El espía que inventaba historias sobre el chocolate

Roald Dahl, 1986. Fotografía: Cordon.

Piloto de guerra, inventor de artilugios médicos, deportista, escritor, espía… hay vidas apasionantes, extravagantes, vidas insólitas que merecen ser contadas. La de Roald Dahl, el autor del inmortal Charlie y la fábrica de chocolate, es una de ellas.

Aunque nació en Gales en 1916, sus padres eran noruegos de pura cepa, Harald y Sofie. Cuatro años antes de su nacimiento, otro noruego —nada más y nada menos que el gran explorador Roald Amundsen— levantaba una bandera congelada en el Polo Sur tras una travesía suicida por las tierras del hielo infinito. En pugna con Robert Scott, se convertía en la primera persona en llegar al corazón de la Antártida y pisar el sur geográfico, lo que lo elevó a héroe nacional por antonomasia. Harald y Sofie pensaron que era buena idea homenajearlo bautizando a su hijo con el mismo nombre de pila: Roald. Llamadme lunático, pero como en la más inquietante leyenda nórdica de troles y guerreros melenudos, al tomar su nombre —y estas cosas solo pueden suceder en las tierras de Odín— una parte de los poderes sobrehumanos de Roald «el explorador» parecieron pasar al pequeño Roald: agudeza, altruismo, arrojo, astucia, audacia, autenticidad… y así hasta el final del alfabeto.

La vida suele desafiar a los colosos, despeñando en los abismos del olvido a mediocres y pusilánimes en una suerte de damnatio memoriae selectiva. El pequeño Roald estaba destinado a culminar grandes empresas, así que no habría piedad posible. Su padre falleció tempranamente, dejando huérfanos a él —con tres años— y a sus dos hermanas, Alfhild y Else la pequeña Astri, de siete años, había muerto de apendicitis unas semanas antes. El comienzo no fue fácil.

En lugar de regresar a Noruega en busca del cobijo familiar, su madre se empeñó en que Roald estudiara en colegios británicos, pensando que tendría una mejor formación y mayores oportunidades profesionales. Creció en Cardiff (Gales), donde pronto hizo una pandilla de amigos al más puro estilo The Famous Five (Los cinco) de Enid Blyton. De hecho, la banda de camaradas estaba constituida por cinco jovenzuelos de ocho años. Una de sus travesuras más célebres fue la que protagonizaron en la tienda de golosinas de la señora Pratchett, una vieja malvada y repugnante al menos así la recordaba Roald que regentaba un despacho de chucherías en el barrio de Llandaff. Aprovechando un descuido de la dueña, quisieron darle su merecido. Colaron un ratón muerto en el tarro de gobstopper, las enormes bolas de caramelo coloreadas, tan populares en el periodo de entreguerras, que inmortalizaría más tarde en Charlie y la fábrica de chocolate con el nombre de everlasting gobstopper: unos caramelos esféricos que, por mucha fruición con que se chupetearan y relamieran, jamás se reducían de tamaño ni perdían su sabor. Los reales estaban compuestos por capas y capas de distintos colores y sabores. Podían medir entre uno y ocho centímetros de diámetro, todo dependía del presupuesto infantil, y eran extremadamente duros; no en vano tenían el sobrenombre de jawbreakers, algo así como ‘rompemandíbulas’. ¡Que no se te ocurriera morderlos! Además de deliciosos también eran duraderos, lo que los hacía muy apreciados por los niños y niñas que los podían disfrutar de vez en cuando.

Como muchos otros, el episodio del ratón quedó reflejado en el diario que Roald atesoraba, esquivando como podía la curiosidad natural de sus hermanas (no hay mayor placer que, a hurtadillas, leer el diario de un hermano y poder descubrir todos sus secretos y, por encima de todo, saber qué piensa en realidad sobre nosotros). Roald iba cambiando de escondite el cuaderno con su obra mínima, a la vez que descubría el inmenso placer que le producía escribir. Los cinco amigos fueron castigados por el caso del roedor muerto en el tarro de caramelos y, como la educación tradicional victoriana prescribía, fueron debida y cruelmente azotados. No permaneció mucho tiempo en aquella escuela de barrio.

Los jawbreakers o gobstopper, rompemandíbulas o inflamofletes Fotografía: a200/a77Wells (CC).

Roald Dahl todavía tenía mucho que aprender sobre la vida. Con trece años cambió su residencia familiar a Derbyshire, condado de Inglaterra; allí comenzaría su nueva etapa escolar en la exclusiva Escuela de Repton como alumno interno. Un lugar que no debía ser especialmente agradable. Su profesor de Lengua Inglesa se refirió a él en el boletín de calificaciones así: «Nunca he conocido a nadie que escriba palabras que signifiquen exactamente lo contrario a lo que se pretende de forma tan persistente». Seguro que era un estupendo maestro, pero desde luego no tenía olfato de editor. Las novatadas, los abusos que algunos de los alumnos mayores infligían a los más débiles y las palizas que sufrían por parte de profesores frustrados eran el pan nuestro de cada día. Así lo describe en su obra autobiográfica Boy: Tales of Childhood: «A lo largo de mi vida escolar, me horrorizó el hecho de que los maestros y los muchachos mayores pudieran, literalmente, herir a otros niños, y algunas veces con bastante severidad… no podía superarlo. Nunca lo superé. Sería injusto sugerir que todos los maestros golpeaban constantemente a todos los muchachos. Solo algunos lo hacían, pero eso fue suficiente para dejar la huella del horror en mí». Cómo olvidarlo. Roald era muchas cosas, pero no un matón de barrio. Como persona sensible y con grandeza —y no solo por el metro noventa y ocho que llegó a medir—, la crueldad y la injusticia removían sus entrañas. Eso le marcó profundamente y, por ende, a su obra. Si habéis tenido la oportunidad de leer, por ejemplo, Matilda (Londres, 1988), ilustrado por el genial Quentin Blake, aparece un personaje abyecto: la Señorita Trunchbull. Su onomatopéyico nombre lo dice todo. Una mujer forzuda y malvada que disfrutaba con el sufrimiento de los más pequeños y, de alguna manera, encarnaba la esencia del mal que Roald había conocido en primera persona. El libro arrasó en ventas y Danny DeVito lo adaptó años más tarde al cine; aunque es una película de 1996, ha soportado bien el paso del tiempo y sigue cautivando y horrorizando —a partes iguales— a los más pequeños.

Pero incluso en un averno cabían momentos de felicidad e inspiración. Y entre los mejores estaban aquellos en los que la fábrica de chocolates Cadbury enviaba sus nuevas muestras. Muy a menudo, los alumnos de Repton hacían a la vez de jueces y conejillos de indias. Los probaban y los evaluaban antes de que la marca decidiera cuáles serían sus lanzamientos comerciales de temporada. ¡Probar chocolates! ¿Quién no querría hacer algo así? Roald narró en sus memorias lo asombrosamente felices que les hacía testar las muestras de Cadbury, y cómo se convirtieron en verdaderos expertos. Su hija, Ophelia Dahl, contaba al Daily Mail hasta qué punto llegó a seducirle el chocolate: «Mi padre estaba tan fascinado con la sección transversal de la chocolatina Mars, con sus capas de chocolate, caramelo y turrón, que cuando la cortaba y la observaba, como si fuera un corte transversal de la Tierra, no se atrevía a morderla». Años más tarde sucedería —inevitablemente— lo que todos estáis imaginando; aunque para llegar a eso aún faltaba un trecho francamente excitante.

Trabajadoras de la fábrica de chocolate Cadbury. Mitad de los años treinta.

Cuando Roald terminó sus estudios en Repton, su madre se prestó a ayudarlo para que fuera a la universidad, nada menos que a Oxford o Cambridge, y finalizara así su formación de manera sobresaliente; pero él se negó. Roald prefería trabajar en una compañía que lo enviara «a lugares lejanos y maravillosos como África o China». Poco después se enrolaba en Shell Petroleum Company: la Shell. Gracias a su brillantez y desparpajo, cumplió parte de sus deseos: dos años en Reino Unido y luego Kenia y Tanzania… Desgraciadamente —como les sucedió a miles de jóvenes por aquel entonces— uno de sus mejores momentos vitales se vio mutilado atrozmente por la Segunda Guerra Mundial.

Por una extraña razón, algunos tramos de su vida parecían discurrir de forma paralela a la del chocolate. Durante la guerra, la fábrica que poseía Cadbury en Bournville dedicó gran parte de la planta a producir asientos para los aviones de combate —a pesar de que el chocolate era considerado un alimento esencial y estaba sometido a racionamiento inflexible—; para no desmerecer, Roald se alistó en el ejército, siendo exactos, en la Royal Air Force, la temible RAF… quién sabe si siguiendo el rastro de los «asientos Cadbury». Tenía veintitrés años y comenzaba una de las etapas más azarosas de su existencia.

La guerra iba más rápido que la formación de los jóvenes pilotos, así que la RAF se vio forzada a preparar un programa de choque: el Plan de Entrenamiento Aéreo de la Commonwealth. Gracias a este programa, miles de jóvenes se adiestrarían en países de la Mancomunidad Británica de Naciones, lejos del frente. Junto a dieciséis muchachos más, Roald comenzó su instrucción en Nairobi —de esos dieciséis, solo tres sobrevivirían a la guerra—. Tras siete horas y cuarenta minutos de entrenamiento, Roald era capaz de volar solo. Continuó su preparación avanzada en la base aérea que la RAF tenía cerca de Bagdad. Después de todo, el destino le iba a dar el exotismo que tanto había añorado en su primera juventud. El 24 de agosto de 1940 obtenía su título oficial de piloto. Estaba listo para unirse al resto de chicos en el frente de combate; pero algo inesperado estaba a punto de suceder.

Apenas tres semanas después le fue asignada una misión. Debía integrarse en el escuadrón 80 de la Fuerza Aérea, para ello tendría que llegar hasta la base de la 80, tras sobrevolar el delta del Nilo y parte del desierto. Después de varias de etapas de vuelo, cuando en teoría se acercaba a su destino, advirtió que estaba completamente perdido. El avión no tenía radio ni ayudas a la navegación. Roald solo contaba con el auxilio del sol y un plano atado a su rodilla. El tiempo se consumía al igual que el combustible que quedaba en el depósito, pero la pista de aterrizaje ni siquiera se vislumbraba. La noche se cernía sobre él y su aeroplano continuaba volando en círculos en algún comprometido punto entre las tropas italianas y las británicas. No le quedaba más remedio que tratar de aterrizar su biplano en mitad del desierto. No era un desierto ideal y arenoso como el que aparece en las postales, según sus propias palabras era un desierto «lleno de piedras enormes, rocas y barrancos». La maniobra tuvo fatales consecuencias. Su Gloster Gladiator quedó completamente destruido y él, herido de gravedad: «No podía ver nada en absoluto, pero no sentía dolor. Solo quería dejarme llevar por el sueño». Dichosamente para millones de lectores, no se dejó acunar por los brazos de Morfeo. El calor de las llamas despertó su instinto de supervivencia y se arrastró como pudo, lo suficientemente lejos del calor como para no morir abrasado. Paradójicamente, las llamas que pudieron haberle consumido le salvaron. En la oscuridad absoluta del desierto, con un cielo perfecto, la pira iluminó las dunas y recovecos en varios kilómetros a la redonda. Algunos soldados amigos que había sobrevolado sin saberlo —observadores avanzados ocultos en trincheras— dieron la voz de alarma. Roald fue rescatado durante la noche.

El biplano británico Gloster Gladiator. Fotografía: Alan Wilson (CC).

Un momento, os preguntaréis: «¿Un accidente con un avión en mitad del desierto? ¿Un escritor de cuentos de enorme éxito?… No puede ser. ¡Esa historia la conozco!»; y así es. Antoine de Saint-Exupéry, el autor de El principito, vivió unas circunstancias muy parecidas cinco años antes. Mientras volaba sobre el Sáhara libio con su Caudron Simoun tuvo que hacer un aterrizaje forzoso. Aunque sobrevivió a la peligrosa maniobra, estuvo muy cerca de morir debido a la severa deshidratación que padeció. Al cuarto día, sin agua, cuando ya no podía caminar y las alucinaciones lo dominaban, fue rescatado milagrosamente por un hombre del desierto. Esta experiencia aparece reflejada en su exquisita obra Tierra de hombres y, en parte, inspiró El principito. Sin embargo, sí que había una gran diferencia entre el accidente de Roald y el de Antoine; mientras el primero volaba como piloto de guerra en una misión, el segundo lo hacía por un premio de ciento cincuenta mil francos camino de la colorida Saigón. Desde luego no se puede negar que ambos fueran accidentes formidablemente literarios.

El golpe que Roald recibió en la cabeza durante el aterrizaje de emergencia fracturó su cráneo y lo dejó ciego. Pudo haber muerto allí mismo, pero acabó en un hospital de Alejandría donde fue tratado para recuperarse de sus lesiones. Y, como en la mejor novela de Victoria Holt, en el momento preciso entró en escena una enfermera del hospital que la Royal Navy tenía en Alejandría, Mary Welland; pero eso es otra historia. Solo os adelanto que se sentaba en su cama cada día para curar sus heridas durante una hora, y cuando Roald, contra todo pronóstico, recuperó la vista tiempo después, ella fue la primera persona que vio —no podéis negar que os recuerda necesariamente a Ralph Fiennes y Juliette Binoche recreando en el cine la novela de Michael Ondaatje, El paciente inglés—.

Los colosos son colosos por algo. Después del accidente, ningún oficial pensó que el piloto Roald Dahl volvería a volar jamás; al igual que su profesor de Lengua Inglesa, se equivocaban. Roald volvió a pilotar y entró en combate aéreo en varias ocasiones, entre ellas en la célebre batalla aérea de Atenas. En esa y otras escaramuzas derribaría varios aviones enemigos, al menos cinco. No obstante, las secuelas de su accidente continuaban afectando a sus sentidos. Fue relevado del servicio por este motivo. Y aquí comienza otra etapa que da un giro vital e inesperado a la biografía rocambolesca de Dahl. Una serie de circunstancias lo llevaron a trabajar para el MI6 —el Servicio de Inteligencia Secreto del Reino Unido— desde la embajada británica en Washington D. C. Roald iba a ser espía, pero lo más importante es que iba a volver a escribir, y eso sí que cambiaría su destino.

Sus habilidades sociales y las buenas amistades que había forjado en poco tiempo equivalieron a influencia e información. Eso atrajo la atención del famoso maestro de espías canadiense William Stephenson —lo más parecido a un James Bond que podamos imaginar—. Parte de la misión de Stephenson era que la opinión pública continuara a favor de la intervención militar de Estados Unidos en la guerra, y para eso había que contar con la prensa. En poco tiempo, además de pasar toda la información de la que disponía, Roald «el espía» se ponía manos a la obra y escribía un amplio artículo para el Saturday Evening Post —el de las portadas del ingenioso Norman Rockwell— donde narraba con todo lujo de detalles su accidente en el desierto. Después de ese hubo muchos otros. Y quizás sea el momento preciso de volver al chocolate, aunque sea dando el último rodeo.

Además de espiar, Roald no había dejado de escribir. En 1943 publicaba Los gremlins con un enorme éxito. Random House no pudo reimprimir a tiempo por la escasez de papel, pero la primera edición fue de cincuenta mil ejemplares solo para el mercado estadounidense. La historia giraba  en torno a unos pseudoduendes que, según los pilotos, eran los responsables de las averías de sus aviones. La Disney compró los derechos para el cine, pero la cinta nunca llegó a producirse. Cuarenta años más tarde, Steven Spielberg se inspiraba en estos seres para filmar la película que todos hemos visto alguna vez: Gremlins. La de los reptilianos hijos bastardos —y bastante canallas— de Gizmo. Una película que, además de entretener, dio felices ideas a los niños de todo lo que se podía hacer con una batidora —poco después de que se estrenara, la Asociación Estadounidense de Cineastas tuvo que cambiar su sistema de calificación por edades—.

La guerra terminó en el año 1945, y ser espía no resultaba tan rentable, pero escribir buenas historias era otro cantar. Roald se movía con soltura entre cócteles y fiestas; pero también entre la literatura infantil y la de adultos. Así que decidió apostar por ello de forma definitiva, iba a desarrollar una carrera que lo catapultaría al olimpo de los grandes escritores del siglo XX… aunque le faltaba el último empujón. Ese fue contraer matrimonio con la actriz Patricia Neal (Óscar a la mejor actriz en 1963 por Hud). Se casaron en 1953, orientó bien a Roald y concibieron juntos a cuatro chicas y un chico.

Roald Dahl y Patricia Neal, por Carl Van Vechten, abril de 1954. Fotografía: Biblioteca del Congreso. Washington, D.C.

Durante un paseo en Nueva York, mientras la niñera se ocupaba del pequeño Theo Dahl, un taxi atropelló el cochecito que lo transportaba. Theo solo tenía cuatro meses. El fuerte traumatismo le provocó una hidrocefalia, colocándole al borde de la muerte. No había mucho que se pudiera hacer. La presión intracraneal era excesiva, los artefactos que existían se atascaban con tanta frecuencia que eran inservibles. Viendo el sufrimiento de su hijo, Roald no dejaba de pensar en cómo ayudarlo. No perdió el tiempo y, con el asesoramiento del ingeniero hidráulico Stanley Wade y el neurocirujano Kenneth Till, diseñó un rudimentario dispositivo que era capaz de aliviar la afección. Funcionó. Lo bautizaron como válvula WDT (Wade-Dahl-Till valve). Además de salvar la vida a Theo, la válvula extracraneal se fue perfeccionando y se aplicó en miles de pacientes, la gran mayoría niños. Ninguno de los tres consintió jamás recibir regalías por su invento.

La familia volvió a Inglaterra buscando la tranquilidad. Pero dos años más tarde, Olivia Dahl, la primogénita, moría víctima de una encefalitis provocada por el virus del sarampión. Tenía siete años. Este hecho hundió a Roald por completo, nunca llegó a recuperarse del todo. Cómo hacerlo. Era 1962, y la vacuna del sarampión no sería efectiva hasta 1971. Se refugió en la escritura. Removiendo los rincones de su memoria en busca de vivencias felices que lo evadieran, brotaron sus recuerdos de Repton. Y ahí estaba el chocolate que lo redimiría una vez más. Inspirado en esos recuerdos, Roald escribía su gran obra en 1964: «Fue hermoso soñar esos sueños. Recordé esas pequeñas cajas de cartón y los chocolates recién inventados dentro de ellas, y comencé a escribir un libro llamado Charlie y la fábrica de chocolate». Al fin llegaba Charlie.

El libro cuenta la historia de Charlie Bucket, un niño muy pobre al que le cambia la vida cuando encuentra un premio colosal dentro de una chocolatina Wonka. La ilusión e inocencia de Charlie, alguien que no tiene absolutamente nada material, contrastan con la tristeza y descreimiento del otro protagonista, el inventor de golosinas Willy Wonka, un magnate del chocolate que lo tiene aparentemente todo. La historia, divertida y conmovedora, ha hecho vibrar a niños y mayores de todo el mundo. Además de chocolate, está llena de extrañas ambrosías con los efectos más locamente peligrosos y extravagantes que se puedan imaginar. ¿Una muestra? Además de los caramelos eternos everlasting gobstopper, estaba el toffe capilar, te comías un trocito y justo a la media hora te crecía una larga y sedosa cabellera, por no hablar de la barba; el chicle mágico Wonka, un chicle alimenticio para no tener que cocinar; helados calientes para días fríos, muy útiles en invierno; chicles con pegamento para padres que hablen demasiado; caramelos explosivos para los enemigos… y mis preferidas: las grajeas de arco iris rainbow drops: después de comerlas, podías escupir hasta en seis colores diferentes (siempre me pregunté dónde fue a parar el séptimo color).

Material promocional para la edición del 40 aniversario de la película. Imagen: Warner Bros.

La historia de la fábrica de Willy Wonka tuvo tanto éxito que fue llevada al cine en dos ocasiones. La primera en 1971, con dirección de Mel Stuart y protagonizada por Gene Wilder y Peter Ostrum (hoy día es veterinario). La segunda en 2005, dirigida por Tim Burton y protagonizada por Johnny Depp y Freddie Highmore. El libro Charlie y la fábrica de chocolate ha vendido más de doscientos millones de ejemplares en todo el mundo. Son muchos ejemplares. Cualquier editor se rompería la crisma por contar con un título así en su catálogo. Y goza de una salud de hierro. Si los niños no se acaban en algún futuro distópico, cosa altamente improbable, continuará vendiéndose durante mucho tiempo. El talento y la imaginación de Roald lo valen.

Quizás sea solo casualidad y, después de todo, los poderes sobrehumanos del explorador Roald Amundsen no pasasen al pequeño Roald Dahl de ninguna de las maneras; pero, adivinad qué llevaba la ración diaria de Amundsen en su viaje a las ignotas tierras de las nieves del sur: unos 350 gramos de pemmikan (una pasta hipercalórica de carne pulverizada y deshidratada, mezclada con frutos secos y grasa), 380 gramos de galletas (lo que viene a ser «cuarto y mitad»), 60 gramos de leche en polvo… y 40 gramos de chocolate, muy cerca de lo que pesaban las irresistibles chocolatinas Wonka, las maravillosas barras de los billetes dorados con las que todos hemos soñado alguna una vez.


El arado que desató el Apocalipsis

Tormenta de polvo en Rolla, Kansas. 6 de mayo de 1935. La foto fue enviada al presidente Franklin Roosevelt. Fotografía tomada desde la torre de abastecimiento de agua de Rolla [Library of Congress].

Si se combinan los factores suficientes se pueden catalizar reacciones catastróficas. Episodios que se incorporan al imaginario colectivo y se perfunden, como la sangre entre las vísceras, amamantando nuestros miedos ancestrales e imbricando con ellos muchos pasajes de nuestra historia. Como si de vez en cuando el Apocalipsis hiciera ensayos recordándonos su vigor. Eso fue lo que sucedió en los años treinta en el corazón mismo de los Estados Unidos de América.

Cuando, en 1862, los congresistas presididos por el eximio Abraham Lincoln promovieron las Homestead Acts (Leyes de Asentamientos Rurales) no podían atisbar algunas de las consecuencias que generarían al retar, ilusamente, los principios complejos que rigen el caos. En confluencia con otros elementos desatarían una de las mayores catástrofes ecológicas, y por ende sociales, que ha conocido el ser humano en tiempos cercanos.

Como en un mantra histórico la población mundial continuaba creciendo. Estados Unidos había pasado de treinta y ocho millones de habitantes en 1870 a ciento treinta y dos millones en 1940. Todas esas personas tenían algo en común, necesitaban alimentarse. El cereal era el oro agrícola y se demandaban nuevas tierras para cultivar trigo, maíz o cebada. Si algo tenía esa nación feraz, esa tierra prometida, era superficie, tanta que pareciera no acabarse nunca. Si eras un varón mayor de veintiún años con una familia que mantener, y no habías levantado las armas contra el país, por pobre que fueras, podías invocar las leyes de asentamientos rurales para comenzar a cumplir tus sueños y poseer tu propia homestead (propiedad familiar). Gracias a la generosidad de papá Estado se cedieron unos 270 millones de acres (más de un millón de kilómetros cuadrados). Si la magnitud no resulta muy representativa en una imagen mental, imagínese el diez por ciento de la superficie total de los Estados Unidos de América; o si lo prefiere, dos veces la superficie de España. Eso fue lo que se repartió entre 1,6 millones de colonos llegados en varias décadas de casi todos los rincones del mundo. Los mejores terrenos volaron. En pocos años prosperaron formidables granjas en ellos. Granjas que producían buenas y valiosas cosechas. Cosechas que se usaban como reclamo para seducir a nuevos colonos, porque se necesitaba más y más. Era el capitalismo, era el hombre.

Para hacer la promoción más atractiva las Homestead Acts habían sufrido algunas enmiendas y ampliaciones. En 1909, la Administración de Theodore Roosevelt las modificó para permitir el desarrollo de la agricultura en las Grandes Llanuras. Eran zonas muy extensas y relativamente secas en el centro del continente. La meseta que define las Grandes Llanuras transcurre desde México a Canadá, pasando por muchos estados: Oklahoma, Kansas y Nebraska, entre otros. Esas tierras nunca se habían cultivado. Mantenían su equilibrio ecológico gracias a las especies herbáceas autóctonas que crecían allí desde hacía miles de años. Especies que se encontraban adaptadas al clima que las cobijaba y sus escasas lluvias. Especies que habían trenzado un profundo y eficaz sistema radicular para aprovechar al máximo la valiosa humedad del subsuelo, y consolidar así la capa que las soportaba.

Los congresistas no estaban locos, los desorientaba una anomalía climática positiva que había provocado que la pluviosidad en las Grandes Llanuras estuviera, durante unos años, muy por encima de lo que los lugareños podían recordar, pero era solo una anomalía. Esa fue la segunda pieza que puso en marcha el desastre perfecto. Lo que antes no era más que una infinita superficie de pastos, se había transformado en un fructífero vergel gracias a esas milagrosas lluvias y a la llegada de miles de colonos con sus modernos aperos, hasta el punto de que algunos estudiosos del clima repetían que «la lluvia seguía al arado». El arado tradicional, el tirado por bestias, estaba a punto de convertirse en una reliquia. Los nuevos tractores con sus rejas de acero multiplicaban el poder de roturar la tierra hasta límites jamás soñados por un agricultor. Las labores que antes necesitaban semanas para concluirse se podían practicar en pocos días, incluso en horas, aprovechando así los momentos más propicios para la producción. Las máquinas y sus rastras pasaron una y otra vez sobre los terrenos domesticados, desmoronando la delicada capa fértil de tierra vegetal, y dejando el suelo desnudo a merced de las inclemencias meteorológicas. Cuando el ciclo de lluvias singulares cesó, llegó la sequía y, tras de ella, llegaron los vientos. Para entonces las Grandes Llanuras estaban repletas de familias.

Las estaciones se sucedían sin que la lluvia regresase, pero el viento sí lo hizo; y con él, el polvo. El suelo, carente de vegetación que le diera estructura, volaba alimentando voraces y colosales nubes, nubes rojas inyectadas de polvo y arena, enormes muros que se alzaban hasta el cielo ocultando el sol, arrasando todo lo que encontraban en su camino, llegando a enterrar, literalmente, casas enteras. Despojando a los colonos de todo cuanto tenían. Era el apocalipsis, era el Dust Bowl.

Tormenta de polvo en Hugoton, Kansas, 1936 [Library of Congress].

Los adictos a la ciencia ficción habrán disfrutado más de una vez de Interstellar, dirigida por Christopher Nolan y protagonizada por Matthew McConaughey, Jessica Chastain, Anne Hathaway, Michael Caine y Matt Damon. La película revela un futuro distópico en el que una plaga fitopatógena (posiblemente una prima canalla de Xylella fastidiosa) acaba de forma inexorable con todos los cultivos y plantas salvajes, dejando el suelo sin cubierta vegetal, a la población mundial sin alimentos, enferma y condenada a su extinción. Este retrato apocalíptico (y las impresionantes imágenes de las nubes de polvo que exhibe) remite a los sucesos de los años treinta en Norteamérica. Al comienzo de la película aparecen una serie de ancianos describiendo el horror que vivieron. Podría parecer un falso documental, pero con la excepción de la actriz Ellen Burstyn (que interpreta a una anciana heroína Murphy Cooper) todos son supervivientes reales del Dust Bowl: «Mi padre era granjero, como todos por aquel entonces. Nos habíamos quedado sin trigo. Aún nos quedaba el maíz, aunque lo que más teníamos era polvo». «No puedo describirlo, era continuo, esa incesante tormenta de polvo». «Llevábamos trozos de sábanas para cubrirnos la nariz y la boca, y así no inhalar demasiado». «Cuando poníamos la mesa, siempre poníamos los platos boca abajo, los vasos, las copas, todo lo poníamos boca abajo»… Todos estos hombres y mujeres aparecen también en el documental The Dust Bowl, dirigido por Ken Burns y estrenado en el año 2012. Nadie mejor que ellos para darle voz veraz a un apocalipsis cualquiera.

Una ventisca negra se alza sobre Texas. Foto de marzo de 1936. Arthur Rothstein [Library of Congress].

Volviendo al relato histórico y al drama real, cientos de miles de familias tuvieron que abandonarlo todo y emigrar en un severo éxodo para poder sobrevivir. En 1934 Oklahoma perdió más de cuatrocientos mil habitantes (casi el 20% de su población), Kansas más de doscientos mil. En total los estados afectados por la catástrofe ecológica perdieron más de dos millones y medio de personas. Se les bautizó como okies. El término okie lo acuñó el periodista Ben Reddick, y se extendió pronto entre la prensa y la sociedad americana. Hacía referencia al origen de muchos de ellos, Oklahoma, y a las dos letras con las que comenzaban las matrículas de ese estado: «OK», que señalaban los  vehículos atestados de enseres en los que infortunados okies recorrían el país de este a oeste.

Una granja enterrada bajo el polvo. Dallas, Dakota del Sur en 1936 [Library of Congress].

Algunos buscaron trabajo en las grandes ciudades, pero la mayoría fueron carnaza como mano de obra barata en la recogida de naranjas y uvas en California. En la práctica no había salario mínimo. La Gran Depresión, que corría paralela al Dust Bowl, no hacía más que agravar la catástrofe. John Steinbeck retrata como nadie el drama humano de los okies en su obra Las uvas de la ira (The Grapes of Wrath), publicada en 1939 y por la que recibió el Pulitzer un año después. La palabra okie aparece unas treinta veces en la novela, y siempre en contextos negativos: «—¿Okie? —preguntó Tom—. ¿Qué es eso?» «—Antes significaba que eras de Oklahoma. Ahora quiere decir que eres un cerdo hijo de perra, que eres una mierda». Okie se convirtió en una injuria una vez que la masa de desplazados comenzó a montar campamentos de chabolas, o llegaban a pueblos y ciudades con nada que llevarse a la boca y dispuestos a trabajar por lo que fuera, poniendo en peligro los puestos de trabajo de los nativos. Quienes no tienen nada son siempre una amenaza para el resto, y la nación que más ha presumido de proteger a los suyos rememoró el odio fraternal de Caín. En la obra de Steinbeck la palabra «polvo» o sus derivados aparecen más de ciento cincuenta veces (nos hemos entretenido en contarlas) e inundan la novela de una atmósfera sucia y sápida, capaz de hacerte masticar la tierra en más de una ocasión. Sin embargo, la delicadeza del escritor al retratar a sus personajes recubre su historia de ternura en una contradicción constante de sentimientos. Debería ser una lectura obligada.

¡Se rompió, bebé enfermo y problemas con el automóvil! Fotografía de 1937 de Dorothea Lange de una familia atrapada cerca de Tracy, California [Library of Congress].

Años más tarde, el trabajo de Steinbeck tuvo eco en la singular obra de Edward Abbey. Un popular escritor ambientalista autor de libros que alentaban la utopía romántica y golfa de la contracultura americana. Historias con un trasfondo de desobediencia civil y lucha (cuasi terrorista) contra las grandes corporaciones industriales que ocupaban los espacios naturales, exprimiéndolos como a naranjas californianas antes de destruirlos. Algunas de sus obras más conocidas son La banda de la tenaza (The Monkey Wrench Gang), ilustrada por el maestro del cómic Robert Crumb, Hayduke vive (Hayduke Lives) o El vaquero indomable (The Brave Cowboy), protagonizando la versión cinematográfica (Lonely Are the Brave) el inolvidable Kirk Douglas.

Otros testigos de excepción del Dust Bowl fueron la fotógrafa Dorothea Lange (sus instantáneas crearon escuela en el fotoperiodismo y nos siguen conmoviendo. Gracias a ella la Gran Depresión y los okies tienen hoy rostro), y Woody Guthrie, el okie creador de las Dust Bowl Ballads, que se convirtieron en la banda sonora de la tragedia ambiental y humana (retratado fantásticamente por Fran G. Matute en otro artículo de Jot Down).

Este no es, ni mucho menos, un alegato contra la agricultura o la tecnología. La agricultura, de la mano de la ciencia, nos ha traído hasta aquí. La domesticación de especies animales y vegetales ha sido una obra titánica. La obra más importante de la humanidad. Todo, absolutamente todo lo que comemos hoy, proviene de especies vegetales o animales domesticadas. Especies y razas adaptadas a nuestras necesidades. Gracias al aliento de la agricultura se ha desarrollado la civilización. Nuestra esperanza de vida es mayor que nunca, y disponemos de un arsenal de calorías interminable a nuestro alcance por muy poco dinero. Tampoco podemos juzgar las decisiones del pasado con criterios actuales, no sería justo, y menos sabiendo las consecuencias de ellas. Sin embargo, hay algo bueno en esta desgracia: el Dust Bowl nos enseñó muchas cosas. Nos enseñó que intervenir en un sistema estable puede tener efectos inesperados. Nos recordó que cuando la naturaleza desata su fuerza, nada puede pararla. Y nos mostró que el equilibro ecológico es más frágil de lo que pueda parecer a simple vista. Muchas prácticas agrícolas cambiaron radicalmente, otras lo hacen de forma lenta, pero en el buen camino.

Queda mucho por hacer, pero la población mundial continúa creciendo y demandando alimento. Siempre habrá negacionistas, pero también falsos profetas; y aunque si se combinan los factores suficientes se pueden catalizar reacciones catastróficas, la agricultura es la única herramienta capaz de alimentarnos y conducirnos con vida hasta el próximo siglo. Cómo la usemos será cosa nuestra, porque el apocalipsis, vigilante, seguirá observándonos siempre de reojo y la ciencia, como hasta ahora, será nuestra mejor aliada.

La ocupación de tierras finalizó en 1976. La única excepción a esta nueva política fue el remoto y salvaje estado de Alaska, para el cual la ley permitió el homesteading hasta el año 1986. Ken Deardorff fue el último ciudadano estadounidense que se benefició de un programa que había iniciado Lincoln ciento veinticinco años atrás. Obtuvo sus ochenta acres de tierra en el río Stony, en el sudoeste de Alaska. Cumplió con todos los requisitos en 1979, pero no recibió su escritura hasta mayo del año 1988. Quizá, como algunos de los protagonistas de Doctor en Alaska, quisiera comenzar de nuevo en un lugar lejano e indómito donde no ser juzgado. Quién, como los okies, no ha soñado con un nuevo comienzo alguna vez.


Las extravagantes gatas de Théophile Steinlen

Steinlen en su taller (1913). Agence de presse Meurisse. Bibliothèque nationale de France. Dominio público.

El mundo se encuentra dividido en dos grandes grupos de personas, dos clanes irreconciliables en conflicto permanente, aquellos que aman a los gatos y aquellos que los detestan. Esta segunda tribu oscila entre el repelús que provoca la lengua áspera de los pequeños felinos, los estornudos alérgicos que desatan y, en el extremo, la ailurofobia, un temor desmesurado e incontrolable hacia los astutos michos. En cuanto a los componentes de la primera tribu son de los que piensan: «¿Quién diablos necesita razones para adorar a los gatos?». Si pertenecéis a este grupo —secta, a decir verdad— o habéis leído acerca de la historia del diseño, partís con una notable ventaja, con seguridad conoceréis la genial obra de Steinlen.

Théophile Alexandre Steinlen (Lausanne, noviembre de 1859 – París, diciembre de 1923) era una suerte de artista total: dibujante y experto grabador, ingenioso caricaturista e ilustrador, y pintor y escultor exquisito; pero lo que lo hizo celebérrimo fue su labor como cartelista. Es casi imposible entrar en un estudio de diseño y no toparse con la reproducción de alguno de sus carteles enmarcada en la pared; y lo cierto es que lo merece. Junto a Alfons Mucha y Toulouse-Lautrec, con el que compartió más de una cuenta de cliente, fue uno de los máximos exponentes del art nouveau.

Modern style, Jugendstil, stile liberty, art nouveau, modernismo… distintas denominaciones locales para una corriente artística que marcaría el comienzo del siglo XX, el primordio del diseño para las masas con el que hemos crecido un buen puñado de generaciones. Y es que los primitivos carteles tipográficos dieron paso, gracias a las técnicas litográficas del art nouveau, a nuevas creaciones que impactaban por su colorido y forma. Ya no era necesario saber leer para que los mensajes publicitarios, henchidos de atractivas imágenes, hicieran diana en la nueva caterva urbana de la segunda revolución industrial, una creciente masa dispuesta a consumir lo que fuera necesario para alcanzar su anhelada dosis de felicidad.

Aunque retrató con delicada humanidad a amantes, obreros y soldados, el sobrenombre de Steinlen era «el padre de los gatos» («Le père des chats»). Gran parte de su obra se centró en ellos. Con perfiles sinuosos creaba formas naturales gráciles y llenas de movimiento que se identificaban a la perfección con las señas de identidad del art nouveau. Quizás su obra más conocida sea el cartel que realizó para El Gato Negro (Le Chat Noir), un cabaré que congregaba a lo más granado de artistas e intelectuales en las noches parisinas. No menos conocido fue su diseño publicitario para la lechería de los hermanos Quillot, Lait Pur de la Vingeanne Stérilisé (Leche pura esterilizada de la Vingeanne), en el que inmortalizó a su hija Colette junto a tres gatos glotones que acudían atraídos por el irresistible aroma de la leche, mientras se hacinaban a sus pies en una escena íntima y familiar.

Tournée du Chat Noir de Rodolphe Salis, 1896. / Lait Pur de la Vingeanne Stérilisé, 1897. Ambas de Théophile Steinlen.

A pesar de que la paleta de color que usaba Steinlen era habitualmente raquítica, sus obras transmitían una intensidad y contundencia sin parangón; apenas unos cuantos blancos, negros y rojizos —desde tierras de siena y duraznos, a cardenales— que continúan evocando las formidables pinturas de las cuevas de Lascaux o Altamira.

Blancos, negros y rojizos son también los colores que los mamíferos exhiben en sus pelajes. Steinlen los recrea fabulosamente en ese cartel —y en muchos otros de sus innumerables diseños—: al fondo un gato atigrado o romano, justo en medio un gato negro y, en primer plano, un gato calicó que a su vez muestra la paleta del artista —blanco, negro y rojizo-anaranjado— en su propio pelo… pero ¿es un gato? Quizás sea el momento de asomarnos austeramente al mundo de la genética.

El calicó es un un patrón de color, no una raza gatuna. Se define por las manchas negras y anaranjadas, explícitas y bien delimitadas, que se distribuyen a lo largo de la piel del animal —normalmente combinadas con el blanco, aunque esto es irrelevante desde el punto de vista genético para el caso que nos ocupa—. Estas fieras domésticas son calicó o carey por una extravagancia de la naturaleza, una herencia genética que está íntimamente ligada al sexo, en concreto al bendito cromosoma X. Sin entrar en procelosos detalles, y resumiendo a riesgo de que un genetista nos dé un buen tirón de orejas, cabe recordar que los gatos tienen diecinueve pares de cromosomas en cada una de sus células somáticas. Uno de los diecinueve pares contiene los cromosomas sexuales X e Y. El animal será macho con la combinación XY y hembra con la combinación XX. Hasta aquí no descubrimos nada que no sepa un alumno de Secundaria.

La gata. Ilustración de Théophile Steinlen.

La cuestión se complica ligeramente si tenemos en cuenta que, en este lance, en el cromosoma X existen dos posibles alelos para el color negro o rojizo-anaranjado. No es imprescindible conocer qué es un alelo para descifrar el enigma del calicó, basta con intuir que uno de los alelos expresa el color negro y otro expresa el color rojizo-anaranjado en el pelo. O se tiene uno o se tiene otro, pero no ambos alelos a la vez en el mismo cromosoma. Si el gato es macho, el problema se resuelve con facilidad, ya que solo puede tener el alelo «anaranjado» o el «negro» —como hemos mencionado anteriormente, el cromosoma Y no cuenta—. Si se trata de una gata, al ser un individuo XX, podría darse el caso que tuviese un alelo «anaranjado» en un uno de sus cromosomas X (heredado de uno de sus progenitores), y un alelo «negro» en el otro cromosoma X (heredado del otro progenitor).

La naturaleza resuelve el problema por un mecanismo llamado inactivación del cromosoma X. El cromosoma X es un cromosoma grande, muy grande si acertamos a compararlo con el Y. Contiene alrededor de un millar de genes, eso es mucha información que sirve para sintetizar una gran cantidad de proteínas, información valiosa que, sin embargo, puede resultar excesiva si se encuentra duplicada como en el caso de las hembras. Sin profundizar diremos que solo uno de los cromosomas X se encuentra activo en las hembras, el otro permanece casi dormido, silente. En la práctica, estaríamos en una situación muy similar a la de los machos, habiendo de este modo gatas negras o gatas anaranjadas. Siendo así, ¿cómo pueden existir individuos que expresen a la vez el color negro y el anaranjado? ¿De dónde surgen los calicó y los carey que poseen manchas de ambos colores?

Ricemos el rizo. De lo expuesto hasta ahora se desprende que solo las hembras pueden ser calicó o carey, ya que son los únicos sujetos que pueden tener a la vez el alelo «anaranjado» en uno de los cromosomas X y el alelo «negro» en el otro cromosoma X; pero también hemos dejado claro que, al estar uno de los dos cromosomas inactivo, ese alelo quedaba dormido, sin la posibilidad de expresar ese color en el pelo. Una vez más la naturaleza, como los avarientos recaudadores de impuestos medievales, encuentra la forma de saltarse sus propias leyes.

A la Bodinière, de Théophile Steinlen.

El fenómeno de las gatas calicó se explica por un prodigio natural llamado falso mosaico genético, una sucesión de rarezas que hacen que en un mismo individuo, una gata en este caso, existan dos estirpes celulares con distinto genotipo (funcionalmente hablando). Para ejemplificarlo, nada mejor que recurrir a unas cuantas viñetas de Akira Toriyama. En su épica saga de manga y anime Dragon Ball su protagonista, Son Gokū, era capaz de fusionarse con otro guerrero aliado para batirse con alguno de los nefastos villanos que solían rondar por la serie. En ese momento los atributos del nuevo ser, mezcla de ambos, eran distintos de los de sus progenitores por separado; una verdadera aseveración de la ley de la Gestalt «el todo es más que la suma de sus partes». De esta forma, la fusión de Son Gokū (alelo anaranjado) y Vegeta (alelo negro) daba lugar a un superpoderoso e irascible Gogeta, uno de los personajes más vigorosos del universo Dragon Ball, que expresaba rasgos de ambos (anaranjado y negro) y una mala leche muy alejada de la Lait Pur de la Vingeanne Stérilisé.

Dejando a un lado los superpoderes y terminando de desenredar la urdimbre de las gatas calicó, queda por explicar el mecanismo que las origina, y por qué en una gata puede haber dos líneas celulares con distinto genotipo. Lo más sencillo sería pensar que, en un momento temprano de la embriogénesis, dos cigotos pluripotenciales se mezclaran dando lugar a un nuevo individuo, algo que puede ocurrir —y que de hecho ocurre en muchos seres vivos—, pero de esta manera obtendríamos una quimera y no un mosaico. La clave de las calicó es que provienen de un único cigoto.

Esquema de la generación del calicó a partir de un cigoto. Imagen: Antonio Cuesta.

En una fase muy temprana y aparentemente al azar —mientras alguien no encuentre otra respuesta— en unas células se inactivará un cromosoma X (por ejemplo el que expresaba el anaranjado) y en otras células el otro cromosoma X (por ejemplo el que expresaba el negro). Esas células se dividirán una y otra vez y se diferenciarán hasta convertirse en distintos tejidos, también en tejido epitelial con folículos pilosos capaces de producir pelo de uno u otro color. Se habrá gestado una genuina gata calicó.

Fenotipo y genotipo del pelo negro, anaranjado, y el patrón calicó. Imagen: Antonio Cuesta.

La película de animación Home (DreamWorks, 2015), basada en la divertida novela The True Meaning of Smekday, narra las peripecias de un grupo de extraterrestres que buscan un nuevo hogar. Recordaréis que en el cartel promocional aparece una gata calicó sobre la cabeza del extraterrestre estrella llamado «Oh». Un momento, ¿hemos dicho gata? Alrededor del minuto veinticinco, en la versión española la protagonista dice: «Es mi gato, se llama Pig» —en la versión latinoamericana llaman «Puerquín» al infortunado minino, tampoco puede decirse que sea un nombre de chica—. Tirando de cinismo os diría que los encargados de doblaje metieron la pata hasta el cuello. No es en la única película reciente donde he visto el más que posible error, hay otras donde aparecen gatas calicó tratadas como si fueran ejemplares macho… pero la naturaleza vuelve a la carga.

Aunque es altamente improbable, el felino de Home sí que podría ser un macho, insólito y extremadamente raro (casi tanto como la invasión de la Tierra por extraterrestres de colores), pero posible. Siempre y cuando tuviera un cromosoma X de más (un caso de trisomía cromosómica XXY), y que además cumpliera con todos los requisitos anteriores… algo verdaderamente excepcional que merecería otra buena historia. He consultado entre muchos colegas especialistas y solo uno de ellos, después de muchos, pero que muchos años de profesión, se había encontrado con algún caso.

La obra de Steinlen se encuentra en las galerías y museos más renombrados del mundo. Las colecciones particulares más exigentes la demandan continuamente, por lo que su cotización no para de subir. Una copia original de su cartel Lait Pur de la Vingeanne Stérilisé se puede adquirir por unos treinta mil dólares. Si estáis interesados y gozáis de buena salud en vuestra cuenta corriente hay algunas disponibles en el mercado de arte y antigüedades; y si os sobra algo de calderilla, tenéis oportunidad de revisitar París. Después de echar otro vistazo a la Torre Eiffel o al Museo del Louvre no dejéis de pasear por el barrio de Montmartre. Allí, en la recoleta plaza de Joël-Le Tac (antaño plaza Constantin-Pecqueur), hay un pequeño parque vallado con un grupo escultórico que homenajea a Steinlen. En él, unos sencillos enamorados, a los que tanto gustaba dibujar, se abrazan tierna y cariñosamente. Además de dejar un legado artístico impresionante, quienes le conocieron dieron fe de su humildad y generosidad con los demás. Con auténticos ideales socialistas, también se volcó en dar voz a los más necesitados. Debió ser una buena persona, sencilla, a la que le encantaban los gatos y, aun sin saber nada sobre genes ni alelos, a través de sus dibujos fue capaz de transmitir hondas emociones que han llegado intactas hasta nosotros. No hay mejor herencia posible.

Modelo de yeso para el monumento a Steinlen (Exposición Grand Palais, 1936). Bibliothèque Nationale de France. Dominio público.


El grafiti más caro de la historia

Una mujer observa una obra de Jean-Michelle Basquiat, 2006. Fotografía: Stefano Rellandini / Cordon.

Quizás los nombres de Jean Michel Basquiat, Keith Haring o Kenny Scharf no les digan nada, pero fueron tres de los grafiteros más famosos del siglo pasado. Con seguridad habrán visto decenas de veces sus obras en revistas, películas de Hollywood, camisetas, tazas, o recuerdos de museo. Basquiat, muy amigo de Andy Warhol, falleció en 1988 a los veintisiete años, a consecuencia de su adicción a la heroína, una sobredosis le arrancó la vida; Haring murió con treinta y dos años por complicaciones derivadas del sida que padecía en 1990; por suerte para sus fans y para él mismo, Scharf, enamorado de Los Picapiedra de Hanna-Barbera, rompió la mala racha de sus colegas y continúa vivo, trabajando en coloridos proyectos sobre paredes y museos a sus nada desdeñables sesenta años.

¿Talento artístico o vandalismo? Mi profesor de arte contemporáneo les diría que todo depende de la voluntad del creador con minúscula; pero los límites del street art en cualquiera de sus manifestaciones: grafiti, fanzines, guerrilla TV, performance, Net.Art… se diluyen hasta la polémica más feroz. La batalla se libra entre detractores intransigentes que solo advierten pintadas salvajes, o acérrimos defensores que presumen de conocer una forma de arte exquisito, con un toque subversivo, un aderezo urbano y, en más de una ocasión, un claro tufo a ilegal.

Pero, ¿qué mueve a alguien a pintar sobre una pared? Sorteando las mágicas pinturas rupestres de las catedrales prehistóricas y plantándonos de un colosal salto en cualquier plaza de la antigua Roma, habría que preguntarle la intención a esos primeros grafiteros documentados por la historia; aquellos ciudadanos romanos que rayaban las paredes el término «grafiti» proviene precisamente del italiano «graffiti», y este del latín «scaripharei», rayar con un punzón una superficie para dejar inscripciones o marcas, a menudo satíricas en contra de la autoridad de turno; anuncios de diversos servicios, no siempre pudorosos; o simplemente grabando notas poco ingeniosas del tipo «Marco estuvo aquí». La versión moderna del grafiti que se puso de moda en los años sesenta, y debió impulsar la industria de los espráis de pintura, no se aleja demasiado en su esencia de la del Imperio. Con distintos medios pero similares motivaciones y, siendo justos, sublimándose para convertirse en algunas ocasiones en legítimas obras de arte. Desafortunadamente, limpiar todo lo que no es arte supone a los ayuntamientos un montante considerable, dinero que se podría dedicar a cuestiones más sustanciales que lustrar firmas rocambolescas, o eliminar la versión actual del «Marco estuvo aquí»… pura trascendencia.

Dicen los antropólogos que cuando todas nuestras necesidades básicas se encuentran satisfechas, comienzan a florecer los menesteres espirituales y de autorealización. Entre todos ellos, la búsqueda  de la trascendencia es el pináculo de las aspiraciones del ser humano, una forma de comunicarnos íntimamente con quienes no pertenecen a nuestro tiempo lo que Marco quiso hacer con su arqueografiti. Muchos la comparan, con permiso de Abraham Maslow, con una estrella centelleante en el vértice de su popular pirámide, coronándola, por encima del respeto, el amor o la amistad, la creatividad, e incluso por encima de la moralidad o la ética. Algo que no tiene precio.

Puestos a cuantificar esta búsqueda de sobrevivir a los tiempos, podríamos preguntarnos cuál ha sido el grafiti más caro de la historia. No es necesario remontarse a la antigüedad clásica, los tiempos de los panteones hindúes, o de los palacios renacentistas. A penas hay que viajar unos años atrás, justo cuando los grafiteros Basquiat, Haring y Scharf salían de la escuela secundaria abrumados por mensajes publicitarios y con las caras pegadas a sus televisores observando boquiabiertos la carrera espacial. Por entonces el programa Apolo estaba en pleno apogeo y la NASA era una perfecta maquinaria de fabricar héroes genuinamente americanos: los astronautas, militares escogidos entre los mejores de los mejores. Audaces, templados, inteligentes y capaces de aguantar sin desmayarse en una endiablada centrifugadora humana, junto a otras muchas pruebas que ponían al límite sus aptitudes físicas y mentales, más propias de los superhéroes de la factoría Marvel que de los seres humanos.

En total hubo veintidós misiones Apolo, con treinta y dos hombres asignados a ellas, aunque solo doce de ellos llegaron a caminar sobre la superficie lunar son demasiados nombres como para poder recordarlos todos, salvo que se sea un auténtico friki de la National Aeronautics and Space Administration. Sin embargo, cualquiera que sea medianamente veterano o haya leído un par de libros recordará la tripulación del Apolo XI, la primera en pisar la Luna: Neil Armstrong, Edwin E. Aldrin, apodado Buzz, (como Buzz Lightyear de Toy Story) y Michael Collins, que no alunizó, pues era el encargado de llevar de vuelta a casa a sus compañeros de viaje. Sus imágenes llenaron los informativos y las revistas de medio mundo. Sus efigies aparecieron en sellos postales, pósters, banderines también en camisetas y tazas de museos y con sus nombres se construyeron colegios, rotularon calles e institutos de investigación. ¿Qué fue del resto de astronautas? Andrew Smith, en su libro Moondust editado en España por Berenice con el título Lunáticos, narra muchas de las luces y las sombras que acompañaron a los intrépidos moonwalkers al regresar a la Tierra. Y es que ¿a dónde más puedes ir una vez que has estado en la Luna?

Mucho menos célebres fueron los componentes del Apolo XVII, la última misión del programa Apolo: el comandante Eugene Cernan, Ronald Evans el único científico que ha pisado la Luna, y el piloto Harrison Schmitt. El comandante Cernan, Gene como solían llamarle, fue el último hombre que puso un pie nuestro satélite. Gene era tremendamente competitivo, un americano auténtico de padre eslovaco y madre checa, un hijo único nacido en Illinois la mayoría de los astronautas eran hijos únicos o primogénitos,  con una carrera notable como piloto naval de los que aterrizaban reactores en diminutos portaaviones, ingeniero eléctrico, ingeniero aeronáutico y piloto de combate. A él se le atribuye la fotografía conocida como «la canica azul» donde la Tierra parece una preciosa y pequeña esfera de cristal. Tiene también el mérito de haber recorrido más de treinta kilómetros recogiendo muestras geológicas por la superficie lunar en el Rover. Por entonces estaba casado con la que fue su primera esposa, Barbara Jean Atchley, una encantadora azafata de Continental Airlines con la que tuvo una hija, Tracy. Gene le prometió a la pequeña que le traería una diminuta roca, algo que no pudo hacer a pesar de que cargaron con más de cien kilos de minerales; o un rayo de luna, algo que tampoco pudo atrapar por razones obvias. Pero el comandante de la misión Apolo XVII no volvió a casa con las manos vacías, le hizo el regalo más insólito que haya hecho cualquier padre a un hijo, en realidad cualquier ser humano a otro. Cuando, en mitad del lejano páramo alejó el vehículo para que pudiera grabar las imágenes del despegue, se agachó y con su dedo dibujó sobre el polvo lunar «TDC», las iniciales de su hija, Tracy Dawn Cernan.

El programa Apolo costó a los contribuyentes al menos veinticinco billones (americanos) de dólares del año 1972, mucho, muchísimo dinero. Los astronautas estaban perfectamente entrenados y seguían protocolos grabados a fuego para cada situación que se pudieran encontrar; pero ningún equipo de ingenieros reparó en la dimensión trascendental del ser humano. A Gene, sentado en el porche de Dios según sus propias palabras solo se le ocurrió hacer un grafiti con las iniciales de su pequeña Tracy a la que había prometido un rayo de luna. Podría haber escrito cualquier cosa, estaba completamente solo en el lugar más inhóspito que cualquier explorador haya visitado, y no escogió su nombre, sino el de la portadora de algunos de sus genes. Aun sin intención artística, hay quienes no pueden resistirse a garabatear sobre la arena húmeda; o, lápiz en mano, dibujar ensoñaciones sobre un papel. Conociendo que pronto volverán las olas a borrar los trazos efímeros y que el papel acabará en la destructora de la oficina. Sin embargo, el dibujo de Cernan habrá conseguido su objetivo trascendente. Cuando ni nosotros ni los hijos de los hijos de nuestros hijos estén en este mundo, el nombre de Tracy, gracias a la falta de fenómenos de erosión en la Luna, continuará iluminado bajo un perfecto firmamento por los siglos de los siglos. Mientras los jovencísimos Jean Michel Basquiat, Keith Haring o Kenny Scharf fantaseaban con pintar sobre los muros levantados por nuestra civilización, el último hombre en la Luna soñaba con Dios y dibujaba el grafiti más caro y lejano de la historia.

Gene Cernan recogiendo muestras en la Tracy’s Rock. Fotografía: NASA (CC).