias son irreversibles. A solo veinticinco kilómetros de Roma se erige la fortaleza de Castelporziano, una de las tres residencias oficiales del presidente de la República italiana. Un lugar emblemático a orillas del Mediterráneo que fue testigo del ocaso europeo; nada hacía presagiar una historia así durante aquella tarde de otoño.

«¿Ves esto? Me refiero a este pequeño pelo de mi brazo izquierdo. Lo aprecio más que el cariño que puedo tener al resto de la humanidad», dijo Benito bromeando. A ella se le cortó de pronto la respiración, un escalofrío recorría su espalda. ¿Quién era él? ¿En qué se había convertido? Margherita Sarfatti no reconocía al hombre con el que había compartido los últimos veinte años. Miró al horizonte en busca de una respuesta y solo encontró el sonido de las olas rompiendo contra la orilla. La residencia, cuyos jardines estaban poblados de pinos y otras especies autóctonas de la costa mediterránea, era el rincón preferido del Duce desde que el rey Víctor Manuel III le cediera la finca como lugar de descanso.

La pareja no imaginaba que aquella sería su última conversación en Castelporziano. Benito y Margherita se habían conocido en 1911 cuando trabajaban en Avanti!, la revista del Partido Socialista Italiano. La simpatía inicial se transformó en una relación extramatrimonial que desde entonces les había hecho inseparables. Con el ascenso de Benito Mussolini al poder, Sarfatti se convirtió también en la intelectual y crítica de arte más importante del fascismo. La escritora, que redactó la primera biografía apologética del Duce, fue una de las piezas clave para moldear un movimiento que nadie vio venir. La deriva totalitaria arrasó con todo.

Aquella tarde otoñal, mientras Mussolini miraba embelesado la lluvia tras los cristales, Margherita presintió su insaciable ambición. «Fue durante una noche como esta, mientras pasaba las páginas de un libro y el viento soplaba fuera, no muy lejos de Udine, cerca de los Alpes», le dijo. El impulsor del fascismo confesó que, durante su juventud, había tenido una extraña visión. El demonio se le había aparecido de pronto, anunciándole que estaba destinado a llevar a cabo grandes cosas. «Tienes cinco minutos para elegir. ¿Qué prefieres, gloria, amor o poder?», susurró. El joven, asustado, le pidió más tiempo, pero ante los reproches del diablo, optó por el poder. «Has elegido bien, sabía qué ibas a decidir. Tendrás todo el poder del mundo, pero desde este momento tu alma es mía». Margherita nunca supo si la historia fue un mero invento o una ensoñación de su amante, pero lo cierto es que el Duce no tuvo piedad, ni con ella ni con nadie.

Tras abandonar a Sarfatti, Mussolini inició una relación con su última amante, Clara Petacci, que acabaría colgada junto a él en la plaza Loreto de Milán, después de que ambos fueran fusilados por un grupo de partisanos tras intentar huir de Italia. La ruptura con el Duce hizo que la vida de Margherita diera un giro de ciento ochenta grados. La escalada antisemita de los años treinta terminó con la promulgación de las leyes raciales fascistas de 1938, como consecuencia del acercamiento de Mussolini a Adolf Hitler. La intelectual de origen judío, impulsora del movimiento artístico conocido como novecento, pudo escapar a tiempo del infierno en llamas en el que se iba a convertir primero Italia y luego Europa. Otros, como su hermana y su cuñado, no corrieron la misma suerte; murieron en el campo de concentración de Auschwitz años después.

Mussolini no era el único asesino que iba a rondar los alrededores de Castelporziano. El estallido de la II Guerra Mundial traería consigo otro enemigo inesperado, un patógeno que aún hoy hace estragos en los árboles de la finca. Como sucedió con la dictadura fascista, sus daños no fueron visibles en un primer momento. Sigilosamente, el hongo Heterobasidium iba atacando las raíces de los pinos. En la década de los ochenta, la repentina muerte de decenas de árboles, situados en los jardines por los que antaño pasearon Benito Mussolini y Margherita Sarfatti, causó una tremenda sorpresa. Los responsables de los terrenos, hoy protegidos como reserva natural, no entendían cómo se había introducido el patógeno en una residencia con acceso tan limitado como Castelporziano.

Ya en la década de los noventa, cuando el daño a los árboles de aquella finca era irremediable, un grupo de investigadores decidió estudiar el parásito que provocaba la podredumbre de las raíces y los troncos de aquellos pinos. Al analizar su genoma, los científicos comprobaron que un fragmento del ADN mitocondrial correspondía a la variedad norteamericana del hongo. ¿Cómo había podido cruzar el Atlántico hasta alcanzar la finca? La respuesta no estaba en los genes del patógeno, sino en los datos históricos sobre los pocos visitantes que habían estado en Castelporziano. En junio de 1944, militares de la División Custer, pertenecientes al Quinto Ejército de Estados Unidos, acamparon unas semanas en los terrenos que ocuparon Benito y Margherita en el pasado. No lo sabían, pero los palés y cajas de madera empleados para transportar equipamiento militar de un lado al otro del Atlántico contenían un polizón de guerra.

El regimiento había sido el único en poner un pie en la finca durante décadas, con la excepción de los gobernantes que habían descansado en la fortaleza. Sin saberlo, mientras los aliados luchaban contra las tropas nazis y fascistas y Mussolini se atrincheraba en la República de Salò, un hongo tan invisible como dañino conseguía abrirse paso en los jardines mediterráneos. Así lo demostró un estudio publicado en la revista Mycological Research en 2004, que hacía una retrospectiva acerca de la introducción de la especie invasora. Estudios posteriores señalaron que el Heterobasidium había conseguido además infectar pinares que se extendían por la costa italiana, hasta alcanzar distancias de cien kilómetros desde el lugar donde se produjo inicialmente la infección. El hongo que mataba lentamente a aquellos árboles es en realidad el patógeno de coníferas más peligroso del hemisferio norte.

El enemigo invisible que asoló buena parte de los árboles de Castelporziano llegó tras la caída de Mussolini. No fue el único polizón biológico que alcanzó su objetivo gracias a las contiendas militares. Se cree, por ejemplo, que un hongo tan llamativo y extraño como el Clathrus archeri pudo llegar a Europa en la I Guerra Mundial en las botas de soldados que procedían de Australia. La colonización de especies invasoras es uno de los mayores peligros que existen actualmente para la biodiversidad, con un impacto económico estimado en más de doce mil millones de euros. Hoy sabemos que el dictador fascista y el patógeno fúngico llegaron sin apenas hacer ruido al mismo lugar, convertido en una de las residencias oficiales del presidente de la actual República italiana. Dos historias paralelas que muestran las desastrosas consecuencias que uno y otro tuvieron, a su manera, sobre los seres vivos y el ecosistema.

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Lecturas:

My Fault: Mussolini As I Knew Him, Margherita Sarfatti, Enigma Books, 2013.

«El día que cayó el Duce», Julián Casanova, El País, 20 de julio de 2008.

«Pathogen introduction as a collateral effect of military activity», Paolo Gonthier et al., Mycological Research 2004; 108(5):468-470.

«Biology, epidemiology and control of Heterobasidium species worldwide», Matteo Garbelotto y Paolo Gonthier, Annual Review of Phytopathology 2013, 51:39-59.

«Hongos patógenos introducidos en Europa durante la II Guerra Mundial», Carlos Illana-Esteban, Boletín de la Sociedad Micológica de Madrid 2012, 36:187-192.

Especies exóticas invasoras: la respuesta de la Unión Europea, Comisión Europea, Luxemburgo, 2014. Disponible aquí.


El nobel encarcelado a los once años

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Santiago Ramón y Cajal. Fotografía cortesía de ThingLink.

Nadie sobrevive a la muerte tantas veces. O al menos eso pensaba aquel joven imberbe y corpulento. En su enésima escapada por la sierra de Linás, trató de acercarse lo suficiente para contemplar de cerca un nido de águilas. La aventura no salió bien. Santiago quedó colgado de una pared rocosa durante horas. La ansiedad, bajo un sol abrasador y con el riesgo de morir de hambre y de sed, no le impidió salir indemne. Una pequeña navaja le ayudó a ensanchar algunas grietas para utilizarlas como peldaños para los pies y agarraderos para las manos. A pesar del miedo que tuvo que pasar, el adolescente prosiguió con sus incursiones por las montañas del Alto Aragón. Su curiosidad era infinitamente superior a cualquier tipo de temor. Sin ella, probablemente, este joven jamás se hubiera convertido en el primer nobel de la ciencia española.   

Sus travesuras parecían no tener fin. Siempre estaba metido en problemas; cuando no jugaba a pedradas con sus amigos de Ayerbe, participaba en peleas o en competiciones de flechas. Él, sin embargo, aspiraba a metas más altas, aunque sus ambiciones iniciales no contribuyeron precisamente a la tranquilidad de los vecinos. Aburrido de sus juegos bélicos, Santiago decidió construir un cañón. Con la inestimable ayuda de los chicos de la pandilla, transformaron un trozo de viga sobrante de la casa de los Ramón y Cajal en un tubo para disparar una bala. Santiago hubiera preferido montar unas ruedas por debajo de aquel cañón improvisado con alambres, lija y cuerdas, pero el deseo de probar la pieza de artillería era mayor que su paciencia. Dispararon contra un corral contiguo, abriendo un tremendo boquete en la puerta nueva que acababa de instalar un labrador. Así fue como el niño que cambiaría para siempre la neurociencia terminó encerrado en la cárcel de Ayerbe con solo once años.

En otras ocasiones se escapaba de casa para refugiarse en los montes cercanos, donde podía dibujar libremente sin tener que escuchar las riñas paternas. Santiago también se llevó algún que otro susto importante mientras residía en Valpalmas, un pueblo de la provincia de Zaragoza. Un rayo cayó sobre la escuela donde Cajal y otros jóvenes asistían a clase. A media tarde, mientras su maestra dirigía las oraciones de los estudiantes, y justo después de que pronunciasen «Señor, líbranos de todo mal», un estruendo sacudió el aula. Polvo, cascotes y pedazos del techo nublaron sus ojos, mientras el olor a azufre quemado se esparcía rápidamente. Al mismo tiempo que los chicos escapaban del aula, una voz entre el gentío apuntó al campanario: allí reposaba el sacerdote, fulminado por el rayo. Santiago recordaba aquel suceso como la aparición de «esa fuerza ciega e incontrastable imperante en el cosmos, fuerza indiferente a la sensibilidad y que parece no distinguir entre inocentes y malvados», pero que puede ser prevista y dominada por la ciencia.

Acuarela sobre Ayerbe que Santiago Ramón y Cajal debió realizar a la edad de 12-13 años, conservada en el legado del Instituto Cajal. Imagen: Ángela Bernardo.
Acuarela sobre Ayerbe que Santiago Ramón y Cajal debió realizar a la edad de doce o trece años, conservada en el legado del Instituto Cajal. Fotografía: Ángela Bernardo.

La frivolidad de la literatura

Su insana curiosidad le llevó posteriormente a descubrir una mina de oro mientras repasaba las asignaturas del siguiente curso. Cajal, que nunca fue un buen estudiante, decidió trepar los tejados de las casas hasta observar incrédulo el desván del vecino confitero. Allí estaban los tesoros que su progenitor calificaba como «mortal veneno». La literatura era para Justo Ramón una auténtica frivolidad que distraía a los adolescentes. Sin que el pastelero se diera cuenta, el joven fue robando libros poco a poco para deleitarse con las aventuras de los tres mosqueteros o el conde de Montecristo. Su pasión por las novelas de Daniel Defoe y Julio Verne era tan grande que, años después, Cajal trataría de imitar aquellas dramáticas peripecias; hasta llegó a firmar algunos artículos divulgativos con el pseudónimo de Doctor Bacteria.

Mucho antes de que Albert Barillé produjera la serie Érase una vez… la vida, Ramón y Cajal escribió una novela que, a la larga, iba a describir su exitosa trayectoria. El joven contaba en aquel librito la historia de cierto viajero que llegaba sin saber cómo a Júpiter. En el planeta gaseoso, que hoy explora la sonda Juno de la NASA, su personaje se encontraba con animales monstruosos, diez mil veces mayores que el hombre, aunque muy similares en cuanto a su estructura. El explorador, que tenía la talla de un microbio ante esos seres fantásticos, no se amilanaba por nada. Para poder sobrevivir, como hizo Cajal en Linás, usó todos los aparatos científicos de los que disponía. Incluso llegó a colarse dentro de los monstruos que poblaban Júpiter a través de una glándula cutánea. Así conseguía viajar por su interior, navegando sobre un glóbulo rojo a la vez que presenciaba épicas luchas entre leucocitos y parásitos. El viajero de ficción llegaba hasta el cerebro de los jupiterianos para revelar el secreto del pensamiento y del impulso voluntario, emulando lo que hizo el propio Santiago con sus navajas, micrótomos y microscopios tiempo después.

Barcelona-Berlín, billete de ida y vuelta al Nobel

Las aventuras del gran explorador del cerebro continuaron durante la edad adulta. Ramón y Cajal descubrió un mundo nuevo bajo el microscopio, guiado por el histólogo Aureliano Maestre San Juan, que le mostró cómo lo esencial permanece invisible a los ojos. El aprendiz de literato consiguió de este modo escribir la crónica del sistema nervioso más detallada de la época. En 1888, cuando la Ciudad Condal vivía expectante la celebración de la Exposición Universal, el médico recién llegado a Barcelona comenzó a probar el método del nitrato de plata que el neuropsiquiatra Luis Simarro le había enseñado. Asombrado ante el potencial de aquella técnica ideada por Camilo Golgi, decidió dar un pequeño rodeo en lugar de atacar el toro por las astas. El inmenso e inextricable bosque del cerebro había sido explorado hasta entonces tratando de eliminar la maleza para reconocer las diferentes especies de árboles. Él pensó que sería más fácil explorar aquella frondosa selva nerviosa contemplándola como si fuera un vivero. La intuición no le falló.  

Como hizo de niño construyendo el arma que le llevaría a prisión, el histólogo se aprovechó de todo lo que tenía a su alcance. Así pudo estudiar embriones de aves que, una vez pintados con la reacción cromoargéntica, echaban por tierra las ideas defendidas por Camilo Golgi, Joseph von Gerlach y otros sabios de la época. Cajal no dejó de asombrarse ante lo que veían sus ojos. Las preparaciones bajo el microscopio mostraban que el tejido, lejos de constituir una «red enmarañada», estaba compuesto por células individuales en las que había contigüidad y no continuidad. El sistema nervioso no era una excepción, sino que cumplía a la perfección la teoría celular enunciada por Rudolf Virchow años atrás. Sus observaciones se iban a topar, sin embargo, con el muro de la indiferencia.

Dibujo realizado por Santiago Ramón y Cajal en 1901 donde se muestra la estructura celular de la retina, que se conserva en el Instituto Cajal. Fuente: Enrique J. de la Rosa, Desde mi torre de marfil.
Dibujo realizado por Santiago Ramón y Cajal en 1901 donde se muestra la estructura celular de la retina, que se conserva en el Instituto Cajal. Cortesía de Enrique J. de la Rosa / Desde mi torre de marfil.

Nadie le citaba ni le refutaba y, cuando lo hacían, desdeñaban sus resultados. Pero si la montaña no va a Mahoma, según el proverbio árabe, debe ser el profeta quien acuda a su encuentro. Y así lo hizo Ramón y Cajal, decidido a cruzar la frontera para acudir al congreso de la Sociedad Anatómica Alemana. Lo hizo sin ningún tipo de ayuda, a pesar de las peticiones que un buen amigo suyo, el doctor Gimeno, realizó al Ministerio de Fomento. Santiago tuvo que tirar de las quinientas pesetas que tenía ahorradas, de una cantidad prestada por su padre y de los beneficios de uno de sus libros para emprender una aventura que le llevaría de Barcelona a Berlín en un vagón de tercera clase. Solo le acompañaba una maleta con su inseparable microscopio Zeiss y multitud de preparaciones histológicas. La suerte estaba echada.     

La timidez no impidió que Cajal lograse su propósito. Convencido de poder persuadir a los asistentes acerca de sus revolucionarios resultados, el científico se lanzó a hablar en un francés chabacano para explicar sus hallazgos. La expectación era máxima cuando Albert Kölliker, uno de los mejores histólogos de la época, dio un paso al frente, resuelto a observar las muestras que Santiago estaba comentando. La sala enmudeció mientras el científico miraba a través del microscopio. «Le he descubierto a usted, y deseo divulgar en Alemania mi descubrimiento», cuentan que dijo Kölliker. Cajal lo había conseguido: la mayoría de los investigadores aplaudió sus formidables resultados.

«Para trabajo de refutación de los antineuronistas», puede leerse en esta caja de preparaciones histológicas que se conserva en el Legado de Cajal. Imagen: Ángela Bernardo.
«Para trabajo de refutación de los antineuronistas», puede leerse en esta caja de preparaciones histológicas que se conserva en el Legado de Cajal. Imagen: Ángela Bernardo.

No hizo lo mismo Golgi, a quien Cajal trató de ver en su viaje de regreso a Barcelona. El histólogo italiano, que se encontraba en Roma en aquel momento, tampoco respondió a sus misivas. La enemistad que trabaron, similar a la protagonizada por Galvani y Volta, llegó a su máxima tensión durante la entrega del Premio Nobel. El niño que acabó encarcelado por sus travesuras volvió a sorprenderse en la mañana del 25 de octubre de 1906, al recibir un lacónico telegrama procedente de Estocolmo. Cajal sucedió a José Echegaray en la exigua lista de españoles reconocidos por el Instituto Carolino, donde llegó el 6 de diciembre para asistir a la entrega.

Durante la ceremonia, Santiago explicó la teoría neuronal reconociendo los méritos de todos sus colaboradores, incluyendo la aportación de Golgi en el desarrollo de la tinción del nitrato de plata. El italiano, por el contrario, desdeñó sus alabanzas y defendió de manera pretenciosa la idea de que el tejido nervioso estaba formado por una red tupida, algo que se había demostrado erróneo. Ante sus palabras, Cajal describió en sus memorias a Golgi como «uno de los talentos más engreídos y endiosados que he conocido». Sus diferencias, que pasarían a la historia, no impidieron que ambos realizaran contribuciones exitosas en el estudio del cerebro. Sin el italiano, probablemente Santiago Ramón y Cajal no hubiera visto o hubiese tardado más tiempo en observar las células nerviosas individualmente. El galardón, compartido con Golgi, reconoció al cazador de las «mariposas del alma», como llamaba a las neuronas, premiando así al niño que Cajal siempre conservó en su interior.

Referencias:

  • Recuerdos de mi vida, Santiago Ramón y Cajal, Centro Virtual Cervantes.
  • Cajal, triunfar a toda costa, Antonio Calvo Roy, Alianza Editorial, Madrid, 1999.
  • Cajal y la naturaleza, Eduardo Garrido, Ediciones Desnivel, Madrid, 2016.
  • Comunicación personal del Dr. Juan A. de Carlos, anterior responsable del Legado de Cajal e investigador del Departamento de Neurobiología del Desarrollo, Molecular y Celular del Instituto Cajal.
  • Cajal por sus cuatro costados, Pedro Laín Entralgo, Biblioteca Virtual Cervantes, Alicante, 2012.  
  • Santiago Ramón y Cajal. Epistolario, Juan Antonio Fernández Santarén, La Esfera de los Libros, Madrid, 2014.